Hetty

Hetty Verolme · Capítulo 17 de 17

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Hetty

La vida continuó después de Belsen

Los Pomstra eran personas realmente maravillosas. La casa estaba llena y puede que en algunos momentos perturbásemos su vida, pero jamás tuvieron una mala palabra con nosotros. Su hospitalidad no tuvo límites, y su amabilidad hizo que cicatrizasen algunas de nuestras heridas.

Max iba todos los días a Central Station, donde leía las listas de las personas que habían regresado de los campos en Alemania. A pesar de que casi siempre regresaba muy desanimado, al día siguiente volvía a marcharse con la esperanza de que nuestros padres regresasen a nuestro lado.

La primera semana de julio, la señora Pomstra me dijo que mi padre había llegado a Central Station. Los médicos que le examinaron lo trasladaron al hospital. La señora Pomstra y yo nos dirigimos en tranvía al hospital para verle, y me dijo que Max y Jacky ya lo habían visto en la estación y en el hospital.

Una enfermera nos condujo a la habitación donde estaba mi padre, tendido en la cama y apoyado sobre las almohadas. Corrí a su lado y abracé su delgado cuerpo. Había adelgazado mucho. Los ojos se le empañaron de lágrimas y lo único que pudo decir fue: «Has crecido mucho, Hetty». Los dos nos echamos a llorar. El sentimiento de alivio que nos produjo saber que nuestras penurias habían acabado nos dejó sin palabras.

 

Cuando recobramos la compostura, mi padre me contó que los habían trasladado a Sachsenhausen, pero que después de unos días a otro hombre y a él los habían separado del equipo de diamantes. Esa decisión determinó el destino del tío Max, que falleció en Belsen.

A mi padre lo enviaron a un campo cerca de Berlín. Cuando la guerra se acercó, los alemanes condujeron a los prisioneros del campo a una marcha de la muerte. Mi padre tuvo que caminar desde Berlín hasta Mecklenburg-Schwerin, unos doscientos veinte kilómetros. Durante la marcha murieron de hambre muchas personas. Cuando los prisioneros no podían continuar caminando o caían desvanecidos en la carretera, los guardias de las SS los fusilaban sin piedad. Papá logró soportar la marcha durante siete días antes de que fuesen liberados por el ejército estadounidense.

El 3 de junio voló desde Nüneberg hasta Bruselas, Bélgica, sobre el mediodía. Por un par de horas de diferencia no nos encontramos en el aeropuerto.

Mi padre estaba muy enfermo. Tenía las piernas hinchadas por el edema, pero después de unos cuantos días en el hospital nadie pudo convencerle de que se quedase y se vino a la casa de los Pomstra.

Como no era de esas personas que pueden quedarse en casa por mucho tiempo, convenció al señor Pomstra para que le buscase una bicicleta para poder ir con Max a Central Station todos los días, para ver si mi madre había regresado en alguno de los barcos que venían desde Suecia cargados de refugiados. Durante los primeros días teníamos que ayudarle a montarse y bajarse de la bicicleta, y para pararse y bajarse se agarraba a la farola que había en la puerta de la casa. Después de una semana su salud mejoró tanto que ya podía montarse y bajarse por sí solo.

Transcurrieron varios meses, y todos los días Max y mi padre regresaban de la Central Station sin noticias de mi madre. Sabíamos que estaba en Suecia, pero las comunicaciones eran muy difíciles durante la posguerra.

Pasaron tres largos meses antes de que mi madre regresase por fin. ¡Qué alegría! ¡Qué felicidad! Había engordado mucho, porque los suecos les habían dado muy buena comida a los ex prisioneros. La abrazábamos y la tocábamos a cada instante, y mi padre estaba pletórico de alegría al ver que estaba rodeado de su familia de nuevo.

El 5 de diciembre de 1944, mi madre había sido enviada desde Belsen hasta el campo de concentración de Beendorf. Allí la obligaron a trabajar en las minas de sal, construyendo instrumentos de pilotos automáticos para los aviones alemanes. Cuando la liberaron, la trasladaron a Suecia.

 

Amsterdam estaba muerta y la comida escaseaba. No había comercio en la ciudad y todas las tiendas estaban cegadas con tablas. Lentamente, muy lentamente, las cosas empezaron a cambiar.

Regresé a la escuela, pero no tardé en darme cuenta, al igual que mis hermanos, que estudiar era imposible, pues aún estábamos muy afectados mentalmente para concentrarnos. Los cinco hablábamos muy despacio, y tardamos varios años en recobrar un estado mental que nos permitiese conversar con normalidad.

 

Quince años después de nuestra liberación, «Los Niños», como nos llamábamos a nosotros mismos, celebramos una reunión en Amsterdam con la mujer que tan valientemente nos había salvado la vida en Bergen-Belsen.

Luba Tryzynska Frederick recibió la mayor condecoración de la reina Beatriz de los Países Bajos por sus servicios humanitarios en circunstancias difíciles.

Treinta y un «Niños» asistieron a la reunión, y hubo muchas lágrimas. Aunque teníamos quince años más, y nuestras propias experiencias personales, nos reconocimos de inmediato, nos abrazamos mutuamente y formamos un grupo tan unido como lo habíamos sido en Belsen.

También se celebró una quincuagésima conmemoración allí, en Belsen. Yo no deseaba visitar aquel lugar nunca más, pero cuando el pequeño Robby me pidió que le acompañase, no pude negarme. Robby estaba en una silla de ruedas, pues había perdido una pierna por las secuelas de Belsen. Maurice también quería visitar la tumba de Leni, y pensé que podía ayudarle a encontrarla.

Cogí un autobús para acudir a aquel lugar que aún me producía pesadillas. El autobús se detuvo y alguien dijo: «Hemos llegado a Bergen-Belsen». Reinaba tal silencio que se podría haber oído volar a una mosca. El momento de la verdad tuvo lugar cuando cruzamos una vez más las puertas de Belsen. Le dijeron al conductor que continuase y, después de cinco minutos, me di cuenta de que habíamos entrado en el campo de recuperación. Quince años más tarde el edificio tenía el mismo aspecto, salvo que no había nadie alrededor. Estaba limpio y vacío.

Nos dirigimos al pequeño cementerio donde estaba enterrada Leni, junto con otros diecisiete mil que fallecieron tras la liberación a causa del tifus y la mala alimentación, además de setenta médicos y enfermeras que contrajeron la enfermedad mientras intentaban ayudar a las pobres víctimas.

Cuando bajé del autobús vi a un oficial inglés con muchas condecoraciones y a un hombre pequeño vestido con un traje negro al lado de la puerta. Me acerqué hasta ellos.

Le pregunté al oficial si había sido uno de los libertadores de Belsen.

—No —respondió—, pero este caballero que está a mi lado sí fue uno de ellos. Fue el joven soldado al mando de la excavadora que introducía todos aquellos cadáveres en las fosas comunes. Probablemente lo hayas visto muchas veces en televisión.

Me presenté a Frank Chapman y, antes de que pudiese reaccionar, le di un abrazo y le di las gracias, después de tantos años, por haberme liberado. No pude hacerlo en aquella época porque no podía levantarme de la cama para conocer a nuestros libertadores.

Luego, Frank me señaló a una persona de entre la multitud, a la que nunca había olvidado. La imagen de su perfil estaba grabada en mi recuerdo y, cuando le vi al cabo de tantos años, corrí hacia él y le abracé al igual que había hecho con Frank. Quince años después, besé y abracé a Dick Williams, el orgulloso y joven soldado que fue el primero en entrar en Belsen, portando una bandera blanca, el 13 de abril de 1945.

La solemne conmemoración que se celebró el 26 de abril de 1995 tuvo lugar en los terrenos donde en su momento estuvo Bergen-Belsen. El campo de concentración ya no existe, y solo quedan las fosas comunes para recordar la terrible historia que se vivió allí durante el régimen tiránico de los nazis.

Yo tenía muchas reservas respecto a volver de nuevo a aquel lugar, pero, aunque pueda parecer sorprendente, no reviví los horrores, como había imaginado. Todo lo contrario. Era como si todas aquellas fosas comunes me estuvieran diciendo: «AHORA ESTAMOS EN PAZ».

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