Internados

Erving Goffman · Capítulo 3 de 18

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Internados

Sobre las características de las instituciones totales

Sobre las características de las instituciones totales[1]

Introducción

 

I

 

Se llaman establecimientos sociales —o instituciones en el sentido corriente de la

palabra— a sitios tales como habitaciones, conjuntos de habitaciones, edificios o

plantas industriales, donde se desarrolla regularmente determinada actividad. Falta en

sociología un criterio adecuado para su clasificación. Algunos de ellos, como la

Grand Central Station (Estación Central), son accesibles a cualquier individuo que se

comporte correctamente; otros, como el Union League Club de Nueva York, o los

laboratorios de física nuclear de Los Álamos, parecen un poco exigentes en lo

relativo al acceso. En unos, como en las casas de comercio y en las oficinas de

correos, hay un número reducido de miembros fijos que prestan un servicio, y una

afluencia continua de miembros que lo reciben. Otros, como los hogares y fábricas,

comprenden un conjunto de participantes más estable. Ciertas instituciones proveen

el lugar para actividades que presuntamente confieren al individuo su estatus social,

por fáciles y agradables que tales actividades puedan ser; otras, por el contrario,

brindan la oportunidad de contraer relaciones que se consideran electivas e

informales, reclamando parte del tiempo que dejan libre otras exigencias más serias.

En este libro se deslinda otra categoría de instituciones, y se sostiene que dicha

categoría es natural y fecunda, porque sus miembros tienen tanto en común que, en

realidad, para conocer una cualquiera de tales instituciones es aconsejable echar una

mirada a las demás.

 

II

 

Toda institución absorbe parte del tiempo y del interés de sus miembros y les

proporciona en cierto modo un mundo propio; tiene, en síntesis, tendencias

absorbentes. Cuando repasamos las que componen nuestra sociedad occidental,

encontramos algunas que presentan esta característica en un grado mucho mayor que

las que se hallan próximas a ellas en la serie, de tal modo que se hace evidente la

discontinuidad. La tendencia absorbente o totalizadora está simbolizada por los

obstáculos que se oponen a la interacción social con el exterior y al éxodo de los

miembros, y que suelen adquirir forma material: puertas cerradas, altos muros,

alambres de púas, acantilados, ríos, bosques o pantanos. Me interesa explorar aquí las

características generales de estos establecimientos, a los que llamaré instituciones

totales [2] .

Las instituciones totales de nuestra sociedad pueden clasificarse, a grandes rasgos, en cinco grupos. En primer término hay instituciones erigidas para cuidar de

las personas que parecen ser a la vez incapaces e inofensivas: son los hogares para

ciegos, ancianos, huérfanos e indigentes. En un segundo grupo están las erigidas para

cuidar de aquellas personas que, incapaces de cuidarse por sí mismas, constituyen

además una amenaza involuntaria para la comunidad: son los hospitales de enfermos

infecciosos, los hospitales psiquiátricos y los leprosarios. Un tercer tipo de institución

total, organizado para proteger a la comunidad contra quienes constituyen

intencionalmente un peligro para ella, no se propone como finalidad inmediata el

bienestar de los reclusos: pertenecen a este tipo las cárceles, los presidios, los campos

de trabajo y de concentración. Corresponden a un cuarto grupo ciertas instituciones

deliberadamente destinadas al mejor cumplimiento de una tarea de carácter laboral, y

que sólo se justifican por estos fundamentos instrumentales: los cuarteles, los barcos,

las escuelas de internos, los campos de trabajo, diversos tipos de colonias, y las

mansiones señoriales desde el punto de vista de los que viven en las dependencias de

servicio. Finalmente, hay establecimientos concebidos como refugios del mundo,

aunque con frecuencia sirven también para la formación de religiosos: entre ellos las

abadías, monasterios, conventos y otros claustros. Esta clasificación de las

instituciones totales no es precisa, exhaustiva, ni tampoco para su inmediata

aplicación analítica; aporta, no obstante, una definición puramente denotativa de la

categoría, como punto de partida concreto. Fijada así una definición inicial de las

instituciones totales, espero poder examinar sin tautología las características

generales de su tipo. Antes de intentar un perfil general de esta serie de

establecimientos, quiero destacar un problema conceptual: ninguno de los elementos

que describiré parece pertenecer intrínsecamente a las instituciones totales, y ninguno

parece compartido por todas; empero, cada una presenta, en alto grado, varios

atributos de la misma familia, y este es el rasgo general que las distingue. Al hablar

de «características comunes» lo haré en sentido restringido, pero no sin fundamento

lógico. Así podré aplicar a la vez el método de tipos ideales, estableciendo rasgos

comunes, con la esperanza de señalar luego las diferencias significativas.

 

III

 

Un ordenamiento social básico en la sociedad moderna es que el individuo tiende

a dormir, jugar y trabajar en distintos lugares, con diferentes coparticipantes, bajo

autoridades diferentes, y sin un plan racional amplio. La característica central de las

instituciones totales puede describirse como una ruptura de las barreras que separan

de ordinario estos tres ámbitos de la vida. Primero, todos los aspectos de la vida se

desarrollan en el mismo lugar y bajo la misma autoridad única. Segundo, cada etapa

de la actividad diaria del miembro se realiza en la compañía inmediata de muchos

otros, a quienes se da el mismo trato y de quienes se requiere que hagan juntos las mismas cosas. Tercero, todas las etapas de las actividades diarias están estrictamente

programadas, de modo que una actividad conduce en un momento prefijado a la

siguiente, y toda la secuencia de ellas se impone desde arriba, mediante un sistema de

normas formales explícitas y un cuerpo de funcionarios. Finalmente, las diversas

actividades obligatorias se integran en un solo plan racional, concebido ex profeso

para lograr los objetivos propios de la institución.

Individualmente, estas características no son privativas de las instituciones

totales. En nuestros grandes establecimientos del comercio, la industria y la

educación se está difundiendo, por ejemplo, la costumbre de proporcionar servicios

de cafetería y elementos de recreación que sus miembros pueden usar en el tiempo

libre. Con todo, el uso de estas mayores comodidades se mantiene optativo en

muchos aspectos, y se cuida particularmente de que no se extienda a ellas la línea

ordinaria de autoridad. Asimismo, las amas de casa, o las familias de los granjeros,

pueden concentrar sus grandes campos de actividad en un área determinada, pero

nadie las gobierna colectivamente, ni marchan a través de las actividades diarias en la

compañía inmediata de otros iguales a ellos.

El hecho clave de las instituciones totales consiste en el manejo de muchas

necesidades humanas mediante la organización burocrática de conglomerados

humanos, indivisibles —sea o no un medio necesario o efectivo de organización

social, en las circunstancias dadas—. De ello se derivan algunas consecuencias

importantes.

Las personas a quienes se hace mover en masa pueden confiarse a la supervisión

de un personal cuya actividad específica no es la orientación ni la inspección

periódicas (como ocurre en muchas relaciones entre empleador y empleado) sino más

bien la vigilancia: ver que todos hagan lo que se les ha dicho claramente que se exige

de ellos, en condiciones en que la infracción de un individuo probablemente se

destacaría en singular relieve contra el fondo de sometimiento general, visible y

comprobado. Aquí no se juega la preeminencia entre el gran conglomerado humano y

el reducido personal supervisor; están hechos el uno para el otro.

En las instituciones totales hay una escisión básica entre un gran grupo manejado,

que adecuadamente se llama de internos, y un pequeño grupo personal supervisor.

Los internos viven dentro de la institución y tienen limitados contactos con el mundo,

más allá de sus cuatro paredes; el personal cumple generalmente una jornada de ocho

horas, y está socialmente integrado con el mundo exterior.[3] Cada grupo tiende a

representarse al otro con rígidos estereotipos hostiles: el personal suele juzgar a los

internos como crueles, taimados e indignos de confianza; los internos suelen

considerar al personal petulante, despótico y mezquino. El personal tiende a sentirse

superior y justo; los internos a sentirse inferiores, débiles, censurables y culpables.[4]

La movilidad social entre ambos estratos es sumamente restringida: la distancia

social, grande casi siempre, está a menudo formalmente prescripta. La conversación

misma de un grupo a otro puede llevarse en un tono especial de voz, como lo ilustra una novela inspirada en una estadía real en un hospital psiquiátrico:

 

«—Óigame bien —dijo Miss Hart cuando atravesaban el locutorio—. Usted haga lo que Miss Davis

diga. No piense; hágalo no más. Le irá bien.

»Tan pronto como escuchó el nombre, Virginia supo qué era lo más terrible en la sala uno: Miss Davis. —¿Es la jefa de las enfermeras?

»—¡Y qué jefa! —murmuró Miss Hart. Y enseguida levantó la voz. Las enfermeras actuaban por

hábito como si las enfermas no pudiesen oír si no era gritándoles. Con frecuencia decían en voz normal

cosas que no parecían destinadas a los oídos de las señoras; si no hubiesen sido enfermeras, uno habría

pensado que a menudo hablaban solas—. Una persona muy competente y eficiente, Miss Davis —anunció

Miss Hart».[5]

 

Aunque cierta comunicación es necesaria entre los internos y el personal

paramédico, una de las funciones de la guardia es controlar la comunicación efectiva

de los internos con los niveles superiores. Véase un ejemplo aportado por un

estudiante de los hospitales psiquiátricos:

 

«Como muchos de los pacientes se muestran ansiosos por ver al doctor en sus rondas, los asistentes deben

actuar como mediadores si el médico no quiere tener dificultades. En la sala 30, era un hecho general que a

los pacientes sin síntomas fisiológicos, incluidos en los dos grupos menos privilegiados, casi nunca se les

permitía hablar con el médico, salvo que el mismo doctor Baker los mandase llamar. El grupo, cargoso,

imposible de disuadir —llamado de los “pelmas”, “secantes” o “chinches”, en la jerga de los asistentes— a

menudo trataba de pasar por encima del mediador, pero se le aplicaban procedimientos muy expeditivos

cuando lo intentaba».[6]

 

Así como la conversación entre un grupo y otro se restringe, también se restringe

el paso de información, especialmente en lo relativo a los planes del personal con

respecto a los internos. Es característico mantenerlos en la ignorancia de las

decisiones que se toman sobre su propio destino. Ya responda a motivos de orden

militar, como cuando se oculta a las tropas el punto hacia el cual se dirigen, ya se

funde en razones médicas, como cuando se reserva el diagnóstico, el plan de

tratamiento, y el tiempo de internación aproximada de los pacientes tuberculosos,[7]

dicha exclusión proporciona al personal una sólida base para guardar las distancias y

ejercer su dominio sobre los internos.

Todas estas restricciones de contacto ayudan presumiblemente a mantener los

estereotipos antagónicos.[8] Poco a poco se van formando dos mundos social y

culturalmente distintos, que tienen ciertos puntos formales de tangencia pero muy

escasa penetración mutua. Es significativo que el edificio y el nombre de la

institución lleguen a identificarse, a los ojos del personal y también de los internos,

como algo perteneciente a aquel y no a estos, de modo que cuando cualquiera de

ambos grupos se refiere a los fines o intereses de «la institución», se refieren

implícitamente (como yo mismo he de hacerlo) a los fines e intereses del personal.

La escisión entre personal e internos es un grave problema para el manejo

burocrático de grandes conglomerados humanos; un segundo problema concierne al

trabajo.

En el ordenamiento ordinario de la vida dentro de nuestra sociedad, la autoridad que rige en el lugar de trabajo cesa en el momento que el trabajador recibe su paga; la

forma en que gaste este su dinero en un ambiente doméstico y recreativo, es asunto

privado suyo y constituye un mecanismo que permite mantener dentro de límites

estrictos la autoridad vigente en el lugar de trabajo. Pero decir que los internos de las

instituciones tienen todo su día programado significa que también se habrán

planificado todas sus necesidades esenciales. Cualquiera que sea, pues, el incentivo

propuesto para el trabajo, carecerá de la significación estructural que tiene en el

exterior. Será inevitable que haya diferentes motivaciones para el trabajo y distintas

actitudes hacia él. Este es un ajuste básico que se requiere de los internos y de

quienes deben inducirlos a trabajar.

A veces se les exige tan poco trabajo que los internos, con frecuencia no

habituados a los pequeños quehaceres, sufren crisis de aburrimiento. El trabajo

requerido puede efectuarse con extrema lentitud, y a menudo se conecta con un

sistema de pagos mínimos, muchas veces ceremoniales, como la ración semanal de

tabaco y los regalos de Navidad, que inducen a algunos pacientes mentales a

permanecer en sus puestos. En otros casos, por supuesto, se exige más que una

jornada ordinaria de trabajo pesado, y para estimular a cumplirlo no se ofrecen

recompensas sino amenazas de castigo físico. En algunas instituciones, tales como los

campos de leñadores y los barcos mercantes, la práctica forzada del ahorro pospone

la relación habitual con el mundo que puede comprar el dinero; todas las necesidades

están organizadas por la institución, y el pago se efectúa sólo cuando ha terminado el

trabajo de una estación, y los hombres quedan en libertad. En algunas instituciones

existe una especie de esclavitud, por la que el horario completo del interno se ha

establecido según la conveniencia del personal; aquí el sentido del yo y el sentido de

posesión del interno pueden llegar a alienarse de su capacidad de trabajo. T. E.

Lawrence da un ejemplo al respecto en el informe de su servicio en una estación de

entrenamiento de las R. A. F.:

 

«Los hombres que llevan seis semanas de fajina se mueven con una pereza que

hiere nuestro sentido moral. “Son tontos, ustedes, reclutas, en sudar la gota gorda”.

¿Es la nuestra una diligencia de novatos o un resto de modalidad civil? Porque las R.

A. F. nos pagarán las veinticuatro horas del día a razón de tres medios peniques por

hora; pagados por trabajar, pagados por comer, pagados por dormir, esos peniques se

apilan siempre. Es imposible, por lo tanto, dignificar una tarea cumpliéndola bien.

Hay que perder todo el tiempo que se pueda, ya que después no nos aguarda descanso

junto al fogón, sino otra tarea».[9]

 

Haya demasiado trabajo, o demasiado poco, el individuo que internalizó un ritmo

de trabajo afuera tiende a desmoralizarse por el sistema de trabajo de la institución

total. Un ejemplo de desmoralización es la práctica corriente en los hospitales

psiquiátricos estatales de andar «mangoneando» o «trabajando a alguno» de modo de conseguir unas monedas para gastar en la cantina. Ciertas personas que lo hacen —a

menudo con cierto descaro— en el mundo exterior se despreciarían a sí mismas por

actos semejantes. (Los miembros del personal, interpretando esta pauta de

mendicidad según su propia orientación civil hacia la ganancia, tienden a verla como

un síntoma de enfermedad mental y una prueba más de que los internos están

realmente enfermos.)

Hay incompatibilidad, pues, entre las instituciones totales y la estructura básica

del trabajo remunerado en nuestra sociedad. Otro elemento fundamental de ella con el

que son incompatibles es la familia. La vida familiar suele contraponerse a la vida

solitaria, pero en realidad el contraste más pertinente es con la vida de cuadrilla,

porque los que comen y duermen en el trabajo, con un grupo de compañeros,

difícilmente pueden llevar una existencia doméstica significativa.[10] Inversamente, el

hecho de que sus familias se mantengan fuera de la institución suele permitir que los

miembros del personal permanezcan integrados en la comunidad exterior y se

sustraigan así a la tendencia absorbente de la institución total.

Que una institución total determinada actúe como una fuerza benéfica o maléfica

en la sociedad civil, de todos modos tendrá fuerza, y esta dependerá en parte de la

supresión de todo un círculo de familias reales o potenciales. La formación de

familias proporciona, por el contrario, una garantía estructural de resistencia

permanente contra las instituciones totales. La incompatibilidad de estas dos formas

de organización social debería enseñamos algo sobre las más amplias funciones

sociales de ambas.

La institución total es un híbrido social, en parte comunidad residencial y en parte

organización formal; de ahí su particular interés sociológico. Hay también otras

razones para interesarse en estos establecimientos. En nuestra sociedad, son los

invernaderos donde se transforma a las personas; cada una es un experimento natural

sobre lo que puede hacérsele al yo.

 

Se han sugerido ya algunos rasgos claves de las instituciones totales. Debo

considerar ahora estos establecimientos desde dos perspectivas: primero, como el

mundo del interno; luego el mundo del personal. Por último, quiero decir algo sobre

los contactos entre ambos.