La corriente

Luis Romero · Capítulo 7 de 48

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La corriente

7. Cuatro cirios

 

L os señoritos están discutiendo y ella escucha desde detrás de la puerta; no todas las palabras son inteligibles pero no le cabe duda de que discuten a causa del entierro del señorito Rodrigo. No deberían ahora recordar tantas cosas lamentables a propósito del señorito difunto. Al fin ha muerto, y cuando vivo, era mejor que todos; mil veces mejor que la señorita, por ejemplo. A ella le pagaba un sueldo suplementario y le hacía pequeños regalos. Lo del sueldo era un secreto entre los dos, y cuando la señorita Nuria le preguntaba indiscretamente por las visitas que recibía el señorito Rodrigo, ella no decía nada; estaba aleccionada al respecto. Casi siempre se trataba de amigos elegantes, bien vestidos y educados; señores de edad muchas veces, que a la vista saltaba que eran respetables. Al señorito Rodrigo le han criticado mucho, probablemente sin razón, porque… pero cada cual es dueño de sus propias obras y a estas horas ya habrá rendido cuentas a Dios de lo que hubiese de verdad en las habladurías.

Decididamente discuten a cuenta del entierro y de las personas que van a venir. ¡Oh! ¡La señorita exagera! ¡Con el señorito Rodrigo ahí, de cuerpo presente! ¡Ya está, ya se armó la gorda! ¡Como que el señorito iba a consentir que se hablase así de su hermano! Y hace muy bien en defenderle, con razón o sin ella; bien dicho. ¡Ya era hora de que le parara los pies a esa mujer!

Los amigos del señorito Rodrigo la trataban cortésmente, la llamaban por su nombre, cuando pedían algo se mostraban afables; todos la conocían y respetaban. Los otros han venido en contadas ocasiones y de uno en uno; eran gentuza, a ella no podían engañarla. Ropa nueva, recién estrenada desde la corbata a la punta de los zapatos; les caía como postiza o prestada.

Uno de esos tipos le dio un disgusto al señorito. No pudo enterarse del motivo; discutían y seguramente le sacó dinero. Le amenazaba con algo malo y el señorito Rodrigo estaba asustado; el otro levantaba la voz para amedrentarle más. Ella también pasó un mal rato. De esos tipos que no venga ninguno; les dará con la puerta en las narices.

Han callado las voces y se ha hecho un silencio. Se retira hacia el otro extremo del salón y simula limpiar el polvo de la consola. Las puertas se abren y la señorita, vestida de luto, sale enjugándose las lágrimas con un pañuelo.

—¿Qué estás haciendo ahí? ¡Vete!

La voz se le rompe en un sollozo; desde ayer es la primera vez que la oye llorar. ¡Que llore, por lo que sea! Era su cuñado. Es su cuñado quien está de cuerpo presente.

Hace solamente siete años se colocó en esta casa, y piensa regresar pronto a su pueblo. Habiendo muerto el señorito Rodrigo, es posible que se marche antes de lo previsto. No es que en esta casa se viva mal; pero está cansada de servir y la señorita es muy despótica. En el pueblo, si las cosas marchan bien, se convertirá en una señora.

A los dieciséis años marchó del pueblo, un pueblo de la costa donde su padre cultivaba algunas tierras que daban para malvivir a la familia. En Barcelona se colocó en casa de un señor que poseía una industria en Sabadell y que acababa de casarse con una heredera muy rica. Ella entró de camarera de la señora. Lo que más le fascinaban eran sus joyas; entonces, según dijeron, valían más de un millón de pesetas. Al servicio le daban de comer con mezquindad; eran otros tiempos y ella carecía de experiencia. El trato era bueno y llegó a encariñarse con la casa.

Al señor los negocios no le marchaban conforme, pero de la señora todo el mundo decía que era muy rica y que, gracias a eso, la fábrica saldría adelante.

Se casó, mejor dicho, la señora la casó con el chófer. No sabe si le quiso o no; cree, más bien, que no. Vivieron juntos cuatro años que casi, casi, ha olvidado. Desde que se quedó viuda, nunca ha sentido deseos de arrimarse a otro hombre. Cuando trabajaba con los señores, su marido parecía bien mandado y amable, pero con ella no lo fue nunca. El trato con los señores no le refinó; por la noche se acercaba a ella y todo lo que ocurría más bien le daba asco. Hay mujeres que parece que les gusta, pero deben ser poco honradas para que pueda agradarles.

El reloj de la sala, una figura de bronce con una esfera blanca, da una hora. ¡Las nueve! Dentro de hora y media la casa se llenará de gente, porque, a pesar de que no se haya publicado esquela en los diarios, los amigos del señorito Rodrigo se presentarán todos, y el señorito Rodrigo tenía muy buenos amigos. Ayer tarde, aunque la señora mandó lo contrario, a los que vinieron les hizo pasar. ¡Hay que respetar a los difuntos! Y a cuantos telefonearon les comunicó la hora del sepelio. ¿Es que el señorito no era un cristiano como los demás?

Ya se ha repuesto de la impresión, pero tuvieron que darla agua de azahar de tanto como se asustó. Eran las diez de la mañana y mandó a la Ramona limpiar el baño. La Ramona regresó diciendo que el baño estaba ocupado. A las once menos cuarto de nuevo mandó a la Ramona que fuese a limpiar el baño y ella contestó que seguía cerrado. No podía ser verdad; ese baño sólo lo utilizaba el señorito Rodrigo, y hacía más de una hora que ella misma le había levantado la cama y abierto los balcones de la alcoba.

La puerta del baño, en efecto, estaba cerrada y la luz encendida. Por dos veces llamó sin que nadie contestara. Como la ventanilla que daba a la galería estaba sin cerrar, se asomó. El señorito Rodrigo estaba tendido en el suelo; no se le veía la cara. La señorita Nuria había salido. Avisó al chófer; todos andaban desconcertados y a la Ramona la cogió como un ataque de nervios. Fue el chófer quien de un empujón abrió la puerta del baño. El señorito Rodrigo llevaba muerto allí bastante rato, según dijo el chófer, que durante la guerra fue camillero. Lo llevaron a la cama con bastante esfuerzo, pues el señorito estaba muy grueso. Tenía el cuello desabotonado y la corbata suelta. En el suelo había rota una botella de agua de colonia y la camisa del señorito estaba empapada.

Nadie lo hubiese dicho; la tarde anterior permaneció mucho rato en su habitación, y por la mañana, como siempre, fue a trabajar al despacho. Al anochecer, al salir se despidió de ella como si tal cosa. Entró en la alcoba a poner orden, porque el señorito Rodrigo tenía un defecto: era desordenado. Un libro estaba abierto sobre la butaca, y olía a ese tabaco tan bueno que fumaba.

El salón está arreglado; aunque hayan de presentarse visitas, no es necesario limpiarlo más. Corre las cortinas hasta conseguir un ambiente apropiado. La penumbra es lo que da tono a las casas donde hay un difunto. Todavía corre las cortinas más, hasta cerrarlas. Mejor resulta aún el salón alumbrado con luz eléctrica. Enciende una lámpara rinconera cuya tulipa de seda forma como una cúpula o una sombrilla. La luz sonrosada no es bastante seria. La apaga y deja encendidas unas falsas bujías cuyas bombillas esmeriladas imitan llamitas. Esta luz, aunque blanca y quizá excesiva, resulta más apropiada para un luto.

Durante la guerra, los señores con quienes servía tuvieron que marcharse de Barcelona. Vinieron a preguntar de Sabadell por el señor; el susto fue tan grande que se escondió y después escapó a Francia. La señora y los pequeños se refugiaron en una finca de un pueblo cuyo vecindario era pacífico. A ella le encargaron de guardar las joyas. Las escondió en su propio colchón, muy bien disimuladas. Hasta su propio marido lo ignoraba. Sabiendo que valían más de un millón, pudo haber sucumbido a las malas tentaciones; en aquella época, a muchos les daban arrebatos, se volvían como locos. A su marido le mataron en el frente de Tardienta, y hasta que la guerra terminó, ella estuvo padeciendo hambre y miserias. Lo que más le preocupaba era lo que pudiera ocurrirles a las joyas en el caso de que bombardearan su casa, o si ella moría.

Cuando terminó la guerra y regresaron los señores, tuvo la satisfacción más grande de su vida. Devolverles las joyas sin que les faltara ni la punta de un alfiler.

Como había enviudado, volvieron a admitirla en la casa y la regalaron mil pesetas. Se alegró mucho de encontrarles a todos con vida y sanos, y de volver a aquella familia; durante la guerra sufrió mucho, y al quedarse viuda, se encontró más sola todavía.

Con aquellos señores vivió veinte años de su vida, los mejores, y aún estaría con ellos si no fuese porque cuando se casó la señorita Alicia se empeñaron en que fuese a servir a los recién casados. Ella quería a la señorita Alicia, y la había visto nacer, por eso la mortificó tanto cuando un día la llamó para advertirla que desde aquel momento en adelante no la siguiera tuteando. Todo ocurrió por culpa de Andrea, que había sido ama seca del señorito Ignacio y pretendía mangonear. Ella previno a la señorita Alicia; una de las dos tenía que salir de aquella casa. Como no la hicieron caso, fue ella la que les abandonó.

Desde entonces está aquí y gana más. No es que estos señores la traten mejor, pues la señorita tiene un carácter caprichoso, pero ella, con su experiencia, no le hace caso, y ¡ya está!

En esta casa son más señores, hay que reconocerlo, a pesar del mal genio de la señorita Nuria. Si alguna vez hablaban aquí de sus antiguos amos era para burlarse; sobre todo, el señorito Rodrigo.

Deliberadamente, aunque ocultándoselo a sí misma, ha estado retrasando el momento de entrar en el gabinete donde Rodrigo está de cuerpo presente. No hay más remedio que decidirse; la Ramona, anoche, prometió solemnemente que ella no entraría aunque la matasen. Puede haber polvo y es preciso limpiarlo y que todo quede en orden. Aún se estremece recordando el cuerpo caído en el baño; igual que si se hubiese derrumbado en aquel instante, y sin embargo, se le notaba que estaba muerto, y no como en el cine o en el teatro, que se sabe que no es de verdad.

Esta penumbra atemoriza. El ataúd parece más grande y en cambio el señorito Rodrigo ha adelgazado, y se diría rejuvenecido; ella no le ha conocido tan joven, recuerda a la fotografía antigua que tiene en su cuarto con un marco de piel. Parece mismamente una figura de cera; los amigos no van a reconocerle, así, de pronto. El traje se le ha quedado arrugado; con sumo cuidado de no tocar más que la tela, se lo estira hasta hacer desaparecer las arrugas.

Sin cirios encendidos, en este gabinete frío e impersonal, parece que el difunto haya sido abandonado, olvidado, y todavía es pronto para el olvido y el abandono. En un rincón están los candeleros con los cirios apagados. ¡Qué falta de respeto! Ha debido ser la señorita, que se opone a que le entierren como a un cristiano. Es mucha maldad portarse así con un difunto de la familia; dejarle tendido sin luces toda la noche.

Coloca los cuatro candeleros alrededor del improvisado catafalco instalado por los empleados de la funeraria. No encuentra cerillas y tiene que trasladarse a la cocina para buscar una caja.

Atraviesa toda la casa procurando no perturbar el silencio. La Ramona está desencajada; no ha dormido en toda la noche e insiste en que ella no entrará al gabinete «ni viva ni muerta». El señorito se ha acostado un momento porque estaba muy fatigado. Según dice la Ramona, la señorita se ha hecho servir el desayuno en la alcoba. Un empleado de la imprenta ha traído urgentemente esquelas y sobres orlados de negro. La señorita los está escribiendo a mano.

Las cortinas corridas, filtran enlutados los ruidos de la calle. Enciende los cuatro cirios y el gabinete adquiere un aspecto solemne, funeral y triste. Antes de abandonarlo se santigua y masculla un Ave María; el olor de la cera ardiendo le ha desvelado el espíritu religioso.

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