Hetty
Capítulo 11
Todo el mundo en el campo sabía que la hermana Luba era nuestra protectora. Había formado un grupo de mujeres que la ayudaban. No había duda de que ella era la fuerza motriz, mientras que Hermina era la segunda al mando y asumía su cargo cuando Luba salía en busca de comida.
Toda nuestra vida dependía de Luba, ya que nos proporcionaba la seguridad que necesitábamos tan desesperadamente. Siempre se marchaba muy temprano para organizar la comida para nosotros, y los niños la esperaban en la cancela de nuestro complejo hasta que regresaba. Cuando la veían bajar por la carretera, entraban en el barracón corriendo y gritando:
—¡Ya viene la hermana Luba! ¡Ya viene!
Una noche, cuando ya estábamos todos en la cama, oímos muchos pasos en el pasillo de nuestro barracón. Decidí ir a ver qué pasaba. Cuando abrí cuidadosamente la puerta del dormitorio, vi a unas cuantas prisioneras acarreando montones de barras de pan y metiéndolas en la habitación de Luba. Cuando me acerqué a su puerta, vi cientos de barras. Ella me miró y se llevó un dedo a los labios, indicándome que no hiciera preguntas. Cuando las prisioneras se marcharon, me contó que un joven oficial de las SS le había ayudado a buscar ese pan para los niños.
Al día siguiente, el oficial de las SS vino a nuestro barracón. Nuestro benefactor era un joven de unos veinticinco años llamado Maximillian. Me di cuenta de que se había encaprichado de Luba. Vino muchas veces al barracón, casi siempre de noche, después de habernos proporcionado pan o harina.
La segunda semana del mes de febrero de 1945 oí algunos gemidos y llantos que procedían del comedor. Corrí todo lo deprisa que pude y vi que Luba y las otras dos hermanas estaban llorando.
—¿Qué pasa? —pregunté sin dirigirme a nadie en particular.
Ninguna me respondió, pero la situación empeoró porque los niños empezaron a llorar de miedo y perplejidad al ver a la hermana Luba comportarse de esa forma tan inusual. Pasados quince minutos, el alboroto cesó y Luba me vio de pie, junto a los niños. Qué horrible era verla así, con el rostro empañado de lágrimas y los ojos rojos e hinchados. Me asusté y, cuando me acerqué a su lado, puso su cabeza sobre mi hombro y comenzó a llorar de nuevo.
—¡Dios mío! —dijo—. Phillipje ha muerto.
Me quedé muda. Sabía que el bebé estaba enfermo porque la doctora había venido días antes al barracón con Kurt, el doctor de las SS. Los vi examinar a Phillipje y luego trasladarlo al hospital para operarle el oído. Phillipje regresó a nuestro dormitorio ese mismo día sobre las ocho de la noche. El día anterior parecía que se había recuperado, pero ahora estaba muerto. Sentí una enorme pena y me pregunté si acaso había perdido las ganas de vivir. Era un niño tan callado. A menos que no se le ayudase, jamás se erguía. Apenas lloraba. Pensé que tal vez había echado tanto de menos a su madre que ya no deseaba vivir. Además, nunca tuvo el alimento necesario para poder crecer. Empecé a llorar junto con las demás.
Cuando recuperamos la compostura, Luba le dijo a Hermina que la ayudase a llevarlo al depósito de cadáveres. Ambas se dirigieron al dormitorio y, aunque las seguí, me mantuve a distancia de la cama de Phillipje. Vi a Luba envolverlo cuidadosamente en una manta de bebé color azul. Hermina cogió el pequeño fardo y, con Luba siguiéndola, pasaron a mi lado en dirección a la puerta. Por un momento eché una mirada al fardo azul, pero parecía irreal, como si Phillipje no estuviese bajo la manta. Es posible que su pequeña alma ya hubiese abandonado su cuerpo y estuviese buscando a su madre.
—Descansa en paz —murmuré cuando las hermanas salieron del barracón camino del depósito.
Fue la primera muerte de alguien de nuestro grupo, y durante los días siguientes todos estuvimos muy alicaídos.
Una noche llegaron de Ravensbrück tres niños polacos. Tenían la cabeza afeitada, pero un aspecto saludable. Eran los tres primeros niños de diferente nacionalidad que se unieron a nuestro grupo: dos chicas y un muchacho. La más mayor, Mala, tenía más o menos la misma edad que yo. No nos podíamos comunicar con ellos, por eso se quedaron en el comedor, donde podían hablar con Hermina, la hermana Hella y la Bruja.
A causa del mal tiempo, todos los niños estábamos confinados en los barracones, por eso el dormitorio y el comedor estaban atestados. A pesar de eso, no discutíamos entre nosotros, ni nos peleábamos. Todos sabíamos que para sobrevivir teníamos que ser generosos los unos con los otros. A pesar de nuestra miseria, desarrollamos un sentimiento de solidaridad y compromiso. No había nada que hacer, por eso pasábamos el tiempo dando vueltas o tendidos en la cama. Estábamos muy aburridos. Mientras miraba alrededor, me di cuenta de que eso no era nada bueno, que nuestra mente debía mantenerse activa para conservar la salud. Una de las chicas, Leni, estaba muy enferma y ya no se levantaba de la cama. Alrededor de ella había siempre algunos niños congregados, tratando de animarla. Leni era una chica encantadora, jamás se quejaba y siempre hablaba con una sonrisa afable en el rostro. Por mucho que la quisiésemos, no podíamos hacer nada para que mejorase.
Me di cuenta de que era necesario hacer algo y le sugerí a Iesy que intentásemos organizar otro espectáculo para los niños. Iesy estuvo de acuerdo y les conté a los niños del dormitorio lo que teníamos planeado. El letargo desapareció como por arte de magia, y todo el mundo empezó a sugerir ideas. Yo pretendía hacer un poco de danza rítmica, que había aprendido durante las clases de gimnasia en Amsterdam, pero como no teníamos música algunos niños tendrían que cantar El Danubio azul. Empezamos a ensayar en el dormitorio. Al principio sonó fatal, pero después de algunos intentos empezaron a coger el tono. Yo ensayé la danza lo mejor que pude, mientras Iesy hacía algunos bosquejos con algunos de los niños más mayores. Nos lo tomamos muy en serio y, lo que es más importante, nos proporcionó algo que hacer y se nos pasó el aburrimiento.
Llegó el día de la representación. Al igual que hicimos la primera vez, colocamos todas las mesas juntas para levantar un escenario. Con ayuda de algunas hermanas, dispusimos una cuerda tirante de lado a lado de la habitación y colocamos dos mantas haciendo el papel de telón. Se eligió a cuatro chicos para que corriesen y descorriesen el telón cuando fuese necesario. Se ocuparon todas las sillas de nuestro improvisado teatro, y cuando se descorrió el telón, no pude creer lo que estaba viendo, ya que en la primera fila estaba la kapo del campo, Frau Stana, y cuatro mujeres guardias. Susurrando, les dije a los «actores» que tratasen de hacerlo lo mejor posible para no avergonzar a la hermana Luba. Salí al escenario, y cuando los niños empezaron a cantar Danubio tan azul, tan bello y azul, empecé a bailar la danza que tantas veces había bailado en Amsterdam.
La representación duró una hora y fue un gran éxito. Por supuesto, cometimos algunos errores, ya que no teníamos accesorios ni trajes, pero la audiencia aplaudió en los momentos más oportunos. Cuando estaba a punto de acabar, las guardias se marcharon con la kapo. Luba las acompañó hasta la puerta y dio un gran suspiro de alivio cuando se fueron. No tardó ni un instante en decirnos lo orgullosa que estaba de todos nosotros, y vimos lo feliz que se sentía porque todo hubiese salido bien.
El éxito de la representación hizo que las guardias se ocupasen más de la Casa de los Niños. Días después, dos de ellas entraron en el dormitorio durante la tarde. Todos los niños que estaban en la habitación se quedaron inmóviles y en silencio. Nadie movió un músculo mientras pasaron a nuestro lado. Una de las guardias se encaprichó con Max y preguntó por él de forma cariñosa. Aunque estaba muy delgado, era un chico bien parecido, de pelo moreno y ojos azules.
La guardia empezó a hablar con Max mientras yo les observaba desde lo alto de la litera. Le dijo a Max que había visto la representación y que lamentaba que no tuviese música. Max se mostró de acuerdo, y añadió:
—Si tuviese una armónica, podría tocarla.
—Te conseguiré una —le dijo.
Después de marcharse, Max se acercó hasta donde yo estaba:
—¿Has oído lo que ha dicho, Hetty? Me va a traer una armónica.
—No te hagas muchas ilusiones, Max. No te fíes de ella —respondí.
Lo más sorprendente de ese encuentro es que Max había hablado en holandés y la guardia en alemán, pero ambos parecían haberse entendido.
Dos días después, las mismas guardias entraron por la tarde en el dormitorio. Una de ellas, la que estaba encaprichada de Max, se llamaba Hilde. Ella le buscó de inmediato y le entregó un pequeño paquete. Cuando lo abrió vio que había dos pares de calcetines y, aunque resultara increíble, la armónica. La cara de Max irradió felicidad. No tardó en interpretar una sencilla canción, y la guardia sonrió mientras le contemplaba sentada en la cama que estaba enfrente de la de Leni. Como de costumbre, yo estaba sentada encima de la miá, observando la escena desde arriba. ¿Era posible que una guardia de las SS tuviese sentimientos? No, pensé, por eso me mantuve alerta, porque no confiaba en ellas. Llamé a Max para que se acercase hasta donde estaba y le reiteré que tuviese cuidado. Él asintió. Los demás niños, al ver que Max había recibido un regalo, se acercaron a Hilde, que parecía disfrutar acaparando su atención. Cuando se marcharon, nos dijeron que regresarían muy pronto.
Durante el mes de febrero de 1945 resultó muy difícil conseguir comida, y Luba lo pasó realmente mal tratando de encontrarla. Hacía un frío horrible y cuando regresaba de una jornada frustrante se sentía muy desanimada. En esas ocasiones me di cuenta de que la Bruja era una mujer realmente buena. Le quitaba las botas, le masajeaba sus cansados pies y le pedía a la hermana Hella que fuese en busca de un plato de agua caliente para lavarle los pies a Luba. Yo observaba cómo se relajaba y recuperaba las fuerzas mientras se desahogaba en polaco con la Bruja, quien, con voz amable, trataba de calmarla hasta que ella se sentía dispuesta a salir de nuevo.
Una de esas veces, Luba me pidió que la acompañase en busca de comida. Como habíamos hecho en muchas ocasiones anteriores, recorrimos todo el campo hasta llegar a la cocina. Aquella vez nos dirigimos a la que suministraba comida al campamento de los hombres. Un kapo polaco estaba al mando. La hermana Luba habló con él, mientras dibujaba una sonrisa deslumbrante. No pude entender exactamente lo que decía, pero deduje que él le respondió que esperase un rato.
En ese momento, el Scharführer se acercó corriendo desde el otro extremo de la cocina, gritando que se había cortado con un cuchillo. Luba decidió actuar y le dijo que era enfermera. Él le dijo que le siguiera hasta la oficina para poder prestarle los primeros auxilios. Yo me quedé de pie, cerca de la entrada de la cocina, y desde allí vi lo que sucedía. El vapor de las enormes cacerolas se escapaba e inundaba la cocina de una neblina caliente y espesa. Los prisioneros trabajaban a toda velocidad, recibiendo muchas órdenes, las cuales no podía comprender. Esperé, quizás durante media hora, hasta que regresó Luba con el Scharführer, que llevaba la mano vendada. Cuando entraron en la cocina, le dijo al kapo que dejase que la hermana Luba se llevase comida para la Casa de los Niños, y que a partir de entonces vendría todos los días a la cocina número uno.
Luba escogió cuatro prisioneros para que llevasen los recipientes con comida hasta la Casa de los Niños. A partir de ese día, conseguir comida resultó mucho más fácil. Luego me enteré de que ese kapo polaco se había enamorado de la hermana, y que le había dicho que un día, cuando la guerra se acabase, le gustaría casarse con ella.
El 24 de febrero de 1945 cumplí quince años. Algunos niños le dijeron a la hermana Luba que era mi cumpleaños y por la mañana me abrazó y me felicitó.
Cuando le dije que cumplía quince, dijo:
—No le digas a las SS tu edad porque te clasificarían como adulta y podrías tener problemas. Recuérdalo, Hetty.
Asentí. Mi alemán estaba mejorando día a día.
—¿Tienes ya la regla? —me preguntó Luba.
No entendí lo que decía, así que me repitió la pregunta. Luego, repentinamente, comprendí que quería saber si había empezado a tener el periodo.
—Sí —respondí.
Luego me preguntó si lo seguía teniendo, pero negué con la cabeza. Eso pareció entristecerla y, cogiéndome de la mano, me preguntó:
—¿Quieres que te vuelva? Puedo pedirle algo a la doctora.
—No —le respondí chapurreando alemán—. Para nada.
No podía imaginar lo sucio que resultaría en esas circunstancias. De mala gana, la hermana aceptó resignada mi decisión.
Ese día, me llevó con ella en busca de comida. Pensó que, dado que era mi cumpleaños, Fritz, el encargado del almacén de alimentos, me haría algún regalo. Estaba en lo cierto. Cuando regresé aquella tarde, les enseñé a los niños el hermoso salami que me había dado Fritz. Lo llevé oculto, sin ningún problema, en los enormes bolsillos de mis pantalones. Aunque me lo había regalado a mí, no pensaba guardarlo para mí sola. Compartíamos todo, sin importar quién lo había encontrado.
Ese día me dijeron que me presentase en el comedor. Cuando llegué, vi que venían a visitarme la kapo del campo, Frau Stana, y la segunda al cargo. La hermana Luba parecía tensa, pero logró dibujar una sonrisa.
—Hetty, Frau Slana quiere que vayas a dar un paseo con ella, así que coge el abrigo y péinate —dijo.
Me advirtió con la mirada que no hiciese preguntas. Hice lo que me pidió y regresé al comedor, donde las dos mujeres me estaban esperando. Frau Stana me cogió de la mano y me dijo:
—Vamos.
Las tres salimos del barracón. Una vez fuera, nos dirigimos hasta el extremo del campo. El tiempo había mejorado y brillaba el sol. Pasamos das Revier —la enfermería—, donde te enviaban si te estabas muriendo. Al menos esa era la finalidad de ese barracón a principios de enero, aunque en aquel momento todos los barracones se habían convertido en enfermerías, ya que el depósito no daba abasto.
Cuando salimos de la Casa de los Niños, Frau Stana me preguntó mi nombre, pero luego ya no me dijo nada más, aunque me agarraba cordialmente de la mano. Después de unos minutos caminando, llegamos a la valla que estaba cerca de la torre de vigilancia. La segunda a cargo le dijo algo al guardia. No entendí lo que decía, pero él asintió dando su aprobación. La segunda a cargo sacó una llave y abrió la cancela, por lo que salimos del perímetro del campo. Me sentía extraña al salir del mismo. Después de andar unos veinte metros, la kapo se sentó cerca de un montón de brezos. Me hizo señales para que me sentase a su lado y luego continuó conversando con la segunda al mando.
Frau Stana parecía haberse olvidado de que yo estaba presente y tuve la oportunidad de observarla. Era una mujer alta, con el pelo moreno y rizado. Tenía la piel blanca y una mirada inteligente. Era una mujer muy guapa y me pregunté cómo una mujer tan bella podía ser tan cruel. La segunda a cargo era justo lo contrario. Era una mujer alta y fuerte, con el pelo rubio. Tenían unos pómulos pronunciados, los ojos grises y un gesto de crueldad en la boca. Ambas mujeres llevaban las faldas a cuadros que vestían los altos cargos, además de botas altas de cuero. Brillaban tanto que te podías ver reflejada en la piel. Frau Stana, como si se diese cuenta de que la estaba observando, me preguntó:
—¿Cuántos años tienes, Hetty?
Tuve en cuenta la advertencia de la hermana Luba y respondí mintiendo:
—He cumplido trece hoy.
—Ah, hoy es tu cumpleaños. Qué bien.
Asentí. Después de esa breve conversación, volvió a hablar con la segunda al cargo. Resultaba muy difícil conversar con Frau Stana, ya que hablaba alemán y polaco, y yo solo podía hablar holandés.
Me dejaron a mis anchas y observé los alrededores. Detrás de mí había un edificio de ladrillo rojo, en un descampado, rodeado por una valla de más de dos metros de altura. Consternada, comprendí que se trataba del depósito. Parecía vacío y la chimenea no echaba ningún humo. Tampoco había ningún cadáver alrededor del edificio, pero aparté la mirada porque me deprimía.
Vi algunas latas de sardinas vacías tiradas en el suelo, así que me levanté y cogí dos de ellas. La kapo ni tan siquiera se había dado cuenta de que me había alejado unos metros, por eso empecé a llenarlas de arena. Escogí algunos brezos y creé una decoración en miniatura. Era agradable poder crear algo bonito y delicado entre tanta miseria.
De repente, Frau Stana se dio cuenta de mi presencia y me miró. Le enseñé lo que había hecho y dijo:
—Qué bonito.
Le di una de mis creaciones y le dije:
—Es para usted.
Lo miró y, después de dudarlo durante unos instantes, le dijo a la segunda a cargo que lo cogiese, ya que nos teníamos que marchar. Señalé la segunda lata con plantas y pregunté:
—¿Hermana Luba?
Frau Stana asintió, así que la cogí y me la llevé con sumo cuidado.
Cuando llegamos a la Casa de los Niños, Frau Stana se despidió amistosamente y su mirada me dijo que lo hacía con sinceridad. La segunda a cargo no se mostró tan amistosa, y en su mirada vi que se alegraba de perderme de vista. Les di las gracias por haberme sacado del campo y entré a toda prisa en el barracón para buscar a la hermana Luba y darle su miniatura. Se alegró mucho de verme de nuevo. Estaba preocupada porque Frau Stana había solicitado personalmente que la acompañase a dar su paseo. Aquella tarde me dio una rebanada extra de pan por mi cumpleaños, y yo la compartí con Max y Jacky.
Todos comimos una rebanada de pan con salami aquella noche y los niños me cantaron Feliz cumpleaños. Una de las chicas, Erica, me leyó un poema que había escrito para mí en holandés:
«Feliz cumpleaños.
Te doy este pan sin mantequilla porque no tengo, pero estoy segura de que te lo comerás.
Espero que celebres tu decimosexto
cumpleaños en Amsterdam,
junto con tus padres y tus dos hermanos».
Erica me dio su rebanada de pan —su cena—, pero no la acepté y le dije que se la comiese ella. El hecho de que quisiese dármela me bastó para saber que me apreciaba, que agradecía que cuidase de ella. Le di un beso muy fuerte y todos los niños aplaudieron.
Al día siguiente recibí un paquete de Frau Stana. Cuando lo abrí, vi que contenía una falda de cuadros grises y blancos, y un bonito jersey de lana que me quedaba a la perfección. La hermana Luba estaba pletórica y se sentía muy orgullosa de mí porque había conseguido tocarle la fibra sensible a la kapo del campo, y eso le ayudaría a buscar comida para nosotros.
La vida se hizo insostenible. El frío, la escasez de alimentos, los recuentos y la aglomeración de los barracones causaron muchos muertos. La montaña de cadáveres crecía más y más y, cuando mirábamos por la ventana, veíamos que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Aunque el olor debía ser espantoso, dejamos de percibirlo.
Desde hacía un mes, dos mujeres nos habían cuidado por la noche, es decir, desde que Phillipje se había puesto enfermo, y se quedaban para cuidar principalmente de los más pequeños. Resultaba también reconfortante para los mayores, ya que veíamos la tenue luz y escuchábamos cómo conversaban en voz baja cuando nos despertábamos. Yo experimenté muchas veces esa sensación de alivio cuando me despertaba, ya que raras veces dormía profundamente porque siempre presentía el peligro durante la noche.
Durante los últimos días de febrero de 1945 supimos que algunos hombres del transporte de diamantes habían regresado a Belsen y se encontraban en el campo de Häftling. Max, Jacky y yo nos preguntábamos si nuestro padre habría regresado con ellos; por eso, cuando regresaron las guardias para vernos, Max le preguntó a Hilde si podía averiguar si nuestro padre estaba en el campo de los hombres. Max se acercó a verme y me dijo:
—Hetty, Frau Hilde quiere saber más detalles de papá. Quiere conocer su fecha de nacimiento.
Después de dudarlo unos instantes, le dije a Hilde:
—21 de abril de 1902.
Max ya le había dicho su nombre. Ella prometió que intentaría averiguarlo, pero por su mirada deduje que mentía. Cuando se marchó le dije a Max que tuviese cuidado.
Una tarde, Frau Hilde vino a visitarnos sola. Los niños más pequeños ya la conocían y se arremolinaron a su alrededor. No tenían idea del peligro que representaba, y yo pensaba que utilizaba esa estrategia para sacar información de los niños sobre la hermana Luba. Quería saber si teníamos comida suficiente. Me dijo que me sentase a su lado en la parte baja de la litera y, después de obedecer, me preguntó:
—¿Cuántos años tienes?
—Trece —mentí, teniendo en cuenta la advertencia de Luba.
No sé si se percató de que estaba mintiendo, ya que le habría resultado muy fácil comprobar el registro. Fue Max quien me libró de que me hiciese más preguntas.
—Frau Hilde —dijo—, ¿cree usted que sería posible conseguir un bizcocho de crema? Me encantaría.
Dios santo, pensé, qué valor tenía pedirle algo así, pero Frau Hilde le dijo a Max que lo intentaría, y a continuación lo acercó hacia ella y le tocó los genitales. Max trató de librarse y, al ver nuestra consternación, Frau Hilde le soltó de inmediato y se levantó para irse.
—Nos veremos pronto —le dijo a Max antes de marcharse.
Frau Hilde regresó dos días después y le entregó a Max una pequeña caja. Cuando la abrió pudo ver que contenía dos pasteles de crema y un sándwich de jamón y salami. Max me dio la caja y le dio las gracias a Frau Hilde. Ella le acarició la cabeza y pocos minutos después se marchó. Le dimos la pequeña caja a la hermana Luba, que cortó el sándwich y los pasteles en trozos minúsculos y los repartió entre los niños. Por muy pequeño que fuese el trozo, estaba delicioso. Dudo que ninguno hubiésemos podido comernos un pastel entero, ya que nuestro estómago no estaba acostumbrado a esa clase de comida.
Antes de marcharse Frau Hilde, Max le había preguntado si había averiguado algo acerca de nuestro padre y ella le respondió que estaba haciendo las pesquisas necesarias. Si hubiésemos sido más mayores e inteligentes, no le habríamos pedido tal cosa a una mujer de las SS, ya que eso ponía en peligro el anonimato de nuestro padre en el campo. La petición de Max podía atraer la atención de las SS y eso podía ser fatal para papá, pero éramos tan inocentes que no reparamos en tal cosa.
El día después de mi cumpleaños pensé que no sabíamos cuándo era el cumpleaños de la hermana Luba; por eso, cuando regresó de la cocina, se lo pregunté. Nos costó cierto trabajo averiguarlo, ya que los cumpleaños en Rusia y Polonia son algo distinto. En Holanda es la fecha que señala el día de tu nacimiento, pero en Rusia y Polonia es el día de tu santo. Después de mucho hablar, decidimos que su cumpleaños era el 5 de marzo.
Eso no nos dejaba mucho tiempo para organizar algo especial, ya que solo nos quedaban nueve días. Decidí consultar con Inge y Gretel, dos mujeres holandesas de origen alemán que a veces venían a visitarnos. Gretel trabajaba en el dispensario con los médicos de las SS y tenía la posibilidad de sacar las medicinas que precisaba Luba cuando alguno de nosotros se ponía enfermo.
Cuando Inge y Gretel llegaron por la tarde les dije que necesitaba su ayuda para hacerle un regalo a la hermana por su cumpleaños, algo realmente bonito. También quería que Inge escribiese un poema para que yo pudiese recitarlo. Inge dijo que lo intentaría, y yo prometí darle algo de comida a cambio. Esa conversación tuvo lugar en nuestro complejo a última hora de la tarde, lejos de los oídos de cualquiera que pudiese revelarle esa sorpresa a Luba. Inge y Gretel no regresaron hasta cuatro días después. En un papel no muy blanco, Inge había compuesto un poema en alemán para el cumpleaños de la hermana. Ella había incluido todas sus virtudes, tal como yo le había dicho.
Después de que Inge me tradujese el significado de algunas palabras que no comprendía, me sentí bastante satisfecha con el resultado. Luego le pregunté si había podido encontrarle algún regalo y me enseñó un hermoso pañuelo de seda blanco y negro, de la marca holandesa De Bonnetterie. Me sorprendió que hubiese sido capaz de encontrar algo así en Belsen, más aún de Maison de Bonnetterie, en Amsterdam, ya que solo los más ricos podían comprar en esa tienda tan exclusiva.
—Una de las ancianas del Sternlager lo tenía en su maleta —dijo Inge.
—¿Cuánto quiere por él? —pregunté.
—Una barra y media de pan —respondió.
—¿Y cuánto quieres tú por el poema?
Inge miró a Gretel y luego dijo:
—Queremos media barra de pan.
Reflexioné durante un rato. No había duda al respecto. Yo quería ese hermoso pañuelo para la hermana Luba, así como el poema.
—De acuerdo —respondí—. Os daré las dos barras de pan, pero tendrá que ser en rebanadas. No puedo sacar una barra entera.
Inge y Gretel estuvieron de acuerdo con los condiciones.
—Creo que una barra tiene diecisiete rebanadas, ¿no?
Inge asintió.
—Por tanto, dos barras son treinta y cuatro rebanadas.
Inge y Gretel asintieron de nuevo.
—Os pagaré en dos plazos. Una noche treinta y cuatro mitades y la siguiente las restantes.
Inge aceptó. Después le pedí que me trajese el poema completo al día siguiente, así tendría tiempo para memorizarlo antes del cumpleaños de la hermana. Inge me prometió regresar al día siguiente y escribir el poema en mayúsculas, ya que se había percatado de que me había costado trabajo entender su letra.
Regresé al barracón y busqué a Iesy para contarle mi plan.
—Tengo que conseguir dos barras de pan para comprarle ese pañuelo a la hermana Luba y para pagarles a Inge y Gretel por el poema —dije.
Iesy no me respondió de inmediato. Pensaba que resultaría muy difícil conseguirlas. Mataban a mucha gente por una simple rebanada de pan y nosotros teníamos que buscar treinta y cuatro. De algún modo teníamos que lograrlo, pues Luba era muy especial para nosotros.
—La única forma de hacerlo es que cada uno demos la mitad de la rebanada que nos dan para comer todas las noches, y tenemos que hacerlo dos noches seguidas. ¿Qué te parece, Iesy?
Me miró muy seriamente.
—Eso es mucho pedir. No nos han dado demasiada comida en los últimos días.
—Sé que es un enorme sacrificio para todos, pero no veo otra manera, salvo entrar y robarlo del almacén.
Iesy se quedó callado durante un rato y luego dijo que le preguntaría a los demás para ver si estaban de acuerdo. Me di la vuelta y les dije a unos cuantos niños que estaban cerca que buscasen a los demás y les dijesen que viniesen al dormitorio. Al poco rato estaban todos rodeándome, salvo los más pequeños. Les conté lo que había planeado para el cumpleaños de la hermana y lo que necesitaba de ellos.
—Es vuestra ración de pan, y si no queréis dar la mitad durante dos noches seguidas, no tenéis por qué hacerlo —les dije.
Sin embargo, todos estuvieron de acuerdo; eso me demostró lo mucho que querían a Luba.
La primera noche recogí el pan durante la cena sin que la hermana que estaba a cargo se diese cuenta de nada. La noche siguiente, los niños volvieron a dividir su ración. Aunque estaban hambrientos, el amor por Luba era más fuerte que el hambre. Ella lo era todo para nosotros. Fue nuestra madre en Belsen, nuestra confianza en ella en aquel momento era ilimitada, y nuestro amor incondicional. Era el ángel que cuidaba de nosotros.
Llegó la mañana del 5 de marzo de 1945. Por la mañana temprano nos lavamos la cara, las manos y nos peinamos, y los niños mayores ayudaron a los más pequeños. Todo el mundo se puso en cola para que yo hiciese la inspección final antes de salir del comedor. Cuando entramos en la habitación, no nos sentamos como de costumbre, sino que formamos dos hileras con los más pequeños mirando hacia la puerta. La hermana, a la que la noche anterior le habían dicho que viniese, entró en la estancia y los niños empezaron a cantarle la canción de cumpleaños holandesa, Que vivas mucho tiempo. La hermana Luba se quedó tan sorprendida que su rostro se iluminó con una dulce sonrisa. Los niños habían sabido guardar el secreto.
Después de cantarle la canción, le dijimos que se sentase en una silla especialmente decorada para la ocasión y le recité el poema:
«Hermana Luba, ese nombre te queda como anillo al dedo, pues te has ganado nuestro amor y respeto,
desde la mañana hasta bien entrada la noche,
en ningún momento te olvidas de nosotros.
Nada más empezar el día,
la hermana Luba ya está en pie.
¿Dónde se ha marchado ahora?
A la cocina, en busca de nuestra comida.
Los niños esperan, preguntando cuándo volverá, y hoy qué nos traerá
para llenar nuestros pequeños estómagos.
Qué feliz es cuando lo que nos trae
incluye sopa de patatas y beicon.
Todos se sientan, todos están presentes,
porque comer nos hace felices.
No hay puerta ni muro,
para Luba nada es demasiado alto ni fuerte,
ya que hará cualquier cosa
por los niños que tiene a su cuidado.
Si alguno enferma, días y noches
pasa a su lado hasta que se recupera.
Leni está enferma y ahora
Luba va de un lado para otro sin cesar,
y cuando cae la noche, cuando reina el silencio, aún está despierta para darle a la niña una dulce “pastilla”. Hubo una vez en que los niños no tenían zapatos, pero la hermana Luba buscó hasta encontrarlos. Nuestra vida está en sus manos, lo sabemos bien,
y todos, grandes y pequeños, no encontramos palabras para mostrarte nuestro agradecimiento,
te deseamos alegría, salud y felicidad,
y esperamos que la libertad venga pronto para todos por igual».
La hermana Luba estaba sentada, totalmente embelesada. Me acerqué hasta ella, le di el regalo y le dije el sacrificio que habían hecho los niños para poderle comprar el pañuelo de seda. Luego la rodeé con los brazos y, besándola, le dije: «Todos te queremos, hermana Luba». Tanto ella como las demás hermanas estaban llorando. Luego se levantó y se acercó a la hilera de niños. Les dio las gracias y les abrazó uno por uno. Después, nos sentamos alrededor de la mesa para desayunar. Luba no salió aquel día. En su lugar envió a Hermina en busca de comida, quien se llevó a Max con ella para que la acompañase a la cocina.
Fue un día muy feliz, hasta las últimas horas de la tarde, cuando dos mujeres guardias nos visitaron. Me llamaron para que me presentase en el comedor. Cuando entré vi que la hermana Luba hablaba con ellas, que me daban la espalda. Cuando Luba me vio, me cogió de la mano y me dijo:
—Las guardias quieren que recites el poema de esta mañana —dijo tirando de mí suavemente para que me acercase.
Una de las guardias era Juana Borgmann, una mujer temida por su brutalidad. Cada músculo de mi cuerpo me dijo que tuviese cuidado. Esas guardias no eran las mismas que nos habían visitado con anterioridad, y mi instinto me decía que eran dos mujeres perversas y malvadas. De alguna manera recuperé la compostura y me armé de valor para recitar el poema, pero cuando llegué a la última línea que decía «y esperamos que la libertad venga para todos por igual», dudé y dije: «Todos te deseamos un feliz cumpleaños».
No sabía de dónde había sacado esas palabras, ya que solo sabía decir algunas pocas palabras en alemán. Creo firmemente que un poder sobrenatural las formó en mi cerebro para que pudiese pronunciarlas. Luba parecía sumamente aliviada, y las guardias me dijeron que era un poema muy bonito; pero no hablaban sinceramente. Me dejaron que regresase al barracón, pero allí no acabó la cosa.
Dos días después me volvieron a llamar para que me presentase en el comedor. Cuando entré, vi a Luba con algunas de sus ayudantes delante de un oficial de las SS, con semblante perverso, sentado en un taburete. Juana Borgmann y la otra guardia que había escuchado mi poema estaban a su lado. Luba tenía el rostro enrojecido y los labios fruncidos, por lo que deduje que algo malo estaba pasando. Irma Grese se giró hacia mí cuando entré y dijo:
— [6] Übersturmführer Herr Fuchs quiere hablar contigo.
Me empujó en dirección al oficial. Era un hombre bajo y delgado, que llevaba gafas sobre sus penetrantes ojos oscuros. Iba vestido con un uniforme negro y llevaba un látigo de cuero en la mano derecha. Al estar sentado, sus ojos estaban al mismo nivel que los míos. Me miró fijamente y luego, con voz suave, me preguntó:
—¿Cómo te llamas?
—Hetty Werkendam, Herr Ubersturmführer.
—¿Cómo te llamas? —volvió a preguntarme en voz muy baja.
Me escrutó con fijeza. Me recordó a una serpiente y empecé a sentirme alarmada. Con el corazón latiéndome a toda velocidad, repetí:
—Hetty Werk…
—Querrás decir Esther. ¡Esther, no Hetty! —gritó el Ubersturmführer Fuchs.
Di un paso atrás, asustada, y susurré:
—Sí, Esther.
—Me he enterado de que has preguntado por tu padre —dijo.
—Sí, Herr Ubersturmführer.
—¿Cómo se llama tu padre? —preguntó sin dejar de mirarme fijamente a los ojos, como si quisiera hipnotizarme.
—Mi padre se llama Maurice Werkendam.
—¿Has dicho Maurice Werkendam?
Asentí con la cabeza, pero Fuchs explotó de furia.
—Moses. ¡Querrás decir Moses y no Maurice!
Yo temblaba de miedo, y sin necesidad de darme la vuelta, pude percibir que Luba y las demás hermanas también temían lo que pudiera pasarme. Luego Fuchs se tranquilizó y me preguntó:
—¿Cuántos años tienes?
Recordé las advertencias de Luba, pero él sabía mi apellido y el nombre de mi padre, así que debía haber visto el registro. Si le decía que tenía trece años, se daría cuenta de que le estaba mintiendo.
—Catorce, Herr Übersturmführer —respondí.
Fuchs miró a los dos guardias cuando escuchó mi respuesta, pero antes de que pudiese decir nada, Luba se adelantó, se puso a mi lado y con su deslumbrante sonrisa dijo:
—Herr Übersturmführer, la pequeña tiene un permiso especial del comandante para estar en la Casa de los Niños.
Aquello pilló de sorpresa a Fuchs y, después de consultar en voz baja con las dos guardias, me dijo que podía marcharme. La hermana Hella me llevó hasta la habitación de al lado. Yo temblaba como un flan. Empecé a llorar y oculté mi rostro en su cuerpo, buscando protección. Ella me abrazó con fuerza y trató de sosegarme. Oía que Fuchs le gritaba algo a la hermana Luba, algo que no pude comprender. Gracias a Dios, Fuchs y las guardias se fueron, pero no antes de ordenar a Luba y a Hermina que vistiesen uniforme de prisioneras en el futuro, amenazándolas con castigarlas personalmente si no obedecían.
La hermana Luba estaba furiosa.
—¿Quién ha informado sobre la Casa de los Niños a las SS? —preguntó—. Ha tenido que ser alguien de nuestro entorno.
¿Cómo iba a hacer alguno de nosotros una cosa así? ¿Habían sido las dos guardias que nos habían visitado en el dormitorio? Habían intentado sacarles información a los niños. Por otro lado, había mucha gente que se sentía celosa por el cargo que tenía la hermana Luba, y los celos y el odio por los que ocupaban un mejor puesto era algo que estaba a la orden del día en el campo.
La hermana Luba estaba muy molesta porque no podría llevar ropa de civil, ya que gracias a ella se la consideraba un alto cargo. Por medio de sus contactos no tardó en encontrar unas chaquetas de hombre con rayas blancas y grises. Estaban descosidas y se hizo con ellas una chaqueta y una falda; llevaba su blusa azul para complementar el conjunto. El primer día que se lo puso le dije que estaba muy elegante. Me sonrió y me dio un beso muy fuerte.