La corriente

Luis Romero · Capítulo 9 de 48

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La corriente

9. Aniversario

 

 

A noche le telefoneó su suegra para recordarle que hoy se cumple el quinto aniversario de la petición de mano. Su suegra, su mamá política, padece la manía de los aniversarios; hay que conmemorar hasta los hechos más triviales, y siempre por medio de regalos. No es que le duela gastar algún dinero en obsequiar a Adela, pero resultan pesadas tantísimas conmemoraciones. A su suegra no quiere disgustarla; su posición actual depende en gran parte de ella, es decir, de su suegro, pero es ella quien manda. Pasarán algunos años antes de que consiga afianzar su posición personal; en esta ciudad más que a los méritos de cada cual se atribuye importancia a las circunstancias familiares. No le queda más salida que acatar este estado de cosas, tanto más que, precisamente para lograr situarse en el lugar que en justicia le correspondía, se casó con Adela. Como hoy se cumple el quinto aniversario de la petición de mano y como su suegra o mamá política se lo ha recordado, se dirige a la «Perfumería Dorita» con intención de comprar un pequeño obsequio. Dorita misma le aconsejará sobre lo que conviene elegir para estos casos. Es una mujer muy fina y sin duda informada de cuál es el regalo más adecuado para el quinto aniversario de una petición de mano.

Podría haber hecho el encargo por teléfono, o enviar a una de las mecanógrafas, pero esta mañana no está cargado de trabajo y le agrada charlar con Dorita. Es posible que, con un poco de constancia, consiguiera una entrevista fuera de la tienda; un amigo le ha enterado de que Dorita no es del todo inasequible y sí sumamente discreta. No resulta tan sencillo como parece encontrar una mujer suficientemente reservada, y a él no le conviene ningún escándalo, pues tanto Adela como su madre son anticuadas y de genio vivo. No admiten que a un hombre le conviene expansionarse, y que de esta manera, después, en la propia casa, se muestre más alegre. El trabajo y la familia como únicos y limitados horizontes terminan por fatigar a cualquiera.

Afortunadamente, y aunque se trata de una vía céntrica, da con un espacio libre para estacionar su «Seat» último modelo. Considera de buen augurio esta favorable casualidad y entra en la perfumería jugueteando con las llaves del coche enlazadas por una cadenita de plata de la cual pende una imagen de San Cristóbal.

—Buenos días.

—Dorita, da gusto venir a esta tienda y encontrar amabilidad y una cara perpetuamente risueña.

Es cierto, Dorita recibe a los clientes, aunque se trate de señoras, con un rostro risueño, naturalmente risueño. Va peinada a la moda y lleva un vestido apretado a las caderas. Las piernas de Dorita gozan de merecida fama, y ella no deja de lucirlas cuando la ocasión es propicia. Sabe que su sonrisa y sus pantorrillas son sus mejores atractivos. La mirada de los hombres se lo ha venido demostrando.

—Desearía hacer un regalo a mi esposa, un regalo pequeño; creo que un perfume será lo más apropiado.

—Usted tiene buen gusto, no lo puede negar.

—¡Ya lo creo que lo tengo! ¿Sabe, por ejemplo, qué mujer me trae loco?

—La suya, supongo; va a hacerla un regalo…

—No, usted. Pero es un secreto…

—¡Vaya! Viene usted bromista…

Delante de esta mujer se intimida. Parece que vaya a darse fácilmente y, a pesar de que acepta las galanterías, hay algo en ella que frena y rechaza. Al amigo que le facilitó informes sobre Dorita quiso preguntarle detalles precisos, pero hablaba de oídas o no se arriesgaba a mostrarse indiscreto. No sabe cómo iniciar un asedio; la ocasión parecía propicia y comienza a temer que quedará desaprovechada.

Se mira en el espejo que hay a la izquierda del mostrador; lo hace con disimulo. No queda descontento de su aspecto de hombre maduro, evidentemente obeso, pero con aspecto de poderoso y respetable; las dos condiciones que más atraen a las mujeres.

—¿Qué perfume usa su señora?

—No lo sé. Alguno de los mejores, sin duda. Si lo oliera podría recordarlo.

Dorita ha sacado de debajo del mostrador diversos estuchitos de diferentes marcas y tamaños. Ladea la cabeza con gesto entre interrogador y coqueto.

—Ese perfume suyo me parece delicioso, embriagador…

—Sí, pero podría no ser del agrado de su esposa, que es a quien se trata de complacer. El perfume es un detalle muy personal.

—¡Qué lástima! Ella se pone unas veces uno y otras veces otro. En cambio el de usted me gusta; es evocador.

Con las mujeres —él trató muchas en su juventud— se sirve de un lenguaje distinto que no sabe si lo ha aprendido en las películas o en alguna novelilla que leyera en la adolescencia. Con la familia, en la vida profesional o con los amigos, no emplearía esas palabras, y mucho menos ese tono, pero está convencido de que resultan adecuados en las relaciones galantes. Suenan bien y complacen a las mujeres. Con su esposa, cuando están solos y se trata de suavizar rozamientos o remediar estallidos de genio, también se atreve a emplearlas.

—Su perfume me haría soñar con usted, Dorita…

Dorita conoce a este cliente, aunque ignora su nombre. Cuando se pasaba las tardes y las noches en los lugares de baile, él los frecuentaba también. Las chicas de cierta categoría huían de su compañía porque le consideraban poco generoso, y pesado y aburrido por añadidura. Alguien la contó que se había casado con la hija de un personaje influyente o rico y que había prosperado. Con el pretexto de los perfumes trata de aproximarse a ella mariposeando; que no la busque que no la encontrará. La generosidad y la tacañería no guardan relación con la fortuna y éste seguirá siendo tan agarrado como lo fue antes. De estas interioridades del carácter, Dorita tiene larga experiencia. Como cliente, pase, pero siempre el mostrador por medio. No hay más que verle cómo se mira disimuladamente al espejo. Es capaz de suponer que la conquistaría por su linda cara. ¡Y menuda barriga tiene!

—Si su esposa prefiere otra marca, envíe mañana a alguien y se lo cambio.

—Ni hablar; vendré yo mismo. Por tener ocasión de volver a verla, ya estoy deseando que a mi mujer no le guste.

Dorita empaqueta el estuche en un papel de colorines y lo ciñe con una cintita dorada.

Se mira nuevamente al espejo; para la edad que tiene se conserva bien, y no puede decirse de él como de tantos jóvenes: que carecen de personalidad. Echa la cabeza atrás; Dorita lo ha sorprendido y se esfuerza por contener la sonrisa. Al advertirlo él, se reprime y disimula.

—¿Cuánto le debo, guapísima?

Saca del bolsillo un grueso fajo de billetes; el dinero es, en sí mismo, un lenguaje secreto y elocuente, el único eficaz. Separa el importe de la compra y el resto lo guarda con displicencia. No le dolería pagar a un precio bastante elevado los favores de esta criatura. Por otra parte, si según parece es la propietaria del establecimiento, pudiera ocurrir que no aceptase dinero; sólo sería cuestión de un regalo para quedar bien. En sus épocas de soltero era más audaz; recibía muchos chascos, pero no le hacían mella. En la actualidad, un paso en falso puede comprometer la paz familiar; incluso entorpecer sus relaciones con el suegro. A su edad las ligerezas no están permitidas; cualquier precaución es aconsejable.

—La dejo a usted, Dorita; he tenido toneladas de placer…

—Ya sabe, aquí me tiene, para servir a los clientes…

Mientras pone en marcha el automóvil, analiza las últimas palabras de la dueña de la perfumería. ¿Qué habrá querido dar a entender? ¿No se excederá con tantos miramientos? «Los clientes»; una expresión de doble filo. En esta perfumería hay gato encerrado. Su maldita circunspección le está malogrando una magnífica oportunidad. Lo que resulta indudable es que Dorita le recibe con amabilidad muy personal y que sus sonrisas inducen al optimismo. Alguno de sus amigos debe conocer a Dorita y estar informado sobre su conducta; pero se vuelve peligroso confiarse hasta a los amigos. Los hay liosos, los hay que bromean en la intimidad con sus esposas: «Me preguntó por la dueña de una perfumería, seguro que ése vuelve a las andadas»; se reúnen las mujeres, chismorrean, corren las voces, y todo puede llegar a oídos de Adela.

Consulta de pasada el reloj; se ha hecho tarde. Hace casi media hora que se ausentó del despacho y su suegro ha podido preguntar por él; al mediodía tienen que comer con unos clientes. Bien es verdad que hoy no le falta un pretexto; comprar un recuerdo a su esposa para festejar el quinto aniversario de la petición de mano.

Se ve obligado a detenerse; un lujoso entierro que se pone en marcha interrumpe la circulación. El gentío se incorpora a la comitiva que se forma tras el coche fúnebre. Una veintena de clérigos, multitud de coronas; no cabe duda de que se trata de un difunto importante. Cuando llegue al despacho leerá las esquelas necrológicas con detenimiento. Probablemente es algún entierro al cual hubiese convenido asistir.

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