Hetty

Hetty Verolme · Capítulo 10 de 17

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Hetty

Capítulo 9

Transcurrió un día tras otro y nos acostumbramos a la rutina. Aquellos a los que se les había encomendado alguna tarea la llevaban a cabo sin necesidad de que se les supervisase, y teníamos comida de sobra. La búsqueda constante de comida desapareció. Los niños aceptaron que no podían estar con sus madres y me habían adoptado a mí como sustituía. Siempre que ocurría algún percance, acudían a mí en busca de consuelo. Siempre que surgía algún problema, era yo la que tenía que resolverlo. Confiaban en mí incondicionalmente, e hice todo lo que pude para no defraudarles.

No vimos a nadie durante días. Parecía como si las SS se hubiesen olvidado de nuestra existencia. Luego, el noveno día después de nuestra llegada, las dos mujeres regresaron para decirnos que la mañana siguiente, todos los niños menores de trece años serían trasladados a un nuevo barracón, donde ellas los cuidarían. Me dijeron que debían recoger sus maletas y estar preparados a las ocho en punto del día siguiente. Eso creó una gran agitación. Los chicos se asustaron de nuevo. Estaban empezando a acostumbrarse y se sentían seguros. A cada momento acudían a mí en busca de apoyo, pero cuando se enteraron de que yo no podría irme con ellos, pues tenía catorce años, se asustaron verdaderamente. Intenté tranquilizarles y poner buena cara, pero no estaba nada contenta, especialmente porque Max y Jacky tenían que marcharse con ellos. Oculté mi ansiedad, pero comenté la situación con Eva, cuya hermana pequeña también tenía que marcharse. Iesy y Louky también se tenían que ir y eso me hacía sentir muy apenada.

Eva y yo decidimos recoger las pertenencias de los niños y ponerlas en sus respectivas maletas para que estuviesen listas a la mañana siguiente. Eso nos ocupó hasta media tarde. Estaban apiladas ordenadamente en el centro de la habitación, dispuestas para que se las llevasen. Eva y yo no confiábamos en las dos mujeres y guardamos alguna ropa en unas maletas que habían estado en un rincón, en la parte de arriba de mi cama, y las tapamos con una manta para ocultarlas. Eso significaba que Louky y Jacky tendrían que dormir en otra cama esa noche. Nos fuimos a dormir temprano, exhaustos por la conmoción que nos había causado la noticia.

Sorprendentemente, los niños durmieron bien, pero yo no. Durante horas estuve mirando por la ventana, desde mi cama. La oscuridad de la noche reflejaba mis sentimientos. No brillaba una sola estrella. Un poco de su luz me hubiera infundido algo de esperanza para el futuro, pero la incertidumbre de nuestra existencia me abrumaba, mientras transcurrían las horas. Max se movió a mi lado y abrió los ojos.

—¿No puedes dormir? —susurró.

—No —respondí—. Max, prométeme que cuidarás de Jacky.

Max asintió. Me cogió de la mano por encima de la cama y dijo:

—Te lo prometo. Pero ahora intenta dormir. Debes descansar. Nos espera un día muy duro mañana.

Logré esbozar una sonrisa, ya que advertí que estaba preocupado por tener que dejarme atrás.

—Lo intentaré —dije—. Y ahora duérmete de nuevo.

Max se dio la vuelta y, en cuestión de segundos, estaba durmiendo plácidamente. Yo no pude conciliar el sueño y me alegré de ver los primeros rayos de luz.

Con sigilo, intentando no despertar a Max, me escurrí de la cama y me dirigí a la puerta trasera. Salí, cerrando la puerta con sumo cuidado. Vi el cielo iluminarse por el este, y el contorno de la valla y de las torres de vigilancia. Todo estaba en silencio. Solo el sonido de los guardias y de los perros que patrullaban fuera del muro lo rompía. Me apoyé en la pared del barracón y respiré profundamente el aire fresco de la mañana. Levanté la mirada al cielo y recé para que Dios cuidase de mis dos hermanos y de todos los niños que iban a marcharse en unas pocas horas. Las lágrimas me corrían por las mejillas, de lo impotente que me sentía.

La puerta que estaba junto a mí se abrió y por ella salió Emile. Se quedó sorprendido al verme tan temprano. Su repentina aparición me hizo controlarme.

—¿Dónde vas? —pregunté.

—A las letrinas.

—No tardes mucho. Vamos a desayunar temprano.

—De acuerdo —respondió mientras pasaba a mi lado.

Me quedé mirándole durante un rato. Qué chico más extraño, pensé. ¿Qué hacía tan temprano? ¿Qué estaría tramando ahora?

La puerta se volvió a abrir y apareció Louky.

—Ah, estás aquí —dijo—. Todo el mundo te anda buscando. Algunos niños quieren desayunar ya.

Me limpié los ojos con el dorso de la mano y me aseguré de que no se me notase que había estado llorando. Cuando volví a entrar, todo el mundo estaba levantado. Eva había vestido a los más pequeños, que estaban sentados ordenadamente sobre una manta tendida en el suelo. Le dije a Iesy y a Bram que abriesen el recipiente que nos habían traído el día anterior. ¡Qué sorpresa! Estaba lleno de arroz con leche y mucha azúcar. Nos alegramos tanto que nos olvidamos de nuestra separación por unos instantes. Pronto estuvieron todos servidos y dejé que repitiesen los que quisieran.

Después de lavar los recipientes, utilizamos la caja de sándwiches para meterlos. Los niños estaban preparados y reinaba un silencio incómodo, ahora que se acercaba nuestra despedida. Me acerqué a la hilera de niños que estaban sentados en el suelo y, arrodillándome a su lado, les dije que fuesen buenos y obedecieran a las hermanas. Les puse ese apelativo a las dos mujeres para que sonase más amistoso. Les dije que no se asustasen, ya que las «hermanas» les darían de comer y no pasarían hambre.

—¿Vendrás pronto a vernos, Hetty? —me preguntó una de las niñas pequeñas.

—¡Por supuesto! —le prometí mientras le daba un abrazo.

La última y preciada hora pasó muy rápidamente, y de pronto aparecieron las mujeres para recoger a los niños. Puesto que los había preparado para ese momento, se mantuvieron tranquilos y, como había esperado, no les invadió el miedo. Les dije que formasen una fila y que fuesen con ellas. Eva decidió acompañarlos durante parte del trayecto. Iesy se acercó hasta donde estaba y me dio un abrazo. Era siempre tan efusivo.

—Cuídate, Hetty —dijo, besándome en ambas mejillas.

Asentí. No pude responder inmediatamente, pero conseguí decirle:

—Cuida de los niños. Ellos confían en ti.

—Lo haré —respondió Iesy.

Se apartó de mí. Uno a uno fueron saliendo de la habitación, y solamente se quedaron Max y Jacky. Les abracé y les di un beso de despedida. Les acompañé hasta la puerta. Jacky se aferraba a mi brazo y, mientras le soltaba con delicadeza, le dije que ya era un niño mayor y debía cuidarse por sí solo.

—Abrígate, cariño, y quédate al lado de Max. No os separéis.

Les di un último beso a los dos y les dije que corrieran detrás de los niños.

—Iré a veros —les prometí cuando se marchaban.

Max y Jacky se dieron la vuelta para volverme a decir adiós desde lejos. Yo también me despedí de ellos con una sonrisa en la cara, pero cuando volví dentro de la habitación empecé a llorar. Estaba abatida. Subí a mi cama y estuve llorando hasta que me quedé sin lágrimas. Me sentía perdida y sola. La habitación estaba vacía, salvo por algunas maletas que aún quedaban por recoger. Eva aún no había regresado. Miles de pensamientos se agolparon en mi cabeza. ¿Dónde estaba mi padre? ¿Dónde estaba mi madre? Ahora que mis hermanos se habían marchado, me sentía abandonada. La quietud de la habitación resultaba inquietante. Miré las camas vacías y empecé a llorar de nuevo.

Las mujeres regresaron a recoger los últimos bultos que quedaban. Tenían un aspecto horrible, con sus uniformes grises y a rayas. Tenían las mejillas y los ojos hundidos. Me asustaban. Sus manos en forma de garras cogieron las maletas. Estaban sumamente delgadas y me pregunté de dónde sacarían las fuerzas para trabajar tan duro. Al otro lado de la puerta vi una kapo que les dijo que se diesen prisa y ellas, como zombis, respondieron. Cogieron también los recipientes de comida y la olla limpia. Me alegré de haberme quedado, ya que, de no haberlo hecho, se habrían llevado también las maletas que había sobre mi cama. Después de marcharse, me metí debajo de la manta y traté de descansar un poco. No tenía el más mínimo deseo de salir. Lentamente, sentí que el calor inundaba mi cuerpo y, por fortuna, me quedé dormida.

 

Cuando Eva regresó me dijo que habían llevado a los niños a un barracón, al otro extremo del campo, y que las dos mujeres los cuidaban.

—¿Está muy lejos? —pregunté.

—No. Mañana saldré a buscar algo de comida para nosotras. No hay nadie en la cancela. Iré a la cocina y veré qué puedo conseguir —dijo bostezando.

—¿Te parece prudente?

—Tal vez no, pero lo intentaré.

Poco después, Eva se fue a la cama. Se dejó caer, con zapatos y todo. Había sido un día muy duro para ella.

—Hasta mañana, buenas noches.

Se dio la vuelta y, en cuestión de un minuto, estaba dormida. Puesto que no había nada que hacer, me volví a meter debajo de la manta. Aunque no pudiese dormir, al menos entraría en calor. Me enrollé dentro de la manta. La habitación estaba más fría que antes, ya que el calor que desprendían los cuerpos de los niños hacía que la temperatura fuese más soportable. Los echaba de menos y me pregunté si estarían durmiendo en ese instante.

La habitación estaba muy silenciosa y no dejaba de mirar las camas vacías mientras me preguntaba si debía ir a ver a los niños al día siguiente, y si me dejarían hacerlo. Estaba asustada y me sentía insegura. Durante los últimos días había llegado a la conclusión de que, si bien la vida en el campo anterior no había sido nada buena, estábamos protegidos por Albela y los demás ancianos. Esta sección de Belsen tenía normas muy distintas. La dirigían kapos muy crueles, y solamente los más fuertes y malvados lograban sobrevivir. Debía intentar conciliar el sueño, me dije.

 

—Hetty, despiértate.

Abrí los ojos y vi a Eva de pie, debajo de mi cama.

—Voy a salir. Ya nos veremos cuando vuelva.

—De acuerdo, pero ten cuidado.

Bram también se levantó de la cama. Hasta ese momento no le había prestado mucha atención, ya que había estado ocupada con los niños más pequeños. Era un chico alto para su edad, de unos dieciséis o diecisiete años. Tenía las mejillas hundidas, los pómulos prominentes y un mentón afilado que hacía que su cara pareciese un triángulo. Siempre que le hablaba, evitaba el contacto visual. Era un poco raro, y sentía que no tenía ninguna conexión con él.

—Me pregunto cómo estará Bella —dijo Bram mirando a su alrededor.

Vi que tenía una mirada triste. Quizá no lo había juzgado bien, pensé. Estaba preocupado por su hermana. Luego se marchó y me quedé sola. Decidí salir a dar un paseo. Hasta ese momento no había ido nunca más allá de las letrinas. Antes de salir, tapé las maletas con mantas. Sabía que me arriesgaba a perder los botes de azúcar, pero no podía pasarme la vida dentro del barracón.

Hacía un día sombrío. Las nubes grises no dejaban pasar la luz del sol. Nuestra sección del campo parecía desierta. Cuando pasé el bloque de las letrinas, vi a una mujer utilizando el grifo de fuera. Cuando me vio acercarme, levantó la cabeza. Yo me había parado con intención de charlar, pero ella continuó con sus tareas y me ignoró. Proseguí mi camino y cogí la carretera siguiendo la dirección que me había indicado Eva la noche anterior, la cual conducía hasta el hospital.

No se oía el más mínimo ruido, el silencio era escalofriante. Era como si estuviese sola en el mundo. Llegué al edificio que pensaba que era el hospital y me detuve un rato mientras lo observaba. Estaba construido de ladrillos rojos y tenía ventanales altos, pero no se veía el más mínimo signo de vida. ¿Dónde estaba todo el mundo? Empecé a sentirme muy inquieta. Luego se abrió la puerta y un alto oficial de las SS salió del edificio acompañado de una mujer que estaba inmaculadamente vestida con un traje azul marino. Los dos hablaban animadamente y no se percataron de mi presencia. Decidí que lo mejor era seguir adelante.

Mientras caminaba por la carretera, dos mujeres aparecieron de detrás de los árboles y se dirigieron hasta donde yo estaba. Caminaban cogidas del brazo, como si estuviesen dando un paseo dominical. Cuando se acercaron, una de ellas me señaló.

—Es la hija de Maurice —dijo.

Entonces las reconocí. Eran la tía Beth y la madre de Sonja.

—¿Cómo estás, cariño? —preguntó la madre de Sonja—. ¿Qué estás haciendo aquí?

Les conté que habían trasladado a mamá y a papá, y que a Max y Jacky los habían enviado a otro barracón el día anterior.

—¿Sabéis en qué barracón están los niños? —pregunté.

—Sí —dijo la madre de Sonja—. Está detrás de los árboles. ¿Tienes algo de comer, Hetty?

—No —respondí.

—¿Ni tampoco nada de sal? —preguntó la madre de Sonja.

Durante unos instantes dudé mientras las miraba. La tía Beth no estaba nada bien. Estaba muy delgada y no decía ni una palabra.

—Esperad aquí —le dije a la madre de Sonja—. Os traeré un poco de sal.

Regresé rápidamente a la habitación. Con mucho esfuerzo, saqué mi maleta de entre las demás y la abrí. Encontré el bote de sal, vertí un poco en un trozo de papel y lo doblé cuidadosamente, ya que de esa forma no se perdería ni una pizca. Cuando terminé, cerré y dejé la maleta sobre la cama, pues no tenía fuerzas para meterla entre las demás.

Le di el paquete de sal a la madre de Sonja, que se lo escondió a toda prisa en el traje. Me dio las gracias y se marchó con la tía Beth. Fue la última vez que vi a la madre de Sonja.

Continué caminando. Al dar la vuelta a la arboleda vi tres barracones. Me detuve, preguntándome en cuál de ellos estarían los niños. No podía ver nada que me indicase que estaban allí, así que me acerqué lentamente. El primero de los barracones estaba vacío, por eso me acerqué al segundo y miré a través de la ventana. Allí estaban. Vi a la mayoría de los niños sentados alrededor de una mesa. Otros estaban sentados en el suelo, en el centro de la sala. Algunos niños pequeños estaban llorando. La mujer baja se acercó a uno de ellos, pero cuando se agachó, el niño empezó a llorar con más fuerza.

Al levantarse, la mujer me vio mirando por la ventana. A través del cristal me preguntó qué estaba haciendo allí.

Le dije:

—Hermano, hermano.

Abrió la puerta y me dijo que entrase.

Una vez dentro, miré la sala. Las literas estaban colocadas en dos hileras a lo largo de la pared de la derecha. Cerca de la puerta, en un rincón situado a la izquierda, habían creado un espacio dividido por medio de dos literas y, para mi sorpresa, habían utilizado algunas de nuestras mantas para tener algo de intimidad. En cuanto entré, una horda de niños me rodeó y empezó a aferrarse a mí. ¡Qué alegría les dio verme! Los niños que habían estado llorando dejaron de hacerlo, y casi se empujaban entre sí para poder tocarme. Se colgaban de mis brazos y todos me hablaban al mismo tiempo. Les dije que se sentasen alrededor de la mesa porque les iba a contar un cuento. Durante dos horas les estuve entreteniendo y reconfortando un poco.

Decidí no prolongar mi estancia e hice ademán de marcharme, pero no antes de hablar con Max y Jacky. Les pedí que me enseñasen dónde dormían y me llevaron hasta su cama. Inspeccioné la manta que tenían y, aunque no era la nuestra, pensé que les serviría para abrigarse por la noche.

—¿Cómo os tratan las mujeres? —le pregunté a Max.

—Bien, pero no nos dejan hacer el más mínimo ruido porque estamos muy cerca de la torre de vigilancia.

Jacky, que no había dicho gran cosa, dijo repentinamente:

—¿Crees que volveremos a ver a mamá y papá?

—Por supuesto, cariño.

Le rodeé con el brazo. Hablamos durante un rato y luego les dije que tenía que marcharme. Me despedí de los niños y me dirigí hasta la puerta. Ya había averiguado que la mujer más baja se llamaba Luba, y la otra Hermina. Cuando abrí la puerta para irme, la hermana Luba se acercó y me preguntó cómo me llamaba.

—Hetty —respondí.

Luego, chapurreando alemán y haciendo gestos con la mano, le pregunté:

—¿Puedo volver mañana?

La hermana Luba me comprendió y me dijo que sí.

Regresé lentamente a mi habitación. Era muy tarde. No hacía frío, o al menos no lo sentía. Estaba contenta de que me hubiesen dejado ver a Max, Jacky y a los demás niños, pero no me gustaba que las mujeres hubiesen utilizado nuestras mantas para aislarse en su rincón, aunque no podía hacer nada al respecto.

Mientras pensaba en todo ello casi había cubierto la distancia hasta mi barracón.

No me había cruzado con nadie durante el trayecto. En comparación con nuestro anterior campo, estaba mucho mejor, porque el otro se encontraba repleto de gente. Y lo mejor de todo era que no teníamos que acudir al recuento.

Eva ya había regresado a nuestra habitación y se alegró de verme.

—¿Dónde has estado? —preguntó.

—He ido a ver a los niños. Están bien. ¿Cómo has pasado el día? ¿Has conseguido algo de comer?

—No —respondió Eva—. He cogido dos galletas porque tenía mucha hambre.

—Yo también —dije mientras subía a la cama.

Eva me observó en silencio mientras me comía dos galletas pequeñas.

—Las cosas se están poniendo feas —dije—. Solo quedan tres galletas. ¿Qué vamos a hacer?

—No lo sé. Espero que no nos dejen morir de hambre. Me han dicho que a las mujeres que están en los barracones cerca del hospital tampoco les dan comida —dijo Eva.

Las dos nos quedamos calladas y pensativas.

—Más vale que nos vayamos a dormir —dije—. Cuando dormimos, no sentimos tanta hambre.

 

Cuando me desperté la mañana siguiente, Eva y Bram ya se habían marchado. Me puse el abrigo antes de salir, y también cogí un pañuelo rojo que me até alrededor de la cabeza para no sentir tanto frío en los oídos.

Tenía el estómago vacío y me dolía a veces, recordándome que durante los dos últimos días apenas había comido nada. El agua del grifo estaba muy fría, gélida. Me lavé las manos y me eché agua en la cara, pero las manos se me quedaron como dos bloques de hielo. Regresé a la habitación y busqué el frasco de azúcar. Cogí una cucharadita y volví a meterlo en la maleta, oculto entre mi ropa.

El tiempo transcurría lentamente. Después de varias horas no pude soportarlo más y decidí ir a ver a los niños, aunque aún era muy temprano.

Me dirigí al barracón de los niños. Cuando llegué, llamé a la ventana. Una niña pequeña me abrió la puerta. Entré, un poco cohibida. La hermana Luba estaba ocupada con Phillipje, y la hermana Hermina estaba limpiando la habitación. Observé que algunos niños no tenían zapatos y algunos de los más pequeños tampoco llevaban pantalones. Inmediatamente empecé a vestir a los más pequeños y les puse zapatos y calcetines a los que lo necesitaban. Organicé a los niños para que realizasen algunas de las tareas que habían hecho antes, como estirar las mantas, recoger la ropa sucia y hacer un montón con ella para lavarla más tarde. Max y Jacky estaban muy contentos de que estuviese allí y me ayudaron a poner un poco de orden en la habitación.

Iesy estaba en la cama con dolor de garganta. Le brillaban los ojos y tenía fiebre. Había cogido un resfriado y le dije que se quedase acostado y se abrigase. Pobre Iesy, tenía un aspecto lamentable.

Después de algunas horas me di cuenta de que no tenían nada que comer. Le pregunté a la hermana Luba si tenía algo de comida para los niños y me dijo que la doctora había salido a ver si podía encontrar algo.

Les pedí a los niños que fuesen pacientes y que se sentasen en orden alrededor de la mesa. Yo también me senté con ellos y traté de entretenerlos, jugando y contándoles un cuento, pero a medida que pasaba el tiempo vi que su atención se iba desvaneciendo y se aletargaban.

Pedí permiso a la hermana Luba para que los dejase salir fuera y respirasen un poco de aire fresco. Yo salí con ellos. Mientras paseábamos por la zona que había delante del barracón, vi que los chicos y las chicas corrían de un lado para otro, contentos de haber salido por primera vez en tres días.

Después de veinte minutos les dije que volviesen a entrar y se quitasen el abrigo. Cuando entramos, la hermana nos dijo que nos sentásemos en la mesa. Mientras habíamos estado fuera, la doctora había traído algo de comida.

Después de sentar a los niños alrededor de la mesa, hice ademán de marcharme. Pensé que no tenía derecho a compartir la comida, como si no fuese una de ellos, aunque tenía un hambre atroz. Me despedí de los niños, abracé a Max y a Jacky y me dirigí hacia la salida.

Antes de llegar a la puerta, la hermana me detuvo y me preguntó:

—¿No quieres comer?

Dudé.

—Pero es tu comida.

Luba me cogió del brazo y me condujo hasta la silla que yo había dejado vacía.

—Siéntate —dijo.

Los niños se alegraron de que me sentase con ellos a comer. Me sentía avergonzada, pero contenta, porque solo había comido algunas galletas en los últimos tres días.

La comida no duró mucho. Cada niño cogió una rebanada de pan moreno con jamón y una taza de té caliente. Me comí lentamente el pan, tratando de que mi estómago se acostumbrase, ya que de vez en cuando me hacía alguna que otra jugarreta. Después de haberlo tenido vacío mucho tiempo, no aceptaba la comida si la ingería muy rápidamente.

Después de terminar y de limpiar las mesas, decidí regresar a mi habitación. De repente me sentí muy cansada. Me despedí de Max y Jacky, y les dije que regresaría por la mañana.

 

Dormí durante toda la noche y me desperté con las primeras luces de la mañana. No había oído regresar a Bram ni a Eva, y ambos seguían dormidos. Me pregunté qué habrían estado haciendo durante todo el día. Yo sabía lo que iba a hacer ese día. Tan pronto como fuese posible, iría a ver a los niños. Y eso hice.

Fui a verlos a media mañana y ayudé con las tareas igual que lo había hecho el día anterior. Cuando llegaba la hora de comer, era natural que yo también lo hiciese. Durante el día hubo momentos en que advertí que la hermana Luba me observaba, pero nunca me decía nada. A mí seguía dándome miedo y guardaba las distancias todo lo posible. Sin embargo, cuando estaba a punto de marcharme, me detuvo y me preguntó si sabía dónde podía conseguir un poco de azúcar. A través de sus contactos en la cocina quería hacer un bizcocho para la doctora, que celebraba su cumpleaños al día siguiente.

Me pregunté qué niño le habría dado el soplo. Alguien le debía haber hablado del azúcar que tenía. No sabía qué hacer, pero la vida de mis hermanos dependía de esa mujer y tomé una decisión inmediata.

—Yo tengo algo de azúcar —le dije—. Se la traeré.

Me dirigí a mi habitación maldiciendo a quien le hubiese proporcionado esa información. Cogí el bote entero de azúcar y me lo escondí debajo del abrigo, sosteniéndolo con una mano. Regresé al barracón de los niños, esperando que nadie se diese cuenta del tesoro que llevaba conmigo. Sabía que era muy fácil que fuese objeto de un robo, pero llegué hasta el barracón sin que me sucediese nada.

Cuando entré, la hermana estaba en la puerta y me invitó a entrar en la zona privada donde dormían ella y la doctora. Una vez dentro, saqué el bote de debajo del abrigo. Luba sacó una taza blanca de algún sitio. Yo abrí el bote de cristal y eché el azúcar en la taza. Cuando vi que estaba medio llena, reduje el caudal con intención de parar, pero ella empujó el borde de la taza contra el bote, indicándome que le diese un poco más. Con todo el dolor de mi corazón, vi cómo se reducía la cantidad de azúcar del bote mientras seguía echando más en la taza. Cuando estuvo casi llena, me señaló que ya era suficiente. Cerré la tapadera del bote. Para entonces solo quedaba una tercera parte.

La hermana Luba me preguntó qué quería a cambio del azúcar.

—Nada. Solo que sea buena con mis hermanos —contesté.

Me miró con aire de incredulidad cuando le respondí que no quería nada a cambio. Me dio las gracias y me dijo que le diría a la doctora que había sido yo quien le había dado el azúcar.

Antes de marcharme fui a ver a Max y a Jacky, y le di a cada uno una cucharada de azúcar. También le di otra a Iesy, ya que seguía enfermo en la cama. Me había visto darle el azúcar a Max y Jacky y mi conciencia no me permitió marcharme sin darle otra a él.

 

Al día siguiente, cuando fui a ver a los niños, la hermana me llamó y me dijo que entrase en su recinto privado. Me enseñó una bandeja con tres bizcochos pequeños y me dijo que los dividiría entre los niños. Después, cuando cayó la tarde, le dio a cada niño un minúsculo trozo de bizcocho. Fue un gesto encantador, aunque era un trozo muy pequeño y demasiado frugal como para saciar nuestra hambre. En los últimos días había habido problemas para conseguir comida para los niños. Antes nos habían obsequiado con sopa de patatas y arroz, pero en los últimos días no habían traído comida para nosotros, salvo algunas barras de pan, y solo nos daban media rebanada para comer durante todo el día. Los niños se volvieron de nuevo desganados, y algunos se resfriaron.

Había empezado a hacer más frío y no había ninguna estufa en la sala. Max tuvo que guardar cama dos días porque tenía fiebre. Encontré algunas aspirinas en las maletas y se las di, por eso le bajó un poco. Llevábamos puesta casi toda la ropa que teníamos: dos jerseys, dos pares de calcetines y los chaquetones. Yo siempre llevaba mi pañuelo de seda rojo alrededor de la cabeza para protegerme los oídos.

El suministro de alimentos menguó hasta una mañana en que llegaron algunas cajas llenas de grandes zanahorias. Crudas estaban horribles, pero al menos podríamos llenar el estómago con algo. A mí me dolieron las mandíbulas intentando masticar los trozos de zanahoria, y además me provocaron retortijones en el estómago. Tenía que elegir entre pasar hambre o sentir dolores. Elegí lo primero. Todos los días le daba a Max y a Jacky una cucharadita de azúcar del pequeño bote que llevaba en el bolsillo de mi abrigo.

Me había convertido en un miembro regular del grupo de niños; me quedaba con ellos todo el día y solo regresaba a mi barracón para dormir. No había visto mucho a Eva ni a Bram en los últimos días, pero no me importaba. Nuestro barracón estaba en el extremo del campo de concentración, lejos de la miseria que se vivía en otras secciones. Nuestra sección estaba tranquila, y no se llevaba a cabo ninguna atrocidad. Apenas se veía a nadie fuera del hospital, y no se oía el más mínimo ruido dentro. No tenía el menor deseo de investigar qué era lo que sucedía en su interior, y siempre pasaba a toda prisa cuando iba o venía de ver a los niños.

La Navidad había pasado y ya era Año Nuevo, el primer día de 1945. Lo supe porque los guardias que patrullaban el campo con dos feroces perros habían felicitado a los guardias que estaban en la torre. ¿Qué nos depararía el futuro? Quizá ese año nos liberasen. La esperanza reavivó mi corazón y recé mientras me dirigía al barracón de los niños. Hablé con mi madre y mi padre, anhelando que pudiesen oírme.

Esa mañana les pedí a los niños que cantasen conmigo. Cantamos aquellas canciones sencillas que habíamos aprendido en la escuela. Cuando se acababa una canción, alguien empezaba otra, y a continuación todos nos sumábamos a él. Fue la primera vez que vi sonreír a la hermana Luba y, cuando al fin nos quedamos sin aliento, ella y la hermana Hermina cantaron dos canciones rusas realmente hermosas.