La corriente

Luis Romero · Capítulo 8 de 48

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La corriente

8. Raquel

 

 

A l despertar, la primera sensación ha sido de torpeza y en seguida una lejana y vaga jaqueca. Luego ha descubierto la estufa eléctrica con sus filamentos rojos que, por un momento, ha calificado de «acusadores». Todo parecía oscuro, pero a medida que los ojos se han ido avezando, se da cuenta de que a través de la persiana se filtran rayitos de luz que iluminan tenuemente la habitación. Debe de ser tarde, pero una pereza difícil de combatir la retiene en el lecho. Dos metros más allá, en el diván, Jorge duerme desnudo bajo una manta oscura; su brazo cuelga hasta el suelo.

El tocadiscos está abierto y las fundas plastificadas destacan en la penumbra sus colores violentos.

Jorge debe haber cumplido los cuarenta y cinco años; ella le mira con ojo crítico y al mismo tiempo emocionado. Ha decidido abandonarle hoy mismo. La decisión se estaba incubando desde hace un año; las relaciones que les unen hay que cortarlas. Ayer por la tarde se propuso que ésta sería la última noche que pasarían juntos.

Ha hablado a su marido de un viaje a Suiza, pretextando que el médico la ha recomendado reposo en un clima de altura. Como siempre, Santiago nada ha objetado. Seguramente se alegra de que se aleje una temporada. Es irritante vivir juntos en el más absoluto de los divorcios, soportarse días tras días y no tener nada que decirse. Hace quince años que ella y su marido son dos extraños; dos enemigos encarnizados sin valor para declarárselo. Porque, después de los incidentes que provocaron la ruptura, jamás han sostenido una discusión violenta. Esa corrección aparente ha contribuido a que los nervios estén más tensos, y a ella la ha empujado a hundirse en la humillación, autocastigándose para poderse despreciar y despreciar más y más a su marido, al hombre en cuya casa vive y cuyo apellido lleva.

Jorge está ahí, a dos metros escasos de distancia, dormido profundamente, casi aniquilado, muerto. En estos años ha envejecido; la frente cada vez más calva, las arrugas más acusadas, la cara más descompuesta y la expresión más dura. No se aman, posiblemente se detestan; un lazo vergonzoso y antiguo les mantiene unidos, y el deshonroso ritual se cumple entre las cuatro paredes, en la secreta oscuridad, en el horror y el vértigo. Esta noche ha terminado la abominación; mañana mismo se marchará a Suiza y Jorge no sabrá dónde encontrarla. De saberlo, tampoco iría a buscarla, porque es orgulloso e intransigente. Le abandonará; él duerme ahí, sepultado en la nada, y ella va a abandonarle, sin acercarse siquiera a besarle la frente, sin escribirle una palabra de despedida; sin nada.

Estira la mano y se sirve un vaso de soda. La garganta se alivia al refrescarse. Apoyándose en la almohada de la pequeña cama turca, se incorpora. Todo su cuerpo está modelado en este colchón, todo su cuerpo ha dejado aquí mil veces su huella que se ha ido borrando, quizá por la presión de otros cuerpos para que la abyección no perdone nada. Jorge, pálido, envejecido, recuerda algún cuadro visto en cualquier parte, un gladiador muerto o algo semejante; algo que, en definitiva, hay que abandonar, aunque será tarde porque vendrán otros Jorges, suizos, ingleses, o de cualquier idioma y país. Un cambio de ambiente no curará los males. Si su marido, de recién casados, la hubiese dado un hijo, tendría alguien a quien consagrarse, alguien que encendería su ilusión. Su marido no le dio ningún hijo; su marido, igual que su familia, sólo supieron acumular sobre ella bienestar material y ociosidad estéril.

Por el suelo hay desparramados vasos y botellas. Se siente mejor, la cabeza se le va despejando; no bebió tanto como Jorge. Llega un momento pasado el cual la bebida le repugna y no bebe más.

Jorge se había quedado en mangas de camisa, tenía un vaso en la mano, el disco acababa de terminarse dejando un vacío de silencio. La miró con esos ojos turbios y crueles y ella descubrió en esos ojos los suyos propios, turbios también pero pasivos, entregados. Estaban enfrentados como verdugo y víctima, pero tenía el convencimiento de que el sacrificio iba a representarse por última vez; ella ya no estaba allí, puesto que había decidido abandonarle.

Se nota extrañamente lúcida, casi alegre, aunque su alegría es un tanto suicida. No siente ternura hacia Jorge, no siente ahora ternura hacia este hombre duro y violento, cuyos músculos comienzan a aflojarse, cuyo empuje vital empieza a ceder. Envejecerá pronto y perderá ese atractivo juvenil y canalla que ha conservado hasta hoy mismo, hasta este instante en que yace como muerto, con el brazo velludo colgándole. Si su familia, si sus amigas le conocieran, le calificarían de réprobo, le negarían el pan y la sal. Pero ni su familia le conoce ni nunca sabrán su nombre: Jorge Mas. Ni siquiera sabrán que ha existido, no pertenece a su mundo; esta ciudad es grande y está compuesta por departamentos estancos que en contadas ocasiones se comunican entre sí. Jorge es de ella, y caro lo ha pagado. Por el contrario, sus relaciones con Luis Camps no se consideraron demasiado escandalosas. Luis era un médico que empezaba a ser célebre, una persona conocida, hijo de una buena familia. Hasta a Santiago debió parecerle correcto que fuese su amante; hasta a Santiago, que, sin duda, estaba al corriente de sus amoríos. Ella sí que se enamoró de Luis, en él sí que creyó; y estuvo dispuesta a arriesgarlo todo. Pero Luis fue y es cobarde, mezquino. Pertenece a la raza de los mediocres, de los conservadores, de aquellos a quienes el riesgo asusta y juegan con hipocresía y ventaja. No, Jorge no es así; será un perdido, un borracho, lo que se quiera; pero no cobarde ni egoísta. Amargo y duro, violento y desesperado, únicamente puede regalar el placer más humillante, pero no engaña; ni engaña ni retrocede.

Cuando ella le propuso abandonarlo todo y huir juntos al extranjero, Luis Camps tuvo miedo, vaciló, se volvió atrás. Él tenía sus amistades, su clientela, él se estaba haciendo un nombrecito en la ciudad; era alicorto y gustaba de ser aparentemente respetado. Podía serle perdonada una liaison; carecía de coraje para abandonar su reputación local y abrirse paso en otro país. Quizá ni siquiera sea un buen médico, y su éxito provenga de unas relaciones hábilmente manejadas en el centro de un grupo rutinario y provinciano. Luis Camps no era el hombre que ella, inocente entonces, había idealmente construido para proyectar su amor; no fue el ídolo que imaginó. Aunque en distinto terreno, igual que unos años antes su propio marido, Luis Camps la defraudó. Jorge no puede decepcionarla; de él no exige nada. Es un animal de presa y se entrega a él porque es fuerte, y la mujer desea ser vencida; en esa derrota está su éxito; una derrota que es un triunfo sobre el varón. Le contempla ahí, dormido, y no le compadece. La calvicie avanza, la piel anuncia la flaccidez, los músculos se aflojan, el vientre se curva y ablanda, y el aliento se vuelve más anhelante. Jorge resiste menos alcohol que antes y el amor le derrumba más pronto. Tiene cuarenta y cinco años y va a envejecer en seguida. Está convencida de que va a envejecer y a afearse, a perder esa dureza agreste de las cejas; tiene la certeza de que la línea de la nariz se aflojará, de que la dentadura perderá esa blancura mineral, casi inhumana, que por milagro ha conservado inalterada; su cuello no se tensará como antes —quizá ya no se tensa con aquella fiebre agresiva—; su pecho dejará de ser como una pared donde se rompían los embates, una muralla invencible. Ella no le ama, no siente ternura ante la inminencia de ese fracaso que ya ha comenzado a manifestarse, que noche a noche ha podido comprobar cómo avanzaba. A Luis sí le quería; a Jorge, no. Pero fue ella misma quien eligió a Jorge cuando Luis apareció a sus ojos como un pusilánime. Luis Camps se ha casado con una mujer rica y ha conseguido ser eminencia local; lo que se proponía; ha triunfado. Para él su triunfo, para él su rica esposa, para él su renombre de vía estrecha. Ni su recuerdo la emociona; Jorge, a pesar de todo, vale mil veces más.

Hay que arrancar de aquí, hay que abandonar para siempre este estudio abominable donde más de mil noches se ha envilecido hasta el paroxismo. Hay que decidirse a ponerse en pie, a arreglarse, a salir por última vez por esa puerta, a buscar el coche húmedo de rocío, y a llegar a la propia casa con vergüenza y sin arrepentimiento. Hay que decidirse; lo único que se requiere es un pequeño impulso y escapar de la tibieza de estas sábanas, y del placer de estas sábanas, y del recuerdo de estas sábanas. Y hay que desprenderse de las botellas y de los cuadros y del tocadiscos y de los colores centelleantes de los estuches plastificados. Hay que desprenderse de mil noches, como si no hubiesen existido, como si los miles de estremecimientos fuesen otras tantas pesadillas; hay que huir de las abdicaciones, de la indignidad reiterada, de la tiranía del placer que linda con la locura y con la muerte. Mañana se marchará a Suiza y nunca más pondrá los pies en este estudio. Cuando regrese, Jorge será un extraño, toda comunicación entre ellos habrá cesado, el eco de sus caricias se habrá extinguido en la carne. El cuerpo carece de memoria y el agradecimiento sólo dura unos minutos.

¿Será posible que no presienta, que él no sueñe que va a quedarse solo, que nunca, nunca más, la estufa y el tocadiscos, la bebida y los cuadros, la alfombra y las sábanas, serán alcahuetes de su frenesí sin amor?

Y ¿qué hará cuando se quede solo? ¿Qué hará de sus cuarenta y cinco años cumplidos, sin una situación definida, envejeciendo, solitario, habiéndose apartado de sus amigos? ¿Es cierto, siquiera, que Jorge haya tenido nunca amigos? Después de ocho años sabe bien poco de él; no podría decir si se trata de un loco, un fantástico o un taciturno. No sabría decir de dónde saca el dinero ni cuáles son realmente sus ocupaciones. No está enterada de cuanto se refiere a su familia, y su historia la conoce a retazos. Conoce centímetro a centímetro su piel y el latido de su sangre, y sus crispaciones elocuentes, y ese dolor y esa soledad que son, en definitiva, los motores de su vida y su único y patético encanto.

Hace veintitrés años que apareció. Ella vivía entonces en San Sebastián y era muy joven. Jorge Mas llegó de permiso acompañando a su hermano; estaban juntos en el frente. Apenas hizo caso de ella, si la prestó atención fue secundaria. Urgidos por la brevedad del permiso, urgidos por el riesgo y el miedo, se emborrachaban por las tardes con las muchachas bien y por la noche con las prostitutas, en un alarde de energías y de indiscriminación social y moral.

Jorge llevaba la camisa desabotonada y a ella le turbaba la visión de aquel pecho tostado y velludo y su voz segura y masculina.

Se pone en pie; la habitación está tibia. Como en un vía-crucis, lentamente, con vergüenza, comienza este streap-tease a la inversa, fascinada por la mirada loca de un Van Gogh que, en la pared, emerge de entre las sombras.

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