Hetty
Capítulo 14
Era sábado, 21 de abril de 1945, el cumpleaños de mi padre. El sol brillaba intensamente cuando a primera hora de la mañana empezaron a llegar ambulancias y camiones para trasladarnos a otro lugar. Soldados con brazaletes de la Cruz Roja entraron en el dormitorio y nos dijeron que dejásemos allí todas nuestras cosas. Debíamos entregar la ropa que llevábamos puesta. Nos dijeron que tenían que tomar esas medidas para evitar que el tifus se propagase.
El trauma de las anteriores evacuaciones aún estaba vivo en nuestro recuerdo. Los que podían caminar y se sentían bien fueron los primeros en subir a los camiones, entre ellos Max y Jacky. Les llamé desde la ventana para que me llevasen con ellos, pero el camión se marchó sin mí. Bajé de la cama lo más rápido que pude, pero aún estaba demasiado débil para poder caminar mucho. Cuando me detuve para recuperar el aliento, un soldado me cogió en brazos y me subió a una ambulancia que estaba esperando. Miré y vi que Leni y Maurice ya estaban en su interior. Ambos estaban tendidos en camillas, y había otros diez niños sentados en el suelo.
De repente me di cuenta de que había dejado a Robby dentro. Intenté salir de la ambulancia, pero un soldado de la Cruz Roja me lo impidió. Le rogué que fuese a buscarlo. Estaba histérica y empecé a gritar su nombre con todas mis fuerzas. Al ver mi angustia, el soldado le dijo a alguien que fuese a buscar a Robby. También le dijo al conductor, que estaba deseando partir con la carga de niños enfermos, que esperase un poco.
Después de cinco minutos, el soldado que había ido en busca de Robby regresó con él y Yiddele. ¡Qué alegría me dio ver a los dos pequeños! Los subieron a la ambulancia y ambos se acurrucaron a mi lado. Cómo me había podido olvidar de ellos, me dije reprendiéndome a mí misma.
La ambulancia empezó a moverse y salimos de aquel terrorífico lugar. El vehículo no tenía puertas traseras, por lo que podíamos ver hacia dónde íbamos. Salimos del campo de concentración de Bergen-Belsen y tomamos una carretera de alquitrán. Después de un breve trayecto, entramos en lo que luego nos dijeron que eran los barracones de los soldados alemanes, unos edificios de dos plantas de ladrillo rojo, con jardines y césped. La ambulancia se detuvo y los soldados y las enfermeras nos ayudaron a salir. Luego nos llevaron al interior del edificio, donde la luz entraba a través de unos grandes ventanales. Me subieron a una mesa donde un médico empezó a examinarme. Di un peso de treinta y cuatro kilos. Luego me dijeron que me quedase quieta y apareció un soldado con lo que parecía una aspiradora. La enfermera colocó la manguera debajo de mi falda mientras el soldado soltaba una nube de polvo gris. Repitieron el proceso en la parte delantera y trasera de mi jersey, y también me soltaron una dosis de ese polvo que olía tan raro en el pelo. Después supe que era DDT. Me quedé en esa nube grisácea hasta que la enfermera me llevó fuera, donde me alegré de poder respirar aire limpio.
Fuera, sobre unas mesas muy largas, había prendas de todas las tallas y colores, y todos pudimos escoger ropa limpia.
Entonces me acordé de que había olvidado mis objetos personales en la taquilla: la pluma Swann de Herman y el reloj, con su fotografía en el interior. Los había dejado con las prisas de entrar en la ambulancia y seguir a Max y Jacky. Me sentí tan desconsolada que me eché a llorar. En aquella época lloraba con mucha frecuencia y facilidad. La hermana Luba me preguntó qué me pasaba. Sollozando, se lo dije.
—Ven —dijo Luba—. Nuestra nueva casa está a unos cien metros de aquí.
Me cogió de la mano y lentamente recorrimos el campo de césped hacia un edificio de dos plantas. La hermana me prometió que enviaría a alguien para que encontrase la pluma y el reloj. Yo sabía perfectamente que, una vez que saliésemos de la Casa de los Niños, los ex prisioneros se abalanzarían como buitres para quedarse con todo lo que pudiesen encontrar.
Entramos en nuestra nueva casa y me alegró ver a la hermana Hermina tan radiante, vestida con un uniforme blanco de enfermera. Tenía su pelo espeso y ondulado echado hacia atrás, y estaba realmente guapa. Sonrió al verme entrar con Luba. Le comenté la pena que me daba haberme olvidado de mis preciados recuerdos de mi amigo Herman. Me rodeó con el brazo y Luba le dijo que enviaría a alguien para ver si podía encontrarlos.
Hermina me llevó a la cocina, la primera habitación al lado de la entrada. En el interior había una mesa muy larga con sillas alrededor. Me dijo que me sentase y, en cuestión de segundos, me puso un bol de avena y una taza de té caliente. Apenas pude comerme un par de cucharadas.
Cuando terminé, Hermina me hizo subir un tramo de escaleras. Tenía que sujetarme a la barandilla. Entré en una habitación muy bonita, que tenía solo dos camas con las sábanas limpias. No podía creerlo.
—¿Voy a dormir aquí? —le pregunté.
—Sí. Compartirás la habitación con una de las chicas húngaras.
Me acerqué a la cama y acaricié las sábanas blancas. Olían tan bien. Hermina me dijo que debíamos bajar de nuevo para ver si habían llegado los demás niños.
¿Dónde estaban Max y Jacky?, me pregunté.
También me había olvidado de nuevo de Robby y Yiddele. Bajé las escaleras detrás de la hermana, sosteniéndome en la barandilla con ambas manos. El vestíbulo estaba atestado, ya que la mayoría de los niños habían llegado. Luba estaba de pie, en medio. Había también algunas enfermeras inglesas que ayudaron a acomodar a todo el mundo en alguna de las muchas habitaciones que había en el edificio. Vi a Iesy y le pregunté si había visto a mis hermanos.
—Sí —respondió—. Han salido a explorar el campo. Ahora volverán. Están bien, no te preocupes.
Resultaba extraño dormir en una habitación separada en lugar de en un dormitorio. También me sentía lejos de Max y Jacky. Sin embargo, las bonitas sábanas y el pijama limpio resultaban tan agradables que no tardé en quedarme dormida y no me desperté hasta la mañana siguiente.
Había empezado a chispear y el cielo estaba de color gris. La mayoría de los niños jugaban en el césped mojado que había delante de la casa. Me dormí de nuevo y debí caer en un profundo sueño, porque cuando me desperté ya era por la tarde.
La chica húngara regresó al caer la noche. Era una chica robusta y pletórica de energía. Había llegado a Belsen cuatro semanas antes de la liberación y no había soportado los largos meses de privaciones, hambre y desesperación. Podíamos hablar en alemán, a pesar de que nuestro vocabulario era muy limitado. Cuando entró en la habitación empezó a sacar paquetes de cigarrillos de dentro de su blusa y los dejó encima de la cama. Me quedé anonadada.
—¿Qué haces con todos esos cigarrillos? —pregunté—. ¿Tú fumas?
—No —respondió—. Pero cuando regrese a casa valdrán mucho dinero y podré comprar comida. Por eso se los pido a los soldados.
Jamás se me habría ocurrido tal cosa. Los niños de Europa del Este eran mucho más avispados que nosotros. Cuando la chica húngara metió los cigarrillos en una funda de almohada casi llena, decidí que yo también pediría cigarrillos para llevarlos a casa conmigo.
Estaba sentada en una silla que había en el vestíbulo. Me dolía el brazo derecho porque había estado escribiendo sin parar durante tres días. Jaap Ebeling Koning vino un día y me preguntó si podía escribir mis experiencias en Bergen-Belsen. Me comentó que lo había solicitado el cuartel militar inglés para asegurarse de que quedasen registrados para el futuro los horrores que se habían vivido en el campo. ¿Cómo podía negarme a algo que me pedían nuestros libertadores? Jaap me trajo pluma y papel, y me instaló en una habitación pequeña que había cerca de las escaleras para que no me molestasen. De vez en cuando una enfermera me traía té y un sándwich. Me preguntaba cómo lo llevaba y me decía que me lo tomase con calma.
Me seguía cansando con mucha rapidez y aún no podía comer debidamente. Las enfermeras de la Cruz Roja intentaron convencerme de que comiese avena o cualquier otra cosa que me apeteciese. Una mañana les pedí un huevo frito. Durante meses, en el campo, había tenido unos enormes deseos de comerme un huevo. La enfermera que estaba sentada a mi lado sonrió cuando se lo dijo a la cocinera, pero cuando me pusieron el huevo delante no pude comérmelo. El olor me provocó náuseas, y por nada del mundo estaba dispuesta a probarlo.
Desde el lugar donde estaba sentada en el vestíbulo, podía mirar a través de la puerta principal y ver a los niños jugando en el patio. Max, Jacky y otros niños se habían marchado por la mañana a lo que ellos llamaban «explorar». De vez en cuando regresaban y me contaban lo que habían visto y experimentado.
La llovizna continuaba, pero decidí salir a tomar un poco de aire fresco. Vi que algunos soldados ingleses estaban construyendo columpios para los niños. Qué amables y generosos eran nuestros libertadores. Los observé durante un rato, pero luego noté que el aire frío me calaba la ropa y volví a entrar.
Estaba a mitad de camino del vestíbulo cuando escuché que alguien me llamaba. Me di la vuelta y vi al hermano de Leni, Maurice. Me di cuenta de que no le había visto últimamente.
—Hola, Maurice —dije—. ¿Dónde has estado?
—En el hospital —respondió—. Leni ha muerto, Hetty. Leni ha muerto.
Estaba tan delgado que el abrigo le quedaba enorme. Se encogió de hombros y las lágrimas empezaron a correrle por sus hundidas mejillas. Me olvidé de lo débil que estaba y corrí a su lado para abrazarle, mientras desahogaba su inmensa pena. Cuando levantó el rostro, empañado de lágrimas, le pregunté:
—¿Cuándo ha muerto?
—Hace dos días.
—¿Sabes dónde la han enterrado?
Negó con la cabeza, incapaz de hablar.
—No te preocupes. Lo averiguaremos.
Maurice asintió, sin poder pronunciar palabra. Le dije a una enfermera que pasó a nuestro lado que Maurice acababa de regresar del hospital y necesitaba una cama.
No sé lo que me sucedió durante ese desahogo emocional con Maurice, pero después de esos momentos me sentí mucho más fuerte y capaz de hacer cosas por los niños. Maurice me necesitaba y yo tenía que ser lo bastante fuerte para encontrar la tumba de Leni. Cuando regresó Maurice, los dos nos dirigimos a la cocina, donde por primera vez pude comerme un bol de avena sin sentirme enferma.
Fui a la habitación de la hermana Luba para comunicarle la triste noticia de la muerte de Leni. Su habitación estaba al lado de la cocina, y cuando entré había mucha gente dentro. Además de las hermanas Luba, Hermina y Hella, había tres oficiales ingleses y uno canadiense.
La radio estaba encendida y se escuchaba una cadena alemana en la que el locutor decía que los rusos se estaban acercando a Berlín por las puertas norte y este. Todo el mundo estaba callado, escuchando las noticias. El locutor estaba llamando a todos los niños mayores de doce años para que se movilizasen y defendieran Berlín del ataque ruso. De repente, la emisión se interrumpió: una voz inglesa anunció que Hitler había muerto, y luego se oyó el himno nacional inglés. Los soldados se marcharon de la habitación y nosotros comentamos los últimos sucesos; aunque no nos importaba lo que estaba sucediendo en Berlín. Para los que estuvimos en Belsen la guerra terminó el 15 de abril de 1945.
Hacía un día cálido de primavera y estábamos en el vestíbulo cuando Iesy dijo que le apetecía comer sopa de pollo.
—¿Por qué no vamos a alguna granja y cogemos uno? —dijo.
Todo el mundo estuvo de acuerdo, pero yo repuse:
—Primero tenemos que averiguar dónde está enterrada Leni.
El grupo lo formábamos Iesy, Max, Jacky, Maurice, Louky y yo. Cruzamos el campo y nos adentramos en una zona boscosa que había a las afueras. Qué bien nos sentíamos caminando libremente.
Poco después llegamos a un pequeño descampado con una valla blanca de madera y vimos que era un cementerio. Entramos y un hombre se acercó hasta donde estábamos. Nos preguntó en polaco qué queríamos, o al menos eso intuimos. Pensando que era el guardián del cementerio, le entregué un papel con el nombre de Leni. Se alejó hasta un pequeño cobertizo bajo los árboles y, cuando regresó, nos señaló un lugar en la segunda hilera de las tumbas que se habían cavado más recientemente.
Todos guardamos silencio, cavilando lo triste que resultaba que Leni no estuviese con nosotros ahora que éramos libres.
Maurice se quedó de pie, con la cabeza gacha, pero no lloró. Ya no le quedaban lágrimas. Vi que sentía un gran alivio al saber dónde descansaba su hermana. Me di la vuelta y observé los árboles que había al lado, tratando de guardar en mi recuerdo el lugar exacto donde se encontraba. Quería memorizar dónde habíamos perdido para siempre a Leni.
Luego salimos del cementerio y Iesy nos recordó que aún teníamos que coger un pollo. Seguimos caminando por la carretera y, poco a poco, nos sentimos más animados. Quince minutos después llegamos a una granja. Debía ser mediodía, ya que el granjero y su familia estaban comiendo al sol, sobre la hierba. Cuando nos acercamos, la familia se metió en la casa, salvo una chica de unos doce años, que continuó sentada y mirándonos con curiosidad. Ella, al igual que el resto de la familia, estaba sonrosada y gordita, pues no habían padecido hambre durante la guerra y se les veía bien alimentados. ¿Cómo era posible que no se hubiesen enterado de lo sucedido en Belsen estando a tan solo unos cuantos kilómetros?
El padre regresó para decirle a la chica que entrase en la casa. Iesy se acercó a él y le preguntó si podíamos coger un pollo. El hombre negó con la cabeza e instó a su hija para que se diese prisa. Entraron rápidamente en la casa y cerraron la puerta con firmeza. Estuvimos un rato indecisos respecto a qué hacer. Se veían gallinas por todos lados, pero aún nos dominaba el miedo al «régimen» y, a pesar de nuestra valentía inicial, nos asustaba coger una.
Continuamos nuestro paseo. La carretera estaba desierta y los campos bañados por el sol se extendían ante nosotros. No se escuchaba ningún ruido, salvo el canto de los pájaros.
—No se ve ninguna otra casa y estamos cansados —dijo Max—. Deberíamos volver.
Maurice y Louky estuvieron de acuerdo. Sin darnos cuenta nos habíamos alejado mucho del campo de recuperación. De hecho, no podíamos ni verlo de lo lejos que estábamos.
Yo estaba en la parte de atrás del grupo cuando vi que algo se movía entre la hierba. De repente, dos soldados ingleses se acercaron con las bayonetas caladas y aspecto amenazador. Sentí que se me ponía el vello de punta, y me di cuenta de que estábamos en peligro.
—¡Quietos! ¡No os mováis! —gritó un soldado.
Los seis nos detuvimos al instante. Mientras que el primer soldado apuntaba hacia nosotros, el segundo nos pidió la documentación.
—No tenemos, somos niños de la Casa de los Niños, Bergen-Belsen —le dije.
Eso no parecía significar nada para él; se dio la vuelta y gritó a lo que parecía un campo vacío. Aparecieron seis soldados más y se acercaron con las bayonetas caladas. Formaron un círculo a nuestro alrededor, y uno de ellos, que parecía estar al mando, nos preguntó de mala forma:
—¿Quiénes sois y dónde vais?
Estaba tan asustada que empecé a temblar. Iesy dijo:
—Somos de la Casa de los Niños de Bergen-Belsen.
Los soldados comentaron algo y luego uno de ellos dijo:
—Marchaos, marchaos —señalando en dirección al campo.
No hizo falta que lo repitiese. Corrimos tan aprisa como pudimos. Sin darnos cuenta nos habíamos topado con una patrulla. Se nos había olvidado que aún estábamos en guerra y debíamos haber cruzado la línea de demarcación de los cuarenta kilómetros que los alemanes habían entregado a los ingleses tras liberar Belsen.
Cuando llegamos a los alrededores del campo no nos quedaba aliento. Estábamos hablando sobre lo afortunados que habíamos sido cuando oímos que una motocicleta se acercaba a gran velocidad. Miramos por encima del hombro y vimos que el soldado que montaba en ella empezaba a gritar:
—¡Chicos! ¡Chicos!
Salimos huyendo, pero el soldado continuó gritando:
—¡Niños! ¡La guerra ha terminado!
Nos miramos, pero no entendíamos lo que trataba de decirnos. Levantó el arma y, simulando que era un rifle, dijo:
—¡Ban, ban, ban, terminada!
Max fue el primero en comprender lo que decía.
—¡Hetty! —gritó—. ¡La guerra se ha acabado!
Empezamos a saltar de alegría y a gritar hasta que nos dolió la garganta. Luego corrimos hasta el edificio gritando la buena nueva mientras pasábamos por las tiendas de los soldados.
—¡La guerra se ha acabado! ¡La guerra se ha acabado! —le dijimos a la hermana Luba entrando a toda prisa en su habitación. ¡Qué felicidad! Reímos, nos besamos, bailamos y cantamos. Todas las emociones reprimidas brotaron repentinamente, y le dimos gracias a Dios por habernos salvado la vida.
Al día siguiente, en el campo al otro lado de la casa, colocaron veinte cañones en dos hileras, con el fin de celebrar una ceremonia para anunciar el fin de la guerra.
A las seis de la tarde formamos todos para ver el evento. Llegaron algunos jeeps con oficiales de alto rango para presenciar el desfile. No había estrados ni micrófonos, y apenas pudimos oír al hombre que pronunció el discurso, después del cual los militares ingleses que estaban presentes lanzaron tres ovaciones de júbilo. Luego se escuchó una trompeta interpretar «El Toque de Retirada», y se guardó silencio durante dos minutos. Tras dar la orden, un soldado agitó una bandera blanca; los que estaban en posición de firmes junto a los cañones se pusieron en movimiento. Cada cañón efectuó veintiún disparos. El ruido era ensordecedor. Nos tapamos los oídos, pero fue en vano. La tierra temblaba, el aire estaba negro y olía a pútrido, pero luego todo concluyó y volvió a reinar el silencio.
En una hora el campo quedó vacío, salvo los casquillos de bala que habían expulsado los cañones después de cada disparo, Max, Jacky y yo cogimos un casquillo cada uno, un recuerdo del final de la guerra y un símbolo de nuestra libertad. Cogí el inofensivo casquillo y le di un gran beso.
Ahora que la guerra había terminado, los soldados tenían menos obligaciones y más tiempo libre. Muchos visitaron la Casa de los Niños y nos trajeron dulces y regalos. Pusieron una mesa de ping-pong en el campo y Jacky se convirtió en un diestro jugador.
Un día llegó un equipo cinematográfico, mientras yo era la única que estaba por allí, sentada en una silla que había en el vestíbulo. Me pidieron que saliese a los columpios, donde un soldado muy apuesto empezó a empujarme suavemente. Después de un rato, le pedí que lo dejase, pues me estaba empezando a marear. Aún no me había recuperado por completo, aunque comía mucho mejor. Los niños, que estaban desaparecidos, surgieron como por arte de magia. Todos querían subirse al columpio y convertirse en estrellas de cine. Yo entré para llamar a la hermana Luba. Ella era el alma de la Casa de los Niños y debía aparecer en la película junto a nosotros. El equipo cinematográfico enfocó la cámara hacia la mesa de ping-pong, donde Jacky estaba jugando como todo un profesional.
Los días y las semanas transcurrían, y poco a poco recuperábamos las fuerzas. Teníamos las mejillas más redondeadas y habíamos engordado un poco. Los días soleados y calurosos nos ayudaron hasta cierto punto a recuperarnos física y mentalmente. De vez en cuando, aún se podían oír durante la noche los gritos despavoridos de un niño asustado, pero nos íbamos recuperando del trauma paulatinamente.
En varias ocasiones le pregunté a Jaap cuándo creía que podríamos regresar a casa, pero siempre me respondía con una sonrisa y me decía que tuviese paciencia. Yo adoraba a Jaap, al igual que el resto de los niños. Siempre que venía nos reuníamos a su alrededor y nos invadía un sentimiento de pérdida cuando tenía que marcharse.
Jaap nos había dicho con anterioridad que le escribiésemos cartas a todas las personas que quisiéramos para decirles que estábamos vivos. Yo le había escrito una a la familia Pomstra, en Amsterdam, comunicándoles nuestro paradero, así como nuestra inquietud y preocupación por nuestros padres y nuestras dudas de que aún estuviesen vivos.
El campo de recuperación ya no estaba tan atestado porque los ex prisioneros fueron repatriados a sus países de origen.
A finales de mayo, Jaap vino a vernos con el capitán Samuel Gassan. Era holandés y había ingresado en el ejército aliado durante la guerra. Se congratuló de que hubiésemos sobrevivido a los horrores de Belsen y, cuando estaba a punto de marcharse, nos prometió que buscaría el modo de que regresásemos pronto a Holanda. Jaap le acompañó hasta su coche y regresó después.
—¿Cuándo crees que nos marcharemos, Jaap? —pregunté.
—Creo que pronto —respondió—. En cuanto lo sepa, te lo digo.
Me acarició el pelo y me eché hacia atrás. Estaba desconcertada ahora que se acercaba el día en que volveríamos a Holanda y dejaría atrás todo aquello a lo que me había acostumbrado. Miré a Jaap y le pregunté:
—¿Crees que la hermana Luba podrá venir con nosotros?
—Si ella quiere, supongo que sí.
Nos miramos y, sin decir palabra, ambos nos dimos la vuelta y nos dirigimos a la habitación de la hermana. Levantó la mirada, sorprendida al vernos entrar seguidos de Max, Iesy y Louky. Iesy le dijo que el capitán Gassan estaba haciendo todo lo posible para que pudiésemos marcharnos pronto a Holanda y no queríamos que se quedase allí.
—Hermana Luba, tienes que acompañarnos —dijo Iesy.
Todos asentimos. Luba estaba muy conmovida por nuestra devoción y, sin dudarlo, respondió:
—Sí, iré con vosotros.
Nos abrazó uno a uno, irradiando felicidad en sus ojos. Íbamos a regresar a casa, y la mujer que se había convertido en nuestra segunda madre y nos había salvado de morir de hambre en Belsen vendría con nosotros.
Los días pasaban con rapidez. Jaap nos dijo que a finales de mayo sería liberado de sus obligaciones y podría acompañarnos a Holanda. Me sentí muy feliz cuando me lo dijo, pues temía que llegase el día en que tuviésemos que despedirnos.
El último día de mayo, Jaap vino para decirnos que debíamos prepararnos para marcharnos el 3 de junio. Todo se había acabado. Había llegado el momento en que podíamos dejar atrás todas las pesadillas y regresar a nuestro país. Estábamos muy excitados.
Los últimos días transcurrieron con mucha rapidez. No teníamos que hacer ninguna maleta, ya que lo único que poseíamos era la ropa que llevábamos puesta. Estábamos tan inquietos que no podíamos esperar para irnos de aquel lugar para siempre. La hermana Luba nos dijo que nos acostásemos temprano aquella noche.
No podía dormir, mis pensamientos me lo impedían. No paraba de decirme que, al fin, regresaríamos a casa a la mañana siguiente. Pero ¿dónde estaban mis padres? ¿Vivían aún? Yo había intentado en vano encontrarlos a través de la Cruz Roja. Daba vueltas de un lado para otro, sin poder conciliar el sueño. El corazón me latía con fuerza y no lograba relajarme. La noche me pareció interminable, pero en cuanto vi los primeros rayos de sol me levanté de la cama. De repente pensé en la hermana Hermina, que siempre fue tan buena conmigo, y en la hermana Zella y su madre Zosua, y en Helen. Sentía un profundo cariño por todas ellas y ahora tenía que despedirme. Me brotaron las lágrimas nada más pensar en ello.
Bajé las escaleras. La casa estaba en silencio, pero al acercarme a la cocina vi que la luz estaba encendida. La cocinera —Cookie— había llegado antes que yo. Me sonrió amablemente al verme entrar. Cookie pertenecía al ejército británico. Tenía unos cuarenta años, y era una mujer fuerte y robusta. Estuvo con nosotros desde el primer día que llegamos y se encargaba de que comiésemos bien.
Cookie me sirvió una taza de té caliente y me preguntó:
—¿Huevos fritos o pasados por agua?
Negué con la cabeza.
—Es demasiado temprano para comer huevos, solo tostadas y jamón, por favor.
—Hoy te vas a casa —dijo—. ¿Estás contenta?
—Sí, estoy tan contenta que no pude dormir anoche; pero también estoy triste.
—¿Por qué? —preguntó Cookie, sorprendida.
—Porque tendré que despedirme de muchas personas a las que quiero y que me quieren. Sé que no los volveré a ver nunca.
Cookie se acercó y se sentó enfrente de mí.
—Hetty —dijo—, vas a regresar a casa y confío en que encuentres a tus padres, así que olvida el pasado y mira al futuro. Hemos luchado por un mundo mejor. Ahora te toca a ti, ¿me entiendes?
Asentí.
—Tómate el té —ordenó—. Yo tengo que preparar el desayuno porque dentro de un momento vendrá toda la avalancha.
La mayoría de los niños estaban vestidos y esperando en el vestíbulo, todos muy excitados.
Jaap llegó a eso de las ocho para decirme que vendría con nosotros. ¡Qué sorpresa! Sentía un profundo aprecio por él desde nuestra liberación, y había sabido ganarse el cariño y la confianza de los demás niños. Cuando supieron que nos acompañaría, los niños se pusieron eufóricos y se aglomeraron a su alrededor.
El vestíbulo estaba lleno. Todas las hermanas —Hermina, Hella y su madre, María, Helen y Zosua—, así como otras enfermeras inglesas y Cookie, entraron en el vestíbulo para pasar los últimos minutos con nosotros.
La hermana Luba y la hermana Hermina estaban abrazadas. Hermina tenía los ojos empañados de lágrimas mientras hablaba en voz baja con Luba. A sus pies había un enorme petate del ejército, que había llenado de harina, azúcar y algunas barras de pan. Cookie había preparado muchos sándwiches para que comiésemos durante el trayecto. De repente aparecieron los camiones. Los niños, uno por uno, pasaron al lado de las hermanas para agradecerles sus cuidados. Cuando me tocó el turno, le di las gracias y besé a la hermana Hella y a su madre, y luego al resto de las hermanas, hasta que llegué donde estaba Hermina. Enterré la cara en su estómago mientras la abrazaba por la cintura, anhelando que no se marchase. Levanté la cara empañada de lágrimas y ella se inclinó para decirme:
—Cuídate, mi querida Hettylein. Ya sabes lo mucho que te quiero.
Me dio un beso y me abrazó con fuerza. Luego, haciendo un gran esfuerzo, me marché y me dirigí hasta donde estaban los camiones.
La hermana Luba y yo fuimos las últimas en subir al segundo camión. El capitán Gassan y Jaap estaban a cargo del primero. Todas las hermanas y enfermeras salieron a despedirnos. «Adiós, adiós, auf wiedersehen», gritamos hasta que dejamos de verlas. Por fin estábamos de camino a casa. A las dos en punto del 3 de junio de 1945 llegarnos al aeropuerto de Luneburgo. Algunos soldados nos ayudaron a bajar de los camiones. Permanecimos agrupados mientras observábamos cómo iban y venían los aviones. El aeropuerto tenía una sola pista y el único edificio era un cobertizo de chapa galvanizada. El capitán Gassan entró en él para averiguar cuándo estaría preparado el avión que nos llevaría a Holanda. Regresó quince minutos más tarde y nos dijo que partiríamos después de que llegase el siguiente vuelo.
A las dos y media aproximadamente, varios soldados nos condujeron a través del aeropuerto hasta el avión que nos esperaba. En uno de sus lados tenía pintado un enorme círculo en rojo, blanco y azul. Tenía una puerta abierta en la parte de atrás y unas pequeñas escaleras que llegaban hasta ella. Era la primera vez que subíamos a un avión. Tenía unos bancos largos a cada lado, las cuadernas de madera y las ventanas muy pequeñas.
La puerta no tardó en cerrarse y empezamos a deslizarnos por la pista. Estábamos sentados en los bancos, sin cinturones de seguridad, ya que era un avión militar y carecía de lujos. Los motores rugieron y el aparato, que no estaba insonorizado ni presurizado, levantó el vuelo. El ruido era ensordecedor y teníamos que gritar para hablar entre nosotros. No tardó en alcanzar la altura requerida y dejamos de sentir las sacudidas iniciales. Vimos los tremendos destrozos que habían causado los bombardeos aliados en las ciudades alemanas a medida que las sobrevolábamos.
Aterrizamos en Eindhoven. Nos ayudaron a bajar y, por fin, pudimos pisar tierra holandesa de nuevo.