Internados
Tercera parte. Conclusiones
I
En todo establecimiento social hay ciertas expectativas oficiales que esbozan lo
que cada participante debe a la institución. Hasta en los casos en que no se le ha
fijado una tarea específica, como en algunos empleos de sereno, se requerirá de él
cierta presencia de ánimo, cierto conocimiento de la situación actual y cierta
preparación para hacer frente a las contingencias; al reclamar que no se duerma en
sus quehaceres, la organización le pide que permanezca alerta a ciertos asuntos. Y
donde también el sueño esté incluido en lo que de él se espera, como en un hogar o en
un hotel, habrá límites que determinen el lugar y el momento en que ha de dormir,
con quién ha de hacerlo y qué comportamiento debe seguirse en tales circunstancias.
[415] Y más allá de las exigencias, pequeñas o grandes, planteadas al individuo, las
autoridades del establecimiento tendrán una vasta y clara concepción implícita de lo
que debe ser el carácter del individuo, para que aquellas exigencias resulten
adecuadas.
Cada vez que examinamos de cerca una institución social descubrimos, sin
embargo, una discrepancia respecto de este primer planteo; comprobamos que los
participantes se niegan, de uno u otro modo, a aceptar el punto de vista oficial sobre
lo que deberían dar y recibir de la organización y, más allá de esto, sobre la índole del
yo y del mundo que deberían aceptar para sí mismos. Si se espera de ellos
entusiasmo, se encontrará apatía; si se reclama lealtad, habrá desapego; si se pide
asistencia, habrá ausentismo; si se pretende una salud robusta, tendrán algún achaque,
y variedades de inactividad, si se requieren actos. Encontramos una multitud de
minúsculas historias caseras que constituyen, cada una a su modo, un movimiento de
libertad. Donde quiera que se imponen mundos, se desarrollan submundos.
II
El estudio de la vida íntima de las instituciones totales restrictivas tiene cierto
interés especial. Puede enseñarnos lo que hace la gente, cuando su existencia está
reducida a los huesos, para procurarse otra encarnadura. Escondrijos, medios de
transporte, lugares libres, territorios, provisiones para el intercambio económico y
social —tales son, aparentemente, los elementos mínimos que requiere edificar una
vida—. Ordinariamente se dan por descontados, como parte del propio ajuste
primario; viéndolos arrancados de la existencia social mediante regateos, astucia,
fuerza y trapacería, podemos apreciar de nuevo toda su significación. El estudio de las instituciones totales sugiere también que hay ciertos puntos vulnerables, comunes
a toda organización formal; tales, los depósitos de provisiones, las enfermerías, las
cocinas o los ambientes de trabajo técnico. Estos son los rincones húmedos donde
Proliferan los ajustes secundarios, y desde donde empiezan a infestar el
establecimiento.
El hospital psiquiátrico representa un espécimen de dichos establecimientos
singularmente propicio para el desarrollo de la vida íntima. Los pacientes mentales
son personas que han provocado en el mundo exterior un tipo determinado de
desorden, que indujo a otras —física si no socialmente cercanas— a entablarles juicio
de insania. El desorden se relacionaba a menudo con ciertas incorrecciones
situacionales cometidas por el pre-paciente, esto es, con una conducta inadecuada al
medio. La adopción de esta forma de inconducta se justificaba para él, precisamente,
por el hecho de que ponía de manifiesto un repudio moral de comunidades,
establecimientos y relaciones.
El estigma de la enfermedad mental y la hospitalización involuntaria son los
medios con que respondemos a estos delitos contra la corrección. La insistencia del
individuo en seguir presentando los mismos síntomas después de su ingreso en el
hospital, y su tendencia a sumarles otros, durante su primera etapa de reacción contra
el medio hospitalario, ya no pueden servirle bien como expresiones hostiles. Desde el
punto de vista del paciente, negarse a cambiar una sola palabra con el personal, o con
sus compañeros de internación, puede ser sobrado testimonio de que rechaza el
concepto que la institución tiene acerca de lo que él mismo es, y acerca de quién es.
Pero las autoridades superiores del hospital pueden, a su vez, interpretar estas
expresiones alienatorias, como la sintomatología exacta con que la institución está
especialmente capacitada para entenderse, desde sus orígenes, y como insuperable
testimonio de que el paciente se encuentra ahora en el lugar justo que le corresponde.
En suma, la hospitalización psiquiátrica previene todas las maniobras del paciente, y
tiende a arrebatarle hasta las expresiones comunes con que los seres humanos se
resisten al dominio de las organizaciones: la insolencia, el mutismo, los comentarios
entre dientes, la indocilidad, la destrucción maligna de ciertos decorados interiores;
todas estas señales de separatismo recalcitrante se toman ahora como indicios de su
afiliación cabal. En estas condiciones, todos los ajustes son primarios.
Por añadidura, el proceso de un círculo vicioso está en marcha. Los internos de
las «peores» salas encuentran que se les da un equipo muy exiguo en cualquier
aspecto: puede retirárseles la ropa todas las noches, puede negárseles material de
recreo y por todo mobiliario sólo se les provee de pesados bancos y sillas de madera.
Los actos de hostilidad contra la institución tienen que ajustarse a unos pocos y mal
urdidos recursos, tales como golpear una silla contra el suelo, o desgarrar
violentamente una hoja de diario, y producir un estallido exasperante. Y cuanto más
inadecuado resulta el equipo para transmitir el repudio a la institución, tanto más
relieve psicótico adquiere el acto, y más justificada se siente la dirección para asignar al paciente a una sala «mala». Cuando un paciente se encuentra recluido, desnudo y
sin medios de expresión visibles no le queda otra salida que hacer pedazos su
colchón, si puede, o escribir en la pared con sus excrementos —rasgos que la
dirección juzga propios de la categoría de personas que garantizan la reclusión—.
Podemos advertir el funcionamiento del mismo proceso circular en las pequeñas
posesiones ilícitas que usan los internos a modo de talismanes, para aislarse
simbólicamente de la posición a que se los ha condenado. Extraigo de la literatura
documental de las prisiones un testimonio que me parece típico:
«La ropa del presidio es anónima. Los efectos personales se reducen a cepillo de dientes, peine, litera
superior o inferior, la mitad del espacio de una mesa angosta, una máquina de afeitar. Como en la cárcel, el
apremio de acumular posesiones se lleva a extremos absurdos. Fragmentos de lajas, cuerdas, cuchillos —
cualquier cosa fabricada por el hombre y prohibida en una institución del hombre—, cualquier cosa —un
peine roto, otra clase de cepillo de dientes, un cinturón—, todos estos objetos se reúnen con perseverancia,
se esconden con infinitas precauciones o se exhiben con aire de triunfo».[416]
Pero cuando un paciente a quien se le quita cada noche la ropa que usó durante el
día se llena los bolsillos con pedazos de soga y rollitos de papel, y cuando lucha por
conservar sus posesiones, a pesar de la molestia consiguiente para los encargados del
registro regular de sus bolsillos, suele verse en esto la conducta sintomática de una
perturbación grave, no la tentativa de un hombre por mantenerse ajeno al lugar que se
le ha destinado.
La doctrina psiquiátrica oficial tiende a definir los actos de alienación como
psicóticos (juicio que refuerzan los procesos circulares que conducen al paciente a
exhibir alienación en formas más y más extravagantes); pero el hospital no puede
manejarse de acuerdo con esta doctrina. El hospital está obligado a reclamar de sus
miembros lo mismo que deben exigir otras organizaciones; la doctrina psiquiátrica
tiene la necesaria flexibilidad para evitarlo, pero las instituciones no. Dados los
principios de la sociedad circundante, el hospital ha de establecer por lo menos las
rutinas mínimas vinculadas con la alimentación, la limpieza, el vestido y el lecho de
los pacientes, y su protección contra los daños físicos. Dadas estas rutinas, habrá que
persuadir y exhortar, a fin de que los pacientes las adopten. Deben plantearse
exigencias, y se demuestra decepción cuando un paciente no vive a la altura de lo que
se espera de él. Interesado en ver un adelanto, o una «mejoría» en sentido
psiquiátrico, tras una permanencia inicial en las salas, el personal estimula la
conducta «correcta», y expresa su desilusión cuando un enfermo «reincide» en la
psicosis. Se restablece así al paciente en el carácter de alguien con quien los demás
cuentan, de alguien que debería ser lo bastante avisado para proceder correctamente.
Ciertos comportamientos impropios, en especial aquellos que, como el mutismo y la
apatía, no entorpecen, y hasta simplifican las rutinas de la sala, pueden continuar
viéndose normalmente como síntomas. En términos generales, sin embargo, el
hospital opera semioficialmente sobre un supuesto previo, que puede formularse así:
el paciente tendría que conducirse de un modo manejable y mostrar respeto por la psiquiatría; a aquel que se comporte según lo enunciado se lo premiará, mejorando
sus condiciones de vida, y a quien no lo haga se lo castigará reduciendo sus disfrutes.
Dentro de esta restauración semioficial de las prácticas ordinarias en las
organizaciones, el paciente comprueba que muchas de las formas tradicionales para
evadirse de un lugar sin moverse de él mantienen aún su validez: los ajustes
secundarios serán en adelante posibles.
III
Entre las muchas y diferentes formas de ajustes secundarios, algunas ofrecen
particular interés porque sacan a luz el tema general del compromiso y el desapego,
característico de todas estas prácticas.
Un tipo especial de tales ajustes lo constituyen las «actividades de evasión» (o
«acicates»), empresas que proporcionan al individuo la posibilidad de olvidarse de sí
mismo, y borran temporariamente toda conciencia del medio circundante en el cual
permanece y que está obligado a habitar. Un paradigma útil en las instituciones
totales es el caso excepcional de Robert Stroud, el «pajarero» que llegó a interesarse
apasionadamente en los pájaros cuyas evoluciones observaba desde la ventanita de su
celda; gracias a una espectacular carrera de artimañas y sustituciones, se fabricó un
laboratorio y acabó por convertirse en un eminente colaborador de publicaciones
médicas sobre temas de ornitología, todo ello desde el interior de la prisión.[417] Los
cursos de idiomas en los campamentos para prisioneros de guerra y los de arte en los
establecimientos carcelarios[418] pueden cumplir el mismo fin liberador.
El Hospital Central ofrecía varios de estos mundos de evasión a los internos. [419]
Por ejemplo, las actividades deportivas. Algunos jugadores de béisbol y de tenis
parecían tan absorbidos por su deporte, y por los informes diarios de sus esfuerzos en
las correspondientes competencias, que durante los meses de verano, si no más, este
interés lo avasallaba todo. En el caso del béisbol concurría una circunstancia
particularmente favorable, que consistía en que, dentro del hospital, los pacientes en
libertad bajo palabra podían seguir el campeonato nacional tan fácilmente como
muchas personas en el exterior.
Para algunos pacientes jóvenes que no faltaban nunca, si conseguían autorización,
a los bailes de su servicio o del pabellón de recreo, la vida tenía aliciente por la
posibilidad de encontrarse en ellos con alguna persona «interesante», o por volver a
ver a alguna ya conocida. Su situación era idéntica a la de ciertos estudiantes
universitarios que cobran aliento para sobrevivir a sus actividades regulares, soñando
en los amoríos que pueden brindarles las otras, ajenas al currículum. La «moratoria»
matrimonial, que liberaba efectivamente al paciente de sus obligaciones para con el
cónyuge no internado, daba vuelo a estas formas de evasión. Un puñado de pacientes
encontraba una distracción extraordinariamente saludable en la preparación de la función teatral que se ofrecía dos veces por año; pruebas, ensayos, vestuario,
escenografía, montaje, elaboración y reelaboración de los textos, interpretación, todo
este quehacer aislaba a los participantes en un mundo propio, como siempre ha
conseguido hacerlo la actividad teatral.
Otra actividad, entusiastamente adoptada, era el culto religioso, importante medio
de eludir la realidad para algunos pacientes, y motivo de afligida preocupación para
los capellanes del hospital. Otra actividad de evasión para unos pocos internos era el
juego.[420]
Los medios de distracción portátiles eran favorablemente aceptados en el Hospital
Central: novelas policiales en ediciones de bolsillo,[421] naipes y hasta rompecabezas,
se llevaban encima de un lado a otro. No sólo ayudaban a escapar de la sala y del
parque, sino que si una persona tenía que aguardar aproximadamente una hora, o
más, que llegara un funcionario, se sirviera una comida, o abrieran las puertas del
pabellón de recreo, podía hacer frente a la humillación implícita en la espera, sacando
inmediatamente su propio equipo de fabricar mundos.
Los procedimientos individuales para crearlos eran pasmosos. Un alcohólico con
tendencia a la depresión y al suicidio, que al parecer era excelente jugador de bridge,
desdeñaba integrar las mesas con otros pacientes; llevaba a todas partes el tablerito de
bridge de bolsillo, y de tanto en tanto escribía pidiendo que le mandaran una nueva
serie de manos de los torneos. Contando con su provisión de gomas de mascar
favoritas y su radio de bolsillo, podía evadirse del mundo del hospital a su antojo,
envolviendo todos sus sentidos en una ola de placer deliciosa y refinada.
Al considerar las actividades de evasión, podemos plantear de nuevo la
posibilidad de una excesiva entrega a un establecimiento. En el lavadero del hospital
había un paciente que llevaba varios años empleado allí. Le habían dado el cargo
extraoficial de superintendente, y a diferencia de casi todos los otros pacientes que
prestaban servicios, se entregaba en cuerpo y alma a su trabajo con una capacidad,
una seriedad y una dedicación evidentes. El encargado del lavadero decía de él:
«Ese es mi brazo derecho. Trabaja más que todos los otros juntos. Me sentiría perdido sin su ayuda».
Y premiaba el empeño excepcional del colaborador, llevándole casi a diario
comestibles de su casa. Sin embargo había algo grotesco en este ajuste, porque se
advertía un ligero carácter de engañifa en la incondicional entrega del hombre al
mundo del trabajo: después de todo, él no era en realidad un superintendente, sino un
enfermo mental, como se lo hacían recordar sin miramientos fuera de su empleo.
Obviamente, como algunos de los casos anteriores demuestran, las actividades de
evasión no tienen por qué ser ilícitas en sí mismas; las consideramos junto con otros
ajustes secundarios sólo por la función que llegan a desempeñar para el paciente.
Quizá constituya un extremo en tal sentido la psicoterapia individual de los hospitales
del Estado. Se trata de un privilegio tan raro en estas instituciones,[422] y el contacto
resultante con un psiquiatra del personal es tan único dentro de la estructura de estatus del establecimiento, que un interno puede olvidarse hasta cierto punto del
lugar donde está, mientras prosigue su tratamiento de psicoterapia. Al recibir en la
realidad lo que la institución declara oficialmente brindar a todos, el paciente puede
pasar por alto las condiciones reales que en ella rigen. Aquí se vislumbra la existencia
de un principio general implícito. Tal vez cualquier actividad que un establecimiento
impone o permite a sus miembros representa una amenaza potencial contra la
organización misma, por cuanto no hay al parecer ninguna actividad en la que el
individuo no pueda absorberse.
En ciertas prácticas clandestinas se pone de manifiesto otra característica que
posiblemente es un factor común en todas: me refiero al fenómeno que los freudianos
suelen llamar «sobredeterminación». Hay actividades ilícitas que se emprenden con
una pizca de despecho, malicia, burla y triunfo, aun a costa propia, y que no pueden
explicarse por el placer intrínseco de saborear sus resultados. Es un hecho indudable
que en todas las instituciones de clausura, las satisfacciones aparentemente triviales
cobran a veces desmesurada importancia. Sin embargo, aún después de efectuada la
reevaluación correspondiente, queda algo por explicar. Un aspecto en que se reconoce
la sobredeterminación de algunos ajustes secundarios es que impresionan como
prácticas a las que se recurre por el [423] mero hecho de estar prohibidas. Los internos
del Hospital Central que habían obtenido éxito en alguna compleja transgresión a las
normas solían buscar a cualquiera de sus camaradas para exhibir ante él, aunque no
les mereciese una confianza absoluta, las pruebas de la infracción. Regresaban de sus
ocasionales correrías por la vida nocturna de la vecina ciudad cargados de historias
sobre sus propias hazañas para contar al día siguiente. Uno llevaba en secreto a sus
amigos hasta el lugar donde había ocultado la botella vacía del licor bebido la noche
antes; otro les mostraba los preservativos guardados en su armario. No era raro verlos
sobrepasar los límites de la prudencia. Conocí a un alcohólico extraordinariamente
ducho en artimañas que, después de agenciarse medio litro de vodka, llenaba un vaso
de papel y buscaba el punto más expuesto del parque para ir a emborracharse
lentamente. En esas ocasiones se complacía en ofrecer hospitalidad a personas de
estatus semioficial.
Conocí también a un asistente que solía estacionar su automóvil junto a la cantina
de los pacientes —en pleno centro del alboroto social de su mundo— y se dedicaba a
comentar allí, con un paciente benévolo, las particularidades más íntimas de las
mujeres que pasaban, mientras apoyaba un vaso de papel lleno de whisky sobre la
tapa del diferencial, a la vista de la multitud, como si se propusiera celebrar con un
brindis la distancia que los aislaba del ambiente.
Otro aspecto que distingue la sobredeterminación de algunos ajustes secundarios
consiste en la aparente satisfacción que su mera búsqueda proporciona. Según se ha
sugerido ya, con referencia a los contactos amorosos, la institución puede llegar a
concebirse como el contrincante que el interno enfrenta en un juego serio, cuya
finalidad es obtener unos puntos de ventaja sobre el hospital. He oído así discutir alegremente, en camarillas de pacientes, acerca de la posibilidad de «ganarse» el café
de esa noche,[424] usando con toda propiedad la palabra de sentido más amplio, para
aludir a una actividad menor.[425] La tendencia de los presos a deslizar
subrepticiamente alimentos y otros auxilios en la celda de cualquier recluso
incomunicado puede verse, no sólo como un acto de caridad, sino como una forma de
compartir, por asociación, el espíritu de alguien que se planta contra la autoridad
constituida.[426] De igual modo, los laboriosos y lentos planes de evasión en que se
empeñan los pacientes, los penados y los prisioneros de guerra pueden verse, no ya
como una mera forma de escapar a la reclusión sino, además, como un medio de darle
sentido.
Sugiero con esto la sobredeterminación de los ajustes secundarios, en especial de
algunos. Tales prácticas sirven a quienes las emprenden en otros aspectos, aparte de
los más notorios. Cumplan o no cualquiera de los fines que adicionalmente se
propongan, parecen demostrar —por lo menos al hombre que ha recurrido a ellas—
que le queda algo de personalidad y autonomía, invulnerables al influjo de la
organización.[427]
IV
Si una función de los ajustes secundarios consiste en levantar una barrera entre el
individuo y la unidad social que presuntamente debe compartir, puede suponerse que
existirán algunos ajustes secundarios vacíos de utilidad intrínseca, enderezados sólo a
expresar la distancia no autorizada a que se pone el individuo cuando procura, en
defensa propia, «rechazar a quienes lo rechazan».[428] Tal parece el significado de
ciertas formas muy difundidas de insubordinación ritual, como la protesta o el
rezongo, que no tienden concretamente a conseguir un cambio efectivo. Una actitud
de franca insolencia, aunque calculada para no provocar su inmediata sanción; un
comentario mascullado a media voz, aunque no tan baja que no puedan oírlo las
autoridades; una serie de muecas burlonas a sus espaldas: por todos estos medios,
manifiestan los subordinados una relativa independencia respecto al lugar que se les
adjudica oficialmente. Un antiguo recluso de la penitenciaría de Lewisburg, ilustra la
situación:
«En la superficie, la vida parece deslizarse aquí casi plácidamente; no hay que profundizar mucho, sin
embargo, para encontrar los remolinos y los vórtices del resentimiento y la frustración. El sordo rumor de
contrariedad y rebeldía es incesante: cada vez que nos cruzamos con un oficial o con un guardia, salta la
mofa sotto voce, y las caras esbozan un gesto cuidadosamente medido para expresar el sarcasmo, sin
suscitar abiertas represalias…».[429]
Brendan Behan registra a su vez un ejemplo recogido en una prisión inglesa:
«El guardia lo llamó con un grito.
»—¡En seguida, señor! —gritó el preso—. ¡Voy inmediatamente, señor! —Y añadió bajando el tono—:
¡Estropajo de letrina!». [430]
Algunas de estas manifestaciones de franca pero inofensiva irreverencia, son
bastante graciosas, sobre todo cuando se hacen colectivamente. Los establecimientos
carcelarios vuelven a brindar, en este sentido, una provisión inagotable de cuentos al
caso:
«¿Cómo expresar menosprecio a la autoridad? Un medio es la manera de “obedecer” las órdenes…
Los negros tienen aptitudes especiales para la parodia, que a veces termina en un paso de ganso forzado.
Suelen sentarse de a diez ante la mesa, quitándose a manotazos sus respectivos gorros, con movimientos
perfectamente sincronizados y certeros».[431]
«Cuando el presbítero subía al púlpito los días domingo para brindarnos la charla espiritual de la
semana, siempre solía mandarse algún chiste insulso, que nosotros festejábamos con risotadas tan sonoras
y tan largas como fuera posible, aunque él no ignoraba, sin duda, la opinión que nos merecía. A pesar de
todo, insistía en hacer tímidamente uno que otro comentario jocoso, y en cada oportunidad la iglesia se
venía abajo con las carcajadas broncas del auditorio, que en su mayor parte, sin embargo, no había
alcanzado a escuchar lo que decía».[432]
Algunos actos de insubordinación ritual se fundan en la ironía, que engendra en la
sociedad global las bufonadas patibularias, y fomenta en las instituciones la
elaboración de mascotas sumamente significativas. Una forma típica en las
instituciones totales consiste en designar mediante eufemismos sarcásticos los
aspectos especialmente amenazadores o ingratos del ambiente. En los campos de
concentración solía darse a los nabos el apodo de «ananás alemanes»,[433] y a la
fajina reglamentaria el apodo de «geografía».[434] En las salas de psiquiatría del
Hospital Mount Sinai, los lesionados de cerebro, considerados casos quirúrgicos,
llamaban al hospital «Mount Cyanide»;[435] los miembros del cuerpo médico
«… alteraban sus nombres por sistema y se referían a ellos con denominaciones tales como: “abogado”,
“obrero de cuello duro”, “capataz de la cuadrilla”, “uno de los presidentes”, “tabernero”, “inspector de
seguros” y “administrador de créditos”. A uno de nosotros (E. A. W.) se lo llamaba, según diversas
variantes de su apellido, tan pronto “Weinberg” como “Weingarten”, “Weiner” o “Wiseman”…».[436]
En la prisión podría hablarse del «merendero», para aludir al cepo del castigo.[437]
En el Hospital Central, la asignación a una de las salas donde se alojaban los
pacientes que padecían de incontinencia solía considerarse un castigo para los
asistentes, que la llamaban «la rosaleda». Debemos a una ex paciente mental el
ejemplo que sigue:
«De regreso en la habitación de estar, Virginia llegó a la conclusión de que su cambio de ropa representaba
una Terapia Indumentaria. Una T. I. Hoy debía ser mi turno para la T. I. Pudo resultar una cosa más bien
divertida, si a uno le hubieran dado antes un buen trago de algo fuerte. Paraaldehído, por supuesto. El
“cóctel Juniper”, como lo llamábamos nosotras, las alegres damas de Juniper Hill. “Un martini, por favor”,
solíamos decir las más sofisticadas. “Pero, enfermera, ¿dónde está la aceituna?”». [438]
Por cierto que el mundo amenazador al que se responde con ironías, no siempre ni
por fuerza es parte del tratamiento ordenado por una autoridad humana, ajena al paciente; puede este imponérselo a sí mismo por propia voluntad, o aceptarlo por
imposición de la naturaleza, como hacen los enfermos graves que bromean acerca de
su estado.[439]
De todos modos, hay una forma de insubordinación ritual, más sutil y elocuente
aún que la ironía. Toda persona puede asumir ante la autoridad ajena una actitud
especial, mezcla de firmeza inflexible y dignidad tranquila, que si no alcanza, por su
insolencia, para atraerle un castigo inmediato, basta por su temple para manifestar
que quien la asume es cabalmente dueño de sí mismo. La comunicación no requiere
otros medios que el porte erguido de la cabeza y del torso, de modo que el interno
pueda transmitirla donde quiera que se halle. Hay ilustraciones pertinentes en la
sociedad de los presos:
«“Rectitud” significa valentía, intrepidez, lealtad hacia los pares, resistencia contra la explotación,
negativa intransigente a admitir ninguna superioridad en el sistema oficial de valores, repudio del prejuicio
que hace mirar a los presos como hombres de categoría humana inferior. Consiste, principalmente, en la
reivindicación del propio valer, de la integridad y la dignidad básicas, en una situación degradante por
esencia; y en la exhibición tranquila de estas virtudes personales, sin apocamiento, frente a los despliegues
de fuerzas del sistema oficial».[440]
En el Hospital Central, hasta en el crudo ambiente de las salas donde, para
arreciar el castigo, se extremaba la clausura, y donde a los internos les quedaba muy
poco que perder, se apreciaban nobles ejemplos de altivez humana. Sin salirse de sus
casillas ni promover desórdenes, muchos pacientes demostraban, en su actitud ante
los diversos niveles del personal, una completa prescindencia y un manso desdén,
conjugados con un autodominio perfecto.
V
Sería fácil explicar el desarrollo de los ajustes secundarios, suponiendo que el
individuo poseyese un determinado equipo de necesidades, congénitas o adquiridas, y
que, alojado en un medio que las desatendiese, reaccionara, sin más, arbitrando
medios supletorios de satisfacerlas. Yo creo que en esta explicación se desestima la
importancia que adquieren las adaptaciones encubiertas, para la estructura del yo.
La práctica de reservar algo de uno mismo, fuera del alcance de una institución,
salta a la vista en los hospitales psiquiátricos y en las cárceles, aunque no es privativa
de estos establecimientos; puede encontrársela igualmente en otros, de régimen más
benigno y carácter menos avasallador. Importa advertir que esta recalcitrancia no es
un mecanismo incidental de defensa, sino más bien un elemento constitutivo esencial
del yo. Los sociólogos han mostrado siempre interés por señalar las formas en que el
individuo es plasmado por los grupos; se identifica con estos últimos, y al cabo se
consume, si no recibe de ellos sustento emocional. No obstante, si se observa
atentamente lo que ocurre en el interior de cualquier unidad de organización social que se tome —sea un rol social, un establecimiento social o un reducto de interacción
sociable— se advierte allí algo más que la atracción ejercida por la unidad. Se
verifica, asimismo, la tendencia del individuo a conservar libre cuando menos un
pequeño espacio circundante: se lo ve recurrir a varios métodos para mantenerse a
cierta distancia de aquello con lo cual, según los otros presumen, debería estar
identificado. No cabe duda de que un hospital psiquiátrico de tipo estatal brinda un
terreno sobremanera fértil para la proliferación de los ajustes secundarios. Pero en
realidad estos ajustes son como la maleza: brotan y se propagan en cualquier tipo de
organización social. Ahora bien, si en todas las situaciones reales investigadas a
fondo siempre se encontraron defensas erigidas por el participante contra su posible
esclavitud social ¿por qué tendríamos que fundar nuestra concepción del yo, sobre la
forma en que el individuo se comportaría, si las condiciones fueran «solamente
normales»?
El enfoque sociológico más elemental del individuo y de su yo sostiene que el
individuo es, ante su propio yo, tal y como se define por el puesto que ocupa en una
organización. Cuando se lo apura, el sociólogo consiente en modificar este modelo,
dando margen a ciertas complicaciones: que el yo no se haya formado aún, o que
presente dedicaciones conflictivas. Quizá nosotros deberíamos llegar un poco más
lejos, y aumentar la complejidad del esquema, elevando las dos eventualidades
especificadas a un lugar central. Con esto definiríamos inicialmente al individuo, para
los fines sociológicos, como una entidad que asume actitudes, algo que se sitúa en
una posición aproximadamente intermedia entre la identificación con una unidad
social y su oposición a ella; algo que está preparado, por lo demás, para contrarrestar
la más ligera presión y mantener el equilibrio, desplazando su participación en un
sentido o en otro. Sólo entonces, y sólo contra algo puede surgir el yo.
Los investigadores del totalitarismo han apreciado debidamente esta concepción:
«En síntesis, Ketman significa realización del yo contra algo. El que practica Ketman sufre por los
obstáculos con que tropieza, aunque si hubieran de retirársele de pronto esos obstáculos, se encontraría
flotando en un vacío que posiblemente le resultara mucho más penoso. A veces, la rebelión interna es
imprescindible para la salud del espíritu, y suele engendrar una especie de felicidad extraña. Lo que puede
decirse abiertamente, a menudo es mucho menos interesante que la magia emocional de defender el propio
santuario privado».[441]
He expuesto la misma argumentación respecto a las instituciones totales. ¿Por
ventura no sería del caso aplicarla igualmente a la sociedad libre?
Sin algo a que pertenecer, el yo carece de estabilidad. Por otro lado, el
compromiso total y la total adhesión a cualquier unidad social suponen la anulación
relativa del yo. La conciencia de ser persona proviene tal vez de la unidad mayor en
la que estamos inmersos; la conciencia del yo quizá vaya esbozándose a través de las
resistencias minúsculas que oponemos a la poderosa atracción de esa entidad. Si
nuestro estatus se apoya en las más sólidas construcciones del mundo, el sentimiento
de nuestra identidad personal suele, por el contrario, radicarse en sus grietas.