Internados

Erving Goffman · Capítulo 11 de 18

Páginas del PDF

Internados

La vida íntima de una institución pública

La vida íntima de una institución pública[245]

 

Estudio sobre algunas formas de tratamiento exitoso en un hospital psiquiátrico

Primera parte. Introducción

 

Actuar y ser

 

I

 

Los vínculos que unen al individuo a entidades sociales de diversas clases

presentan características comunes. La participación del individuo en la entidad, sea

esta una ideología, un país, un oficio, una familia, una persona o un simple diálogo,

tendrá los mismos rasgos generales. Le creará obligaciones: duras algunas, por

comportar alternativas inevitables, trabajos o servicios a cumplir, tiempo a insumir o

dinero a gastar; más blandas y cálidas otras, pues le exigirán que se sienta integrante

de la entidad, se identifique con ella y exprese adhesión afectiva. La participación en

una entidad social implica un compromiso y al mismo tiempo una adhesión.

Para tener una idea clara de las exigencias que la entidad plantea en materia de

adhesión y de compromiso, hay que considerarlas dentro de los límites justos en que

se las encuadra habitualmente. Un ejército requiere que el soldado sea valeroso, pero

fija un límite a su valor: cuando lo exceda, estará por encima y al margen de lo que el

deber le reclama. Por otra parte, el cuerpo no lo absorberá hasta el punto de negarle el

derecho a una licencia compasiva cuando muera su padre o su mujer dé a luz.

Pasemos a otra clase de vínculo. Una esposa puede suponer que su marido estará

junto a ella en toda ocasión pública importante, para constituir entre los dos una

unidad social visible; en cambio tendrá que cederlo durante la semana al mundo del

trabajo. El marido, a su vez, podrá permitirse, en ejercicio de sus legítimos derechos,

una que otra velada solitaria en un bar, o jugar a los naipes con «los muchachos», o

disfrutar en cualquier otra forma de su momentánea libertad.

El vínculo social y sus restricciones constituyen el doble tema clásico de la

sociología. En la sociedad occidental, un símbolo de este doble tema es el convenio

formal o contrato, que consagra de un plumazo el vínculo que compromete y los

límites reconocidos del compromiso que por su intermedio se contrae.

Pero algo debe añadirse a este doble tema. Como Durkheim nos enseñó, detrás de

cada contrato hay supuestos no contractuales que se refieren al carácter de las partes.

[246] Al convenir estas entre sí lo que cada una debe y no debe a la otra, acuerdan

tácitamente la validez general de las derechos y obligaciones que estipula el contrato,

las diversas condiciones para su invalidación, y la legitimidad de varios tipos de

sanción imponibles por incumplimiento. Queda concertado también cuanto importa a

la competencia legal de ambas partes, a su buena fe, y a los límites de la confianza

que merecen los contratistas. Al consentir el individuo en ceder ciertas cosas y

reservarse otras, tácitamente acepta pertenecer al tipo de personas que posee esa clase de cosas para cederlas o reservárselas, y al tipo de personas que considera legítimo

cerrar trato a propósito de tales asuntos. Hasta un contrato que delimite con farragosa

minuciosidad los derechos y deberes de un individuo puede fundarse, pues, en una

vasta serie de supuestos sobre su carácter.

Cuantas más implicaciones definitorias haya para uno y otro participante en un

contrato formal —vínculo que después de todo se establece con la intención de

apartarlo hasta donde sea posible de los caprichos y las contingencias del carácter

personal—, mayor será la carga de autodefiniciones subyacentes en otras clases de

compromisos y obligaciones, menos restringidos. Vínculos tales como los de

parentesco o amistad, en los que (según se ha dicho alguna vez) puede pedirse todo

cuanto no esté expresamente excluido, contienen importantes supuestos. Ser un buen

amigo o un hermano leal, por ejemplo, implica que el individuo pertenece a la

categoría de personas capaces de ser hermanos leales y amigos buenos. El hombre

que por cualquier motivo no consigue proveer el sustento de su mujer y sus cuatro

vástagos pasa automáticamente a pertenecer a la categoría de personas de quienes

cabe esperar semejante falla. Si cada vínculo supone una vasta concepción sobre la

persona a quien sujeta, conviene indagar cómo maneja el individuo esta definición de

sí mismo.

A este respecto, hay varias posibilidades extremas. Puede faltar a sus obligaciones

desembozadamente, separarse del objeto al que estuvo ligado, y desafiar con

desfachatez las miradas que le dirige la gente para redefinirlo. Puede desdeñar

aquellas implicaciones del vínculo que afectan su concepto de sí mismo, pero

cuidando de no traicionar esta alienación en ninguno de sus actos. Puede también

aceptar íntimamente la significación que el vínculo tiene para él, y ser, en su fuero

interno, tal como los otros interesados piensan que debe ser.

En la realidad de la vida, sin embargo, el individuo se abstiene por lo general de

todos estos extremos. Se niega a aceptar por completo las implicancias que surgen de

su afiliación, permite que se manifieste en alguna medida su rechazo, aunque cumple

sus obligaciones más importantes. El tema que quiero explorar es esta expresión de

distanciamiento íntimo, y algunas de las pautas de conducta en las que trasciende.

Centraré el examen principalmente en un tipo de entidad social, las «organizaciones

instrumentales formales», y tomaré, como ejemplo de una clase de ellas, un hospital

psiquiátrico, del que procede el material de historias clínicas, que me servirá para

fundamentar, en buena medida, mis argumentos.

 

II

 

Cabe definir una organización instrumental formal como un sistema de

actividades deliberadamente coordinadas, que tienden a la obtención de algunos fines

generales explícitos. El producto que en definitiva se espera de ellas puede consistir en importantes artefactos, servicios, decisiones o información, y puede distribuirse

entre los participantes en muchas y muy diversas formas.

Aquí nos ocuparemos primordialmente de las organizaciones formales cuya sede

se limita a un solo edificio, o a un complejo de edificios adyacentes, y de cualquier

modo constituye una unidad amurallada, que llamaré, según el caso, un

establecimiento, una institución, o una organización social.

No estará de más indicar algunas variaciones introducidas en el enfoque

tradicional adoptado. Una organización formal puede tener múltiples objetivos

formales conflictivos, y como cada uno contará con su propio grupo de partidarios, es

posible que haya dudas acerca de cuál de las facciones deba representar a la

institución. Además, si algunos fines, como la reducción de los costos o la asepsia,

pueden aplicarse objetivamente, con la seguridad de una pauta técnica o varias

actividades menores, en las organizaciones que los auspician, otros establecimientos

—como los clubes y centros recreativos populares— no cuentan entre sus objetivos

ninguno tan amplio y a la vez tan preciso, que les sirva de patrón para juzgar los

pormenores de la vida dentro del establecimiento. La finalidad oficial puede haber

perdido toda importancia en otras organizaciones formales, frente al único objetivo

inmediato que todavía se proponen: la mera conservación o supervivencia. Incluso la

limitación física —representada, por ejemplo, en los muros— acaso resulte ser, en

último análisis, una característica incidental de las organizaciones, y no una analítica.

[247]

Las organizaciones amuralladas presentan una característica que falta en la

mayoría de las otras entidades sociales: aún parte de la obligación del individuo

consiste en encontrarse visiblemente entregado, en las ocasiones debidas, a la

actividad general de la organización, lo que le exige, además de una atenta vigilancia

y un esfuerzo muscular, cierto sometimiento del yo a la actividad de que se trate. Esta

inmersión obligatoria del individuo en una actividad extraindividual tiende a tomarse

como un símbolo de su compromiso, a la vez que de su adhesión, y aun como

testimonio de que acepta los supuestos implícitos en esta participación como esbozo

cabal de su propia naturaleza. Resulta probable, por ende, que cualquier estudio sobre

la forma en que los individuos se adaptan al hecho de ser identificados y definidos, se

incline a concentrarse en el comportamiento con que acusen su mayor o menor

absorción en las actividades organizacionales.

 

III

 

Una organización instrumental formal sobrevive en cuanto logra de sus miembros

aportes útiles de actividad; para ello deben emplearse medios estipulados, y

alcanzarse fines estipulados. Chester Barnard ha sugerido, empero, que toda

organización debe reconocer, por boca de sus autoridades, los límites justos del

aporte de actividad utilizable que corresponda esperar de cada miembro.[248] Dada la

notoria fragilidad del ser humano, hay que hacer concesiones, mostrar miramientos y

adoptar medidas de protección. La manera particular como se formulen dentro de una

cultura determinada, las antedichas limitaciones en el uso de los participantes,

parecería ser una característica esencial de esa cultura.[249]

De acuerdo con el criterio adoptado en este libro, que identifica una organización

con sus autoridades, el esquema gráfico angloamericano para marcar esos límites es,

más o menos, el que sigue:

Primero: Se asegura al participante, durante el lapso que permanezca ocupado en

las actividades de la organización, ciertas «pautas de bienestar» algo superiores al

mínimo indispensable para mantener en marcha el organismo humano. Las pautas

abarcan niveles pertinentes de comodidad, salud y seguridad; límites relativos a la

índole y magnitud del esfuerzo requerido; atención dispensada a la posible

participación del miembro en otras organizaciones que tengan legítimo ascendiente

sobre él; derechos concernientes al retiro y vacaciones; formulación de cargos, y aun

de requerir su examen legal; también, por lo menos al nivel de los pronunciamientos

públicos, reconocimiento de su derecho a la dignidad, a la autoexpresión, así como a

las adecuadas oportunidades creativas.[250] Estas pautas de bienestar suponen

inequívocamente que el ser humano es algo más que un mero miembro de la

organización respectiva.

Segundo: El esquema de nuestra sociedad sugiere un motivo justificado para la

colaboración voluntaria del miembro en una organización, en los «valores

conjuntos», mediante los cuales se entabla una coalición intrínseca y estratégica entre

los intereses de la organización y los del miembro individual. Se presume que en

algunos casos será el individuo el que se identifique con los objetivos y el destino de

la organización, como cuando alguien se siente personalmente orgulloso de su

escuela o del sitio donde trabaja. En otros casos, es la organización la que aparece

comprometida en el destino personal de un miembro determinado, como cuando el

personal de un hospital muestra un genuino y cálido interés en el restablecimiento de

un enfermo. En la mayoría de las organizaciones, algo de ambas clases de valores

conjuntos sirve de motivación al miembro.

Tercero: Se reconoce a veces que puede haber necesidad de proveer «incentivos»,

consistentes en recompensas o pagos supletorios, destinados sin disimulo, al

individuo en su capacidad de tal, es decir, admitiendo que sus intereses últimos no

son los de la organización.[251] Algunos de estos incentivos son externamente

relevantes por consistir en recompensas que el beneficiario puede retirar de la sede y

emplear discrecionalmente, sin que intervengan otros miembros; pagos en dinero,

adiestramiento y certificación, representan las tres variedades principales de esta

categoría. Otros incentivos son internamente relevantes, por tratarse de prebendas que

requieren el marco mismo de la organización para adquirir realidad; los ascensos en

jerarquía, y las mejoras en la asignación individual de ventajas internas, son en tal sentido los más importantes. Muchos incentivos son interna y externamente

relevantes, entre ellos ciertos títulos ocupacionales, como el de ejecutivo.

En última instancia se admite que puede inducirse a los participantes a que

cooperen, amenazando con castigos y sanciones a quienes no lo hagan. Estas

«sanciones negativas» pueden comportar eventualmente una disminución en las

remuneraciones habituales, o en los niveles de bienestar ordinarios, pero de cualquier

modo comportan algo más que una mera rebaja de estipendios. La concepción del

castigo como un medio eficaz de obtener la actividad deseada, requiere supuestos

sobre la naturaleza humana, que no son los que fundan el efecto motivador de los

incentivos. El temor al castigo parece adecuado para prevenir ciertos actos, o impedir

que dejen de efectuarse otros; empero, si se busca un esfuerzo sostenido y de largo

alcance, más eficaces parecen las retribuciones positivas.

De ahí que en nuestra sociedad, y presumiblemente en algunas otras, una

organización formal instrumental no se limite a utilizar la actividad de sus miembros,

sino que además señale lo que formalmente se juzga adecuado en materia de pautas

de bienestar, valores conjuntos, incentivos y sanciones. Un mero contrato de

participación se extiende, así, hasta constituir una definición de la naturaleza o el ser

social del participante. Estas imágenes implícitas son un elemento de importancia en

los valores que cada organización defiende, sea cual fuere el grado de eficiencia o de

impersonalidad con que los defienda.[252] En el centro mismo de las disposiciones

sociales de una organización existe, pues, un concepto integral del miembro, no sólo

en carácter de tal, sino en el más amplio carácter de ser humano.[253]

Estas concepciones organizacionales del hombre se disciernen a primera vista en

los movimientos políticos radicales, y en los grupos religiosos evangélicos que

preconizan normas de austeridad espartana y valores conjuntos a la vez intensos y

absorbentes. Se espera que el miembro esté siempre disponible para las necesidades

corrientes de la organización. Al comunicarle esta lo que debe hacer, y por qué debe

querer hacerlo, presumiblemente le dice todo lo que puede ser. Habrá muchas

posibilidades de que pierda terreno; pero aun en las instituciones donde esto no

ocurre a menudo, el mero conocimiento de dicha posibilidad puede crear una

preocupación grave, visiblemente relacionada con el problema de la identidad y la

definición del yo.[254]

Pero téngase también en cuenta algo en que no se repara mucho: que cuando una

institución ofrece oficialmente incentivos externos, y de tal modo reconoce tener sólo

un limitado derecho a la lealtad, el tiempo y el espíritu del participante, si este acepta

la retribución ofrecida —haga lo que hiciere con ella, y aunque deje entrever que sus

intereses íntimos siguen otro rumbo— tácitamente acepta una visión de sus posibles

motivaciones, y por lo tanto de su identidad. Quizás admite tales supuestos como

perfectamente naturales y aceptables; en todo caso, esto explica por qué los

estudiosos solemos no percatarnos de ellos, pero no significa que no existan. Un hotel

donde se observa respetuosamente el principio de no inmiscuirse en los asuntos privados de los huéspedes, y un campamento para el lavado de cerebros, donde ni

siquiera se concibe que el huésped pueda tener asunto privado alguno digno de

respeto, presentan un rasgo común: hay en ambos una visión general del huésped, que

tiene para este importancia, y con la cual se espera que estará de acuerdo.

Las situaciones extremas nos enseñan, de todos modos, muchas cosas, no tanto en

las formas excepcionales de la lealtad y la traición, como en lo relativo a las menudas

incidencias del diario vivir. Probablemente hasta después de leer las memorias de

algunos idealistas escrupulosos —opositores políticos intransigentes que fueron a dar

en la cárcel, o prisioneros de guerra politizados— hasta haber sondeado sus

problemas de conciencia en el trance de resolver la medida justa en que

«cooperarían» con las autoridades, no se comprende bien que, dentro de las

organizaciones, hasta la más trivial relación de intercambio significa una implicación

definitoria. Si alguien, por ejemplo, mueve el cuerpo, respondiendo a una indicación

cortés (y con mayor razón a una orden) atestigua de algún modo la legitimidad del

plan de acción emprendido por el otro. Aceptar, estando en la cárcel, privilegios —

como una autorización para hacer ejercicios en el patio o una remesa de materiales

artísticos— es compartir el punto de vista del carcelero sobre lo que uno desea y

necesita, ponerse en el brete de mostrarle un poco de gratitud y espíritu de

colaboración (aunque más no sea por el hecho de tomar lo que a uno le dan), y

reconocerle algún derecho a suponer esto o aquello, acerca de uno mismo.[255] Así es

como aparece el gran tema de la colaboración con el enemigo. El preso puede sentirse

obligado a rechazar con aire desabrido, hasta la invitación amable de un guardián

bondadoso que lo insta a mostrar sus pinturas a una visita, a fin de no autorizar, ni

siquiera con este minúsculo gesto de condescendencia, el innoble oficio de guardián,

y la opinión que los guardianes tienen de los presos.[256]

Un prisionero político que muere por efecto de la tortura física, sin haber revelado

una palabra, refuta evidentemente el concepto de los torturadores sobre sus

motivaciones y, desde luego, también el juicio que estos mantienen sobre su

naturaleza humana. Pero la situación de los prisioneros de guerra enseña muchas

otras cosas de igual importancia, aunque menos espectaculares. Por ejemplo, un

prisionero de conciencia susceptible, sometido a un sagaz interrogatorio, puede llegar

a sentir que hasta el silencio que da por respuesta a todas las preguntas traicionará la

información que oculta, haciendo de él, muy a su pesar, un colaboracionista. La

situación tiene un poder definitorio del que no lograría salvarse con sólo mantenerse

leal y valiente.[257]

Los prisioneros inclinados a la reflexión moral no son las únicas personas de

conciencia elevada cuya actitud nos hace percatar de las implicaciones definitorias de

ciertos aspectos, de menor importancia, relativos a la participación en una

organización. Otro grupo significativo es el de esos vagabundos instruidos y

militantes, que se las arreglan para vivir sin dinero en una ciudad como Nueva York.

Al azar de sus callejeos a través de la ciudad, van improvisando cada escena según las posibilidades para obtener comida gratis, calor gratis y sueño gratis. La

extravagancia del comportamiento nos obliga a pensar en lo que se espera del hombre

ordinario en las mismas situaciones; y suponemos, como todo el mundo, que actuaría

movido por otras preocupaciones e intereses, que por su carácter le incumben, y que

no haría uso indebido de las instituciones de la ciudad, como esos alegres

vagabundos.

Pero ¿cuál es el uso «debido», y en qué supuestos implícitos se funda?

Averiguarlo es enterarse del carácter y los intereses atribuidos a los ciudadanos, y

declarados legítimos para ellos. Un manual reciente sobre la materia,[258] nos hace

ver que la Grand Central Station es un lugar por donde van y vienen personas con

destinos fijos o con amigos a quienes han dado cita allí, pero en modo alguno un

alojamiento; que un coche subterráneo sirve para viajar; el vestíbulo de un hotel, para

concertar entrevistas cortas; una biblioteca, para leer; una escalera de incendio, para

salvar la vida; un cine para mirar películas; y cualquier forastero que convierta a tales

ambientes en dormitorios, no tiene el dispositivo de motivaciones aprobado. Cuando

nos cuentan que un hombre fue todas las tardes de un mes entero de invierno al

Hospital de Cirugía Mayor, para visitar a una muchacha a la que casi no conocía, que

estaba internada allí, y que lo hizo sólo porque el ambiente de la sala era templado y

él tenía mucho frío,[259] nos damos cuenta de que un hospital espera de sus visitantes

una escala de motivos pero que, como cualquier otra entidad social, puede ser

explotado, aprovechado, usado, en fin, en una forma que se aleja del carácter de la

institución misma y de lo que se espera de los participantes.

Alguien nos informa que ciertas carteristas de reconocida militancia profesional

se arriesgan, a veces, a cometer triviales aunque peligrosas raterías en los

supermercados sólo porque tienen demasiado pundonor como para rebajarse a pagar

por lo que llevan.[260] Nos representamos el cuadro y de pronto se nos revelan, quizá

por primera vez, todos los supuestos implícitos en la compra diaria de cualquier

cliente de un supermercado.

Las discrepancias entre el punto de vista que oficialmente se les atribuye y el que

en realidad tienen los participantes de una organización, son hoy particularmente

visibles en la industria, frente al problema de los «incentivos legítimos», o al

concepto de «trabajador estable», por ejemplo. A menudo los directivos dan por

sentado que los obreros van a querer trabajar ininterrumpidamente, con miras a la

acumulación de ahorros y antigüedad. No parecería confirmarlo así, a juzgar por lo

que sabemos, el mundo social en que viven algunos obreros urbanos de clase baja, y

muchos que han sido desplazados del centro industrial, hacia los establecimientos de

la periferia. El concepto de «trabajador estable» es inadecuado para ellos.

Véase un caso registrado en el Paraguay:

 

«El comportamiento de la gente de campo frente al trabajo asalariado es instructivo. La actitud más

ingenua y más idealista ve las cosas así: el hecho de trabajar para alguien significa hacerle un favor

personal; los salarios que se reciben en retribución se consideran regalos o pruebas de estima. Algo menos

abiertamente, se admite que trabajar por un sueldo puede ser el medio de juntar un pequeño capital,

destinado a algún propósito específico. No se concibe el trabajo como una mercancía que se vende y se

compra impersonalmente, ni el trabajar para un empleador como medio posible de ganarse el sustento. En

las escasas plantaciones y en la fábrica de ladrillos, el personal se renueva rápidamente, porque el obrero

se retira apenas ha ganado la modesta suma que constituía su meta. Hubo en el Paraguay empleadores

extranjeros, que en algunas ocasiones determinaron pagar salarios más altos que los corrientes, a fin de

asegurarse mano de obra de superior calidad y obreros satisfechos que, por lo mismo, fueran más

constantes. La medida resultó contraproducente y aceleró la renovación del personal. No se había

entendido que quienes trabajan allí por un salario lo hacen sólo en forma episódica y para conseguir una

cierta cantidad de dinero: cuanto más pronto la alcanzan, más pronto se van». [261]

 

No es privativo de las organizaciones industriales descubrir en algunos de sus

miembros definiciones inesperadas de la situación. Considérese el caso de las

cárceles. Un preso común, incomunicado en su celda, puede sufrir el efecto de

privación que las autoridades anticipan; en cambio para un inglés de la clase media

alta que ha ido a caer entre los más ruines desechos de la sociedad británica, la

reclusión solitaria acaso adquiera un significado imprevisto:

 

«Durante las cinco primeras semanas de mi condena, con excepción de dos horas de trabajo por la mañana

y por la tarde, y de los ejercicios periódicos, permanecí encerrado en mi celda, a solas, felizmente. Casi

todos sentían horror por esas largas horas de encierro. A mí me ocurrió lo contrario: al cabo de muy poco

tiempo, llegué a desear la soledad como una bendita tregua en que no tenía que oír los gritos de los

guardianes, ni escuchar la conversación incansablemente obscena de la mayoría de los presos. Pasaba

leyendo una buena parte de esas horas de soledad».[262]

 

Un empleado del servicio civil francés en el África Occidental sugiere

implícitamente un caso aún más grave:

 

«No todos los pueblos del África Occidental francesa entienden de igual modo el encarcelamiento. Hay

lugares donde se toma como una aventura, que no tiene en sí misma nada de deshonroso; otros, donde por

el contrario equivale a la pena de muerte. Ciertos africanos se transforman, si usted los mete presos, en una

especie de servidores domésticos, y acaban por considerarse de su familia. Un fulani, en cambio, se muere

si lo encarcelan».[263]

 

No me propongo limitar este análisis a la ideología, que exponían las autoridades

de la organización, acerca de la naturaleza humana de sus miembros —aunque

reconozco que constituye un elemento significativo del caso—.[264] Pretendo

investigar, además, la acción emprendida por esas autoridades, en cuanto expresa un

concepto de las personas sobre las cuales se ejerce.[265] En este sentido, las cárceles

vuelven a proporcionar un ejemplo notorio. Ideológicamente, en los establecimientos

carcelarios oficiales cabe sostener —y se sostiene a veces— que el preso debería

aceptar, aunque le disgustara, el hecho de estar en la cárcel, ya que estas (al menos las

de tipo moderno) presumiblemente le brindan el modo de saldar su deuda con la

sociedad, de cultivar el respeto a las leyes, de examinar sus culpas, de aprender un

oficio honrado y, en ciertas ocasiones, de obtener la psicoterapia que necesita. En

términos de acción, sin embargo, las autoridades carcelarias se concentran

primordialmente en el asunto «seguridad», o sea, en la prevención de desórdenes y fugas. Un importante aspecto en la definición oficial del carácter de los reclusos es la

certeza de que aprovecharán la menor oportunidad que se les presente, para eludir el

cumplimiento legal de su condena. Podría añadirse que el deseo de escapar y la

disposición habitual a sofocarlo, ante la probabilidad de ser sorprendidos y

castigados, expresan (no ya en palabras, sino en actos y sentimientos) la conformidad

de los presos con el punto de vista que tienen sobre ellos las autoridades. Gran parte

de los conflictos y de la hostilidad entre la dirección y los internos de los

establecimientos penales resultan así consistentes con la conformidad referida a

ciertos aspectos de la naturaleza de los internos.

Sugiero, en suma, que consideremos el hecho de participar en una organización

desde una perspectiva especial. Lo que se espera que haga el participante, y lo que

este haga en realidad, no será la principal preocupación. Nos interesa el hecho de que

la actividad esperada por la organización presupone un concepto del actor, y que esto

permite encarar a la organización como un lugar donde se generan supuestos en

materia de identidad. Al trasponer el umbral del establecimiento, el individuo se

obliga a permanecer alerta a la situación, a fin de orientarse debidamente, y ocupar el

puesto que le corresponde. Al participar en una actividad del establecimiento, se

compromete instantáneamente a entregarse de lleno a esa actividad. Al orientar y

comprometer así su atención y su esfuerzo, fija en forma ostensible su actitud hacia el

establecimiento y hacia los conceptos implícitos que puedan prevalecer en él acerca

de sí mismo. Por el solo hecho de intervenir en una determinada actividad con el

ánimo prescripto se acepta ser el tipo determinado de persona que habita en un

mundo de un tipo determinado. Ahora bien, si todo establecimiento social puede

contemplarse como un centro del que sistemáticamente surgen ciertos conceptos

implícitos sobre el yo, podemos llegar un poco más lejos, y concebirlo como un lugar

donde los participantes enfrentan sistemáticamente estos conceptos implícitos. Faltar

a las actividades prescriptas, o realizarlas en formas o con finalidades no prescriptas,

significa sustraerse al yo oficial y al mundo que por disposición oficial era accesible

para ese yo. Prescribir actividad es prescribir un mundo: eludir una prescripción

puede implicar eludir una identidad.

Citaré dos ejemplos. Se supone que los integrantes de la orquesta, en un

espectáculo musical de Broadway, se presentan a la hora indicada impecablemente

vestidos, seguros de haber ensayado lo suficiente y con los cinco sentidos puestos en

la tarea que los aguarda. Una vez que han ocupado sus respectivos lugares en el foso,

se supone que cada uno permanece en actitud atenta y digna, ya ejecutando su

instrumento, ya aguardando que le den la entrada. Se presume que su disciplina de

músicos profesionales los retiene armoniosamente insertados dentro de un mundo

musical. Tal es la imagen de su ser creada por el foso de la orquesta y el trabajo que

allí se cumple. Pero lo cierto es que, después de aprendida la partitura de una pieza,

los músicos de la orquesta suelen verse, de pronto, con que no tienen nada que hacer

y, además, casi ocultos a los ojos de quienes los conciben pura y exclusivamente como músicos en actividad. Entonces, aunque condenados a la inmovilidad física