La corriente
4. El diálogo
C ada mañana le afeitan en el cuarto de baño; un cuarto de baño lujosísimo, decorado en blanco y negro. Cuando instaló esta mansión hace quince o dieciséis años, se decía de él que era uno de los industriales más ricos de Barcelona. Por lo menos así se lo aseguraban los amigos con el fin de halagarle. No es que su caudal haya mermado ni que sus ganancias no continúen siendo considerables, pero han sido tantos los que en España se han enriquecido rápidamente, que le han dejado atrás. En la actualidad es una de las muchas fortunas importantes que hay en la ciudad, y no sin rabia reconoce él mismo, que en Madrid y en Bilbao, sobre todo, existen capitales tan fabulosos que no admiten comparación con el suyo. Lo considera una injusticia y un ataque personal contra su primacía, y le sirve de tema para sus conversaciones en las cuales el Gobierno, los bancos, y el INI son las principales dianas de sus flechas verbales.
—Que pase en seguida.
Esta frase, dirigida a la camarera y referida al barbero cuya llegada le acaban de anunciar, viene pronunciándola sin variar una sílaba y con idéntica modulación desde hace un año y medio, desde que tras de enemistarse por discrepancias futbolísticas con el peluquero del círculo, descubrió a un profesional que conoce a perfección el oficio. Trabajaba en un establecimiento renombrado, y es persona de buenos modales, que sabe tratarle adecuadamente y que no discute sin ton ni son como hacía el del círculo que, encubiertamente, era un partidario del Real Madrid.
—Buenos días, don Enrique.
—Buenos días, Cecilio.
Le gusta ser campechano y generoso con los inferiores, entendiendo por tales todas las personas con quienes trata, excepto los poseedores de fortunas parejas a la suya, las altas autoridades, los extranjeros, y quienes ostentan o usan algún título de nobleza. Los militares y los sacerdotes pertenecen a una clase neutra a la que hay que respetar, pero elude su trato; especialmente el de las gentes de sotana que siempre acaban pidiéndole dinero.
Cecilio es de buena escuela, jamás se toma confianzas ni comete indiscreciones; ha servido a aristócratas y financieros. En Málaga estuvo colocado en un casino que, en Andalucía, son lugares de selección.
En un ángulo del cuarto de baño se ha hecho instalar un sillón de peluquería de los más confortables y modernos. Un gasto elevado que su mujer le ha discutido. No habrá muchas personas en toda la ciudad que dispongan de un sillón propio, así de práctico.
—Despacio, Cecilio, que tengo prisa. Y apúntese esa máxima si no la conocía.
—Eso está muy bien dicho.
Es cierto que Cecilio no domina el oficio en sí mismo, y bastaría para comprobarlo observar el cogote de don Enrique; en compensación conoce perfectamente el ritual accesorio. Primero se perfuma las manos y luego despliega el instrumental sobre una repisa de mármol colocada, expresamente, bajo el espejo. Es un virtuoso poniéndole a don Enrique alrededor del cuello el blanquísimo lienzo; lo mueve casi con la elegancia de un capote de torero.
—Pues sí, hoy quiero llegar más puntual que nunca.
Cecilio suaviza dos navajas; se las pasa por la palma de la mano, acariciándolas y acariciándose peligrosamente con el filo.
—Necesito despachar pronto porque van a venir a visitarme unos amigos. Yo le supongo a usted discreto y le agradeceré que no cuente ni una palabra de lo que voy a confiarle.
—Descuide usted, don Enrique.
—Se trata de algo que va a causar sensación. Cuando el acuerdo esté tomado en firme, visitaremos al Alcalde, al Presidente de la Diputación y también al Gobernador si conviene. ¿Qué le parece, Cecilio?
—Pues… muy oportuno.
El Sardineta se concentra en la faena de enjabonar la cara de su cliente. Este cuarto de baño presenta un aspecto teatral, como si se estuviera representando una comedia; la del perfecto afeitado.
—Vamos a fundar una asociación que armará mucho ruido y que va a dejar pequeñas a otras entidades sin importancia, que únicamente sirven para que sus presidentes y secretarios se luzcan, y sus nombres aparezcan en los periódicos. Porque usted, Cecilio, no me negará que son payasadas…
Cuando Cecilio ataca el bigote, don Enrique tiene que poner freno a su verborrea. He aquí un momento delicado, una operación que requiere pericia; embadurnar de jabón la zona del bigote sin ensuciar los labios ni los orificios de la nariz. En la cárcel, cogía con el índice y el pulgar de la mano izquierda la nariz del recluso y la levantaba hacia arriba. Don José, el falsificador, le advirtió que esa maniobra sólo era admisible en barberillos lugareños o carcelarios. Ha salido casi airoso de la operación; con el lienzo enjuga un poco de espuma que quedó en los labios de don Enrique.
—Les vamos a empequeñecer a todos. Y aunque me esté mal que lo diga, se empeñan en que sea presidente. Como usted comprenderá, yo me resisto; aunque soy persona de significación dentro de la ciudad, tengo demasiadas ocupaciones para aceptar un cargo así… ¿Qué me dice de eso?
—Pues yo, si lo pagan bien, aceptaría…
—¡Pero, Cecilio!
Don Enrique ha dado un respingo y ha sido necesario interrumpir el curso de la navaja que resbalaba sobre el moflete del prócer.
—¿Quién habla de cobrar? Por el contrario. La directiva estará integrada por gentes pudientes que aportaremos sumas iniciales.
—Es que un servidor lo ignoraba…
—Insisten en que acepte la presidencia; argumentan que mi edad, mi categoría, mi representación… Le digo con franqueza que exageran, sin blasonar de modesto, no soy más que un pobre fabricante, claro que somos precisamente nosotros quienes hemos engrandecido esta ciudad, los que hemos escrito sus páginas más brillantes… usted ya me entiende ¿no? ¿O es que me expreso mal?
—Lo comprendo muy bien… Cuidado ahora.
La navaja asciende tres veces por el labio inferior produciendo un ligero ruido rasposo.
—Para vicepresidente se habla del barón de la Conca. ¿Qué me dice usted de eso? Y en los demás cargos directivos, el señor Masana, de «Masana y Compañía» y el hijo de Cros y Aymerich; el resto son también personas de reconocida solvencia, verdaderos patricios. Todos los socios ostentarán cargos directivos. Para las funciones de secretario administrativo buscaremos algún escritor de esos que entienden de historia, principalmente del siglo pasado, y le pagaremos lo que sea.
—Muy bien, creo que obran ustedes muy acertadamente.
—¿Y sabe cómo va a llamarse la asociación? ¿A que no lo adivina? «¡Amigos de la Barcelona Ochocentista!» Nombraremos al Alcalde Presidente de Honor, y para las fiestas de la Merced saldremos todos vestidos a la moda antigua, en coches de caballos. ¿Qué le parece la idea?
—Excelente, pero que excelente, don Enrique.
—A usted da gusto explicarle lo que sea, siempre colabora con espíritu constructivo. Tiene que ir pensando en un peinado ad hoc. Si conviene una peluca —y el barón de la Conca la va a necesitar— se compra y basta. El próximo año haremos nuestra aparición; será un éxito. Pero no crea que ahí se terminan las cosas.
—Perdone un momento, don Enrique.
El Sardineta le fumiga el rostro con aguas aromáticas. Mientras le enjuaga, don Enrique continúa hablando.
—Convocaremos los Juegos Florales de la calle de Montcada y seguramente costearemos una pareja de gigantes. Todo esto va a costarnos caro, pero merece la pena. Fíjese en lo que le digo; las ciudades olvidan sus gloriosas tradiciones, se vuelven materialistas. En la nuestra nadie respeta a nadie. Hay que volver a las sanas costumbres patriarcales, a la vida del ochocientos. En nuestra ciudad, aunque hay mucha gente forastera sin principios, abundan también los que son amantes respetuosos de las tradiciones de libertad y trabajo.
—Sí señor; parecido a usted hablaba el señor Marqués…
—Mañana le diré lo que hemos acordado en la reunión. Probablemente el lunes visitaremos al Alcalde. El chico Cros, no sé si en broma o en serio, proponía que nos presentáramos ya vestidos a la moda ochocentista, pero nos hemos opuesto. Eso lo haremos por las fiestas de la Merced.
Mientras habla ha sacado del bolsillo una moneda de veinticinco pesetas. Son veinte lo que acostumbra a pagarle otros días; el Sardineta inicia un ademán de buscar el cambio.
—No, Cecilio, para usted lo que sobra; y le pago barato las ideas que me ha dado… Hasta mañana.
Sale del cuarto de baño; la camarera, que le esperaba, precede a don Enrique a lo largo de la casa, abriéndole todas las puertas.
A Cecilio, cada mañana, le sirven un café con leche en la cocina. La señora no se levanta hasta las diez; la casa es tan grande que puede quedarse durante veinte minutos a escuchar una emisión de radio matutina, sin que su presencia sea advertida. Además del ama de llaves, hay dos camareras y una cocinera; el chófer acaba de salir con don Enrique. El Sardineta goza de simpatías entre la servidumbre de esta familia; se le considera persona de experiencia, conocedor del mundo y ameno conversador. Y en cierta forma no les falta razón. El Sardineta hace veinticinco años no respetaba las tradiciones, ni respetaba a los próceres; incluso se incautó de un piso y se apropió de algunas joyas. Hizo su pequeña revolución social, pero fracasó. Hoy, a las ocho de la mañana, está tomando su desayuno en la deslumbrante cocina, y ya se ha ganado veinticinco pesetas.
OceanofPDF.com