Internados
Salvedades y conclusiones
I
He considerado las instituciones totales en función de una sola articulación
básica: la de internos y personal. Hecho esto estoy en condiciones de averiguar qué se
soslaya en dicha perspectiva y qué se distorsiona.
Un estudio más a fondo de las instituciones totales exigiría indagar acerca de la
diferenciación típica de roles que se presentan dentro de cada uno de los dos grandes
grupos,[187] e indagar asimismo la función institucional de estas posiciones más
especializadas. Algunos de estos roles especiales ya se han mencionado al examinar
ciertos cometidos particulares de la institución: algún miembro del personal deberá
representarla oficialmente en los consejos de la sociedad mayor, y tendrá que adquirir
un barniz no institucional, a efectos de hacerlo eficazmente; alguien del personal
tendrá que entenderse con los visitantes y otras conexiones de los internos; alguien
tendrá que prestar servicios profesionales; alguien tendrá que pasar el tiempo en un
contacto relativamente íntimo con los internos. Acaso alguien tenga, inclusive, que
proveer a estos de un símbolo personal de la institución, sobre el que puedan
proyectar muchas clases de emociones diferentes.[188] Un examen riguroso de las
instituciones totales deberá prestar atención sistemática a estas diferencias
intracategoriales.
Hay dos aspectos de la diferenciación intragrupal de roles que querría considerar
aquí, ambos relacionados con la dinámica del nivel inferior del personal. Una
característica singular de este grupo es la probabilidad de que sus miembros sean los
empleados a largo plazo, y, por ende, los portadores de la tradición, a diferencia del
personal superior y aun de los internos, que pueden tener una amplia proporción de
reemplazos.[189] Este grupo es, además, el particularmente encargado de exponer a
los internos las exigencias de la institución, atrayéndose así su odio, y desviándolo
del personal superior. Resulta de tal modo factible que si un interno consigue
atravesar las filas del personal subalterno y ponerse en contacto con una persona de la
plana mayor, pueda encontrar en ella una bondad paternalista y una actitud benévola.
[190] Los actos de clemencia son posibles en tales casos, porque —como les ocurre a
los tíos— al personal superior no le está directamente encomendada la disciplina de
los internos, y sus contactos con ellos son tan raros que esta tolerancia no interfiere
en la disciplina general. Pienso que los internos obtienen cierto sentido de seguridad
creyendo que, si la mayoría del personal es mala gente, el hombre que los manda a
todos en realidad es bueno —aunque tal vez esté un poco engañado por los de abajo
—. (Una expresión de esto aparece en los relatos populares y en las películas en que
interviene la policía: en los niveles inferiores los hombres pueden ser sádicos, pervertidos y venales, pero el más alto de la organización es okay.) Es un ejemplo
claro de lo que Everett Hughes mencionaba como «división moral del trabajo», por
cuanto una diferencia en la tarea desempeñada por el individuo entraña visiblemente
una diferencia en los atributos morales que se le imputan.
El segundo aspecto que quiero considerar en la diferenciación de roles del
personal se refiere a las pautas de deferencia. En la sociedad civil, los ritos que las
personas se dedican recíprocamente cuando se encuentran en presencia física
inmediata, incluyen un componente básico de espontaneidad oficial. El dador está
obligado a cumplir el ritual en forma instantánea, impremeditada e irreflexiva, si
quiere que este sea una expresión válida de su presunta consideración por el receptor.
De lo contrario, ¿cómo «expresarían» tales actos los sentimientos íntimos? El dador
puede arreglárselas para esto, porque ha aprendido en tan temprana edad los rituales
totalmente convencionalizados de su sociedad, que cuando llega a adulto se le han
convertido en una segunda naturaleza. Ahora bien, como la deferencia que muestra
es, por hipótesis, una expresión directa y libre, el receptor no puede exigir una
adecuada deferencia en caso de no recibirla. El acto puede imponerse
coercitivamente, pero una exhibición forzada de sentimientos no pasa de ser una
exhibición. Un receptor ofendido puede proceder contra la persona que no es bastante
deferente con él, pero en tal caso disfrazará la verdadera razón de su acción
correctiva. Si acaso a los niños, y sólo a ellos, podrá sancionar abiertamente; señal de
que, a nuestro juicio, los niños todavía no son personas.
Parece característica de cada establecimiento, y en particular de las instituciones
totales, la adopción de ciertas formas específicas de deferencia, de las que serán
dadores los internos, y receptor el personal. Para que esto ocurra, los que han de
recibir las expresiones espontáneas de consideración deben ser los mismos que
enseñen las formas y las impongan. De esto se infiere, como una notable discrepancia
con la vida civil, que en las instituciones totales la deferencia está asentada sobre una
base formal, en cuya virtud se plantean exigencias específicas y se determinan
sanciones negativas específicas para las infracciones. No sólo se requerirán actos,
sino además la manifestación exterior de sentimientos íntimos. Las actitudes expresas
de insolencia, por ejemplo, serán explícitamente castigadas.
El personal se defiende en parte de esta alteración en las relaciones de deferencia
mediante ciertas argucias comunes. Primero: en la medida en que los internos se
definen como «no del todo adultos», el personal queda eximido de sentir como una
falta del respeto que se debe a sí mismo la coerción empleada para obtener la
deferencia de sus pupilos. Segundo: suele prevalecer, sobre todo entre los militares, la
idea de que se saluda al uniforme y no al soldado (de modo que el soldado no reclama
deferencia para sí); otra idea, a menudo complementaria, es: «Lo que usted sienta no
importa, con tal que no lo demuestre». Tercero: el personal subalterno puede
ocuparse del adiestramiento, dejando a los niveles superiores en libertad para recibir
personalmente los testimonios no forzados de deferencia.
Al respecto, Gregory Bateson sugiere lo siguiente:
«En esencia, la función que incumbe al miembro intermedio consiste en instruir y disciplinar al tercer
miembro en las formas de comportamiento que debe adoptar en sus contactos con el primero. La niñera
enseña al niño cómo debe comportarse con sus padres, exactamente como el suboficial enseña y disciplina
al recluta en la conducta que ha de observar ante los oficiales».[191]
He comentado algunas diferencias intragrupales. Empero, como ni el grupo del
personal ni el grupo de internos es homogéneo, la mera división entre los dos grupos
puede encubrir, a veces, hechos importantes. En algunos establecimientos, el hombre
de confianza, o falso jefe, en el nivel de los internos, no está muy lejos, en función y
en prerrogativas, del nivel inferior del personal: los guardianes. Por cierto que a veces
el hombre más alto del nivel más bajo tiene un poder y una autoridad mayores que el
hombre más bajo del estrato inmediatamente superior.[192] Existen, por lo demás,
algunos establecimientos que obligan a todos los miembros a compartir ciertas
privaciones fundamentales, especie de ceremonia de austeridad colectiva que podría
considerarse (en vista de sus efectos) paralela a la fiesta anual de Navidad y a otras
ceremonias institucionales.
Se registran excelentes ejemplos de lo expuesto en la literatura sobre los
conventos de monjas:
«Cada miembro de la comunidad, incluyendo a la Superiora General, se alojaba aquí, sin atender a
edad, rango o función. Monjas del coro, artistas, doctoras en medicina y en humanidades, cocineras,
lavanderas, monjas zapateras, y las hermanas campesinas que labraban las huertas vivían en esas celdas
como cajones, todas idénticas en forma y contenido, en la disposición de cama, mesa y silla, y toalla
doblada en tres sobre cada silla».[193]
«Santa Clara ha legislado que la abadesa y la vicaria han de plegarse en todo a la vida común. ¡De
modo que cuánto más las otras! La idea de Santa Clara sobre las prerrogativas de un superior eran una
novedad absoluta en su siglo. Una abadesa de las clarisas no tiene corte ni séquito. No lleva cruz en el
pecho, sino el mismo anillo de matrimonio (de 2,50 dólares netos) que usan sus hermanas. Nuestra
abadesa está, por lo general, resplandeciente, con el enorme remiendo que cruza la delantera de su hábito.
Lo zurció con sus propias manos, las mismas manos que parten las manzanas y les quitan los gusanos que
se han comido lo mejor de ellas, las mismas manos que manejan el repasador como una profesional».[194]
Como se advierte, en lo que respecta a algunos conventos la idea de una división entre internos y
personal es infructuosa; más bien parece advertirse allí un solo grupo colegial, estratificado interiormente
en una jerarquía única de una delicada gama de matices. En cuanto a otras instituciones totales, como los
pensionados escolares, quizá convenga agregar, a los estratos de maestros y estudiantes, un tercer estrato
del personal doméstico.
Las instituciones totales varían mucho, en la medida en que hay diferenciación de
roles dentro de los grupos de personal e internos y en la nitidez de la línea divisoria
entre ambos estratos. Hay otras diferencias importantes que sólo se han mencionado
incidentalmente. Una de ellas debo examinar desde más cerca.
Las personas ingresan en las instituciones totales en diferente estado de ánimo. En
un extremo está la entrada totalmente involuntaria de los condenados a prisión, de los
insanos recluidos en un hospital psiquiátrico, o de los hombres incorporados por la
fuerza a la tripulación de un barco. Tal vez estas sean las peores circunstancias para obtener el tipo de interno ideal que auspicia el personal. En el extremo opuesto se
sitúan las instituciones religiosas, que sólo tratan con quienes se sienten «llamados» a
esa vida, y entre los voluntarios escogen sólo a quienes parecen más adaptables a ella
y más serios en sus intenciones. (Es presumible que algunos campos de
adiestramiento para oficiales y algunas escuelas de adoctrinamiento político entren
también en esta calificación.) En tales casos, la conversión parece ya cumplida, y sólo
resta señalar al neófito las vías más seguras para su autodisciplina. A medio camino
entre los dos extremos, hay instituciones como el ejército en lo que respecta a los
conscriptos; los internos están allí obligados a servir, pero se les brindan muchas
oportunidades de entender que este servicio es justificable y se les impone en
atención a sus intereses más altos. Resulta obvio que se irán acusando significativas
diferencias de tonalidad entre las instituciones totales, según el reclutamiento sea
voluntario, semivoluntario o involuntario.
A esta variable del modo de reclutamiento se añade otra, relativa al grado en que
el personal tenderá explícitamente a provocar un cambio autorregulador en el interno.
En las instituciones de custodia y de trabajo, el interno presumiblemente no necesita
más que someterse a una actividad de tipo general; la disposición de ánimo y el
sentimiento íntimo con que cumpla el trabajo que se le asigna no preocupan, al
parecer, a las autoridades.
En los campos para el lavado de cerebro, en las instituciones religiosas y en las
destinadas a la psicoterapia intensiva, los sentimientos privados del interno están
seguramente en juego. La mera sujeción a los reglamentos de trabajo no parece bastar
aquí: la adhesión a las normas del personal es un fin activo, así como una
consecuencia incidental.
Otra dimensión variable es lo que podría llamarse la permeabilidad de las
instituciones totales, o sea el grado en que las normas sociales que rigen en su interior
y las que rigen en la sociedad circundante se han influido recíprocamente, y han
llegado por tal medio a minimizar las diferencias. Este problema nos da ocasión de
examinar algunas de las relaciones dinámicas entre una institución total y la sociedad
mayor que la sostiene o la tolera.
Cuando se estudian los procedimientos de admisión, impresionan sobre todo los
aspectos impermeables del establecimiento, ya que los procesos de despojo y de
nivelación que se desarrollan en esa etapa cortan de raíz las diversas distinciones
sociales con que el futuro interno llega a la casa. Parece aceptarse el consejo de San
Benito al abad:
«No haga distinción de personas en el monasterio. Que ninguno sea más querido que otro, salvo que se le
compruebe una superioridad en buenas obras y en obediencia. No se exalte a un hombre de cuna ilustre
por encima del que poco antes era esclavo, a menos que haya de por medio otra causa razonable».[195]
Como se ha señalado ya, los cadetes militares se enteran de que las discusiones
«sobre la fortuna y la posición de la familia son tabú», y descubren que «aunque la
paga de los cadetes es muy baja, no se les permite recibir dinero de sus hogares».[196]
Hasta el sistema de graduación por edades vigente en la sociedad mayor puede
quedar detenido a la puerta del establecimiento, como se ilustra en el caso límite de
algunas instituciones religiosas:
«Gabriela se deslizó hasta el lugar que en adelante sería suyo, el tercero en la fila de cuarenta postulantes.
Era la tercera del grupo en edad, porque había sido la tercera en anotarse aquel día, menos de una semana
antes, en que la orden abrió sus puertas a las nuevas ingresadas. Desde ese momento, su edad cronológica
había cesado, y la única que tendría en lo sucesivo, su edad en la vida religiosa, había empezado».[197]
(Ejemplos atenuados del mismo proceso pueden encontrarse en las Fuerzas
Aéreas, y en los departamentos de ciencias de la universidad donde, en los períodos
de crisis nacional, puede tolerarse a hombres muy jóvenes en posiciones muy altas.)
Así como pueden anularse las edades, en algunas instituciones totales de
tendencia sumamente radical se cambian los nombres de los que ingresan, desde ese
mismo momento, para simbolizar mejor (probablemente) la ruptura con el pasado, y
la entrega a la vida del establecimiento.
Cierta impermeabilidad hace falta, si ha de mantenerse en una institución la
«morale» y la estabilidad. Suprimiendo las distinciones sociales exteriores, puede
crear poco a poco una orientación hacia su propio esquema del honor. Un pequeño
número de enfermos mentales de alto estatus social y económico, internados en un
hospital psiquiátrico del Estado, pueden infundir a los otros internos algunas certezas
reconfortantes: verán que existe un rol distintivo de paciente mental; que el
establecimiento no es un simple depósito de basuras, destinado a recibir los desechos
de las clases inferiores; que el destino del enfermo no ha sido una mera consecuencia
de su ambiente social. Otro tanto puede decirse sobre el rol de los «halagos» en las
prisiones inglesas, y de las monjas de noble linaje en los conventos franceses. Si la
institución tiene, por lo demás, una función militante, como ciertas unidades
religiosas, militares y políticas, una inversión parcial en el interior de los
ordenamientos de estatus externos puede actuar como un constante recuerdo de la
diferencia y enemistad entre la institución y la sociedad circundante. Adviértase que
al suprimir así diferencias exteriormente válidas, la más dura de las instituciones
sociales puede ser la más democrática; y que la seguridad del interno de no ser
tratado peor que cualquier otro, puede ser una fuente de consuelo, tanto como una
privación.[198] Sea como fuere, el valor de la impermeabilidad tiene sus límites para
estas instituciones.
Ya se ha visto el rol de representantes que los más altos miembros del personal
pueden verse obligados a cumplir. Para que se muevan con gracia y eficacia en la
sociedad mayor, quizá convenga reclutarlos en el mismo grupo social restringido del
que proceden los dirigentes de otras unidades sociales en la comunidad mayor. Por
otra parte, si todo el personal se recluta uniformemente en un estrato de la sociedad
general que tenga una posición sólidamente legitimada, superior al estrato del que se reclutan uniformemente los internos, es posible que esta brecha social en el mundo
exterior contribuya a dar estabilidad y sostén al gobierno del personal en el mundo
interior. (Así parecen ilustrarlo los militares ingleses en tiempo de la Primera Guerra
Mundial: todas las tropas hablaban con acento vulgar, y todos los oficiales usaban el
inglés de la «escuela estatal», fruto de lo que se llamaba «una esmerada educación».)
Además, como las artesanías, oficios y profesiones de los que se convierten en
internos se necesitan a menudo dentro de la institución, el personal, lógicamente,
autorizará y hasta fomentará cierta continuidad de roles.[199]
La permeabilidad de una institución total puede tener, pues, consecuencias
variables para sus operaciones y su cohesión internas. Esto se ejemplifica
adecuadamente en la posición precaria del personal de nivel más bajo. Si la
institución es apreciablemente permeable a la comunidad mayor, estos miembros del
personal pueden tener los mismos orígenes sociales que los internos, y aun inferiores.
Al compartir la cultura del mundo habitual de los internos, pueden servir como un
canal de comunicación natural entre estos y el personal superior (si bien se tratará de
un canal que generalmente tiene bloqueada la comunicación hacia arriba). Sin
embargo, y por igual motivo, les costará mantener la distancia social con sus pupilos.
Como un estudioso de las prisiones ha argumentado recientemente, esto sólo puede
complicar el rol de guardián, exponiéndolo aún más al sarcasmo del interno y a sus
expectativas, según las cuales será decente, razonable y corruptible.[200]
Cualesquiera que fueren las utilidades y desutilidades de la impermeabilidad, y
por radical y militante que una institución total parezca ser, siempre habrá ciertos
límites para sus tendencias reivindicatorias, y deberá hacer cierto caso de las
distinciones sociales ya establecidas en la sociedad circundante, si sólo de ese modo
puede despachar los asuntos que necesariamente tenga con ella y hacerse tolerar por
ella. No parece haber en la sociedad occidental una sola institución total que provea
una vida colectiva con prescindencia completa del sexo; y algunas, como los
conventos, al parecer absolutamente inmunes a las gradaciones socioeconómicas, en
realidad tienden a adjudicar los roles serviles a frailes de origen campesino, así como
los encargados de los trabajos más sucios en nuestros hospitales psiquiátricos pagos
tienden a ser, en su gran mayoría, negros.[201] Análogamente, en ciertos pensionados
escolares de Inglaterra se ha visto que a los muchachos de alto linaje se les podía
permitir algunas transgresiones extras a las normas de la casa.[202] Una de las
diferencias más interesantes entre las instituciones totales se hallará en el destino
social de sus egresados. Es típico que se dispersen geográficamente; la diferencia
radica en el grado en el cual se mantienen vínculos estructurales, a pesar de esa
distancia. En un extremo de la escala están los graduados anuales de un monasterio
benedictino particular, que no sólo se mantienen en contacto informal, sino que
descubren que su ocupación y ubicación geográfica han quedado determinadas para
todo el resto de sus vidas, por su carácter de miembros de dicha institución. En el
mismo extremo de la escala se encuentran algunos ex convictos cuyas estadías en la prisión orientan sus ocupaciones futuras y hacen que entreguen sus vidas a la
comunidad nacional del hampa. En el extremo opuesto se ubican los hombres que en
la guerra compartieron las mismas barracas e inmediatamente después de la
desmovilización se refugiaron en la vida privada, absteniéndose incluso, de allí en
más, de asistir a las reuniones del regimiento. Pertenecen también a este grupo los ex
pacientes mentales, que evitan con el mayor cuidado a todas las personas y
acontecimientos que podrían conectarlos con el hospital. A mitad de camino entre
ambos extremos, se encuentran los sistemas de «veteranos» de los colegios privados
y universidades, que funcionan como comunidades optativas para distribuir
oportunidades de vida entre los grupos de graduados de cada promoción.
II
He definido denotativamente las instituciones totales, enumerándolas, y he tratado
de indicar después algunos caracteres comunes. Contamos ahora con una cantidad
apreciable de literatura acerca de estos establecimientos, y deberíamos poder sustituir
ya las meras sugestiones, por un sólido marco de referencia que mostrara la anatomía
y el funcionamiento de esta especie de animal social. Por cierto que las similitudes se
interponen y nos encandilan tan enceguecedora y persistentemente, que tenemos
derecho a sospechar la existencia de buenas razones funcionales para que estos rasgos
se presenten, y la posibilidad de compaginarlos y aprehenderlos, mediante una
explicación funcional. Cuando lo hayamos hecho, siento que distribuiremos menos
alabanzas y censuras entre determinados directores, comandantes, abades y jefes de
sala, y nos inclinaremos a comprender los problemas y los temas sociales de estas
instituciones, recurriendo al diseño estructural subyacente que es común a todas.