Internados
Prefacio
Desde el otoño de 1954 hasta fines de 1957, actué como miembro visitante del
Laboratorio de Estudios Socioambientales perteneciente al Instituto Nacional de
Salud Mental (NIMH) de Bethesda, Maryland. En el curso de esos tres años hice
algunos breves estudios sobre comportamiento de sala en los Institutos Nacionales
del Centro Clínico de la Salud. Entre 1955 y 1956 cumplí un año de trabajo de campo
en el Hospital St. Elizabeth, de Washington, institución federal que cuenta con más de
7000 internos, procedentes en sus tres cuartas partes del distrito de Columbia. Me
facilitaron el tiempo adicional para poner por escrito los resultados de mi
investigación, una beca NIMH y la participación en el Center for the Integration of
Social Science Theory de la Universidad de California, en Berkeley. El objetivo
inmediato de mi trabajo de campo en St. Elizabeth fue tratar de aprender algo sobre el
mundo social de los pacientes hospitalizados, según ellos mismos lo experimentan
subjetivamente. Me inicié en el rol de asistente del director de gimnasia; si me
apuraban, confesaba ser en realidad un estudiante de las actividades recreativas y la
vida de comunidad. De este modo podía pasar el día con los pacientes, evitando todo
contacto social con el personal y prescindiendo de llevar una llave conmigo. No
dormía en las salas, y la dirección del hospital estaba enterada de mis fines. Creía
entonces, y sigo creyendo, que cualquier grupo de personas —sean presos,
integrantes de un núcleo primitivo, miembros de una tripulación o enfermos
hospitalizados— forma una vida propia que, mirada de cerca, se hace significativa,
razonable y normal; y que un buen modo de aprender algo sobre cualquiera de esos
mundos consiste en someterse personalmente, en compañía de sus miembros, a la
rutina diaria de las menudas contingencias a la que ellos mismos están sujetos.
Los límites, tanto de mi método como de su aplicación, saltan a la vista. No me
permití comprometerme, ni siquiera nominalmente: de haberlo hecho, mi radio de
acción y mis roles —y por lo tanto mis datos— habrían sido más restringidos aún de
lo que fueron. Para obtener los pormenores etnográficos deseados sobre determinados
aspectos de la vida social del paciente, no apliqué los tipos usuales de medidas y
controles. Supuse que el rol y el tiempo requeridos para recoger pruebas estadísticas
de sólo unas pocas afirmaciones me impedirían reunir datos generales sobre la
estructura íntima de la vida del paciente. Mi método tiene, además, otras limitaciones.
La visión que un grupo tiene del mundo tiende a sostener a sus miembros, y
presuntamente les proporciona una definición de su propia situación que los
autojustifica, y una visión prejuiciada de los que no pertenecen al grupo (en este caso,
los médicos, enfermeros, asistentes del hospital y familiares). Para describir con
fidelidad la situación del paciente es imprescindible presentarla en una perspectiva
parcial. (Personalmente me siento, en cierta medida, eximido de esta parcialidad por
un criterio de equilibrio: casi todos los trabajos profesionales sobre los enfermos
mentales han sido escritos desde el punto de vista del psiquiatra que, hablando en términos sociales, está ubicado respecto a mi perspectiva en el bando opuesto.)
Quiero advertir, además, que mi punto de vista probablemente corresponda
demasiado al de un hombre de clase media; quizá sufrí más, sustitutivamente, ciertas
situaciones que los pacientes de clase baja expuestos a ellas. Por último, a diferencia
de algunos pacientes, cuando llegué al hospital no me inspiraban gran respeto la
disciplina psiquiátrica ni las instituciones que se limitan a su práctica
consuetudinaria.
Deseo reconocer en forma especial el apoyo que recibí de las instituciones
patrocinantes. La autorización para estudiar en St. Elizabeth fue tramitada por
intermedio del doctor Jay Hoffman, hoy fallecido, a la sazón primer médico asistente.
Se convino con él que el hospital se reservaba el derecho de ejercer una crítica previa
a la publicación, pero que la censura definitiva, así como todo privilegio de formular
aclaraciones, incumbían exclusivamente al NIMH de Bethesda. Quedó entendido que
no se le informaría a él ni a nadie ninguna observación referente a cualquier miembro
identificado del personal o de los internos, y que en mi carácter de observador yo no
estaba obligado a interferir de ninguna forma en lo que ocurría en derredor, observara
lo que observase. El doctor Hoffman convino en abrirme cualquier puerta del
hospital, y así lo hizo cada vez que le fue requerido en el curso de la investigación,
con una cortesía, una celeridad y una eficiencia que no olvidaré nunca. Cuando el
superintendente del hospital, doctor Winifred Overholser, repasó ulteriormente los
borradores de mis estudios, hizo algunas útiles rectificaciones concernientes a ciertos
notorios errores de hecho, y sugirió atinadamente la conveniencia de que expusiera de
modo explícito mi enfoque y mi método. Durante la investigación, el Laboratorio de
Estudios Socioambientales, entonces encabezado por su director fundador, John
Clausen, me proporcionó remuneración, ayudas auxiliares, crítica versada y aliento
para observar el hospital con genuino criterio sociológico, y no de psiquiatra
principiante. Si el Laboratorio o el organismo al que pertenece (el NIMH) ejercieron
alguna vez sus derechos de aclaración, yo lo advertí solamente en una oportunidad en
que me insinuaron la conveniencia de sustituir por sendos sinónimos uno o dos
adjetivos descorteses. Quiero destacar que esta libertad y esta oportunidad de
emprender una investigación pura me fueron proporcionadas por una institución del
gobierno, mediante el apoyo financiero de otra; que ambas debían actuar en la
atmósfera presumiblemente delicada de Washington, y que esto se hizo en un tiempo
en que varias universidades del país, baluartes tradicionales de la investigación libre,
habrían impuesto más restricciones a mis esfuerzos. Debo agradecer a los psiquiatras
e investigadores sociales del gobierno su rectitud de juicio y su amplitud de criterio.
Erving Goffman
Berkeley, California, 1961