Hetty
Capítulo 1
La sombra de Hetty cae sobre los niños que vivían en su calle mientras los fotografía.
Todos fueron enviados a Auschwitz, donde murieron en la cámara de gas, 1942. De
izquierda a derecha, en la fila de atrás: Iesy Gerritse y un chico desconocido. En la
fila de delante: Siena Soep, Nathan Smeery Betty Smeer.
Mi familia vivía en Amsterdam, en el barrio judío. Antes no solía ser un barrio judío, porque los holandeses no conocían la palabra «segregación», y todo el mundo podía vivir donde quisiese. La religión y las creencias no eran un problema. Luego, en 1941, cuando los alemanes invadieron Holanda, decidieron concentrar a la población judía en Amsterdam East.
En febrero de 1941, los alemanes asaltaron el mercado municipal de Amsterdam como venganza por el asesinato de un oficial nazi holandés en una pelea que tuvo lugar el día anterior. Arrestaron a cuatrocientos hombres y les obligaron a subir en camiones. Desgraciadamente, el primo predilecto de mi padre, Mauritz, estaba entre ellos. Aunque escuchábamos algunos rumores, no sabíamos dónde los habían llevado. En mayo de 1941, mi padre recibió una postal con el sello de Mauthausen. Mauritz decía:
«Querido Maurice y familia:
Estoy en Mauthausen y el trabajo no es malo.
Espero que todos os encontréis bien.
Dale recuerdos a Dozeman y dime si Spitty aún vive.
Mauritz»
Puesto que la carta tenía que pasar por la censura alemana, suponíamos que contendría un mensaje oculto. Dos días después, mi padre logró descifrarlo. Nos dijo:
—Ya sé lo que Mauritz quiere decirnos. Dozeman es el nombre del panadero que hay en la esquina; y Spitty el de nuestro perro. Por eso, lo que en realidad quiere decirnos es que pasa mucha hambre y que lleva una vida de perros en Mauthausen.
Nos dimos cuenta de que los alemanes llevarían a cabo sus planes de erradicar sin piedad la población judía en Holanda. Mi padre me miró con aire de preocupación y dijo:
—Tengo que hacer lo que pueda para evitar que nos manden a Alemania.
Hubo muchas redadas en el barrio judío durante el verano de 1942. Vimos cómo sacaban a muchas familias de sus hogares y no volvíamos a saber de ellos. Muchos lloraban cuando se los llevaban; otros se sentían aliviados al saber que la espera había concluido. Mirábamos por entre las cortinas mientras los alemanes les obligaban a ponerse en fila y los conducían hasta la estación, donde les hacían subir en trenes que los llevaban lejos de sus hogares y de las personas a las que amaban. Mi familia se sentía muy triste después de cada redada. Nadie sabía qué les sucedía a nuestros amigos y parientes.
Nosotros habíamos sido muy afortunados. Mi padre era un acaudalado comerciante textil. Cuando comenzaron las redadas, alguien le dijo que podía comprar nuestra libertad al capitán de las SS, Aus der Funten, alegando exención de deportación por razones de trabajo. De esa forma, podían intercambiarnos por prisioneros de guerra alemanes vía Portugal.
Mi padre no lo dudó. Vendió todos nuestros objetos de valor y consiguió reunir cerca de quinientos mil florines. El problema era quién se atrevería a presentarse ante el capitán Aus der Funten en el cuartel de las SS. Era muy peligroso; de hecho, muchas personas habían ido para no regresar jamás. Tras debatirlo detenidamente, mamá convenció a papá para que le dejase ir, alegando que una mujer tendría más oportunidades de ser admitida.
La soleada mañana del 22 de septiembre de 1942, mi madre emprendió a pie el trayecto de 14 kilómetros para intentar salvar a su familia, ya que a los judíos no se les permitía viajar en autobuses ni tranvías. Aquel día vivimos una verdadera pesadilla, intentando no pensar en todas las cosas que podían sucederle a nuestra madre. El día transcurrió lentamente, hasta las cinco en punto, hora en que sonó el teléfono. Algo dubitativo, mi padre cogió el auricular, temeroso de lo que pudiese oír, pero su rostro dibujó una sonrisa. Mamá se encontraba bien y ya estaba de camino a casa. Había hablado con el capitán Aus der Funten, y le había dicho que regresase la semana siguiente con el dinero y nuestros pasaportes. Nos sentimos más animados. Pronto viviríamos de nuevo en libertad, sin sentirnos marginados ni perseguidos.
Transcurrió la semana y mamá emprendió de nuevo el camino hasta el cuartel de las SS, pero esa vez regresó más temprano, con las fotocopias de nuestros valiosos pasaportes selladas con la orden del capitán Aus der Funten: «El titular de este pasaporte está exento de ser deportado». Esa exención impedía que nos llevasen durante las redadas que tenían lugar noche tras noche, y confiábamos en la promesa verbal de que seríamos intercambiados por prisioneros de guerra.
Mi abuela materna vivía justo al bajar la calle. Era la persona más maravillosa del mundo, y todo el vecindario la apreciaba. Todos la llamaban oma (abuela) Judy. Mi maravillosa abuela; nos cuidaba mejor que nadie.
El viernes 2 de octubre de 1942, Oma preparó un pastel de peras dulces.
—Comed, hijos míos, y que Dios os bendiga. Estoy segura de que será la última vez que cocinaré para vosotros —dijo—. Presiento que esta noche vendrán a por mí.
—Por favor, no digas eso —respondí llorando—. Si de verdad lo crees, quédate con nosotros. No vayas a casa. Si te vas, yo me iré contigo.
—No —dijo tajante—. Esta noche te quedarás a dormir en tu casa.
Yo me quedaba algunas veces a dormir con Oma para que no estuviera tan sola, aunque los alemanes prohibían que nos quedásemos en el domicilio de otra persona. (Los alemanes habían declarado el toque de queda desde las ocho de la noche hasta las seis de la mañana para la población holandesa).
Antes de las ocho, Oma nos besó a todos con lágrimas en los ojos y dijo:
—Que seáis buenos, hijos míos. Os quiero mucho.
Después de pronunciar esas palabras se marchó.
Desde ese mismo instante, mamá se apostó delante de la ventana del dormitorio desde la que se podía ver la calle de Oma. Los alemanes empezaron a llegar a las ocho y cuarto. Había comenzado la redada. A través de las cortinas veíamos que iban de puerta en puerta y sacaban a las personas de sus casas. Yo estaba en el salón cuando oí que mi padre gritaba:
—¡Venid al dormitorio, han apresado a Oma! Daros prisa, así podréis despediros.
Desde la ventana del dormitorio vimos a Oma con sus bolsas, haciéndonos señas y llamándonos.
—¡Mamá! ¡Mamá! —gritó mi madre.
Abrió la ventana y, aunque estaba estrictamente prohibido, se asomó y agitó los brazos desesperadamente mientras exclamaba:
—¡Dios mío, no dejes que se lleven a mi madre!
Mi padre la cogió y la arrastró hacia el interior. Los alemanes le hicieron una señal a Oma para que empezase a andar.
—Adiós, hijos míos —gritó Oma mientras caminaba—. Adiós.
Fueron las últimas palabras que oímos de ella. Mi encantadora y cariñosa abuela. Habíamos visto a muchas personas despedirse anteriormente, pero en aquella ocasión los alemanes habían atacado directamente a nuestra familia. Jamás podré olvidar aquel viernes por la noche.
Transcurrieron los meses, pero los alemanes siguieron con sus redadas. Nuestro vecindario se volvió muy silencioso. Las casas estaban vacías porque, después de que los alemanes se llevasen a la gente, la empresa de transportes Puls, contratada por ellos, venía para llevarse sus muebles y pertenencias, y enviaban todas las posesiones a Alemania.
Nuestra escuela en el President Brandt Straat también se quedó vacía. La mayoría de los estudiantes fueron deportados a Alemania y los profesores judíos fueron sustituidos por gentiles.
El domingo 20 de junio de 1943 me desperté temprano. De repente oí que por los altavoces de los coches ordenaban a la población judía que nos preparásemos para ser deportados de inmediato. El vecindario estaba rodeado por oficiales y miembros de las SS, por lo que nadie podía escapar. Al resto de los residentes se les ordenó que permaneciesen en sus viviendas. Policías fuertemente armados iban de puerta en puerta, pidiendo los pasaportes y otros documentos. Sacaban a la gente fuera de sus casas y los conducían a una zona que estaba al otro lado de nuestra casa. Les obligaban a ponerse en cola mientras los soldados alemanes les custodiaban con las bayonetas caladas. Durante cinco horas, jóvenes y ancianos permanecieron en pie, apiñados unos contra otros, sin agua ni alimentos, hasta que se les ordenó que se dirigiesen caminando hasta Amstel Station, donde los subieron a un tren en dirección a Westerbork. Aquel día toda la ciudad de Amsterdam fue asaltada y solo permitieron quedarse a unas cuantas familias. La nuestra era una de ellas.
Durante el año de 1943, mis abuelos paternos se ocultaron y un hombre de la resistencia holandesa venía de vez en cuando para decirnos cómo estaban. Nos traía cartas y noticias sobre la guerra.
A mi padre, al ser un comerciante textil, aún se le permitió comerciar durante aquellos disturbios. Poco después de la ocupación alemana, todos los judíos que se dedicaban a los negocios tuvieron que registrar su empresa y solicitar una licencia para poder seguir operando. Mi padre tenía un negocio muy consolidado, y sus enormes puestos de venta, con tejidos maravillosos, eran muy conocidos en los mercados de Amsterdam. Tenía dos licencias, una para los mercados y otra para la venta al por mayor. Durante un tiempo no hubo ningún problema, todo transcurrió con normalidad. Luego llegó la orden de que todo aquel que tuviese dos licencias debía entregar una. Mis padres hablaron durante días y, finalmente, decidieron renovar la de los mercados y entregar la de la venta al por mayor.
Fue una sabia decisión, pues los que se quedaron con licencias para vender al por mayor no fueron muy afortunados. Los alemanes confiscaron sus empresas y se quedaron sin nada. Personas que en su momento gozaban de una buena posición, ahora no tenían dinero ni para comprar comida para sus familias. Venían a visitarnos a casa por las tardes y pronto idearon un plan: mi padre compraría más productos de los que necesitaba para su negocio y les permitiría vender los excedentes con tal de conseguir un poco de dinero para poder comer. Obviamente, había que hacerlo con sumo cuidado, para que ningún traidor informase a las SS.
El ático de nuestra casa se convirtió en un almacén en el que los rollos de tela se apilaban ordenadamente sobre las estanterías. Yo solía irme allí por las mañanas para hacer los deberes. Un día, a eso de las cinco de la madrugada, cuando subía las escaleras que conducían al ático, me encontré con un hombre que bajaba algunos rollos de material. Vi algo en él que no me gustó y le pregunté cómo se llamaba. «Jan», me respondió mientras bajaba a toda prisa las escaleras. Con cierto recelo subí corriendo hasta el ático. Los cerrojos de la puerta estaban rotos y solo había unos cuantos rollos de tela tirados en el suelo. La habitación que antes había estado repleta ahora estaba vacía. Corrí hasta el dormitorio de mis padres y les espeté que nos habían robado.
Mi padre salió corriendo a la calle, en pijama, para intentar apresar al ladrón, pero fue en vano. Estaba tan furioso que quiso llamar a la policía.
Mi madre se angustió mucho y le dijo:
—No lo hagas, Maurice. Puede ser peligroso atraer la atención. Más vale olvidarlo, dejarlo pasar.
Mi padre, sin embargo, estaba tan molesto que no pensó en las consecuencias. Dos policías holandeses se presentaron media hora después. Dirk era bastante mayor, pero Henny era un joven alto, con el pelo rubio y unos brillantes ojos azules. Henny me hizo algunas preguntas sobre el aspecto del hombre, lo que me había dicho y sobre lo que había pasado. Era un policía tan amable que, cuando terminó de interrogarme, estaba tan enamorada de él como solo una jovencita puede estarlo.
Cuando regresé de la escuela aquella tarde, mi padre me dijo que habían cogido al ladrón. Habían recuperado la mayoría de los artículos y nos los habían devuelto.
Henny se convirtió en un buen amigo de la familia y venía a casa con cierta frecuencia después de su turno vespertino. Si estaba en casa, me ofrecía una de aquellas maravillosas sonrisas y me preguntaba:
—¿Cómo está la pequeña Hetty? ¿Te has portado bien en la escuela?
Era una persona maravillosa; aún recuerdo su sonrisa y su sincera mirada. Todo el mundo le apreciaba. Un día, cuando regresé de la escuela, vi que mi padre y él conversaban en tono muy serio.
—No, Maurice, esta vez no —dijo Henny—. Primero veamos si llegan a salvo. Te diré lo que haremos. Rompe un billete de cien florines por la mitad y yo le daré una parte al doctor, que va con su familia. Le pediré que lo envíe por correo a Amsterdam cuando lleguen a Suiza. Si devuelve el billete sabremos que han llegado bien, y entonces tú y tu familia podréis iros en el próximo viaje.
Mi padre aceptó de mala gana. Sacó la cartera, cogió un billete de cien florines y lo rompió por la mitad. Le dio una de las partes a Henny, y la otra la guardó cuidadosamente en la cartera.
Henny se levantó para marcharse y entonces me vio. Esa vez no sonrió. Parecía preocupado y tenso. Yo me quedé callada.
—Buena suerte, Henny. Y ten cuidado —dijo mi padre estrechándole la mano.
Cuando se marchó, mi padre me contó lo que pasaba. La resistencia holandesa, de la que Henny formaba parte, creía haber encontrado una vía de escape. Una barca llevaría a treinta personas subiendo el río Rin a través de Alemania hasta llegar a Suiza. Las personas se ocultarían bajo la cubierta.
—Me hubiera gustado que fuéramos en ese barco —dijo papá—, pero Henny prefiere que aguardemos hasta el próximo viaje.
Me alegró saber que Henny no quería que nos fuésemos, y se lo dije a mi padre.
—Es muy peligroso, papá. Me da miedo tener que pasar por Alemania.
—Sí —respondió exhalando un profundo suspiro—. Lo entiendo. Debemos esperar a que el doctor nos envíe el billete desde Suiza. Espero que lo haga, por su bien.
—¿Cuándo sale el barco? —pregunté.
—Dentro de dos días —dijo mi padre.
Transcurrieron cuatro días. Esperábamos que Henny viniese, pero no lo hizo. Papá estaba nervioso y nosotros preocupados. El quinto día, Dirk, el policía de más edad, vino a vernos y nos dijo que las SS habían arrestado a Henny dos días antes, y que lo habían llevado al cuartel de las SS. Nos quedamos consternados, pues éramos conscientes de las atrocidades que cometían. Dirk nos contó que, por lo que había logrado saber, treinta personas habían subido a bordo del bote. Habían pagado una enorme suma de dinero a la tripulación, y el barco salió a primeras horas de la noche. Sobre la medianoche, los tripulantes empezaron a arrojar a las familias por la borda. Los gritos de terror atrajeron a una patrullera alemana, que acudió para investigar. Arrestaron a todos, entre ellos a Henny. Dirk nos dijo que estaba en el hospital, custodiado por guardias de las SS.
—Mi familia le debe la vida a Henny. El me aconsejó que esperásemos y no fuésemos en ese viaje —dijo mi padre con el rostro muy pálido—. ¿Cómo puedo agradecerle que no me haya dejado cometer semejante estupidez? ¡Dios santo, protégelo!
Dio un golpe en la mesa y repitió:
—Por favor, protégelo.
Pero Henny estaba en muy mal estado. Los guardias de las SS le habían golpeado tan fuerte que le habían destrozado la cabeza, y le habían dado tantos latigazos que le reventaron los riñones. Nuestro maravilloso y valiente Henny falleció al día siguiente.
Los alemanes habían comprobado nuestros pasaportes varias veces, pero se marchaban de casa tras ver los sellos de exención. No volvimos a saber nada acerca de nuestro viaje a Portugal, pero continuábamos teniendo las maletas hechas bajo las camas por si llegaba la citación. El 29 de septiembre de 1943, a las cuatro de la madrugada, el timbre empezó a sonar insistentemente a la vez que aporreaban la puerta principal. Los golpes nos despertaron a todos.
Oí a mis padres ir de un lado para otro de su habitación.
—Ya están aquí, ya están aquí —decía mi madre.
Desde mi dormitorio podía ver el vestíbulo. Vi a mi madre abrir la puerta y aparecer un oficial de las SS. Venía acompañado de un soldado con la bayoneta calada.
—¿Judíos? —preguntó el oficial.
Mi madre asintió.
—Los pasaportes, rápido —dijo con brusquedad.
Mi padre ya había acudido con los pasaportes, convencido de que los sellos volverían a ejercer su magia. Seguro de sí mismo, le entregó los pasaportes al oficial de las SS, quien los examinó atentamente y nos ordenó a los cinco que nos colocásemos en fila en el vestíbulo. Estábamos en pijama, mi madre sujetándose con fuerza la bata de color rosa. El oficial de las SS le dijo al soldado que nos vigilase mientras comprobaba si había alguien más en la casa.
Rezamos en silencio. Con la confusión habíamos olvidado que el primo de mi madre, Morris, y la sobrina de mi padre, Sonja, estaban en la casa. Para colmo, Morris llevaba ocultándose durante un año, y había llegado el día anterior. No tenía ni pasaporte ni papeles. Sonja, por el contrario, tenía madre judía y padre gentil, además de papeles que lo corroboraban. Mientras el oficial de las SS registraba la casa, contuvimos la respiración. Oímos cómo abría las puertas y las cerraba a continuación de un portazo. El soldado estaba frente a nosotros, con la bayoneta calada.
El oficial regresó con Sonja. La había encontrado en el salón. Todos nos preguntábamos qué había sido de Morris, y cómo era posible que el oficial no le hubiese visto. Incrédulos, tratamos de comunicarnos con la mirada, pero no nos dejaron mucho tiempo para pensar en eso.
—¿Dónde están tus papeles? —preguntó el oficial a Sonja.
Ella se los entregó.
—Así que eres medio judía. ¿Qué haces en esta casa? Está prohibido pasar la noche en casa de otra persona.
Se le veía muy irritado.
—Responde —gritó.
Todos nos quedamos paralizados, mirando a Sonja y al oficial. Ella estaba muy pálida, pero alzó el rostro con orgullo y le miró abiertamente. Con mucha calma le dijo que había venido a visitarnos durante el día, y que cuando llegó la hora del toque de queda tenía una migraña tan fuerte que no pudo regresar a casa.
—¡Mientes! —gritó el oficial—. Me quedaré con tu pasaporte y vendrás con los demás a la estación. Allí, alguien con mayor rango que yo decidirá lo que hacemos contigo.
El oficial nos miró y dijo:
—Judíos, os doy una hora para prepararos.
Acto seguido ordenó al soldado alemán que nos vigilase estrechamente hasta que regresara para llevarnos a la estación.
Mi madre nos dijo que nos vistiésemos.
—No sabemos dónde vamos, así que abrigaros bien.
Cogió a Max y Jacky y los condujo hasta su habitación.
Sonja y yo nos quedamos calladas. Mamá bajó de nuevo al vestíbulo y, por su mirada, supimos que Morris se encontraba bien. Nos llevó a todos al salón. Susurrando, nos contó que cuando los alemanes aporrearon la puerta Morris se escondió entre las maletas que había bajo la cama. Lo pasó muy mal mientras el oficial registraba la habitación, pero tuvo la fortuna de que no mirase debajo del lecho.
—¿Qué va a hacer Morris ahora? —preguntó Max a mamá.
—Le he dicho que se quede ahí hasta que nos hayamos ido, y que le dé a los vecinos cualquier objeto de valor que nos dejemos. Más vale que se lo queden ellos que Puls —dijo ella.
Después de vestirme fui en busca de Max y Jacky, y los tres nos dirigimos al dormitorio de mis padres. Al llegar al vestíbulo tuvimos que pasar al lado del soldado alemán, que parecía cansado de sostener la bayoneta. La había apoyado contra la pared y estaba apostado a su lado.
Papá estaba sentado en el borde de la cama. Parecía muy triste.
—Hijos míos, lamento que haya ocurrido esto —dijo—. He hecho todo lo posible para que no nos llevasen a Alemania. Les he dado casi todo mi dinero a las SS para salvaros. Lo siento, lo siento mucho.
Papá empezó a llorar y todos le dijimos que no había sido su culpa. Nos hizo callar y añadió:
—No sé qué sucederá, pero tenéis que prometerme que si continuáis con vida cuando termine esta horrible guerra, no importa dónde os encontréis, debéis intentar por todos los medios regresar a Amsterdam y reuniros con la familia Pomstra, que vive en la esquina. Ellos tienen algunas acciones y joyas que les di para que las guardasen hasta después de la guerra. Aunque vuestra madre y yo no regresemos, me han prometido que cuidarán de vosotros. ¿Lo habéis entendido?
Los tres asentimos con la cabeza.
—Venid aquí —dijo, abrazándonos con ternura—. Lo siento, lo siento mucho — volvió a repetir.
Mamá le puso la mano en el hombro.
—Vamos —dijo—. El oficial de las SS regresará en cualquier momento.
De mala gana, papá nos soltó y seguimos a mamá hasta la cocina.
Eran las seis y media cuando regresó el oficial.
Mi madre fue la última en dejar el apartamento. Cerró la puerta principal con firmeza. Nadie dijo una palabra mientras bajábamos las escaleras que conducían hasta la calle. Tras bajar, el oficial nos dijo que esperásemos en la entrada. Era una hermosa mañana, brillaba el sol y la plaza estaba desierta, salvo por los camiones que aguardaban para llevarnos hasta la estación.
—Chissss.
Mi madre y yo escuchamos aquel leve sonido y nos giramos para ver de dónde procedía. La puerta del apartamento contiguo estaba ligeramente entreabierta, y el vecino miraba por la rendija. Mamá y yo nos acercamos.
—¿Qué sucede? —preguntó el vecino—. ¿Han venido esos cabrones para llevárselos?
Mamá asintió y luego se puso a rebuscar en el bolso. Cogió las llaves de nuestra casa y se las entregó al vecino.
—Aquí tiene —dijo—. Cuando nos hayamos ido, entre y ayude a Morris, que está escondido en la planta de arriba. Y coja lo que quiera.
—No se preocupe —respondió el vecino—. Y cuídense. Espero que esta cochina guerra termine pronto. ¡Buena suerte!
Silenciosamente, cerró la puerta.
El oficial de las SS regresó con otra familia.
—¡Caminen! —ordenó.
Todos nos dirigimos hacia los camiones.
Qué aspecto tan extraño tiene la plaza, pensé mientras cruzábamos la carretera. No parecía la misma plaza que había cruzado miles de veces, camino de la escuela. Pero… ¿volvería algo a ser igual? Llegamos hasta donde estaban aparcados los camiones y nos ordenaron que subiésemos rápidamente. Lo hicimos con dificultad, y nos quedamos de pie en la parte de atrás con el guardia. Oímos cómo el oficial de las SS se reía y bromeaba con el conductor en la cabina delantera. ¡Sí, se estaban riendo!
El camión llegó a la estación y nos pusieron en fila. El oficial de las SS se llevó a Sonja. Aunque había unas mil personas, reinaba un silencio inusual en el vestíbulo. Solo hablábamos en susurros. Parecía como si todos los judíos que quedaban en Amsterdam hubiesen sido arrestados en la redada. Poco después supimos que incluso el presidente del Consejo Judío, Abraham Asscher, y uno de sus miembros, Abraham Soep, junto con sus familias, habían sido arrestados. Cada vez llegaban más personas a la estación. A las ocho, el vestíbulo parecía una colonia de termitas. Todos, viejos y jóvenes, niños y bebés, estábamos apiñados. Empezaron a circular los rumores. Algunos decían que íbamos a Portugal, otros que Hitler había ordenado que matasen a todos los judíos que quedaran en Amsterdam. No sabíamos qué creer. Nos invadía la esperanza y la desesperación.
Las horas seguían pasando. A las nueve aún estábamos en el vestíbulo de la estación. Los guardias de las SS estaban fuera de la estación. Veíamos a Sonja con las manos en la espalda y con la cara mirando a la pared. No nos acercamos hasta donde estaba porque no queríamos empeorar las cosas, así que le hicimos señas desde lejos. Todo el mundo pensaba en lo mismo: ¿cuándo vendría el tren?
—Hetty.
Oí que alguien me llamaba. Me di la vuelta y vi a mi mejor amigo. Yo había estado en la escuela con Herman durante años. Él solía llevarme la cartera, y en el gimnasio local siempre estábamos en el mismo equipo.
—¡Herman! ¿Te han cogido a ti también?
—Sí —respondió—. Llevamos aquí desde las tres.
—¿Cómo está tu madre? ¿Se encuentra bien?
—Mamá está bien —dijo—, pero papá se encuentra bastante mal. Te diré algo gracioso. Hay un hombre allí que le está diciendo a todo el mundo que el tren no viene porque se le ha pinchado una rueda.
Nos echamos a reír. Sentaba bien reírse en medio de aquella miseria.
—Creo que vamos a Westerbork. Escucha, Hetty, si puedes, dile a tu madre cuando estés en el tren que te corte el pelo, porque cuando lleguemos allí un médico alemán nos hará un examen médico. Si cree que no tienes el pelo muy limpio, te afeitarán la cabeza.
Me quedé angustiada. ¡Mi pelo! Sin embargo, antes de poder responder, oímos un silbido y una voz por megafonía nos dijo que guardásemos silencio. Todos los que estábamos en el vestíbulo nos quedamos callados. Nadie se movía. Había llegado el momento y se podía palpar la tensión. Luego, una voz dijo:
—Judíos, coged vuestras maletas y dirigiros al andén número tres, donde subiréis al tren que os conducirá hasta Westerbork. El grupo A será el primero, luego le seguirá el B, y así sucesivamente.
Por unos instantes hubo un tremendo caos en el enorme vestíbulo. La gente iba de un lado para otro para integrarse de nuevo en su grupo. Las madres buscaban a sus hijos, y los padres cargaban con las maletas de toda la familia. Los grupos A y B pasaron por los torniquetes de acceso, y los grupos C y D les siguieron. Nosotros estábamos en el W, por lo que no teníamos ninguna prisa.
Cuando el grupo S pasó a nuestro lado, Herman me dijo:
—Hetty, nos vemos en Westerbork. Recuerda lo que te he dicho.
—Hetty, cuida de Jacky para que no se pierda —me dijo mamá—. Debemos permanecer todos juntos.
Cogí a Jacky de la mano, con fuerza.
—Vamos —dijo papá—. Acaban de decir nuestra letra. ¡Que Dios nos proteja!
Se había formado una enorme aglomeración en los torniquetes de acceso, pero conseguimos llegar todos juntos hasta el andén. Era el tren más largo que había visto en mi vida. La locomotora estaba a mucha distancia de la estación y, cuando se llenaba un vagón, se alejaba un poco más. Eramos afortunados porque era un convoy de pasajeros, no un vagón de ganado como los que habían utilizado para transportar a la mayoría de las personas.
Westerbork era lo que los alemanes denominaban un Durchgangslager, es decir, un campo de tránsito. Desde allí enviaban a la gente a los diferentes campos repartidos por toda Alemania: Sachsenhausen, Buchenwald, Ravensbrück, Dachau, Neuengamme, Mauthausen y Oranienburg. En Polonia estaban los campos de Auschwitz, Birkenau, Sobibor, Blechhammer, Gleiwitz y Monowitz. Los alemanes le dijeron a la población judía de Holanda que trabajaríamos en los campos, pero que tendríamos mucha comida y alojamientos familiares. Ahora ya estábamos de camino. El tren salió lentamente de Amstel Station. En nuestro compartimento solo había treinta personas. Tuvimos suerte; al menos todos teníamos un asiento. En silencio observábamos el paisaje, los campos, las vacas, los huertos. ¿Y ahora qué, y ahora qué?, cantaban las ruedas del tren.
Herman el «novio» de Hetty, durante su etapa escolar. Murió en Auschwitz el 22 de
octubre de 1943.
Sonia Santiel, una de las amigas de Hetty en la escuela, con la estrella de David que
obligaron a llevar a toda la población judía en Holanda. Sonia fue una de las
primeras en ser deportada a Auschwitz, donde falleció.