Hetty

Hetty Verolme · Capítulo 8 de 17

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Hetty

Capítulo 7

Cuando el camión se perdió en la lejanía, me giré y observé, por primera vez, que había un grupo de unos cuarenta niños cerca del muro. La mayoría tenían menos de diez años. Unas cuantas mujeres del hospital atendían a los dos bebés y a los niños más pequeños.

—¿Tenemos que regresar al barracón ahora? —pregunté al señor Weiss, que nos había seguido hasta allí.

—No, Hetty. Dentro de un momento vendrá un camión a recogeros a todos. Os vais a marchar.

Tuve la esperanza de que seguiríamos a mamá, pero no fue así.

Habíamos dejado de llorar, pero todos los niños, incluida yo, estábamos consternados. La crueldad de lo ocurrido nos había afectado. Muchos pequeños caminaban de un lado para otro, llamando a sus madres. Alguien trajo unos cuantos biberones para los bebés.

Finalmente, a las cuatro en punto, llegó otro camión para recogernos. Permitieron al señor Weiss y a otros hombres que nos ayudasen a subir. Subieron a los niños uno por uno, pero los bebés nos fueron confiados a Eva y a mí, que éramos las mayores.

Con pesar, el señor Weiss se despidió de nosotros y el camión se puso en marcha. Los niños habían dejado de llorar. El viaje en camión les hizo olvidarse de su miseria. Nuestro campo se perdió en la distancia y dejamos atrás el campo Häftling. Aquella pobre gente aún seguía de pie, en el recuento. Llevarían más de ocho horas así.

Cruzamos la cancela y entramos en el campo reservado para las SS. El camión redujo la velocidad y se detuvo delante de un edificio con una enorme puerta doble. Nos dijeron que bajásemos.

Nos hicieron entrar en un edificio que resultó ser el garaje de las SS. Al entrar en él vimos las maletas que se habían llevado nuestras madres. Debían haberles ordenado que las dejasen allí. Mis hermanos no tardaron en identificar la de mamá y se hicieron con ella. Después de averiguar el nombre del bebé que sostenía, les dije que tratasen de encontrar la maleta de su madre, ya que necesitaba desesperadamente cambiarle los pañales. Hicimos una pequeña cesta con una manta para poder dejar al niño. Fue sorprendente lo rápido que los niños encontraron la maleta. Eva se ofreció para cambiarle mientras yo cuidaba del otro. Los niños me trajeron rápidamente la que pertenecía al segundo bebé. Dos niñas de unos diez años se ofrecieron para cambiarla. Los más pequeños tenían los pantalones mojados y lloraban desesperadamente.

Una vez más, recurrí a los niños para encontrar sus maletas. Tardamos un rato en hacerlo y en cambiarlos a todos. Mientras las revisaba, me sentí como una intrusa hurgando en las pertenencias de otras personas, pero luego pensé que las madres se alegrarían de que cuidásemos de sus hijos. Me aseguré de que todas las cosas se volviesen a guardar en sus respectivas maletas.

Llevábamos en el garaje unas dos horas sin que nadie nos custodiase. Todos estábamos muy cansados. Habíamos estado de pie desde la mañana, sin alimentos ni agua. Hacía mucho frío fuera y la luz comenzaba a declinar. El cielo se cubrió de estrellas y la luna apareció en el cielo. Cuando el garaje se quedó a oscuras, la mayoría de los niños empezaron a asustarse porque se encontraban en un lugar desconocido y sus madres no estaban allí para consolarlos. Tenían frío y hambre. Era como un pandemonio. Un coro de voces chillaba sin cesar. Alguien sugirió que gritásemos al unísono y, puesto que estábamos desesperados, lo intentamos. Después de contar hasta tres, todos empezamos a gritar con la esperanza de que alguien nos oyese. Continuamos así hasta que la voz empezó a fallarnos.

 

Reinaba una completa oscuridad. La única luz que entraba era la de la luna, a través de la puerta abierta. Nadie se acercó. Nos apretujamos unos contra otros y nos sentimos perdidos y angustiados. A oscuras, me dirigí hacia el exterior y miré. No se veía a nadie, la carretera estaba desierta. Se veían algunas luces en los cuarteles de las SS. Los niños continuaban gritando, era ensordecedor. No eran quejidos, sino gritos de desesperación. Habíamos perdido a nuestros padres en cuestión de dos días y, después de pasar varias horas solos en el garaje, creíamos que se habían olvidado de nosotros.

Luego, repentinamente, se encendió una linterna. Dos figuras entraron y encendieron las luces. Qué visión más lamentable debieron ver. Cuarenta niños apretujados unos contra otros en un rincón, con el rostro empañado de lágrimas. Como yo era de las que estaba más cerca, uno de los guardias me preguntó de dónde veníamos. Le respondí que habíamos llegado de Sternlager sobre las cuatro de la tarde. Hablaron entre sí y uno de ellos se marchó. El hombre que se quedó con nosotros en el garaje no llevaba el uniforme de las SS. Su uniforme era de color verde. Tendría unos cincuenta años y sostenía un rifle. Cuando se encendieron las luces, los llantos cesaron por un rato y, durante esa pausa, oímos que celebraban el día de San Nicolás en los barracones de las SS. Los oficiales estaban cantando a pleno pulmón.

Los llantos comenzaron de nuevo; cuando un niño se callaba, empezaba otro. Estaban desconcertados. Me acerqué al guardia y, educadamente, le pregunté qué hora era. «Las nueve y cuarto», me dijo. Luego me preguntó si podía hacer algo para que los niños dejasen de llorar. Mi alemán era limitado, por lo que tardé un rato en entender lo que decía. Chapurreando alemán, le dije que estaban cansados y hambrientos.

El guardia parecía sentirse incómodo entre tanta miseria. Después de comprender lo que intentaba decirle, asintió con la cabeza y dijo:

—No te vayas. Ahora vuelvo.

Luego salió del garaje. No comprendí lo que quería decir con eso de que «no me fuese». ¿Dónde iba a ir?

Regresé donde estaban los niños más pequeños, hacinados sobre el suelo. Estaban completamente exhaustos por la terrible experiencia. Los llantos habían cesado a causa del cansancio. Algunos de los más pequeños incluso se habían quedado dormidos sobre el frío suelo de cemento. Afortunadamente habían caído rendidos y dormían. Les pedí a los más mayores que los tapasen con mantas, pues hacía mucho frío, y les dije a los demás que dejasen de llorar y tratasen de dormir.

Todos estábamos muy cansados por las muchas horas que habíamos pasado de pie, por la traumática agitación y porque no habíamos comido nada en todo el día. La mayoría de los pequeños se habían dormido y todo estaba en silencio. Los más mayores hablaban en voz baja, pues tenían demasiado miedo para dormirse. Yo estaba cansada, pero no tenía sueño.

Una hora después de haberse marchado, el guardia regresó con dos prisioneros que llevaban cada uno una caja muy grande de cartón. En ese mismo momento, llegó un coche y entraron dos hombres cargando muchas mantas. Reconocí que pertenecían a nuestro campo. Nos dijeron que cuando el señor Weiss se enteró de que nos habían retenido en el garaje de las SS, buscó mantas para traérnoslas. Nos alegró mucho saber que también los niños mayores tendrían algo con lo que taparse.

Cuando los hombres se marcharon, el guardia me llamó para que me acercase y me señaló las dos cajas de cartón que había en el suelo. Asintió con la cabeza, indicándome que mirase en su interior. Dudé, pues no confiaba del todo en él. Me acerqué lentamente hasta ellas y volví a mirarle. No dijo nada, pero hizo un movimiento con la cabeza para indicarme que mirase dentro de ellas. Abrí la primera caja, levanté un papel de embalar… y me quedé sin palabras. Debajo del papel había gruesos sándwiches de mantequilla con azúcar. Levanté la cabeza y miré al guardia, demasiado asustada para tocar nada. Hizo un gesto de aprobación y se marchó, simulando que no veía nada.

Llamé a Max, a algunos niños mayores y a las niñas que estaban todavía despiertas. Se acercaron hasta donde estaba y, susurrando, les conté el obsequio tan grandioso que nos había hecho el guardia. Todos cogimos un sándwich de la caja. Les dije a algunos chicos que cogiesen otro para los demás niños que estaban despiertos, aunque arropados para pasar la noche. Teníamos tanta hambre que aquello nos supo a gloria. ¡Pan blanco recién hecho, con mantequilla y azúcar! Durante diez meses solo habíamos comido pan marrón y duro, y nuestra ración diaria era la cuarta parte de una sola de aquellas rebanadas.

Miré en el interior de la segunda caja, que también estaba llena hasta arriba de aquellos deliciosos sándwiches. Pensé en despertar a los niños que se habían quedado dormidos para que cogieran su parte, pero luego desistí de hacerlo. El sueño era el olvido, y los sándwiches podían esperar hasta que estuviesen despiertos.

Max, Bram y Iesy volvieron para coger un segundo sándwich. Les dejé tomar uno, pero les dije que, aunque había muchos, deberíamos guardar para el día siguiente. Mientras observaba los rostros de los niños que comían pensé que, a partir de ese momento, creería en San Nicolás, pues había traído la felicidad en su día.

Eran las once y media. El aire frío entraba en el garaje. Se oyeron algunos camiones bajar por la carretera. Se detuvieron delante del garaje, y luego dos oficiales de las SS y una de las guardias entraron. La mayoría de los niños que estaban durmiendo se despertaron. Nos dijeron que subiésemos a los camiones. Los críos, al despertarse tan bruscamente, comenzaron a llorar de nuevo.

Me subí al primer camión con muchos niños pequeños, Max y Jacky. Yo llevaba nuestra maleta, y Max la que se había dejado mamá. Los últimos en subirse a nuestro camión fueron Bram, su hermana Bella e Iesy. Bram e Iesy llevaban las cajas de sándwiches. La guardia se subió con nosotros.

El camión circulaba a gran velocidad. No sabíamos dónde nos llevaban. Todo estaba muy oscuro, pues la luna se había ocultado tras las nubes. Era medianoche. Nadie dijo una palabra, y hasta los llantos habían cesado. Observé que salimos del campo por la cancela principal y tomamos la carretera que conducía hasta Celle; pero luego el camión torció a la izquierda y me pareció que conducíamos en círculos, a través del brezal. Durante cuatro horas estuvimos conduciendo de esa forma. La luna había salido de entre las nubes y, a través de la parte trasera del camión, vi la amplia llanura del Brezal de Luneburgo. No se veía a nadie ni se escuchaba el más mínimo ruido, tan solo el de los motores de los camiones rompiendo aquella siniestra calma. Luego se detuvieron. La guardia que estaba en nuestro camión se bajó y el conductor del segundo vehículo se acercó para hablar con el que conducía el nuestro. Les oímos discutir sobre algo. Nuestro conductor parecía muy molesto, ya que no cesaba de repetir «Nein, nein», pero no pudimos comprender la conversación. ¿De qué hablaban? ¿Iban a matarnos? Guardamos silencio, presintiendo que algo ominoso iba a sucedemos.

Después de discutir durante diez minutos, la guardia volvió a subir a nuestro camión y empezamos a movernos de nuevo. Me di cuenta de que regresábamos al campo. Volvimos a entrar en Belsen y pasamos el Sternlager. Al final de la carretera torcimos a la izquierda y nos detuvimos. La guardia nos sacó del camión antes de que dos prisioneras altas y robustas acudiesen a reemplazarla. Llevaban el uniforme de presas y un pañuelo protegiendo la cabeza afeitada. Al ver a aquellas mujeres tan siniestras y delgadas los niños empezaron a llorar de nuevo.

Llegó el segundo camión y sus luces iluminaron la zona. Cuando el nuestro empezó a moverse, una de las prisioneras se acercó hasta el conductor y le preguntó qué debía hacer con nosotros.

—No me importa —respondió—. Por mí pueden irse al infierno.

Los camiones se alejaron y nos dejaron en plena oscuridad. Los niños estaban aterrorizados y comenzaron a llorar nuevamente. Cuando me acostumbré a la oscuridad vi la vaga silueta de un barracón delante nuestra. Una de las prisioneras nos dijo que entrásemos en el edificio, cuyo aspecto resultaba alarmante en medio de la oscuridad. Avanzamos lentamente. Yo estaba muy asustada, pero no quería mostrarlo.

Al entrar, el corazón se me quedó helado. Había un largo pasillo. Estaba oscuro como la boca de un lobo y, al final del mismo, había una mujer que sostenía una lámpara de keroseno. Era la viva imagen de una bruja malvada. Los niños se asustaron tanto que se taparon el rostro con mi abrigo. La figura al final del pasillo no se inmutó. Estaba totalmente inmóvil, sosteniendo la lámpara, que proyectaba su sombra a sus espaldas. Me di cuenta de que debíamos avanzar. Los críos se colgaban a mí como un peso muerto. Levanté la voz y les dije con firmeza que viniesen conmigo, que no debían asustarse. Solo tenían la opción de venir conmigo o quedarse solos. Eso surtió efecto, pues dejaron de agarrarme y me dejaron moverme. Solté la mano del niño que había tenido agarrado firmemente y oculté a los más pequeños detrás de mí para protegerlos con mi cuerpo. Lentamente, nos acercamos hasta la figura. Cuando nos aproximamos, vi que estaba de pie, al lado de una puerta. Una tenue luz salía por la apertura. La mujer la señaló sin pronunciar una palabra. Intentando mantener toda la distancia posible entre la bruja y nosotros, entré.

¡Qué alivio! La habitación estaba limpia y había unas diez literas dobles, donde podíamos dormir. Las camas ocupaban la mitad de la habitación, y la otra mitad estaba vacía. Había dos sillas apoyadas contra la pared. Una bombilla desnuda que colgaba del techo emitía una luz apagada, pero suficiente para ver todo. Los niños también se sintieron más aliviados y me soltaron el abrigo. Algunos ya se habían acercado a las camas. Solté la maleta en el suelo, pero oí algunos gritos en el pasillo, lo que me hizo pensar que los niños del segundo camión habían visto a la bruja.

Regresé rápidamente al pasillo para que pudiesen verme. Les dije que entrasen, que no iba a pasarles nada. Pronto todos estuvieron reunidos en la habitación. Eva y otra chica metieron a los bebés en la cama. Mientras tanto, las prisioneras trajeron nuestras pertenencias y las apilaron en medio de la sala. Luego se fueron, dejándonos solos.

Eva y yo asumimos el control. Les dijimos a todos que buscasen una cama y se acostasen. Los mayores ayudaron a los más pequeños a subir a las literas. Sorprendentemente, los dos bebés se quedaron dormidos a pesar de no haber comido nada. Les habíamos dado algo de agua y eso les debió llenar el estómago.

Luego, uno de los más pequeños dijo:

—Tengo que ir al servicio.

Nos miramos entre sí. Con tanta penuria, se nos había olvidado ese hecho. ¿Qué podíamos hacer? Salir al oscuro y largo pasillo no era una opción. No sabíamos dónde estábamos, ni dónde se encontraban las letrinas.

De pronto me fijé en una enorme olla de color verde que había entre el equipaje. Le pedí a uno de los muchachos que la cogiese. Tenía una tapadera. Les dije a todos que se levantasen y usasen la olla. Entonces nos dimos cuenta de que algunos se habían vuelto a orinar en los pantalones. Había sido un día muy largo. Eva y yo les quitamos la ropa mojada y los acostamos sin ella, tapándolos con mantas. Gracias a Dios ninguno se había orinado en la cama todavía.

Estábamos a punto de desmayarnos, así que sugerí que nos fuésemos a dormir. Todas las literas, salvo las que estaban cerca de la entrada, estaban ocupadas. En algunas camas había cuatro niños durmiendo, dos a cada extremo. Los chicos más mayores las habían distribuido y habían elegido a sus compañeros. Yo elegí una litera doble que compartí con Max, Jacky y Louky. Dejé la luz encendida por si alguien se despertaba y quería utilizar la olla. Además, yo también me sentía más segura de ese modo. Debí quedarme dormida en cuanto me eché en la cama. Eran las tres en punto de la madrugada.

Emile me despertó para decirme que la olla estaba llena. La luz se filtraba a través de la ventana. Hacía una mañana gris de invierno. La mayoría de los niños aún dormían, de lo cansados que estaban. Emile me dijo que había abierto la puerta que estaba en uno de los extremos de la habitación.

—Da al exterior —dijo.

Desperté a Max y Louky y les pedí que sacasen la olla fuera y la vaciasen.

—Procurad no despertar a los niños —dije.

Max y Louky aún estaban adormilados cuando bajaron de la litera para hacer lo que les pedía. Resultaba sorprendente ver cómo los chicos aceptaban mi autoridad. Imagino que, de alguna forma, representaba la madre que acababan de perder. Habían depositado su confianza en mí, y yo había asumido la responsabilidad de cuidarlos lo mejor posible.

Emile abrió la puerta para que saliesen Max y Louky y los tres se marcharon. Regresaron poco después con la olla vacía, justo en el momento en que los niños se despertaban y empezaban a necesitarla.

Los bebés se despertaron y comenzaron a llorar; tenían mucha hambre. Habíamos encontrado algunas ollas y recipientes en las maletas, y le pedí a Emile que saliese para buscar un grifo para llenarlos. También encontramos algunos cuencos pequeños. Puse un poco de pan blanco con azúcar y mantequilla en dos de ellos y, con el agua que me trajo Emile, conseguí ablandar un poco de pan y hacer una especie de papillas. Eva y otra chica encontraron algo de ropa limpia y los cambiaron antes de que yo tuviese la papilla preparada. Tenía muchos ayudantes dispuestos a darles de comer.

Con la ayuda de Iesy le di a cada niño medio sándwich para desayunar. Le dijimos que la otra mitad se la daríamos por la noche. Lo único que teníamos para beber era agua fría. Mientras degustaban el sándwich reinó un completo silencio. Luego dejamos que cada uno hiciera lo que quisiese.

Emile salió con otro chico a explorar y tratar de encontrar las letrinas. Regresaron muy pronto, pues hacía mucho frío fuera. Habían encontrado las letrinas a poca distancia de nuestro barracón. Los chicos más mayores podían ir hasta allí, pero no así los más pequeños, por lo que decidimos utilizar también la olla durante el día.

Iesy, Eva, Louky, Bram, Max y yo nos reunimos para hablar de nuestra situación.

Nos sentamos encima de mi cama. La doble litera nos permitió hacerlo en círculo. Había cuarenta y cuatro niños, y nosotros éramos los mayores, por eso debíamos cuidar de los más pequeños. Iesy sugirió que mirásemos todo el equipaje para ver si había algo de comida y, en caso de haberla, ponerla toda junta. Estuvimos de acuerdo y los chicos bajaron de la litera para revisar las maletas.

Los niños dejaron de llorar porque se sentían seguros estando en grupo. Teníamos un lugar donde cobijarnos, camas y suficiente comida para ese día. Algunos chicos más pequeños también ayudaron a mirar entre el equipaje. Cuando encontraban algo, me lo traían y lo ponían encima de la cama. Cuando terminaron de rebuscar en la última maleta, hicimos balance: dos paquetes de galletas duras como piedras, medio paquete de galletas dulces, media lata de té, medio bote de chocolate en polvo, una bolsa pequeña de sopa en polvo y un bote casi vacío de leche en polvo.

Los muchachos se subieron a la cama para inspeccionar los artículos. No había bastante para acallar el hambre durante los días siguientes. Lo metí todo en una maleta y me encargué de controlarla. Les dije a los muchachos que las apilasen contra la pared, en uno de los rincones de la habitación. Estaban contentos de poder hacer algo, e hicieron un buen trabajo. De esa forma tendríamos más espacio.

El día transcurrió lentamente. Nadie vino a vernos. Era como si estuviésemos solos en este mundo, pero al menos tuvimos tiempo de recuperarnos del trauma que habíamos vivido el día anterior. Cuando empezó a oscurecer, con ayuda de Iesy y Eva, repartimos la otra mitad de los sándwiches. Volví a hacer unas papillas para los bebés. Aún nos quedaban las tres cuartas partes de una caja para el día siguiente. Por razones de seguridad la colocaron encima de mi cama. Todos se acostaron temprano y no tardaron en quedarse dormidos.

 

Al día siguiente, después del desayuno, algunos muchachos salieron a explorar. Esa parte del campo estaba muy tranquila. Cuando regresaron, nos dijeron que había otros barracones cerca, pero la mayoría estaban vacíos y no había nadie en los alrededores.

Yo aún no había salido, ya que los niños más pequeños me necesitaban. Parecían tristes y desamparados y, aunque los llantos al unísono habían cesado, de vez en cuando alguno de los pequeños se echaba a llorar porque añoraba a su madre. El bebé de diez meses, Phillipje, era muy callado. Se limitaba a estar tendido y mirar al espacio. De vez en cuando dibujaba una sonrisa cuando yo le hablaba cariñosamente o le tocaba debajo de la barbilla. Emanaba tristeza y debía echar de menos a su madre. Aún no le había visto sentarse. No estaba delgado, su madre se las había apañado para darle de comer. El otro bebé, una niña, tenía unos doce meses. Además de ellos dos, estaba el pequeño Robby, que tendría tres años. Tenía una cara muy bonita, el pelo rubio y los ojos azules. Nunca decía nada, ni tan siquiera cuando le hablábamos. El pobre Robby, parecía tan solo y perdido. Yo a veces lo acurrucaba, pero no lograba sacarle una sonrisa. Era como si hubiese levantado una muralla a su alrededor. Decidí prestarle una atención especial para poder ganarme su confianza. Poco a poco, me aprendí los nombres de casi todos los niños.

No se puede tener a críos tan pequeños encerrados todo el día y, de vez en cuando, salían en grupos de tres o cuatro y regresaban al rato. Me dijeron que las letrinas estaban completamente nuevas, así que debíamos ser los primeros en llegar a esa parte del campo.

Esa tarde yo también tuve que salir. Todo estaba en silencio, no se oía el más mínimo ruido. El cielo estaba grisáceo, hacía fresco, pero no frío. Me alegré de haber salido y poder respirar un poco. Cuando regresé al barracón pregunté si alguien había venido a vernos, pero me respondieron que no. No podía comprender que nadie viniese y que no nos trajesen algo de comida. Pensé que alguien quería que se olvidasen de nosotros, pero me guardé para mí ese pensamiento porque no tenía sentido preocupar a nadie.

Eran las cuatro aproximadamente cuando todos los niños regresaron al barracón. Habían descubierto que el edificio que se había utilizado como taller de zapatería estaba situado entre nuestro antiguo campo y en el que estábamos ahora. Eso, al menos, nos servía de referencia. También dijeron que habían encontrado la cancela que daba a la carretera principal, que estaba abierta, y que no había nadie guardándola. No se habían atrevido a salir, aunque no habían visto a nadie.

Comenzó a oscurecer. Iesy bajó la caja de sándwiches. Todos formaron una cola que fue pasando a nuestro lado mientras Iesy y yo le dábamos la última mitad de sándwich que quedaba en la caja. Cuando terminamos, vimos que habían sobrado cuatro mitades. Iesy y yo decidimos guardarlas para dárselas a los bebés al día siguiente. Durante un rato estuvimos sentados, conversando. Algunas niñas pequeñas estaban a mi lado y les di un abrazo. Eva había encontrado un libro en una de las maletas y estaba leyendo un cuento a un grupo de niños, que la escuchaban atentamente. Qué idílico parecía todo. Cualquiera hubiera pensado que estábamos de vacaciones.

Fuera, todo estaba completamente oscuro, pues no se veía una sola estrella en el cielo.

—Ya es hora de que nos vayamos a la cama —le dije a todo el mundo—. Está haciendo frío, así que arroparos bien.

Nadie se desnudó. Dormíamos con la ropa puesta, salvo los bebés, a los que cambiamos después de darles de comer. Teníamos que buscar el modo de lavar los pañales, ya que pronto no tendríamos nada que ponerles. Una de las maletas vacías se había utilizado para guardar los pañales usados. Ya resolveré ese problema mañana, pensé mientras me subía a la cama.

Muy pronto todos los niños se quedaron dormidos, salvo Iesy y yo. Nos sentamos al pie de mi cama y hablamos en susurros. Iesy era un chico inteligente y encontré mucho apoyo en él. Tenía trece años, uno menos que yo. Le dije que estaba preocupada porque nadie había venido a vernos ni a traernos comida. Nos sentíamos atrapados. ¿Debíamos cruzar la cancela y pedir ayuda? No sabíamos qué hacer.

—Si nadie viene mañana, llamaré al guardia que está en la torre y le diré que estamos solos —le dije a Iesy.

Él pensó que podía ser peligroso y me aconsejó que no lo hiciese.

—Lo sé, pero qué vamos a hacer. Todos los sándwiches se han acabado y no tenemos nada que comer para mañana.

Hablamos durante un largo rato sobre la forma de salir de ese apuro, pero no encontramos ninguna solución.