La corriente

Luis Romero · Capítulo 46 de 48

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La corriente

46. A pesar de todo

 

N o está muy segura de si se ha adormilado un instante o se ha dejado vencer por un sueño prolongado. Estaba tumbada sobre un diván, con la cabeza apoyada sobre unos cojines, no solamente vestida sino calzada. Junto a ella ha encontrado el libro que estuvo leyendo hasta que se adormiló o durmió.

Frente al espejo, se encuentra lúcida. Son las seis de la mañana; sin advertirlo apenas, ha debido permanecer dormida por lo menos dos horas y media o algo más. No tiene el aspecto de fatigada, ni se nota que haya bebido; si acaso un desusado brillo en los ojos. Mientras se compone el peinado siente como el cuerpo va despertando del corto letargo en que ha caído involuntariamente. La noche pasada ha bebido bastante. Primero fueron varios martinis. Bebía con la imprecisa esperanza de que la turbiedad de la borrachera pudiese aportar alguna solución. No se la trajo, pero en este instante sabe ya lo que desea y qué es lo que la estuvo desazonando. El malestar que comenzó a manifestarse hace varios días y que se fue agudizando hasta culminar en las últimas horas, se ha desvanecido.

Se arregla las medias. No va a cambiarse de vestido ¿para qué? Este que lleva puesto, es sencillo; como a él le agradan. Se empolva brevemente la nariz y se retoca la pintura de los labios.

A la salida del cóctel, en la calle, se tropezaron con Humberto y Nelly Pons que estaban con Pablo y Montse despidiéndose de los amigos alemanes. Carlos Yuste se detuvo a saludarlos. Combinaron un plan; ella se dejaba arrastrar, era su última noche y deseaba que la casualidad actuara por su cuenta. Han ido a cenar (¿han ido, o fueron?) a un restorán que hay en una travesía de la Rambla, en una plaza con unos jardincillos y un cementerio romano. Todos se han asomado a ver las tumbas de piedra. Humberto ha dicho que llevaban dos mil años enterrados, que eran muertos muy ancianos. Los demás se han reído y ella no ha comprendido de qué se reían. Los muertos no tienen edad; son muertos solamente. No tenía apetito y lo poco que ha comido y el hecho de estar sentada, le han disipado la animación que la mantenía exaltada y la empujaba hacia la aventura.

Pablo es un tipo curioso, quizás el único interesante del grupo. No ha conseguido clasificarle con exactitud. No es precisamente su aspecto físico, pero en Pablo existe un elemento que le recuerda a Jorge. Humberto es simpático y superficial; a Carlos Yuste le falta talla. Las mujeres, corrientes; guapas y bien vestidas. Sin ser cultas poseen la habilidad de aparentarlo; su conversación resultaba agradable.

Por indiscreción, deseaba averiguar si es cierto lo que se rumorea de estas dos parejas y de sus amigos alemanes, o si se trata de un chismorreo al cual ellos dan pábulo por esnobismo.

La habitación de Santiago permanece en silencio; no se advierte un latido, podría estar vacía. Hace muchos años que no ha entrado en esa alcoba; ni siquiera por curiosidad cuando él está ausente. Debe dormir. Ya no le guarda rencor. ¿Desde cuándo? ¿Desde ahora mismo? A pesar de que lleve su apellido, se ha ido convirtiendo en un extraño, aun viviendo en la misma casa, aun almorzando juntos algunos días. Le ha debido de perdonar. No les une ningún lazo; sólo la ley. Pero la ley no levanta en su ánimo el más mínimo eco.

Pablo y Jorge se conocieron en algún momento; jugaban juntos al póquer, quizá también salían con las mismas mujeres. Pablo les encontró un día juntos; debe haberlo olvidado. Montse la miraba con curiosidad y admiración. La mirada de una mujer resulta clara para otra mujer. Se establece entre ellas una pugna de jerarquías. No hay dos mujeres iguales; una es más y otra menos. Y eso se repite en todos los casos. Durante la cena han bebido vino tinto primero y después champán.

Del restorán se trasladaron a «La Masia». Han bebido más champán. Primero la ha sacado a bailar Carlos Yuste; se comportaba como un inexperto o como quien ha practicado con mujeres de poca monta. Presionaba con la mano para atraerla, avanzaba la pierna. Se ha mantenido a la defensiva física y verbal. Humberto ha jugado a continuación su carta; se turnaban como los diestros en el tercio de picas. Humberto es más agudo, más hábil. Ella ha pretextado que deseaba descansar y han regresado a tiempo a la mesa. Les han servido otra botella. Pablo también la ha invitado a bailar. Las tres parejas bailaban en ese momento. Ha sorprendido a Carlos galanteando a Nelly Pons, ridícula y precipitadamente. Pablo bailaba atento a ella, con todos los sentidos vigilantes, esperando una señal que abriera la comunicación. Llamaba, solicitaba consentimiento para iniciar el avance.

La decepción iba ganando terreno. Una noche como otra cualquiera, con la misma fútil monotonía. Hombres que buscan su pequeña aventura; nada.

Pone en marcha el Seat 600 de color verde manzana. Este coche, idéntico a otros cientos que ruedan por la ciudad, no despierta la atención. Quien no recuerde la matrícula, puede confundirlo con otros muchos.

Las calles están desiertas; los autos pasan escasos y veloces, los faroles lívidos, aparecen rodeados de un halo de niebla. Aún se demorará el amanecer porque en esta época del año amanece tarde. Raquel ignora si es hoy o todavía es ayer.

A la una y media ha dicho que deseaba regresar a su casa. Pablo y Humberto se han quedado ligeramente decepcionados. De Montse y Nelly no ha sacado nada en claro; en ocasiones las mujeres llevan el fingimiento hasta la perfección. Montse la miraba de una manera desconcertante. Y de Pablo, para conocer sus intenciones, hubiese sido necesario traspasar la frontera de su juego. Ya no se escandaliza de nada, y su curiosidad es mínima, pasajera.

La calle de Balmes desciende ondulándose ante el parabrisas. Brilla húmedo el asfalto y los semáforos guiñan los ojos anaranjados. La Diagonal es una solución de continuidad; una línea resplandeciente.

Al quedarse solos, Carlos Yuste, con mentalidad y tretas de dependiente de comercio, ha insistido en que siguieran bebiendo. Han entrado en un bar que permanecía abierto. Debía de proponerse emborracharla; y era él quien estaba oscilando, quien tenía las mejillas encendidas; a él le apretaba el cuello de la camisa. Cuando ha cogido su mano, la ha retirado sin mostrarse extrañada ni ofendida.

Carlos se comportaba como un chiquillo; parecía confiar en su éxito, y al mismo tiempo le faltaba decisión. Un poco embarulladamente ha dicho que iban a cerrar todos los bares y que podrían continuar bebiendo en su piso. Se ha negado; sin extrañarse ni ofenderse tampoco. Si deseaba beber otro vaso, podían tomarlo allí mismo; a ella se le estaba haciendo tarde. Los dientes de Yuste son más bien grandes, amarillean. Su actitud y su sonrisa recordaban las de Clark Gable, cuya actitud y sonrisa han copiado, consciente o inconscientemente, todos los hombres superficiales de una generación.

Más allá de la plaza Urquinaona la vía Layetana se desboca hacia el mar; al fondo se ven los mástiles, las chimeneas, los tinglados.

La noche se ha cuajado. Los escasos peatones marchan por las aceras presurosos y desconfiados. Alguna pareja, por timidez, aburrimiento, o por amoroso anhelo, prolonga una noche ya concluida.

Carlos Yuste se ha aproximado, apoyando una mano en su brazo. Beber en común autoriza ciertas confianzas; las ha aceptado a la expectativa. Esa mano en su brazo, ese cuello, ese mentón, esa frente cerca de su rostro, los ojos mirándola, la boca vacilando entre la palabra y el deseo; todo la rechazaba. Cada cual es un ser distinto. Sólo el amor comunica físicamente a unos con otros. Carlos Yuste era una vida ajena, sin relación posible con la suya. Su presencia en aquel bar era estúpida; le ha dicho que pagara y se han marchado. Al despedirse no se ha puesto pesado; la partida la tenía perdida; mejor que lo haya comprendido.

Se orienta bien por las callejas del barrio antiguo, con sus faroles de gas en las esquinas, con su empedrado húmedo, con gatos y perros que huyen ante los faros. No se ve un alma por estas calles.

Se apea del coche, a unos cincuenta metros del portal. Los tacones suenan resueltos pero extravagantes en las viejas losas pulidas por otros pies. Saca del monedero una gran llave, nunca había visto otra de igual tamaño; hace años que la guarda en su bolso. Prepara la linterna. ¿Estará Jorge durmiendo o leerá todavía? Nada de él puede presumirse con certeza. ¿Y si no estuviera? ¿Y si le encontrara con otra mujer?

La escalera es empinada y los escalones están desgastados por el uso. Para ayudarse, se apoya en una baranda de hierro cubierta de latón.

No se marchará a Suiza. Había decidido abandonarle; en su interior, pensamiento y deseo se duplican en miedo a la separación, a la ausencia. Ya no le quedan dudas; se ha puesto de acuerdo consigo misma. El secreto que se resistía a revelarse, ha salido a la superficie del pensamiento.

Abre la puerta del piso; dentro no se ve luz, todo está en silencio. Cierra procurando no meter ruido. ¿Y si estuviese con otra mujer? No, no puede haberla, porque ella está aquí, entrando ahora.

—¿Eres tú, Raquel?

En la voz de Jorge no hay sorpresa, ni siquiera sueño. Nunca había llegado en la noche, a esta hora, y ha adivinado que es ella y no se ha extrañado. Ni le preguntará por qué ha venido.

Muy próximas, suenan campanadas. Deben de ser las siete. Raquel habla apagando la voz.

—Sí, Jorge, soy yo…

Ya no hay nadie más, todos han huido: Carlos Yuste, Montse, Pablo, Humberto, Luis Camps, Nelly, Santiago, hasta el pobre Rodrigo. Se han desleído reduciéndose a la nada. Le aprietan unos brazos, un pecho, una boca; se siente ella misma, aquí y allá. Ni felicidad ni dolor, ni placer ni angustia, ni miedo ni arrepentimiento; éste es su lugar y ésta es ella. Pero hasta el singular se borra; los nombres se han eliminado, confundido.

—¡Un hijo tuyo!

¿Han sido pronunciadas las palabras? De ser así, ignoran quién ha hablado; cualquiera de los dos.

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