Hetty

Hetty Verolme · Capítulo 9 de 17

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Hetty

Capítulo 8

Iesy se estaba levantando de la cama cuando la puerta se abrió y entraron dos mujeres. Eran las primeras personas que nos visitaban en dos días. La más baja de las dos era una mujer fuerte: la blusa azul que llevaba le quedaba muy ceñida y, como iba en manga corta, se podía ver que tenía unos brazos muy musculosos. Ninguna de las dos mostraba el menor signo de hambre o debilidad. Además, no iban vestidas como las demás prisioneras, sino con camisa negra y botas de cuero. Durante unos instantes se quedaron observando, y luego, la más menuda me habló en polaco. Cuando se percató de que no la comprendía, me preguntó en alemán:

—¿Sois niños judíos?

Durante unos instantes dudé, pero luego asentí. Le habló con firmeza a la otra mujer y luego dijo:

—¿Hambre?

Se llevó la mano a la boca para asegurarse de que la comprendía. Pensé que no era oportuno decirle que habíamos comido unos sándwiches durante la noche, así que afirmé con la cabeza.

—Ahora vuelvo —dijo.

Y se marcharon. Todo sucedió con suma rapidez.

Iesy se subió a mi cama.

—¿Qué querían?

Le conté lo que había ocurrido.

—¿Qué crees que puede pasar?

—No lo sé. No me gustó que me preguntase si éramos judíos.

Iesy asintió.

—Espero que no nos hagan trasladarnos esta noche. Los niños están durmiendo plácidamente —dije.

—Más vale que nos vayamos a dormir. Quedarnos despiertos no nos servirá de nada. Mañana sabremos qué ocurre —dijo Iesy.

Regresó a su cama lentamente para no despertar a su compañero. Mientras estaba tendida al lado de Max, bajo la manta, estuve pensando en las dos mujeres. Me sorprendió que no sintiesen frío, pues llevaban camisas de algodón de manga corta, aunque parecían fuertes y sanas. Tampoco tenían la cabeza rapada, y llevaban un pañuelo cubriéndoles la cabeza, al estilo de las campesinas rusas. No me cabía duda alguna de que la más baja era la jefa.

 

Me desperté al oír unos pasos aproximarse por el pasillo. Me erguí inmediatamente, con el cuerpo tenso y asustada por lo que pudiera ocurrir. Oí algunas voces. Los pasos se acercaron y la puerta se abrió. Las dos mujeres regresaron y, detrás de ellas, aparecieron cuatro prisioneras portando dos recipientes de veinte litros. La mujer más baja les dijo a las presas que dejasen los recipientes con comida en medio de la habitación, y luego les ordenaron que se marchasen. Desde lo alto de la cama observé con gran alivio, ya que al oírlas acercarse por el pasillo pensé que venían para trasladarnos de nuevo.

La mujer más baja me miró desde la puerta y dijo:

—Ya podéis comer.

El ruido que habían hecho al traer la comida había despertado a algunos niños. Iesy, Max, Bram y Emile ya se habían levantado para ver qué contenían los recipientes de comida. Yo también bajé de la litera para echar un vistazo. Iesy intentaba levantar una de las tapas, pero no podía abrirla. El pestillo permaneció cerrado. Bram también se había acercado. Sujetó los resortes, pero solo consiguió levantar ligeramente la tapa, no lo bastante como para que se soltase el muelle y se abriese. Al final desistió.

—Veamos —dije—. Cuando Bram intente levantar el asa, tú, Iesy y Max ponéis las manos en los resortes para que no retroceda. Contaré hasta tres y luego tiráis todos a la vez.

Max y Iesy se prepararon. Bram puso la mano en el resorte y dijo:

—¿Preparados?

—¡Sí! —respondieron Max y Iesy.

Bram empezó a tirar con todas sus fuerzas. Cuando los resortes se levantaron lo bastante como para que Max y Iesy colocasen una mano a su alrededor, empecé a contar:

—Uno, dos y tres.

Los muchachos intentaron levantar el resorte. Tenían la cara contraída por el esfuerzo. No tenían mucha fuerza, pues diez meses de carencias y hambre habían hecho mella en ellos. Lentamente, el resorte se levantó hasta que un clic tremendo nos indicó que se había soltado. Sin aliento, pero entusiasmados por haberlo conseguido, tardaron muy poco en levantar el segundo resorte, ya que la presión había disminuido al abrirse el primero.

Algunos niños se despertaron y se levantaron para ver qué pasaba. Iesy levantó la tapa. Un maravilloso aroma inundó nuestras fosas nasales. Dentro del recipiente había una sopa de patatas espesa y cremosa. No podíamos creer lo que estábamos viendo. En pocos segundos, todos los que estaban despiertos sacaron sus cuencos y se sirvieron una generosa ración de sopa. Nos sentamos en el suelo, cerca de los recipientes, como si temiéramos que pudiesen desaparecer de un momento a otro. ¡Estaba deliciosa! Nadie habló mientras disfrutábamos de esa espléndida comida, una comida con la que llevábamos soñando diez meses. A través del humeante vapor que desprendía su cuenco de sopa, Iesy y yo nos miramos; sabíamos que no teníamos que preocuparnos de darles de comer a los niños durante los dos días siguientes.

Bram colocó la tapa encima del recipiente, pero no cerró los pestillos para que la pudiésemos abrir con facilidad por la mañana. Iesy puso una pequeña maleta sobre la tapa para sujetarla y mantenerla caliente. Después se fueron a la cama y, en cuestión de segundos, se quedaron dormidos.

 

Cuando a la mañana siguiente me desperté, vi que la maleta que había sobre mi cama estaba abierta. Yo estaba segura de haberla cerrado. Miré en el interior y vi que la mitad de las galletas habían desaparecido. Llamé a Iesy y a Max para hablarles del asunto. Estaba muy enfadada, pues la mayoría habíamos comido la noche anterior, por eso me preguntaba quién había podido ser. Si queríamos sobrevivir, no podíamos tolerar los robos. Louky, que se había subido a la cama, interrumpió nuestra conversación.

—Hetty, uno de los niños más pequeños dice que fue Emile.

Recordé que Emile ya había hecho algo parecido antes. Tenía que asegurarme, así que le dije a Louky que llamase a ese niño. Louky se bajó de la litera y regresó con él.

Desde lo alto de la cama le pregunté al chico, cuyo nombre no sabía.

—¿Cómo sabes que fue Emile quien robó las galletas?

—Le vi comérselas esta mañana —respondió.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—Es verdad —añadió una niña pequeña.

—Si haces una acusación como esa, tienes que estar segura de lo que dices —le dije a la niña.

—Es verdad. Yo también le vi. Se comió tres galletas sentado en ese rincón.

Señaló el extremo de la última hilera de camas y me di cuenta que desde donde estaba no podía ver ese lugar.

—¿Qué vamos a hacer con Emile? —les pregunté a Iesy y Max.

—Esperemos a ver qué dice —respondió Iesy.

—De acuerdo.

Los demás niños de la habitación se percataron de lo que sucedía. A pesar de su corta edad, no tenían nada de tontos, pues la mayoría había aprendido a soportar los malos momentos que habíamos vivido día tras día desde que nos trajeron a Belsen. El buen estado de ánimo que reinaba porque íbamos a desayunar una sopa de patatas se transformó en un ambiente deprimente. Con ese asunto tan desagradable se me había olvidado darle de comer a los niños.

Bajé de la litera y les dije a todos que hiciesen una cola para repartir la sopa. Iesy quitó la maleta y levantó la tapa. La sopa aún estaba caliente. Los niños sostenían sus cuencos y Eva se los fue llenando uno a uno. Pronto todos estuvieron servidos. Iesy y yo fuimos los últimos.

Acababa de sentarme sobre una maleta para tomarme la sopa cuando Louky y Jacky regresaron con Emile. Puesto que no quería aguar la fiesta, les dije a los tres que cogiesen sus cuencos y se sirviesen ellos mismos.

Cuando todos terminaron, llamé rápidamente a Iesy, Max, Louky, Bram y Eva, y todos nos subimos a mi cama. Nos sentamos en círculo, con la mirada seria, ya que teníamos la responsabilidad de gestionar aquel problema. Llamé a Emile y le dije que subiese. Emile se sentó delante. Mientras se acomodaba, observé su rostro. Era un chico guapo, tenía un bonito pelo moreno y un aspecto decente, pero había algo en él que le hacía parecer distante e impenetrable. Le dije que habían desaparecido las galletas de la maleta y que nos habían dicho que había sido él quien las había robado.

Para mi sorpresa admitió al instante haberlo hecho, pero no parecía mostrar el más mínimo remordimiento. Cuando le pregunté por qué las había cogido, se limitó a encogerse de hombros.

—¿Sabes que lo que has hecho es muy grave? —preguntó Iesy.

Emile no respondió, tan solo miró al frente. No sabíamos qué decir.

—Baja de la cama, Emile, pero no te alejes —le dije.

Emile bajó y nosotros cinco empezamos a hablar sobre la situación en voz baja. ¿Qué podíamos hacer? No podíamos permitir que se saliese con la suya, pues no sería un buen ejemplo para los demás niños. Pensé que cualquier castigo que le impusiésemos no serviría para remediar su aflicción.

Se propusieron varios castigos, pero todos se rechazaron hasta que Iesy dijo:

—¿Qué os parece si le decimos que vacíe la olla todas las mañanas durante una semana? Es muy desagradable, y eso le servirá de escarmiento.

Todos acordamos que era la mejor idea. Louky llamó a Emile y, después de decirle que subiera, le informamos de nuestra decisión. Le dije a Emile si estaba de acuerdo y respondió que sí.

A eso de las once de la mañana se abrió la puerta y las dos mujeres que nos habían visitado con anterioridad y que nos habían traído la sopa de patatas entraron acompañadas de otras dos. Inmediatamente notamos un aire de autoridad. Después supimos que una de ellas era la segunda al mando de los kapos de todas las prisioneras. Era una presa veterana que había estado en Auschwitz durante muchos años. La otra mujer era una doctora.

Los niños, que hasta ese momento habían estado charlando alegremente, guardaron silencio. Por muy pequeños que fuesen, sabían cuándo se avecinaba el peligro. Yo le estaba lavando la cara al pequeño Johnny cuando entraron, y le cogí en brazos para protegerle, pero las mujeres no se fijaron en nosotros. Después de hablar entre sí durante cinco minutos, se marcharon.

Cuando estaban a punto de salir, la mujer que nos trajo la sopa se dio la vuelta y, dirigiéndose a mí, me preguntó:

—¿Necesitáis más sopa?

Sin dudarlo le respondí que sí.

—Os la traeré más tarde —dijo.

Luego se fueron. Tardamos unos minutos en recuperarnos, pero nos alegramos de que se hubiesen ido.

—¿Qué piensas de todo esto? —me preguntó Iesy.

—No lo sé —respondí—. Solo espero que no tengamos que trasladarnos de nuevo.

La puerta trasera estaba abierta y pudimos ver una columna de prisioneras dirigiéndose hacia los barracones vacíos.

—Parece como si fuesen a ocupar los barracones —dijo Iesy—. Voy a salir a ver qué ocurre.

—De acuerdo —le dije—. Yo me quedaré con los niños. Si ves a alguno fuera, dile que vuelva. Puede ocurrir cualquier cosa y es mejor que estén aquí dentro.

Aún era temprano, pero no había nada que hacer salvo estar en el frío suelo, así que era mejor que todos se fuesen a la cama temprano.

Mientras me metía bajo las mantas con la ropa puesta, pensé en lo seguros que nos sentíamos en aquella habitación. Puede que esa mujer fuese nuestro ángel de la guarda, me refiero a esa cuyo nombre aún no sabía y que nos traía comida todos los días. Me daba miedo, pero quería saber cómo se llamaba.

 

La mañana siguiente me desperté justo cuando estaba amaneciendo. Max se levantó de golpe y dijo:

—Emile tiene que sacar la olla.

La noche anterior la habíamos puesto sobre una cama vacía.

Emile se levantó, adormilado. Desde lo alto de la cama, Max y Jacky bajaron cuidadosamente la olla casi llena para que la cogiese Emile, que esperaba debajo, con los brazos estirados. Al ver que podían derramarla, me bajé de la cama para dirigir las operaciones. Le dije a Max y a Jacky que tuviesen cuidado, pues no quería que la tirasen al suelo. Mientras miraba a Emile, pensé que no podría llevar esa olla tan pesada él solo y presentí que podría ocasionar un desastre.

—¿Estás preparado? —preguntó Max.

—Sí —respondió Emile.

Max soltó, pero unos instantes antes que Jacky. La olla se desequilibró ligeramente, derramando parte de su contenido sobre Emile. A pesar del percance, Emile logró sujetarla y evitó que el resto se derramase. Se tambaleó hacia atrás, sosteniendo aún la olla.

—¡Déjala en el suelo! —le grité.

Dando un golpetazo, Emile la soltó, derramando algo más del contenido.

—Louky, acompaña a Emile a vaciar la olla —dije.

Al dividirse el peso entre los dos, ya no corría peligro de volcarse. Alguien abrió la puerta trasera para dejarlos salir y vimos que había nevado durante la noche. El blanco inmaculado de la nieve contrastaba con las grises nubes. Reinaba un completo silencio allá fuera.

A causa del percance con la olla, todos los niños se habían despertado. Se entusiasmaron al ver la nieve y querían salir para jugar con ella. Les dije que desayunasen primero y que luego saliesen a jugar mientras yo limpiaba lo que se había vertido de la olla. Dio gusto ver sus ojos brillar y sus mejillas sonrosadas cuando regresaron una hora más tarde.

El día transcurrió sin problema alguno y luego servimos la cena. Luego recé en silencio para dar gracias a Dios. Nos habían dejado solos, pero teníamos buena comida y un buen alojamiento.