Internados
Sobre las características de las instituciones totales
Sobre las características de las instituciones totales[1]
Introducción
I
Se llaman establecimientos sociales —o instituciones en el sentido corriente de la
palabra— a sitios tales como habitaciones, conjuntos de habitaciones, edificios o
plantas industriales, donde se desarrolla regularmente determinada actividad. Falta en
sociología un criterio adecuado para su clasificación. Algunos de ellos, como la
Grand Central Station (Estación Central), son accesibles a cualquier individuo que se
comporte correctamente; otros, como el Union League Club de Nueva York, o los
laboratorios de física nuclear de Los Álamos, parecen un poco exigentes en lo
relativo al acceso. En unos, como en las casas de comercio y en las oficinas de
correos, hay un número reducido de miembros fijos que prestan un servicio, y una
afluencia continua de miembros que lo reciben. Otros, como los hogares y fábricas,
comprenden un conjunto de participantes más estable. Ciertas instituciones proveen
el lugar para actividades que presuntamente confieren al individuo su estatus social,
por fáciles y agradables que tales actividades puedan ser; otras, por el contrario,
brindan la oportunidad de contraer relaciones que se consideran electivas e
informales, reclamando parte del tiempo que dejan libre otras exigencias más serias.
En este libro se deslinda otra categoría de instituciones, y se sostiene que dicha
categoría es natural y fecunda, porque sus miembros tienen tanto en común que, en
realidad, para conocer una cualquiera de tales instituciones es aconsejable echar una
mirada a las demás.
II
Toda institución absorbe parte del tiempo y del interés de sus miembros y les
proporciona en cierto modo un mundo propio; tiene, en síntesis, tendencias
absorbentes. Cuando repasamos las que componen nuestra sociedad occidental,
encontramos algunas que presentan esta característica en un grado mucho mayor que
las que se hallan próximas a ellas en la serie, de tal modo que se hace evidente la
discontinuidad. La tendencia absorbente o totalizadora está simbolizada por los
obstáculos que se oponen a la interacción social con el exterior y al éxodo de los
miembros, y que suelen adquirir forma material: puertas cerradas, altos muros,
alambres de púas, acantilados, ríos, bosques o pantanos. Me interesa explorar aquí las
características generales de estos establecimientos, a los que llamaré instituciones
totales [2] .
Las instituciones totales de nuestra sociedad pueden clasificarse, a grandes rasgos, en cinco grupos. En primer término hay instituciones erigidas para cuidar de
las personas que parecen ser a la vez incapaces e inofensivas: son los hogares para
ciegos, ancianos, huérfanos e indigentes. En un segundo grupo están las erigidas para
cuidar de aquellas personas que, incapaces de cuidarse por sí mismas, constituyen
además una amenaza involuntaria para la comunidad: son los hospitales de enfermos
infecciosos, los hospitales psiquiátricos y los leprosarios. Un tercer tipo de institución
total, organizado para proteger a la comunidad contra quienes constituyen
intencionalmente un peligro para ella, no se propone como finalidad inmediata el
bienestar de los reclusos: pertenecen a este tipo las cárceles, los presidios, los campos
de trabajo y de concentración. Corresponden a un cuarto grupo ciertas instituciones
deliberadamente destinadas al mejor cumplimiento de una tarea de carácter laboral, y
que sólo se justifican por estos fundamentos instrumentales: los cuarteles, los barcos,
las escuelas de internos, los campos de trabajo, diversos tipos de colonias, y las
mansiones señoriales desde el punto de vista de los que viven en las dependencias de
servicio. Finalmente, hay establecimientos concebidos como refugios del mundo,
aunque con frecuencia sirven también para la formación de religiosos: entre ellos las
abadías, monasterios, conventos y otros claustros. Esta clasificación de las
instituciones totales no es precisa, exhaustiva, ni tampoco para su inmediata
aplicación analítica; aporta, no obstante, una definición puramente denotativa de la
categoría, como punto de partida concreto. Fijada así una definición inicial de las
instituciones totales, espero poder examinar sin tautología las características
generales de su tipo. Antes de intentar un perfil general de esta serie de
establecimientos, quiero destacar un problema conceptual: ninguno de los elementos
que describiré parece pertenecer intrínsecamente a las instituciones totales, y ninguno
parece compartido por todas; empero, cada una presenta, en alto grado, varios
atributos de la misma familia, y este es el rasgo general que las distingue. Al hablar
de «características comunes» lo haré en sentido restringido, pero no sin fundamento
lógico. Así podré aplicar a la vez el método de tipos ideales, estableciendo rasgos
comunes, con la esperanza de señalar luego las diferencias significativas.
III
Un ordenamiento social básico en la sociedad moderna es que el individuo tiende
a dormir, jugar y trabajar en distintos lugares, con diferentes coparticipantes, bajo
autoridades diferentes, y sin un plan racional amplio. La característica central de las
instituciones totales puede describirse como una ruptura de las barreras que separan
de ordinario estos tres ámbitos de la vida. Primero, todos los aspectos de la vida se
desarrollan en el mismo lugar y bajo la misma autoridad única. Segundo, cada etapa
de la actividad diaria del miembro se realiza en la compañía inmediata de muchos
otros, a quienes se da el mismo trato y de quienes se requiere que hagan juntos las mismas cosas. Tercero, todas las etapas de las actividades diarias están estrictamente
programadas, de modo que una actividad conduce en un momento prefijado a la
siguiente, y toda la secuencia de ellas se impone desde arriba, mediante un sistema de
normas formales explícitas y un cuerpo de funcionarios. Finalmente, las diversas
actividades obligatorias se integran en un solo plan racional, concebido ex profeso
para lograr los objetivos propios de la institución.
Individualmente, estas características no son privativas de las instituciones
totales. En nuestros grandes establecimientos del comercio, la industria y la
educación se está difundiendo, por ejemplo, la costumbre de proporcionar servicios
de cafetería y elementos de recreación que sus miembros pueden usar en el tiempo
libre. Con todo, el uso de estas mayores comodidades se mantiene optativo en
muchos aspectos, y se cuida particularmente de que no se extienda a ellas la línea
ordinaria de autoridad. Asimismo, las amas de casa, o las familias de los granjeros,
pueden concentrar sus grandes campos de actividad en un área determinada, pero
nadie las gobierna colectivamente, ni marchan a través de las actividades diarias en la
compañía inmediata de otros iguales a ellos.
El hecho clave de las instituciones totales consiste en el manejo de muchas
necesidades humanas mediante la organización burocrática de conglomerados
humanos, indivisibles —sea o no un medio necesario o efectivo de organización
social, en las circunstancias dadas—. De ello se derivan algunas consecuencias
importantes.
Las personas a quienes se hace mover en masa pueden confiarse a la supervisión
de un personal cuya actividad específica no es la orientación ni la inspección
periódicas (como ocurre en muchas relaciones entre empleador y empleado) sino más
bien la vigilancia: ver que todos hagan lo que se les ha dicho claramente que se exige
de ellos, en condiciones en que la infracción de un individuo probablemente se
destacaría en singular relieve contra el fondo de sometimiento general, visible y
comprobado. Aquí no se juega la preeminencia entre el gran conglomerado humano y
el reducido personal supervisor; están hechos el uno para el otro.
En las instituciones totales hay una escisión básica entre un gran grupo manejado,
que adecuadamente se llama de internos, y un pequeño grupo personal supervisor.
Los internos viven dentro de la institución y tienen limitados contactos con el mundo,
más allá de sus cuatro paredes; el personal cumple generalmente una jornada de ocho
horas, y está socialmente integrado con el mundo exterior.[3] Cada grupo tiende a
representarse al otro con rígidos estereotipos hostiles: el personal suele juzgar a los
internos como crueles, taimados e indignos de confianza; los internos suelen
considerar al personal petulante, despótico y mezquino. El personal tiende a sentirse
superior y justo; los internos a sentirse inferiores, débiles, censurables y culpables.[4]
La movilidad social entre ambos estratos es sumamente restringida: la distancia
social, grande casi siempre, está a menudo formalmente prescripta. La conversación
misma de un grupo a otro puede llevarse en un tono especial de voz, como lo ilustra una novela inspirada en una estadía real en un hospital psiquiátrico:
«—Óigame bien —dijo Miss Hart cuando atravesaban el locutorio—. Usted haga lo que Miss Davis
diga. No piense; hágalo no más. Le irá bien.
»Tan pronto como escuchó el nombre, Virginia supo qué era lo más terrible en la sala uno: Miss Davis. —¿Es la jefa de las enfermeras?
»—¡Y qué jefa! —murmuró Miss Hart. Y enseguida levantó la voz. Las enfermeras actuaban por
hábito como si las enfermas no pudiesen oír si no era gritándoles. Con frecuencia decían en voz normal
cosas que no parecían destinadas a los oídos de las señoras; si no hubiesen sido enfermeras, uno habría
pensado que a menudo hablaban solas—. Una persona muy competente y eficiente, Miss Davis —anunció
Miss Hart».[5]
Aunque cierta comunicación es necesaria entre los internos y el personal
paramédico, una de las funciones de la guardia es controlar la comunicación efectiva
de los internos con los niveles superiores. Véase un ejemplo aportado por un
estudiante de los hospitales psiquiátricos:
«Como muchos de los pacientes se muestran ansiosos por ver al doctor en sus rondas, los asistentes deben
actuar como mediadores si el médico no quiere tener dificultades. En la sala 30, era un hecho general que a
los pacientes sin síntomas fisiológicos, incluidos en los dos grupos menos privilegiados, casi nunca se les
permitía hablar con el médico, salvo que el mismo doctor Baker los mandase llamar. El grupo, cargoso,
imposible de disuadir —llamado de los “pelmas”, “secantes” o “chinches”, en la jerga de los asistentes— a
menudo trataba de pasar por encima del mediador, pero se le aplicaban procedimientos muy expeditivos
cuando lo intentaba».[6]
Así como la conversación entre un grupo y otro se restringe, también se restringe
el paso de información, especialmente en lo relativo a los planes del personal con
respecto a los internos. Es característico mantenerlos en la ignorancia de las
decisiones que se toman sobre su propio destino. Ya responda a motivos de orden
militar, como cuando se oculta a las tropas el punto hacia el cual se dirigen, ya se
funde en razones médicas, como cuando se reserva el diagnóstico, el plan de
tratamiento, y el tiempo de internación aproximada de los pacientes tuberculosos,[7]
dicha exclusión proporciona al personal una sólida base para guardar las distancias y
ejercer su dominio sobre los internos.
Todas estas restricciones de contacto ayudan presumiblemente a mantener los
estereotipos antagónicos.[8] Poco a poco se van formando dos mundos social y
culturalmente distintos, que tienen ciertos puntos formales de tangencia pero muy
escasa penetración mutua. Es significativo que el edificio y el nombre de la
institución lleguen a identificarse, a los ojos del personal y también de los internos,
como algo perteneciente a aquel y no a estos, de modo que cuando cualquiera de
ambos grupos se refiere a los fines o intereses de «la institución», se refieren
implícitamente (como yo mismo he de hacerlo) a los fines e intereses del personal.
La escisión entre personal e internos es un grave problema para el manejo
burocrático de grandes conglomerados humanos; un segundo problema concierne al
trabajo.
En el ordenamiento ordinario de la vida dentro de nuestra sociedad, la autoridad que rige en el lugar de trabajo cesa en el momento que el trabajador recibe su paga; la
forma en que gaste este su dinero en un ambiente doméstico y recreativo, es asunto
privado suyo y constituye un mecanismo que permite mantener dentro de límites
estrictos la autoridad vigente en el lugar de trabajo. Pero decir que los internos de las
instituciones tienen todo su día programado significa que también se habrán
planificado todas sus necesidades esenciales. Cualquiera que sea, pues, el incentivo
propuesto para el trabajo, carecerá de la significación estructural que tiene en el
exterior. Será inevitable que haya diferentes motivaciones para el trabajo y distintas
actitudes hacia él. Este es un ajuste básico que se requiere de los internos y de
quienes deben inducirlos a trabajar.
A veces se les exige tan poco trabajo que los internos, con frecuencia no
habituados a los pequeños quehaceres, sufren crisis de aburrimiento. El trabajo
requerido puede efectuarse con extrema lentitud, y a menudo se conecta con un
sistema de pagos mínimos, muchas veces ceremoniales, como la ración semanal de
tabaco y los regalos de Navidad, que inducen a algunos pacientes mentales a
permanecer en sus puestos. En otros casos, por supuesto, se exige más que una
jornada ordinaria de trabajo pesado, y para estimular a cumplirlo no se ofrecen
recompensas sino amenazas de castigo físico. En algunas instituciones, tales como los
campos de leñadores y los barcos mercantes, la práctica forzada del ahorro pospone
la relación habitual con el mundo que puede comprar el dinero; todas las necesidades
están organizadas por la institución, y el pago se efectúa sólo cuando ha terminado el
trabajo de una estación, y los hombres quedan en libertad. En algunas instituciones
existe una especie de esclavitud, por la que el horario completo del interno se ha
establecido según la conveniencia del personal; aquí el sentido del yo y el sentido de
posesión del interno pueden llegar a alienarse de su capacidad de trabajo. T. E.
Lawrence da un ejemplo al respecto en el informe de su servicio en una estación de
entrenamiento de las R. A. F.:
«Los hombres que llevan seis semanas de fajina se mueven con una pereza que
hiere nuestro sentido moral. “Son tontos, ustedes, reclutas, en sudar la gota gorda”.
¿Es la nuestra una diligencia de novatos o un resto de modalidad civil? Porque las R.
A. F. nos pagarán las veinticuatro horas del día a razón de tres medios peniques por
hora; pagados por trabajar, pagados por comer, pagados por dormir, esos peniques se
apilan siempre. Es imposible, por lo tanto, dignificar una tarea cumpliéndola bien.
Hay que perder todo el tiempo que se pueda, ya que después no nos aguarda descanso
junto al fogón, sino otra tarea».[9]
Haya demasiado trabajo, o demasiado poco, el individuo que internalizó un ritmo
de trabajo afuera tiende a desmoralizarse por el sistema de trabajo de la institución
total. Un ejemplo de desmoralización es la práctica corriente en los hospitales
psiquiátricos estatales de andar «mangoneando» o «trabajando a alguno» de modo de conseguir unas monedas para gastar en la cantina. Ciertas personas que lo hacen —a
menudo con cierto descaro— en el mundo exterior se despreciarían a sí mismas por
actos semejantes. (Los miembros del personal, interpretando esta pauta de
mendicidad según su propia orientación civil hacia la ganancia, tienden a verla como
un síntoma de enfermedad mental y una prueba más de que los internos están
realmente enfermos.)
Hay incompatibilidad, pues, entre las instituciones totales y la estructura básica
del trabajo remunerado en nuestra sociedad. Otro elemento fundamental de ella con el
que son incompatibles es la familia. La vida familiar suele contraponerse a la vida
solitaria, pero en realidad el contraste más pertinente es con la vida de cuadrilla,
porque los que comen y duermen en el trabajo, con un grupo de compañeros,
difícilmente pueden llevar una existencia doméstica significativa.[10] Inversamente, el
hecho de que sus familias se mantengan fuera de la institución suele permitir que los
miembros del personal permanezcan integrados en la comunidad exterior y se
sustraigan así a la tendencia absorbente de la institución total.
Que una institución total determinada actúe como una fuerza benéfica o maléfica
en la sociedad civil, de todos modos tendrá fuerza, y esta dependerá en parte de la
supresión de todo un círculo de familias reales o potenciales. La formación de
familias proporciona, por el contrario, una garantía estructural de resistencia
permanente contra las instituciones totales. La incompatibilidad de estas dos formas
de organización social debería enseñamos algo sobre las más amplias funciones
sociales de ambas.
La institución total es un híbrido social, en parte comunidad residencial y en parte
organización formal; de ahí su particular interés sociológico. Hay también otras
razones para interesarse en estos establecimientos. En nuestra sociedad, son los
invernaderos donde se transforma a las personas; cada una es un experimento natural
sobre lo que puede hacérsele al yo.
Se han sugerido ya algunos rasgos claves de las instituciones totales. Debo
considerar ahora estos establecimientos desde dos perspectivas: primero, como el
mundo del interno; luego el mundo del personal. Por último, quiero decir algo sobre
los contactos entre ambos.