Internados

Erving Goffman · Apéndice

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Notas

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

[1] Una versión abreviada de este ensayo apareció en el «Symposium on Preventive

and Social Psychiatry», Instituto de Investigaciones «Walter Reed» del Ejército,

Washington, D. C., 15-17 de abril, 1957, págs. 43-84. La que damos aquí es una

reproducción de The Prison, compilada por Donald R. Cressey, copyright © 1961,

por Holt, Rinehart and Winston, Inc. <<

[2] En la literatura sociológica se ha aludido una que otra vez, bajo muy diversos

nombres, a la categoría de las instituciones totales, y hasta se han sugerido algunos de

los rasgos de esta clase de establecimientos. Quizás el aporte más notable en este

sentido sea el artículo de Howard Rowland: Segregated Communities and Mental

Health, incluido en «Mental Health Publication of the American Association for the

Advancement of Science», N.º 9, comp. por F. R. Moulton, 1939. Un esbozo previo

de nuestras conclusiones figura en Group Processes (Transactions of the Third

Conference, comp. por Bertram Schaffner, Josiah Macy, Jr., Foundation, Nueva York,

1957). Amitai Etzioni usa la designación «total» en el mismo sentido, en: The

Organizational Structure of «Closed» Educational Institutions in Israel, «Harvard

Educational Review», XXVII, 1957, pág. 115. <<

[3] El carácter binario de las instituciones totales me fue señalado por Gregory

Bateson, y se registra en la bibliografía. Consúltese, por ejemplo, Lloyd E. Ohlin,

Sociology and the Field of Corrections, Russell Sage Foundation, Nueva York, 1956,

págs. 14-20. Parece previsible que el personal sienta como una especie de castigo

ante las situaciones en que está obligado a vivir también en el interior, y que lo

convenza de encontrarse en un estatus de dependencia que no esperaba. Véase el

informe de Jane Casseis, The Marine Radioman’s Struggle for Status, «American

Journal of Sociology», LXII, 1957, pág. 359. <<

[4] Para la versión de la cárcel, véase S. Kirson Weinberg, Aspects of the Prison’s

Social Structure, «American Journal of Sociology», XLVII, 1942, págs. 717-26. <<

[5] Mary Jane Ward, The Snake Pit, New American Library, Nueva York, 1955, pág.

72. [Hay versión castellana: El nido de víboras. (N. de la T.)] <<

[6] Ivan Belknap, Human Problems of a State Mental Hospital, McGraw-Hill, Nueva

York, 1956, pág. 177. <<

[7] Un informe completo sobre esta cuestión se da en el capítulo titulado Information

and the Control of Treatment, de la monografía de próxima aparición de Julius A.

Roth, sobre el hospital de tuberculosos. Su trabajo promete ser un estudio modelo de

una institución total. Afirmaciones preliminares pueden encontrarse en sus artículos:

What is an Activity?, etc., XIV, otoño de 1956, págs. 54-6, y Ritual and Magic in the

Control of Contagion, «American Sociological Review», XXII, 1957, págs. 310-4.

<<

[8] Sugerido en Ohlin, op. cit., pág. 20. <<

[9] T. E. Lawrence, The Mint, Jonathan Cape, Londres, 1955, pág. 40. <<

[10] Un caso marginal interesante aquí es el kibbutz israelí. Véase Melford E. Spiro,

Kibbutz, Venture in Utopia, Harvard University Press, Cambridge, 1956, y Etzioni,

op. cit. <<

[11] Término utilizado por Robert Sommer, Patients who Grow Old in a Mental

Hospital, «Geriatrics», XIV, 1959, págs. 586-7. El término «desocialización», a veces

usado en el mismo contexto, parecería muy fuerte, pues supone la pérdida de

capacidades fundamentales de comunicarse y cooperar. <<

[12] Un ejemplo de la descripción de estos procesos puede encontrarse en Gresham M.

Sykes, The Society of Captives, Princeton University Press, Princeton, 1958, cap. IV,

The Pains of Imprisonment, págs. 63-83. <<

[13] Sanford M. Dombusch, The Military Academy as an Assimilating Institution,

«Social Forces», XXXIII, 1955, pág. 317. Para un ejemplo de restricción inicial de

las visitas en un hospital psiquiátrico, véase D. McI. Johnson y N. Dodds, comps.,

The Plea for the Silent, Christopher Johnson, Londres, 1957, pág. 16. Compare la

regla que prohíbe recibir visitas a los servidores domésticos y muchas veces los ata a

su institución total. Véase J. Jean Hecht, The Domestic Servant Class in Eighteenth-

Century England, Routledge and Kegan Paul, 1956, págs. 127-8. <<

[14] Una reseña útil en el caso de prisiones americanas puede hallarse en Paul W.

Tappan, The Legal Rights of Prisoners, «The Annals», CCXCIII, mayo, 1954, págs. 99-

111. <<

[15] A este respecto, véanse, por ejemplo, J. Kerkhoff, How Thin, the Veil: A

Newspaperman’s Story of His Own Mental Crack-up and Recovery, Greenberg,

Nueva York, 1952, pág. 110; Elie A. Cohen, Human Behaviour in the Concentration

Camp, Jonathan Cape, Londres, 1954, págs. 118-22; Eugen Kogon, The Theory and

Practice of Hell, Berkley Publishing Corp., s. f., págs. 63-8. <<

[16] Brendan Behan, Borstal Boy, Hutchinson, Londres, 1958, pág. 40. Véase también

Anthony Heckstall-Smith, Eighteen Months, Allan Wingate, Londres, 1954, pág. 26.

<<

[17] Para una versión de este proceso en los campos de concentración, véase Cohen,

op. cit., pág. 120, y Kogon, op. cit., págs. 64-5. Para un tratamiento novelado de la

bienvenida en un reformatorio de niñas, véase Sara Harris, The Wayward Ones, New

American Library, Nueva York, 1952, págs. 31-4. Una versión de la cárcel menos

explícita se encuentra en George Dendrickson y Frederick Thomas, The Truth About

Dartmoor, Gollancz, Londres, 1954, págs. 42-57. <<

[18] Por ejemplo, Thomas Merton, The Seven Storey Mountain, Harcourt, Brace &

Co., Nueva York, 1948, págs. 290-1; Cohen, op. cit., págs. 145-7. <<

[19] Dendrickson y Thomas, op. cit., págs. 83-4; también The Holy Rule of Saint

Benedict, cap. 55. <<

[20] Kogon, op. cit., pág. 69. <<

[21] The Holy Rule of Saint Benedict, cap. 55. <<

[22] The Holy Rule of Saint Benedict, cap. 58. <<

[23] John M. Murtagh y Sara Harris, Cast the First Stone, Pocket Books, Nueva York,

1958, págs. 239-40. Sobre hospitales psiquiátricos véase, por ejemplo, Kerkhoff, op.

cit., pág. 10. Ward., op. cit., pág. 60, sugiere razonablemente que los hombres de

nuestra sociedad sufren una humillación menor que las mujeres en las instituciones

totales. <<

[24] Johnson y Dodds, op. cit., pág. 15; para una versión sobre la prisión, véase Alfred

Hassler, Diary of a Self-Made Convict, Regnery, Chicago, 1954, pág. 33. <<

[25] L. D. Hankoff, Interaction Patterns Among Military Prison Personnel, «U. S.

Armed Forces Medical Journal», X, 1959, pág. 1419. <<

[26] Kathryn Hulme, The Nun’s Story, Muller, Londres, 1957, pág. 52. [Hay versión

castellana: Historia de una monja. Ediciones Selectas, Buenos Aires, 1964. (N. de la

T.)] <<

[27] The Holy Rule of Saint Benedict, cap. 44. <<

[28] Dendrickson y Thomas, op. cit., pág. 76. <<

[29] Sykes, op. cit., págs. 70-2. <<

[30] Por ejemplo, Lawrence, op. cit., págs. 34-5. <<

[31] The Holy Rule of Saint Benedict, cap. 35. <<

[32] Kogon, op. cit., pág. 102. <<

[33] Hulme, op. cit., págs. 48-51. <<

[34] Por supuesto, comunidades más vastas de la sociedad occidental han empleado

también esta técnica bajo la forma de flagelaciones y ejecuciones públicas, la picota y

el cepo. Funcionalmente correlativa con el relieve dado a las mortificaciones públicas

en las instituciones totales, es la estricta prohibición de que el personal humille a

cualquiera de sus miembros en presencia de los internos. <<

[35] Kogon, op. cit., págs. 41-2. <<

[36] Behan, op. cit., pág. 23. <<

[37] Por ejemplo, Kogon, op. cit., pág. 128; Hassler, op. cit., pág. 16. Sobre la

situación en un instituto religioso, véase Hulme, op. cit., pág. 48. Describe también la

falta de una atmósfera de intimidad, ya que las celdas individuales destinadas a

dormitorios no tenían más puertas que unas cortinas de fina tela de algodón. <<

[38] Véanse Heckstall-Smith, op. cit., pág. 21; Dendrickson y Thomas, op. cit., pág.

53. <<

[39] L. E. Hinkle (h.) y H. G. Wolff, Communist Interrogation and Indoctrination of

«Enemies of the State», A. M. A., «Archives of Neurology and Psychiatry», LXXVI,

1956, pág. 153. Un informe sumamente útil sobre el rol profanador de la materia

fecal, y la necesidad social de control personal y ambiental, proporciona C. E. Orbach

y otros, en Fears and Defensive Adaptations to the Loss of Anal Sphincter Control,

«The Psychoanalytic Review», XLIV, 1957, pág. 75. <<

[40] Por ejemplo, Johnson y Dodds, op. cit., pág. 75; Heckstall-Smith, op. cit., pág.

15. <<

[41] George Orwell, Such, Such Were the Joys, «Partisan Review», XIX, septiembre-

octubre, 1952, pág. 523. <<

[42] David P. Boder, I Did Not Interview the Dead, University of Illinois Press,

Urbana, 1949, pág. 50. <<

[43] Ibid., pág. 50. <<

[44] Johnson y Dodds, op. cit., pág. 16. <<

[45] Dendrickson y Thomas, op. cit., pág. 122. <<

[46] Por ejemplo, Lowell Naeve, A Field of Broken Stones, Libertarian Press, Glen

Gardner, Nueva Jersey, 1950, pág. 17; Kogon, op. cit., pág. 67; Holley Cantine y

Dachine Rainer, Prison Etiquette, Retort Press, Bearsville, Nueva York, 1950, pág.

46.

 

) <<

[47] N. C. O.: Siglas de noncommissioned officer = suboficial. (N. del E.) <<

[48] Lawrence, op. cit., pág. 196. <<

[49] Heckstall-Smith, op. cit., pág. 14. <<

[50] Ibid., pág. 17. <<

[51] Hinkle y Wolff, op. cit., pág. 156. <<

[52] Lawrence, op. cit., pág. 91. <<

[53] Por ejemplo, véase Hassler, op. cit., pág. 104. <<

[54] Hulme, op. cit., págs. 52-3. <<

[55] Dendrickson y Thomas, op. cit., pág. 128. <<

[56] Hassler, op. cit., págs. 62-3. <<

[57] Dendrickson y Thomas, op. cit., pág. 175. <<

[58] Hulme, op. cit., págs. 50-1. <<

[59] Belknap, op. cit., pág. 194. <<

[60] Herman Melville, White Jacket, Grove Press, Nueva York, s. f., pág. 135. <<

[61] Ibid., pág. 135. <<

[62] Lawrence, op. cit., pág. 62. <<

[63] Kogon, op. cit., pág. 160. <<

[64] Hulme, op. cit., pág. 53. <<

[65] En la sociedad urbana, los crímenes y otros tipos de desviación afectan la

aceptación del desviado en todas las áreas de la vida, pero esta confusión de esferas

se aplica especialmente a los delincuentes, no a la masa de la población, que no

comete este tipo de delitos, o los comete sin ser detectada. <<

[66] Una declaración clara puede hallarse en R. Rapoport y E. Skellern, Some

Therapeutic Functions of Administrative Disturbance, «Administrative Science

Quarterly», II, 1957, págs. 84-5. <<

[67] El tiempo que el empleado trabaja discrecionalmente, sin supervisión, puede en

realidad tomarse como medida de su pago y su estatus en una organización. Véase

Elliott Jaques, The Measurement of Responsibility: A Study of Work, Payment, and

Individual Capacity, Harvard University Press, Cambridge, 1956. Y así como «la

duración de la responsabilidad» es un índice de estatus, un período prolongado libre

de inspección es una recompensa al estatus. <<

[68] Hassler, op. cit., pág. 155, citando a Robert McCreery. <<

[69] T. E. Gaddis, Birdman of Alcatraz, New American Library, Nueva York, 1958,

pág. 25. Para una norma de silencio similar, en una prisión británica, véase Frank

Norman, Bang to Rights, Seeker and Warburg, Londres, 1958, pág. 27. <<

[70] Kogon, op. cit., pág. 68. <<

[71] Ibid., págs. 99-100. <<

[72] Lawrence, op. cit., pág. 83. Véanse, a propósito de esto, los comentarios de M.

Brewster Smith sobre el concepto de chicken, en Samuel Stouffer y otros, The

American Soldier, 4 vols., Princeton University Press, Princeton, 1949, vol. I, pág.

390. <<

[73] Hulme, op. cit., pág. 3. <<

[74] Ibid., pág. 39. <<

[75] Ward, op. cit., pág. 23. <<

[76] Johnson y Dodds, op. cit., pág. 39. <<

[77] Johnson y Dodds, op. cit., pág. 36. <<

[78] Sykes, op. cit., págs. 73-6, The Deprivation of Autonomy. <<

[79] Hulme, op. cit., pág. 18. Orwell, op. cit., pág. 521. <<

[80] Hessler, op. cit., pág. 78. Johnson y Dodds, op. cit., pág. 17. <<

[81] Esta es una fuente de mortificación que los civiles se aplican a sí mismos durante

las vacaciones en campamento, tal vez suponiendo que el abandono voluntario de

algunas comodidades anteriores, que impregnaban la personalidad, basta para

adquirir un nuevo sentido del yo. <<

[82] Kogon, op. cit., pág. 66. <<

[83] Ibid., pág. 61. <<

[84] Ibid., pág. 78. <<

[85] Véase Alfred H. Stanton y Morris S. Schwartz, The Mental Hospital, Basic

Books, Nueva York, 1954, págs. 200, 203, 205-6. <<

[86] Para un ejemplo de este tratamiento no-personal, véase Johnson y Dodds, op. cit.,

pág. 122. <<

[87] Merton, op. cit., pág. 372 <<

[88] Melville, op. cit., págs. 62-3. <<

[89] Ibid., pág. 140. Otros ejemplos del mismo proceso en los campos de P. O. W. se

encontrarán en Edgar H. Schein, The Chinese Indoctrination Program for Prisoners of

War, «Psychiatry», XIX, 1956, págs. 160-1. <<

[90] Suele darse un interesante correlato de esta actitud en el frenesí con que el interno

se entrega a las actividades que, según cree, pronto estarán fuera de su alcance. Un

caso relativo a las monjas se hallará en Hulme, op. cit., pág. 7. <<

[91] Véase S. F. Nadel, Social Control and Self-Regulation, «Social Forces», XXXI,

1953, págs. 265-73. <<

[92] Se ha argüido, a modo de reserva, que en algunos casos este sistema no resulta

muy efectivo, o bien no es digno de confianza. En ciertas cárceles, las recompensas

derivadas de las expectativas habituales forman parte de las garantías que asegura el

simple ingreso, y parece haber pocas probabilidades de mejorar oficialmente de

posición, ya que el único cambio de estatus posible supone una pérdida de privilegios

(Sykes, op. cit., págs. 51-2). Se ha alegado, además, que si se despoja al interno en la

medida suficiente, este en vez de proteger lo que le queda llega a ver muy poca

diferencia entre esto y la expropiación completa, y deja así de estar sometido al poder

que ejerce el personal para motivar su obediencia, especialmente cuando la

desobediencia puede ganarle prestigio entre el grupo de internos (ibid.). <<

[93] Belknap, op. cit., pág. 164. <<

[94] Por ejemplo, Dendrickson y Thomas, op. cit., págs. 99-100. <<

[95] Se encontrará bibliografía acerca del tema en Morris G. Caldwell, Group

Dynamics in the Prison Community, «Journal of Criminal Law, Criminology and

Police Science», XLVI, 1956, pág. 656. <<

[96] Expresiones pintorescas más o menos equivalentes a lo que en la República

Argentina se conoce como «acomodo». (N. de la T.) <<

[97] Véase Norman S. Hayner y Ellis Ash, The Prisoner Community as a Social

Group, «American Sociological Review», IV, 1939, pág. 364, para lo relativo a

procesos de connivencia; también Caldwell, op. cit., págs. 650-1. <<

[98] Véase, por ejemplo, en Melville, una extensa descripción de la lucha que

presentaron sus amigos marineros para evitar que se les afeitase la barba de acuerdo

con los reglamentos de la Armada. Melville, op. cit., págs. 333-47. <<

[99] Véase, por ejemplo, Donald Clemmer, Leadership Phenomena in a Prison

Community, «Journal of Criminal Law and Criminology», XXVIII, 1938, pág. 868.

<<

[100] Véase, por ejemplo, Ida Ann Harper, The Role of the «Fringer» in a State Prison

for Women, «Social Forces», XXXI, 1952, págs. 53-60. <<

[101] Sobre campos de concentración, véase el examen de los «prominentes» a través

de Cohen, op. cit.; sobre hospitales de enfermos mentales, véase Belknap, op. cit.,

pág. 189; sobre cárceles, véase el examen de los «políticos» en Donald Clemmer, The

Prison Community, Christopher Publishing House, Boston, 1940, págs. 277-9 y 298-

309; también Hayner y Ash, op. cit., pág. 367; y Caldwell, op. cit., págs. 651-3. <<

[102] Véase en Dornbusch, op. cit., pág. 318, un ejemplo de solidaridad entre internos

de una academia militar. <<

[103] Véase Hassler, op. cit., págs. 74, 117. En los hospitales psiquiátricos, por

supuesto, el antagonismo entre el paciente y el personal recibe un poderoso refuerzo

cuando el enfermo descubre que la mayoría de sus compañeros parecen personas tan

semejantes a todo el mundo como él mismo. <<

[104] Richard McCleery, The Strange Journey, Universidad de Carolina del Norte,

«Extension Bulletin», XXXII, 1953, pág. 24 (en bastardilla en el original). En

Brewster Smith (Stouffer, op. cit.), se sugiere que al decidir que el campo de

entrenamiento para suboficiales le ha «ganado» derechos sobre los hombres de la

tropa, el aspirante se convierte en oficial. El dolor sufrido en el entrenamiento puede

usarse para justificar los placeres del mundo. <<

[105] Hassler, op. cit., pág. 97 (en bastardilla en el original). <<

[106] Lloyd W. McCorkle y Richard Korn, Resocialization Within Walls, «The

Annals», CCXCIII, mayo, 1954, pág. 88. <<

[107] Véase un examen detallado de esta política en ibid., pág. 95. <<

[108] Cantine y Rainer, op. cit., pág. 59; véase también Norman, op. cit., págs. 56-7.

<<

[109] Cantine y Rainer, op. cit., págs. 39-40. <<

[110] Clif Bennett, Resistance in Prison, en Cantine y Rainer, op. cit., págs. 3-11. Se

hace allí una útil revisión de las técnicas empleadas en las manifestaciones de

indisciplina colectiva. <<

[111] Lawrence, op. cit., pág. 59 (puntos suspensivos en el original). <<

[112] Por ejemplo, Heckstall-Smith, op. cit., pág. 30. Behan, op. cit., provee abundante

material en todo lo referente a la relación entre parejas de camaradas o compañeros

inseparables. <<

[113] S. A. Richardson, The Social Organization of British and United States

Merchant Ships (monografía no publicada, The New York State School of Industrial

and Labor Relations, Cornell University, 1954, pág. 17). <<

[114] Una exposición completa de este tema puede encontrarse en D. Cressey y W.

Krassowski, Inmate Organization and Anomie in American Prisons and Soviet Labor

Camps, «Social Problems», V, invierno de 1957-58, págs. 217-30. <<

[115] Véase, por ejemplo, P. R. Reid, Escape from Colditz, Berkley Publishing Corp.,

Nueva York, 1956. <<

[116] Véase Paul Foreman, Buchenwald and Modern Prisoner-of-War Detention

Policy, «Social Forces», XXXVII, 1959, págs. 289-98. <<

[117] Un planteo precursor se encontrará en P. Nitsche y K. Wilmanns, The History of

Prison Psychosis, «Nervous and Mental Disease Monograph Series N.º 13», 1912. <<

[118] Richardson, op. cit., pág. 42. <<

[119] Véase, por ejemplo, el examen de The Resisters, en Schein, op. cit., págs. 166-7.

<<

[120] Belknap, op. cit., pág. 192. <<

[121] En los hospitales psiquiátricos suele hablarse en estos casos de «curas

institucionales», o se dice de los pacientes que adoptan esta actitud, que sufren de

«hospitalitis». <<

[122] Schein, op. cit., págs. 167-9. <<

[123] Véase Bruno Bettelheim, Individual and Mass Behavior in Extreme Situations,

«Journal of Abnormal and Social Psychology», XXXVIII, 1943, págs. 447-51.

Añádase que en los campos de concentración la colonización y la conversión a

menudo parecieran andar juntas. Véase Cohen, op. cit., págs. 200-3, donde se discute

el rol de «Kapo». <<

[124] Brewster Smith (Stouffer, op. cit.), pág. 390. <<

[125] Véase el examen en Schein, op. cit., págs. 165-6, de los Get-Alongers; también

Robert J. Litton, Home by Ship: Reaction Patterns of American Prisoners of War

Repatriated from North Korea, «American Journal of Psychiatry», CX, 1954, pág.

734. <<

[126] Esta doble fase se encuentra corrientemente en las instituciones totales. En el

hospital psiquiátrico estatal estudiado por el autor, hasta los pocos pacientes de élite

seleccionados para la psicoterapia individual y, por lo tanto, en condiciones

inmejorables para aceptar el enfoque psiquiátrico del yo, se mostraban reservados y

sólo comentaban su impresión favorable del tratamiento con los miembros de sus

camarillas. Un estudio sobre la forma en que los presos militares disimulaban ante

sus compañeros de delito el interés por «reivindicarse» en el ejército, se encontrará en

las notas de Richard Cloward, Sección cuarta de New Perspectives for Research on

Juvenile Delinquency, comps., Helen L. Witmer y Ruth Kotinsky, publicación N.º

356 del Departamento de Salud, Educación y Bienestar, Children’s Bureau, 1956,

especialmente pág. 90. <<

[127] Bettelheim, op. cit., pág. 425. <<

[128] Schein, op. cit., pág. 165 (nota al pie), sugiere que los chinos se desentendieron

de los portorriqueños y de otros prisioneros de guerra que no hablaban inglés y les

permitieron organizar una rutina viable de tareas serviles. <<

[129] Ejemplos de la prisión se encontrarán en Hassler, op. cit., pág. 18; Heckstall-

Smith, op. cit., págs. 29-30. <<

[130] Hassler, op. cit., pág. 116. <<

[131] Se encontrará abundante material sobre el sentido del tiempo en las instituciones

totales en Maurice L. Farber, Suffering and Time Perspective of the Prisoner, Parte

IV, Authority and Frustration, de Kurt Lewin y otros, «Studies in Topological and

Vector Psychology», III, University of Iowa Studies in Child Welfare, vol. XX, 1944.

<<

[132] La mejor descripción que conozco de este sentimiento de no vivir es el artículo

de Freud, Mourning and Melancholia, donde se dice que ese estado sobreviene como

consecuencia de la pérdida de un objeto querido. Véase Collected Papers of Sigmund

Freud, Hogarth Press, Londres, 1925, vol. IV, págs. 152-70. <<

[133] Véase, por ejemplo, Cohen, op. cit., pág. 128. <<

[134] Véase un excelente ejemplo referido a la prisión en Norman, op. cit., pág. 71. <<

[135] Véase en Behan, op. cit., págs. 72-5, la ajustada descripción de las delicias de

leer tendido en la cama, en la propia celda, y de la precaución subsiguiente de

racionarse el material de lectura. <<

[136] Naturalmente esta actividad no está restringida a las instituciones totales. Un

caso clásico es el del ama de casa, harta y muerta de cansancio que se permite «una

tregua de pocos minutos», para «poner los pies en alto», y se evade del hogar

mediante la lectura del diario de la mañana, acompañada por una taza de café y un

cigarrillo. <<

[137] Clemmer, op. cit., págs. 244-7. <<

[138] Cantine y Rainer, op. cit., págs. 59-60, dan un ejemplo. <<

[139] En Cantine y Rainer, op. cit., pág. 59, se lee esta cita de James Peck: «Extraño

más los tragos que las mujeres y el grupo de compañeros que congeniaban conmigo.

Cuando uno está fuera, si le da la cancamurria puede ahogarla en un par de tragos.

Pero si está enjaulado, tiene que esperar a que se le pase, porque no puede hacer otra

cosa. Y eso tarda a veces una barbaridad». <<

[140] El reajuste de algunos prisioneros de guerra repatriados, que habían sufrido el

lavado del cerebro, constituye una prueba fehaciente. Véase Hinkle y Wolff, op. cit.,

pág. 174. <<

[141] Lawrence, op. cit., pág. 48. <<

[142] Notas de campo del autor. <<

[143] Cloward, op. cit., págs. 80-3. <<

[144] Cohen, op. cit., pág. 7; Kogon, op. cit., pág. 72. <<

[145] Roth, What Is an Activity, op. cit. <<

[146] Aviso aparecido en «Mental Hospitals», VI, 1955, pág. 20. <<

[147] Melville, op. cit., pág. 139. <<

[148] Se encontrarán comentarios sobre las arduas dificultades del papel de guardián

en McCorkle y Korn, op. cit., págs. 93-4, y Gresham M. Sykes: The Corruption of

Authority and Rehabilitation, «Social Forces», XXXIV, 1956, págs. 257-62. <<

[149] D. Cressey, Achievement of an Unstated Organizational Goal: An Observation

on Prisons, «Pacific Sociological Review», 1,1958, pág. 43. <<

[150] J. Bateman y H. Dunham, The State Mental Hospital as a Specialized

Community Experience, «American Journal of Psychiatry», CV, 1948-49, pág. 446.

<<

[151] Belknap, op. cit., pág. 170. <<

[152] Orwell, op. cit., págs. 506-9. <<

[153] Ibid., pág. 521. <<

[154] Véase, por ejemplo, R. Lifton, Thought Reform of Western Civilians in Chinese

Communist Prisons, «Psychiatry», XIX, 1956, especialmente págs. 182-4. <<

[155] Deduzco esto de la reseña que hace Everett C. Hughes de Spätlese, de Leopold

von Wiese, «American Journal of Sociology», LXI, 1955, pág. 182. El término

antropológico corriente «etnopsicología» abarca un área similar, pero la unidad a la

cual se aplica es una cultura y no una institución. Ha de añadirse que, también, los

internos adquieren una teoría de la naturaleza humana, en parte adoptando la que usa

el personal, y en parte desarrollando una contrateoría de cuño propio. Acerca de esto

véase en McCleery, op. cit., págs. 14-5, la interesante descripción del concepto de

«rata» que desarrollan los prisioneros. <<

[156] Simon Raven, Perish by the Sword, «Encounter», XII, mayo, 1959, págs. 38-9.

<<

[157] El carácter absorbente de cualquier teoría de la naturaleza humana que sostenga

una institución se revela de ordinario muy bien en los establecimientos psiquiátricos

progresivos. Las teorías desarrolladas originariamente para entenderse con los

internos se están aplicando también al personal en forma creciente. El personal

subalterno descarga su conciencia en la terapia de grupo, y la plana mayor en el

psicoanálisis individual. Hasta hay un movimiento tendiente a contratar especialistas

en terapia sociológica, para que se ocupen de la institución como un todo. <<

[158] Véase el útil artículo de Albert Biderman, Social-Psychological Needs and

«Involuntary» Behavior as Illustrated by Compliance in Interrogation, «Sociometry»,

XXIII, 1960, págs. 120-47. <<

[159] Sería un craso error mirar estas terapias con demasiado escepticismo. El trabajo

en un lavadero o en un taller para la reparación de calzado, tiene su ritmo propio, y a

menudo está dirigido por personas más conectadas con su oficio que con el hospital;

de ahí que, muy a menudo, el tiempo que se dedica a estas tareas resulte mucho más

grato que el pasado en una sala de hospital sombría y silenciosa. Por otra parte, la

idea de ocupar a los pacientes en un trabajo «útil» parece una posibilidad tan

seductora en nuestra sociedad, que empresas tales como un taller de reparación de

calzado o un taller de colchonería, pueden llegar a ser mantenidas, al menos por un

tiempo, como un costo real para la institución. <<

[160] Hermana Mary Francis, P. C., A Right to be Merry, Sheed and Ward, Nueva

York, 1956, pág. 108. <<

[161] Ibid., pág. 99. El hecho de atribuir un significado alternativo a la pobreza

constituye, por supuesto, una estrategia básica en la vida religiosa. Grupos militares y

políticos de orientación militar han usado también ideales de simplicidad espartana;

corrientemente los beatniks dan un significado especial a un estado de pobreza. <<

[162] Una buena representación de esta difusión y densidad interpretativa se da en la

novela de Bernard Malamud, sobre los problemas de administrar un pequeño almacén

de comestibles, The Assistant, New American Library, Nueva York, 1958. <<

[163] The Holy Rule of Saint Benedict, cap. 66. <<

[164] Por ejemplo, Harvey Powelson y Reinhard B. Bendix, Psychiatry in Prison,

«Psychiatry», XIV, 1951, págs. 73-86, y Waldo W. Burchard, Role Conflicts of

Military Chaplains, «American Sociological Review», XIX, 1954, págs. 528-35. <<

[165] Véase Goffman, The Presentation of Self in Everyday Life, Anchor Books,

Nueva York, 1959, págs. 200-4; McCorkle y Korn, op. cit., págs. 93-4. El estudio que

marca rumbos en esto es de Alfred H. Stanton y Morris S. Schwartz, The

Management of a Type of Institutional Participation in Mental Illness, «Psychiatry»,

XII, 1949, págs. 12-26. <<

[166] Lawrence, op. cit., pág. 40. Una versión del campo de concentración se

encontrará en Kogon, op. cit., págs. 84-6. Puede precisarse que en algunas

instituciones totales —en barcos principalmente— estos servicios personales pueden

legitimarse, como parte de los deberes de un estrato. Lo mismo se aplica al rol de

batman en el ejército inglés. Pero en las excepciones mencionadas el personal casi no

tiene otra vida que la oficial. <<

[167] Este término fue sugerido por Everett C. Hughes, y se emplea en un escrito

inédito, Social Control and Institutional Catharsis, de Joseph Gusfield. <<

[168] Las peticiones en términos cuidadosamente legales, redactadas por internos, que

a veces circulan por las cárceles y hospitales psiquiátricos parecen cumplir la misma

función. <<

[169] La «fiesta de camaradería» anual, que se celebra en otros establecimientos tiene

una dinámica semejante y sin duda fue la primera que suscitó el comentario. Véase,

por ejemplo, Gusfield, op. cit. Los mejores testimonios de estos acontecimientos

habrá que buscarlos todavía en las novelas. Véase, por ejemplo, la descripción que

hace Nigel Balchin de la fiesta de una fábrica, en Private Interests, Houghton-Mifflin,

Boston, 1953, págs. 47-71; la descripción de una fiesta del personal y los huéspedes

de un hotel, en la novela breve de Angus Wilson, Saturnalia en The Wrong Set,

William Morrow, Nueva York, 1950, págs. 68-9, y la versión de J. Kerkhoff, de la

fiesta anual en un hospital psiquiátrico, op. cit., págs. 224-5. <<

[170] Véase Max Gluckman, Custom and Conflict in Africa, cap. V, The Licence in

Ritual, Free Press, Glencoe, Illinois, 1955, págs. 109-36. <<

[171] Heckstall-Smith, op. cit., pág. 199. Véase también McCreery, en Hassler, op. cit.,

pág. 157. Acerca del permiso de Navidad en un hospital psiquiátrico, véase Kerkhoff,

op. cit., págs. 185, 256. Lo mismo en un barco de guerra, Melville, op. cit., págs. 95-

6. <<

[172] Véase, por ejemplo, la versión de la cárcel, en Norman, op. cit., págs. 69-70. <<

[173] Véase un ejemplo de presos poniendo en ridículo a guardianes y al director de la

prisión, en Dendrickson y Thomas, op. cit., págs. 110-1. <<

[174] Melville, op. cit., pág. 101 (bastardilla en el original). A continuación comenta

amargamente que poco después de este relevo de rol los oficiales parecieron recobrar

de pronto sus «caras de santabárbara» y volvieron a encerrarse en su habitual adustez.

Véase también Kerkhoff, op. cit., pág. 229, y Heckstall-Smith, op. cit., págs. 195-9.

<<

[175] Ni el «antes» ni el «después» necesitan tener mucha relación con la realidad, ya

que cada versión se destina a esclarecer una situación, no a medirla, y de cualquier

modo el pasado podía presentarse por su similitud con el presente. Yo he visto a

enfermos mentales de buenos servicios, ofrecer una representación teatral pública,

ampliamente publicitada, de las condiciones que probablemente prevalecían en

hospitales psiquiátricos atrasados. El vestuario era Victoriano. El público consistía en

personas de la ciudad circundante amigas de la casa, ilustradas en materia de

psiquiatría. Pocos edificios más allá de donde se sentaba el público, hubieran podido

observarse condiciones igualmente malas, en seres de carne y hueso. En algunos

casos, los intérpretes conocían sus papeles por haberlos desempeñado en la realidad.

<<

[176] Johnson y Dodds, op. cit., pág. 92. <<

[177] J. M. Grimes, M. D., When Minds Go Wrong, ed. del autor, Chicago, 1951, pág.

81. <<

[178] Véase un ejemplo de la prisión, en Cantine y Rainer, op. cit., pág. 62. <<

[179] Norman, op. cit., pág. 103. <<

[180] Un caso excepcional de interno que explota el valor de relaciones públicas de su

hobby lo constituye el laboratorio ornitológico reunido por el preso Robert Stroud, en

Leavenworth (véase Gaddis, op. cit.). Como es de suponer, algunos artistas recluidos

han rechazado eventualmente la libertad para pintar, a riesgo de producir algo que el

personal utilizara después como prueba del carácter general del establecimiento.

Véase Naeve, op. cit., págs. 51-5. <<

[181] Por ejemplo, Cantine y Rainer, op. cit., pág. 61; Dendrickson y Thomas, op. cit.,

pág. 70. <<

[182] Valoramos la necesidad que tienen las instituciones totales de las funciones de

caridad; suele, en cambio, pasarnos inadvertida la necesidad de los intérpretes no

profesionales de contar con un público que necesite su caridad. Así, por ejemplo, el

hospital psiquiátrico donde yo hacía mi investigación parecía tener el único escenario

de las inmediaciones con capacidad suficiente para la actuación simultánea de todos

los alumnos de una escuela de danzas particular. A algunos padres no les gustaba

mucho acercarse a los terrenos del hospital, pero si la escuela había de presentar

algunos números de conjunto, tenía que usar forzosamente su escenario. Por lo

demás, los padres que pagaban la enseñanza, esperaban que sus niños figuraran en la

fiesta anual de la escuela, sin considerar si habían recibido el adiestramiento

suficiente, ni siquiera si tenían la edad necesaria para asimilarlo. Algunos números

del espectáculo requerían, pues, un público sumamente benévolo. Los pacientes

podían llenar estas condiciones, ya que la mayoría de los que integran el público

habitual son conducidos en fila al auditorio, bajo la estricta vigilancia del personal

especializado, y una vez allí, asisten a cualquier espectáculo con la misma disciplina,

por cuanto la menor infracción puede anular el privilegio de salir de la sala en tales

ocasiones. La misma desesperada adhesión recíproca vincula al público del hospital

con un coro orfeónico constituido por un grupo de inofensivos empleados de oficina.

<<

[183] Véanse, por ejemplo, los comentarios de Behan sobre los deportes en las

cárceles, op. cit., págs. 327-9. <<

[184] Se encontrará un ejemplo referente a la prisión en Norman, op. cit., págs. 119-20.

<<

[185] Una exposición reciente, completada con un informe de imitaciones burlescas de

los amos hechas por los criados, se encontrará en Childhood at Cliveden, de M.

Astor, «Encounter», XIII, septiembre, 1959, págs. 27-8. Fiestas que comprendían toda

una aldea y grupos de la nobleza rural vecina se describen, por supuesto, en muchas

novelas inglesas, por ejemplo The Go-Between, de L. P. Hartley. Un buen planteo

novelesco es el de Alan Sillitoe, en The Loneliness of the Long-Distance Runner. <<

[186] Gluckman, op. cit., pág. 125. Véase también sus Rituals of Rebellion in South-

East Africa, The Frazer Lecture, 1952, Manchester University Press, Manchester,

1954. <<

[187] Un planteo de la diferenciación de roles entre los presos puede encontrarse en

Sykes, Society of Captives, cap. V, Argot Roles, págs. 84-108, y en su Men,

Merchants and Toughs; A Study of Reactions to Imprisonment, «Social Problems»,

IV, 1956, págs. 130-8. Acerca de los tipos definidos de personal entre los pacientes de

los hospitales psiquiátricos, véase Otto von Mering y S. H. King, Remotivating the

Mental Patient, Russell Sage Foundation, Nueva York, 1957, especialmente págs. 27-

47, A Social Classification of Patients. <<

[188] La dinámica de este proceso está esbozada en el conocidísimo estudio de Freud

sobre Group Psychology and the Analysis of the Ego. Una aplicación puede verse en

Etzioni, op. cit., pág. 123. Hay otros blancos de proyección semejantes, como la

mascota del equipo, y tal vez deban considerarse juntos todos. <<

[189] Véase, por ejemplo, Belknap, op. cit., pág. 110. <<

[190] Véase, por ejemplo, Elliott Jaques, Social Systems as a Defense against

Persecutory and Depressive Anxiety, en Melanie Klein y otros, New Directions in

Psycho-Analysis, Tavistock, Londres, 1955, pág. 483. <<

[191] Gregory Bateson, en M. Mead y R. Métraux, comps., The Study of Culture at a

Distance, University of Chicago Press, Chicago, 1953, pág. 372. <<

[192] Véase, por ejemplo, la discusión del rol del «contramaestre», en Richardson, op.

cit., págs. 15-8. El sargento mayor del regimiento y del batallón comparados con el

teniente del pelotón proveen otro ejemplo. <<

[193] Hulme op. cit., pág. 20. <<

[194] Francis, op. cit., págs. 179-80. La regla militar de la tradición angloamericana

que impone a los oficiales soportar todos los peligros que hacen correr a las tropas y

ocuparse de la comida y el bienestar de sus soldados antes que de los propios,

mientras dura la batalla, aporta una variación sutil a estas ceremonias de austeridad.

Demostrando más cuidado por sus hombres que por sí mismo, el oficial puede a la

vez estrechar vínculos con ellos y mantener las distancias. <<

[195] The Holy Rule of St. Benedict, cap. 2. <<

[196] Dombusch, op. cit., pág. 317. Un caso famoso de esta especie de nivelación de

jerarquías en el sistema de «fajina» impuesto a los alumnos menores por los de los

últimos años en los colegios distinguidos de Inglaterra. <<

[197] Hulme, op. cit., págs. 22-3. La visión benedictina sobre la cancelación de la edad

se encontrará en The Holy Rule of St. Benedict, cap. 63. <<

[198] Aquí hay un freno para la dirección médica de los hospitales psiquiátricos que

tienden a prescribir tratamientos «de medida» para los diagnósticos individuales. <<

[199] Esto es válido hasta para los campos de concentración. Véase, por ejemplo,

Cohen, op. cit., pág. 154. San Benito (cap. 57) señala prudentemente el peligro de

esta práctica: «Debiera haber artesanos en el monasterio, que practiquen sus oficios

con toda humildad y reverencia, si el abad así lo manda. Pero si alguno de ellos se

envanece por su conocimiento del oficio, con el que parece aportar algún beneficio al

monasterio, que a ese lo retiren de su trabajo, y no se le permita practicarlo más,

salvo que, después de haberse humillado, el abad le indicase reanudarlo». <<

[200] Sykes, Corruption of Authority. Véase también, Cantine y Rainer, op. cit., págs.

96-7. <<

[201] Parece verídico que, dentro de cualquier establecimiento, los roles más altos y

más bajos tienden a ser relativamente permeables a las normas de la comunidad

mayor, y las tendencias impermeables se localizan en los niveles intermedios de la

jerarquía institucional. <<

[202] Orwell, op. cit., págs. 510, 525. <<

[203] Material referente a la carrera moral puede encontrarse en las primeras

investigaciones socioantropológicas sobre las ceremonias de transición del estatus, y

en las descripciones sociopsicológicas clásicas de los cambios espectaculares en la

visión personal del yo que pueden acompañar la participación en movimientos

sociales y en sectas. Recientemente el interés psiquiátrico en el problema de la

«identidad», y los estudios sociológicos de las carreras profesionales y de la

«socialización adulta» han sugerido otros tipos de información pertinente. <<

[204] Este argumento fue presentado en fecha reciente por Elaine y John Cumming,

Closed Ranks, Commonwealth Fund, Harvard University Press, Cambridge, 1957,

págs. 101-2: «La experiencia clínica confirma la impresión de que mucha gente

define la enfermedad mental como “la condición por la que una persona recibe

tratamiento en un hospital psiquiátrico…” Al parecer, la enfermedad mental es la

condición que aflige a las personas que deben internarse en un hospital psiquiátrico;

sin embargo, hasta que se internan todo lo que hacen es normal». Leila Deasy me ha

hecho notar la correspondencia de esta situación con el crimen de guante blanco. De

todos los individuos descubiertos en tal actividad, sólo se adjudica socialmente el rol

de criminal a aquellos que no han podido evitar la cárcel. <<

[205] Apenas empiezan a explotarse los archivos de los hospitales psiquiátricos para

demostrar la cantidad increíble de problemas que una persona puede causarse y

causar a los demás antes de que nadie comience a pensar en ella en términos

psiquiátricos, y mucho menos en entablarle juicio de insania. Ver John A. Clausen y

Marian Radke Yarrow, Paths to the Mental Hospital, «Journal of Social Issues», XI,

1955, págs. 25-32; August B. Hollingshead y Fredrick C. Redlich, Social Class and

Mental Illness, Wiley, Nueva York, 1958, págs. 173-4. <<

[206] Para una prueba de cómo este enfoque puede aplicarse a cualquier forma de

desviación, véase Edwin Lemert, Social Pathology, McGraw-Hill, Nueva York, 1951,

especialmente págs. 74-6. Una aplicación específica a los deficientes mentales puede

encontrarse en Stewart E. Perry, Some Theoretic Problems of Mental Deficiency and

Their Action Implications, «Psychiatry», XVII, 1954, págs. 45-73; véase,

especialmente, págs. 67-8. <<

[207] Este simple cuadro se complica por la experiencia en cierta forma peculiar de un

tercio aproximado de ex pacientes que son internados por segunda vez (etapa de

recidiva o del «re-paciente»). <<

[208] Harry Stack Sullivan, Clinical Studies in Psychiatry, compilados por Helen

Swick Perry, Mary Ladd Gawel y Martha Gibbon; Norton, Nueva York, 1956, págs.

184-5. <<

[209] Esta experiencia moral puede contraponerse con la de una persona que está

empezando a convertirse en un adicto a la marihuana; el descubrimiento de que puede

estar excitado y basta dopado efectivamente sin ser descubierto parece conducir a un

nuevo nivel de empleo. Véase Howard S. Becker, Marihuana Use and Social

Control, «Social Problems», III, 1955, págs. 35-44, especialmente págs. 40-1. <<

[210] Véase Hollingshead y Redlich, op. cit., pág. 187, tabla 6, donde se puede

observar la frecuencia relativa de autorreferencia de agrupaciones por clases sociales.

<<

[211] La distinción empleada aquí entre pacientes que se internan por voluntad propia

y pacientes obligados a internarse supera la clasificación legal de los pacientes en

voluntarios y recluidos, ya que algunas personas recluidas por mandato legal pueden

estar satisfechas con su internación, y entre las que se internan inducidas sólo por una

poderosa presión familiar algunas pueden caracterizarse como pacientes voluntarios.

<<

[212] Clausen y Yarrow, op. cit. <<

[213] Una aplicación explícita de este concepto al campo de la salud mental se

encuentra en Edwin Lemert, Legal Commitment and Social Control, «Sociology and

Social Research», XXX, 1946, págs. 370-8. <<

[214] Por ejemplo, Jerome K. Meyers y Leslie Schaffer, Social Stratification and

Psychiatric Practice: A Study of an Outpatient Clinic, «American Sociological

Review», XIX, 1954, págs. 307-10; Lemert, op. cit., págs. 402-3; «Patients in Mental

Institutions, 1941», Departamento de Comercio, Oficina de Censos, Washington, D.

C., 1941, pág. 2. <<

[215] Acerca de un circuito de agentes y su gravitación sobre las contingencias de

carrera, véase Oswald Hall, The Stages of a Medical Career, «American Journal of

Sociology», LIII, 1948, págs. 327-36. <<

[216] Véase Cumming y Cumming, op. cit., pág. 92. <<

[217] Véase Hollingshead y Redlich, op. cit., pág. 187. <<

[218] Para un análisis de algunas de las implicaciones del circuito para el interno,

véase Leila Deasy y Olive W. Quinn, The Wife of the Mental Patient and the Hospital

Psychiatrist, «Journal of Social Issues», XI, 1955, págs. 49-60. Un ejemplo

interesante de este tipo de análisis se encuentra en Alan G. Gowman, Blindness and

the Role of the Companion, «Social Problems», IV, 1956, págs. 68-75. Un enunciado

general puede verse en Robert Merton, The Role Set: Problems in Sociological

Theory, «British Journal of Sociology», VIII, 1957, págs. 106-20. <<

[219] Tengo el legajo de un hombre que afirmaba que era él quien llevaba a su esposa

al psiquiatra, y sólo demasiado tarde advirtió que era ella quien había concertado la

entrevista. <<

[220] Una paráfrasis de Kurt Riezler, Comment on the Social Psychology of Shame,

«American Journal of Sociology», XLVIII, 1943, pág. 458. <<

[221] Véase Harold Garfinkel, Conditions of Successful Degradation Ceremonies,

«American Journal of Sociology», LXI, 1956, págs. 420-4. <<

[222] Las prácticas en los campos de concentración constituyen un excelente ejemplo

de la función del «embudo de traición» para inducir a las víctimas a cooperar y evitar

que se resistan y provoquen alteraciones del orden, si bien en este caso no puede

decirse que los intermediarios actúen en defensa de los intereses del interno. Se han

dado casos de policías que bromeaban amistosamente mientras arrestaban a una

persona en su casa, y se ofrecían a esperar hasta que se sirviera el café. Las cámaras

de gas estaban instaladas como salas de desinfección, y cuando las víctimas se

quitaban sus ropas se les advertía que se fijaran dónde las dejaban. Algunas veces los

enfermos, ancianos, débiles o insanos destinados al exterminio eran conducidos en

ambulancias de la Cruz Roja con destino a lugares designados con términos tales

como «hospital de observación». Véase David Boder, I Did Not Interview the Dead,

University of Illinois Press, Urbana, 1949, pág. 81; y Elie A. Cohen, Human

Behavior in the Concentration Camp, Jonathan Cape, Londres, 1954, págs. 32, 37,

107. <<

[223] Algunas entrevistas recopiladas por el grupo Clausen del NIMH sugieren que

cuando una mujer se convierte en curadora de su esposo la responsabilidad puede

desbaratar sus relaciones previas con su familia política, y dar origen ya a una nueva

coalición de apoyo con ellos, ya a un señalado alejamiento. <<

[224] Un análisis de estos tipos de percepción no psiquiátrica véase en Marian Radke

Yarrow, Charlotte Green Schwartz, Harriet S. Murphy y Leila Deasy, The

Psychological Meaning of Mental Illness in the Family, «Journal of Social Issues»,

XI, 1955, págs. 12-24; Charlotte Green Schwartz, Perspectives on Deviance-

Wives’Definitions of their Husbands’Mental Illness, «Psychiatry», XX, 1957, págs.

275-91. <<

[225] La función de «chivo emisario» (portador de culpa) se da también, por supuesto,

en otros complejos de roles. Por lo general, cuando un matrimonio de clase media

entabla un proceso de separación legal o divorcio, los abogados de cada una de las

partes suelen adoptar la posición de que su cometido consiste en enterar a su cliente

de todos sus derechos y de los reclamos que puede presentar, apremiándolo a

exigirlos sin considerar delicadeza alguna de sentimientos con respecto a los derechos

y la honorabilidad de su ex cónyuge. Así, el cliente puede decirse y decir a su ex

cónyuge que sus demandas sólo obedecen a que el abogado insistió en su

conveniencia. <<

[226] Registrado por Clausen. <<

[227] Esta observación pertenece a Cumming y Cumming, op. cit., pág. 129. <<

[228] Hay aquí un interesante contraste con la carrera moral del paciente tuberculoso.

Julius Roth me dice que los pacientes tuberculosos, por lo general, se internan

voluntariamente de acuerdo con su persona más allegada en cuanto al tratamiento.

Cuando ya están en el hospital y se enteran del tiempo que tienen que permanecer allí

y de lo irracionales y penosas que suelen ser algunas normas vigentes, es probable

que traten de marcharse, y que tanto el personal como sus allegados los disuadan;

sólo entonces comienzan a sentirse traicionados. <<

[229] La estrategia inicial del interno de mantenerse ajeno a todo contacto ratificador

explica, en parte, la relativa falta de formación de grupos entre los internos de los

hospitales psiquiátricos del Estado; la conexión entre los dos hechos me fue sugerida

por William R. Smith. Otro factor puede ser el deseo de evitar todo vínculo personal

que permita la formulación de preguntas biográficas. También es cierto que en los

hospitales psiquiátricos, como en los campos de prisioneros, el personal puede evitar

deliberadamente la formación de grupos para prevenir rebeliones y otras alteraciones

del orden. <<

[230] Un fenómeno comparable se observa en el mundo homosexual cuando una

persona acaba por presentarse francamente en calidad de «alegre» miembro de la

cofradía, no ya como turista sino como candidato «disponible». Véase Evelyn

Hooker, A Preliminary Analysis of Group Behavior of Homosexuals, «Journal of

Psychology», XLII, 1956, págs. 217-25, especialmente pág. 221. Un buen planteo

novelado puede verse en James Baldwin, Giovanni’s Room, Dial, Nueva York, 1956,

págs. 41-57. Un ejemplo familiar del proceso de salida se encuentra, sin duda, entre

los niños en el período inmediatamente anterior a la pubertad, cuando uno de estos

actores vuelve a colarse tímidamente en una habitación que abandonó poco antes en

un furioso arrebato de amour propre herido. La expresión misma deriva,

probablemente, de una ceremonia de rite-de-passage organizada antaño por las

madres de las clases altas para sus hijas. Es interesante que en los grandes hospitales

psiquiátricos el paciente simboliza a veces una «salida» total mediante su primera

participación activa en el baile de todos los pacientes hospitalizados. <<

[231] Una buena descripción del sistema de salas se encontrará en Ivan Belknap,

Human Problems of a State Mental Hospital, McGraw-Hill, Nueva York, 1956, cap.

IX, especialmente pág. 164. <<

[232] Este es uno de los aspectos en que los hospitales psiquiátricos pueden ser peores

que los campos de concentración y las cárceles, como sitios donde se cumple un

determinado tiempo de condena. En las cárceles el autoaislamiento de las

proyecciones simbólicas del ambiente resulta a veces más fácil. En los hospitales, en

cambio, suele hacerse tan difícil que los internos se ven inducidos a usar para ello

recursos que el personal interpreta como síntomas de psicosis. <<

[233] En lo que concierne a convictos, véase Anthony Heckstall-Smith, Eighteen

Months, Allan Wingate, Londres, 1954, págs. 52-3. A propósito de «borrachines»,

véase Howard G. Bain, A Sociological Analysis of the Chicago Skid-Row Lifeway,

tesis inédita para optar al título de Master of Arts, Departamento de Sociología,

Universidad de Chicago, septiembre 1950, especialmente «The Rationale of the Skid-

Row Drinking Group», págs. 141-6. La tesis poco apreciada de Bain es una fuente de

material muy útil sobre las carreras morales. Aparentemente uno de los riesgos

ocupacionales de la prostitución es que los clientes y otros contactos profesionales

insisten, a veces, en expresar simpatía reclamando una explicación dramática para

justificar la caída; quizá la prostituta sea más digna de lástima que de censura por

tener que molestarse en disponer de una historia triste. Excelentes ejemplos de ellas

pueden encontrarse en Henry Mayhew, London Labour and the London Poor, vol. IV,

Those That Will Not Work, Charles Griffin and Co., Londres, 1862, págs. 210-72.

Véase una fuente contemporánea en Women of the Streets, compilado por C. H.

Rolph; Seeker and Warburg, Londres, 1955, especialmente pág. 6: «Casi siempre, sin

embargo, tras unos pocos comentarios sobre la policía, la muchacha empezaba a

explicar cómo era que estaba en la vida, habitualmente en términos de

autosugestión…». Más adelante el psicólogo experto ha ayudado a la profesión

construyendo historias tristes notables en todo sentido. Véase, por ejemplo, Harold

Greenwald, The Call Girl, Ballantine Books, Nueva York, 1958. <<

[234] Una norma de autoprotección similar se ha observado en las cárceles. Así,

Alfred Hassler, Diary of a Self-Made Convict, Regnery, Chicago, 1954, pág. 76,

transcribe una conversación con un camarada preso: «Él no decía mucho acerca de la

razón por la que había sido sentenciado y yo no se lo preguntaba, siendo este el

comportamiento aceptado en la cárcel». Una versión novelesca sobre los hospitales

psiquiátricos puede encontrarse en J. Kerkhoff, How Thin the Veil: A

Newspaperman’s Story of His Own Mental Crack-up and Recovery, Greenberg,

Nueva York, 1952, pág. 27. <<

[235] De las notas escritas por el autor sobre interacción informal con pacientes,

transcriptas lo más textualmente que le fue posible. <<

[236] El proceso del examen psiquiátrico emprendido con miras a alterar o a reducir

después, de acuerdo con los resultados, el estatus del paciente, se designa en la jerga

de cárceles y hospitales, «hinchar» (bugging), porque se supone que una vez que una

persona cae en manos de los examinadores lo clasificarán automáticamente como

loco o el examen acabará por enloquecerlo. Así, se piensa a veces que el personal

psiquiátrico no comprueba que una persona está enferma sino que la enferma; y «No

me “hinche”, hombre» puede querer decir «No me fastidie hasta hacerme perder los

estribos». Sheldon Messinger me ha sugerido que esta aceptación de bugging tiene

relación con su otro significado coloquial: instalar un micrófono oculto en una

habitación para recoger información tendiente a desacreditar al que habla. <<

[237] Muchas clases de organizaciones llevan registros individuales de sus miembros,

pero en casi todas ellas algunos atributos socialmente significativos sólo pueden

incluirse indirectamente, siendo oficialmente irrelevantes. Pero dado que los

hospitales psiquiátricos alegan legítimamente que se ocupan de la persona «total», no

pueden poner un límite oficial a lo que consideran relevante, una licencia

sociológicamente interesante. Es un hecho histórico curioso que personas dedicadas a

promover las libertades civiles en otros ámbitos tiendan a conceder al psiquiatra una

autoridad absoluta y discrecional sobre el paciente. Se opina, que cuantos más

poderes tengan los administradores y terapeutas capacitados desde el punto de vista

médico, mejor podrán servir los intereses de los pacientes. Que yo sepa, estos no han

sido consultados sobre el particular. <<

[238] Transcripciones textuales de material procedente de historias clínicas

hospitalarias. <<

[239] Transcripciones textuales de material procedente de historias clínicas

hospitalarias. <<

[240] Transcripciones textuales de material procedente de historias clínicas

hospitalarias. <<

[241] Sin embargo, algunos hospitales tienen un fichero secreto, con los legajos que

sólo pueden retirarse con permiso especial. Pueden ser las historias de pacientes que

trabajan como mensajeros de la administración y disponen de ocasión para echar un

vistazo a sus propias fichas, de pacientes con un estatus privilegiado dentro de la

comunidad circundante, o con razones especiales para tratar de conseguir acceso a

sus legajos porque piensan entablar juicio al hospital. Algunos hospitales tienen,

inclusive, un fichero «supersecreto», que se conserva en el despacho del director. Por

otra parte se omite muchas veces en la ficha el título profesional del paciente, sobre

todo si se trata de un médico. Por supuesto, todas las excepciones a la regla general

que hemos mencionado para el tratamiento de la información demuestran que la

institución tiene conciencia de algunas de las implicaciones de llevar el fichero de un

hospital psiquiátrico. Para más ejemplos, véase Harold Taxel, Authority Structure in a

Mental Hospital Ward, tesis inédita para optar al título de Master of Arts,

Departamento de Sociología, Universidad de Chicago, 1953, págs. 11-2. <<

[242] Este es el problema del «control de la información», que en distinto grado afecta

a varios grupos. Véase Goffman, Discrepant Roles, en The Presentation of Self in

Everyday Life, Anchor Books, Nueva York, 1959, cap. IV, págs. 141-66. James Peck

trata el problema de las historias clínicas en las cárceles, en su cuento The Ship that

Never Hit Port, en Prison Etiquette, compilado por Holley Cantine y Dachine Rainer;

Retort Press, Bearsville, Nueva York, 1950, pág. 66: «Por supuesto, los “canas”

siempre llevan las de ganar con cualquier preso, porque lo pueden anotar para castigo

inevitable. Cada infracción a las reglas se anota en el legajo del preso, donde se

registran todos los detalles de la vida del individuo antes y durante su condena. Hay

informes generales escritos por el encargado de trabajo, por el encargado de las

celdas o por cualquier otro que haya sorprendido una conversación. También anotan

todos los cuentos que les pueden sacar a los soplones.

 

»Cualquier carta que les parezca interesante va al legajo. El censor de

correspondencia puede hacer una fotocopia de una carta entera de un preso, o copiar

un párrafo. También puede pasar la carta al alcalde. A menudo, este o el oficial de

custodia llama a un preso para echarle en cara algo que ha escrito hace tanto tiempo

que ya no lo recuerda. Puede referirse a su vida privada o a sus opiniones políticas —

alguna opinión que las autoridades consideraron peligrosa y ficharon para usar más

adelante—». <<

[243] Debo agradecer a Charlotte Green Schwartz esta sugerencia, entre otras

igualmente interesantes. <<

[244] Véase The Underlife of a Public Institution, nota 167 de este libro. <<

[245] Una versión más breve de este ensayo fue presentada en la reunión anual de la

American Sociological Society, en Washington, D. C., en agosto de 1957. <<

[246] Emile Durkheim, Professional Ethics and Civic Morals, traducción inglesa de

Cornelia Brookfield, Routledge and Kegan Paul, Londres, 1957, págs. 171-220. <<

[247] Amitai Etzioni sugirió este argumento en una conversación personal. <<

[248] Chester Barnard, The Functions of the Executive, Harvard University Press,

Cambridge, 1947, cap. XI, The Economy of Incentives. <<

[249] Talcott Parsons y Neil J. Smelser han hecho un reciente compendio del asunto,

con referencia a las instituciones económicas, en Economy and Society, The Free

Press, Glencoe, Illinois, 1956, cap. III, «The Institutional Structure of the Economy».

Un desarrollo detallado concerniente a las organizaciones industriales puede

encontrarse en Reinhard Bendix, Work and Authority in Industry, Wiley, Nueva York,

1956. <<

[250] Bendix, op. cit., Managerial Conceptions of «The Worker», págs. 288-97. <<

[251] Nuestra forma de pensar nos predispone a distinguir entre los objetivos de la

organización y los pagos a los empleados, aunque en la práctica puedan coincidir. El

objetivo de la organización podría definirse como la adjudicación a sus empleados de

remuneraciones privadamente consumibles; en cuanto finalidad organizacional, la

paga del portero tendría, de tal modo, el mismo estatus que los dividendos de un

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