La estrangulación
Capítulo 7
En las afueras del Gran Tokio, la campiña ha permanecido casi igual durante siglos. Granjas con techos de paja se apiñan entre campos con bancales; caminos polvorientos, no más anchos que lo estrictamente necesario, serpentean entre parches de sembradíos y el mundo del labriego prosigue a su propio ritmo. La gente permanece ligada a su tierra, amándola, odiándola, labrando los campos, sembrando las mieses. El hijo mayor sigue los pasos de su padre, aprendiendo. Un día la granja será de él. Es muy probable que los hijos menores vayan a la ciudad para aprender un oficio. Las hijas, en las mejores circunstancias, son una tragedia y una carga que se debe soportar. Una hija puede trabajar en los campos pero no tan bien como un varón. Puede ayudar en la cocina, pero también lo puede hacer la esposa del hijo mayor. Las hijas ayudan lo mejor que pueden. En realidad, solo son una boca más para alimentar. Si la joven es inteligente quizá pueda ingresar en una universidad. De no ser así, cuando llegue el momento puede casarse con el hijo de algún otro campesino o irse a la ciudad. Solo debe observar la vida que lleva la esposa del hijo mayor para saber cuál será su futuro como esposa de granjero. Su propia madre manda a la esposa de su hermano como si fuera una esclava. No hay excepciones. Esto es solo natural, como la madre de una casa sería la primera en decir. Cada cual debe desempeñar el papel esperado en la vida. Pero la madre también recuerda los días en que ella era la intrusa. Recuerda vagamente las lágrimas, tarde en la noche cuando todos dormían y cómo lo racionalizó con «Shikata ga nai». (No se puede remediar). Sin embargo, no alienta a su hija a que se case con uno de la aldea. Es mejor arriesgarse con las probables privaciones de la ciudad que con las seguras privaciones de la granja. Puede que resulte; y sin duda las cosas fueron peores en los viejos tiempos. Entonces las hubiesen vendido. Y si la vendían, alguno hubiese dicho, en ese momento, también, eso es solo natural; no se puede remediar.
En las vacaciones, aquellos que partieron vuelven de visita. Se entretienen y se asombran con las historias de qué diferente es todo en la ciudad. Siempre ha sido de esta forma.
Cada media hora, un tren azul y crema pasa como bala a través del campo a una velocidad que los granjeros de las generaciones pasadas jamás hubiesen creído posible. A bordo, los hombres de negocios, Hikari, vestidos con trajes cruzados, ponen al día el papeleo. Otros se sonrojan agradablemente con el sake caliente que ofrecen desde mesas carrito arrastradas de vagón a vagón por chicas carirredondas con uniformes azules. Los mieleros, vestidos con lo mejor que tienen, se sientan en Primera Clase simulando que están acostumbrados el uno al otro.
Wilde había tomado un asiento al lado de la ventanilla. Miraba afuera, al campo, mientras los postes de teléfono pasaban con suma rapidez a una velocidad de ciento veinte millas por hora. Su destino era Kioto, una zona tan rica en tesoros históricos y antigüedades que durante la Segunda Guerra Mundial se la declaró sacrosanta a los bombardeos norteamericanos. Por alguna razón, Nagasaki, donde la Cristiandad hizo sus primeras incursiones en Japón, y donde vivía más del veinticinco por ciento de la población cristiana japonesa durante la guerra, no fue tan circunscripta. Kioto, el hogar del profesor Doi.
Por teléfono el profesor se mostró bastante amistoso. De buena gana consintió en encontrarse con Wilde y sugirió el Templo de Kiyomizu como lugar del encuentro. Nada se dijo acerca de su hija Mariko. Wilde esperaba que ella no estuviese con su padre. Nunca había olvidado por completo a Mariko; en Haneda, cuando salió del avión su vista se dirigió hacia la plataforma para la gente que va a despedir a los pasajeros, donde ella había estado cuando él se fue aquella vez. Desde entonces la imagen de esa delicada joven había circulado en su mente tratando de penetrar en sus pensamientos. Cada cosa que veía parecía dar impulso a otro recuerdo de algo que había sucedido entre los dos. En ese momento en particular no quería que ella volviese a entrar en su vida ni en sus pensamientos. No mientras estuviese trabajando en un caso. Un agente del gobierno podía permitirse el lujo de tener enredos sentimentales, si no se los podía evitar, entre las asignaciones, pero nunca durante un trabajo. La compañera que se eligiese debía estar dispuesta a permanecer al margen y aceptar solo lo que se le ofrecía. Él y Mariko habían sido tan unidos que podían comunicarse sin palabras. En el caso de ellos, ese tipo de compromiso ahora sería imposible. No podría compartir con Mariko solo una parte de él.
Al otro lado del pasillo donde estaba Wilde, una pareja de turistas norteamericanos, de edad madura, estudiaban afanosamente una guía de viajes. Wilde concentró su atención en ellos. Estaban discutiendo si destinarían un día completo a Nara. El esposo insistía en regresar a Kioto a la noche. Una pareja de Iowa le había dicho que en Nara solo había posadas de tipo autóctono. No existía nada de malo en los hoteles occidentales. Uno no se tiene que estar cuidando de no golpearse la cabeza contra algo y uno se puede quedar con los zapatos puestos como Dios manda. Volverían a Kioto a pasar la noche.
Se advertía una nota de desesperación en sus planes. Wilde ya los había visto antes, en los hoteles de todo el Oriente, dividiendo y repartiendo su precioso tiempo. Ya era tarde en la vida. Finalmente habían alcanzado una posición que les permitía hacer lo que habían soñado durante tanto tiempo, el viaje de sus sueños, un viaje alrededor del mundo. Sin embargo, en sus sueños no tomaron en cuenta los pies cansados y la gente que habla otros idiomas. Solo idiomas extraños. La gente interesante no resulta ser los nativos sino unos pocos en el mismo tour. De modo que todos se sientan aquí y allá esperando los ómnibus que siempre llegan tarde y se habla de los pies doloridos y del propio hogar. La Gran Aventura y pasan la mitad de ella acostándose temprano o sentados en el vestíbulo del hotel esperando que se pongan en orden los preparativos o que llegue el ómnibus o que aparezca el guía. Y sienten nostalgia por sus hogares. Hace mucho que la aventura pasó a su lado y ahora se sienten desdichados. Pero al fin, cuando regresan a casa, pueden decir que estuvieron allí.
Wilde observó la figura agotada del esposo al otro lado del pasillo.
«¿Valía la pena?, —deseó preguntar—. ¿Todo eso valía pena?». Si bien Wilde no podía cambiar el mundo, por lo menos deseaba poder decir, mirando atrás, que sí valía la pena. ¡Diablos! La idea de que no podía decir eso lo asustó mucho más que la idea de la muerte.
Smith saltó del taxi y se encaminó por una angosta calle lateral que se bifurcaba desde la estación Shinjuku, caminando con su medio galope característico y alegre, las manos calzadas en su impermeable abierto. Entró en un café, un lugar miserable desde afuera, pero lleno de gente para la hora que era. Tarde o temprano, un extranjero abandonado por la mano de la fortuna se dirigía a ese café. En Tokio, el café Kaze to Tsuki era el punto de reunión no oficial del grupo internacional que viaja a dedo. Desde Perth a Jakarta y a Singapur la palabra era: Cuando llegue a Tokio, vaya al Kaze to Tsuki, siempre hay algún compañero que cuidará de uno. Y lo había. Alguien siempre puede darle una mano durante un par de noches.
En su mayoría los extranjeros se quedaban en el segundo piso, solos, donde intercambiaban chismes, historias, píldoras y marihuana. Iban a encontrarse con sus amigos o porque no tenían otra cosa que hacer. Abajo se reunía una extraña mezcla de poetas, artistas, activistas políticos japoneses y gangsters insignificantes matando el tiempo. En el Kaze to Tsuki todos parecían estar matando el tiempo. Había un poco de mezcla entre el piso superior y el inferior, pero no mucha.
Los que hacen dedo mundialmente son en sí una clase. Evitan las rutas turísticas, los lugares de turismo, todo aquello que tenga un dejo de la moralidad de clase media o cueste dinero. Saben cómo viajar alrededor del mundo con trescientos dólares. Paradójicamente, libres como son de los problemas del turista común, ven muy poco de los países que visitan.
Arriba recibieron fríamente a Smith. Estaba demasiado bien vestido, a pesar de lo holgado que le quedaba el traje, para ser uno de ellos. Era inútil preguntar a alguien algo sobre Thompson. Tendría que quedarse un par de semanas antes de que los habitués se acostumbraran a su olor y no disponía de tiempo. De modo que solo caminó entre las mesas observando. Thompson no estaba entre ellos. Eso era todo lobque podía esperar descubrir mediante la vía directa. Volvió a bajar.
Al pie de la escalera encontró a Kinji, un buscavida y estudiante part-time que de vez en cuando servía de soplón. Smith tironeó la manga de Kinji cuando pasó al lado suyo, luego entró en el angosto corredor que daba vuelta hacia el retrete. Kinji lo siguió. Afuera de las instalaciones mixtas, Smith le mostró la foto de Thompson y le preguntó si había estado allí. Kinji movió la cabeza negando.
—¿Ha oído hablar a alguien arriba acerca de él? —preguntó luego Smith.
—No lo sé —respondió Kinji—. ¿Cómo se llama?
—Thompson.
—¡Thompson! Sí. No. Bueno, sí. ¿El desertor? Alguien más lo está buscando.
—¿Quién?
—Thompson.
—No, estúpido, ¿quién lo busca? ¿Los japoneses o los extranjeros?
—Japoneses.
—¿La policía?
Kinji sacudió la cabeza negando.
—No, no la policía. Un joven. Con una cicatriz a través de la cara. Una cicatriz grande. Creo que estudiante. Zengakuren.
—¿Cómo se llama?
—No lo sé.
—¿De qué facción de los Zengakuren?
—No lo sé. ¿Cómo distinguirlos cuando no llevan puestos sus cascos? No usan los cascos en los cafés. Vino varias veces e hizo preguntas. Hay una mala disposición contra él. A nadie le gusta hablar con él.
—Si vuelve, llámeme a mi oficina, ¿eh? — Smith deslizó mil yens en el chaleco del saco blanco de Kinji y se fue.
Kinji limpió su bandeja distraídamente y se dio vuelta hacia la cocina. La puerta del retrete se abrió atrás de él y casi de inmediato alguien lo tocó ligeramente en el hombro. Kinji se dio vuelta. Su boca estaba seca. Incluso en las penumbras del corredor pudo ver la cicatriz. Era como un latigazo violáceo que comenzaba justo arriba del ángulo del ojo derecho y se extendía hasta el mentón. El tejido de la cicatriz empujaba el párpado hacia abajo en la parte externa dándole al joven un aspecto soñoliento desde ese lado. Los ojos eran inexpresivos y severos. Kinji reflexivamente apretó la bandeja contra su pecho.
—Estoy un poco corto de dinero —dijo el joven en voz baja—. ¿Qué le parece si me hace un préstamo?
—Yo… no tengo dinero. Lo siento —respondió Kinji mientras daba un paso hacia atrás.
El otro hombre se movió con él.
—¿Sin dinero? ¿Qué me dice del dinero que el extranjero le puso en la chaqueta?
Kinji giró para escapar, pero el de la cicatriz lo agarró del cuello y lo volvió a girar aplastándolo contra la pared. Sacó de un tirón un cuchillo de carnicero de su chaqueta corta y lo puso contra la mejilla de Kinji.
—¡Haga un solo ruido y tendrá el mismo aspecto que yo!
Después Smith se dirigió a un templo sintoísta de la zona. Afuera del gran torii o portón de madera había un manicero pálido y aburrido. Era joven, alrededor de veinte años; tenía el pelo corto y llevaba puesta una camisa amarilla ordinaria abierta en el cuello y pantalones bombacha. Smith se acercó y compró una bolsa de maní. Un grupo de niños del barrio se reunió alrededor de Smith y lo miraron fija y solemnemente. Smith, a su vez, los miró fijo.
—Tiene ojos azules —dijo uno de los chicos.
—¡Un extranjero con ojos azules!
—En Cartoon Time, el capitán con un ojo azul come niños —dijo el más pequeño del grupo parándose en puntas de pie.
Smith se puso en cuclillas cerca del torii y extendió su bolsa de maní hacia los chicos. Tímidamente avanzaron.
—¿Qué hace aquí? —preguntó uno después que todos habían recibido un puñado de maníes—. ¿Reza en el templo?
—No —dijo Smith volviéndose a parar—. Como niños.
Se dispersaron como hojas.
—¿Dónde está el jefe? —preguntó Smith girando hacia el manicero.
Wilde se detuvo en la base del templo de Kiyomizu y clavó la vista en los gastados y anchos escalones que se proyectaban infinitamente desde el flanco de la colina hacia las estructuras del templo en lo alto. Este estaba en una ladera muy boscosa y tan empinada que las estructuras de madera sobresalían (soportadas por pilares más gruesos que la cintura de un hombre) y hacían contras estrechamente los contrapuntos de textura y la sombra de la escalinata principal.
Kiyomizu es un conjunto de templos que cubren una amplia zona, predominantemente en línea recta de arriba a abajo. En cada uno de los muchos niveles abundan las áreas de descanso. Wilde comenzó a subir abriéndose camino con dificultad en medio de una ola de escolares, con sacos de uniforme negros, que se escabullían. La forma en que se arremolinaban en un grupo tan alegre y despreocupado hizo que Wilde recordase las agachadizas de Carmelo que corrían de prisa a las olas que salen y entran, salen y entran alternativamente. Rodeados de belleza e historia, sus conocimientos se limitaban a un juego frenético de permanecer en el grupo.
El profesor Doi debía encontrarse con Wilde en un templo secundario cerca de la cima; el templo de Jizo. Wilde no tomó el camino directo sino que costeó por la izquierda, más arriba, y pasó por un pequeño negocio donde se vendían amuletos. Una vez había estado allí con Mariko y compraron dos amuletos que unían para siempre en eterno amor a los que los llevaban. La madre de Mariko creía muy firmemente en la eficacia de dichos talismanes. Wilde, después, tiró el suyo.
Doi estaba allí; solo, observó Wilde con alivio. Vestido con el kimono japonés formal que aún se veía en las calles de Kioto, estaba parado con los brazos cruzados y miraba atentamente los nichos de un pequeño templo colocado en forma indefensa entre dos estructuras más imponentes. Hilera sobre hilera de imágenes en piedra, semejantes a muñecas, escudriñaban impasiblemente desde el interior. Doi parecía absorto, sin embargo cuando Wilde aún estaba bastante lejos, el profesor ya lo había advertido. Se dio vuelta y con esa expresión familiar de serenidad que irradiaban sus rasgos enjutos, asintió con la cabeza en un saludo mudo. El saludo era afectuoso y Wilde se alegró por ello.
El profesor Doi parecía baste cómodo allí en el plácido ambiente de Kiyomizu. El frenesí que caracteriza tanto al Japón moderno, nunca pareció afectar al profesor. Wilde siempre había sentido un inmenso respeto por ese hombre y el hecho de que ahora quizás estuviesen involuntariamente enfrentados no disminuyó en nada esa consideración.
Wilde se detuvo a una distancia prudente, de pronto intranquilo.
—Gracias, profesor.
—Lamento, Wilde-san, no haber podido invitarlo a mi casa. Creí que sería mejor encontrarnos aquí.
—Entiendo.
Wilde giró hacia el recinto del templo. Muchas de las imágenes de piedra estaban envueltas en trozos de tela. Algunos retazos harapientos, desgastados y descoloridos, parecían poco menos que baberos andrajosos; otras tenían pequeñas chaquetas que pudieron ser hechas a medida. Cada estatuilla ataviada, aunque idéntica a la de al lado, tenía su propia personalidad. No todas las estatuillas estaban adornadas así Algunas permanecían descubiertas, esperando, enigmáticas.
—¿Sabe algo de Jizo-sama? —preguntó Doi rompiendo el silencio.
—No, no lo sé —dijo Wilde.
—La teología budista del Japón habla de un camino que deben emprender los espíritus en la muerte. Ese camino es largo. Está lleno de peligros. Un adulto debe aprender en la vida lo suficiente para realizar un viaje seguro, ¿pero qué oportunidad tiene un niño? En especial cuando se acerca al río llamado Sanzu-no-Kawa donde se esconde esa horrenda vieja bruja, Shojukyu-baba. De modo que tenemos a nuestro Jizo-sama que sirve de guía a los pequeños hasta que cruzan felizmente el río. Quizá sea el más amado de todos los santos budistas.
—¿Cuál es el significado de esos trozos de tela?
—Cuando algunos padres piensan que deben implorar la ayuda de Jizo-sama, vienen aquí; traen una prenda de sus hijitos para que él no tenga dificultad en reconocer a los pequeños. Lo que parece ser una servilleta en ese de allí, por ejemplo, es probablemente… ¿cómo se llama, empañaduras?
—¿Un pañal?
—Sí, algo así como un pañal.
—¿Cree en Jizo-sama, profesor Doi?
—No sé. Es una historia interesante. Supongo que muy parecida a la historia de su Rey Arturo. Si no existió ningún noble Rey Arturo, debió haber existido. Y si no existe ningún Jizo-sama, ¿quién va a cuidar de los niños?
—¿Es por eso que se creó el Beiheiren? — preguntó Wilde lisa y llanamente—. ¿Están creando un Jizo-sama?
—¿Los Beiheiren? —reflexionó Doi—. ¿Los Beiheiren y Jizo-sama? Me gusta la comparación, ¿y a usted?
Wilde no contestó.
—Le hubiese gustado —continuó Doi —, antes. En usted existían las características de un idealista. Un rasgo bastante intenso. Nunca pude conciliar eso con su trabajo para el ejército.
—Hasta el verdugo tiene sus ideales —dijo Wilde—. Estoy tratando, profesor. —Se encogió de hombros y tocó ligeramente un guijarro con el pie —. No sé qué otra cosa se puede hacer más que tratar.
—Eichmann trató tanto como Gandhi. No creo que sea tan simple, solo tratar.
—No, pero es un punto de partida.
—Sí, en eso tiene razón. Pero existen tantos intentos, tantas necesidades, tantas injusticias a las que se deben hacer frente. Tantas oportunidades. Se puede ser un instrumento de cambio para todo el mundo, si la habilidad para escoger el momento oportuno es acertada. O puede lograr que su vecindario sea un lugar un poco mejor donde vivir. Eso no es malo. A veces pienso que el esfuerzo es el mismo. Todas esas posibilidades y usted elige el ejército. Todos esos ideales de un mundo mejor que usted solía soñar en voz alta. ¿Acaso eso es lo que eran, solo sueños? No entiendo. Una persona como usted, ¿por qué el ejército? ¿Qué es lo que intenta?
—Detener la matanza —dijo Wilde mirando a Doi con imparcialidad.
Doi miró de soslayo hacia el alero curvado en lo alto. No habló de inmediato y cuando lo hizo fue con una sonrisa diferente.
—Supongo que nosotros los japoneses, en especial aquellos que somos lo bastante viejos para recordar las malas épocas, tendemos a pensar en estereotipos cuando hablamos del ejército. Es bueno que a uno le recuerden que no todos pertenecen al mismo molde.
—Me temo que muchos sí.
—Wilde-san, usted habló de los Beiheiren. La última vez que estuvo aquí no existían los Beiheiren. ¿Piensa que ellos son sus enemigos?
—No, pero mucha gente piensa que sí, por razones evidentes.
—Pero sin duda usted también debe pensar igual. Los Beiheiren ayudan a esconder a sus desertores.
—En las peores circunstancias, los Beiheiren son un estorbo. En las mejores, una válvula de seguridad.
—¡Una válvula de seguridad! — Doi rio tristemente—. No creo que a los Beiheiren les guste considerarse una válvula de seguridad del gobierno de los Estados Unidos. Les gusta pensar…
—¡Profesor! —interrumpió Wilde—. ¿Por qué habla de los Beiheiren como si fuesen un tercero?
—Ya veo —dijo el profesor sin comprometerse pero aliviado de que el fingimiento hubiese terminado—. ¿Acaso esto puede relacionarse con la razón de que usted esté en Kioto?
—Quiero hablar con Thompson. Solo hablar con él.
—¿Thompson?
—El teniente del ejército en Corea… —El profesor Doi no demostró reacción—. Los Beiheiren lo ayudaron a desertar, profesor —continuó Wilde —, lo sabemos. Lo recogieron en Seúl, lo sacaron disimuladamente del país en Inchon y lo trajeron a Japón. Quizá no se lo dijeron a usted. —Un cambio sutil en los ojos de Doi indicó a Wilde que había dado en un nervio—. Imagino que desde aquí lo enviaran a Suecia. Me gustaría hablar con él antes de que suceda eso. Usted puede arreglar algo.
—Suponiendo que yo pueda hacer los arreglos, creo que sería peligroso. Tanto para el norteamericano con quien usted quiere hablar como para la organización en sí.
—No estoy aquí para arrestarlo, profesor. No tengo autoridad para ello. Las autoridades locales ni siquiera saben qué estoy hablando con usted.
—Eso suena extraño. Pensaba que los primeros en ser notificados son las autoridades locales. ¿La policía japonesa, el CID…? Los Beiheiren tratan de birlar un hombre; el CID trata de recuperarlo. Esa es la forma en que se jugó hasta ahora.
—No quiero atraparlo, profesor, y tampoco quiero particularmente ver que el CID lo atrape. —El profesor pareció confundido ante eso—. Por otra parte —agregó Wilde—, los Beiheiren no han tenido dificultad en hacer correr en círculos tanto a la policía japonesa como al CID.
—Cierto —respondió el profesor y el regocijo por el último comentario de Wilde fue evidente—. ¿Entonces cuál es el motivo de todo esto?
—El motivo es este: no creo que Thompson tenga un pensamiento político en su mente; solo es un joven que tuvo un choque emocional, un asunto personal. Perdió la cabeza y desertó. Desde entonces tuvo mucho tiempo para reflexionar las cosas. Póngase en su lugar, profesor. ¿Qué pasa si pensó mejor las cosas? ¿Va a obligarlo a seguir adelante con esto, solo porque sirve a los intereses de los Beiheiren? ¿Nunca regresará? Piénselo. ¿Nunca podrá volver a su casa por un momento de discernimiento equivocado? Hasta ahora, la gente que ustedes ayudaron a llegar a Suecia tomó la decisión de marcharse por convicciones políticas. Lo pensaron cuidadosamente y a ellos solo me queda desearles suerte y el continuo valor en sus convicciones. Pero a Thompson… Creo que lo motivó una desilusión sentimental y de ser así, esa no es una razón valedera. Quizá me equivoque. Permita que hable con él. Ambos deseamos lo mejor para el muchacho, profesor. Nunca regresará a su casa. Eso se puede hacer si se tiene fe; quiero decir, si se es un verdadero creyente. Pero si no lo es… piense en ello. Nunca volverá a su casa porque cometió un error. Escuche, profesor, si aún quiere marcharse diré que no lo encontré. Le doy mi palabra.
—¿Y si quisiera regresar, acaso no sería demasiado tarde? —preguntó Doi. En su voz se reflejó duda—. Será castigado.
—No si regresa por su propia voluntad. Se lo acusará de ausentarse sin permiso oficial, se le dará un castigo simbólico y todos lo olvidarán.
—En San Francisco, unos cuantos años atrás — dijo el profesor Doi con escepticismo—, un grupo de prisioneros del ejército que protestaba contra las cárceles atestadas y la brutalidad de sus guardianes, se sentaron en círculo y cantaron: Venceremos. Por esto el ejército de los Estados Unidos los sentenció a quince años de trabajo forzado. ¿En este caso ese mismo ejército solo va a dar un castigo simbólico a un soldado que desertó? Me resulta difícil creerlo.
—¡No me pida que defienda los juicios del presidio! — respondió Wilde con desagrado—. Sin embargo, sé que en este caso eso no va a pasar.
—¿Por qué no?
—Porque estoy trabajando a las órdenes de un grupo de idiotas distinto. Porque algunas personas piensan que existen circunstancias atenuantes con respecto a Thompson, porque Corea es un destino penoso. El hecho es que este muchacho tiene otra oportunidad. ¿En qué posición está usted? ¿En realidad le interesa ayudar a este muchacho o es un instrumento político para su grupo?
—¿Para mi grupo? —dijo Doi de pronto vencido como si hablase consigo mismo—. No puedo hablar en nombre de mi grupo. —Extendió la mano—. Le creo, Wilde. Trataré. No puedo prometerle más que eso.
—Gracias, profesor Doi.
El delgado profesor se fue de prisa. Desapareció por la escalera de piedra, absorbido por un grupo de turistas.
Smith recorrió con la vista el interior desierto de Nick, el cabaret del griego, pestañeando por la falta de luz.
—Espere aquí —dijo el joven vendedor; luego desapareció en el fondo.
Smith se sentó junto al bar. Por la noche había música fuerte, luces de colores y dos chicas, con el torso desnudo y expresión insulsa, se movían de un lado a otro en lo alto de sus pedestales desde donde tenían una visión general de todo el salón. A la tarde el cabaret parecía viejo y cansado, impregnado por el olor del licor derramado que a la noche nadie notaba.
Nick, el griego, era el dueño de este bar y otros cinco más. Lugares de segunda categoría esparcidos por toda la ciudad. Los yakuza locales lo toleraban porque libraba a sus comercios de los extranjeros con los que se sentían incómodos.
Nick había llegado después de la guerra. Era un norteamericano que había sido dado de baja en Japón y se había quedado para hacer negocios seguros en el mercado negro, pero nunca pudo conectarse con los tratos importantes y su negocio seguro se fue posponiendo. Casi de inmediato se lo descubrió en torpes tentativas de contrabandear bebidas alcohólicas y heladeras, pero en vez de arrestarlo la policía metropolitana lo utilizó como informante.
Lo que más deseaba Nick en la vida era ser aceptado como un ladrón importante. Quería ser el Gran Nick de Chicago. Así, Nick el griego persistía, seguro de que su suerte debía mejorar mientras se atrapaba y deportaba uno a uno a los extremistas extranjeros. Estaba deseoso de que lo deportaran, si eso significaba que había realizado algo importante. Pero las cosas no resultaron de esa forma. A medida que los operadores extranjeros dejaban la escena, los japoneses los reemplazaban. Nick fue uno de los primeros en dar la clarinada contra el surgimiento del nacionalismo japonés: «¡Volverán a hacerlo!, — explicó muchas veces—. ¡Los japoneses quieren echarnos a la fuerza de Japón!».
Por último reunió lo suficiente para abrir un pequeño bar. El bar solo era una pantalla, confió a uno que escuchaba. Pero el bar prosperó a tal punto que por primera vez la policía japonesa lo investigó en serio. Estaba ganando dinero pero todo era legal, de modo que lo dejaron en paz. Una vez trató de introducir coperas, pero eso no duró mucho. Los yakuza no toleraban competencia en ese campo. Tuvieron una entrevista con Nick para hablar sobre su futuro. Por último decidieron dejarlo con vida siempre y cuando abandonase el país durante seis meses. Los yakuza aceptarían todas las recaudaciones durante ese tiempo. A Nick no le importaba el dinero, pero irse representaba un problema ya que durante años le había dicho a la gente que no podía salir del país, la policía lo buscaba y no le permitiría volver. Los yakuza le dijeron que no se lo contarían a nadie.
Ahora, con éxito financiero, pero con un papel claramente definido en la escena de Tokio, se tuvo que contentar con simular ser el ladrón que una vez soñó ser. Mantenía una camarilla de delincuentes insignificantes alrededor de sí y tocaba «Sydney Green-street» para los turistas.
—¡Oiga! ¿Para qué diablos vino aquí? —gritó Nick, desde atrás de una cortina que cubría la puerta del fondo. Estaba abotonando un chaleco de brocato sobre su abundante periferia y pitaba un cigarro húmedo.
—¿Qué dijo, Nick? —preguntó Smith sereno ante la actuación.
—Digo que es bastante temprano para estar husmeando, eso es lo que digo. ¿Qué quiere?
—Solo vine a oír una voz amistosa, Nick.
—¡Carajo!
—Necesito un favor, entonces.
—Todos quieren que Nick el griego les haga un favor. Siéntese acá en un reservado. No me gusta hablar en el bar.
—Tiene oídos en toda la ciudad, Nick — dijo Smith con lo que pudo ser admiración o un leve sarcasmo.
Nick bamboleó el cigarro por el aire.
—Bueno —dijo—, sabe cómo es.
—Sabe quién es. Es por eso que vine a verlo.
—¿Qué quiere, muchacho? —preguntó Nick; por primera vez hubo real recelo en su tono de voz.
—Si encuentra a alguien por mí, merece un cajón de Johnnie Walker. ¡Etiqueta Negra! —No un cajón de bebida alcohólica sino uno de Etiqueta Negra. Nick conocía bien la mística acerca del Johnnie Walker Etiqueta Negra. Por alguna razón, los japoneses pagan cualquier precio por esta marca de whisky en particular.
Nick levantó las cejas.
—Si vale un cajón, vale dos.
—Dos.
—No Etiqueta Roja sino Negra.
—Lo que diga.
—Recurrió al hombre apropiado. ¿Cómo se llama?
—Nada de nombres. Solo encuéntreme a una persona que llene ciertos requisitos. No me importa quién sea.
—Es usted fantástico, muchacho.
—Gracias, Nick.
Wilde permaneció serenamente al lado del templo de Jizo mirando Kioto, brumosa y confusa a la distancia. Por lo menos ahora sabía con seguridad que los Beiheiren lo tenían. Si llegaba a Thompson y este rechazaba su propuesta, Wilde no tendría otra alternativa, si se atenía a las reglas, que informar a Oliveti y a OSI de todo lo que sabía. Luego Oliveti se vería obligado a ponerse en actividad y hacer algo. Entonces de cualquier forma los Beiheiren sacarían a hurtadillas a Thompson. «Y qué importa», pensó Wilde con irritación. Cuanto más rápido lo sacasen mejor para todos y cuanto antes él podría volver a algo que valiese la pena.
A Wilde no le agradaba la forma como se estaban desarrollando las cosas. Dependía demasiado de esa incógnita, Thompson. Si la policía actuaba contra los Beiheiren mediante la evidencia que Wilde tenía, aplicarían presión sobre Doi y solo conseguiría lastimar a este y a todos los moderadores dentro de los Beiheiren que Doi aún tenía bajo su protección. «Cuánta historia se escribe por las acciones de idiotas como Thompson», pensó Wilde. Sería mejor dejarlo partir. Excepto su tío, a nadie le interesaba en realidad que Thompson volviese. Mientras no se descubriese el asunto antes de que Thompson llegara a Suecia, nadie saldría perjudicado. Parado allí, Wilde pensó seriamente en dejar que Thompson siguiera su feliz camino si optaba por continuar hacia Suecia. De cualquier forma, no le agradaba que lo hubiesen enviado a esta asignación cuasilegal. Si valía la pena buscar a Thompson, su tío no hubiese tenido que intervenir. El hecho de que tuviera que hacerlo hizo que Wilde se sintiese usado.
Mariko observaba a Wilde calladamente desde corta distancia, parcialmente oculta tras un grupo de esbeltos abedules. Su cara estaba apenas inclinada y sus grandes ojos resplandecían mientras miraba atentamente al hombre que solía llamar «mi norteamericano». Vestía un kimono estampado azul grisáceo y blanco que hacía resaltar aún más el obi brillante y multicolor que envolvía apretadamente su cintura. Wilde siempre prefirió que ella usase kimono, aun cuando su primera impresión había sido que las chicas con kimonos parecían pajas con cabeza.
Se había prometido a sí misma que no se dejarla ver, pero cuando le pareció que él se iba a ir, impulsivamente corrió por el sendero.
—Wilde —susurró y luego desesperada por temor a que sus largos trancos la dejaran atrás gritó—: ¡Wilde!
Él se dio vuelta. Ella corrió y se detuvo, las manos cruzadas en el pecho, al principio sin poder decir nada. Permanecieron allí, así, y se miraron en silencio mientras ella recuperaba el aliento.
—Pasó mucho tiempo —dijo Mariko suavemente.
Wilde no respondió.
—Oí a mi padre hablar contigo por teléfono la otra noche. Así fue como supe que estabas aquí —dijo. Se traslució el orgullo de su ingenio—. Espero que no estés enojado porque vine. —Sus ojos recorrieron las facciones de él, tratando de leer su expresión.
—No estoy enojado, Mariko.
—Luces muy bien.
—Gracias. Tú también.
Comenzaron a caminar. Mariko mantuvo sus manos entrelazadas adelante. Al principio Wilde trató de no mirarla, pero pronto fue igual que antes, excepto que ella no tomó su mano como solía hacerlo. Y salvo que ahora lastimaba más. Se detuvieron en un punto para oír a algunos pájaros que saltaban ida y vuelta en la tupida maleza al costado del sendero. Mariko tenía miedo de que él sintiese el latir de su corazón. Ninguno de los dos sabía cómo detener lo que estaba sucediendo, de modo que se refugiaron en el momento.
Llegaron a unos escalones de piedra. Abajo, a un costado, había un estanque poco profundo anidado contra un alto muro de piedra. Un arroyo frío en lo alto de la montaña se dividía en la cima de la pared en tres cascadas heladas que se vaciaban en el estanque.
Mariko señaló la figura de una joven. Cuando la vieron por primera vez se estaba acomodando la vestimenta. Era un simple kimono blanco de algodón que le llegaba justo debajo de las rodillas. Mientras la observaban, la mujer, con la vista gacha, se acercó al borde del estanque. Se dirigió hacia el camino de piedra más cercano que conducía a la cascada, palmeó las manos tres veces y comenzó a cantar un relato budista. Lo repitió tres veces, hizo una reverencia, luego avanzó más cerca de la cascada helada. Volvió a palmear las manos y repitió su canto. Su cantar se hizo más fuerte a medida que se aproximaba a la cascada. Wilde pudo advertir una muda desesperación en sus movimientos. Sabía que Mariko también la percibía.
Ahora la mujer se dirigió directamente bajo la cascada central, de modo que el agua roció su cabeza y hombros en un manto doble y helado. Su largo pelo negro se adosó contra su espalda. Por encima del sonido del agua aún se podía oír la voz. Su vestimenta, empapada, se tornó casi transparente. No tenía nada abajo y su ropa mojada reveló un cuerpo llamativamente proporcionado, joven y delgado.
—¿Por qué una joven saludable como esa necesitará pedir la intercesión divina? —reflexionó Wilde.
Mariko no giró la cabeza. Miró hacia adelante mientras hablaba.
—¿Mi padre está en dificultades? —preguntó.
—No lo sé. ¿Lo está?
—Últimamente parece estar perturbado. ¿Tiene eso algo que ver contigo?
—No. Solo vine a pedirle un favor.
—Debe de ser importante para que hayas hecho un viaje tan largo.
—No tan importante, no cuando se pone todo en perspectiva. —Su respuesta no la satisfizo y él lo sabía, pero no podía hacer nada sobre ello. Miró a Wilde y hubo una súplica en sus ojos.
—¿Cuánto tiempo te quedarás en Kioto, Wilde?
—Tomaré el tren de las siete de regreso a Tokio.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero luego tragó saliva y torció la cabeza forzando una sonrisa.
—Es maravilloso —dijo—. Te quedarás lo suficiente para gozar el crepúsculo de Kioto.
—Mariko, ¿estás con los Beiheiren? — preguntó Wilde. La joven japonesa saltó como si él la hubiese abofeteado.
—No —dijo.
—Sin embargo, tu padre sí, ¿no es cierto?
—Mi padre sí. Mi hermano también.
—No sabía eso último.
—¿Estás en dificultades?
—No, te dije que no. Hay una persona en dificultades, un joven norteamericano, y creo que con la influencia y posición de tu padre entre los Beiheiren quizá lo podamos ayudar. De cualquier modo, quiero intentarlo. Eso es todo, así que borra esa expresión de preocupación en tu cara.
Mariko se mordió el labio y miró hacia abajo.
—¿Qué sucede? —preguntó Wilde; colocó una mano en su brazo e hizo que girara su cara hacia él—. ¿No me crees?
—No es eso —dijo—. Solo es que me temo que vas a fracasar. Mi padre tiene muy poco poder entre los Beiheiren.
—Me dijeron que era uno de los dirigentes del movimiento.
—Lo era, al principio. Tenía ideas maravillosas, nobles, acerca de ayudar a la gente insignificante, pero lo hicieron a un lado a él y a otros como él. Ha sido en forma muy gradual aunque supongo que inevitable. Es muy difícil para él reconocer esto, incluso a sí mismo, de modo que simula. Wilde —tocó su brazo vacilando, luego retiró su mano rápidamente—, no cuentes demasiado con mi padre. No tiene influencia.
—¿Quién tiene influencia?
—Gente sin rostro. No creo que puedas llegar a ellos. Se esconden.
—¿Atrás de gente como tu padre?
—Sí.
—No es algo nuevo. Esto sucede desde que la gente se comenzó a unir. Parece ser que los más agresivos de los funcionarios del segundo escalón siempre reemplazan a los idealistas. Luego estos son reemplazados por tradicionalistas que están determinados a preservar el nuevo statu quo. ¿Y sabes lo que les sucede a ellos? Tienen arterioesclerosis, todo se va al diablo y se los reemplaza… por idealistas. Es más que una revolución que se consume. Históricamente siempre parece suceder lo mismo: una idea comienza un proceso que no se completa hasta que se crea su antítesis.
—No te entiendo.
—Quiero decir que tienes razón —dijo Wilde—. Era inevitable.
Thompson permanecía sentado, inmóvil, en el suelo de una granja japonesa que tenía vista al litoral yermo del Mar de Japón. Su espalda combada estaba apoyada contra la pared y sus pies sobresalían frente a él como palos. Un antiguo hibachi, o brasero de forma redondeada y boca ancha, estaba encendido en el centro de la habitación para mitigar el frío del otoño; alguien había colocado un cobertor sobre los hombros de Thompson.
En los últimos días (un viaje agitado en un carguero costero, mudanzas de casa en casa, mientras se ocultaba en los baúles de los autos y bajo las lonas de los camiones; ocultándose, siempre ocultándose) todo se había amalgamado en su mente y, en especial, al miedo de la huida. Thompson se había encerrado en sí mismo, excluyéndolo todo. Sus percepciones se embotaron. Cuando se le decía que comiese, comía. Cuando se le ordenaba sentarse, se sentaba. Y cuando se le indicaba que durmiese, se acurrucaba y clavaba la vista en la pared.
Pasaban los días, los lugares de escondite cambiaban, los guías de Thompson se ocupaban de todo. En el reducido mundo de Thompson, el tiempo no tenía significado. Un minuto se transformaba en una hora y las horas se deslizaban juntas El dolor se había descolorido en entumecimiento y por último, el entumecimiento comenzó a desaparecer y por fin Thompson una vez más se permitió intentar contactos furtivos con el mundo exterior. Miró hacia un extremo de la habitación y vio a otra persona sentada, callada e inmóvil como él. Un guardia o un compañero, no sabía qué era. Aún se sentía solo, con frío y solo, impotente y solo.
Haruo, de pelo largo y aspecto frágil, vigilaba a Thompson con ojo experto. Tenía veinticinco años, pero ya hacía cuatro que actuaba como guía de los desertores norteamericanos. Thompson no era el primero que con conmoción se encerraba en sí mismo una vez que comprendía la enormidad del compromiso. Era importante, sabía, mantenerse a distancia de hombres como este. La excesiva atención, el excesivo movimiento parecían intensificar más el ostracismo. Había que mantenerlos calientes, hablarles suavemente y dejar que la naturaleza siguiese su curso. Lo principal, según Haruo, era estar allí por si necesitaban ayuda. Sentía la máxima admiración por esos pocos norteamericanos cuyos deseos de paz eran más fuertes incluso que sus vínculos con el país y la familia.
Haruo era demasiado joven para haber conocido la guerra, pero su padre había tenido gran influencia sobre él. Su padre había sido jefe de los guardianes del zoológico metropolitano durante las hostilidades, difícilmente lo que se puede llamar un puesto de privaciones. De hecho, hasta que comenzaron las invasiones inesperadas, la vida para la familia de Haruo transcurrió como si la guerra los hubiese perdonado. Por supuesto existía racionamiento y su padre tenía que hacer durar un equipo mínimo, pero hasta que cayeron las bombas incendiarias el padre de Haruo simplemente siguió atendiendo a sus animales.
Sin embargo, con el andar del tiempo, se impartió una orden en las oficinas de la ciudad en relación con la posición del zoológico. Un oficial de secretaría, cojo y con una cerdosa barba de tres días, se paró firme ante el padre de Haruo azorado y sosteniendo la orden con el brazo extendido la leyó como si fuese un Edicto Imperial. Una comisión, cuyo nombre sonaba muy imponente, había decidido que se debía exterminar a todos los animales grandes y peligrosos que podrían escapar si el Zoológico recibía un ataque directo.
El guardián del zoológico quedó pasmado. La guerra no tenía nada que ver con sus animales. Luchó inútilmente de oficina municipal en oficina municipal tratando de que se rescindiera o cancelara la orden. Luego intentó conseguir un permiso para transportar los animales a la campiña. Allí estarían a salvo. Fue en vano. Rescindir la orden estaba fuera de discusión. ¡Después de todo era una orden! Por otra parte el ejército no disponía de ningún medio de transporte para los animales.
La guerra había llegado a su casa, más tarde que para la mayoría, pero con la misma finalidad. Durante dos días el guardián del zoológico vagó por la zona despidiéndose de sus amigos. Por supuesto no era posible matar a tiros a los animales. Todas las balas estaban destinadas para las líneas del frente El padre de Haruo hizo lo más que pudo. Envenenó a algunos de los animales. A aquellos que se negaron a comer el veneno los golpeó con garrotes hasta matarlos. Había alimentado a estos animales, los había criado, ayudado a nacer, cuidado cuando estaban enfermos o heridos. Este, hasta que nació Haruo, había sido todo el mundo del guardián del zoológico; eran como sus hijos. Ahora, uno por uno, había tenido que matar a todos.
Lo peor fueron los elefantes. Ni tocaban la comida envenenada, ni siquiera de su mano y sin duda no podía matarlos a golpes. No quedaba otra cosa que dejarlos morir de hambre. Deseó que se muriesen rápido, pero eran fuertes. Todos los días iba con la esperanza de encontrarlos muertos, y todos los días lo estaban esperando junto a la verja. Débilmente hacían las pruebas que él les había enseñado, las pruebas que siempre en el pasado habían traído la recompensa de un trozo de azúcar. Cada noche, cuando llegaba a su casa, su esposa observaba sus ojos enrojecidos e hinchados por el llanto.
El primer invierno después de la rendición, cuando no había suficiente comida, mucha gente se quejaba pero el guardián del zoológico no. Le dijo a su esposa que lo correcto para aquellos que habían sufrido en silencio durante la guerra y que estaban de acuerdo con las autoridades, era sufrir durante la paz resultante. Se negó a permitir que ella comerciara en el mercado negro. Comerían lo que suministraban las autoridades Por supuesto que a las autoridades nunca se les ocurrió que la familia de Haruo no aumentaría su suministro de alimentos racionados en el mercado negro, pero de alguna forma sobrevivieron ese primer invierno.
Haruo nació después de la guerra y su padre nunca más habló del zoológico. Parecía bastante desprendido de su trabajo. Pero sí hablaba de los males de la guerra. En la familia no era un tema de discusión, solo un hecho aceptado con el que se crio Haruo y que nunca cuestionó: nada era tan malo como la guerra, ningún sacrificio era suficiente para evitarla. Hubo muchas familias como esa después de la guerra.
Los ojos del norteamericano reflejaron algo. Quizá se estaba recuperando. Haruo preparó té verde dejando que la humeante agua caliente se vertiera lenta y melodiosamente en una pequeña tetera de peltre, Consciente de que el norteamericano lo observaba. Dejó macerar el té, luego sirvió cuidadosamente dos tazas, una de las cuales colocó en una mesa baja a la izquierda de Thompson.
—Beba —sugirió suavemente mientras arrimaba la taza un poco más cerca.
Thompson levantó la taza, la sostuvo con ambas manos y sopló el vapor. Aún sentía frío.
—¿Cuánto hace que estamos acá? —preguntó secamente.
—Casi seis horas. ¿Se siente mejor?
Thompson asintió con la cabeza. Pudo significar que si o que no. No quería hablar más. Haruo vio que sus ojos se enturbiaban y retrocedió.
Tarde esa noche, una pequeña camioneta cerrada llegó a los saltos al frente de la granja. Se bajaron dos hombres y en la entrada conversaron brevemente con Haruo.
—¿Está despierto? —preguntó Haruo atisbando desde la puerta hacia el cuarto a oscuras.
—Sí.
—Por favor recoja sus cosas. Es hora de irnos.
—¿Adónde vamos esta vez? —se oyó la voz desde la oscuridad.
—A Tokio —dijo Haruo—. Volvemos a Tokio. No falta mucho para que esté en un barco camino a Suecia. Eso debería alegrarlo.
—Sí.
«Bueno, por lo menos ahora habla», pensó Haruo.