Hetty
Capítulo 2
Los primos de Hetty, Millicent y Max. Junto con sus padres, Phillip y Branka van
Kamerick, fueron enviados en el último transporte a Auschwitz en septiembre de
1944. Al llegar los enviaron a la cámara de gas.
Nuestra primera visión de Westerbork fue la de un enorme andén con barracones al lado. Lo primero que hicieron fue inscribirnos, y obligarnos a declarar si llevábamos encima alguna joya de valor, oro o dinero. Ese fue nuestro primer encuentro con el rígido sistema de inscripción que mantenían los alemanes.
Transcurrieron muchas horas. Tuvieron que inscribir a mil seiscientas personas y nosotros éramos de los últimos. Eran las once de la noche y estábamos muy cansados. Finalmente, concluyeron todos los trámites y nos llevaron al barracón número setenta. Nuestro equipaje ya estaba en el vestíbulo de la entrada. En la parte izquierda del barracón se alojaban las mujeres y los niños, y en el lado derecho se encontraba el dormitorio de los hombres. Las camas estaban muy pegadas y las literas eran de tres pisos. Mi madre y yo ocupamos las de arriba, y Jacky la que estaba debajo de la mía; Max se puso en el otro lado del barracón, con papá. Las camas no tenían sábanas, tan solo una manta gris y un colchón de paja, pero estábamos tan exhaustos que nos quedamos dormidos.
La mañana siguiente nos despertaron a las siete en punto. Me dolía cada músculo del cuerpo, pero tuvimos que levantarnos porque servirían el café con pan en quince minutos.
Después de desayunar, decidimos explorar el campo de Westerbork. Vimos que había un hospital, varios talleres y una fábrica, pero no sabíamos qué producía.
La vida en Westerbork no era del todo mala, aunque tuvimos que acostumbrarnos a los inconvenientes de las duchas públicas y a la falta de intimidad. Si bien la comida no era muy apetitosa, se podían recibir paquetes de los amigos para complementar la alimentación.
Sonja, que fue liberada por las SS, nos enviaba paquetes de comida, así que no nos faltaba de nada. También envió un abrigo y un par de pantalones gruesos para cada uno. Transcurrieron los días. Me encontré con Herman pocos días después de llegar a Westerbork. Sus padres y él estaban en el barracón sesenta y ocho, y pasábamos todo el tiempo que podíamos juntos.
Unas seis semanas después de llegar a Westerbork, nos enteramos de que iban a transportar a la gente a Alemania. Una mañana, muy temprano, colgaron en el vestíbulo de la barraca una lista con los nombres de las personas que iban a ser deportadas. Si tu nombre aparecía en la lista, tenías que estar preparado con el equipaje a las siete de la tarde. A las seis, todos estábamos confinados en los barracones.
Aquel día fue una completa locura en el campo. Las familias que se separaban no dejaban de llorar. Una nota en el vestíbulo anunciaba que el rabino Blum bendeciría a todo el que así lo deseara. Jóvenes y viejos hicieron cola para ello. Yo también asistí, y, mientras viva, no olvidaré su cordial mirada antes de inclinar la cabeza para recibir su bendición.
A las siete en punto, dos guardias vinieron a recoger a las personas que tenían que subir al tren. Era un tren de ganado, y sobre el techo de los vagones había hombres con ametralladoras para evitar que nadie huyese durante el trayecto. ¿Cómo describir la tristeza que producía tener que despedirse de los que se marchaban?
A las ocho recibí un paquete; un reloj con la fotografía de Herman en la esfera y una pluma estilográfica marca Swan, una de sus posesiones más valiosas. Me eché a llorar. Estaba desconsolada al saber que nos iban a separar de esa forma tan cruel, y mi madre me estrechó entre sus brazos para aliviar mi dolor.
A medianoche partió el tren. Herman, sus padres y el rabino Blum iban en él. Mucho después supe que los habían llevado a Treblinka y habían muerto en la cámara de gas.
Varias semanas después de aquella horrible noche, llegó un transporte con unas cien personas aproximadamente. Nos enteramos de que mis abuelos paternos estaban entre ellas. Mi padre consiguió un pase para visitarlos, y tuvo que escuchar una historia muy triste. Mis abuelos habían pagado a las personas que les ocultaron, pero cuando se quedaron sin dinero los entregaron directamente a los alemanes.
El domingo siguiente nos permitieron ver a mis abuelos. El pelo de mi abuela se había vuelto de color blanco, y estaba tan delgada que parecía un fantasma.
—Mi niña —dijo—, ¡cuánto has crecido!
Me estrechó entre sus brazos mientras le corrían lágrimas por el rostro.
—Por favor, Oma, no llores —le imploré.
—Y a mí, jovencita, ¿no me das un beso también? —preguntó Opa.
Oma me soltó y corrí a abrazar a Opa. Estaba muy delgado también, pero aún le brillaban los ojos. Mi abuelo fue siempre una persona alegre y despreocupada. Estuvimos juntos toda la tarde del domingo. Les llevamos ropa y comida, porque no tenían nada. Durante las pocas semanas que estuvieron en Westerbork, los visitamos siempre que nos lo permitieron; hasta el 25 de enero de 1944, en que fueron enviados a Auschwitz.
El 5 de diciembre es el día de San Nicolás en Holanda. Es la fecha en que los niños pequeños reciben regalos si se han portado bien durante todo el año. Tres semanas antes reuní a los niños del barracón y les puse a hacer serpentinas con papeles de colores y pegamento. También hicimos trenes y coches con cajas de cerillas para dárselos como regalo. En el barracón reinó un espíritu de buena voluntad. Muchos adultos se detenían al lado de la mesa donde trabajaban los niños para ayudarles y darles consejos. El montón de regalos creció y creció hasta que cada niño tuvo uno.
Las mujeres del barracón también se pusieron a trabajar e hicieron un manto de obispo y una mitra. Uno de los padres encarnaría a San Nicolás; el día anterior todos los niños se acostaron temprano, porque no le gustaban los niños traviesos que se iban tarde a la cama.
Hubo una gran actividad la mañana del 5 de diciembre de 1943. Algunas mujeres hicieron galletas y pasteles. Los hombres también echaron una mano, moviendo las literas para dejar espacio para las sillas. Se decoró una silla especial para San Nicolás. Las serpentinas de colores que habían hecho los niños colgaban del techo. Todo el mundo estaba muy animado. Además, había corrido la noticia de que había una fiesta en el barracón número setenta y nos visitaron muchas personas de otras barracas.
Aquella noche, a las seis, todos los niños estaban sentados con sus mejores galas esperando a San Nicolás. Un fuerte golpe en la puerta nos avisó de su llegada. «Es San Nicolás», susurró todo el mundo, y los niños empezaron a cantar Bienvenido, San Nicolás. Había traído con él a su ayudante, Pedrito el Negro, y llevaba un enorme saco repleto de regalos. La cara de los niños y el brillo de sus ojos fue suficiente recompensa por las semanas de trabajo.
A las ocho los niños se fueron a la cama, pero la fiesta no acabó ahí. Los adultos se reunieron alrededor del piano que habíamos pedido prestado y empezaron a cantar. Todo el mundo parecía feliz por primera vez desde hacía mucho tiempo. El kapo del barracón, Walter, se subió en una silla y pidió que se guardase silencio.
—Señoras y caballeros —dijo—, quiero rendir tributo a una jovencita que se encuentra entre nosotros y que, por propia iniciativa, nos ha hecho muy felices hoy.
Y acto seguido, me hizo un gesto para que me acercase.
—Hetty, estoy orgulloso de conocerte, y creo que expreso el deseo de todos los presentes de que tú y tu familia salgáis sanos y salvos de estos penosos tiempos, y de que crezcas para convertirte en una jovencita muy guapa. En recuerdo de esta ocasión, quiero que aceptes este espejo como gesto de gratitud de todos nosotros, para que puedas ver cómo te pones más guapa cada día que pasa.
Walter me besó en ambas mejillas y me entregó un espejo de mano con un marco rosado. Se oyó un sonoro aplauso en toda la sala. Nunca me habían elogiado en público, y yo no sabía dónde mirar ni qué decir.
La Navidad vino y se fue; luego entró el año 1944. ¿Qué nos depararía? Todos teníamos la esperanza de que se acabasen al fin nuestras penurias. No hubo ningún transporte durante esa época festiva, pero sabíamos que no tardaría mucho.
El 10 de enero de 1944 transportaron a ochocientas personas a Bergen-Belsen. El 1 de febrero de 1944 nuestro nombre apareció en la lista. Esa noche, junto con otras mil personas, subimos al tren. Salimos de Westerbork y viajamos toda la noche. Intentamos dormir durante el trayecto, pero nos resultó imposible. La incertidumbre de nuestro destino nos mantenía despiertos.
El tren se detuvo finalmente. Vimos una señal con el nombre de «Celle». Luego oí a papá exclamar:
—¡Dios santo, ayúdanos!
En el andén había unos treinta hombres de las SS con sabuesos atados con correas.
—¡Bajen! —gritó uno de ellos.
Desconcertados, salimos del tren.
—Dejen todo el equipaje, salvo el de mano, y pónganse en cola —gritó un oficial.
Se formó una larga cola. Las madres sujetaban a sus hijos. Ordenaron a algunos hombres, entre ellos a mi padre, que se adelantasen y cargasen las maletas en los camiones. Las largas columnas de personas empezaron a moverse lentamente.
Caminamos, caminamos sin cesar. Todos llevábamos bolsas pequeñas, pero se hicieron tan pesadas como el plomo durante la larga caminata. Arrastrábamos los pies de lo cansados que estábamos, y el ritmo de las columnas se ralentizó.
Los guardias de las SS que iban detrás gritaban:
—¡Vamos! ¡Deprisa!
¿Dónde íbamos? ¿Llegaríamos alguna vez? ¿Cuánto tardaríamos? La carretera, al menos, estaba alquitranada, lo cual resultaba una bendición. No vimos a nadie. No había ni coches, ni personas, tan solo los guardias y sus perros. Si las circunstancias no hubiesen sido tan horribles, podríamos haber disfrutado de la belleza del bosque que había en los alrededores. Pasaron las horas y seguimos caminando. Finalmente vimos un muro alto de alambre de espino y una cancela. Al otro lado había una oficina, donde estaban sentados los guardias de las SS. Unos seiscientos metros a la izquierda cruzamos otra cancela: habíamos llegado al campo de concentración de Bergen-Belsen.