La corriente

Luis Romero · Capítulo 41 de 48

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La corriente

41. Titirimundi

 

M ientras él atiende al mostrador, Lázaro se ocupa de las mesas. Los sábados por la noche y los domingos, el bar está muy animado. Los demás días la concurrencia flojea; puede contarse con los clientes asiduos, unas cuantas mujeres que recalan y algún pasavolante que contribuye a redondear la caja.

Felipe Asensio compró este bar hace cuatro años, pagando un elevado traspaso. Poseía algunos fondos, y lo que le faltaba se lo entregó Asunción. Cuando poco después se hartó y la mandó a paseo, ella porfió que el dinero solamente se lo había prestado. Tuvieron una escena y se vio obligado a sentarla la mano; el equívoco quedó pronto aclarado. Asunción le escribió dos o tres cartas tiernas pero no las contestó. Como por entonces abrió el bar y abandonó el hotel donde prestaba sus servicios, y como Asunción no visita estos barrios, no han vuelto a encontrarse. A él no le interesa más Asunción; cuando se rompe con una mujer, se termina para siempre.

En el hotel donde estuvo colocado, empezaron a exigir a los camareros que aprendieran algún idioma; el francés o el inglés, por lo menos. En el comedor no se oía más que el parloteo ininteligible de los turistas. A él los extranjeros no le son simpáticos. En el bar tolera a los americanos; gastan dinero y hay que armarse de paciencia; hasta que un día se harte y salgan todos de mala manera. No sabe inglés, ni francés; ni desea aprenderlos. Ni siquiera ha podido con el catalán, y hace veinte años que lo escucha alrededor. Los catalanes es justo que empleen su idioma, ésta es su tierra; pero los franceses, y sobre todo los norteamericanos, ¡que aprendan el español! Felipe no pinta letreros de «Welcome» ni otras zarandajas. Un día que Lázaro escribió sobre el vidrio «Hot-dogs», se lo hizo borrar al momento; en su casa no admite payasadas.

No tiene nada contra nadie, ni quiere saber palabra de política. A cuantos califica ampliamente de «políticos», desea «que les den morcilla», o algo peor. Los norteamericanos le desagradan porque beben mal, se emborrachan sin gracia y hablan en un idioma que «no se entiende». Eso no significa que desapruebe que la VI Flota visite el puerto. Cuando están los marinos, todas las golfas del barrio tocan dinero, y si tienen alguna cuenta pendiente, cosa rara porque no suele fiar a nadie, la liquidan. En el mostrador hacen mucho gasto cuando los marinos las acompañan. Estos barrios estaban mortecinos y la escuadra norteamericana ha tonificado su economía. Por eso se quedó con este bar en traspaso. Su ilusión era instalar un local pequeño, para señores, en la parte alta de la ciudad; un bar reducido e íntimo con bebidas caras y extranjeras, de las que permiten apretar en los precios.

La noche avanza y los parroquianos del barrio, los que vienen a «hacer el café» y a jugar la partida de dominó o manilla, se van retirando. Son artesanos o comerciantes de este antiguo distrito, comisionistas y funcionarios, y algunos taxistas que tienen aquí cerca la parada. A él le gusta conocer quiénes son sus clientes fijos; no le agradaría que se le colara algún chivato. Concurre asimismo a este bar el propietario de un meublé instalado en una calleja transversal; es persona seria y honorable; su esposa está al frente del negocio. Han empezado a venir al mostrador un grupo de mozalbetes que dejan las motos encima de la acera molestando a los viandantes. Hombres del resto de la ciudad acuden a estos barrios en busca de aventuras galantes. Los identifica por la manera de comportarse, incluso por la vestimenta. Son pobres tipos de la periferia, inocentones, viciosos de pacotilla que necesitan animarse con unos tragos de alcohol antes de decidirse. Otros clientes eventuales son un carterista, dos o tres chulillos de doble filo, algún punto de cuidado y, en general, todo lo que pulula por la Rambla y sus alrededores. Los que pertenecen al «medio», como dicen en Francia, conocen a Felipe y saben que ese género de parroquia no es de su agrado. Que se tomen en buena hora un carajillo o lo que deseen, incluso una Coca-Cola, si es que padecen reseco, pero que no formen tertulias en su establecimiento, ni se den aquí demasiadas citas, ni maquinen combinaciones alrededor de sus mesas. Y de jugar, tampoco; lo corriente y permitido. No le gusta ni le conviene que la policía venga a asomar la nariz. Éste es un negocio cualquiera dentro del barrio; unas cuantas busconas no ofenden a nadie, y tampoco se puede mostrar demasiado exigente. No le convienen policías, y menos aún chivatos. Con enorme discreción y únicamente a los amigos o personas conocidas despacha unos sobrecillos que, de ser descubiertos, así por las buenas, harían que diera con sus huesos en la cárcel. Acepta el riesgo, pero desea prevenir cualquier contingencia. Su clientela se limita a unas cuantas personas bien situadas por su fortuna o sus influencias personales o familiares. En caso de armarse un lío gordo no le faltarán padrinos; todos ellos se cuidarán de protegerle. Él no perjudica a nadie, vende los sobrecillos a personas mayores de edad; si no se los proporcionara, otros se encargarían de hacerlo y en ese caso para ellos sería el beneficio. Quien le suministra el producto es una mujerona francesa, dueña de una pensión en la calle de la Riera Alta; la llaman la Madam. Nada más sabe, ni le interesa averiguarlo. Está convencido de que no le sacarían una palabra aunque le apretaran los tornillos, pero cuanto más se ignora, tanto más fácil resulta callar.

El señor Cosme, dueño del hotel «La Favorita», y Pantaleón, un corredor de peines y cepillos para dientes y uñas que transporta su vieja y abultada cartera, salen discutiendo hacia la puerta.

El señor Cosme hace más de un año que está reñido con Lázaro y, para evitar darle propina, nunca le paga directamente; tolera, sin embargo, que le sirva. Lázaro, una noche, después de cerrar el establecimiento, se trasladó con una de las clientas al hotel «La Favorita». Allá tuvo unas palabras con la esposa del señor Cosme, quien parece ser que en la discusión fue aludido en forma poco correcta. Felipe Asensio amonestó a Lázaro y le recomendó que eligiera para sus desahogos hoteles más distanciados de su lugar de trabajo y compañeras que no pertenecieran a la parroquia. El señor Cosme no ha dirigido más la palabra a Lázaro.

Al pasar, alarga a Felipe una moneda de cincuenta pesetas.

—¿Cuánto se le debe?

Felipe lo sabe de memoria; el señor Cosme se toma cada noche una copa de Calisay, además del café correspondiente. El corredor de peines y cepillos, un café con leche «al estilo de Madrid», coletilla que no se olvida de agregar y cuyo sentido nadie conoce. El viejo de la cartera, según él mismo afirma, fue en otros tiempos viajante de una industria principal, y no se enriqueció por culpa de su mala cabeza y de las mujeres. Viéndole con la boca desdentada y el cuello de gallina a medio plumar, se hace difícil darle crédito. Un malicioso dijo en cierta ocasión que nadie se extrañara de que le hubiesen arruinado las mujeres; a un tipo como él, debían exigirle tarifa doble por lo menos.

El señor Cosme y Pantaleón continúan dándole vueltas al mismo tema que ha permitido a la tertulia matar buena parte de la velada.

—Yo le aseguro que Tshombé se trae algo entre manos. Lo que nos cuentan es una cortina de humo.

—Sin embargo, ni siquiera radio Moscú dice nada sospechoso.

—¡Naturalmente! ¿Se cree usted que los de allá son tontos? Ellos le están aleccionando. A estas horas puede que hayan firmado un tratado secreto. ¿Es que no conoce usted la política del Kremlin? Se lo digo yo, que soy perro viejo y que he corrido bastante mundo.

—Si estuviera aliado a Moscú, ya se habría descubierto. Los americanos lo denunciarían en una sesión…

—¿A quién se refiere usted?, porque no le entiendo…

—A la ONU.

—¡Vaya! Me parece que usted no sigue bien la marcha. Usted, don Cosme, ¿no sabe que en la ONU cada cual tira por su lado?

Felipe tiende el cambio al señor Cosme; éste retira una moneda de peseta y la deja sobre el mármol del mostrador.

—Para ése…

—Bien; se lo daré de su parte.

—No, de mi parte, no. Se lo da…

—Como usted diga.

El ex viajante continúa infatigable mientras se dirigen hacia la puerta:

—Se lo digo yo; los de Katanga se han puesto en secreto de acuerdo con Moscú. Buena se le espera a Kennedy. Ahí se lo juega todo. Porque le aseguro que esos negros nos llevan a la guerra. Ya ve usted; todo el mundo civilizado destruyéndose por cuatro negros. Pero así es la vida; yo soy perro viejo, he visto mucho y nada me asusta.

Por la calle se ve todavía gesticular al viejo. El señor Cosme escucha más que habla; un cigarro andorrano le dificulta la emisión de palabras. Es dueño de un negocio próspero y su esposa lo gobierna con mano firme y dura si conviene. Al señor Cosme le corresponde la alta dirección, la supervisión, y estas actividades ni le producen demasiados desvelos ni le ocupan muchas horas. Gracias a tan feliz circunstancia, puede dedicarse al trato de personas cultas y experimentadas, y de esta manera instruirse. Porque al señor Cosme le preocupa la marcha del mundo y el porvenir de la humanidad.

Tras un frenazo chirriante, se estaciona en la acera opuesta un «Dauphine» de color salmón rojizo. Hay muchos en la ciudad del mismo modelo y color, pero Felipe Asensio lo conoce.

En la parte interna del mostrador, fuera de la vista del público, hay un recipiente de cristal repleto de azúcar. De ese recipiente llena los azucareros que utiliza en el mostrador; en las mesas sirve terrones empaquetados. Introduce la mano derecha hasta el fondo del azúcar procurando no derramarla; extrae un paquetito plano. Sacude el azúcar, se limpia la mano y deja el sobrecillo junto al teléfono. La operación ha sido rapidísima.

Al abrirse la puerta de la calle ha entrado, con las solapas del abrigo alzadas, un hombre joven. Viste de smoking; esta noche había función en el Liceo.

—Sírvame un café bien caliente; corto, cortísimo.

Felipe da media vuelta para accionar la cafetera; oye la voz del cliente que pronuncia la frase esperada.

—¿Me permite llamar por teléfono?

—Desde luego; hable usted desde aquí mismo.

El aparato está situado en la parte interior del mostrador, oculto por el mármol que lo cubre. El cliente se inclina para coger el teléfono. Antes de descolgarlo su mano se desliza por el bolsillo del gabán.

—Oiga, ¿es usted Prudencio?

—…

—Soy el señor Llorach; dígale al señor Rovira que acaba de terminar el teatro; que voy en seguida.

—…

—Sí, nada más. Voy ahora mismo, que no empiecen.

El cliente cuelga el aparato; está nervioso, tiene prisa. Le alarga un billete de mil pesetas.

—Creo que le debo algo del otro día…

Felipe, lentamente, cuenta los billetes que ha extraído de la caja. Los coloca unos sobre otros, añade algunas monedas para redondear el cambio y se lo entrega al cliente. No pronuncia palabra, un pequeño monosílabo a manera de despedida.

—Bien, gracias. Adiós.

Le ve cruzar con el abrigo negro desabotonado y subir al automóvil que arranca a más velocidad de lo que en estas calles es prudente. Era muy joven todavía cuando ya frecuentaba el restorán donde Felipe Asensio trabajaba. Pertenecía a un grupo de hijos de familia que gastaban bastante, aunque pasaron temporadas cortos de dinero. Se metió a jugar y anduvo mal, tronado; hasta le contaron que le echaron de su casa y que le detuvieron. Le encontró mal vestido y desaliñado, presentando el inconfundible aspecto de los sablistas. Murió alguien, su madre cree recordar que le dijeron, y heredó. Es lo que les sucede a todos éstos, sin la familia y las herencias no serían nadie; se morirían de hambre. En cuanto les fallan las protecciones, se derrumban como unos blandos que son. En el momento oportuno se les muere algún pariente, heredan y siguen adelante.

—Felipe, un café con leche.

Acaba de entrar, muy risueña y compuesta, recién peinada, una morena a quien llaman «la Calypso». Hace un par de horas estuvo en el mostrador tomando unos anises con un tipo de unos cincuenta años y facha de empleado de pompas fúnebres. Llevaba en el dedo un brillante legítimo de regular tamaño. Uno de esos viudos que una vez al mes o dos, según la edad, se aventuran por estos barrios, entran en los bares con aire displicente y fingen interesarse en la lectura de los diarios de la noche. Son pobres diablos discretos, remilgados, a los que falta coraje para presentarse en los bares de la calle Robador, de las Ramblas, o de la carretera de Sarriá, donde, según el estado del bolsillo, podían elegir más a su placer.

—Dame también una pasta de ésas.

¡Ahora le ha entrado el apetito! «Calypso» es una de las que más a menudo se refugian en este bar y desde hace tiempo le dirige miradas y frases de doble sentido. No le atrae y además se ha propuesto no permitirse la menor ligereza con las mujeres que vienen aquí. Sería engorroso meterse en líos; de Pastora no tiene queja. Veintitrés años más joven que él y, sin embargo, se porta como Dios manda. Sería un necio si cambiara, aunque no fuera más que por media hora, una real hembra como Pastora por una ordinaria como «la Calypso».

—¿Ha venido por aquí Sarita?

—¿Quién es Sarita?

—¡Uy, qué serio está esta noche! Aquélla de los dientes de oro…

—Sí, vino con la otra, la alta y rubia.

—¿No dijeron nada de mí?

No se atreve a tutearle. A Felipe le desagrada que le tomen como intermediario de recados entre tías. No contesta, pero con mirarla ha sido suficiente para que «la Calypso» se quede cohibida y silenciosa.

De lo que él llama sus clientes, unos le son simpáticos y otros no; lo mismo sucede con los parroquianos secretos y cómplices. «Calypso» no le resulta simpática, y con Llorach le ocurre otro tanto. Paga y no regatea, y es discreto por la cuenta que le tiene. Pero le considera un blando. Le han informado que es un jugador empedernido; a él no le importa ni le molesta, salvo porque el dinero que arriesga es heredado, no lo ha ganado él mismo. A Felipe Asensio hay una máxima que le guía: los hombres ganan, no heredan. Su código de moral es estricto; una moral extravagante pero rígida.

A la altura de su vientre suena el timbre del teléfono. Descuelga lentamente el aparato.

—D-i-g-a…

La voz le llega pequeña, más bien tímida, pero resonando en una atmósfera vacía donde vibran desacompasados golpes y el eco de los golpes.

—Hemos acabado un poco más tarde. Había un homenaje, un fin de fiesta. Pienso que podría ir a buscarte.

—¿Aquí? ¿Para qué?

—Como es tarde, me quedaría hasta que cerraras…

—Ya sabes que no quiero que vengas al bar. Vete a casa…

—Como tú digas; al ser tan tarde, pensaba…

—Vete a casa, Pastora. Cerraré pronto; está desanimado…

—Adiós, entonces te esperaré en casa…

—Hasta luego, pequeña…

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