La corriente
6. El anónimo
D oña Eulalia Tous, viuda de Dalmau, ha cumplido los setenta y cinco años de edad; goza de óptima salud, de una agilidad no disminuida y de unos feroces deseos de seguir viviendo. Hace solamente siete años que enviudó, y cuando alude a su difunto esposo exclama, suspirando: «¡Mi pobre Ignacio!»; lo cierto es que sus cuarenta y cuatro años de matrimonio son en su memoria algo casi olvidado.
A doña Eulalia Tous, viuda de Dalmau, se la considera una de las señoras más caritativas de esta ciudad. Pertenece a la directiva de varias instituciones pías, hace pequeñas dádivas y preside mesas petitorias, lo mismo si se trata de recaudar auxilios para la Cruz Roja como fondos para construir la fachada de la Sagrada Familia.
Su actividad más encomiable, en la cual ha actuado de manera muy personal, ha sido la de conducir a las vías del matrimonio a dieciséis parejas que vivían irregularmente en las barracas de Casa Antúnez, del Somorrostro, del Carmelo, de Montjuich… A cada pareja que consigue casar por la Iglesia («viven como perros en las barracas», según dice ella), como regalo de bodas les obsequia con un colchón de borra regenerada. En su actividad casamentera ha tenido algunos fracasos que han puesto duramente a prueba su paciencia. El que le causó más dolor y perplejidad fue el de un desnaturalizado que convivía con dos mujeres. Tuvo que renunciar a cualquier ilusión matrimonial tras haberle sometido a todo género de exhortaciones y amenazas.
Doña Eulalia tiene recogida en su casa a su prima Pepita, hija de un banquero que se suicidó por haber quebrado a raíz de la guerra del catorce. Doña Pepita cumple con las funciones de ama de llaves y de doncella si conviene. Para no ofenderla en su dignidad, pues aunque pobre es una señora, no la ha asignado ningún sueldo; la hubiese humillado privándola de la ilusión de que vive en el seno de una familia. Tampoco necesita para nada el dinero, pues en su casa come, duerme, y si ha de trasladarse al centro de la ciudad no tiene más que pedir para el tranvía. En cuanto a ropa no le falta; ella le regala la suya cuando todavía está, como quien dice, nueva.
Al casarse su hijo Ignacio, le cedió la planta baja y el piso principal de la antigua «torre» familiar de la Bonanova. Se reservó para ella el piso alto, donde reside con una cocinera, una camarera y doña Pepita. Tiene una escalera independiente; así las visitas que recibe como consecuencia de sus actividades relacionadas con la caridad, no molestan a su hijo ni a su nuera.
Han desayunado, como siempre con la mayor frugalidad (lo que parece mentira es el hambre desvergonzada de esta Pepita, y más teniendo en cuenta su edad y condición), y ahora se entretienen en tejer jerseys.
—Estoy esperando a ese Herrera; ya se me retrasa.
—Seguramente estará en misa.
—Pues podría haber ido a una misa más temprano. Le reservo una sorpresa, una bonita sorpresa. Ten, Pepita, lee.
Doña Pepita se coloca unas gafas con cerquillo de plata, una de cuyas orejas está atada con un bramante.
La carta viene escrita con letras mayúsculas e impersonales.
«ESTIMADA SEÑORA: ME CREO EN EL DEBER DE CONCIENCIA DE
INFORMARLA QUE EN LA CASA DE SU PROPIEDAD SITUADA EN LA CALLE DE CARDERS, EL PISO EN QUE ANTAÑO VIVIÓ EL SANTO Y LLORADO MOSÉN BRUGUERA ESTÁ OCUPADO DESDE AÑOS POR UN HOMBRE QUE LO HA PROFANADO Y QUE LO UTILIZA PARA USOS MÁS PROPIOS DE UN BURDEL. EL ACTUAL INQUILINO CELEBRA DESENFRENADAS ORGÍAS Y RECIBE SECRETAMENTE A UNA SEÑORA QUE PARA MAYOR ESCÁNDALO PERTENECE A LA ALTA SOCIEDAD QUE DEBERÍA DAR EJEMPLO Y QUE LO DA PERO DE DESVERGÜENZA. SI MOSÉN BRUGUERA, QUE EN GLORIA ESTÉ, LEVANTARA LA CABEZA VOLVERÍA A MORIRSE DE SOFOCO. YO NO QUIERO CULPARLA A USTED CUYA RELIGIOSIDAD Y OTRAS PRENDAS SON BIEN CONOCIDAS SINO A ESE HIPÓCRITA DE SEÑOR HERRERA QUE DEBIÓ RECIBIR UN BUEN TRASPASO DEL ACTUAL INQUILINO Y LE SIRVE DE TAPADERA MIENTRAS QUE A LOS QUE SOMOS HONRADOS Y
DECENTES SIEMPRE NOS PERSIGUE CON APREMIOS Y AMENAZAS. DE USTED SERVIDORA. UN INQUILINO DECENTE.»
—¿Has terminado de leer? ¡Qué escándalo! Me resisto a creer tanta desvergüenza. Quiero que se aclare esto inmediatamente y que a ese inquilino se le ponga de patitas en la calle. Voy a darlo a investigar a una agencia de detectives, porque de ese Herrera nunca me acabo de fiar del todo.
Doña Eulalia Tous, viuda de Dalmau, es propietaria de una treintena de inmuebles repartidos en toda la ciudad. Los heredó de su padre, además de unas propiedades en la provincia de Tarragona y de algunos bienes en Cuba que, en este momento, se hallan seriamente comprometidos. En los bancos, distribuida en diversos valores públicos y privados, posee una considerable fortuna que cada año va creciendo, pues los ingresos son cuantiosos y los gastos reducidos. En calidad de usufructuaria percibe parte de los dividendos de los «Talleres de Pueblo Nuevo». Su hijo Ignacio es quien los dirige. A Engracia, que hace cinco años se casó con un eminente médico, el doctor Luis Camps, actualmente en un Congreso en los Estados Unidos, le entregó la legítima del padre que ascendía a cerca de los seis millones.
En la actualidad tiene como administrador a Hermógenes Herrera, que después de la guerra le llegó recomendado por el obispo de una lejana ciudad provinciana, de donde, según la informaron, «tuvo que salir víctima de la envidia y la maledicencia».
Doña Eulalia está satisfecha con este Hermógenes que primero estudió en el seminario y luego siguió tres cursos de Derecho. Nadie como él conoce la Ley de Arrendamientos Urbanos y sabe manejarla con probidad, eficacia y ese punto de malicia indispensable para la defensa de los legítimos intereses. A su antiguo administrador, don Guillermo Bernat Bonafé, le mataron cuando la guerra. Parecía persona de gran rectitud, pero dejó sin liquidar los alquileres correspondientes al primer semestre de aquel fatídico año mil novecientos treinta y seis. Averiguó después que se dedicaba a prestar dinero con usura y ella siempre ha sospechado que utilizaba el importe de los alquileres para sus actividades; de ahí que retrasaba dolosamente el ingreso en los bancos de las rentas percibidas.
—Pues don Hermógenes parece formal.
—También lo parecía Guillermo Bernat, y ya viste qué perrería me hizo.
—No sabemos nada. ¡El pobre!
—¿Cómo que no sabemos? Prestaba mi dinero y se beneficiaba de los intereses. ¡Y a mí nunca se me ocurrió desconfiar! Un usurero, eso es lo que era. Y lo que es peor, con mi dinero.
La doncella anuncia a don Hermógenes y la señora lo manda pasar.
—Buenos días, doña Eulalia, ¿a qué debo el honor?
—Ningún honor… Lea esta carta.
Don Hermógenes es corto de estatura y rechoncho, viste trajes oscuros y se toca con un sombrero de alas anchas, lo que le da un aspecto donjuanesco y contradictorio.
—Esto es un anónimo. No hay que hacerle caso; es abiertamente calumnioso.
—Bien, Hermógenes; pero ¿qué hay de verdad en todo eso?
—Permítame reflexionar; tenemos cerca de cuatrocientos inquilinos.
—¿No recuerda usted? Se trata de aquella casa vieja; el piso que ocupaba el curita anciano que nos dejó dos meses sin pagar…
—¡Ya está! Lo recuerdo todo perfectamente. El inquilino actual es un señor, hijo del propietario de un garaje con taller de reparaciones. Persona solvente que paga con regularidad. En su día se pidieron informes comerciales sobre el padre y fueron buenos.
—Y el inquilino, ¿es casado?
—En este momento no lo recuerdo. El tono del anónimo es calumnioso para todos; debemos arrojar esa carta a la papelera.
—Para todos nosotros, no; de mí no dice nada malo.
—Este señor, cuando entró en el piso… de acuerdo siempre con usted… abonó no sólo los dos meses que el difunto Mosén Bruguera dejó pendientes (los de su última y fatal enfermedad…), sino que además nos dio una «entrada» de veinte mil pesetas, si no me equivoco. Como deseaba hacer unas obras, le aumentamos el alquiler a seiscientas pesetas. El resto de los inquilinos pagan entre ochenta y cinco y ciento sesenta. ¿Qué malo hay en que meta un poco de ruido? ¿Es que van a quejarse esos inquilinos que pagan una miseria porque el señor Mas sea, por ejemplo, aficionado al baile? Y digo eso y no me consta. Por las mentiras que encierra ese papelucho con respecto a mí, bien puede también calumniar al único arrendatario que paga una renta conveniente.
—Bien, Hermógenes; pero sigo creyendo que usted es en extremo tolerante. Averígüeme lo que ocurre de cierto en ese piso y tome las medidas que hagan al caso. Si el señor ése mete escándalo y hay manera de echarlo, se le echa. Ya encontraremos otro que pague mejor; hoy en día podría cobrarse una entrada más elevada. Pongamos treinta o treinta y cinco mil pesetas.
—No es posible conseguir un desahucio; las obras las hizo con un consentimiento por escrito.
—No empiece con dificultades, Hermógenes. Entérese de lo que hay de verdad; entre tanto esta carta me la guardo yo.
El señor Hermógenes advierte la silenciosa presencia de doña Pepita que, sentada en un ángulo, teje apresuradamente.
—¡Ah! Buenos días, doña Pepita, perdone que no la haya saludado antes; no había reparado en usted.
—Bienvenido, don Hermógenes.
—Y ¿qué hay de los inquilinos esos del Pasaje?
—Ése es otro caso. Tardaremos más o menos, pero saltarán. Ayer estuve en el Juzgado; las impresiones son favorables. ¡Permitirse hacer una ducha! En eso la ley es terminante. Carecían de autorización nuestra, y no porque no la hubiesen pedido, sino porque nosotros se la habíamos negado. ¡No faltaba más!
—Pues duro con ellos, que de ese piso se puede sacar, por lo menos, el triple. ¿Qué se han creído? Como si la casa fuera suya…
—Ese inmueble del Pasaje empezará a valorizarse. Estuve hablando con la portera y me enteré de que el inquilino del entresuelo anda mal. Parece que es cáncer. Esa familia no tiene suerte. En cinco años, el padre; y ahora, el hijo. Aquí también la ley nos es propicia. En cuanto fallezca, el piso queda disponible; contrato rescindido. O acepta la familia nuevo contrato, o fuera.
—¡Dios mío! ¡Qué leyes! ¡Que una tenga que estar esperando que se muera un semejante…!
—El almacén lo tenemos muy bien alquilado, y el segundo, no digamos. Si tenemos suerte en estos dos, la renta quedará muy saneada.
—¿Quién vive en el segundo?
—Una señora; paga mil quinientas. Está bien, creo yo…
—¿Una señora? ¿Sola? ¿Es viuda o qué?
—En este momento no recuerdo bien; ya se lo diré otro día, si tanto le interesa.
—Es que no me fío de una mujer sola que alquila un piso y que paga tanto.
—Conducta irreprochable; me consta.
—Está bien, puede ahora retirarse. Y no deje de prestar atención a lo del anónimo. Revisaré mis cuentas para comprobar si no hubo error en ese inquilino de Carders. Si se averigua algo escandaloso, haga el favor de llamarle la atención de mi parte, si quiere. Y de ser posible, hay que intentar el desahucio.
—Déjelo de mi cuenta, señora, y no atienda al primer anónimo que le envíen. La lucha es muy dura y no se puede ser demasiado intransigente. Yo ya me entiendo, y creo que los resultados cantan.
Cuando Hermógenes Herrera se retira, las dos señoras se aplican de nuevo a la tarea de los jerseys.
—Te digo, Pepita, que este hombre es listo, pero hay algo en él que me hace desconfiar. Voy a hacerle vigilar de cerca. Y a su edad todavía está soltero.
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