La corriente
2. El «sardineta»
L a ciudad comienza a sacudirse la modorra. Los tranvías, los autobuses y trolebuses circulan hace un buen rato; incluso los menos madrugadores, los que inician el servicio con la aurora. Los peatones caminan de prisa para ahuyentar el frío. La mayor parte de los que transitan por las calles son obreros, pero también se ven empleados pues en algunas oficinas los horarios se inician temprano. El sol, un sol recién salido cuya luz empalidece la bruma matinal, se anuncia en los pisos altos; a nivel del suelo todo permanece de un gris hosco. Las calles están sucias; no se sabe de dónde pueden salir tantas colillas, papeles y desperdicios. La temperatura no es rigurosa pero quien acaba de levantarse de la cama, mal aprecia la relativa benignidad de esta hora. Circulan algunos taxis y pocos coches particulares. Las hojas de los plátanos que bordean las calles se esparcen por el suelo y se amontonan en los alcorques; en las ramas escasean las hojas verdes y las más penden amarillas, muertas. Los bares modestos, los frecuentados por los obreros madrugadores, van abriendo sus puertas. En un punto impreciso y distante suena una sirena, y más lejos, como un eco, le responde otra.
Cecilio García, llamado por mal nombre el Sardineta, camina por el paseo de Gracia arriba. No desea gastar su dinero tomando tranvías y está convencido de que el ejercicio matutino es sano; así lo aseguran los parroquianos de la barbería entre los cuales hay algunos instruidos, o, cuando menos, habladores. El Sardineta, no quiere que le llamen Sardineta; su nombre es Cecilio. En la actualidad posee su correspondiente «Documento Nacional de Identidad». Durante muchos años luchó por conseguir documentos y arrastraba una vida peor que la de un can. Pequeños hurtos, grandes riesgos, menguada comida e inclementes fríos; periódicamente pasaba días o semanas detenido sin más horizonte que el duro suelo de los calabozos, los trompicones de los guardias que le conocían demasiado, y un rancho infecto y escaso. Ahora todo aquello está olvidado. Él es el señor Cecilio, barbero de profesión, afiliado al sindicato correspondiente según carnet que puede exhibir, habita en una casa como Dios manda, en la calle de la Riera Alta, cuya propietaria es la Madam, su patrona, una francesa de Grenoble, que cocina discretamente y sabe hacer postres de repostería cuando la ocasión se presenta.
Todavía algunos conocidos le llaman el Sardineta, pues este apodo se ha filtrado misteriosamente siguiéndole, como la sombra al cuerpo, a través de sus distintos cambios de personalidad. Durante los últimos años, Cecilio ha sido un frégoli, y el hecho de que le atraparan por culpa de un robo de cierta importancia y de que el juez le condenara con severidad, fue precisamente el origen de su salvación.
Cuando iba por las calles sucio y roto, nadie le hacía caso ni le hablaba, pero en la cárcel se junta todo, lo bueno y lo malo, y él supo granjearse allí dentro provechosas amistades. Por de pronto, le enseñaron el oficio de barbero que ahora le es tan útil, y además consiguió excelentes apoyos y relaciones. El Sardineta es capaz de rapar las barbas con la misma maestría que cualquier otro; en lo que le falla el oficio es en el corte de cabello. Los dueños de las peluquerías se muestran un tanto puntillosos a este respecto. En la cárcel lo cortaba al rape; cualquier esmero resultaba superfluo. Su torpeza en el corte de cabello le costó ser despedido de una elegante peluquería donde había conseguido colocarse. Trabaja ahora en una muy modesta, pero tan próxima a su domicilio que no pierde tiempo en trasladarse de un lado a otro. En cuanto a este paseo matinal, es voluntario, y representa para él un ejercicio saludable; además, gracias a este paseo, ingresa un sobresueldo sustancioso.
Ha elegido el paseo de Gracia para encaminarse a su faena, porque entre una calle elegante y otra que no lo es, prefiere siempre tomar por la elegante. Para vivir se ha conformado con la de la Riera Alta, que si no puede calificarse de distinguida, se halla dentro de lo que corresponde a su actual posición, en un barrio antiguo y menestral. Hubo una época en que habitó en la Diagonal, tuvo automóvil propio, y hasta disponía de alguien a quien podría llamarse chófer. Eso les ocurrió a muchos; fue durante la guerra. De aquellos años prefiere no acordarse. Menos mal que salvó el pellejo a pesar de que faltaron unos fondos de la caja del sindicato, y de que se habló muy seriamente de ponerle de cara a la pared.
Aunque algunos compañeros íntimos y parroquianos sepan que se llama el Sardineta, nadie puede, por ahora, identificarle con aquel desarrapado, medio mendigo medio truhán, que merodeaba por las calles de Barcelona hace solamente diez años. Al salir de la cárcel, se trasladó a Málaga; allá tenía un buen compañero ya cumplido que le colocó en una barbería y gracias a ese segundo aprendizaje consiguió perfeccionarse en el oficio.
Cuando regresó a Barcelona con documentos frescos y vestido a lo señor, nadie hubiese sido capaz de reconocerle. Ni siquiera en las comisarías deben recordarle, y a fe que entonces las recorrió todas. Afortunadamente, la vieja que salía de la tienda con la recaudación del día en el monedero (¡cómo chilló la condenada!), habitaba en Tarragona, y él, en esta ciudad, es el señor Cecilio, barbero de profesión, hombre educado, con apariencia más bien que humilde, de venido a menos. Si no es el mejor oficial del establecimiento, todos reconocen que es el más diestro conversador. En la cárcel leyó mucho y alternó con gente instruida. Y de fútbol pocos entenderán tanto como él, aunque no haya presenciado un solo partido.
Esta tos y este dolor en el pecho, que se acentúa en las mañanas húmedas, que son casi todas, debe cargarse en la cuenta de aquella existencia de perro que arrastró durante muchos años, cuando por carecer de documentos no podía dedicarse más que al vagabundeo; y aún se lo reprochaban. Para trabajar le exigían estar sindicado y para sindicarse le exigían que estuviera trabajando. La condena lo solucionó todo. En la prisión tenía su petate que le parecía colchón de plumas cuando lo comparaba con el umbral de las iglesias, los bancos de los paseos o la camada bajo los puentes; y nadie le despertaba a puntapiés. En la cárcel, le servían una comida, ni abundante ni suculenta, pero suficiente. Y, sobre todo, en la cárcel aprendió un oficio honesto y recuperó nombre y apellidos: Cecilio García Madroñero. Cuantas veces los oye pronunciar o los lee, funciona en él un atávico resorte que le obliga a contestar in mente: «Para servir a Dios y a usted».
Al llegar a la Diagonal, dobla hacia la izquierda. Barrederas automáticas ultramodernas juegan a un extraño carrusel de la porquería, y más allá, mangas de riego trazan en el aire frágiles puentes ilusorios. Las primeras beatas —sirvientas y cocineras viejas de casas pudientes— entran en la iglesia de Pompeya. La neblina, baja y parduzca, resta elegancia a esta lujosa avenida, y los cierres metálicos de algunas tiendas, ondulados y grises, tampoco contribuyen a darla brillantez. Los quioscos de periódicos están a medio abrir; exhiben pilas de diarios como babeles de juguete; la más alta corresponde a «La Vanguardia». Algunos viandantes apresurados se aproximan al quiosco, y casi sin haberse detenido, se alejan ya con el periódico debajo del brazo o desplegándolo para enterarse con urgencia de unas noticias que parecen calcadas de las de ayer.
Cecilio trabajó algunos meses en una barbería elegante; allí conoció a un cliente; desde entonces, todas las mañanas, le afeita en su domicilio y le apaña el cogote de manera «que no se note que lo ha retocado el peluquero». Este señor es rico y paga bien; se enemistó con el encargado de la peluquería del círculo del cual es socio, y está convencido de que Cecilio es un «excelente maestro». Menos mal que no se ha enterado que trabaja en un establecimiento de ínfima categoría; le ha hecho creer que se ocupa exclusivamente de una parroquia selecta y reducida. Al Sardineta le sorprenden mucho las alabanzas que de su trabajo hace el señor rico, pero él no va a contradecirle. Pudo contribuir a su éxito el hecho de que cuando se conocieron le mintió asegurándole que en Madrid había servido a gente distinguida. A los madrileños a quienes afeitaba eran reclusos de la cárcel de Tarragona; pero a uno le llamaban el Marqués y sus modales eran irreprochables. No le consta si era o no marqués. ¿Es que a esos señores no les meten en la cárcel cuando, por ejemplo, descerrajan una caja de caudales? Entre su clientela estaba incluso don José Rodríguez de las Higueras, que le dio consejos acertados y le asesoró sobre los perfumes que los hombres pueden utilizar, sobre lociones, masajes y otros conocimientos útiles. Era persona instruida y educada; falsificador de moneda. Se le seguía proceso y decía que estaba resignado a morir entre rejas, pues el Estado castiga duramente la falsificación de moneda, que él calificaba de competencia, declarando que cuando el Estado lanza a la circulación una peseta más de las reservas que posee, se convierte automáticamente en falsificador. Si hablando con su cliente rico Cecilio se refiere a don José, no confiesa que se trataba de un recluso falsificador, sino que le llama, vagamente, financiero madrileño.
El Sardineta pisa seguro sobre el pavimento de esta ciudad que ha reconquistado. Los documentos que lleva siempre en la cartera le comunican una firmeza ilimitada. Un hombre sin documentos no es nadie, y él, ahora, posee una copiosa documentación. Aunque ya no está en edad de amoríos, opina que a la Madam le conviene un varón que la ayude a administrar la pensión familiar de la calle Riera Alta. Con cuatro buenos clientes como el que ahora afeitará, se sacaría un jornal suficiente para atender a sus gastos, que no son cuantiosos pues los años de miseria y de cárcel le inclinaron hacia la sobriedad. En ese caso podría abandonar un empleo que es inferior a sus merecimientos. La Madam tiene todavía un buen ver, y a nadie parecería deshonesto que se casaran, pues ambos, gracias a Dios, son libres. Una partida matrimonial expedida por la parroquia, coronaría la colección de documentos del Sardineta.
El señor rico a cuya casa se dirige, es muy madrugador pero al Sardineta no le molesta. En la prisión de Tarragona se levantaban a toque de diana y las costumbres saludables, aunque se hayan adquirido en la cárcel, deben conservarse. Si se llega a casar con la Madam no abandonará tan legítima costumbre. El señor rico es exigente en cuanto a horario; desea llegar cada mañana a las ocho y cinco a su despacho, única manera, según dice, de conseguir que sus empleados observen la debida puntualidad. Cada minuto de retraso es un atentado contra el bolsillo de donde salen salarios, sueldos y honorarios de toda especie y condición. Tratando con gente distinguida uno se instruye; desde hace años al Sardineta le gusta seleccionar sus relaciones.
El portal es ancho, profundo, marmóreo. Cecilio y el portero, que viste un batón largo y exhibe en la mano un plumero multicolor, se saludan ceremoniosamente. Desde que entra en el portal, el Sardineta adopta cierto empaque.
Se mete en el ascensor de servicio y aprieta el botón. Entrar en esta casa, aunque sea por la escalera de servicio, le llena de orgullo y le afianza. ¿Quién se acuerda ya del Sardineta? Él es el señor Cecilio, barbero de postín, aunque sólo en las primeras horas de la mañana.
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