La corriente
44. Peregrino en su ciudad
A estas horas los servicios no menudean, pero cada peatón que se avista es un cliente potencial. Especialmente durante el otoño y el invierno, quien anda por la calle, está deseando recogerse, y en cuanto descubre un taxi libre, si su bolsillo se lo permite, lo toma. No está seguro de que rodar resulte remunerador, se consume gasolina; lo prudente sería estacionarse en una parada y esperar dormitando. Le gusta conducir con las calles despejadas, sin guardias ni semáforos que le interrumpan.
El «Seat» avanza lentamente, dejándose llevar por este sosiego que dentro de unas horas será nuevamente quebrantado por la avalancha de vehículos y peatones que somete a los conductores a una tensión agotadora.
Manuel Fontdevila estrenó este coche hace cuatro años; antes fue propietario de un Renault que compró de segunda mano. En la profesión figura entre los más veteranos de la plaza. Luchó largo tiempo por conseguir un vehículo propio, y se dio la coincidencia de que salió con él a la calle la misma fecha en que cumplía los cincuenta y cinco años. Esa fecha cuenta entre las más felices de su vida, seguramente más que la de su boda. Desde hace dieciséis meses es propietario de un segundo vehículo que explota asociado con Jesús Hornachuelos; pero el rendimiento económico de un taxi que no maneja uno mismo, es muy reducido. Considerado como negocio no puede decirse que sea malo, eso no; pero quien lleva la mejor tajada es Hornachuelos. Que si las propinas, que si algún servicio extraordinario que no registra el taxímetro, que si los retornos que omite declararle. Hornachuelos sí que ha tenido suerte asociándose con él. Llegó con las manos limpias; y a él, a Manuel Fontdevila, le tocó aportar todo el capital. Todavía parece que esté descontento, y sin él se moriría de hambre. No es que Hornachuelos se queje abiertamente, pero hay algo que salta a la vista y es que vive mejor quien se halla libre de preocupaciones y de gastos. El tipo se levanta, se sienta cómodamente al volante, y al final de la jornada, a la hora de la liquidación, pone la mano y a otra cosa. Para Hornachuelos todo es ganancia limpia. Y todavía tiene la desfachatez de engañarle, porque resulta que al cabo del mes no ha hecho ni un servicio a la estación llevando maletas; y a él, veterano en la profesión, no le enreda ningún novato. Ha sido monaguillo antes que fraile. Como no tiene pruebas, lo único que le cabe hacer es vigilar que no cometa otros abusos; lo mismo que Hornachuelos haría cualquier chófer. Quien trabaja por cuenta ajena, no piensa más que en aprovecharse.
Las Ramblas es el lugar donde toda la noche se presenta alguna oportunidad. En la Diagonal ha recogido una pareja y les ha dejado en la calle Diputación. Él era un hombre de cierta edad, y ha seguido a pie; la mujer vivía allí. No se le ha dado mal la noche. La actividad amorosa de signo ilegal está muy vinculada a los desplazamientos en taxi. Tampoco debe olvidarse la salida de los espectáculos, las invitaciones que se prolongan, los matrimonios con niños que cenan en casa de los abuelos, las indisposiciones repentinas.
María, la esposa de Manuel Fontdevila, está enferma con gripe desde el lunes. Ya la han rellenado de penicilina, pero ha amenazado con quedarse algunos días más acostada. Las faenas domésticas, de las que no le queda otro remedio que cuidarse, le fastidian. Las enfermedades, reales o simuladas, de María, se repiten dos o tres veces cada invierno desde que Lola se ha casado.
Hacia las nueve, cuando salía del garaje, ha ido a visitar a Lola para preguntarle si podía ir mañana a echarle una mano a la madre. Su hija no estaba en casa y se ha visto obligado a dar un rato de palique a la consuegra que ha dicho que Lola ha tenido que quedarse en la tienda para cambiar el escaparate y la exposición. Aprovechando un viaje que le ha conducido hacia las proximidades del establecimiento de aparatos de música, ha pasado por delante. No se advertían vestigios de actividad, ni en el escaparate ni en el interior; la tienda estaba cerrada y a oscuras.
Por la Rambla pasean algunos noctámbulos. Hay un grupo de mujeres pintadas y flamencos que deben de salir de esos locales donde se canta y baila para engañar a los turistas y sacarles los cuartos. Pasan parejas, lentas o apresuradas. Corros de habladores que desafían el relente, llevan treinta años discutiendo. De las calles del Conde del Asalto, de Escudillers y Arco del Teatro, desembocan en el río caudal de las Ramblas los últimos nocherniegos.
Mientras su hija Lola estuvo soltera, él la vigiló como era su obligación; supo atarla corto porque a las mujeres lo importante es atarlas corto. Su oficio le ha dado en ese terreno una experiencia notable. Sabe con certeza que su hija llegó al matrimonio como debía; ahí terminó su cometido. No es necesario pensar mal de Lola, ha podido escaparse al cine con una amiga y ocultárselo a su suegra para evitar las explicaciones. Su hija no es ninguna niña y él la enseñó bien la lección; la pegó más de una bofetada en casa.
Le hacen una seña; se detiene y baja la bandera.
—¿A dónde vamos?
—A la calle de Radas; ya le diré el portal.
Es una de esas morenas flamencotas, entrada en años y carnes; a él no le disgustan, pero con este tipo de mujeres no tuvo nunca entrada. Su atracción no es de buena ley; le interesarían para media hora. Sus bromas no se compaginan con el carácter de estas hembras agitanadas que a veces son andaluzas y otras del país.
Colón permanece oscuro en lo alto de su columna. Los barcos duermen sobre el agua y el puerto presenta un aspecto medroso. Cuando algún marinero le solicita a estas horas, y casi siempre se trata de un borracho, se niega a conducirle hasta los muelles apartados. Los tinglados, las luces, los vagones, las grúas, las mercancías apiladas, los barcos mal iluminados, las altas torres metálicas; todo parece siniestro.
Doblan por detrás de las Atarazanas para desembocar en el Paralelo. Este último tramo del Paralelo resulta desconcertante con sus murallas y torreones, con su anchurosa soledad, sus chimeneas suburbiales y las costrosas espaldas del Barrio Chino.
De su yerno no tiene quejas. Se tratan poco; ahí reside el quid de la armonía familiar. Viaja y se gana bien la vida; su hija Lola en ese aspecto está bien atendida. Si continúa trabajando, es porque quiere. Otros aspectos… a él no le interesan; Lola eligió a su gusto, se casó con quien quiso.
Sebastián no le es totalmente simpático; su facha, su manera de hablar y cierta condescendencia petulante con que le trata, le parecen más bien ridículas. Lola no habrá hecho esta noche nada malo, pero si hubiera ido, por ejemplo, al cine con otro, no habría de qué escandalizarse.
El Paralelo, aquí, con los espectáculos apagados, los cafés desiertos y este aire de ciudad evacuada, si no fuera por la potente iluminación, recordaría las épocas de huelgas, asonadas, bombardeos.
Lola le arrastró casi a la fuerza a casa de su futura suegra; se trataba de devolver la visita que el novio y la madre les hicieron a ellos. Le enseñaron un retrato de quien, gracias a Dios, no ha llegado a ser su consuegro. En la fotografía le reconoció en seguida pero por prudencia calló; su juicio, aunque justo, hubiese resultado inoportuno. Después lo ha comentado con su hija con insistente recomendación de que no diga nada a la familia política. La suegra de Lola, cuando se refiere al difunto, asegura que era buenísimo, que todo el mundo le adoraba, que hacía favores desinteresadamente. Se calla porque a los muertos se les debe cierto respeto; mejor será que no le tiren demasiado la lengua.
En el cruce de lo que hoy llaman también Layetana y entonces Claris, con la calle Consejo de Ciento, fue embestido por un taxi de la empresa «Goliat». La culpabilidad no podía presentarse más evidente; a pesar de que el «Goliat» tuviera preferencia de paso, le embistió por la mitad. Discutieron y llegaron a las manos. No había semáforo; el guardia estacionado en la calle de Diputación, llegó, como siempre, con retraso. No obstante, pretendió estar enterado de todo sin saber nada. Los desperfectos por ambas partes fueron de consideración y el asunto pasó al Juzgado. Más adelante, una señora que manifestó iba como pasajera en el «Goliat», sacó a relucir, inventándolas en complicidad con algún médico, unas lesiones, y presentó una larga y abusiva cuenta.
«Mi difunto Matías», como le llama la consuegra, era un chupatintas del Juzgado que se encargó del hecho. Le cogió antipatía porque saltaba a la vista que estaba a favor de la parte contraria. No era necesario ser muy listo para advertir que le habían soltado una buena propina. Llevaron testigos falsos y fueron admitidos como legítimos, alteraron las peritaciones, aceptaron como reales las supuestas lesiones de la pasajera, en fin, consintieron en pasar por todo lo que proponía el abogado contrario, que actuaba a su antojo. Una mañana, mientras el tal don Matías le tomaba declaración, surgió un desacuerdo sobre la manera de redactar un párrafo; le espetó lo que hacía al caso. Se armó escándalo y Matías requirió a la pareja que prestaba servicio en el Juzgado de guardia; intentó hacerle detener y procesar por desacato. Su abogado, que en aquel momento estaba haciendo una diligencia en otro juzgado, llegó a tiempo para deshacer el enredo. Al final, contra toda justicia, por malevolencia de un trapisondista que se embolsó buenos cuartos, él y su patrono de entonces, fueron condenados.
Se juró que si encontraba a Matías iba a echarle el coche encima y a darle su merecido; no le encontró. Su sorpresa fue grande cuando la madre de Sebastián le mostró el retrato de su difunto esposo de quien tantas alabanzas venía haciendo. Dios es justo; Matías está muerto, y él, en cambio, es propietario de dos automóviles, disfruta de buena salud, y vive en paz con todo el mundo. En cuanto a la empresa «Goliat», tan poderosa como era, tampoco existe.
La mujer que va en el interior del taxi ha cruzado las piernas. No puede entretenerse a mirar porque, a pesar de que la circulación es escasa, podría surgir inesperadamente otro coche o un peatón. No hay muslos en el mundo cuya contemplación pueda justificar un accidente. A lo largo de su vida profesional, como a cualquier otro taxista, le han ocurrido numerosos accidentes, pero no recuerda ni uno sólo en que la culpa pudiera atribuírsele a él. Gana el que tiene más fuerza, no más razón, igual que ocurrió en el caso del «Goliat».
—Suba hasta ahí, y a mano izquierda. Ese portal.
Le da dos pesetas de propina. Se dirige, con mucho contoneo, hacia la puerta de una casa antigua.
—Adiós, guapa, que duermas bien.
—Adiós, taxista.
Le consuela pensar que aunque su hija esté casada con el fanfarrón de Sebastián, él nunca ha sido pariente de don Matías. Cuando se casaron, hacía por lo menos doce años que el otro criaba malvas. Parientes, lo que se dice parientes, no han llegado a serlo, no existe parentesco político con los muertos.
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