Internados

Erving Goffman · Capítulo 4 de 18 · parte 1/2

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Internados

El mundo del interno

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

 

I

 

Es característico que los internos lleguen al establecimiento con una «cultura de

presentación» (para modificar una frase psiquiátrica) derivada de un «mundo

habitual», un estilo de vida y una rutina de actividades que se dan por supuestas,

hasta el momento del ingreso en la institución. (Se justifica, por lo tanto, excluir los

orfanatos y las casas de niños expósitos de la lista de instituciones totales, salvo en la

medida en que el huérfano llega a socializarse en el mundo exterior, mediante ciertos

procesos de osmosis cultural, aunque se le niegue sistemáticamente este mundo.)

Cualquiera que sea la estabilidad de la organización personal del recién internado,

ella formaba parte de un marco de referencia más amplio, ubicado en su entorno civil:

un ciclo de experiencia que confirmaba una concepción tolerable del yo, y le permitía

un conjunto de mecanismos defensivos, ejercidos a discreción, para enfrentar

conflictos, descréditos y fracasos. Ahora se echa de ver que las instituciones totales

no reemplazan la peculiar cultura propia del que ingresa, por algo ya formado;

confrontamos algo más restringido que una aculturación o asimilación. Si algún

cambio cultural ocurre efectivamente, derivará tal vez de la eliminación de ciertas

oportunidades de comportamiento y la impotencia de mantenerse al día con los

cambios sociales recientes del exterior. Por ello, si la estadía del interno es larga,

puede ocurrir lo que se denomina «des-culturación»,[11] o sea, un «desentrenamiento»

que lo incapacita temporariamente para encarar ciertos aspectos de la vida diaria en el

exterior, si vuelve a él y en el momento de hacerlo.

Estar «adentro» o «encerrado» son circunstancias que no tienen para el interno un

significado absoluto, sino dependiente del significado especial que tenga para él

«salir» o «quedar libre». En este sentido, las instituciones totales no persiguen

verdaderamente una victoria cultural. Crean y sostienen un tipo particular de tensión

entre el mundo habitual y el institucional, y usan esta tensión persistente como

palanca estratégica para el manejo de los hombres.

 

II

 

El futuro interno llega al establecimiento con una concepción de sí mismo que

ciertas disposiciones sociales estables de su medio habitual hicieron posible. Apenas

entra, se lo despoja inmediatamente del apoyo que estas le brindan. Traducido al

lenguaje exacto de algunas de nuestras instituciones totales más antiguas, quiere decir

que comienzan para él una serie de depresiones, degradaciones, humillaciones y profanaciones del yo. La mortificación del yo es sistemática aunque a menudo no

intencionada. Se inician ciertas desviaciones radicales en su carrera moral, carrera

compuesta por los cambios progresivos que ocurren en las creencias que tiene sobre

sí mismo y sobre los otros significativos.

Los procesos mediante los cuales se mortifica el yo de una persona son casi de

rigor en las instituciones totales;[12] su análisis puede ayudarnos a ver las

disposiciones que los establecimientos corrientes deben asegurar, en salvaguardia de

los yo civiles de sus miembros.

La barrera que las instituciones totales levantan entre el interno y el exterior

marca la primera mutilación del yo. En la vida civil, la programación sucesiva de los

roles del individuo, tanto en el ciclo vital como en la repetida rutina diaria, asegura

que ningún rol que realice bloqueará su desempeño y se ligará con otro. En las

instituciones totales, por el contrario, el ingreso ya rompe automáticamente con la

programación del rol, puesto que la separación entre el interno y el ancho mundo

«dura todo el día», y puede continuar durante años. Por lo tanto se verifica el despojo

del rol. En muchas instituciones totales se prohíbe al principio el privilegio de recibir

visitas o de hacerlas fuera del establecimiento, asegurándose así un profundo corte

que aísla los roles del pasado, y una apreciación del despojo del rol. Un relato sobre

la vida de los cadetes en una academia militar proporciona el ejemplo siguiente:

 

«Esta ruptura neta con el pasado debe cumplirse en un período relativamente corto. Por ello durante los

dos primeros meses no se permite al novato abandonar la base, ni interactuar socialmente con no-cadetes.

El aislamiento total ayuda a formar un grupo unificado de novatos, en sustitución de un conjunto

heterogéneo de personas de estatus superiores e inferiores. Los uniformes se entregan el primer día, y las

discusiones sobre la fortuna y la posición social de la familia son tabú. Aunque la paga del cadete es

insignificante, no se le permite recibir dinero de su casa. El rol del cadete debe eliminar todos los otros

roles que solía desempeñar el individuo. Quedan pocos rastros reveladores del estatus social en el mundo

exterior».[13]

 

Podría añadir que cuando el ingreso es voluntario, el recluta ya se ha separado en

parte de su mundo habitual; la institución reprime severamente algo que en realidad

ya ha comenzado a decaer.

Aunque el interno puede retomar algunos roles si vuelve al mundo, y cuando lo

haga, no hay duda de que otras pérdidas son irrevocables y como tales pueden ser

dolorosamente experimentadas. Acaso no resulte posible compensar, en una etapa

más avanzada del ciclo vital, el tiempo que a la sazón no se dedica a adquirir más

instrucción, a progresar en el trabajo, a cortejar muchachas o a educar a los hijos. Un

aspecto jurídico de este despojo permanente se lo encuentra en el concepto de

«muerte civil»: los reclusos pueden enfrentar no ya sólo una pérdida temporal de los

derechos a testar dinero y girar cheques, a litigar procedimientos de divorcio o

adopción y a votar, sino que además pueden sufrir la anulación permanente de

algunos de ellos.[14]

El interno descubre así que ha perdido ciertos roles en virtud de la barrera que lo separa del mundo exterior. El proceso mismo de admisión acarrea típicamente otros

tipos de pérdida y mortificaciones.

Es muy frecuente encontrar al personal ocupado en lo que se llaman

procedimientos de admisión, entre los que se incluyen, por ejemplo, historia social

del individuo, tomar fotografías o impresiones digitales, controlar el peso, asignar

números, efectuar registros, hacer una nómina de los efectos personales para

enviarlos a depósito, desvestir al nuevo interno, bañarlo, desinfectarlo, cortarle el

pelo, entregarle la ropa de la institución, instruirlo en las normas y asignarle los

cuartos.[15] Los procedimientos de admisión podrían llamarse mejor «de preparación»

o «de programación», ya que al someterse a todos esos manoseos el recién llegado

permite que lo moldeen y lo clasifiquen como un objeto que puede introducirse en la

maquinaria administrativa del establecimiento, para transformarlo paulatinamente,

mediante operaciones de rutina. Muchos de estos procedimientos se basan en

características (como el peso o las impresiones digitales) que el individuo posee

simplemente por pertenecer a la categoría social más extensa y abstracta, la del ser

humano. Toda acción que se emprenda sobre la base de esas características tiene

necesariamente que ignorar, en su mayor parte, los fundamentos anteriores de la

autoidentificación.

Una institución total atiende a tantos aspectos de las vidas de sus internos, que la

tarea de confeccionar sus fichas individuales en el ciclo de admisión se hace

complejísima y crea la necesidad de contar inicialmente con la cooperación de cada

uno. El personal suele suponer que la disposición espontánea a mostrarse

correctamente respetuoso en estas primeras entrevistas cara a cara, indica que el

interno será en lo sucesivo consuetudinariamente dócil. La primera ocasión en que los

miembros del personal instruyen al interno sobre sus obligaciones de respeto puede

estar estructurada de tal modo que lo incite a la rebeldía o a la aceptación

permanentes. De ahí que estos momentos iniciales de socialización puedan implicar

un «test de obediencia» y hasta una lucha para quebrantar la voluntad reacia: el

interno que se resiste recibe un castigo inmediato y ostensible cuyo rigor aumenta

hasta que se humilla y pide perdón.

Brendan Behan presenta un atractivo ejemplo en el relato sobre el incidente que

tuvo con dos guardianes, inmediatamente después de su ingreso en la prisión de

Walton:

 

«—Y levante la cabeza cuando le hablo.

»—Levante la cabeza cuando el Sr. Whitbread le habla —dijo Holmes.

»Miré a Charlie. Sus ojos encontraron los míos y los bajó enseguida.

»—¿Para qué vuelve la cabeza, Behan? Míreme a mí.

……………………………………………………………

»Miré al Sr. Whitbread. —Lo estoy mirando —dije.

»—Está mirando al Sr. Whitbread… ¿y qué más? —dijo Holmes.

»—Estoy mirando al Sr. Whitbread.

»El Sr. Holmes miró gravemente al Sr. Whitbread, echó hacia atrás la mano

abierta y me pegó en la cara; me sostuvo con la otra mano y volvió a abofetearme.

»Mi cabeza daba vueltas y ardía y dolía, y yo me preguntaba si ocurriría de

nuevo. Me olvidé, y sentí otra bofetada y me olvidé y otra; me moví, y me sostuvo

una mano firme, casi cariñosa, y otra más. Vi estrellitas rojas, blancas y de colores

lamentables.

»—Está mirando al Sr. Whitbread… ¿Cómo dijo, Behan?» Tragué saliva y

recuperé mi voz; y volví a tragar saliva hasta que pude hablar.

»—Yo, señor, por favor, señor, lo estoy mirando, quiero decir, estoy mirando al

Sr. Whitbread, señor».[16]

 

Los procedimientos de admisión y los tests de obediencia pueden considerarse

una forma de iniciación, llamada «la bienvenida», en la que el personal, o los

internos, o unos y otros, dejan sus tareas para dar al recluso una noción clara de su

nueva condición.[17]

Como parte del rito de iniciación puede recibir apodos tales como «Gusano» o

«Basura», destinados a recordarle que es simplemente un interno, y peor aún, que

tiene un estatus especialmente bajo aún dentro de este grupo inferior.

El procedimiento de admisión puede caracterizarse como una despedida y un

comienzo, con el punto medio señalado por la desnudez física. La despedida implica

el desposeimiento de toda propiedad, importante porque las personas extienden su

sentimiento del yo a las cosas que les pertenecen. Quizá la más significativa de estas

pertenencias —el propio nombre— no es del todo física. Como quiera que uno fuese

llamado en adelante, la pérdida del propio nombre puede representar una gran

mutilación del yo.[18]

Una vez que se despoja al interno de sus posesiones, el establecimiento debe

hacer, por lo menos, algunos reemplazos, pero estos revisten la forma de entregas

comunes, de carácter impersonal, distribuidas uniformemente. Estas pertenencias

sucedáneas llevan marcas ostensibles, indicadoras de que pertenecen en realidad a la

institución, y en algunos casos se retiran a intervalos regulares para ser, como quien

dice, desinfectadas de identificaciones. Puede exigirse del interno que devuelva los

restos de los objetos que pueden gastarse —por ejemplo, lápices— antes de obtener

el nuevo pedido.[19] La falta de gavetas individuales, así como los registros y las

confiscaciones periódicas de objetos personales[20] acumulados, refuerzan el

sentimiento de desposeimiento. Las órdenes religiosas han valorado las

consecuencias que tiene para el yo esta separación de cuanto le pertenece. Suele

obligarse a los reclusos a cambiar de celda una vez por año, para que no se encariñen

con ella. La Regla Benedictina es explícita:

 

«A modo de lecho, que un jergón, una sábana, una manta, y una almohada basten. Estos lechos deben ser

inspeccionados frecuentemente por el abad, por las pertenencias particulares que pueden encontrarse allí

ocultas. Si se descubre que alguien tiene lo que no ha recibido del abad, castíguesele severamente. Y, para

que este vicio de la propiedad privada pueda extirparse de raíz, hágase que todas las cosas necesarias sean

proporcionadas por el abad: es decir, capucha, túnica, medias, zapatos, cinto, cuchillo, lápiz, aguja,

pañuelo y tablillas. Así toda excusa de necesidad quedará eliminada. Y que el abad reflexione siempre

sobre aquel pasaje de los Hechos de los Apóstoles: “Se hizo la distribución entre todos, según las

necesidades de cada uno”».[21]

 

Un conjunto de pertenencias de un individuo tiene especial relación con su yo. El

individuo espera, generalmente, controlar de algún modo el aspecto que presenta ante

los demás. Para esto necesita varios artículos de tocador y varias mudas de ropa,

elementos para adaptarlas, disponerlas y repararlas, y un lugar accesible y seguro

donde guardar estas reservas. En síntesis, el individuo necesitará un «equipo de

identificación» para el manejo de su apariencia personal. También necesitará recurrir

a personal especializado, como barberos y sastres.

Empero, al ingresar en una institución total probablemente se lo despoje de su

acostumbrada apariencia, así como de los instrumentos y servicios con los que la

mantiene, y que sufra así una desfiguración personal. Ropa, peines, hilo y aguja,

cosméticos, toallas, jabón, máquinas de afeitar, elementos de baño —todo esto puede

serle arrebatado o negado, aunque algo acaso se conserve en un depósito inaccesible,

con el propósito de restituírselo cuando salga, si es que sale—. Para decirlo con las

palabras de la Sagrada Regla de San Benito:

 

«Desde entonces y para siempre le serán quitadas, allí en el oratorio, sus propias prendas con las que se

cubre, y se lo vestirá con la ropa del monasterio. Esas prendas que se le quitan se colocarán en la

guardarropía, y allí se conservarán, de tal manera que si, por acaso, el demonio lo persuadiese algún día a

dejar el monasterio (¡No lo permita Dios!) pueda despojárselo del hábito monástico antes de arrojarlo

fuera».[22]

 

Como se ha sugerido, el ajuar de la institución que se entrega al nuevo interno

para sustituir sus efectos personales, pertenece a la calidad más grosera, no

corresponde a su medida, y a menudo consiste en prendas viejas, iguales para muy

diversas clases de internos. El impacto de esta sustitución se describe en un informe

sobre prostitutas detenidas:

 

«Primero, pasan por la encargada de las duchas que las obliga a desvestirse, retira sus ropas y cuida de

que todas se duchen y reciban los uniformes de la cárcel: un par de zapatos negros de tacos bajos, dos

pares de zoquetes muy remendados, tres vestidos y dos enaguas de algodón, dos bombachas y un par de

corpiños. Prácticamente todos los corpiños son chatos e inservibles. No se entregan fajas ni portaligas.

»No hay espectáculo más triste que el de algunas presas gordas, que afuera habían conseguido

presentar por lo menos una apariencia decente, al enfrentarse con la primera imagen de sí mismas vestidas

con el uniforme de la casa». [23]

 

Al deterioro personal consiguiente al retiro del equipo de identificación puede

sumarse una desfiguración más grave por mutilaciones del cuerpo directas y

permanentes, tales como marcas infamantes o pérdida de miembros. Aunque esta

mortificación del yo a través del cuerpo se encuentra en pocas instituciones totales,

suele perderse en ellas el sentido de seguridad personal, y esto fundamenta ciertas angustias relativas a una posible desfiguración. Los golpes, la terapia de shock o, en

los hospitales psiquiátricos, la cirugía —cualquiera que sea la intención del personal

al administrar estos servicios a algunos internos— suelen provocar en muchos la

impresión de encontrarse en un ambiente que no garantiza su integridad física.

Desde el ingreso, la pérdida del equipo de identificación puede impedir que el

individuo se muestre ante los demás con su imagen habitual. Después del ingreso, la

imagen del yo que presenta es atacada de otra forma. De acuerdo con la modalidad

expresiva de una determinada sociedad civil, ciertos movimientos, posturas y

actitudes transmiten imágenes deplorables del individuo y deben evitarse como

degradantes. Todo reglamento, orden o tarea que obliguen al individuo a adoptar

estos movimientos o actitudes pueden mortificar su yo. En las instituciones totales

abundan tales indignidades físicas. En los hospitales psiquiátricos, por ejemplo,

puede obligarse a los pacientes a comer todo tipo de alimentos sólo con cucharas.[24]

En las prisiones militares puede exigirse que los internos se cuadren cada vez que

entra un oficial.[25] En las instituciones religiosas existen gestos clásicos de

penitencia, como besar los pies,[26] y la posición recomendada a un monje

descarriado como castigo:

 

«… que permanezca tendido a la puerta del oratorio en silencio; y así, de cara al suelo y con el cuerpo

doblegado, que se arroje a los pies de todos a medida que vayan saliendo del oratorio».[27]

 

En algunos institutos penales encontramos la humillación de inclinarse para

recibir una azotaina.[28] Así como se puede exigir al individuo que mantenga su

cuerpo en una posición humillante, puede obligárselo a dar respuestas humillantes.

Un ejemplo inequívoco es la norma de forzada deferencia que rige en las

instituciones totales, donde a menudo los internos deben subrayar su interacción

social con el personal, mediante actos verbales de sumisión: decir «señor» cada vez

que les dirigen la palabra, rogar, instar o pedir humildemente cosas tan insignificantes

como lumbre para el cigarrillo, un poco de agua, o permiso para usar el teléfono.

Las palabras y los actos indignos requeridos del interno corren parejos con el

ultrajante trato que reciben. Ejemplos típicos son las profanaciones verbales o de

actitud: el personal o sus compañeros de internado lo llaman con apodos obscenos, lo

maldicen, ponen en evidencia sus fallas, se mofan de él o conversan sobre él o sobre

sus compañeros como si no estuviera presente.

Sea cual fuere el origen o la forma de tales escarnios, el individuo tiene que

participar en una actividad de la que derivan consecuencias simbólicas incompatibles

con su concepción del yo. Un ejemplo más difuso del mismo tipo de mortificación

consiste en imponerle una rutina diaria que considera ajena, forzándolo de tal modo a

asumir un papel que lo desidentifica. En las cárceles, la falta de oportunidades

heterosexuales puede inspirar el temor de perder la virilidad.[29] En los

establecimientos militares, el trabajo notoriamente ficticio que se impone a veces a

las tropas, obligándolas a ocuparse en innecesarios detalles durante la fajina puede

hacerles sentir que su tiempo y esfuerzo no valen nada.[30] En las instituciones

religiosas hay disposiciones especiales para garantizar que todos los internos lleven a

cabo por turno las tareas más serviles.[31]

Un caso extremo es la práctica en los campos de concentración, donde se requiere

que los prisioneros se apliquen latigazos entre sí.[32]

Una forma de mortificación ulterior propia de las instituciones totales se

manifiesta ya en el ingreso, bajo la forma de una especie de exposición

contaminadora. Afuera, el individuo puede mantener ciertos objetos ligados a la

conciencia de su yo —por ejemplo su cuerpo, sus actos inmediatos, sus pensamientos

y algunas de sus pertenencias— a salvo del contacto con cosas extrañas y

contaminadoras. En las instituciones totales se violan estos límites personales: se

traspasa el linde que el individuo ha trazado entre su ser y el medio ambiente, y se

profanan las encarnaciones del yo.

Se viola, en primer término, la intimidad que guarda sobre sí mismo. Durante el

proceso de admisión, los datos concernientes a sus estatus sociales y a su conducta en

el pasado —especialmente en lo que se refiere a los hechos que lo desacreditan— se

recogen y registran en un legajo, que queda a disposición del personal. Más adelante,

en la medida en que el establecimiento supone oficialmente haber modificado las

tendencias internas de los pupilos a la autorregulación, puede haber confesiones en

grupo o individuales, de carácter psiquiátrico, político, militar o religioso, según la

clase de institución de que se trate. En estas ocasiones el interno debe exponer hechos

y sentimientos acerca de su yo ante otros tipos de público. Los ejemplos más

espectaculares de tal exhibición nos llegan de los campos de proselitismo comunistas,

y de las sesiones de confesión que forman parte de la rutina en las órdenes religiosas

católicas.[33] Todos los que se dedican a la llamada terapia ambiental han considerado

explícitamente la dinámica del proceso.

Los nuevos públicos no sólo se enteran así de hechos —ordinariamente ocultos—

que desacreditan al yo, sino que pueden percibir directamente algunos de ellos.

Ni los presos ni los enfermos mentales están en condiciones de evitar que sus

visitantes los vean en circunstancias humillantes.[34] Otro ejemplo es la marca de

identificación étnica que llevan en el hombro los internos de los campos de

concentración.[35] Los exámenes médicos y las inspecciones con fines de seguridad

exhiben a menudo físicamente al interno, a veces ante personas de ambos sexos; una

exhibición similar resulta de la disposición de los dormitorios colectivos y los retretes

sin puertas.[36] Quizá represente un extremo en este aspecto la situación del paciente

mental autodestructor, a quien se despoja de todo lo que siente como una protección

propia, para encerrarlo desnudo en un cuartito constantemente iluminado, por cuya

claraboya puede atisbar cualquiera que pase por la sala. Por lo demás, el interno casi

nunca está completamente solo; siempre hay alguien que puede verlo y oírlo, siquiera

se trate de sus compañeros de internado.[37] Las celdas con barrotes en vez de paredes cumplen óptimamente este exhibicionismo.

Quizás el tipo más notorio de exhibición contaminadora sea el de carácter

directamente físico, que mancha o salpica el cuerpo u otros objetos íntimamente

identificados con el yo. Esto supone a veces la interrupción de las disposiciones

ordinarias que permiten el aislamiento de las propias fuentes de contaminación.

Ocurre así cuando el individuo tiene que vaciar el balde de sus excrementos,[38] o

someter sus funciones de evacuación a un estricto régimen colectivo, según se

informa de ciertas prisiones políticas chinas:

 

«Un aspecto de su régimen carcelario singularmente duro para los prisioneros occidentales consiste en las

disposiciones vigentes para la evacuación de la orina y las materias fecales. El “balde” que por lo general

se encuentra en las celdas rusas, falta en las de la China. Allí se acostumbra asignar un horario fijo para

que los prisioneros orinen o defequen sólo una o dos veces por día, habitualmente por la mañana, después

del desayuno. Un guardián los lleva por un largo corredor hasta una letrina abierta y les da dos minutos

para atender a sus necesidades. La prisa y la presencia de espectadores resultan especialmente intolerables

para las mujeres. Si los prisioneros no pueden completar la evacuación en el término aproximado de dos

minutos, son arrastrados a tirones y conducidos por la fuerza a sus celdas».[39]

 

Una forma de contaminación física muy común se refleja en las protestas

frecuentes por la comida en mal estado, los alojamientos en desorden, las toallas

manchadas, los zapatos y la ropa impregnados con el sudor de los anteriores usuarios,

los retretes sin letrinas y las instalaciones sanitarias sucias.[40] Los comentarios de

Orwell sobre su internado escolar pueden servir de ilustración: «Por ejemplo, había

tazones de peltre en los cuales tomábamos nuestro cocimiento de avena. Tenían

bordes salientes, y debajo se acumulaban restos de cocimiento agrio, que podía

desprenderse en tiras largas. Por lo demás, el cocimiento mismo contenía más

grumos, pelos y cosas negras no identificadas que lo que se hubiera creído posible a

menos que alguien las hubiera puesto a propósito. No era nunca seguro iniciar el

cocimiento sin haberlo analizado previamente.

»También hay que mencionar el agua pegajosa de la piscina de inmersión: tenía

doce o quince pies de largo, y se suponía que la escuela entera se bañaba allí cada

mañana, pero yo dudo de que el agua se cambiase con cierta frecuencia… y aquellas

toallas siempre húmedas, con olor a queso… y el olor a sudor del cuarto de

cambiarse, con sus lavatorios chorreados, y enfrente, la fila de retretes inmundos y

ruinosos, sin ninguna clase de cerradura en las puertas, de modo que cada vez que

uno estaba sentado allí podía tener la seguridad de que alguien iba a irrumpir

violentamente. Me resulta muy difícil evocar mis días escolares sin la sensación de

aspirar una bocanada de algo frío y maloliente —un tufo mixto de medias sudadas,

toallas sucias, olores fecales flotando por los pasillos, tenedores con comida vieja

entre los dientes, guiso de carnero—, y sin oír los portazos en los retretes y el eco

resonante de las bacinillas en los dormitorios».[41]

 

Hay aún otras fuentes de contaminación física, como sugiere un periodista al

describir el hospital de un campo de concentración:

«Estábamos acostados de a dos en cada cama, y resultaba muy desagradable. Por ejemplo, si un

hombre moría, no se lo sacaba antes de que se cumpliesen las veinticuatro horas, porque el encargado del

hospital no quería perderse, por supuesto, la ración de pan y sopa asignada a esa persona. Por tal motivo se

comunicaba el deceso veinticuatro horas después, para poder disponer de su ración diaria. Y nosotros

teníamos que pasarnos todo ese tiempo en la cama, junto con el muerto».[42]

«Estábamos al nivel del entrepiso, y era una situación espeluznante, especialmente por la noche. En

primer término, los muertos estaban consumidos y tenían un aspecto aterrador. En la mayoría de los casos

se habían ensuciado en el momento de morir, y el episodio no era muy estético. Vi muchos casos

semejantes al final, en los galpones destinados a los enfermos. La gente que moría de heridas flemonosas y

supuradas, en camas que chorreaban pus, solían compartirlas con otros que acaso tuvieran males más

benignos, quizá solamente una pequeña herida, que ahora no podría dejar de infectarse».[43]

 

La contaminación resultante de estar acostado junto a un moribundo también se

menciona en los informes sobre hospitales psiquiátricos;[44] y la contaminación

quirúrgica se cita en documentos sobre la prisión:

 

«El instrumental quirúrgico y las vendas se encuentran expuestos al aire y al polvo en la enfermería.

George, que había ido a que un asistente médico le curara un forúnculo en el cuello, fue operado con un

bisturí usado minutos antes en el pie de un hombre, y que no había sido esterilizado».[45]

 

Por último, en algunas instituciones totales se obliga al interno a tomar

medicamentos por vía oral o endovenosa, quiera o no quiera, y a comer su comida,

por desagradable que sea. Cuando alguno se niega a comer, su aparato digestivo

puede sufrir una contaminación forzosa debida a la «alimentación forzada».

He indicado que el interno soporta la mortificación del yo que deriva de una

exhibición contaminadora de tipo físico, pero hay que aclarar algo más: cuando el

agente de contaminación es otro ser humano, se produce una contaminación

suplementaria, por el contacto interpersonal forzado y, en consecuencia, por una

relación social forzada. (Análogamente, cuando el interno carece de control sobre

quienes lo observan en su desgracia, o sobre quienes conocen su pasado, sufre la

contaminación que comporta una relación forzada con esta gente —ya que por medio

de dicha percepción y conocimiento se expresan las relaciones—.)

El modelo de contaminación interpersonal en nuestra sociedad es,

presumiblemente, la violación; en las instituciones totales hay otros ejemplos mucho

menos dramáticos, aunque ciertamente no falten las vejaciones de orden sexual.

Luego de la admisión, los efectos personales que un individuo lleva consigo son

manoseados por un empleado que los registra y prepara para el depósito. El interno

mismo puede ser palpado y registrado hasta el extremo —que a menudo se menciona

en la literatura— de sometérselo a un examen rectal.[46] En el curso subsiguiente de

su estadía puede hacérselo objeto de inspecciones personales y de su alojamiento, ya

como elemento de rutina, ya en forma ocasional, cuando surge algún inconveniente.

En todos estos casos no sólo el que inspecciona, sino la inspección en sí, invaden la

intimidad del individuo y violan el campo del yo. Aun las inspecciones de rutina

pueden tener este efecto, como Lawrence sugiere:

 

«En los viejos tiempos los hombres tenían que sacarse las botas y las medias una vez por semana, y

presentar los pies a la inspección de un oficial. Cualquiera que se inclinase a mirar recibía en plena cara el

puntapié de algún boy nativo. Así se llevaba también el registro de los baños: había que tener un

certificado del N. C. O.[47] que atestiguara el baño semanal. ¡Un solo baño! Y de igual modo se efectuaban

las inspecciones de equipos, habitaciones y grupos: pretextos todos para que los oficiales más dogmáticos

cometieran torpezas, y los mirones desocupados se permitieran groserías. ¡Oh, se necesitaba el más

exquisito tacto para meterse con la persona de un pobre tipo sin ofenderlo!».[48]

 

Además, la costumbre de mezclar los grupos de edades, pueblos y razas

diferentes en las prisiones y en los hospitales psiquiátricos puede hacer que un interno

se sienta contaminado por el contacto de compañeros indeseables. Un preso formado

en un colegio estatal proporciona un ejemplo, al describir su ingreso a la cárcel:

 

«Otro guardián se apareció con un par de esposas, y me encadenó con un judío esmirriado, que

gimoteaba en idisch…».[49]

«De pronto, se me ocurrió la espantosa idea de que tal vez tuviera que compartir una celda con él, y

quedé sobrecogido por el pánico. Esto me obsesionó tanto que no me dejó pensar en otra cosa». [50]

 

Evidentemente, la vida de grupo necesitará contacto mutuo y exhibición entre los

internos. En el caso extremo, como en las celdas para presos políticos de la China, el

contacto puede ser muy grande:

 

«En cierta etapa de su encarcelamiento el preso puede esperar que lo ubiquen en una celda con otros ocho

reclusos aproximadamente. Si al principio lo habían aislado e interrogado, esto puede ocurrir poco después

de aceptarse su primera confesión; pero a muchos presos se los aloja en celdas colectivas desde el primer

momento. La celda está habitualmente desmantelada y apenas alcanza para contener al grupo. Puede haber

una tarima para dormir, pero los presos duermen en el suelo y cuando todos están tendidos no queda una

pulgada libre en el piso. La atmósfera es promiscua en extremo. No hay posibilidad de intimidad alguna».

[51]

 

Lawrence ofrece un ejemplo del ámbito militar, comentando sus propias

dificultades con sus compañeros de vuelo en las barracas:

 

«Lo cierto es que no puedo confraternizar con nadie; una timidez innata me excluye de su francmasonería,

impidiéndome compartir sus torpezas, sus bromas, los pequeños préstamos que se hacen entre sí, y sus

charlas sucias. Esto, a pesar de mi simpatía por la franqueza funcional a la que se abandonan.

Inevitablemente en un alojamiento tan estrecho, debemos compartir hasta esas intimidades físicas que la

vida civil mantiene veladas. La actividad sexual se convierte en un ingenuo alarde, y cualquier

anormalidad de apetito o de funcionamiento es exhibida con un extraño impudor. Las autoridades

fomentan esta conducta. Todas las letrinas del campamento han perdido sus puertas. “Hagamos que

esos…, duerman…, y coman juntos —gruñía el viejo Jock Mackay, instructor superior—, y

conseguiremos disciplinarlos, naturalmente”».[52]

 

Un ejemplo normal de este contacto contaminador es el sistema de apodos. El

personal y los compañeros de internado asumen automáticamente el derecho de

dirigirse a los otros por medio de sobrenombres o diminutivos: a una persona de la

clase media, por lo menos, se le niega así el derecho a mantenerse aislado de los

demás mediante un trato formal.[53]

Cuando el individuo tiene que comer alimentos que considera ajenos y

contaminados, la contaminación suele proceder del contacto de otras personas con la comida, como bien lo demuestra la penitencia de «mendigar sopa», que se practica en

algunos conventos:

 

«… ella colocaba su escudilla de barro a la izquierda de la Madre Superiora, se arrodillaba, juntaba las

manos, y esperaba hasta que le echaban dos cucharadas de sopa; después seguía pasando su escudilla de

mendiga a todas las hermanas, por orden de edad, hasta que se llenaba… Cuando por último, estaba llena,

volvía a su lugar y tragaba la sopa, como sabía que debía hacerlo, hasta la última gota. Y procuraba no

pensar qué había pasado a su escudilla desde una docena de tazones en los que ya se había comido…»[54]

 

Otro tipo de exhibición contaminadora introduce a un extraño en la relación

íntima de un individuo con los otros significativos. Un interno puede tener que

soportar, por ejemplo, que se lea y censure su correspondencia personal, y hasta que

se haga burla de ella en su propia cara.[55] Otro ejemplo es el carácter

obligatoriamente público de las visitas, mencionado en muchos testimonios de

presos:

 

«¡Pero qué reglamentación sádica tienen para estas visitas! Una hora por mes —o dos medias horas—

en una habitación grande, probablemente con un montón de parejas más, y con guardianes que van y

vienen para asegurarse de que no haya intercambio alguno de planes ni de instrumentos de fuga. Nos

vemos por encima de una mesa de 1,80 metro de ancho, en cuya parte central una especie de enrejado de

protección, de 15 centímetros de altura, impide presumiblemente que nuestros gérmenes se mezclen. Se

nos permitía un higiénico apretón de manos al comenzar la entrevista y uno al final; el resto del tiempo

sólo podíamos permanecer sentados mirándonos, mientras nos gritábamos a través de esa distancia

inmensa».[56]

«Las visitas se efectúan en un locutorio próximo a la entrada principal. Hay una mesa de madera, a un

lado de la cual se sienta el preso y al otro sus visitantes. El guardián ocupa la cabecera; oye cada palabra

que se pronuncia, vigila cada gesto y cada matiz de expresión. No hay intimidad alguna —ni siquiera

cuando un hombre se encuentra con su mujer, a quien acaso no ha visto desde hace años—. Tampoco se

permite ningún contacto entre el presidiario y el visitante, ni, por supuesto, el intercambio de objetos».[57]

 

Una forma aún más pronunciada de este tipo de exhibición contaminadora ocurre,

como ya se ha insinuado, en las confesiones dispuestas institucionalmente. Cuando

hay que denunciar al otro significativo, y en particular cuando este está físicamente

presente, la confesión de la relación ante extraños puede acarrear una contaminación

intensa de la relación misma, y a través de esta, del yo. Una descripción de tales

prácticas en un convento lo ejemplifica:

 

«Las más valerosas entre las emocionalmente vulnerables eran las hermanas que se levantaban juntas para

confesar su culpa: haberse apartado de sus obligaciones para estar cerca la una de la otra, o quizás haber

hablado, en el recreo, de un modo que excluía a las demás. La atormentada pero inequívoca denuncia de

una afinidad naciente asestaba a su relación el golpe de gracia que por sí mismas acaso no hubieran sido

capaces de asestarle, puesto que toda la comunidad se cuidaría en lo sucesivo de que esas dos se

mantuvieran alejadas. La pareja recibiría ayuda para liberarse de una de esas vinculaciones íntimas que a

menudo surgen en el seno de una comunidad, tan imprevistamente como las flores silvestres que una y otra

vez alteran el esquema geométrico formal en los jardines del claustro».[58]

 

Un ejemplo correlativo se encuentra ocasionalmente en los hospitales

psiquiátricos destinados a la terapia ambiental intensiva, donde se puede obligar a las

parejas de pacientes que mantienen relaciones personales, a discutirlas en las reuniones del grupo.

En las instituciones totales, la exhibición puede ocurrir en formas aún más

drásticas, dada la probabilidad de que un individuo presencie el atropello físico de

que es víctima alguien a quien está vinculado, y sufra la mortificación permanente de

no haber intervenido (y de que esto se sepa). El informe que sigue se refiere a un

hospital psiquiátrico:

 

«Este conocimiento (de la terapia de shock) se basa en el hecho de que algunos pacientes de la sala 30 han

ayudado al equipo de shock en la administración de la terapia a otros, sujetándolos y ayudando a atarlos a

la camilla, o vigilándolos después que se tranquilizan. La administración del shock en la sala suele

efectuarse a plena vista de un grupo de espectadores interesados. El paciente es presa de convulsiones que

a menudo parecen las de un accidentado en agonía, los estertores lo sacuden, y a veces lanza espumarajos

de saliva por la boca. Poco a poco se va recuperando, y no conserva recuerdo del trance, pero ha servido a

los otros como un espectáculo aterrador de lo que puede hacérseles».[59]

 

El relato de Melville sobre la flagelación practicada a bordo de un barco de guerra

del siglo XIX aporta otro ejemplo:

 

«Por más que uno quiera sustraerse a la escena que se desarrolla, debe presenciarla; o, por lo menos,

permanecer cerca, ya que los reglamentos exigen la presencia de casi toda la tripulación, desde el

corpulento capitán en persona, hasta el más pequeño de los grumetes que toca la campana».[60] «Y lo

inevitable de su propia presencia en el espectáculo: el fuerte brazo que lo arrastra a mirar eso, y lo

mantiene allí hasta que todo acaba, imponiendo a sus ojos y a su alma rebeldes los sufrimientos y gemidos

de hombres con quienes ha compartido familiarmente los momentos de las comidas y las guardias —

hombres de su propia estirpe y categoría—, todo esto comporta una terrible visualización de la autoridad

omnipotente bajo la cual vive». [61]

 

Lawrence brinda un ejemplo militar:

 

«Esta noche el estallido del bastonazo en la puerta de la barraca en el acto de pasar lista fue tremendo;

y la puerta se abrió de golpe, saliéndose casi de sus goznes. Baker, V. C., un cabo que se tomaba muchas

libertades en el campamento debido a su condecoración de guerra, irrumpió a plena luz. Recorrió mi lado

de la barraca inspeccionando las camas. El pequeño Nobby, tomado de sorpresa, tenía una bota puesta y la

otra no. El cabo Baker se detuvo. “¿Qué diablos le pasa a usted?”. “Estaba aplastando un clavo que me

lastima el pie”. “Póngase la bota inmediatamente. ¿Su nombre?”. Siguió hasta la puerta del fondo y desde

allí se dio vuelta como un torbellino, vociferando: “¡Clarke!”. Nobby gritó correctamente: “¡Cabo!”, y

avanzó renqueando por el pasillo, a la carrera (debemos correr siempre que se nos llama), para cuadrarse

rígidamente ante él. Una pausa. Luego, con voz cortante: “Vuelva a su cama”.

»El cabo aguardó aún, y también tuvimos que aguardar nosotros, formados junto a nuestras respectivas

camas. Un nuevo grito seco: “¡Clarke!”. La escena se repitió, una y otra vez, mientras nuestras cuatro filas

miraban, inmovilizadas por la vergüenza y la disciplina. Éramos hombres, y allí había un hombre que

estaba degradándose a sí mismo y a su especie, al degradar a otro. Baker buscaba camorra evidentemente,

y esperaba provocar en alguno de nosotros un acto o una palabra que le permitieran fundar un cargo».[62]

 

El límite extremo de esta clase de mortificación experimental se encuentra, por

supuesto, en la bibliografía sobre los campos de concentración:

 

«Un judío de Breslau llamado Silbermann tuvo que mantenerse inmóvil mientras el sargento Hoppe, de la

S. S., sometía a su hermano a brutales torturas hasta provocarle la muerte. Silbermann se volvió loco al

verlo, y en altas horas de la noche desencadenó el pánico anunciando con alaridos frenéticos que las

barracas se incendiaban».[63]

III

 

He considerado algunas de las agresiones más elementales y directas contra el yo,

varias formas de desfiguración y contaminación a través de las cuales el significado

simbólico de los hechos que ocurren en la presencia inmediata del interno refuta

dramáticamente su autoconcepción anterior. Querría examinar ahora una fuente de

mortificación menos directa en sus efectos, y cuya significación para el individuo no

es tan fácil determinar: una ruptura de la relación habitual entre el individuo actor y

sus actos.

La primera ruptura que debemos considerar aquí es el looping: un estímulo que

origina una reacción defensiva por parte del interno, toma esta misma reacción como

objetivo de su próximo ataque. El individuo comprueba que su respuesta defensiva

falla en la nueva situación: no puede ya defenderse en la forma de costumbre,

poniendo cierta distancia entre la situación mortificante y su yo.

Las pautas de deferencia vigentes en las instituciones totales ilustran el efecto de

looping. En la sociedad civil, cuando un individuo tiene que aceptar circunstancias y

órdenes que ultrajan su concepción del yo, se le concede un margen de expresión

reactiva para salvar las apariencias: gestos de mal humor, omisión de las

manifestaciones de respeto habituales, maldiciones entre dientes, o expresiones

aisladas de despecho, ironía y sarcasmo. El sometimiento en tales ocasiones puede

asociarse a una actitud manifiesta, que en sí misma no está obligada al mismo grado

de sometimiento. Aunque estas reacciones expresivas de autoprotección frente a las

exigencias humillantes tampoco faltan en las instituciones totales, el personal puede

reprimirlas en el acto por vía punitiva, alegando explícitamente el enfurruñamiento o

la insolencia de los internos como fundamentos de castigo adicional. Así, al describir

la contaminación del yo resultante de haber tenido que tomar la sopa en su escudilla

de mendiga, Kathryn Hulme comenta, a propósito del sujeto de su observación:

 

«… impidió que la expresión de su rostro traicionara la rebeldía que encrespaba su alma mortificada al

beber las sobras. Sabía que bastaba una señal de rebelión, para provocar por segunda vez la humillación

espantosa que estaba segura de no poder soportar nunca más, ni siquiera por amor a Dios».[64]

 

El proceso de integración característico de las instituciones totales crea otras

clases de looping. En el curso normal de los acontecimientos, la segregación de

públicos y roles que es propia de la sociedad civil, impide que las confesiones y

reclamos implícitos que se hagan respecto al yo en un escenario físico de actividad,

sean cotejados con el comportamiento demostrado en otros ambientes.[65] En las

instituciones totales tienden a juntarse las diferentes esferas de vida, de modo que la

conducta del interno en un campo de la actividad es echada en cara, por parte del

personal a modo de comentario y control sobre su conducta en otro contexto. El

esfuerzo que hace el enfermo mental por presentarse en forma bien orientada y sin

antagonismos en el curso de una consulta que determinará su diagnóstico o su tratamiento, puede malograrse, si se introducen pruebas de su apatía en los recreos, o

se mencionan los amargos comentarios que hizo a su hermano, en una carta, que este

facilitó al director del hospital, para que se añadiera a la historia clínica del paciente,

y se considerara durante la consulta.

Los establecimientos psiquiátricos más adelantados proveen excelentes ejemplos

del proceso de looping, ya que en ellos, la retroalimentación didáctica puede erigirse

en una doctrina terapéutica fundamental. Se siente que una atmósfera de tolerancia

alienta al interno a «proyectar» o «sacar a luz» sus dificultades características en la

vida, hacia las que se puede luego atraer su atención en las sesiones de terapia de

grupo.[66]

A través del proceso de looping, pues, la reacción del interno ante su propia

situación recae necesariamente sobre la situación misma, y no le es dado mantener la

separación habitual de estas fases de acción.

Puede citarse ahora un segundo ataque contra el estatus del interno como actor,

ataque descripto, en forma muy general, con las categorías de regimentación y

tiranización.

En la sociedad civil, cuando el individuo llega a la edad adulta, ha asimilado

estándares socialmente aceptables para el desempeño de casi toda su actividad, de

modo que el problema de la corrección de sus actos sólo se plantea en determinados

momentos, como, por ejemplo, cuando se juzga su capacidad productiva. Fuera de

ello, se le permite proceder a su arbitrio.[67] No tiene que mantenerse constantemente

al acecho para ver si hay señales de críticas u otras sanciones. Además, muchos actos

se le presentarán como asuntos de gusto personal, en los que goza de opción dentro

de toda una gama de posibilidades específicas.

Hay un vasto sector de la actividad individual en que la autoridad se abstiene de

juzgar o de intervenir, y cada uno queda librado a sí mismo. En tales circunstancias,

puede uno programar sus actividades concertándolas entre sí para su mayor provecho,

en una especie de «economía personal de los propios actos». Es lo que hace una

persona al posponer unos minutos la comida para terminar una tarea, o bien al dejar

una tarea poco antes de terminarla para ir a comer con un amigo. En una institución

total, en cambio, el personal puede someter a reglamentos y a juicios, segmentos

minúsculos de la línea de acción de una persona; la permanente interacción de

sanciones emanadas de la superioridad invade la vida del interno, sobre todo durante

el período inicial de su estadía, antes de que acepte sin pensar los reglamentos. Cada

especificación priva al individuo de una oportunidad de equilibrar sus necesidades y

sus objetivos en una forma personalmente eficiente, y expone su línea de acción a las

sanciones. Se viola la autonomía misma del acto.

Aunque este proceso de control social está en vigencia en toda sociedad

organizada, tendemos a olvidar hasta qué punto puede hacerse minucioso y

estrictamente restrictivo en las instituciones totales. El informe sobre la rutina diaria

en una cárcel para delincuentes juveniles presenta un ejemplo impresionante:

«A las 5.30 nos despertaban y teníamos que saltar de la cama y permanecer en actitud de firmes.

Cuando el guardián gritaba “¡Uno!” había que sacarse la camisa de dormir; al grito de “¡Dos!”, doblarla; al

de “¡Tres!”, hacer la cama. (Sólo dos minutos para tender la cama de un modo difícil y complicado.) Entre

tanto, tres celadores solían aturdimos con sus atronadores: “¡Apúrense!” y “¡A ver si se mueven!”.

»También nos vestíamos al compás de números: “¡Uno!”, y había que ponerse la camisa; “¡Dos!”, los

pantalones; “¡Tres!”, las medias; “¡Cuatro!”, los zapatos. Cualquier ruido, como el de un zapato al caer y

hasta su roce contra el suelo, bastaba para que lo llamaran a uno al orden.

»… Una vez abajo, todos mirábamos hacia la pared, rígidos, con los brazos caídos, los pulgares al

nivel de las costuras del pantalón, la cabeza levantada, los hombros hacia atrás, el estómago hacia adentro,

los talones juntos, la vista al frente, sin rascarse ni llevarse las manos a la cara o a la cabeza, sin mover

siquiera los dedos».[68]

 

De una cárcel para adultos proviene otro testimonio:

 

«El régimen de silencio era obligatorio. No se podía hablar fuera de la celda, ni tampoco en las comidas ni

durante el trabajo. No se permitían imágenes en las celdas, ni mirar de un lado a otro en las comidas. Las

cortezas de pan no podían dejarse sino al lado izquierdo del plato. Se exigía que los internos

permanecieran en posición de firmes, con la gorra en la mano, hasta que cualquier oficial, visitante o

guardián se perdiera de vista».[69]

 

Y de un campo de concentración se informa:

 

«En las barracas una enormidad de impresiones nuevas y confusas abrumaba a los prisioneros. Hacer

las camas era un motivo de chicana particular para los S. S. Jergones de paja informes y estropeados

debían quedar lisos como una tabla, la orilla de las sábanas paralela a los bordes, las almohadas dispuestas

en los ángulos correctos…».[70]

«… Los S. S. aprovechaban las faltas más insignificantes para aplicar castigos: tener las manos en los

bolsillos cuando hacía frío; levantarse el cuello del saco bajo la lluvia o el viento; perder los botones; un

mínimo desgarrón o una mota de polvo en la ropa; los zapatos sin lustrar…; los zapatos demasiado bien

lustrados indicaban a su vez que el dueño desatendía otras ocupaciones; cualquier negligencia en el saludo,

inclusive la llamada “postura de zánganos”; la más leve desviación al formar escuadras y filas o al

disponerse los prisioneros por orden de estatura; la sombra de un balanceo, tos, o estornudo… podían

provocar un salvaje estallido de los S. S.».[71]

 

Del ambiente militar procede el siguiente ejemplo de las sutilezas que podían

exigirse:

 

«Primero la túnica, doblada de modo que el cinturón quedara chato; cubriendo la túnica, los pantalones,

reducidos a la superficie exacta de aquella, con cuatro pliegues de acordeón mirando hacia adelante. Las

toallas se doblaban una, dos, tres veces, y flanqueaban la torre azul. Frente a esta, se asentaba un chaleco

de punta rectangular. A cada lado, una polaina enrollada. Las camisas estaban empaquetadas y adosadas

por pares, como ladrillos de franela. Delante de estas, los calzoncillos. Entre estos se apretujaban los

zoquetes en bultitos esféricos. Nuestros maletines estaban abiertos, y exhibían cuchillo, tenedor, cuchara,

navaja, peine, cepillo de dientes, cepillo de baño y abrochador, dispuestos en el orden mencionado».[72]

 

De una ex monja se cuenta que debió aprender a llevar las manos quietas[73] y

escondidas, y aceptar que sólo se permitiera llevar en el bolsillo seis objetos

determinados.[74]

Una ex paciente habla de la humillación de recibir una cantidad limitada de papel

higiénico cada vez que lo pedía.[75] Como se ha sugerido anteriormente, uno de los

medios más efectivos de desbaratar la economía de acción de una persona es obligarla a pedir permiso o elementos para las actividades menores que cualquiera

puede cumplir por su cuenta en el mundo exterior, tales como fumar, afeitarse, ir al

baño, hablar por teléfono, gastar dinero o despachar cartas. Esta obligación no sólo

impone al individuo un rol de sometimiento e invalidez antinatural en un adulto, sino

que, por añadidura, deja su línea de acción expuesta a las intromisiones del personal.

En vez de obtener inmediata y automáticamente lo que solicita, lo más probable es

que el interno tenga que soportar bromas, negativas, largos interrogatorios, faltas de

atención o simplemente, como sugiere una ex enferma mental, que la saquen del

paso.

 

«Aquel que no ha estado nunca en una posición de desamparo similar quizá no alcance a darse perfecta

cuenta de la humillación que sufren quienes, sin tener ningún impedimento físico, pero sin autoridad para

desempeñar por sí mismas las ocupaciones más elementales, deben recurrir a una cargosa insistencia para

lograr cosas tan minúsculas como una muda limpia o un fósforo para encender el cigarrillo; y para eso

importunan constantemente a las enfermeras, que se las sacan de encima prometiendo complacerlas “al

cabo de un minuto” y se marchan dejándolas sin lo pedido. Hasta el personal de la cantina parecía

compartir la opinión general de que era un desperdicio gastar miramientos con las lunáticas y las tenían

esperando indefinidamente, mientras chismorreaban con sus amistades».[76]

 

He mencionado que la autoridad de las instituciones totales abarca una cantidad

de aspectos de la conducta —vestido, comportamiento, modales— que

constantemente salen a relucir y constantemente deben ser juzgados. No es fácil para

el interno escapar a la presión de los funcionarios judiciales y a la red envolvente de

la compulsión. Una institución total podría compararse con una escuela de

perfeccionamiento social que, teniendo muchos refinamientos, fuese muy poco

refinada. Deseo comentar dos aspectos de esta tendencia hacia una multiplicación de

reglas, activamente impuestas.

Primero: estas reglas suelen conectarse con la obligación de realizar la actividad

regulada al unísono con grupos compactos de compañeros internos. Esto es lo que

suele llamarse regimentación.

Segundo: estas reglas difusas se dan en un sistema autoritario, de tipo jerárquico:

cualquier miembro del equipo de personal tiene ciertos derechos para disciplinar a

cualquier miembro del grupo de los internos, lo que aumenta pronunciadamente las

probabilidades de sanción. (Este sistema, como puede advertirse, se parece al

adoptado en algunas pequeñas ciudades norteamericanas, donde cualquier adulto

tiene derecho a corregir a cualquier chico, salvo en presencia de sus padres, y a

exigirle pequeños servicios.) Fuera de la institución, el adulto de nuestra sociedad

está normalmente sometido a la autoridad de un solo superior inmediato, en lo que

respecta a su trabajo; o de una esposa, en lo que atañe a sus deberes domésticos; la

única autoridad jerárquica que debe enfrentar —la policía— no se halla constante ni

significativamente presente, salvo quizá para hacer cumplir las leyes de tránsito.

Con una autoridad jerárquica, y reglamentaciones difusas, cambiantes e impuestas

estrictamente, cabe suponer que los internos, en particular los que recién ingresan,

vivan atormentados por la ansiedad crónica de quebrantar reglas y sufrir la consecuencia inevitable: el daño físico o la muerte, en un campo de concentración; la

degradación en una escuela para el entrenamiento de oficiales; el traslado a una sala

inferior, en un hospital psiquiátrico:

 

«Sin embargo, aun en la libertad y la cordialidad aparentes de una sala “abierta”, encontré un fondo de

amenazas que me hacían sentir como algo intermedio entre un preso y un mendigo. La falta más pequeña,

desde un síntoma nervioso, hasta molestar personalmente a una enfermera, se reprimía con la insinuación

de trasladar al culpable a una sala cerrada. La idea de volver a la sala “J”, si no comía toda la comida, se

esgrimía ante mis ojos tan constantemente que se convirtió en una obsesión y hasta los alimentos que

conseguía tragar me caían mal; a otros pacientes los obligaban a efectuar trabajos inútiles, que les eran

odiosos, inspirándoles un temor similar».[77]

 

En las instituciones totales, mantenerse al margen de conflictos probablemente

requiere un esfuerzo consciente y sostenido. El interno tal vez tenga que renunciar a

ciertos niveles de sociabilidad con sus compañeros para evitar posibles incidentes.

 

IV

 

Concluiremos este esbozo de los procesos de mortificación, destacando tres

grandes líneas.

En primer lugar, las instituciones totales desbaratan o violan precisamente

aquellos actos que en la sociedad civil cumplen la función de demostrar al actor, en

presencia de los testigos ocasionales, que tiene cierto dominio sobre su mundo —que

es una persona dotada de la autodeterminación, la autonomía, y la libertad de acción

propias de un adulto—.

No pudiendo conservar esta especie de competencia ejecutiva adulta, o por lo

menos sus símbolos, suele invadir al interno el terror de sentirse radicalmente

degradado en la escala jerárquica de las edades.[78]

Un margen de comportamiento expresivo autoseleccionado —sea de

antagonismo, afecto o indiferencia— es un símbolo genuino de autodeterminación.

Ciertas obligaciones específicas, como escribir una carta semanal a la familia, o

sofocar todo movimiento de mal humor, debilitan esta evidencia de la propia

autonomía; con mayor motivo, si el margen de comportamiento en que se funda se

utiliza como testimonio del estado de conciencia psiquiátrica, religiosa o política del

sujeto.

Hay algunas comodidades materiales significativas para el individuo que tienden

a perderse cuando ingresa en la institución total —por ejemplo, una cama mullida

—[79] [80] o la paz nocturna. Sus pérdidas pueden acarrear también cierta pérdida de

autodeterminación, ya que el individuo tiende a asegurarse estas comodidades apenas

cuenta con recursos disponibles.[81]

La pérdida de autodeterminación parece haber adquirido carácter de ritual en los

campos de concentración; conocemos casos atroces de prisioneros que eran obligados

a revolcarse en el lodo,[82] a pararse de cabeza en la nieve, a trabajar en tareas

Seguir: parte 2 de 2