Hetty

Hetty Verolme · Capítulo 6 de 17

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Hetty

Capítulo 5

Era septiembre de 1944, y los días calurosos se acabaron. Hacía un tiempo maravilloso. Todos los días llegaban nuevos transportes al campo. El comedor dejó de utilizarse como tal porque colocaron camas en esa zona. Reservaron un pequeño rincón para la kapo, y colocaron una mesa de caballete larga que hacía las funciones de mostrador, donde recogíamos nuestras raciones diarias.

En las primeras semanas de septiembre llegó un pequeño transporte de mujeres de Westerbork, y entre ellas estaba Sonja. Nuestro encuentro con Sonja fue un momento álgido en nuestra sombría vida, aunque al mismo tiempo nos produjo mucha tristeza porque pensábamos que estaba a salvo, en Amsterdam. Nos contó que había visto al hermano de mi madre y a su familia en Westerbork, pero, por desgracia, los habían enviado en el último transporte a Auschwitz varias semanas antes.

Mi madre se sintió descorazonada. Le hizo a Sonja todo tipo de preguntas. ¿Qué había sucedido? Se habían ocultado en una granja de Drenthe durante tres años y se suponía que estaban a salvo. ¿Cómo los habían apresado? Sonja no supo qué responder. Nos afligió mucho enterarnos de eso. Después de que mamá llorase durante un buen rato, dijo que a lo mejor se encontraban bien. Nosotros no estábamos muy seguros, pero no le dijimos nada.

Continuamos hablando de los viejos amigos y de los familiares hasta que, de repente, un rayo de sol iluminó el anillo que Sonja tenía en la mano.

—Es un anillo muy bonito —dijo mamá.

Cuando Sonja abrió la mano, mamá lo reconoció de inmediato.

—¡Es mío!

—Sí —respondió Sonja—. Lo encontré en tu armario de la ropa, entre las toallas, después de que las SS te apresaran, pero quiero devolvértelo.

El rostro de mamá se iluminó. El anillo le recordaba épocas más felices, cuando todo transcurría con normalidad en nuestra vida. Era un bonito recuerdo de un aniversario de boda, con toda la familia presente. Se puso el anillo, pero le quedaba demasiado grande; como todo el mundo, había adelgazado. Lo envolvió en un pañuelo y se lo metió en el sostén. El cuerpo era el lugar más seguro para guardar algo en el campo.

 

El buen tiempo continuó, y los días que mamá no tenía que trabajar nos sentábamos en las mesas que había fuera del barracón.

Las mujeres más ancianas y algunos ancianos se sentaban para charlar. Hablaban de los últimos parientes o amigos que habían muerto. Hablaban de la guerra, de la enfermedad y, sobre todo, de comida. Hablaban de pasteles rellenos de nata, de jugosos filetes y de todas las delicias que podían imaginar. Y en nuestra imaginación veíamos y olíamos los aromas de esas comidas.

Una mañana, mientras me peinaba, me miré en el espejo que me habían regalado en Westerbork. Desde que mi madre me había cortado el pelo en el tren la noche que nos arrestaron, me había crecido mucho y lo tenía muy bonito. Sonreí mientras me miraba y observé que tenía un pequeño agujero en un diente de delante. Decidí ir a ver al dentista. Había una pequeña clínica cerca de la oficina de Albela, y se podía visitar al dentista a determinadas horas. La clínica se había instalado para las SS, pero de vez en cuando dejaban que el dentista nos atendiese también a nosotros. Me dirigí allí después del recuento, y la enfermera me dijo que volviese a las tres en punto aquella misma tarde. Cuando regresé había dos personas delante de mí, así que me senté a esperar. Cuando me llegó el turno, la enfermera me dijo que pasase. Entré en la sala y me recibió un hombre amable, de unos sesenta años. La sala estaba equipada como una clínica dental de primera clase. Todo estaba limpio y reluciente, y el dentista llevaba puesta una bata blanca e inmaculada. Me sentí como si estuviera de nuevo en casa. Después de hacerme sentar en el sillón, me preguntó qué me ocurría:

—Tengo un agujero en un diente —dije.

—Veámoslo, jovencita. Abre la boca.

Después de examinarme, dijo:

—Tienes también dos agujeros grandes en dos muelas. Debemos arreglarlas lo antes posible.

Empezó a pasarme el torno en las dos muelas. No me puso anestesia, por lo que tuve que agarrarme a los brazos del sillón para poder soportar el dolor. Mientras trabajaba, me dijo que tendría que rellenar los agujeros con cemento blanco.

—Así los podrás conservar hasta que regresemos a casa de nuevo —dijo.

Cuando terminó con las muelas continuó con el diente de delante y me puso un empaste temporal. Cuando terminó, llevaba más de dos horas sentada en aquel sillón, así que me alegré de que hubiese acabado. Luego me dijo que volviese la semana siguiente.

Cuando salí de la clínica empezaba a oscurecer. El campo estaba vacío. Caminé apresuradamente hacia el barracón. Al llegar vi que la familia estaba sentada encima de las camas. Teníamos suerte de ocupar las de arriba; al menos teníamos un lugar donde sentarnos. A veces había muchas disputas entre las personas que ocupaban las camas de debajo y los que dormían arriba. El espacio que había entre las literas era tan estrecho que las personas que ocupaban las de abajo no podían sentarse derechas. Eso provocaba envidias y alguna que otra palabra de mal gusto, cuando la persona de arriba tenía que bajar o subir.

 

Una semana más tarde volví al dentista.

—Ya estás aquí —dijo cuando entré en la sala—. Te he estado esperando en particular. No me siento demasiado bien y, en cuanto termine de arreglarte la boca, quisiera echarme un rato.

Me senté en el sillón y el dentista empezó de inmediato a quitarme el empaste temporal que me había aplicado en el diente de delante. Cuando lo quitó del todo y lo limpió para ponerme uno permanente, le dijo a la enfermera que preparase una mezcla de cerámica de porcelana. La enfermera no se inmutó.

—¿Por qué no hace lo que le digo? —le preguntó.

—La cerámica de porcelana es para las SS. Se darán cuenta si la usa —contestó ella.

—Haga lo que le digo y dese prisa antes de que se seque el resto del empaste.

El dentista le habló con tacto, pero con decisión.

La enfermera, de mala gana, preparó la mezcla, y el dentista terminó de hacer su trabajo con suma maestría.

—Ya está, Hetty —dijo—. Ahora mírate.

Me dio un espejo. Había hecho un trabajo estupendo, y mis dientes se reflejaron en el cristal como si fueran perlas.

—Procura cuidártelos lo mejor que puedas. Eres una chica muy guapa. No podía poner cemento blanco en el diente de delante. Sería una lástima. Regresa a tu barracón y recuerda que no debes comer ni beber durante cuatro horas. Ahora me voy a descansar.

—¿Se encuentra bien, señor? —pregunté.

Parecía muy enfermo.

—Sí, pero creo que me marcharé a descansar en cuanto te hayas ido.

Al día siguiente, la noticia de que el dentista había muerto mientras dormía corrió como la pólvora por todo el campo. Me dolió mucho su muerte. Hablaba sinceramente cuando me dijo que «me había estado esperando», y ahora comprendía yo por qué no le importaban las consecuencias de coger un poco de cerámica de porcelana para ponérmela en el diente. Sabía que sería su última paciente.

Todos los días, a las cuatro en punto, recogían los cadáveres para llevarlos al crematorio. Cuando el carro con el cuerpo del dentista pasó por la cancela, yo estaba allí para presentarle mis respetos. Caminé todo lo que pude a lo largo del perímetro del campo, en paralelo a la carretera que conducía hasta el crematorio. Cuando ya no pude avanzar más, me quedé observando la carreta desde la distancia. Me sentí desconsolada. Recordaba su amable mirada, sus suaves manos y la sonrisa tranquilizadora que dibujaba cuando tenía que hacerme daño. «Dios mío, Dios mío», grité. Era un buen hombre que no merecía morir tan joven ni tener un final tan poco digno. Tenía los ojos llenos de lágrimas mientras regresaba lentamente al barracón.

 

En noviembre de 1944 se levantó una gran carpa sobre un terreno llano a unos cincuenta metros del campo. Poco después vimos largas hileras de mujeres. Vestían pobremente, algunas no tenían ni siquiera zapatos y llevaban los pies envueltos con trapos sucios. La mayoría llevaban pañuelos para ocultar sus afeitadas cabezas. Daba escalofríos verlas. No hicieron el más mínimo ruido mientras las vimos pasar arrastrando los pies. Las alojaron en la carpa, que no tenía camas, solo balas de paja sobre las que poder echarse a dormir.

Ordenaron a los hombres del campo que les cavasen las letrinas. Estaban abiertas, pero las mujeres habían llegado a un punto en que eso no les importaba. Podía observarlas con facilidad, ya que nuestro barracón estaba muy cerca de la valla divisoria que había entre nuestra barraca y su carpa. Podíamos oír cómo se peleaban y chillaban entre ellas. De vez en cuando un kapo entraba en la carpa provisto de un látigo y les daba una paliza con el fin de recobrar la calma.

Dos días después de su llegada, un grupo de mujeres se acercaron a la valla divisoria para charlar. Supimos que había algunas mujeres holandesas entre ellas. Mi padre y mi madre se acercaron a la alambrada por curiosidad. Después de un rato, mi madre regresó al barracón y me encontró sentada encima de la cama. No sentía el más mínimo deseo de acercarme, ya que verlas pasar el día anterior en completo silencio por el campo me había llegado al alma.

—La tía Beth está allí, y la madre de Sonja —dijo mamá—. Papá está hablando con ellas en este momento. Voy a llevarles algo de ropa, pues no tienen nada. Mira en la maleta, Hetty, por si podemos darles algo.

Saqué una rebeca roja de mamá y la parte de arriba de un pijama de franela que pertenecía a papá.

—Eso es lo único que podemos darles que les quede bien —dije.

Encontré el jersey de lana negra que había guardado porque estaba lleno de piojos.

—¿Crees que podemos darles este jersey? —pregunté—. No está muy limpio.

—No importa —respondió mamá—. Podrán cambiarlo por comida si no quieren quedárselo. Teniendo en cuenta el estado en que se encuentran, supongo que no les vendrá mal.

Mamá salió apresuradamente. Cuando volví a meter las cosas en la maleta, oí que me llamaba Eva.

—¿Puedo acercarme, Hetty?

—Claro que sí —respondí.

Eva subió a nuestra cama. Era unos cuantos años mayor que yo. De vez en cuando habíamos cruzado alguna palabra en el barracón o en el recuento.

—Me he acercado a la valla con mi madre, y esas mujeres nos han dicho que vienen de Auschwitz, y que están quemando a la gente allí —dijo Eva.

—¿Qué quieres decir con eso de que están quemando a la gente? —pregunté.

—La meten en un horno y la queman.

—Estás loca —dije—. No creo que eso sea cierto.

Eva, sin embargo, se mantuvo firme.

—No me lo estoy inventando —dijo—. ¡Es verdad lo que te digo!

Me quedé sin palabras, intentando asimilar lo que me acababa de decir. Me rondaron muchas cosas por la cabeza. ¿Cómo iban a hacer algo así las SS? Nadie dejaría que lo metiesen en un horno. Obviamente, la imagen que se me pasaba por la cabeza era un horno de cocina. Eva se había vuelto loca, pensé.

Cuando regresaron papá y mamá les pregunté sin rodeos.

—¿Es cierto que queman a la gente en Auschwitz?

Mamá miró a papá, incapaz de responder.

—Sí, Hetty —dijo papá.

—¿Pero cómo lo han hecho?

—Cuando los trenes llegaron a Auschwitz, separaron a las mujeres y los niños de los hombres, y luego los llevaron a un edificio donde les dijeron que iban a darles un baño —aseguró—. Les dieron a todos una toalla y un trozo de jabón, pero en lugar de agua salía gas por las duchas. Primero los asfixiaron, y luego los quemaron en enormes crematorios.

Abrí la boca para decir algo, pero me quedé sin palabras. Miles de imágenes me pasaron por la cabeza. Vi a mi amada abuela tratando en vano de respirar. Vi a las personas corriendo hacia las puertas e intentando abrirlas. Cuando asumí aquella horrible realidad, comprendí que nuestra vida ya nunca más volvería a ser la misma. Sabía que nunca más volvería a ver a mis abuelos, ni a muchos de mi gran familia.

Mi madre estaba llorando. Ella también sabía que ya no volvería a ver a sus padres. Papá trató de consolarla lo mejor que pudo. Tenía los ojos cubiertos de lágrimas. ¡Qué desolados nos sentimos! ¿Qué íbamos a hacer?

Recé y le pedí a Dios que nos diera fuerzas para soportar todo aquello, y que nos ayudase a salir de esa situación tan cruel. Lloraba desconsoladamente. Mamá se sosegó y me acarició el pelo, tratando de calmarme.

Aquella noche, mucho después de que se apagasen las luces, aún se podía oír a la gente hablando de la terrible noticia que habíamos conocido aquella tarde. Al igual que muchas personas del barracón, no pude pegar ojo en toda la noche. Ahora sabía por qué no había querido ir hasta la alambrada para ver a aquellas mujeres. Había percibido los malos espíritus que las envolvían mientras pasaron arrastrándose a nuestro lado el día anterior. Percibí el dolor y la pena, y ahora me aterrorizaban incluso más.

Cuando mamá se marchó a la tres en punto, yo estaba despierta, mirando la oscuridad. Me preguntaba cómo íbamos a salir de ese sitio, y por qué no nos ayudaba nadie. Me alegré al ver los primeros rayos de sol.

 

El campo se atestó de gente. Se construyeron muchos más barracones en el Appelplatz. Tenían un aspecto siniestro e intimidatorio. Apenas tenían ventanas, y parecían muy endebles. Colocaron en su interior literas de tres pisos, muy pegadas unas a las otras para poder alojar al mayor número de personas.

Una tormenta derribó la enorme carpa donde se alojaban las mujeres de Auschwitz. Las mujeres permanecieron bajo aquella densa lluvia y el fuerte viento sin ninguna protección contra la enorme fuerza de la naturaleza. Parecían fantasmas bajo aquel chaparrón. Por la tarde, la zapatería fue trasladada a nuestro campo con el fin de cobijarlas en el taller. Pocos días después se las destinó a otra zona de Belsen.

Los que trabajaban en el taller de zapatería reanudaron el trabajo. Hacía un tiempo deprimente y la llovizna hacía que las horas que pasábamos en el recuento pareciesen interminables. Al menos teníamos los pies secos. Papá había logrado pasar algunos pares de zapatos para nosotros debajo de su grueso abrigo. Estaban hechos de una piel fuerte y lubricada, y tenían las suelas de madera. Parecían zuecos holandeses. Papá se había arriesgado mucho al pasarlos por la cancela. Habían apresado a muchos hombres haciendo eso mismo y los habían castigado dándoles una paliza y teniéndolos muchas horas de pie, cerca de la puerta, soportando el viento y la lluvia bajo la atenta vigilancia de los guardias de las SS. Les quitaban la ración de comida durante varios días. Papá había tenido la suerte de poder pasarlos sin que le ocurriese nada.

 

La última semana de noviembre mamá nos dijo que durante las cuatro semanas siguientes podíamos ir a las cuatro de la tarde al barracón número veintiséis para tomar un vaso de leche. La hermana de Frau Albela nos la daría. Cuando le pregunté a mamá cómo lo había conseguido, me dijo que le había vendido su anillo de diamantes. También le había dado veinte patatas grandes, tres botes de mermelada llenos de azúcar y uno de sal. Sacó uno de los botes de azúcar de la maleta, protegiéndolo con el cuerpo para que nadie lo viese. Todo el mundo tenía tanta hambre que si sabían que tenías algo de comida, te la robaban, así que lo mejor era comérsela o cambiarla por otra cosa. Llevábamos más de un año sin ver el azúcar. Mamá abrió el bote y le dio una cucharadita a Jacky y otra a Max. Disfruté de lo lindo al sentir su sabor dulce disolverse lentamente en mi boca.

—Todos los días os daré una cucharadita para que conservéis las fuerzas —dijo mamá.

Luego nos enseñó las enormes patatas que había ocultado entre la ropa que guardábamos, pero ¿cómo íbamos a comérnoslas crudas? Cogí un cuchillo y corté un pedazo bastante grande, pero sabía horrible y, a pesar del hambre que tenía, no me la pude comer. ¿Qué íbamos a hacer con esas patatas, si no podíamos cocinarlas?

Mamá cerró la maleta con decisión y dijo:

—A partir de ahora, uno de nosotros se debe quedar guardando la maleta. La cama no se puede quedar sola ni un momento. Hetty, tú organizarás los turnos.

Qué felices nos sentimos. Era como si fuésemos millonarios. Cuando regresó papá le enseñamos nuestro tesoro. Mamá le dio una cucharadita de azúcar, pero él respondió que lo guardase para los niños.

Sucedieron cosas horribles en el campo. Durante los últimos días, les ordenaron a otras personas de otros barracones que cogiesen sus pertenencias y se trasladasen a otras barracas. Normalmente les daban esa orden cuando regresaban de trabajar en los talleres y todo el mundo estaba muy cansado. Los traslados duraban hasta bien entrada la noche, por lo que tenían que hacer esa tarea tan penosa con las luces apagadas. A la gente le aterrorizaba tener que buscar una cama en los barracones que habían construido cerca del Appelplatz. Puesto que las camas estaban tan pegadas las unas a las otras, la gente se peleaba y se empujaba para encontrar una cama en la oscuridad. Luego, además, se daban cuenta de que no tenían colchones, ni planchas para poder colocarlos encima. Fue una auténtica locura. Nuestro barracón se había librado hasta el momento, pero sabíamos que no tardaría en llegarnos el turno.

Un viernes por la noche en que hacía un frío horrible y estaba lloviznando, entró alguien en el barracón y ordenó a los hombres que ayudasen a los ancianos a los que les habían ordenado trasladarse.

Cuando nuestro grupo llegó en febrero, se habían reservado dos barracones para los ancianos y los enfermos. Los oficiales de las SS tenían mucho miedo de poder contraer cualquier enfermedad infecciosa que pudiesen portar, por eso construyeron una valla que rodeaba los dos barracones. A nadie se le permitía acercarse. Si alguien se ponía gravemente enfermo, lo llevaban al hospital, pero casi ninguno regresaba. Todos los días veíamos cómo se llevaban los cadáveres por el solitario trayecto hasta el crematorio.

Papá nos comentó las terribles condiciones en que se encontraban los barracones nuevos que les habían asignado a los ancianos y los enfermos. Era la misma historia de siempre: no había bastantes colchones. Tuvieron que dejar a muchos ancianos, aterrorizados y exhaustos, tirados sobre el frío suelo. Nos sentimos muy tristes cuando escuchamos eso, pero no hay mal que por bien no venga, al menos para nosotros. En los barracones de los ancianos había algunas estufas para darles algo de calor. Papá llegó a un acuerdo con una enfermera para que nos cocinase las patatas, pero nos cobraba cinco patatas por hacerlo.