Internados

Erving Goffman · Capítulo 12 de 18

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Internados

Ajustes primarios y secundarios

dentro del foso, tienden a distraerse de su trabajo y muestran subrepticiamente un yo

y un mundo muy lejanos a la sala de conciertos. Con solo cuidar que el público no los

vea, pueden ocuparse en escribir cartas, componer música, releer a los autores

clásicos, resolver crucigramas, mandarse notitas unos a otros, jugar al ajedrez con un

tablero disimulado en el piso, o gastarse bromas con pistolas de agua. Claro está que

cuando uno de ellos, que tiene pegado a la oreja el audífono de una radio de bolsillo,

sobresalta de pronto al público sentado en la primera fila exclamando: «¡Gol de

Fulano!»,[266] no actúa en el carácter ni dentro del mundo programados para él, como

lo demuestran las quejas presentadas por los espectadores a la administración del

teatro.

El segundo ejemplo se ha tomado de la vida en un campamento alemán para

prisioneros de guerra.[267] Un recluso que se encuentra con un oficial y sigue de largo

sin que este considere que nada hay que objetar en su actitud puede parecer, desde

luego, convenientemente adaptado a la prisión, y conforme con su permanencia en

ella. Sin embargo, tampoco sería raro que un prisionero en tales condiciones llevara

un par de travesaños de la cama escondidos bajo la chaqueta, para emplearlos como

vigas en la bóveda de un túnel de evasión. Así equipado, podría cuadrarse frente a un

oficial, y no ser, empero, la persona que el oficial tiene ante sus ojos ni pertenecer al

mundo que la prisión presumiblemente le ha impuesto. Seguiría detenido en el

campamento, pero sus facultades habrían escapado de allí. Más aún, puesto que una

chaqueta puede esconder pruebas evidentes de una fuga, y puesto que al participar en

una organización, lo hacemos siempre bajo una apariencia que incluye las ropas,

hemos de advertir que cualquier figura que presente cualquier persona puede

encubrir evidencias de su evasión espiritual.

Si cada organización supone, como se ha visto, una disciplina de la actividad, lo

que aquí nos importa es que, a un nivel o a otro, supone asimismo una disciplina del

ser: la obligación de ser una persona de un carácter determinado, que vive en un

mundo determinado. En lo que sigue procuraré indagar una forma especial de

ausentismo: una deficiencia que atañe, no ya al hacer, sino al ser que se preconiza.

 

Ajustes primarios y secundarios

 

I

 

Aquí puede introducirse un nuevo concepto. Cuando un individuo coopera en una

organización, aportando la actividad requerida en las condiciones requeridas —en

nuestra sociedad, sobre la base de ciertas pautas institucionalizadas de bienestar,

impulsado por incentivos y valores conjuntos, y precavido por las advertencias—, se ha transformado en un cooperador; en lo sucesivo será el miembro «normal»,

«programado» o «construido». Da y recibe, con el ánimo debido, y según lo que

estaba sistemáticamente planeado, implique esto poco o mucho de sí mismo. En

definitiva comprueba que oficialmente se le pide que sea ni más ni menos que lo que

estaba preparado a ser, y que se le obliga a vivir en un mundo con el que tenía

afinidades análogas. En estas circunstancias, hablaré de un ajuste primario del

individuo a la organización, pasando por alto que sería igualmente justo y razonable

hablar de un ajuste primario de la organización al individuo.

He creado esta grosera designación para llegar a lo que en realidad me interesa: el

ajuste secundario, que defino como cualquier arreglo habitual, que permite al

miembro de una organización emplear medios o alcanzar fines no autorizados, o bien

hacer ambas cosas, esquivando los supuestos implícitos acerca de lo que debería

hacer y alcanzar, y, en última instancia, sobre lo que debería ser. Los ajustes

secundarios representan vías por las que el individuo se aparta del rol y del ser que la

institución daba por sentados a su respecto. Así, en virtud de un supuesto general en

Estados Unidos, se considera justo conceder a los presos facilidades de lectura, por

cuanto se les atribuye una inteligencia singularmente necesitada de sus beneficios, y

capaz de aprovecharlos. Dada esta legítima actividad de biblioteca, podemos

anticipar la comprobación de Donald Clemmer: a menudo los presos encargan libros,

no para su propia realización, sino para impresionar a la Junta de Libertad

Condicional, para poner en aprietos al bibliotecario, o sólo para darse el gusto de

recibir un paquete.[268]

En el vocabulario de la sociología no faltan términos para designar los ajustes

secundarios, pero todos hacen referencia, además, a otras cosas. Podría utilizarse el

término «informal», si no fuera que una organización puede proveer formalmente a

sus miembros de tiempo e instalaciones para que estos, oficialmente librados a sí

mismos, disfruten y cultiven la actividad recreativa de su elección, ejercitándose a la

vez en ese estilo de comportamiento informal propio de los vestuarios de los clubes.

Un ejemplo es el recreo de la mañana en las escuelas, donde la informalidad es parte

integrante de un ajuste primario. Podríamos utilizar también la palabra «extraoficial»,

si ese concepto no correspondiera exclusivamente, por lo regular, a lo que de

ordinario sería la parte oficial en la actividad de la organización. Por lo demás,

«extraoficial» puede aplicarse, con toda propiedad, a esos sobreentendidos tácitos y a

esas actividades no codificadas en virtud de los cuales se promueven los fines

oficiales de la organización, y los participantes llegan al mejor ajuste primario que la

situación consiente.[269]

Quiero mencionar aquí varias de las dificultades que se presentan cuando se

aplica el concepto de ajustes secundarios. Algunos de estos últimos —como la

práctica de que el obrero lleve a su casa parte del producto que ayuda a elaborar, en

cantidad suficiente para el consumo hogareño— llegan a aceptarse como

pertenecientes al mecanismo de la organización, en tal grado que adquieren carácter de «emolumentos», y se distinguen por la doble propiedad de no ser abiertamente

reclamados ni abiertamente discutidos.[270] Algunas de estas actividades deberán

mantener su carácter «extraoficial» para ser efectivas, en lugar de convertirse pronto

en actividades legítimas. Según Melville Dalton ha demostrado, a veces hay que

apuntalar secretamente las actitudes excepcionales de un participante por medio de

retribuciones que ningún otro de su categoría reciba. Y lo que el favorecido ve tal vez

como algo que le permite «salirse con la suya» impunemente —un ajuste secundario

—, quizá no sea sino la concesión intencional de un funcionario consciente, animado

por el mero deseo de sostener la eficiencia general de la organización.[271]

También puede ocurrir, según se ha sugerido, que no haya acuerdo amplio en lo

referente a los legítimos voceros de una organización, o que estos, en caso de existir,

no hayan determinado aún en su fuero íntimo dónde trazar la divisoria entre ajustes

primarios y secundarios. En muchos colleges de las universidades norteamericanas,

por ejemplo, se consideraría como un torpe desconocimiento de la naturaleza juvenil

la tentativa de restringir demasiado la parte social de la experiencia universitaria,

ajena al currículum académico. Esto coincide con las opiniones corrientes sobre

educación, de la cual se espera que tienda al desarrollo integral y armónico del

estudiante para hacer de él una persona completa. Las discusiones surgen cuando se

trata de fijar la distribución exacta del tiempo entre el estudio y las otras actividades.

Lo mismo se observa en otros aspectos. Es comprensible, y ampliamente aceptado,

que algunas estudiantes conozcan en los colleges a sus futuros maridos y que,

después de casadas, resuelvan abandonar los estudios, en vez de reanudarlos hasta

obtener el título. En cambio, los decanos de todos los colleges se preocupan, en

mayor o en menor medida, si una estudiante versátil cambia de vocación año tras año,

y se inscribe en una nueva carrera, después de haber agotado las posibilidades que le

ofrecía la anterior en lo que a sus compañeros varones respecta.

Por su parte, los directivos de una empresa comercial que consienten con decidida

benevolencia la libre y recíproca selección mutua de empleados y secretarias con

miras a estrechar vínculos, siempre que no desatiendan demasiado sus ocupaciones,

pueden desaprobar, en cambio, con igual determinación la conducta de las

principiantes que llegan, exploran y si no ven posibilidades de cortejo se mudan a

otra oficina, ligeras como ráfagas. Probablemente, el criterio oficial sería menos

categórico en lo que respecta a determinar, entre ambos extremos, el límite justo que

hay entre el uso legítimo e incidental del establecimiento para conseguir una ventaja

privada y el abuso que significa hacer de la institución misma una ventaja.

Otro problema vinculado con la distinción entre los ajustes primarios y los

secundarios es que no se agotan con estos dos tipos de adaptación las posibilidades, y

para completar el cuadro, a veces se necesita introducir una más. En cualquier sentido

que las autoridades de una institución los presionen, siempre es posible que los

miembros excedan, en compromiso y adhesión, no solamente lo que se ha solicitado

de ellos, sino aun lo que la dirección desea. Un feligrés puede vivir demasiado absorbido por los asuntos de la parroquia; el celo de un ama de casa por mantener

reluciente su hogar puede ser excesivo; un flamante oficial de marina puede ponerse

en ridículo por su tozudez en hundirse con su barco. De cualquier modo no creo que

esto represente un grave problema social, salvo tal vez en el caso de los internados de

cárceles, hospitales psiquiátricos, cuarteles, universidades y asilos, que rehúyen el

término de su reclusión. Como quiera que sea, desde el punto de vista analítico hay

que entender que, así como siempre habrá personas que retaceen su adhesión a la

entidad a la cual pertenecen, también será posible hallar siempre unas pocas, al

menos, que acaso estorben por su excesivo celo.

Finalmente, según se verá más adelante, la doctrina oficial por la que en principio

se rige una institución, puede aplicarse muy poco en la práctica, sustituida por un

punto de vista semioficial muy arraigado y difundido. En esos casos tendremos que

analizar los ajustes secundarios con referencia a este sistema autorizado, aunque no

del todo oficial.

 

II

 

Conviene destacar que ajustes primarios y secundarios son asuntos de definición

social, y que una adaptación o un incentivo considerado legítimo en un período dado,

de una sociedad dada, acaso no lo sean en otro momento de su historia, o en una

sociedad diferente. Un convicto norteamericano que de algún modo consigue pasar

una noche con su mujer, en la cárcel o fuera de ella, ha alcanzado una meta

difícilmente superable en materia de ajustes secundarios;[272] no sería así en una

cárcel mexicana, donde el preso da esta posibilidad por descontada, como una

condición mínima de bienestar, es decir, como un ajuste primario a la situación. En

los campos de confinamiento de Estados Unidos, tener acceso a una prostituta no se

concibe como una necesidad que deba contemplarse; pero este es el concepto que

prevalece en algunos campos de concentración alemanes, donde se profesa una visión

más amplia de las necesidades esenciales y características de los hombres.[273]

Durante el siglo XIX, la Marina norteamericana, reconociendo la afición a la bebida de

sus hombres, había dispuesto que se les sirviera una porción diaria de alcohol; hoy

esto se contaría como un ajuste secundario. Por otra parte, Melville nos dice que la

práctica de juegos recreativos, como el de damas, en los ratos de ocio, se tenía por un

privilegio especial en la marina de aquel tiempo;[274] hoy la gente de a bordo

considera un derecho natural e indiscutible practicar juegos semejantes fuera de las

horas de servicio. En la industria inglesa de nuestros días, la jornada laboral de ocho

horas, con inclusión de una libre para el almuerzo, y de diez minutos para el

desayuno, responde a la concepción corriente sobre la persona que trabaja. Hacia

1830, ciertas hilanderías de Inglaterra operaban según el supuesto implícito de que el organismo de los obreros podía prescindir de aire libre, o de agua para beber; habían

establecido por lo tanto un sistema de multas para todos aquellos a quienes se

sorprendiera en el acto de procurarse clandestinamente esos placeres, durante la

jornada de trabajo.[275] Algunos empresarios ingleses de aquel tiempo parecían

concebir a sus empleados exclusivamente en términos de resistencia, a fin de calcular

la duración y la intensidad del esfuerzo que podían exigirles cada día, sin inutilizarlos

para el siguiente.

Los castigos corporales proporcionan adecuado ejemplo de una práctica que, si

bien sometida en su concepción a grandes fluctuaciones, revela ideas definidas sobre

el yo de la persona castigada. En el siglo VI, San Benito, para prevenir los errores

frecuentes en la recitación del oratorio, aconsejó aplicar castigos corporales a los

muchachos.[276] Este concepto sobre la forma de inducir a la obediencia a los niños

rebeldes se ha mantenido con notable perseverancia en la sociedad occidental. Sólo

en las últimas décadas las escuelas norteamericanas han empezado a definir a los

niños como objetos que nadie debería atreverse a tocar con fines correctivos, excepto

sus propios padres. En la última mitad del siglo, también nuestra armada ha llegado a

entender que los marineros, por su carácter de «seres humanos» dotados de ciertas

dignidades mínimas, no tendrían que ser sometidos a la flagelación como forma de

castigo. Por otro lado, se está revisando seriamente la pena de reclusión solitaria en

las cárceles, en virtud de que tiende a considerarse este aislamiento como un castigo

que no debería infligirse a nadie, por ser incompatible con la naturaleza humana.

La observancia de las reglas religiosas impone a sus adeptos otra condición, que

interesa examinar. Todas las instituciones que tienen asiento en nuestra sociedad

prescriben las observancias sabáticas, de lo cual se infiere que la naturaleza del

hombre —cualesquiera que hayan sido sus actos— necesita tiempo para la plegaria:

se nos reconoce, en cuanto seres religiosos, una capacidad inalienable. Este supuesto

implícito justifica la vigencia del descanso dominical y de unos cuantos feriados

religiosos, en el comercio y la industria. Pero en algunos países latinoamericanos, las

instituciones laborales deben dar mucha más importancia a lo que allí se considera la

naturaleza religiosa del hombre. Quienes emplean a indios del Ecuador, por ejemplo,

quizá tengan que concederles una tercera parte del año, para la celebración alcohólica

de diversas fiestas y acontecimientos personales de carácter sagrado.[277]

Aun dentro de la misma clase de establecimientos, pertenecientes a la misma

sociedad, en una misma época, pueden existir diferencias apreciables en la línea

demarcatoria a trazar entre los ajustes primarios y los secundarios. Los llamados

«beneficios limítrofes» (fringe benefits) parecen comprender los medios y los fines

que las personas de un edificio dado tienen por seguros, como su legítimo derecho,

pero que se niegan oficialmente a las personas de la acera opuesta. Por lo demás,

dentro del mismo establecimiento se producen, con el correr del tiempo, cambios

muy acentuados. Hubo así en la Alemania nazi una organización de internos que,

oficialmente prohibida al principio en un campo de concentración, obtuvo después

autorización oficial;[278] en cierto modo, algo semejante ocurrió en Estados Unidos,

donde los organizadores de sindicatos secretos en fábricas y plantas industriales

llegaron a ser delegados oficiales de los gremios. Conviene por último advertir que,

dentro del mismo establecimiento, lo que constituye un ajuste primario para una

categoría de participantes puede ser un ajuste secundario para otra categoría: así, los

soldados que trabajan en la cocina del cuartel se aseguran una comida superior a la de

su rango; en el mismo caso está la mucama que se gratifica a hurtadillas con los

licores del patrón; o la niñera por horas que reúne a sus amistades en el lugar de

trabajo. Además de tomar en consideración las variaciones antedichas, debemos

observar que las organizaciones tienden a adaptarse a los ajustes secundarios, no sólo

mediante una disciplina creciente, sino mediante la legitimación selectiva de algunas

de estas prácticas, con la esperanza de reconquistar dominio y autoridad sobre los

participantes, aun cuando para ello deban liberarlos de algunas obligaciones. El hogar

no es la única institución que regulariza, por medio del matrimonio, las culpas de la

existencia pasada. Cuando aprendamos el rol de los ajustes secundarios, habremos

empezado a saber algo también sobre las consecuencias ambiguas que siguen a la

tentativa de legitimarlos.

 

III

 

Aunque hasta aquí sólo he considerado los ajustes secundarios relativos a la

organización formal en que el individuo participa, es evidente que también pueden

surgir —y surgen— en conexión con la subordinación individual a otros tipos de

entidades sociales. Ala luz de esto podemos confrontar la afición a la bebida con las

normas públicas de una ciudad donde rige la ley seca;[279] los movimientos

clandestinos, con relación al Estado; las cuestiones sexuales, con referencia a la vida

marital, y las diversas actividades fraudulentas, con el mundo legal de los negocios y

los convenios financieros.[280] Hay otras entidades que, sin ser organizaciones

delimitadas por muros, también intentan mantener su dominio sobre los participantes,

legitimando los ajustes secundarios con el carácter de ajustes primarios. Puede

mencionarse un ejemplo relativo a la administración municipal:

 

«En esta época del verano, nuestro Cuerpo de Seguridad [el texto se refiere a la ciudad de Nueva York],

apoyado por operativos del Destacamento de Bomberos y de la Dirección para el Abastecimiento de Agua,

Gas y Energía Eléctrica, se encuentra consuetudinariamente empeñado en escaramuzas locales muy

difundidas, contra los chicos que arrancan las cápsulas de las tomas de agua para incendios, dispuestos a

fabricarse surtidores para sus baños de lluvia particulares. Tanto las medidas punitivas como las

preventivas han resultado, en su mayor parte, infructuosas contra esta costumbre, que se extiende año tras

año. En vista de ello, las autoridades de Seguridad, Bomberos y Aguas Corrientes están intentando una

componenda amistosa, con la que se espera aplacar a los chicos de la ciudad, sin comprometer

indebidamente la provisión de agua. Según este plan, cualquier “agrupación o individuo honorables” (la

policía investiga a fondo sus antecedentes) puede solicitar una cápsula rociadora especial, que sólo se

diferencia de las comunes por su color anaranjado, y por llevar unas cincuenta perforaciones que dejan

salir el agua, sometida a presión, en forma de una ducha regular y satisfactoria, aunque razonablemente

restringida».[281]

 

Sea cual fuere la entidad social que se tome para observar los ajustes secundarios,

el estudio de estos nos remitirá probablemente a otras unidades mayores, porque

deberemos considerar, tanto el sitio donde en realidad ocurren dichos ajustes, como la

«zona de extracción» de donde proceden los participantes. Si se tratara de chiquillos

que hurtan galletitas del tarro que su madre guarda en la cocina, y se van al sótano a

comérselas, estas distinciones resultarían imperceptibles y triviales, ya que el hogar

sería a la vez la organización, la zona de origen de los protagonistas y el teatro de la

acción. En otros casos, la organización en sí no es la única unidad relevante. Todos

los chicos de un barrio pueden, por ejemplo, reunirse en una casa desocupada, para

practicar actividades terminantemente prohibidas en las suyas; el estanque de las

afueras donde nadan, puede atraer a todos los adolescentes del pueblo, ofreciendo

refugio para el comportamiento prohibido. En cada ciudad hay un barrio de

reputación equívoca, que arranca de sus hogares a los maridos de todos los otros

sectores urbanos; y algunas ciudades, como Las Vegas y Atlantic City, se han

transformado a su vez en focos de atracción parecida para el país entero. Al

interesarse en el lugar real donde se practican los ajustes secundarios y en la

procedencia de quienes los practican, la atención cambia de foco; pasa del individuo

y sus actos, a temas colectivos. Traducido a los términos de una organización formal

en su aspecto de establecimiento social, la desviación correspondiente iría, del ajuste

secundario de un individuo, hacia la serie completa de ajustes semejantes,

establecidos por todos los miembros de la organización, aislada y colectivamente. El

conjunto de estas prácticas comprende lo que podría llamarse la vida «subterránea» o

secreta de la institución, vida que para un establecimiento social es lo mismo que para

una ciudad el bajo mundo.

Volviendo una vez más al establecimiento social, destaquemos que una

importante característica de los ajustes secundarios consiste en contribuir a la

estabilidad institucional; el participante que se adapta de este modo a la organización,

probablemente seguirá integrándola mientras pueda serle útil; y si se retira antes, lo

hará en una forma que facilite la transición, hasta su reemplazo. Este aspecto de los

ajustes primarios nos lleva a clasificar los secundarios en dos tipos: pertenecen al

primero los ajustes violentos, propios de los participantes que, con intenciones

concretas de abandonar la organización, o de alterar su estructura radicalmente,

interrumpen en cualquiera de ambos casos su normal funcionamiento; al segundo tipo

pertenecen los ajustes reprimidos, que se amoldan, como los primarios, a las

estructuras institucionales existentes, sin introducir ninguna presión enderezada hacia

un cambio radical,[282] y de hecho cumplen a veces la función obvia de canalizar

esfuerzos que, de otro modo, podrían ser destructores. Las partes más asentadas y

estables en la vida «subterránea» de una organización tienden, pues, a estar constituidas primordialmente por ajustes reprimidos, y no por ajustes violentos.

Se han estudiado estos últimos en los procesos dramáticos de sindicalización e

infiltración política extranjera. Siendo, por definición, fenómenos temporarios, como

se advierte en el planeamiento de un motín, quizá no sea del todo apropiado llamarlos

«ajustes».

Me limitaré primordialmente a los ajustes secundarios reprimidos, que a menudo

llamaré «prácticas». Aunque suelen adoptar formas similares a las de los ajustes

violentos, sus fines difieren típicamente, y en correlación con esta diferencia, hay una

probabilidad mucho mayor de que sólo intervengan en ellos una o dos personas: se

trata, en efecto, de obtener ganancias personales, no conjuntas. En la tradición

popular, los ajustes secundarios reprimidos han recibido distintos nombres, según la

entidad social donde se practican. Nuestras principales fuentes de información son: el

estudio de las relaciones humanas en la industria, y la investigación especializada

sobre la sociedad de los prisioneros. Los estudiosos de este último tema suelen

llamarlos «ajustes informales» o «rebusques».[283]

El uso que un individuo haga del ajuste secundario —asunto inevitablemente de

psicología social— puede darle satisfacciones que tal vez no alcanzaría de otro modo.

Pero lo que un individuo «saque» de una determinada práctica, posiblemente no es lo

que al sociólogo le interesa en primer término. La pregunta inicial que a su juicio

debe plantearse frente a un ajuste secundario, no se refiere a la ventaja que reporta a

quien lo practica, sino al carácter de las relaciones sociales que su adquisición y su

mantenimiento requieren. Esto constituye un punto de vista estructural opuesto al

consumatorio o psicosociológico. Dados el individuo y uno de sus ajustes

secundarios, podemos tomar como punto de partida la noción abstracta del grupo

total de los otros individuos comprometidos en la práctica, y de allí proceder

sistemáticamente a considerar las características de dicho grupo: sus dimensiones, la

naturaleza del vínculo que retiene dentro de él a sus miembros, y el tipo de sanciones

que aseguran el mantenimiento del sistema. Ulteriormente, dado el conjunto asociado

al ajuste secundario de un individuo cualquiera, podemos avanzar más, y

preguntarnos la proporción de personas de esa clase que puede haber en la

institución, y la proporción de ellas que puede estar incluida en otros grupos

similares. Obtendremos así la medida de una forma de «saturación» que puede

sobrevenir con respecto a una práctica dada.

 

IV

 

Se puede comenzar el examen de los ajustes secundarios —prácticas que abarcan

toda la vida íntima del establecimiento social— observando que ocurren con diferente

frecuencia y en formas diferentes, según la ubicación de quienes los practican en la

escala jerárquica de la organización. Las personas situadas en el estrato más bajo de vastas organizaciones operan en medios típicamente opacos, que permiten a los

miembros de posición superior apreciar, por contraste, sus incentivos internos,

saboreando la satisfacción de haber obtenido prerrogativas negadas a otros. El grado

de compromiso y adhesión emocional a la organización es, en estos miembros, mayor

que en los de posición baja, que tienen en ella empleos, no carreras, y por lo tanto

parecen más predispuestos al uso intensivo de los ajustes secundarios. Aunque las

personas que ocupan los puestos más encumbrados sin duda están poderosamente

motivadas por valores conjuntos, no es menos verosímil que sus deberes intrínsecos

como representantes de la organización les brinden oportunidad de viajar y de

participar en ceremonias y diversiones —esos ajustes secundarios de naturaleza

especial, publicitados recientemente en las descripciones de la esfera vital que cubren

los «gastos ordinarios de representación»—. Quizás en el nivel intermedio es donde

menos ajustes secundarios se encuentren; quizá las personas situadas a ese nivel son

las que más se aproximan a lo que espera de ellas la organización, y las que pueden

proveer los modelos de comportamiento para edificación e inspiración de las que

están más abajo.[284] Al mismo tiempo se sobreentiende que el carácter de los ajustes

primarios ha de diferir, a su vez, de acuerdo con la jerarquía. No suele esperarse que

los trabajadores del último estrato se entreguen incondicionalmente a la organización,

ni que «la lleven a casa» consigo; pero es posible que estas obligaciones definitorias

incumban a los altos funcionarios. El asistente de un hospital psiquiátrico del Estado

que abandona el trabajo apenas cumplido su turno tal vez procede en una forma

legitimada en su caso porque coincide con la naturaleza que la organización le

atribuye; si el jefe de un servicio diera la misma impresión de atenerse estrictamente

a un horario de 9 a 17, las autoridades del hospital podrían considerarlo un elemento

indigno, una persona que no vive a la altura de los principios de abnegación que

deben regir la conducta de un médico de verdad. De igual modo puede admitirse que

un asistente que se pone a leer una revista en la sala, durante las horas de trabajo, está

en todo su derecho, mientras un deber urgente no lo reclame; en una enfermera, la

misma conducta parecería poco profesional y más condenable.

La ramificación de los ajustes secundarios difiere también en extensión, según el

tipo de establecimiento.

Cuanto más breve sea el período ininterrumpido que una categoría dada de

participantes pasa en la sede, más posible será que las autoridades logren imponerles

y mantener un programa de actividades y motivaciones. En los establecimientos que

sólo se destinan a vender un artículo estandarizado de escasa importancia —

cigarrillos, por ejemplo— la clientela cumplirá de ordinario el ciclo de compras sin

apartarse mucho del rol programado para ella —salvo, tal vez, en la medida en que

busque o rechace un momento de sociabilidad—. Los establecimientos donde se

exige la reclusión permanente de los participantes tendrán, por el contrario, una

vigorosa vida íntima porque cuanto más tiempo abarca el programa de una

organización, menos probabilidad hay de que se cumpla.

Por lo demás, en aquellas organizaciones donde el ingreso es involuntario, cabe

suponer que el ingresado discrepe —siquiera en el primer momento— con las

definiciones del yo oficialmente disponibles para las personas como él, y que este

antagonismo lo oriente hacia actividades no legitimadas.

Finalmente, como se ha sugerido antes, los establecimientos que no proveen

incentivos externos apreciables, porque no han pactado con la perversa naturaleza

humana, probablemente descubran que han surgido algunos incentivos externos en

forma extraoficial.

Todas las condiciones susceptibles de promover una intensa vida íntima

concurren en una institución sometida en la actualidad a un atento examen: el hospital

psiquiátrico. Seguidamente me propongo considerar algunos de los grandes temas

que se esbozan en los ajustes secundarios registrados por mí, a lo largo de un año en

que estudié, observándola y compartiéndola, la vida del paciente en un hospital

psiquiátrico público, de más de 7000 internos, al que llamaré en lo sucesivo «Hospital

Central».[285]

Los establecimientos de este tipo se clasifican entre las instituciones totales,

porque abarcan todos los aspectos de la vida del paciente, que transcurre allí en la

compañía inmediata de otras personas igualmente aisladas del resto del mundo

mayor. Estas instituciones tienden a contener dos categorías generales de

participantes, en situación muy diferente: el personal y los internos, cuyos ajustes

secundarios respectivos conviene considerar por separado.

Las observaciones hechas en el Hospital Central permiten decir algo al respecto.

Por ejemplo, que el personal usaba ocasionalmente a los internos en funciones de

niñeras,[286] [287] jardineros o peones para todo trabajo. Aquellos pacientes que

gozaban de libertad bajo palabra para andar por la ciudad salían, a veces, a cumplir

encargos de médicos y enfermeras. Los asistentes contaban con participar de la

comida en el hospital, cosa que los reglamentos prohíben, y nadie ignoraba que los

empleados de la cocina «dejaban filtrar» vituallas. El garaje del hospital solía

proporcionar servicios de reparación y piezas de repuesto para los automóviles del

personal.[288] Un asistente del turno de la noche, por lo general desempeñaba otro

empleo durante el día, confiado en la presunción realista de dormir en su turno, y a

veces pedía a otros asistentes, o bien a algún interno servicial, que le transmitiera una

señal de alarma en cualquier emergencia, para poder descansar tranquilo.[289] Había,

tal vez, uno que otro asunto turbio, como (según declaró un paciente) distraer fondos

de cantina de los pacientes mudos, en artículos que los asistentes podían distribuir, o

consumir personalmente.

Pienso que estos ajustes secundarios de los empleados del Hospital Central deben

considerarse de escasa importancia. Mucho más compleja es la vida íntima del

personal en otros hospitales psiquiátricos[290] y en determinadas instalaciones del

ejército. Por lo demás, en lo que respecta al Hospital Central, estas prácticas deberían

confrontarse con el gran número de casos en que los miembros del personal dedicaban tiempo y atención a la actividad recreativa de los internos, fuera de las

horas de trabajo, demostrando con ello una abnegación que las autoridades no les

exigían. Me abstendré, pues, de considerar muchos ajustes secundarios que son

corrientes en todas las organizaciones laborales, como: la restricción de la

producción,[291] [292] el «trabajo a desgano», el «trabajo clandestino», el control

colusorio de los datos de productividad,[293] etc., sugiriendo sólo que los minuciosos

y sagaces informes sobre tales técnicas, debidos al celo de investigadores como

Donald Roy y Melville Dalton, pueden servir de ejemplo a los estudiosos de otras

instituciones.

Al considerar los ajustes secundarios de los pacientes mentales del Hospital

Central, citaré cuando sea posible prácticas semejantes, registradas en otros tipos de

establecimientos, usando un análisis temático de dichos ajustes, que me parece

aplicable a todos. Esto supondrá una combinación informal de las historias clínicas

con el enfoque comparativo, y en algunos casos me hará prestar más atención a las

comparaciones que al hospital psiquiátrico estudiado.

Aparentemente, desde el punto de vista de la doctrina psiquiátrica, no hay ajustes

secundarios posibles para los internos: todo cuanto se los induce a hacer, puede

describirse como parte de su tratamiento, o necesario para su custodia; todo lo que

hagan por sí mismos, puede definirse como sintomático de su perturbación o de su

restablecimiento. Cabe, así, interpretar que un delincuente que se finge loco, y

prefiere cumplir su condena en un hospital psiquiátrico y no en una cárcel, está en

realidad necesitado de terapia; y que un simulador que presenta síntomas de

alteración mental, en el ejército, está genuinamente enfermo, aunque no de la

enfermedad particular que simula. De igual modo puede concebirse que un paciente

instalado a sus anchas en un hospital psiquiátrico y que vive allí a gusto, en realidad

no abusa de un lugar de tratamiento, sino que sigue enfermo, puesto que elige esta

adaptación.

Los hospitales psiquiátricos del Estado no funcionan, en general, sobre la base de

la doctrina psiquiátrica, sino de acuerdo con un «sistema de salas». Condiciones de

vida drásticamente limitadas se distribuyen a través de castigos y recompensas, que

se expresan más o menos en el lenguaje de las instituciones penales. Este marco de

acción y de expresión es el que emplean, casi en su totalidad, los asistentes, y en gran

medida el personal superior, sobre todo en lo relativo a los problemas diarios que

plantea el manejo del hospital. El marco de referencia disciplinario ofrece un

conjunto bastante completo de medios y de fines obtenibles legítimamente por los

pacientes, y confrontadas con este sistema autoritario, aunque no del todo oficial,

muchas actividades de los pacientes resultan en la práctica ilícitas o inadmisibles.

Tan pobre es la vida autorizada efectivamente para algunos de los pacientes de ciertas

salas, que el menor movimiento eventual puede procurarles un alivio imprevisto. Segunda parte. Vida íntima del hospital