La corriente

Luis Romero · Capítulo 48 de 48

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La corriente

48. Alborada

 

 

A las dos o tres horas de haberse acostado, Tina le ha despertado quejándose de un agudo dolor en los riñones; estaba segura de que se trataba de los preliminares del parto. Se hallaba en el primer sueño y ha tardado unos instantes en espabilarse. El acontecimiento, no por esperado le ha sorprendido menos. Ayer, a última hora de la tarde, estuvo a visitarles su padre, y Tina se encontraba muy tranquila, sin ninguna señal que sirviera de advertencia.

Tina también se ha vestido, y está dando los últimos toques al equipaje que desde hace días tiene dispuesto para llevarse a la clínica.

Los dolores se han presentado por cinco veces; Tina los ha hecho frente sin quejarse demasiado. Aunque Tina está bien aleccionada y no ha surgido ninguna anormalidad, ha telefoneado a la comadrona para comunicarle lo que ocurría. Ya son más de las siete de la mañana; van a trasladarse, por fin, a la clínica.

Este hijo, que se anunció por primera vez cuando los síntomas permitieron afirmar la existencia de embarazo, ya está exigiendo un lugar en el mundo, pide imperiosamente que se le deje participar en esta vida que corre entre los muertos. Procura contener la emoción, pero sabe que está viviendo un momento excelente, que reduce y empequeñece cuanto le sucediera antes; lo bueno y lo malo.

Dentro de unas horas, cuando nazca este niño, este hombre que ya está ahí, se habrá cumplido el más alto milagro, porque el otro, la muerte, no es más que el reverso de la medalla, y se opera fuera de lo tangible, en el ámbito del más allá.

—Paco, tendríamos que avisar a la familia; no habrá nadie conmigo… Quiero decir mi madre… y la tuya también.

—Por el momento no veo la manera de avisarles, a ti no te puedo dejar sola. Esperemos a una hora más avanzada. En casa de tu familia ningún vecino tiene teléfono, y en la de mis padres, tampoco. Cuando abran el bar «La Quiniela», ya les telefonearé para que suban a avisar a tu madre; tu hermano pequeño se puede encargar de llevar el recado a la mía.

—Tienes razón; todavía es temprano. Con la noche que estoy pasando ando desconcertada; me parece que todo el mundo tuviera que estar en danza como nosotros.

—A mi padre le telefonearé al taller; pero al tuyo no veo la manera.

—Ya se arreglarán en casa para hacerlo.

—No es que me fíe del libro, pero según lo que hemos leído, aún tardará bastante en… aún tardarás bastante en dar a luz. Nos quedará tiempo para todo.

La voz se le ha adelgazado como si la emoción se evidenciara al aludir a lo que va a suceder, a lo que están deseando que suceda desde hace ocho meses, o desde que se conocieron, o desde mucho más atrás todavía.

Los padres de Francisco Gallardo hicieron enormes sacrificios para que estudiara el bachillerato; querían «darle una carrera». Cuando fue creciendo y se percató de las privaciones a que se obligaban, se negó a continuar los estudios en la Universidad. Procuró prepararse en una academia y, en seguida, se puso a trabajar. Hace poco más de un año se encontró casualmente con Antonio Altarriba, un condiscípulo del bachillerato que acababa de licenciarse en farmacia. Su padre quería ponerle al frente de un laboratorio de su propiedad que, regentado por un extraño, arrastraba una existencia lánguida. Antonio Altarriba le propuso que se fuese a trabajar con él. Simpatizaron cuando estudiaban juntos y por eso aceptó.

Han trabajado con entusiasmo y el laboratorio ha prosperado. Entre los dos se han ocupado de organizar la visita médica, incrementar la publicidad, mejorar la distribución; han recogido los frutos más deprisa de lo que esperaban. El padre de Altarriba, alentado por los resultados, se ha decidido a invertir en el negocio un importante capital. Han adquirido unas patentes alemanas asociándose con un laboratorio de Munich. Están estudiando nuevas técnicas comerciales que les permitirán abaratar los precios de venta. Con otro amigo, que posiblemente aporte capital, intentan crear una sociedad con importante participación obrera, aunque para conseguirlo tropiezan con dificultades imprevistas.

Está convencido de que su hijo podrá hacer, si se lo propone, lo que él no hizo. Si su padre deseaba un Francisco Gallardo abogado, él le ofrecerá, con veinte años de retraso, un Francisco Gallardo abogado. Con la única diferencia de que en lugar de Valls, se llamará Ayerbe de segundo apellido; pero el segundo apellido es sólo el segundo apellido.

Querría saber qué piensa Agustina de lo que sucederá en las próximas horas, porque miedo, aunque lo disimule, y hace bien en disimularlo, tiene que sentirlo. A él mismo se le ha contagiado, y experimenta un atenuado terror físico, como la inminencia de un dolor que le fuera a desgarrar, que le situara al borde del peligro. Un hijo suyo es necesariamente un hijo de Tina; no podría ser de otra manera.

El cenicero está lleno de colillas. Tina, sabiendo que la casa va a quedar abandonada algunos días, procura dejarlo todo en orden; se lleva el cenicero para arrojar las colillas a la basura.

Cuando eran novios estaba convencido de que quería mucho a Tina. Al casarse pensó que había alcanzado el máximo, que el amor entre novios era juego de niños. Ha llegado a la conclusión de que la plenitud tampoco entonces la alcanzaron.

—¿Qué hora es ya?

—Las siete y doce minutos.

—Vámonos, Paco, no vaya a darme el dolor yendo en taxi.

—¿Es verdad que no tienes miedo?

—Te lo juro. ¿Por qué lo iba a tener? ¡Es tan natural todo esto! Un hijo tuyo no puede hacerme daño.

—¿Estás bien segura de que es niño?

—Segurísima. ¿No viste cómo se movía? Se llamará Paquito, como tú, como tu padre, como tu abuelo.

—Si es niña, le pondremos Agustina…

—Eso sí que no; es un nombre feo. Margarita o Rosa. ¡Elegiremos un nombre bien bonito! Pero es niño. Sé que se llama Paquito. Muchas noches, mientras tú dormías, hablaba con él y hasta le he cantado. Una noche soñé que ya era un hombre, alto, fuerte, hermoso, estoy segura de que será tal como yo le vi. Estaba de pie y era mucho más alto que yo, y que tú también. No decía nada, pero me miraba muy alegre; sabía que era él y en el mismo sueño también sabía que no había nacido. ¡Fue un sueño más feliz!

Sus padres pasarían un momento tan ilusionado como éste. En seguida les alcanzó la guerra; todo se vino abajo de golpe. Decepción, amargura, trabajos y privaciones; ésa fue la realidad con que chocaron. Pero este otro Francisco Gallardo nace en distintas condiciones; no carecerá de nada, crecerá sano y alegre, rodeado de cariño y de cuidados. Las amenazas no se cumplirán; no puede aceptarse la posibilidad de un suicidio colectivo, de una destrucción total y gratuita. La Humanidad atraviesa un túnel y es víctima del miedo; en la oscuridad se oye avanzar un convoy en dirección opuesta, los agoreros anuncian un siniestro, consideran el choque inevitable. En algún lugar del cielo o de la tierra, tiene que haber un guardagujas desvelado, un guardagujas que cumpla con su deber; porque se sabe que en el túnel existe una doble vía. Un instante de terror traspasará a esta generación; cuando su hijo alcance la edad adulta, estarán al fin fuera del túnel, respirando el aire libre. A pleno sol, los terrores parecerán vanos. Si no fuera así, si no estuvieran todos convencidos de que es así, ¿cómo engendrar hijos, cómo alegrarse de su nacimiento? Hay que aprestarse a desafiar la pesadilla, que todo el miedo caiga sobre las propias espaldas para que los niños nazcan libres de temor. Es imprescindible creer que así sucederá.

Tina y él, encerrados en este aposento, han pasado unas horas de ansiedad; todavía aquí es de noche y viven como si fuese ayer, pero ya es hoy. Las luces eléctricas permanecen encendidas y todo aparece tocado por un tinte de irrealidad. La mutua compañía les ha ayudado a vencer la espera. El hecho es inminente; una vez cumplido, la felicidad les rebosará, no podrán contenerla, participará de ella toda la familia, los conocidos, la ciudad, el mundo.

—Anda, Paco; ves a buscar un taxi. Estoy dispuesta, toca el timbre y bajaré en seguida.

—¿Te acordarás de cerrar la puerta?

—No te preocupes… Oye… oye, baja tú la maleta.

—Es cierto, se me olvidaba.

La casa, la puerta, la escalera, todo parece distinto, renovado. Pero la alegría no es completa, falta salvar el último riesgo, cumplir la postrer etapa, la definitiva.

Al llegar al portal advierte que ha amanecido. La calle, desierta y sonrosada, parece otra calle. Corre tras un taxi que ha descubierto a lo lejos. Un taxi que marcha lentamente, como si no esperara a nadie o, como si por el contrario, les esperara a ellos precisamente.

—¡Eh! ¡Taxi!

Es de día, enteramente de día. Está a punto de salir el sol que impartirá su luz por toda la ciudad, iluminando hasta sus más hondos rincones.

 

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