La corriente

Luis Romero · Capítulo 1 de 48

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La corriente

I. Madrugada fúnebre

Luis Romero

La corriente

Áncora & Delfín - 223

ePub r1.0

Titivillus 26.11.2022

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Título original: La corriente

Luis Romero, 1962

Diseñador de la cubierta: Erwin Bechtold

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

 

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I. MADRUGADA FÚNEBRE

 

E l ruido del primer trolebús le ha despertado. Creía que estaba en vela y ahora se da cuenta de su error. La claridad diurna se va extendiendo por la habitación, se detiene en las cortinas y en el estor, y lucha con las espesas sombras de los muebles. Comienzan a nacer los colores, lenta, pausadamente, de manera discreta y vergonzante. Los contornos se iluminan dibujando líneas curvas, rectas, quebradas.

La cabeza le pesa y en el interior de la boca y en la garganta, una sensación seca y tirante le desazona. Éstas son sus primeras impresiones físicas. El cuerpo, todavía adormilado, descansa muellemente sobre el cómodo y profundo sillón. Las manos y los pies se le han quedado fríos.

Descubre, a pesar de que deliberadamente la había ocultado por si alguien, Nuria más que cualquier otro, entraba de improviso, la botella de coñac y el vaso. No podía más, el insomnio resistía a los dos comprimidos, y hace un par de horas ha recurrido a un viejo e infalible procedimiento: el coñac. Además, necesitaba embrutecerse, por lo menos parcialmente; no atormentarse más. Desea conservar una cierta lucidez, para mañana —hoy — cumplir con su papel de hermano, para alinearse en la presidencia del duelo, para soportar todos los trámites legales y sociales. Pero hay algo que debe ser anestesiado, una parte de su pensamiento tiene que ser amputada; en cierta medida necesitaría insensibilizarse. Aunque tampoco está seguro de que ésos sean sus verdaderos propósitos.

A través de la encristalada puerta del gabinete se ve la luz de los cirios. Hay que acabar con las rutinarias costumbres; resultan siniestras, macabras. Cuanto rodea a la muerte parece sellado por las más viejas supersticiones. Ha sido Nuria quien ha demostrado mayor empeño en que todo se cumpliera rigurosamente, de acuerdo con la más tétrica de las tradiciones. Ha exceptuado, con un encarnizamiento y un furor que a él le han herido, la publicación de la esquela mortuoria. «No quiero, de ninguna manera, que vengan al entierro todos sus amigos. Se convertiría en una manifestación pública. ¡Qué vergüenza para todos nosotros!» Se arrepiente de haberse mostrado débil y de haber cedido; Rodrigo es su hermano, era su hermano.

Rodrigo, es, era, su hermano menor, y salvo los años de la guerra y cuando estuvo estudiando en Italia, han convivido siempre. Nuria se encontró ante el hecho consumado, y al casarse no puso objeción a esa convivencia. Iban a habitar en la casa de los padres y no podían forzar a Rodrigo a abandonarla. La aversión de Nuria hacia Rodrigo ha ido creciendo con los años, desarrollándose como una mala hierba hasta convertirse en un sentimiento desenfrenado, que les ha hecho desgraciados a los tres.

Se pasa la mano por el rostro. Enciende un cigarrillo. El humo es espeso y amargo; la cerilla encendida tiembla unos instantes entre sus dedos. La sacude con fuerza y la lanza en dirección a un cenicero. Humea brevemente en el suelo; hasta que ese humo no se disuelve, le paraliza el fluir de los pensamientos.

El entierro está anunciado para las once; a las once en punto se cerrará el féretro y se lo llevarán. Los asistentes al entierro serán escasos; Nuria sólo ha permitido que se avisara a los íntimos y él no ha tenido ánimos suficientes para enfrentarse con su esposa. Acudirán también los empleados del despacho, una representación de los obreros de la fábrica y los vecinos. ¿Por qué ese entierro encubierto que pretende Nuria? ¿Por qué tanto misterio y tanto rubor? Rodrigo tenía sus amigos, algunos de ellos muy antiguos y fieles; él se los había escogido y sólo él cargaba con el fardo de sus defectos. Puede ocurrir que Nuria no se salga con la suya; han telefoneado numerosas personas para informarse de la hora del entierro. ¡Ojalá vengan todos, ojalá que el entierro se convierta en una «grande y sentida manifestación de duelo», y que Nuria rabie y rerrabie! Él mismo, anoche, telefoneó a Raúl Vandellós y a Arístides ¿cómo no iba a notificarles la desgracia? Rodrigo era su amigo, y Rodrigo se ha muerto.

Destapa la botella de coñac y arrima el vaso. El líquido regurgita al derramarse, y espumea. Lo apura de un trago y siente un golpe caliente en la garganta y en el estómago; luego, como un dolor que le obliga a encogerse. Por fin una ola de cálida vitalidad le recorre el organismo.

Los ruidos de la calle van aumentando con el amanecer. Pasos acelerados, motos con el escape libre, coches presurosos y camiones que hacen retemblar la cristalera de la puerta del gabinete. También se oyen voces que contrastan con el silencio de esta casa donde todo duerme, donde todo descansa.

Desde el lugar en que está sentado, no se descubre el ataúd, ni siquiera la sombra del ataúd. Se ve el viejo cuadro de Meifren, una marina ornada por grueso e historiado marco, que parece que oscile levemente y que proyecta en la pared una sombra desmesurada, oblicua y móvil.

Sus padres murieron sin saber nada sobre Rodrigo. La incomunicación de sus padres con el mundo real fue tan completa como increíble. Desde que su padre abandonó la dirección de la empresa, el aislamiento se cerró totalmente. Vivieron felices, eso sí, sin preocupaciones que merecieran el nombre de tales. El trabajo cotidiano, acreditar la marca de fábrica, y procurar que los ingresos aumentaran de año en año; rodearse de una riqueza ostentosa y sólida, de una comodidad aparente; hacer lo que todo el mundo hacía en la ciudad y no distinguirse por nada que desentonara. Alternaban con quienes por familia y fortuna eran sus iguales, y procuraron trepar por la cuesta arriba de las relaciones sociales. La ciudad se reducía a unas trescientas personas; ésas eran las únicas de las cuales se ocupaban; las demás no existían. Los empleados, los trabajadores —los de su despacho y su fábrica se entiende— eran meros instrumentos a los cuales había que tener, en la medida de lo posible, satisfechos. Del carácter de su hijo Rodrigo, no supieron nada. Sospecharon que era un tanto disoluto, pero hasta los veinticinco o treinta años un joven de buena familia podía andar metido en líos de faldas y trasnochar discretamente. Fuera de los líos de faldas, no comprendían nada, y de semejantes licencias sería corregido por la edad y el matrimonio.

Ya está la estancia iluminada, los colores se distinguen, la luz invade, conquistando uno a uno, los rincones. Suben de tono los ruidos de la calle. Cuando consulta el reloj de pulsera se da cuenta de que está parado. Ayer se olvidó de darle cuerda; es la primera vez que le sucede en muchos años, en veinte o treinta. Enciende otro cigarrillo. A su alrededor están esparcidas las colillas; las hay largas y cortas, las hay aplastadas y otras que se conservan enteras, como si acabaran de detenerse después de haber rodado desde la alfombra a los baldosines. Nuria hoy no se atreverá a recriminarle por las colillas desparramadas; dará órdenes a la criada con un gesto de repugnancia y callará. Bien, que calle, aunque sólo sea una vez en la vida.

Pascual, el hermano mediano, se ha presentado a primera hora de la tarde. Desde que surgieron desavenencias entre ellos y le compró la participación en la sociedad, no había vuelto a poner los pies en la casa. Tampoco se trataba con Rodrigo. Pero ha acudido en cuanto se le ha comunicado el fallecimiento. Hasta pasada la media noche ha permanecido aquí. Parecía emocionado, entristecido y pesaroso. Hoy vendrá al entierro con sus tres hijos.

Nadie esperaba una desgracia semejante. La muerte es algo ajeno a cada uno de nosotros; está fuera, ausente. Y luego, de un golpe, se instala en quien sea, y ya no tiene remedio. Anteayer Rodrigo estuvo en la oficina toda la mañana. Lo cierto es que no se esforzaba en su trabajo, pero pertenecía a la dirección de la empresa. Se ocupaba de la publicidad, una publicidad sencilla y limitada, y lo hacía con bastante tino. Durante las dos horas que permaneció en el despacho apenas se hablaron. ¡Quién podía imaginar lo que iba a suceder! Por la noche, como acostumbraba a hacer, y más desde que las relaciones con Nuria estaban tan tirantes, cenó fuera de casa. ¿Dónde y con quién? Jamás contaba nada; jamás hablaba de su intimidad; no podía hacerlo. Ni siquiera con él, su hermano, podía sincerarse. Los tratos estaban así establecidos tácitamente y así permanecieron hasta el último instante. Gracias a esa mutua discreción las relaciones entre ambos se mantuvieron cordiales a través de todas las vicisitudes. Cuando le llegaba noticia de algún hecho escandaloso, callaba y fingía no haberse enterado; su máximo cuidado iba dirigido a que Nuria lo ignorase. Entre ellos no quedaba la posibilidad de una explicación; pertenecían a dos mundos sin superficies de contacto. Pero eran hermanos, nacieron de la misma madre, asistieron a la misma escuela, han estado trabajando en despachos contiguos y habitando la misma casa. Ahora Rodrigo está ahí, en el gabinete, de cuerpo presente, y cuando todos se han retirado a dormir o se han marchado, se ha dejado caer en este sillón para montar guardia a su hermano, la oveja negrísima de la familia, aquel de quien se hablaba en voz baja, a quien Nuria detestaba con todas sus fuerzas y seguirá odiando sin piedad.

Ayer telegrafiaron a Gasparín, que está en Inglaterra estudiando; por lo menos él indicó que así se hiciera. Su hijo Gasparín no juzgaba al tío Rodrigo; se burlaba cariñosamente de él. Nuria aborrecía esa amistad entre el tío y el sobrino; sospechaba insidiosamente que pudiera derivar hacia el equívoco. Nunca existió tal peligro ni siquiera remotísimamente. Rodrigo estaba condenado a la soledad, castigado como la mala tierra; Gasparín era el hijo que él no engendraría, vástago de su misma sangre limpio de estigma. Le vio nacer y crecer; era un poco su hijo también, la imagen viviente de sus hijos frustrados.

De nuevo se sirve coñac; sabe que no conseguirá vencer la sensación de sequedad que le agarrota la garganta, ni este amargor de la boca, pero el coñac le está ayudando a soportar el amanecer, y le dará fuerzas para sufrir el día doloroso que ahora se inicia. Y hasta podría hacer el milagro de volver a la razón cuanto está ocurriendo en esta casa y aún dentro de él mismo; todo cuanto a una mente lúcida pudiera parecerle absurdo.

Por de pronto, en cuanto se levante la camarera va a darle orden de que comunique la hora del entierro a quienquiera que lo pregunte. Las once de la mañana; hora válida para todos. Anoche Nuria interrogaba maliciosamente a alguien que había telefoneado. Quien desee venir al entierro de Rodrigo, que venga; si sus amigos están en mayoría, tanto mejor, señal de que los tenía en abundancia. Pasado mañana quizá sea él mismo quien les niegue el saludo, pero hoy sus amistades merecen la preferencia. Si no fuese demasiado tarde, telefonearía ahora mismo a «La Vanguardia» para que insertaran una esquela.

Se incorpora y avanza caminando sobre la gruesa alfombra, que atenúa sus pasos y disminuye el empuje con que arrancó. Apaga, casi con rabia, los cirios, y arrincona los candeleros. Todo el aparato funerario le repele e inquieta. La luz penetra a través de los vidrios de colores de la puerta novecentista y comunica a todo un aspecto irreal y fantástico.

El cadáver se ha adelgazado; no como si se hubiese desinflado, sino como si hubiese retrocedido en el tiempo. El rostro se ha afinado, aniñado; sólo las arrugas que la plancha de la muerte no ha conseguido alisar del todo, denuncian los cincuenta años vividos. Las manos finas y redondeadas no recuerdan las de otros cadáveres. Este cuerpo parece el de una persona casi desconocida. Todas las marcas afrentosas que se fueron grabando en el rostro, han sido absorbidas o disimuladas. Tendida en el féretro hay una persona de rostro pálido y tranquilo, sin edad, —un rostro de novicia o de abad— y, sin embargo, es él: Rodrigo, su hermano.

Regresa a la sala; se sirve coñac y lo bebe de golpe. Buscará la agenda de Rodrigo entre sus efectos y mandará telefonear a todos los amigos, sean quienes sean, boxeadores o limpiabotas, aristócratas, horteras o torerillos sin contrata. A todos se les avisará la hora del entierro, que vengan al entierro burgués, que lo desborden, que Nuria reviente de vergüenza. ¡Que todos los amigos de Rodrigo acudan a su entierro!

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