Hetty

Hetty Verolme · Capítulo 14 de 17

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Hetty

Capítulo 13

Una noche, a finales de marzo, cuando las luces estaban a punto de apagarse, la hermana Mala se subió a un taburete con el fin de estar por encima de las camas. Nos pidió que guardásemos silencio. Cuando lo hicimos, nos dijo que el ejército británico estaba a tan solo cien kilómetros de Belsen. No podíamos creerlo. Alguien le preguntó cómo lo había sabido y respondió que había una radio clandestina en el campo de los hombres y que de esa forma se había enterado. ¿Era cierto? ¿Era verdad que pronto seríamos libres? Todos empezamos a hablar a la vez, pero la hermana Mala nos dijo que guardásemos silencio porque los oficiales de las SS estaban muy nerviosos.

Durante las últimas semanas habían sonado en muchas ocasiones las alarmas antiaéreas porque los aviones de reconocimiento ingleses habían sobrevolado el campo. Las SS nos habían dado instrucciones estrictas de no encender ninguna luz durante la noche, y nos advirtieron que fusilarían a todo aquel que las incumpliese. Tapábamos las ventanas con mantas todas las noches para que la hermana Helen pudiese encender una vela. Ella necesitaba esa luz porque algunos niños estaban muy enfermos de tifus.

Los guardias de las SS empezaron a patrullar el campo por la noche. Los vuelos de reconocimiento aumentaron a medida que la línea del frente se acercaba. En ocasiones oíamos el estruendo de la artillería, que era como música para nuestros oídos. Todas las noches la hermana Mala nos informaba de lo cerca que estaban las fuerzas de liberación.

«Niños», decía, «están a setenta kilómetros». Y luego, a la noche siguiente, decía: «Ya están a sesenta kilómetros».

A nosotros eso no nos parecía bastante, ya que las condiciones del campo se deterioraban por días. Apenas nos daban de comer, y había cadáveres por todos lados, ya que nadie retiraba los cuerpos.

Era 30 de marzo de 1945. Luba estaba exhausta y la hermana Hermina se encargó de ir a mendigar comida. Me pidió que la acompañase y juntas tomamos la carretera que conducía hasta la cocina. Había nevado durante la noche y todo el campo estaba cubierto de un espeso manto de nieve recién caída. No hacíamos ruido al caminar. El cielo tenía un color plomizo. Hacía un aire frío y todo estaba en silencio. Después de una hora caminando llegamos a la cocina, donde Hermina mantuvo una larga conversación con un hombre polaco. No entendí lo que decían, pero cuando nos marchamos me dijo que ella volvería por la tarde para recoger algunos recipientes con comida para la Casa de los Niños. Eso nos alegró.

Caminábamos por una hermosa zona boscosa y, cuando nos acercamos a la cancela del campo de las mujeres, observé algunos puntos negros en la nieve. Al mirar más detenidamente, me di cuenta de que eran patatas grandes y hermosas. Me abalancé sobre ellas dando un grito de alegría y empecé a recogerlas del suelo. Una, dos, tres. Mientras me inclinaba para coger algunas más, vi una sombra oscura sobre la inmaculada nieve y un par de botas negras y relucientes.

Cuando me erguí lentamente, con las patatas aún en las manos, vi que estaba frente a frente con la conocida guardia Irma Grese. Se me heló la sangre y el corazón empezó a latirme con fuerza.

—¿Qué haces? —preguntó exigiendo una explicación.

Antes de que pudiese contestar, Hermina dijo:

—Por favor, la niña no estaba robando. Pensó que era una lástima dejar la comida tirada en la nieve y la cogió para los niños.

Durante unos instantes Grese me miró a los ojos para comprobar si lo que decía la hermana era cierto. Luego, para mi sorpresa, dijo:

—De acuerdo, puedes coger algunas más.

No podía creerlo y permanecí donde estaba.

—Puedes cogerlas —dijo Hermina.

No confiaba en Grese y, esperando que me diese un golpe, me agaché para coger más patatas. La hermana me instó a que le diese las gracias. Levanté la cabeza y, mirando a la mujer que tenía el destino de mi vida en sus manos, le dije:

—Muchas gracias, [8] Frau Hauptaufseherin.

Asintió, indicándonos que podíamos marcharnos.

Había cogido seis patatas en total y las guardé en los bolsillos. Pesaban mucho y eso me obligaba a caminar muy lentamente. Empezaron a dolerme las piernas, desde los tobillos hasta las pantorrillas. Se lo dije a la hermana Hermina y cogió cuatro patatas que guardó en el bolsillo del abrigo. Al no llevar tanto peso, intenté caminar más rápido, pero no podía. Arrastraba los pies y empezó a dolerme terriblemente la cabeza. No sabía qué me pasaba. La hermana Hermina iba delante, apremiándome a que me diese prisa, pero no podía seguirla.

Finalmente llegamos a la barraca. Me fui directamente a la cama y logré subirme a la litera. Aún me quedaban algunas aspirinas y me tomé una. Con las manos temblorosas me quité el jersey y los pantalones y me puse la parte de arriba de un pijama de franela que tenía de mi madre. Me quedaba muy grande, pero ¿qué importaba eso? Estaba temblando de forma descontrolada y comprendí que tenía fiebre. Me tapé con la manta. Después de un rato me sentí un poco mejor y vi que Max también se había metido en la cama.

La noticia de mi enfermedad se supo muy rápidamente, y muchos niños vinieron a mi cama para preguntarme cómo me encontraba. Fue una bendición, ya que me traían un vaso de agua siempre que se lo pedía. Max se quejaba del dolor de cabeza y me esforcé por llegar hasta la taquilla y coger una aspirina para él. Alguien le llevó un poco de agua, y al rato vi que estaba dormido, aunque tenía un sueño inquieto. Jacky se encontraba mejor y estaba sentado en la cama.

La fiebre me invadió. Me dolía todo el cuerpo y las piernas me pesaban. Justo antes de apagar las luces, la hermana Luba se acercó hasta mí y me puso la mano en la frente. Parecía muy preocupada, y me colocó un trapo húmedo en ella para que me bajase la fiebre.

Phoebe se levantó temprano y me trajo un poco de agua. Estaba tan fría que solo pude darle unos sorbos. El resto la utilizó para humedecer el trapo y ponérmelo en la frente. Alguien me trajo otra almohada para poder levantarla. Tenía un terrible dolor de cabeza y no podía mover ni un músculo. Antes de ponerme enferma, me había enterado de que los primeros cuatro días eran los peores. Si sobrevivías, la fiebre empezaba a desaparecer al décimo día, después del cual empezaban a salirte manchas rojas en los brazos, las piernas y el estómago. Estaba tendida de espaldas, con los brazos descansando sobre los muslos. Las piernas me dolían tanto que no podía moverlas. De vez en cuando abría los ojos, pero veía tan borroso que los volvía a cerrar.

El día transcurrió con lentitud, aunque no tenía ni idea del tiempo. Debía de ser de noche, ya que Phoebe había regresado a la cama. Al subir en ella me despertó, y, cuando se metió debajo de la manta, lo hizo tan bruscamente que no pude soportarlo. Le pedí que se estuviese quieta. Phoebe intentó no moverse, pero una persona sana suele dar vueltas mientras duerme. Cuando se dio la vuelta una vez más, perdí el control y le grité que no se moviese. Leni, cuya cama estaba justamente detrás de la mía, le dijo que se fuese a dormir con ella, así yo podría descansar. Phoebe se levantó a tientas, en la oscuridad, y se metió lentamente en la cama de Leni. ¡Qué alivio sentí al poder descansar sin que nadie me molestase! Me adormilé y perdí la noción del tiempo por completo.

Me dolía tanto la cabeza que había momentos que creía estar en un pozo oscuro. Reinaba tanto silencio en el interior de mi cabeza que no oía nada. Solo sabía que estaba viva. Cuando salí de aquella oscuridad, escuché algunos retazos de conversación. Algo que oí claramente fue a la hermana Helen decir: «Otra vez han cortado el agua del grifo esos malditos cabrones».

Durante las largas horas en que la fiebre se apoderó de mi cuerpo y de mi mente, alguien me dio unos sorbos de agua y me refrescaba la cara con agua fría, pero después de unos minutos el trapo humedecido estaba tan caliente que terminaba por quitármelo. No sabía cuántos días llevaba enferma cuando escuché la voz de la hermana Luba decirme que me despertase. Lentamente, la cabeza se me aclaró un poco y, haciendo un esfuerzo, abrí los ojos. Luba insistía:

—Hetty, despierta. El doctor ha venido a verte.

Abrí los ojos durante unos segundos y vi vagamente a la hermana y al doctor Bimko de pie, al lado de mi cama. Cerré los ojos de nuevo y me dejé llevar.

—Abre la boca, Hetty. Voy a darte un poco de glucosa que nos ha traído el doctor —dijo Luba.

Abrí la boca y noté una cucharada de una sustancia fina y fría.

—Trágatela —instó la hermana.

Hice un esfuerzo por pasar esa sustancia por mi dolorida garganta.

—Toma un poco de agua —dijo mientras me sostenía la cabeza para ponerme el vaso en la boca.

El agua fría me ayudó a tragarla, pero me sentí aliviada cuando dejó que apoyase de nuevo la cabeza en la almohada. Con los ojos cerrados, oí que ella y el doctor visitaban a Max y al resto de los niños que estaban enfermos. Las dos noches siguientes nos dieron a todos los niños enfermos una cucharada de glucosa con el fin de tener la suficiente energía para vencer aquella horrible enfermedad.

No tenía la menor idea de cuántos días habían pasado, pero una mañana me desperté y noté que ya no tenía fiebre. Levanté los brazos despaciosamente y vi las manchas rojas que indicaban que había estado enferma de tifus. Miré a Max y le pregunté cómo se encontraba.

—Todavía me duele la cabeza, pero no tanto como antes.

Me di la vuelta hacia el lado que estaba la ventana y caí en un profundo y reparador sueño.

Cuando me desperté, me di cuenta de lo que había pasado. Miré por la ventana y vi a un grupo de prisioneros empujando una carreta cargada de cadáveres en dirección al depósito. Parecía hacer mucho frío. El guardia de las SS tenía un brazalete blanco alrededor de su brazo izquierdo. Estaba helado, y se había levantado el cuello del abrigo para protegerse las orejas. ¡Y los prisioneros! Qué aspecto tan horrible tenían. Eran un puñado de huesos, llevaban solo un pijama de algodón y tenían que hacer aquel horripilante trabajo. Andaban muy lentamente, pero para mi sorpresa el Scharführer no les instaba a que se diesen más prisa. Estaban demasiado débiles para empujar la carreta y se veían obligados a detenerse cada pocos metros para recuperar el aliento. Era una escena realmente macabra.

La hermana Hella estaba al lado de mi cama, sonriendo.

—¿Cómo te encuentras, Hettylein? —preguntó—. Me alegra saber que ya has pasado lo peor, y Max también.

Se acercó a Max y le mulló las almohadas para que estuviese más cómodo.

La hermana Hella me dijo que todos los guardias de las SS llevaban un brazalete blanco alrededor del brazo porque el ejército inglés estaba muy cerca y los guardias se rendirían. Todo el mundo aguardaba con aprensión lo que sucedería en los próximos días. Hella me dijo que, unos días antes, los prisioneros habían cavado un enorme agujero enfrente de das Revier y que estaban llevando los cadáveres allí, a una fosa común.

Miré al exterior. Caía nieve derretida y estaba oscureciendo muy rápidamente.

Alguien me trajo un trozo de harina cocida, pequeño y plano, que parecía una galleta, pero además de estar dura como la piedra tenía un sabor horrible, ya que la harina solo se había cocido a medias. La habían cocido y dejado secar en la parte superior de la estufa que estaba en el comedor. No había otra cosa para comer. Me dijeron que eso es lo único que habían comido en los últimos cuatro días y que tampoco había agua. Aun así, las espantosas condiciones no nos hacían perder las esperanzas.

 

Oímos pasos corriendo por el pasillo. Todo el dormitorio se quedó en silencio. Pasaron por nuestra puerta y se dirigieron al comedor. Empezamos a hablar de nuevo, ya que no había signos de un peligro inminente, pero luego se abrió la puerta y entró la hermana Hermina con una mensajera de Frau Stana. Todos nos quedamos callados una vez más y Hermina nos dijo que el ejército inglés inspeccionaría nuestro campo al día siguiente. El comandante ordenaba que nadie saliese de los barracones. Teníamos que guardar un silencio absoluto durante la inspección y el que desobedeciera esas órdenes sería fusilado.

La hermana Hermina repitió las órdenes para que todos comprendiésemos la seriedad de la situación. Había llegado la hora de dormir. Muchos niños estaban aún enfermos, aunque algunos ya empezaban a recuperarse. No hablamos mucho aquella noche, porque todos estábamos muy pensativos. Me pregunté si era cierto que la libertad estaba tan cerca. Estaba cansada y deseaba dormir. Cuando giré la cara hacia la ventana, vi que los prisioneros aún empujaban la carreta con los cadáveres, alumbrados por una lámpara de keroseno.

La mañana siguiente, los que nos encontrábamos bien nos levantamos muy temprano, pero aún restaban muchas horas antes de que la kapo se apostase fuera de la barraca para ordenar que guardásemos silencio. Todo el mundo estaba asustado y no se oía un ruido. Durante unos minutos reinó un completo silencio, pero luego escuchamos unas fuertes pisadas acercándose. Contuve la respiración, miré por la ventana y allí estaban.

Dos guardias de las SS, con las bayonetas caladas, marchaban rápidamente al lado de un joven soldado inglés que llevaba una pequeña bandera blanca y la cara levantada orgullosamente. Los guardias de las SS parecían muy apenados. El soldado inglés miraba al frente, pero de vez en cuando se detenía para observar la montaña de cadáveres. El pequeño grupo pasó por nuestro barracón muy rápidamente y vi cómo desaparecía en la distancia. Quise llamar al soldado inglés para que me confirmase que la libertad estaba cercana.

En cuanto terminó la inspección, todo el mundo empezó a hablar. Iesy hizo el esfuerzo de acercarse hasta mi cama. Estaba aún muy débil, pero había encontrado un bastón con el que apoyarse. Sus hundidos ojos, con oscuras ojeras, emitieron un halo de felicidad y esperanza.

—Hetty, ponte bien. Ya no queda mucho y pronto seremos libres de nuevo.

Se rió como él solo sabía hacerlo cuando estaba seguro de algo.

Yo solo pude asentir con la cabeza.

Max no había podido ver al grupo de inspección desde la cama.

—¿Qué aspecto tenía? —preguntó refiriéndose al soldado inglés.

—A mí me ha gustado —respondió Iesy.

—¿Has visto cómo caminaba? Presumía más que un pavo real —dije.

Todo el mundo se echó a reír.

La hermana Luba entró en el dormitorio y pidió que le prestásemos atención. Cuando todos nos callamos, nos dijo que nadie podía salir del complejo. Apretaba los labios, lo que significaba que exigía una completa obediencia. El buen estado de ánimo se esfumó, ya que fuimos conscientes de que seguíamos siendo muy vulnerables.

Antes de marcharse, se acercó hasta mi cama para ver si me estaba recuperando. También fue a ver a Max, a Robby y a los demás niños del rincón opuesto, que aún estaban muy enfermos.

El dormitorio volvió a quedar en silencio cuando los niños que no estaban enfermos salieron a jugar. Se les oía gritar, como suele ocurrir cuando los niños juegan. Max y Robby se habían quedado dormidos de nuevo, y Iesy se había subido a su cama para descansar. Yo estaba despierta, pero yacía inmóvil. Los sucesos de la mañana parecían haberme arrebatado las escasas fuerzas. Miré por la ventana y vi la pila de cadáveres. Ese día no había ningún prisionero retirándolos.

Parecía como si el tiempo se hubiese detenido. Fuera no se movía ni un alma y solo se veía el cielo gris y los cadáveres. Cerré los ojos y, mentalmente, vi al soldado inglés con los guardias de las SS y su aspecto aterrador. Esa breve imagen de ellos pasando junto a la ventana quedaría grabada en mi recuerdo el resto de mi vida.

Durante el día alguien me trajo algunas galletas de harina seca, pero las rechacé. No tenía fuerzas para masticar, así que no comí nada. Ya había vencido el hambre, y lo único que quería era estar tendida y descansar. No me había dado cuenta de lo delgada y débil que estaba. Como de costumbre, algunos niños se acercaron para ver cómo me encontraba y preguntarme si deseaba algo, como por ejemplo un vaso de agua o el orinal. Me ayudaban y me sostenían si lo necesitaba el orinal. Ni una enfermera experimentada me podría haber cuidado tan bien como aquellas niñas de nueve o diez años.

Cayó la noche y trajo el sueño, y con el sueño el olvido y la recuperación de la enfermedad.

 

El 14 de abril de 1945 empezó a correr la noticia de que los guardias de las SS habían sido sustituidos por soldados húngaros en las torres de vigilancia. El campo estaba muy silencioso, como si estuviese envuelto en una bruma, a la espera. Yo dormí algunas horas, la forma natural de curarse.

La noche no fue tan tranquila. Oí disparos de ametralladoras a lo lejos, y gritos despiadados. La hermana Mala apagó la vela que normalmente dejaba encendida. No quería atraer la atención durante el tiroteo. Intenté mirar por la ventana, pero estaba oscuro como la boca de un lobo. Tenía tanto miedo que me tapé con la manta para alejar los espíritus malignos.

Debí quedarme dormida, porque me despertaron los ruidos de otros niños. Sentí un tremendo alivio al ver que ya era de día. Max estaba levantado, hablando con Leni. Cuando vio que me había despertado, se acercó dando tumbos y apoyándose en las literas. Le dije que se sentase en la cama de Robby, así podría librarse del peso de sus piernas durante un rato. Se sentó a los pies de la cama de Robby y me miró.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó.

—No lo bastante fuerte como para levantarme todavía —respondí.

—Puede que mañana —dijo optimista.

Iesy también se acercó.

—¿Lo has oído? —preguntó.

—¿El qué?

—El tiroteo durante la noche. Fueron los guardias húngaros. Han matado a cuatrocientas personas. Querían saltar el muro.

—Es horrible. ¿Por eso gritaban tanto? —pregunté.

—Sí —respondió.

La noticia nos dejó perplejos.

—¿Por qué intentaron escaparse estando los ingleses tan cerca? —pregunté.

—No lo sé —respondió Iesy—. Puede que perdiesen la cabeza en el último momento.

Max se levantó y le pidió a Iesy que le acompañase al comedor para ver qué estaba sucediendo allí. Robby me dijo que él también quería levantarse, así que llamé a Judy y Phoebe, que estaban cerca, y les dije que lo ayudasen a vestirse y lo abrigasen bien. ¡Qué delgado estaba cuando le vi salir de debajo de la manta! La ropa se le había quedado grande, pero me alegró ver que podía sostenerse. Judy se llevó a Robby a dar un paseo.

Cuando se fueron, el pequeño Yiddele se acercó tímidamente. Ese niño de tres años había llegado al barracón semanas antes, con un grupo de niños polacos y rumanos. Estaban sanos y bien alimentados. No podía conversar con él porque no hablaba su lengua, pero antes de ponerme enferma siempre estaba a mi lado.

—Hola, Yiddele —dije—. Me alegra verte. ¿Cómo estás?

Yiddele me miró con sus enormes ojos. No sabía si me entendía, pero se alegraba de estar cerca de mí porque siempre estaba solo. Nunca se alejaba de mi cama. Después de un rato le dije a Phoebe que llamase a una chica polaca para que le hablase. La chica vino y, por medio de señas, le dije que hablase con él. Se inclinó y le habló en polaco, pero le miró de la misma forma que a mí y no dijo una palabra. Después de un rato, la chica se dio por vencida, me miró y se encogió de hombros como si dijese que «no podía hacer nada». Luego se marchó.

 

Se oían rumores de que la noche anterior, a eso de la medianoche, la mayoría de los oficiales y guardias de las SS habían abandonado el campo. Frau Stana, la kapo del campo, y otros altos cargos se habían ido con ellos.

Era el cumpleaños de mi madre, 15 de abril de 1945, y me acordé de ella. ¿Dónde estaría? Recé para que estuviese bien.

El dormitorio estaba atestado. Muchos niños se habían recuperado o estaban recuperándose del tifus, aunque la mayoría no se sentían lo bastante fuertes como para salir del barracón. Hablaban entre sí y reinaba el buen humor gracias a las expectativas.

Había pasado la hora del almuerzo, pero no había nada para comer. Tampoco habíamos desayunado, pero nadie pensaba en la comida, pues todo el mundo parecía estar muy inquieto.

Eran las tres y media. Estaba tendida en la cama porque la excitación me había dejado completamente exhausta. De repente, oí que alguien decía:

—Hetty, Hetty.

Levanté la cabeza y vi a Inge tratando de pasar por entre un grupo de niños. Inge era la mujer holandesa de origen alemán que, junto con su amiga Gretel, habían escrito el poema que le regalé a la hermana Luba por su cumpleaños.

—Hola, Inge. Me alegra verte. ¿Dónde has estado todo este tiempo? —dije.

—He estado enferma, pero deseaba tanto verte que tenía que venir.

La miré. Aún parecía enferma y estaba muy delgada.

—Ven, Inge. Siéntate en mi cama. Usa el taburete para subirte.

Se subió con dificultad al taburete y, entre las dos, logramos que subiese a mi cama. Después de recuperar el aliento, me preguntó:

—¿Te encuentras bien? Todavía pareces muy enferma.

—Estoy bien. Solo un poco débil.

Antes de que Inge pudiese decir nada más, se oyó un gran tumulto en el pasillo. Una mujer gritaba histéricamente en polaco. Todo el dormitorio quedó en silencio. Luego, la puerta se abrió de golpe y alguien gritó:

—¡Los ingleses han llegado! ¡Los ingleses han llegado!

Durante un momento nadie se movió, pero luego todos los que podían caminar salieron del barracón y corrieron a toda prisa hacia el muro, para ver a nuestros libertadores.

Yo estaba sentada en la cama, incapaz de moverme. El corazón me latía a toda prisa y habría dado cualquier cosa por estar con ellos y poder correr hacia el muro. Miré por la ventana y vi que nuestro grupo había desaparecido de la vista. Solo podía ver a Iesy, andando como podía, con ayuda del bastón y, detrás de él, tan rápido como le permitían sus piernas, iba Yiddele.

Ver a Iesy cruzar el campo de cadáveres, y al pequeño Yiddele siguiéndole, hizo que me brotasen las lágrimas.

—Somos libres, Inge. Somos libres —grité.

Ambas llorábamos mientras nos abrazábamos con efusividad. ¡Libertad! ¡Libertad! Después de tanto tiempo, por fin éramos libres de nuevo.

Después de algunas horas, la mayoría de los niños regresaron al dormitorio y nos contaron los sucesos que habían acaecido cuando nuestros libertadores entraron en el campo. Nos dijeron que los tanques subieron por la carretera principal y que por los altavoces anunciaron que éramos libres. También nos comentaron que los soldados ingleses habían asumido de inmediato el control de las cocinas, ya que se habían oído rumores de que las SS habían preparado comida envenenada para nosotros. Tenían que lavar muy bien todos los utensilios y al día siguiente nos darían alimento. Nadie les preguntó cómo habían obtenido esa información, ni nos preocupaba. Eramos libres y el futuro se presentaba prometedor de nuevo.

 

Estaba oscureciendo cuando Max entró en el dormitorio. Me enseñó ufano dos pares de calcetines de lana y un jersey.

—¿Cómo los has conseguido? —pregunté.

—Los prisioneros asaltaron el almacén —respondió—, así que entré y los cogí.

Le miré y me di cuenta de que había ido hasta el extremo opuesto del campo. ¿De dónde había sacado las energías para hacerlo? Se había levantado por primera vez aquella mañana y caminaba con ayuda de un bastón, pero aun así tuvo la fuerza suficiente para correr hasta el muro y caminar toda aquella distancia tan larga. No había duda de que era mucho más fuerte que yo, que apenas podía levantarme de la cama y, menos aún, caminar.

Aquella noche no hubo restricciones en la hora de irnos a la cama, y las hermanas nos dejaron a nuestro antojo. Nadie pensaba en la comida, pues la adrenalina nos mantenía despiertos. Sin embargo, al final el cansancio se apoderó de todos, y los mayores acostaron a los más pequeños siguiendo las consignas que yo les daba desde lo alto de mi cama. Finalmente, la fatiga les venció y reinó la paz.

 

La mañana siguiente, desde muy temprano, hubo un éxodo en nuestro barracón. Todos los niños salieron a buscar comida y a contactar con nuestros libertadores. Los más pequeños se quedaron jugando en el complejo. Durante la mañana nos visitaron la hermana Luba y la hermana Hermina para ver cómo nos íbamos recuperando. No se quedaron mucho rato porque querían ir a la cocina a buscar algo para comer, ya que no habíamos ingerido nada durante dos días. Sirvieron té por la mañana, y la taza de ese líquido dulce y caliente nos supo, como solía decir mi tío Max, «como si un ángel se hubiese posado en la lengua». Se podía palpar su efecto curativo cuando el líquido caliente llegó a nuestros vacíos estómagos. Me alegraba poder estar en la cama ahora que el dormitorio estaba en silencio.

Debía ser cerca del mediodía cuando recibí la primera visita de mis libertadores. Rodeado de algunos niños, un hombre se acercó a mi cama y se presentó como el reverendo Ted Aplin, un sacerdote de Canadá. Apenas pudimos comunicarnos porque yo no hablaba inglés, pero me preguntó si estaba bien.

Lo único que entendí fue okay, así que asentí. El sacerdote me preguntó algo sobre Leni, pero no pude responderle; supe que me preguntaba por ella porque la estaba señalando.

 

Leni, el día después de la liberación. Su brazo denota lo consumida y delgada que

estaba. Jacky está sentado en la litera inferior.

[Cortesía del Archivo Imperial de la Guerra Británico.]

 

—Es Leni —le dije.

Observó a Leni y pude ver la compasión en su mirada, pues tenía un aspecto realmente frágil. Era un puñado de huesos. Entró un fotógrafo y el sacerdote le dijo que le hiciese una foto. Jacky, que estaba sentado en la litera inferior, estiró el cuello para salir también en la fotografía. Después de hacer algunas fotos, el sacerdote y el fotógrafo se marcharon.

Aproximadamente una hora después, entró Max muy excitado. Venía acompañado de un soldado inglés muy alto que llevaba una boina morada. Se acercaron directamente a mi cama y Max dijo:

—Hetty, te presento a Max Monash. Es primo de papá.

—¿De verdad? —pregunté al sonriente soldado, que tenía los ojos marrones y un bigote negro.

—Sí —respondió—. Creo que sí. Tu padre es Maurice, ¿no es verdad?

Asentí. Le miré fijamente a la cara, pero no encontré ningún parecido familiar. Max Monash me hizo muchas preguntas sobre mi padre y acerca del paradero de otros familiares. Lo único que pude decirle es que no sabía nada de ellos. Después de media hora, Max Monash se marchó con Iesy y Max. Prometió que regresaría al día siguiente. Antes de irse me dio un enorme trozo de chocolate que compartí con algunos niños.

Cuando en el dormitorio reinó de nuevo el silencio, me di cuenta de que lo que más me había impresionado era el aspecto tan saludable que tenía. Estaba tan limpio y aseado.

Deseaba recuperar las fuerzas para poder levantarme, pues estaban ocurriendo muchas cosas fuera del barracón.

 

Las SS retirando los cadáveres mientras les observan los prisioneros liberados.

[Cortesía del Archivo Imperial de la Guerra Británico.]

 

Tal como prometió, Max Monash regresó al día siguiente. Venía acompañado de algunos miembros de la Cruz Roja. Entre ellos se encontraban un joven holandés llamado Jaap Ebeling Koning y una enfermera holandesa. Los demás eran ingleses. El aspecto tan carismático de Jaap hizo que todos los niños se congregasen a su alrededor. Le tocaban para comprobar que era de verdad y le hacían infinidad de preguntas a la vez. Jaap se comportó maravillosamente con ellos, y les dio un trozo de chocolate con la advertencia acostumbrada de que no se lo comiesen todo de una vez.

Después de un rato, Jaap les dijo que saliesen a jugar, ya que los que estábamos enfermos necesitábamos descanso y reposo. Fue entonces cuando se acercó a mi cama y me preguntó cómo me encontraba.

Qué persona tan amable y maravillosa era. Tendría unos veintiún años y había ingresado en la Cruz Roja cuando el sur de Holanda fue liberado. Tenía una sonrisa tan encantadora que te hacía confiar en él desde el primer instante. Jaap se quedó más rato que los demás. Las condiciones del barracón no habían mejorado, y el olor a enfermedad y a suciedad debía ser nauseabundo, pero eso parecía no importarle y su sonrisa nos levantó a todos el ánimo.

 

El martes 17 de abril de 1945 empezó con más ajetreo de lo usual. Hacía un día muy hermoso. Las ventanas del dormitorio estaban abiertas de par en par para que pudiese entrar el aire limpio y cálido de la mañana. Durante las primeras horas estuvieron pasando por el barracón los camiones cargados de cadáveres. Se veía a algunos hombres de las SS sentados encima de ellos; se dirigían a la fosa común, cerca del depósito. Mientras tanto, llegó una enorme excavadora y empezó a cavar una segunda fosa delante de mi ventana. Un grupo de unos cuarenta soldados húngaros marcharon hasta delante del barracón y les ordenaron que se alineasen en dos hileras. Un oficial inglés estaba al mando del recuento y, uno a uno, cada soldado húngaro tuvo que dar un paso al frente y responder. Yo no sabía cuál era el propósito de tal cosa, pero duró aproximadamente una hora hasta que se alejaron rumbo al depósito.

Cuando el agujero fue lo bastante grande, llegó un camión cargado de cadáveres descompuestos. Había seis hombres de las SS sentados entre ellos. Les dijeron que descargasen el camión y echasen los cuerpos en la fosa. Los guardias ingleses estaban furiosos al ver las atrocidades que habían cometido los alemanes. Si alguno de los guardias de las SS no se movía con la suficiente rapidez, o arrastraban un brazo por el suelo mientras llevaban un cadáver, les daban un golpe con la culata del rifle. Los soldados de las SS no parecían estar bajo presión, pero sus uniformes, tan inmaculados antes, ahora estaban sucios y desaliñados.

 

Uno de los hombres de las SS aún llevaba su gorra, lo que hizo enfurecer tanto a un soldado inglés que estaba apostado delante de mi ventana que, con un zarpazo de su rifle que pasó rozando su cabeza, se la quitó. Salió despedida por el aire y aterrizó en el alféizar de mi ventana. Al verlo, el soldado inglés salió corriendo hasta ella y, después de saludarme, apartó la gorra con el extremo del rifle.

Durante todo el día, los hombres de las SS estuvieron acarreando cuerpos hasta la fosa común. Aquellos oficiales, que siempre habían mantenido la suficiente distancia de aquella matanza tan horrenda para no contaminarse, ahora estaban enterrados hasta las rodillas de cadáveres.

Yo solo presencié el entierro, pero más tarde me comentaron que en el depósito donde los cuerpos eran cargados en los camiones, los soldados ingleses les dieron una buena paliza a los de las SS por no acarrear los cadáveres con mayor respeto.

El día siguiente, por la mañana, continuó el enterramiento, pero los ingleses ya no pegaron más a los hombres de las SS porque se lo impedían las órdenes de sus superiores y la Convención de Ginebra. Qué lástima. Los prisioneros habrían disfrutado.

 

Yo aún estaba convaleciente. El enterramiento de cadáveres al otro lado de las ventanas de nuestro barracón continuaba. Me di la vuelta. Ver tantos cuerpos apilados unos encima de otros en aquella enorme fosa resultaba desolador. Desde que se les impidió a los liberadores maltratar a los hombres de las SS, ya no eran tan cuidadosos. Yo aún me sentía muy débil a causa de la devastadora enfermedad. No recuerdo si comí algo aquel día, ni los días anteriores, pues todo parecía como envuelto en una neblina. Habían ocurrido tantas cosas… Fuera como fuese, decidí que al día siguiente me levantaría.

 

La fosa común delante de la Casa de los Niños. La cama de Hetty estaba detrás de la

ventana abierta, la segunda empezando por la izquierda.

[Cortesía del Archivo Imperial de la Guerra Británico.]

 

Al día siguiente, esperé hasta que el dormitorio se quedó casi vacío y me dispuse a levantarme. Cogí de mi taquilla la falda de cuadros grises y el jersey, y me vestí encima de la cama, igual que había hecho durante los últimos diecisiete meses. Cuando terminé, me bajé lentamente, apoyándome en la silla que estaba al lado. Desde allí podía llegar al suelo fácilmente, sujetándome en la litera. Cuando me apoyé temblorosamente en el suelo, la falda se escurrió hasta mis tobillos y me di cuenta de que había adelgazado mucho. La falda me quedaba muy grande. El abrigo estaba colgando en el extremo de la cama y recordé que debajo del cuello tenía un alfiler que utilizaba para sujetarlo cuando soplaba el gélido viento durante el recuento. Lo utilicé para sujetarme la falda, y pareció funcionar, al menos de momento.

Intenté caminar, pero tenía las piernas tan enclenques que apenas podía sostenerme. Moví los pies lentamente, apoyándome en las literas que había a ambos lados del pasillo.

 

—Bien hecho, Hetty. Me alegra verte levantada —dijo Leni, que me había estado observando desde su cama.

Le sonreí mientras pasaba medio arrastrándome a su lado. Había llegado hasta la puerta y, cuando llegué al pasillo, vi que no había nadie. Me dirigí al comedor, apoyándome en la pared. Cuando llegué al final del pasillo, miré en el interior, pero estaba vacío. Todo el mundo estaba fuera. Decidí entrar en los aseos, que estaban separados del comedor por una simple puerta de madera. No había ninguna taza de váter, solo una cubeta con una tapa de madera, pero al menos había cierta intimidad. Me senté sobre la tapa y allí mismo le di las gracias a Dios por nuestra libertad. Le pedí que cuidase de mis padres y que los trajese de vuelta, sanos y salvos.

Me sentí abrumada y las lágrimas empezaron a correrme por las mejillas. Después de un rato me sosegué y me sequé el llanto con la manga del jersey. Permanecí sentada unos minutos más y, cuando salí del aseo, cerré la puerta con firmeza.

Lentamente, regresé al oscuro pasillo y me dirigí a la salida, pues quería tomar un poco de aire fresco. Cuando me acerqué a la puerta, entró un soldado inglés. Durante unos instantes se quedó inmóvil, tratando de acostumbrarse a la oscuridad. Se acercó hasta donde estaba y, en alemán, me preguntó:

—¿Eres Hetty?

—Sí —respondí.

—De acuerdo. Quiero que me acompañes. Me han enviado los niños. Queremos que canten para nosotros, pero no quieren hacerlo sin ti.

Uno de los chicos de la Casa de los Niños, Siegfried Maandag, de siete años, pasa al

lado de los cadáveres de Bergen-Belsen después de la liberación. 20 de abril de

1945.

[Fotografía de George Rodger; Time/ Life; Getty images.]

Dudé durante unos instantes. Aún tenía miedo y sospechaba de todo el mundo.

—¿Dónde están los niños? —pregunté.

Al notar mi desconfianza, el soldado me sonrió y dijo:

—No tengas miedo. Te llevaré con ellos. Están un poco más arriba.

Extendió la mano para ayudarme a bajar los escalones que daban al complejo y caminé muy lentamente en dirección a la cancela. Al ver que no podía caminar muy bien, el soldado no perdió el tiempo hablando y me cogió en brazos para llevarme hasta donde se encontraban los demás. Estaban alrededor de un jeep del ejército. El soldado me sentó cuidadosamente en el extremo del vehículo.

Los niños se colocaron alrededor y Max me dijo que los soldados querían que cantásemos para la radio; ¡pero no sabíamos qué cantar! Después de deliberar un rato,

escogimos [9] El toro Ferdinando. Era una canción que cantaba el dúo holandés Johnny & Jones, enviados a Auschwitz. Y por supuesto, también cantamos El barracón diecisiete.

Después de algunos errores que cometimos al principio, grabaron la canción. Cuando los soldados se quedaron satisfechos, uno de ellos me hizo algunas preguntas en alemán y añadió que las grabaría. Le contesté que mi alemán era muy limitado, pero dijo que no importaba.

El soldado que me había traído en brazos estaba aún presente y me animó a hacerlo con una sonrisa. La grabadora estaba preparada, así que me hicieron la primera pregunta:

—¿Cómo te llamas?

—Hetty Werkendam —respondí.

—¿Cuántos años tienes?

—Quince.

La entrevista continuó y la grabamos dos veces para asegurarnos de que había salido bien. Los soldados me dieron las gracias y el que me había traído me llevó de nuevo de vuelta al barracón.

No podía imaginar que esa entrevista se transmitiría en todo el mundo. Luego me enteré de que algunos amigos y familiares que se encontraban en países tan lejanos como Argentina, Bélgica, Holanda y Suecia me oyeron hablar por la radio y, de esa forma, supieron que aún estaba viva.