Internados

Erving Goffman · Capítulo 13 de 18

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Internados

Segunda parte. Vida íntima del hospital

Fuentes

 

Consideraremos ahora las fuentes de los materiales que emplean los pacientes en

sus ajustes secundarios.

 

I

 

Se advierte en primer término la amplia vigencia de ciertas sustituciones. En todo

establecimiento social, los participantes utilizan los artefactos a su alcance en formas

y para fines no previstos oficialmente, con lo cual modifican las condiciones de vida

planeadas para ellos. El proceso puede llevar implícita una remodelación del

artefacto, o bien consistir simplemente en su empleo en un contexto ilegítimo, y en

ambos casos provee ejemplos caseros del tema de Robinson Crusoe. En las cárceles

encontramos otros ejemplos obvios: puede obtenerse un cuchillo, golpeando hasta

aplanarla una cuchara; extraer tinta de dibujo de la revista «Life»;[294] anotar apuestas

en los cuadernos de ejercicios;[295] y encender cigarrillos por muy diversos medios: la

chispa producida en un enchufe,[296] [297] un yesquero improvisado, o la cuarta parte

de un fósforo común.[298] Aunque este proceso de transformación está en la raíz de

muchas prácticas complejas, se aprecia mejor cuando lo realiza un individuo aislado,

que no se complica con nadie (salvo para aprender y enseñar la técnica), y consume

por sí solo lo que acaba de producir. En el Hospital Central se toleraban tácitamente

muchas sustituciones sencillas. Era bastante general, por ejemplo, que los internos

aprovecharan los radiadores permanentes de calefacción, para secar las prendas de

ropa que habían lavado en la tina del cuarto de baño, encargándose así de un servicio

completo de lavadero, que oficialmente concernía con carácter exclusivo a la

institución. En las salas de bancos duros, los pacientes solían tener a mano rollos de

periódicos, para colocárselos entre la nuca y el banco de madera cuando se

recostaban. Toallas y sacos arrollados cumplían el mismo fin, y los pacientes con

experiencia en otras instituciones de reclusión utilizaban un artefacto aún más

efectivo en tales circunstancias: un zapato.[299]

Al trasladarse de una sala a otra, los pacientes llevaban a veces sus pertenencias

en la funda de una almohada, anudada en un extremo, práctica semioficial en algunas

cárceles.[300] Los pocos pacientes ancianos, lo bastante afortunados como para tener

dormitorio propio, solían dejar una toalla extendida bajo el lavatorio de su cuarto, que

convertían en pupitre de lectura, como alfombrilla adecuada para protegerse los pies

contra el frío del piso. Los más viejos, sin ganas o sin fuerzas para andar desplazándose, eludían a veces la molestia de ir hasta el baño recurriendo a

determinadas tácticas: en la sala, cuando el radiador de la calefacción estaba al

máximo, se podía orinar encima, sin dejar huellas demasiado durables; en las visitas

bisemanales a la barbería del subsuelo, el recipiente para las toallas usadas servía

como orinal, apenas se descuidaban los asistentes. En las peores salas, los internos de

cualquier edad a menudo llevaban consigo vasos de papel, a modo de salivaderas y

ceniceros portátiles, ya que los asistentes solían preocuparse más de mantener limpios

los pisos, que de impedir que se escupiera o se fumara.[301] En las instituciones

totales, las sustituciones tienden a concentrarse en ciertas áreas particulares. Una es la

del atuendo personal: se arbitran todos los recursos posibles para presentar ante los

demás una apariencia decorosa. Se cuenta así el caso de unas monjas, que colgaban

un delantal negro detrás del vidrio de una ventana, para fabricarse un espejo —medio

habitual de examen, rectificación y aprobación de uno mismo, ordinariamente negado

a la comunidad—.[302] En el Hospital Central, llegó a «organizarse» el uso del papel

higiénico con fines de tocador: prolijamente cortado y plegado, algunas pacientes

presumidas lo llevaban siempre sobre su persona, y lo usaban disimuladamente para

arreglarse la cara. A su vez, unos pocos pacientes masculinos, en los meses más

calurosos del verano, acortaban y reformaban los pantalones caqui de la institución,

convirtiéndolos en elegantes shorts para la temporada veraniega.

 

II

 

Las sustituciones simples que acaban de mencionarse se caracterizan porque su

empleo no requiere sino un pequeñísimo grado de compromiso y orientación en el

mundo oficial del establecimiento. Corresponde que examinemos ahora una serie de

prácticas, que suponen una conciencia bastante más alerta al funcionamiento

legítimamente autorizado de ese mundo. El espíritu de la actividad legítima puede

mantenerse aquí, pero se lleva más allá de la meta a la que apuntaba

intencionalmente. Comprobaremos que se amplían y complican las fuentes anteriores

de legítima satisfacción, o que se explota para fines privados una rutina entera de

actividad oficial. Hablaré, pues, de la «explotación» del sistema.

En el Hospital Central, quizás el modo más rudimentario de explotarlo era la

actitud de aquellos pacientes de las salas «peores», empecinados en exagerar sus

síntomas o en resistirse a la disciplina de la sala, al parecer sin más propósito que

llamar la atención del asistente o del médico, presionando hasta comprometerlos en

una interacción social, así fuese de índole disciplinaria.

Sin embargo, la mayoría de las técnicas habituales para la explotación del sistema

no parecía relacionarse directamente con la enfermedad mental. La compleja serie de

prácticas asociadas a la obtención de la comida puede servir de ejemplo. Así, en el

enorme bufé donde comían por tumo los 900 pacientes crónicos de un servicio de

varones,[303] algunos llevaban, para sazonar a gusto los platos, sus propios

condimentos —sal, azúcar, pimienta o ketchup— envasados en frasquitos

individuales, que se echaban al bolsillo. Cuando se les servía el café en vasos de

cartón, solían usar un vaso adicional para insertar el primero y no quemarse las

manos. Cuando había bananas, unos cuantos internos extraían sendas copas de leche

de la jarra dispuesta para los sometidos a una dieta láctea, cubrían de leche las

bananas cortadas en rebanadas, agregaban un poco de azúcar y saboreaban con

deleite un «verdadero» postre. Cuando el plato del día era tan apetecible como fácil

de transportar —salchichas o hígado, por ejemplo— no faltaban quienes envolvían su

porción en una servilleta de papel, pasaban a buscar otra y se llevaban la primera a la

sala, para comérsela por la noche. Otros iban provistos de botellas vacías, los días en

que había leche para todos, y reservaban una parte con igual intención. Si se deseaba

mayor cantidad de un solo elemento del menú, el procedimiento pertinente consistía

en comer solamente ese elemento, arrojar el resto del plato en la tina de agua sucia, y

volver —cuando estaba permitido— en procura de otra porción completa. En las

noches de verano, algunos pacientes asignados a este bufé, que disponían de libertad

para andar por la institución, ponían a veces su porción de queso entre dos rebanadas

de pan, envolvían el sándwich resultante, y se iban a comerlo tranquilamente al aire

libre, junto a la cantina de los internos, donde se compraban una taza de café. Los

que, además, gozaban de libertad deambulatoria por la ciudad, solían coronar estos

placeres con un trozo de pastel o un helado adquiridos en la confitería local. En un

comedor más pequeño de un servicio diferente, los internos que temían, y con razón,

que no durasen mucho las reservas para servirse un segundo plato, colocaban también

su porción de carne entre dos rebanadas de pan, dejaban el sándwich junto a su

asiento, y se apresuraban a sumarse a la cola de los que aguardaban. Y no era raro

que estos perspicaces pacientes descubrieran, cuando por fin volvían a sus sitios, la

fácil hazaña de un compañero que les había timado la primera porción, mientras ellos

se afanaban por timar otra. Para explotar efectivamente un sistema, hay que

conocerlo a fondo;[304] era fácil seguir la acción de este conocimiento en la vida del

hospital. Así, por ejemplo, casi todos los pacientes que disponían de libertad bajo

palabra, estaban enterados de que, después de las funciones de caridad, que se daban

en el teatro de la institución, solían repartirse cigarrillos o golosinas a la puerta del

salón, a medida que iba saliendo el público de internos. Algunos de los pacientes

antedichos, a quienes estas representaciones aburrían soberanamente, llegaban unos

minutos antes del final, para salir en la fila, y otros hasta se ingeniaban para pasar

varias veces por la puerta y hacer de la ocasión un negocio brillante. Por cierto que el

personal advertía tales prácticas, y en algunos de los grandes bailes del hospital

prohibía la entrada de los rezagados, sospechando que calculaban el tiempo justo para

llegar, comer a dos carrillos y desaparecer. Las mujeres del Bienestar Judío ofrecían

una colación después del servicio matinal de la semana, y un interno sostenía que

«llegando en el momento oportuno, se alcanzaba el lunch y se perdía el servicio». Otro interno, aprovechando la circunstancia, casi desconocida, de que el hospital

contaba con un equipo de costureras encargadas de arreglar y componer la ropa, les

llevaba la suya y se aseguraba camisas y pantalones de medida a cambio de uno o dos

atados de cigarrillos o una pequeña suma con los que retribuía la atención.

Un cabal registro del horario tenía importancia en otros procedimientos para

aprovechar del hospital. Las revistas viejas y los libros de bolsillo, donados a través

de la Cruz Roja, se entregaban en remesas semanales, que un camión transportaba

hasta el edificio de las actividades de recreo, cuya biblioteca distribuiría todo este

material de lectura a los pacientes individuales y a las diversas salas. Los lectores

voraces, interiorizados de la rutina exacta del camión, iban siempre a aguardar su

llegada para ser los primeros en elegir. Unos pocos pacientes, que conocían el horario

del recorrido subterráneo de las viandas, entre una de las cocinas centrales del

hospital y un servicio de crónicos, se apostaban a veces en los puntos donde afloraban

las vías, con la esperanza de atrapar al paso alguna porción de los depósitos rodantes.

Otro ejemplo se refiere a la facilidad de conseguir información. En uno de los

grandes bufes de los internos, los platos que iban a servirse en cada comida se

despachaban más temprano a un grupo de viejos, recluidos en una de las salas.

Cuando los pacientes con libertad ambulatoria querían determinar la conveniencia de

comer en el bufé o de comprarse un sándwich en la cantina, atisbaban por la ventana

de esa sala, a la hora precisa y se enteraban del menú diario.

Una forma triste de explotar el sistema era hurgar entre la basura. Algunos

pacientes hacían rondas de exploración por los vaciaderos de residuos cercanos a su

servicio, un poco antes de la hora en que se efectuaba la recolección. Escarbaban las

capas superiores de los desechos, acumulados en grandes cajones de madera, por si

encontraban víveres, revistas, diarios o cualquier sobra utilizable, pequeñas cosas que

cobraban valor para ellos, debido a la escasez habitual de suministros, y a la

necesidad de mendigarlas a un asistente o a un empleado, como único medio legítimo

de conseguirlas.[305] Los platillos que el personal usaba, a modo de ceniceros, en los

pasillos de las dependencias administrativas de algunos servicios, se revisaban

periódicamente, por si quedaban algunas colillas que pudieran servir aún. Por cierto

que en las comunidades abiertas tampoco faltan quienes se dedican a escarbar en la

basura ajena, y parecería que no existe ningún sistema general de recolección y

destrucción de residuos capaz de tenerlos a raya y acabar con sus actividades.[306]

Algunos pacientes descollaban por el aprovechamiento magistral que hacían del

establecimiento, hasta en sus últimas posibilidades, llegando a realizar verdaderas

proezas, que difícilmente podrían clasificarse como ajustes secundarios. En un

servicio con dos salas de convalecientes, una cerrada y otra abierta, un interno

pretendía haber gestionado que los transfirieran de la sala cerrada a la abierta, porque

el paño de la mesa de billar estaba allí en mejores condiciones; otro se jactaba, en

cambio, de haberse hecho trasladar en el sentido opuesto, porque el ambiente de la

sala cerrada resultaba más «sociable», debido a la permanencia forzosa de algunos de sus miembros. Otro paciente en libertad bajo palabra, que a cada rato presentaba

excusas para faltar a su empleo en el hospital, y de un modo u otro conseguía dinero

para dirigirse a la ciudad en taxi, a buscar trabajo, confesaba que una vez allí se metía

en un cine, donde pasaba toda la tarde.

Me gustaría agregar que ciertos pacientes nuevos, con experiencia en otras

situaciones de penuria, y sabios en esta clase de mañas, inmediatamente daban

pruebas de conocer cómo aprovecharse del sistema. Había, así, uno que, con la

experiencia anterior adquirida en Lexington, ya en su primera mañana en el hospital,

logró asegurarse una buena reserva de cigarrillos, que él mismo armó; consiguió

betún y se lustró dos pares de zapatos; descubrió cuál de sus compañeros de sala tenía

escondida una amplia colección de novelas policiales; se organizó un autoservicio

con café instantáneo y agua caliente de la canilla; y encontró un lugar en las sesiones

de psicoterapia de grupo, sentado cerca de todos, y aguardando en silencio unos

minutos, antes de lanzarse a improvisar lo que anunciaba ya como un rol activo. Con

razón decía un asistente: «No lleva más de tres días averiguar si un hombre se las

sabe todas».

Los medios de aprovecharse del sistema mencionados hasta aquí redundan en

beneficio del actor o de las personas con las cuales está vinculado íntimamente.

Prácticas concebidas con el pensamiento puesto en intereses corporativos se han

verificado en muchas instituciones totales;[307] pero los medios colectivos de explorar

el sistema no son muy corrientes en los hospitales psiquiátricos. En el Hospital

Central, los ajustes secundarios colectivos que descubrí parecían corresponder en su

mayor parte a pacientes egresados de esa especie de institución carcelaria injertada en

la institución —«Prison Hall»—, cuyas celdas alojaban a los reclusos con estatus

jurídicos de delincuentes patológicos. Ocurría, así, que una sala de ex presos enviaba

un delegado, poco antes de las horas de las comidas, a una cocina de

aprovisionamiento, con el encargo de buscar las viandas bien calientes y llevarlas en

una bandeja cubierta, pues de lo contrario se enfriaban en su lento tránsito por el

túnel.

Al examinar el proceso de «explotación del sistema», la atención se remonta

inevitablemente a las formas en que se explotaba la hospitalización misma. Tanto el

personal como los internos comentaban, a veces, que tal o cual paciente se había

internado en el hospital para eludir responsabilidades de familia o de trabajo;[308] o

bien para obtener gratuitamente la asistencia de médicos y dentistas idóneos, o tal vez

para zafarse de un cargo criminal.[309] Desconozco la validez de tales datos. Había

también pacientes con libertad bajo palabra que declaraban usar el hospital como una

especie de baño para despejarse, después de las libaciones de fines de semana; y

aparentemente facilitaba este cometido la pretendida virtud de los tranquilizantes en

las crisis de alcoholismo agudas. A otros pacientes, la libertad ambulatoria les

permitía aceptar en la ciudad una paga insuficiente por un trabajo con dedicación

parcial, al par que aseguraban su posición competitiva mediante la comida y el

alojamiento gratuitos del hospital.[310]

Por otra parte, existían algunas formas menos tradicionales de explotar el sistema.

Todo establecimiento social tiende a favorecer los contactos preferenciales íntimos

entre sus participantes, o bien aumenta la probabilidad de que esos contactos se

establezcan, de donde surge un nuevo motivo de ajustes secundarios, en los

hospitales psiquiátricos como en otras instituciones. Uno de los grupos que

explotaban las perspectivas sociales de mi hospital era el de los antiguos penados que

egresaban de «Prison Hall». Eran hombres relativamente jóvenes, procedentes en su

mayoría de la clase obrera urbana, que apenas pasaban al hospital propiamente dicho,

obtenían una participación más que equitativa en la asignación de empleos

agradables, y en el acceso a las pacientes apreciadas por sus atractivos. Muchos de

los que en otra institución se calificarían como «dueños de la cancha» salían de sus

filas. Otro grupo era el de los negros: entre ellos, algunos deseaban y conseguían

trasponer la frontera de clase y de color para mezclarse entre los blancos, formando

camarillas con los hombres y también parejas con las mujeres,[311] y recibiendo del

personal psiquiátrico el tipo de conversación y de tratamiento profesional reservados

a la clase media, que se les negaba fuera del hospital. Un tercer grupo era el

constituido por los homosexuales; en el encierro que se les imponía por sus

inclinaciones estaba esperándolos una vida de dormitorio unisexual con las

consiguientes oportunidades sexuales.

Un interesante aspecto en el aprovechamiento del sistema hospitalario se refería a

las relaciones de sociabilidad con el mundo exterior. La tendencia a buscar

interacción con los extraños parecía depender de la posición que ocupaban los

internos en el hospital —casi como en un orden de castas— y de ciertos mitos sobre

el estigma infamante de la insania. Aunque algunos pacientes aseguraban que no

podían sentirse a gusto sino con otros pacientes, muchos sostenían la posición

contraria, alegando que la relación con las personas normales, además de ser

intrínsecamente más saludable, representaba una especie de recomendación. No

creían, por otra parte, que los extraños tuvieran una opinión tan ofensiva como el

personal, sobre el estatus propio del paciente, ya que ignoraban la extrema miseria de

su situación. Había, en fin, algunos pacientes que se manifestaban hartos de conversar

sobre su reclusión y de ventilar su caso con los demás pacientes, y aspiraban a la

conversación con otras personas como un medio posible de olvidar la cultura del

paciente.[312] Al vincularse con gente de afuera, esperaban poder confirmar su

impresión de no ser enfermos mentales. Resultaba comprensible, por lo tanto, que en

los terrenos del hospital y en el edificio de actividades recreativas disimularan a veces

su condición y se hicieran pasar por cuerdos, para cerciorarse de que nadie podía

tomarlos por otra cosa y verificar así que los cuerdos no eran, después de todo, muy

astutos.

El sistema social del hospital presentaba varios puntos estratégicos en los que

podía entablarse contacto con gente de afuera. Unas cuantas jovencitas, hijas de los médicos residentes, compartían, en un tren de igualdad social, la intimidad de un

pequeño círculo, formado por pacientes varones en libertad bajo palabra y por

enfermeras practicantes, que dominaban la cancha de tenis del hospital.[313] Durante

el desarrollo de los partidos, y después que terminaban, el grupo solía tenderse sobre

el césped, a charlar y a bromear, manteniendo un tono ajeno al ambiente del hospital.

Análogamente, las noches en que ciertas organizaciones externas de caridad

daban un baile, e invitaban a algunas mujeres jóvenes, dos o tres pacientes del sexo

masculino se dedicaban a ellas, y la respuesta que recibían no era, al parecer, la

corriente en un hospital. También en la sala de admisión, donde las enfermeras

estudiantes hacían su práctica psiquiátrica, algunos internos jóvenes jugaban

regularmente con ellas a los naipes y a otros juegos, durante los cuales se mantenía

una actitud de visita y no de enfermería. A las sesiones de terapia «superior», tales

como el psicodrama y la terapia de grupo, solían asistir visitantes profesionales

interesados en los últimos métodos, y también ellos proporcionaban a los pacientes

una oportunidad de interactuar con personas normales. Por último, cuando los ases

del equipo de béisbol del hospital jugaban contra equipos de la comunidad

circundante, podían disfrutar de esa forma especial de camaradería que se origina

durante el partido entre equipos contrarios, y los separa del mundo de los

espectadores.

 

III

 

Quizás el medio más importante de aprovecharse del sistema en el Hospital

Central consistía en obtener una asignación «explotable», es decir, en hacerse

designar especialmente para algún trabajo, actividad recreativa, terapia o sala, donde

tuvieran a su alcance ciertos ajustes secundarios —en algunos casos, una serie

completa de ellos—. El testimonio de un ex penado de la prisión inglesa de

Maidstone puede ilustrar el tema:

 

«Tres veces por año, al finalizar cada término de clases, los empleados del Departamento de Educación

presentábamos un informe a las autoridades carcelarias, acerca de los progresos hechos en los diferentes

cursos. Sacábamos a relucir cifras y más cifras, para demostrar las grandes cantidades de presos que

concurrían a las clases de esto y aquello. Consignábamos, así, que uno de los cursos más favorecidos era el

de un grupo de discusión, que debatía “Asuntos de Actualidad”. Nos guardábamos de especificar que la

preferencia se debía a que la señora de buena voluntad que dirigía el debate se presentaba cada semana con

una buena provisión de tabaco para sus estudiantes. La clase se desarrollaba entre una niebla de humo

azul, y mientras la profesora exponía los temas “de actualidad”, los alumnos, un grupo de retardados,

inútiles y pobres de espíritu, se repantigaban para fumar gratis».[314]

 

Ya se hubieran tenido en cuenta estas ventajas al perseguir la asignación, ya se

hubieran presentado después de obtenida, convirtiéndose en un excelente motivo para

tratar de conservarla, en cualquiera de ambos casos su aprovechamiento configura

una de las semejanzas fundamentales entre los hospitales psiquiátricos, las cárceles y los campos de concentración. Más que cuando se trata de simples sustituciones, el

interno simula ante los funcionarios pertinentes que la asignación se busca por

motivos correctos, sobre todo, si tiene carácter voluntario, y supone una cooperación

relativamente íntima con el personal, ya que en tales ocasiones suele esperarse un

«esfuerzo sincero». En estos casos, puede parecer que el interno asume activamente

la asignación, y por su intermedio el punto de vista que la institución tiene de él,

cuando el mismo aprovechamiento que hace de la asignación para sus fines privados

introduce en realidad una cuña entre su persona y las mayores expectativas de la

institución a su respecto. Ocurre efectivamente que, por el mero hecho de aceptar una

asignación que hubiera podido eludir mediante alguna estratagema, el interno

empieza a ganarse la buena opinión del personal, y va induciéndolo a adoptar una

actitud favorable, con más facilidad de lo que permiten sus manejos ordinarios.

La primera ventaja de orden general, según ya sugerimos, es que si hay un

producto resultante de la asignación de trabajo, el trabajador se encontrará en

condiciones de disfrutar en parte, extraoficialmente, del fruto de su labor. En el

hospital, los ayudantes de cocina podían conseguir un excedente de alimentos;[315] los

empleados del lavadero obtenían mudas limpias con más frecuencia; los del taller

donde se reparaba el calzado, raramente necesitaban un buen par de botines. De igual

modo, los pacientes que prestaban servicios en las canchas de tenis tenían frecuentes

oportunidades de jugar, y con pelotas nuevas; los ayudantes voluntarios en la

biblioteca gozaban de prioridad sobre los libros que iban llegando.[316] Los

repartidores de hielo disfrutaban de fresco durante el verano; los pacientes empleados

en la guardarropía central podían andar bien vestidos; los encargados de comprar

cigarrillos, golosinas o bebidas sin alcohol, en la cantina, solían recibir parte de lo

adquirido, en pago de la comisión.[317]

Además de estos usos directos de las asignaciones, había otros más o menos

incidentales.[318] Así, algunos internos solicitaban cursos de gimnasia con apremio,

porque en las colchonetas relativamente blandas del gimnasio, instalado en el

subsuelo, podían echarse una siesta durante el día, una de las grandes pasiones en la

vida del hospital. En el servicio de admisión, ciertos pacientes aguardaban ansiosos la

afeitada bisemanal, porque cualquier sillón de peluquero que encontrasen desocupado

les brindaría varios minutos de reposo en una silla confortable. (Instructores de

gimnasia y barberos sospechaban, no sin razón, que apenas volvieran la espalda,

algún paciente aprovecharía de las instalaciones en beneficio propio, posibilidad y

problema existentes en todo el ámbito del hospital.) Los hombres que trabajaban en el

lavadero podían arreglárselas para afeitarse a solas y a su gusto en el cuarto de baño

del subsuelo, privilegio importante dentro de la institución. Un paciente entrado en

años, que oficiaba como portero en el edificio donde se alojaba el personal, disponía

de los restos de comida y de bebida después de las reuniones, y durante el apacible

período diurno gozaba del aparato de televisión destinado al personal, uno de los

mejores del establecimiento. Algunos pacientes me confesaron que hacían todo lo posible por que los enviaran al servicio médico-quirúrgico, donde ocasionalmente se

trataba a los enfermos como tales, perspectiva que mis propias observaciones tienden

a confirmar[319] Por extraño que resulte, algunos internos se las ingeniaban para

encontrar virtudes ocultas hasta en la terapia insulínica de shock. Los enfermos

sometidos a este tratamiento estaban autorizados para quedarse toda la mañana en las

camas de una sala especial —placer prohibido en casi todas las restantes— cuyas

enfermeras los atendían como a verdaderos pacientes.

Según podrá suponerse, muchas asignaciones daban a los internos la ocasión de

entablar contacto con miembros del otro sexo, ajuste secundario que explotan

asimismo, y en parte legitimizan, diversas organizaciones recreativas y religiosas de

la sociedad civil. De igual modo, las asignaciones permitían el «encuentro» de

parejas, separadas por el régimen de segregación residencial, vigente en el interior del

establecimiento.[320] Algunos pacientes llegaban, por ejemplo, al edificio del

auditorio un poco antes de la sección de cine o de la función de caridad; se cruzaban

bromas entre ambos sexos, y las parejas procuraban asegurarse asientos contiguos, o

por lo menos establecer canales de comunicación, para proseguir el juego durante el

espectáculo.[321] La salida brindaba una nueva oportunidad para tales intercambios, y

la velada cobraba así el aire de una función social de pueblo chico. Las reuniones

regulares de Alcoholistas Anónimos en la sede del hospital parecían funcionar en

forma semejante, proporcionando un medio para que los pacientes, a la sazón amigos,

encerrados a consecuencia de sus excesos en la bebida, pudieran juntarse cada dos

semanas a cambiar chismes y renovar vínculos. A la misma finalidad se aplicaban las

actividades atléticas. Durante el torneo de vóleibol entre los servicios, no era raro ver

que un jugador se apresuraba a situarse en las líneas laterales, cada vez que se lo

llamaba, para permanecer allí de la mano de su amiguita, que por su parte, habiendo

obtenido permiso para salir de su sala, aparentemente sin otro fin que presenciar el

partido, asistía en realidad a él para estar de la mano con su enamorado.

Una de las asignaciones típicas del hospital psiquiátrico, que se explotaban entre

los compañeros de internado con fines de sociabilidad, y como ocasión de «concertar

encuentros», era la terapia. En el Hospital Central, las principales formas de

psicoterapia eran la terapia de grupo, la del baile, y los psicodramas, en una atmósfera

de tolerancia relativa, capaz de atraer a los tipos de pacientes interesados en el

contacto con el sexo opuesto. El psicodrama era especialmente aprovechable, porque

en el curso de la representación se apagaban las luces hasta dejar el ambiente sumido

en una tenue penumbra; la terapia de la danza, porque comprendía a menudo un

período en el que se practicaban bailes de salón, con la persona que cada uno eligiera.

En el hospital, una de las razones más generales para aceptar una asignación era

la necesidad de escapar a la sala, al nivel de vigilancia estricta y al consiguiente

malestar físico. La sala funcionaba como un émbolo de compresión, haciendo que los

pacientes anhelaran por sí mismos participar en todas las actividades de la

comunidad, que adquirían, de rebote, una fácil y brillante apariencia de éxito.[322] Bastaba que un miembro del personal ofreciera trabajo, terapia, recreo, o simples

charlas instructivas, para que contara automáticamente con la adhesión de una

cantidad de internos, sólo porque la actividad propuesta, fuese la que fuere, parecía

llamada a introducir una notable mejora en las condiciones habituales de vida. Los

que se inscribían en la clase de artes, por ejemplo, tenían una oportunidad para salir

de la sala, y pasar la mitad del día en un subsuelo fresco y silencioso, dibujando bajo

la amable dirección de una dama de clase alta, que de tal manera amortizaba su cuota

semanal de obras de beneficencia; mientras tanto, un gran tocadiscos transmitía

música clásica, y se repartían golosinas y cigarrillos armados a máquina en todas las

sesiones. Así era cómo los diversos públicos del hospital se encaminaban libremente

al cautiverio.

Los asistentes, las enfermeras, y a menudo también el cuerpo médico, solían

presentar a los internos las tareas de la sala (como pasar la enceradora por un piso)

con descarnada franqueza, para que vieran en su ejecución el medio principal de

obtener mejores condiciones de vida. Esta definición utilitaria esgrimida por el

personal no alcanzaba, empero, a las grandes formas de la psicoterapia, y por ende la

participación en cualquiera de ellas puede asimilarse a un ajuste secundario, si se

enderezaba a fines de promoción. Muchos enfermos creían, acertada o erróneamente,

que la participación en tales actividades se tomaría como señal de que habían sido

«tratados», y esperaban poder exhibirla ante empleadores y parientes al salir del

hospital, como prueba de tratamiento efectivo. Esperaban también que el terapeuta,

ganado por su buena voluntad, secundaría sus esfuerzos, ayudándolos a conseguir

mejores condiciones de vida en el hospital, o que los dieran de alta.[323] Se explica

que un paciente, ya identificado por su habilidad para explotar el sistema, contestara a

otro, que le preguntaba cómo pensaba arreglárselas para salir de allí: «Pues hombre,

voy a participar en todo».

No resulta difícil imaginarse el disgusto de algunos miembros del personal al

comprobar un empleo tan imprevisto de sus terapias. Así, un psicodramatista me dijo

en una oportunidad:

 

«Cuando veo que un paciente no viene más que para encontrarse con su chica o para hacer sociedad, y no

se ocupa de presentar problemas, ni trata de mejorarse, tengo una charla con él».

 

Por su parte los psicoterapistas de grupos creían necesario poner en ridículo a los

pacientes que llevaban a las sesiones sus quejas contra la institución, en vez de sus

propios problemas emocionales.

En el Hospital Central, uno de los criterios característicos para elegir las

asignaciones se fundaba en el grado de contacto que permitían con los niveles

superiores del personal. Dadas las condiciones habituales en la sala, cualquier

paciente que entraba a trabajar cerca de los miembros del personal superior mejoraba

automáticamente de suerte, y a menudo compartía los beneficios de una vida más

blanda. (Este ha sido un factor que tradicionalmente se ha tomado en cuenta para establecer una división entre los servidores del campo y los servidores de la casa, y