Hetty
Capítulo 3
Nuestra primera impresión de Belsen fue la de un lugar grande y abierto. Había unos treinta barracones construidos en hileras de tres o cuatro, con una calle de unos siete metros entre ellos. Todo parecía limpio y ordenado. Cuando llegamos, Belsen era un campo de prisioneros de guerra, no ese lugar de horror en el que se convertiría posteriormente. Tenía una extensión aproximada de un kilómetro cuadrado, y estaba dividido en pequeños campos. El nuestro se llamaba Sternlager, o «Campo Estrella», ya que a toda la población judía de Holanda nos obligaron a llevar la estrella amarilla de David. Rodeando todo el recinto, había una franja de tierra de unos veinte metros de ancho con muchas señales con una calavera y dos tibias cruzadas. Un muro alto de alambre de espino, con torres de vigilancia, rodeaba todo el perímetro del campo.
Nos recibió Herr Albela, el kapo de nuestro campamento, un griego que llevaba en Belsen unas ocho semanas. Herr Albela nos habló en alemán, y uno de nuestros hombres nos tradujo lo que decía. Nos dijo que la cancela entre la sección de los hombres y las mujeres se cerraba a las ocho en punto de la noche, pero que durante el día podíamos estar juntos. Era lo mismo que en Westerbork.
Nuestro barracón estaba dividido en tres secciones: el comedor, con grandes mesas y sillas; el dormitorio; y una especie de lavandería y letrinas. El dormitorio tenía muchas ventanas para que entrase la luz y el aire. Las letrinas tenían el suelo de cemento, y había unos diez lavabos, una hilera de pilas para lavar la ropa y diez inodoros. Lo primero que hicimos al llegar fue sentarnos y quitarnos los zapatos porque nos dolían los pies, especialmente los míos, ya que dos días antes de salir de Westerbork se me había caído una olla de agua hirviendo en ellos y los tenía rojos e inflamados.
Después de descansar un rato, buscamos nuestras camas. Mamá no había dicho una palabra referente a papá, pero yo sabía que estaba preocupada. No lo habíamos visto desde la llegada y eran ya las cuatro de la tarde. Nos trajeron un enorme recipiente con sopa. Olía bien. La caminata nos despertó el hambre y, además, no habíamos comido nada el día anterior, pero después de probarla miré a mamá. Me di cuenta de que a ella tampoco le gustaba. Era solo agua caliente, con una hoja de col flotando de vez en cuando. No pudimos comérnosla, y no fuimos los únicos. Una mujer decidió lavarse los pies con ella, un gesto que fue imitado por otras mujeres de la barraca.
Eran las cuatro y media cuando llegó el camión que traía nuestro equipaje. Los hombres a los que se les había ordenado quedarse en la estación cargaron el equipaje de las miles de personas que habían llegado a Celle aquella mañana. Todo el mundo corrió hasta lo que más tarde sería conocido como el Appelplatz, el lugar donde se llevaba a cabo el recuento. Llegamos justo a tiempo para ver a mi padre entrar en el campo, sentado encima de los bultos que había en el camión.
Corrimos a coger nuestras pertenencias. Teníamos mantas y sábanas, y metimos algunos jerséis en las fundas para que nos sirviesen como almohadas. Pusimos la maleta con el resto de nuestra ropa encima de la cama de Jacky, cerca de los pies, con el fin de poder vigilarla.
Un poco antes, dos hombres entraron en el barracón y preguntaron si alguien hablaba alemán. Una mujer delgada, de unos cuarenta años, dio un paso al frente. Era una refugiada que había pedido asilo en Holanda en 1937. Aunque no entendíamos mucho lo que decía, dedujimos que la habían nombrado kapo de nuestra barraca. Cuando los hombres se marcharon, asumió el control como si llevase haciéndolo toda la vida, distribuyendo los armarios y dando instrucciones.
A eso de las siete de la tarde, Max y papá se marcharon a su barraca y no regresaron hasta la mañana siguiente.
Nuestra barraca fue la última en ser ocupada y, aunque había sesenta camas, solo estábamos treinta personas. La barraca estaba nueva y las literas eran de dos pisos. Los colchones de paja también estaban nuevos. Había una sola hilera de camas a lo largo de la pared y las ventanas, y una doble en el centro del dormitorio.
Aquella primera noche no nos trajeron nada de comida, así que mamá nos dio algunas galletas. Estábamos tan cansados que a las ocho todo el mundo estaba ya en la cama.
A la mañana siguiente, nos despertamos con las primeras luces y salimos a inspeccionar los alrededores. Aunque era invierno, brillaba el sol, confiriendo al dormitorio un ambiente cálido. Mamá, Jacky y yo salimos con el jabón y las toallas. Las letrinas estaban vacías, salvo por una mujer anciana que estaba de pie y desnuda delante de uno de los lavabos. Yo jamás había visto a una desconocida completamente desnuda y la imagen me impresionó profundamente. La mujer no advirtió nuestra presencia y siguió lavándose. Dios mío, pensé, ¿todas las mujeres tienen ese aspecto cuando envejecen? Era una mujer alta y muy delgada. Tenía la piel amarilla y arrugada. Sus pechos, como bolsas de papel vacías, le llegaban hasta la cintura. Mi madre, al ver lo sorprendida que estaba, me susurró:
—No la mires. Deja que tenga un poco de intimidad.
Jacky también parecía visiblemente conmocionado, pero mamá le apartó hacia un lado y empezó a lavarlo. Jacky y yo no podíamos dejar de mirarla. La mujer, después de un rato, empezó a secarse con vigor y luego, con un movimiento rápido, se echó los pechos sobre los hombros para secarse la parte de delante. Eso fue demasiado incluso para mi madre, que, a pesar de que aún teníamos la cara y las manos húmedas, nos empujó fuera de las letrinas. Cuando salimos, los tres estallamos en carcajadas, y Jacky le puso de inmediato el apodo de la «Señora Vaca». La mujer no parecía avergonzada de que la viésemos desnuda, y nosotros no tardamos en aceptar que nuestras propias inhibiciones ya no serían tenidas en cuenta en adelante. Aunque no nos percatamos en aquel momento, ese encuentro marcó el comienzo de la degradación de valores que experimentamos durante los años que pasamos en Belsen.
Cuando regresamos al barracón nos dijeron que ya habían traído el café, pero cuando lo probamos vimos que tenía un sabor horrible, pues era solo agua de color marrón.
Max y papá llegaron sobre las nueve. Su barraca estaba atestada y nos dijeron que el gran rabino se encontraba con ellos. Mamá y papá acordaron con la kapo que tomarían sus raciones diarias en nuestra barraca, así podríamos estar juntos.
Durante algunos días, las SS nos dejaron tranquilos. Todo el mundo intentaba adaptarse y ajustarse a la rutina diaria de Belsen. Después de unos tres días, la kapo nos dijo que, a partir del día siguiente, debíamos asistir al recuento, a las siete en punto de la mañana.
Todo el mundo estaba despierto a las seis. Nos dimos un baño rápido y nos vestimos lo más abrigados posibles. Luego nos dirigimos al comedor, donde tomamos un vaso de agua caliente y marrón. A las seis y media los mensajeros empezaron a gritar: «Todos al recuento». Los que podían caminar, incluso los niños de tres años, tenían que ir al Appelplatz para que nos contasen.
Nos colocaron en hileras de cinco. Al acercarse el [1] Scharführer para contarnos tuvimos que ponernos firmes y mirar al frente. No se nos permitía movernos, ni emitir el más mínimo ruido. No estábamos acostumbrados a formar como un ejército, ni a que nos contasen como si fuésemos criminales. Tuvimos suerte aquella mañana. O bien las cifras eran correctas o las SS tenían algo mejor que hacer, el caso es que nos dejaron marchar después de una hora y media. Al día siguiente no fuimos tan afortunados, y nos retuvieron durante más de dos horas.
Pronto nos dimos cuenta de que, «si no dábamos la talla», las SS nos hacían estar de pie de manera indefinida. Los kapos de las barracas intentaban desesperadamente enseñarnos a comportarnos de acuerdo con los deseos de las SS. Las agonizantes horas que pasábamos en el Appelplatz transcurrían muy lentamente, y se oían los rezos de los más ancianos, que ya no podían sostenerse sobre sus pies, y de los niños, que temblaban de frío y hambre, con sus caras cada día más transidas por el cansancio y el agotamiento. A veces ya se había pasado la hora de comer cuando las SS nos dejaban marchar. Herr Albela hacía sonar su silbato —cuyo sonido nos parecía más dulce que la melodía de una orquesta— y corríamos a nuestras barracas todo lo rápido que podíamos. Nuestras camas se habían convertido en nuestro hogar, el único lugar donde nos sentíamos un tanto a salvo.
Llevábamos una semana en Belsen cuando las SS ordenaron a todos los hombres, algunos incluso de quince años, que se presentasen al recuento al amanecer para formar grupos de trabajo. Uno de los trabajos más duros los tenía que realizar la unidad que salía del campo y se adentraba en el bosque para sacar las raíces de los tocones de los árboles. Era un trabajo agotador. Mi padre y el gran rabino fueron escogidos para formar esa unidad. Salían del campo muy temprano y regresaban al acabar la tarde.
Luego llamaron a las mujeres para que se presentasen en el recuento. Las SS seleccionaron algunos grupos para trabajar en las cocinas y preparar la comida del campo. A mamá la escogieron para trabajar en la cocina de pelar. Tenía que levantarse a las tres para ir al recuento, y empezaba a trabajar a las cuatro. Yo tuve que quedarme al cuidado de mis hermanos, y tenía que lavar la ropa, hacer las camas y recoger nuestras raciones diarias de comida.
Después de tres semanas en Belsen, las quemaduras que tenía en el pie aún no habían cicatrizado y la herida parecía inflamada. El doctor del campo me recomendó que descansase durante una semana y me dio una carta para no asistir al recuento. Me alegró mucho poder quedarme en la cama, leyendo. Todo el mundo había ido, salvo otra mujer que estaba también enferma.
Después de dos horas, las mujeres y los niños regresaron, y poco después llegó la comida. No tenían mucho trabajo en la cocina, por lo que mi madre solo trabajó unas cuantas horas y luego regresó a la barraca. Decidí levantarme e ir con ella al comedor. Cuando saqué la silla para sentarme, oímos que se acercaban aviones y las ametralladoras de las torres de vigilancia empezaron a disparar. Todo el mundo empezó a gritar. Me invadió el pánico y eché a correr en dirección a la cama. Las balas pasaban a mi lado.
—¡Hetty, tírate al suelo! —gritó mi madre.
Oí sus gritos por encima de aquel estruendo y me tiré enseguida, pero antes de caer vi a la mujer enferma que estaba en el dormitorio levantarse de la cama y correr en nuestra misma dirección. Una bala la alcanzó y, como si fuese un sueño, la vi rodar mientras la sangre le brotaba de la herida.
—¡Le han dado! ¡Le han dado! —grité mientras me arrastraba llorando hasta donde se encontraba mi madre.
La llevaron a toda prisa a la enfermería, pero falleció aquella misma noche. Fue la primera persona en morir de nuestra barraca. Me quedé al lado de mi madre durante todo el día y, cuando nos fuimos a la cama, vi que había dos balas en ella. Una había hecho un gran agujero en mi libro.
Empezaron a llegar algunos grupos pequeños a Belsen: gitanos de Hungría y familias judías de Italia. Se necesitaban más barracones para poder alojarlos, y llegaron algunos camiones con barracas desmontadas de otros campos de Alemania. Les ordenaron a los hombres del campo que las levantasen, pero muy pocos tenían experiencia en trabajos manuales y tardaron mucho en hacerlo. Las barracas se construyeron sobre algunas partes del Appelplatz y, para acelerar los trabajos, las SS trajeron prisioneros del campo anexo al nuestro.
Era la primera vez que veíamos de cerca a aquella pobre gente. Llevaban un uniforme de algodón color blanco y gris, el uniforme del campo de concentración. Venían marchando todas las mañanas, muy temprano. El kapo (el supervisor) les gritaba cuando cruzaban la cancela: «Quitaros la gorra, la mirada al frente», como muestra de respeto al Scharführer de las SS, que los contaba a medida que iban pasando. Cuando se quitaban la gorra, veíamos que tenían la cabeza rapada. Estaban delgados y demacrados. El kapo siempre gritaba para darles las órdenes y ellos se movían con mucha rapidez. Cargaban, portaban y montaban las barracas. Procedían de Europa del Este, y creo que hablaban polaco o estonio, pero no los entendía. Recuerdo la sonrisa que me dirigió unos de los prisioneros. Su demacrado rostro cobró vida, como si quisiera decirme: «Aún no me he dado por vencido».
Nuestra barraca se llenó de gente. Reclamaron la cama de Jacky, así que tuve que compartir mi cama con él. Afortunadamente yo no era muy alta, por lo que podíamos dormir con la cabeza en los pies del otro; trasladamos las maletas a los pies de la cama de mamá.
Solo veíamos a papá durante la comida, y una hora después de que terminase de trabajar, por la noche. Yo solía esperarle en la cancela y, cuando llegaba extenuado, me decía:
—No puedo más. ¿Cuándo volveremos a ser libres? ¿Por qué dura tanto esto?
Le cogía de la mano, con el corazón roto al verle tan deprimido:
—Vamos, papá, tú puedes con todo. No pierdas las esperanzas. Pronto se acabará esta guerra.
Luego, papá y mis hermanos iban a buscar a mamá a la cancela. Cuando mamá iba a trabajar, se ponía las botas altas de cuero que había traído de Holanda. En esas botas, tapadas por los pantalones, escondía pequeños trozos de zanahorias y los pasaba por las diversas cancelas cuando regresaba al campo. Arriesgaba la vida dos veces al día cada vez que hacía eso, primero al metérselos en las botas cuando estaba en la cocina, y luego cuando cruzaba las cancelas bajo la atenta mirada de los guardias de las SS.
La comida que nos daban era cada vez peor. A las doce del mediodía nos daban cuatro centímetros de pan seco y duro. La kapo de la barraca cortaba los cuadrados de las barras con una regla, bajo la atenta mirada de los demás que, como buitres, se aseguraban de que nadie obtuviera una fracción de más. A veces nos daban un trozo de mantequilla o una pizca de jamón, pero la mayoría de las veces era simplemente pan. También nos daban sopa, o mejor dicho, agua coloreada con chirivía o un trozo de zanahoria flotando. Todos estábamos terriblemente hambrientos y nos convertimos en maestros a la hora de dividir nuestras raciones para que nos durasen veinticuatro horas.
Un día mamá me dijo:
—Hetty, si las cosas no mejoran, perderemos a papá.
Asentí.
—¿Te importaría que compartiésemos un bol de sopa para que tu padre pueda tomar dos?
Durante un momento me quedé pensando, pero luego accedí. Mamá me abrazó y me dijo que me traería algunas zanahorias todos los días, ya que ella podía comérselas en la cocina.
—Hetty, la kapo de la barraca quiere verte —me dijo un anciano que estaba al lado de mi cama.
—¿Para qué? —pregunté.
—Más vale que vayas rápido al comedor —dijo el hombre mientras se alejaba.
Bajé de la litera y me dirigí al comedor. La kapo me hizo señas para que me acercase.
—Quiero que saques tus cosas del armario ahora mismo —dijo.
—Necesitamos el armario —objeté.
—Tú haz lo que te digo. Voy a darle el armario a la señora X —insistió.
Un brote de indignación se apoderó de mí. La señora X era una de las muchas que competían por ganarse los favores de la kapo. Abrí el candado y saqué de la taquilla nuestras escasas pertenencias: nuestras raciones para ese día, unas cuantas cajas de vitaminas, las pastillas de calcio, algunas sartenes, nuestros recipientes para la sopa, las cucharas y los tenedores, algunos manteles de té y los cepillos de dientes. Lo pusimos todo encima de la cama. Escondí las raciones de pan en una de las maletas para que nadie las viese, y le dije a Max y Jacky que vigilasen nuestras cosas mientras iba a recoger la ropa que estaba tendida.
Cuando regresé, la cama estaba vacía, y Max y Jacky habían desaparecido. Una mujer se acercó y me contó lo ocurrido. Al parecer, mi padre había terminado de trabajar más temprano y mis hermanos le habían dicho que nos habían confiscado el armario. Mi padre se puso furioso. Irrumpió en el comedor y le llamó la atención a la kapo, manifestando abiertamente su desaprobación. La kapo se quejó a Albela, el kapo del campamento, quien llamó a mi padre para que se presentase en su oficina. Albela le dijo que ya no podría entrar nunca más en nuestra barraca, y que se quedaría dos días sin comer. Esa fue la gota que colmó el vaso. Mi padre cogió a Albela de la corbata y estaba a punto de pegarle cuando el Scharführer Lubbe entró en la oficina.
—¿Qué sucede? —gritó Lubbe—. ¡Arresten a ese criminal!
Cuatro hombres cogieron a mi padre y lo arrastraron por el Appelplatz hasta el pequeño búnker.
Mientras todo eso sucedía en la oficina de Albela, yo aguardaba en la barraca a que regresasen mi padre y mis hermanos. De repente oí que alguien golpeaba en la ventana que había junto a nuestra cama. Era el mismo anciano que me había dicho que fuese a ver a la kapo. Parecía muy nervioso y sin aliento, y me hizo gestos para que abriese la ventana.
—Tu padre se ha peleado con Albela y lo han metido en el búnker —dijo.
—¡Dios santo! ¿Qué le ha pasado? —pregunté, empezando a llorar.
El hombre trató de consolarme.
—Pregúntale al señor Weiss. Estoy seguro de que hará lo que pueda por ayudarle.
Asentí. Joseph Weiss era un hombre inteligente, respetado por todo el mundo en el campo.
—Más vale que vaya a la cancela a esperar a mi madre. No quiero que se entere por otra persona.
Fui a esperar a mi madre a la cancela, acompañada de Max y Jacky.
—¿Dónde está tu padre? ¿No ha venido todavía de trabajar?
Empecé a decir algo, pero me quedé sin palabras. Mamá se asustó.
—¿Qué pasa, Hetty? ¿Qué ha ocurrido?
Le conté lo que había pasado mientras veía la cara de horror y consternación que ponía mi madre.
—Vamos a la barraca, está empezando a hacer frío —dijo después de recuperarse —. Luego iré a ver al señor Weiss para saber qué ha pasado y ver si le podemos llevar a papá algunas mantas y algo de comer.
Mamá se arregló y se fue con Max a buscar al señor Weiss.
Regresaron una hora después.
—¡Hetty! ¡Rápido! Dame dos mantas y una almohada. Tengo que llevárselas al señor Weiss lo antes posible —dijo mamá—. El toque de queda empieza a las ocho. Regresaré dentro de un rato. Mientras tanto haz un espacio para Max. Esta noche se quedará a dormir con nosotros.
—Espera, mamá. Toma una ración de pan para papá —dije.
Abrí rápidamente la maleta donde estaban nuestras raciones y se la di. Luego se marchó con Max.
Faltaban pocos minutos para las ocho cuando regresaron y, aunque mamá estaba a punto de desfallecer, noté que se sentía algo más tranquila.
Los cuatro nos sentamos en la cama mientras mamá nos contaba lo que había sucedido. El señor Weiss le dijo que la ofensa que había cometido papá al atacar a Albela suponía un delito muy grave para las SS y se castigaba enviándolo a un campo de concentración mucho peor. Sin embargo, Albela y el señor Weiss habían convencido al Scharführer Lubbe para que fuese castigado allí. Lubbe estuvo de acuerdo, pero dijo que él también pensaría en una forma de castigarle.
Aquella noche ni mamá ni yo pudimos dormir, no solo porque estábamos muy apretujadas, ya que Max se había quedado a dormir con nosotros, sino también porque no dejábamos de pensar en papá. El viento soplaba por todo el campo y hacía mucho frío. Yo rezaba para que estuviese bien y me alegré de que al menos tuviese algunas mantas.
Mamá y yo hablábamos en voz baja.
—Mañana iré a ver a Lubbe —dijo.
—¿Para qué, mamá? Es demasiado peligroso. Por favor, no vayas —respondí—. Piénsalo bien, espera y ya veremos qué pasa mañana. Intenta dormir un poco, tienes que levantarte a las tres.
Miré el rostro de mi madre. Tenía los párpados de un color azul claro transparente, su cara se había empequeñecido y su piel tan blanca contrastaba con su pelo, negro como el azabache. A pesar de ello, para mí seguía siendo mi preciosa madre. Su respiración se hizo más profunda, lo que me indicó que se había dormido. Con mucho cuidado me acerqué y la besé en la mejilla, que me pareció vacía al roce de mis labios.
—Dios bendito —imploré—, ayúdanos para que esto acabe pronto.
Me di la vuelta. Alguien roncaba y no me dejaba dormir. Me quedé contemplando la hilera de durmientes mientras las horas transcurrían lentamente.
El reloj de Herman, que no me había quitado de la muñeca desde que lo enviaron a Treblinka, me dijo que eran las tres en punto. Desperté a mamá con suavidad y le dije que tenía que marcharse a trabajar. Estaba muy cansada. Se vistió encima de la manta y se puso las botas después de bajar de la litera.
—Intentaré volver a la hora de comer —susurró.
Mamá había tomado la decisión. Había oído decir que una madre judía lucharía hasta la muerte por su familia, pero ahora tenía una prueba viviente de que eso era cierto. Sin pensar en lo que pudiera sucederle, iría y abogaría por su marido.
—Cuida de los niños —dijo, inclinando la cabeza para besarme—. Voy a llegar tarde. Intenta dormir algo.
Luego se marchó.
Dios santo, cuánto quería a mi madre.
Finalmente debí quedarme dormida, porque me desperté cuando llamaron para el recuento. Me vestí rápidamente y desperté a Max y Jacky.
—Vamos, tenemos que ir al Appelplatz —les dije, instándoles a que se diesen prisa.
Cuando llegamos, la gente de nuestra barraca estaba alineada a solo cinco metros del búnker donde se encontraba papá. Jamás me había fijado en él, pero ahora era bien distinto porque papá estaba en su interior. Era un edificio cuadrado, de ladrillo, de unos dos por cuatro metros, con una sólida puerta con cerrojo. Tenía una ventana, pero le habían clavado un grueso trozo de contrachapado. Las SS aún no habían llegado, así que aproveché la oportunidad para acercarme a la pared sin levantar sospechas.
—Papá —dije en voz baja—. ¿Te encuentras bien?
—¿Eres tú, Hetty? —respondió.
—Sí. ¿Te encuentras bien?
—Sí —respondió—. Aunque no hay mucha luz porque han tapiado la ventana.
—Ya lo veo —respondí—. ¿Tienes bastantes mantas? Ha hecho mucho frío esta noche.
—No te preocupes. Tengo de sobra.
Oí a los líderes de la barraca llamar para que la gente formase.
—Tengo que marcharme, papá. Volveré más tarde.
Los guardias de las SS se comportaron como de costumbre. Nos habían contado tres veces y notaron que faltaban dos personas. Nos increparon, alegando que no nos colocábamos de manera correcta, y golpearon indiscriminadamente a la desafortunada persona que estaba delante de ellos. ¿Cómo iba a faltar nadie? No había forma de escapar, pues había guardias por todos lados.
Mientras nos resignamos a permanecer de pie durante un buen rato, un reducido grupo de hombres se acercó. Lubbe, el Scharführer que estaba a cargo del recuento, Albela y dos de sus tenientes pasaron a nuestro lado y se dirigieron al búnker. El corazón me latía con fuerza. ¿Qué le esperaba a papá? Abrieron la puerta del búnker y ordenaron a mi padre que saliese. Traté de ver lo que sucedía entre la multitud, pero solo pude oír la voz de Lubbe dirigiéndose a mi padre. Me sentí impotente. ¿Qué podía hacer? Luego oí que se cerraba la puerta y que el grupo se dirigía a la oficina de Albela.
Aquella mañana transcurrieron más de tres horas antes de que sonase el silbato de Albela indicando el final del recuento. Normalmente, después del mismo regresaba de inmediato a la barraca, pero esa vez no tenía ninguna prisa. Max también se quedó rezagado. Juntos nos dirigimos al búnker. Cuando estuvimos a un metro, nos detuvimos. Max se dio la vuelta para mirarme y, simulando que hablaba conmigo, llamó a papá, quien respondió al instante. Max le preguntó qué había pasado cuando Lubbe y Albela se acercaron al búnker durante el recuento.
—Lubbe me dijo que le pidiese perdón a Albela y, después de hacerlo, me propinó dos golpes en la cabeza.
—¿Te encuentras bien, papá? —preguntó.
—Sí, no te preocupes. ¿Puedes traerme algo de comer, Hetty? Ella está contigo, ¿verdad, Max?
—Sí, papá —respondí—. Le pediré al señor Weiss que te traiga una de nuestras raciones y algo para beber.
—De acuerdo. Haz lo que puedas.
Max y yo nos dirigimos a la barraca. Recogí nuestras cuatro raciones a la kapo. Solo me dio cuatro, ya que papá no recibiría nada durante dos días. No hizo falta decir nada. Una de nuestras raciones sería para él, y nosotros cuatro compartiríamos las otras tres.
A eso de la una regresó mamá. Le contamos lo que había sucedido en el Appelplatz esa mañana y me aseguró que papá estaba bien.
—Lo sé. He hablado con él antes de venir a la barraca. Pero ahora debo ir a ver a Lubbe.
—Iré contigo —dije.
Al principio mamá se negó, pero cuando vio lo decidida que estaba, aceptó. Llegamos al Appelplatz justo en el momento en que se marchaba la última cuadrilla de trabajo. Lubbe hablaba con Albela. Parecía estar de buen humor.
—Deséame suerte —dijo mamá apretándome la mano.
Caminó lentamente hasta donde estaban Albela y Lubbe. Cuando llegó a una distancia respetuosa se detuvo y esperó. Albela fue el primero en verla y le habló. Qué valor tenía mi madre, pensé. Mantenía la cabeza levantada y miraba de frente a ese imponente oficial de las SS. Después de dos minutos, la conversación se dio por terminada, y vi que mamá se dirigía hacia donde yo estaba.
—Vamos a por los chicos —dijo sonriendo.
Mientras regresábamos a la barraca, me contó lo que le había dicho a Lubbe. Se
había dirigido a él llamándole « [2] Hauptsturmführer », aunque sabía de sobra que Lubbe solo ostentaba el rango de Scharführer. De esa forma había alimentado su ego. Chapurreando el alemán, le pidió disculpas por lo que había hecho mi padre, alegando que se debió a que era un padre preocupado. Sus hijos estaban sin supervisión toda la semana, ya que ella estaba siempre trabajando y no podía cuidar de ellos. Lubbe pareció comprenderlo y le dijo que los niños necesitan disciplina. Añadió que ya habían informado del asunto a Berlín, pero pensaría en qué hacer al respecto.
Aunque no estábamos seguros de que no enviarían a papá a otro lugar, teníamos la esperanza de que las apelaciones de mamá sirviesen de algo. Aquella tarde, el tribunal sentenció a mi padre a pasar cuatro días en el búnker, lo que significaba que dentro de dos días saldría de nuevo. Aquella noche nos fuimos a la cama temprano. La presión emocional nos había dejado exhaustos.
Cada vez llegaba más gente a Belsen. El campamento húngaro que estaba al lado del nuestro estaba vacío, pues las SS habían enviado a los prisioneros a otro lugar. Estaba
adjunto al campo de [3] Häftling. Los hombres de ese campo tenían la cabeza rapada y vestían pijamas de color gris y blanco. Algunos iban descalzos.
Cada vez hacía más frío y, cuando llovía, el Appelplatz y las carreteras se convertían en un lodazal. Los guardias de las SS nos hacían permanecer de pie durante horas en el recuento y, desde allí, veíamos que los prisioneros del campo Häftling sufrían un destino incluso peor que el nuestro, ya que a menudo seguían estando de pie mucho después de que a nosotros nos permitiesen regresar a las barracas. Tenían el rostro gris, las mejillas y los ojos hundidos, y algunos la mirada de un animal acorralado.
Después de trece largas semanas en Belsen, la escasez de alimentos empezó a hacer mella. Los hombres más altos fueron los primeros en morir de hambre. Durante un recuento que hubo a principios de febrero, el Scharführer Rau escogió a dos hombres jóvenes para que se encargasen del pequeño crematorio que había en un extremo del campo.
Al principio no tenían mucho trabajo, pero después funcionaba día y noche, ya que cada vez moría más gente.
La disentería se propagó por el campo, y por la noche las personas que tenían que ir a las letrinas no nos dejaban dormir. A veces no les daba tiempo, y el horrible hedor nos invadía las fosas nasales aunque estuviésemos durmiendo. Nuestra familia tuvo suerte, ya que ninguno contrajimos la disentería. ¿Se debía a nuestra constitución, o a la buena alimentación de la que habíamos disfrutado antes de ser internados? Recuerdo las jugosas pechugas de ternera que mi abuela solía prepararnos, y que Opa traía del matadero. Aún podía verlo: Opa cortando la carne en gruesas lonchas, con un cuchillo largo y afilado. Nos servía a cada uno una ración generosa antes de servirse él. Siempre empezaba la comida con carne, la cual cortaba meticulosamente en pequeños cuadrados y luego les ponía encima un poco de la sabrosa grasa, disfrutando de cada bocado. Me enseñó a comer la jugosa grasa, ya que decía que era buena para los huesos y el cerebro. Cuando terminaba con la carne, Oma le ponía un plato, un tenedor y cuchillo limpios para que se tomase las verduras.
Mientras estaba sentada en la cama en Belsen, vi el salón de mis padres y recordé la cara de felicidad que teníamos todos cuando estábamos sentados en la mesa. Vi la enorme cantidad de comida y la sonrisa de Oma, mientras mi corazón lloraba de desconsuelo porque todo aquello se había acabado para siempre.
La higiene se había deteriorado hasta un punto inimaginable: no teníamos ni agua ni jabón. Llevaba puesta la misma ropa desde hacía meses, así que decidí cambiarme al menos de jersey. Cuando me lo quité observé que algo se movía. ¡Piojos! Tenía las axilas plagadas de liendres. Empecé a matarlas, aplastándolas con las uñas de los pulgares, pero era inútil. Miré entre las maletas para ver si podía encontrar otro jersey y metí el que tenía en una de ellas, esperando que se muriesen. De lo avergonzada que me sentía no se lo dije a nadie. Mamá había tenido mucho cuidado de que no tuviésemos piojos en la cabeza, pero ahí estaban, en mis axilas.