La estrangulación

Gregory C. Knapp · Capítulo 14 de 15

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La estrangulación

Capítulo 14

 

Wilde subió su campera bien alrededor de su cuello. Desde su puesto de observación, al costado del camino, tenía una clara vista de toda la aldea a varios cientos de metros abajo. Un único camino descendía a lo largo de una pendiente casi perpendicular que conducía a una ensenada aislada. El otro único acceso era por el mar. Sato y sus hombres debían estar al llegar. Todo lo que tenía que hacer era esperar.

En cuarenta y cinco minutos más amanecería. Abajo ya había luces encendidas. Wilde se acomodó con la espalda contra un árbol y sacó su largavista.

Las embarcaciones de la aldea estaban amarradas firmemente a lo largo de una estrecha faja de arena oscura. Una escollera se extendía hasta el mar, luego hacía un gancho hacia atrás en dirección a un murallón similar que sobresalía desde los riscos más cercanos. Entre ellos, un canal angosto salía al mar abierto, apenas lo bastante ancho como para que pasaran dos barcos pesqueros. Un amplio muelle de concreto se extendía hasta el puerto y en este muelle había un gran cobertizo al aire libre para manipular el procesamiento del pescado. En el agua, cercano a este muelle, estaba amarrado un único barco de pesca. «Curioso, —pensó Wilde—, que un solo barco esté en el agua y todos los otros varados». Subió su largavistas y escudriñó la aldea. Unos pocos habitantes robustos salían soñolientos de sus casas. En la calle más próxima al muelle una incandescencia luminosa desde las ventanas de un pequeño restaurante barato se reflejaba a lo largo de la calma tierra ribereña antes del amanecer.

Ahora había más personas. Los rayos del sol aún oculto comenzaban a reflejarse desde la parte inferior de las nubes bajas en el horizonte. Una figura sobresalía del resto. Había algo en su movimiento; cargaba un gran bulto, pero no era eso. Lo que lo hacía diferente era que parecía tan desdichado caminando torpemente hacia el agua. Wilde se sentía de la misma forma mientras permanecía sentado temblando por el frío del amanecer, pero él no era un pescador. Los pescadores estaban acostumbrados a levantarse a esa hora y habituados al clima frío. Wilde no, y aparentemente este hombre cargando un bulto tampoco lo estaba. Wilde lo observó caminar cuidadosamente a lo largo del concreto del cobertizo al aire libre y resbalar en el fango acumulado por las pescas anteriores y que nunca se limpiaba a fondo. El hombre colocó su bulto en el borde del muelle donde estaba amarrado el barco pesquero bajo, luego volvió a la aldea. Ahora Wilde lo seguía de cerca. El hombre desapareció en una vivienda de dos pisos de difícil descripción. Unos pocos minutos después volvió a aparecer con otro bulto.

¿Qué demoraba a Sato? Se estaban preparando para zarpar; no había duda de ello. Wilde volvió a escudriñar la casa. Todas las persianas estaban herméticamente cerradas a diferencia de las de todas las otras casas que hacía mucho que estaban abiertas. Se mantenían fuera de vista. Eso era bueno. Wilde tendría una mejor oportunidad de demorarlos si no estaban dispersos por toda la aldea. ¿Pero por cuánto tiempo? Sato vendría; Wilde estaba seguro de ello, pero más le valía llegar pronto porque si no sería un viaje en vano. Wilde decidió demorar la partida.

Evitó el camino bajando directamente por la pendiente rocosa hasta la playa. Al aproximarse a los barcos varados, ahora activos con los pescadores, se envolvió la bufanda alrededor de la cabeza como una capucha, metió las manos en los bolsillos y caminó con dificultad por la arena; los hombros encorvados, la vista gacha. No podía contar con la cooperación de los pescadores. El pueblo podía haber sido usado para los contactos norcoreanos, en cuyo caso los aldeanos sin duda sabían lo que estaba pasando. Se conformaba con que no notasen un extranjero más en la playa.

Wilde siguió por la playa, bajo el nivel de la calle, hasta el final de esta donde el desembarcadero se proyectaba hacia la zona del muelle de concreto Tenía suficiente protección como para llegar a las oficinas bajo el cobertizo sin ser visto desde el pueblo propiamente dicho, pero el sector entre las oficinas y el barco amarrado estaba al descubierto. Un vistazo casual desde la casa con las persianas cerradas pondría en evidencia a cualquiera antes de que llegara a seiscientos metros del barco amarrado.

Cautelosamente miró por la esquina hacia el pueblo. El abastecedor solitario volvía a caminar con trabajo con otra carga en sus brazos. Estaba amaneciendo rápidamente. Ahora Wilde podía ver su cara. El frío solo era una de las razones para la desdichada giba en sus hombros. Por la forma en que refunfuñaba entre dientes era evidente que no le gustaba tener que llevar todas las provisiones él solo. Y además tenía un ojo entrecerrado y amoratado en el cual recientemente la rodilla de Wilde había pegado.

Wilde se comprimió contra la pared. El japonés dio vuelta la esquina, aún rezongando y aminoró su paso. Iba con la vista gacha evitando las manchas resbaladizas en el concreto. Wilde se puso detrás, dio dos pasos con él para coincidir con el ritmo de su andar, luego estiró rápidamente su pierna hacia adelante con un pulido barrido de pie que hizo patinar al otro hombre de costado. Su cabeza rebotó en el concreto con el sonido de un melón que se parte. Wilde quitó la campera azul oscuro al hombre desmayado y se la puso. Se calzó en la cabeza la gorra tejida del otro hombre y levantó del suelo el bulto de provisiones. Ahora todo el grupo podía mirar. A esa distancia solo verían a su compañero cargando el barco. Después que terminase de descomponer el motor de la embarcación, volverla al camino arriba de la aldea y esperaría a Sato. Incluso cuando el hombre que yacía allí de espaldas volviera en sí, supondría muy probablemente que solo se había resbalado.

Wilde dejó el bulto contra los otros, se sacudió el polvo de las manos y luego subió al barco. Se estiró y agarró uno de los bultos. Lo dejó en la cubierta y se agazapó de modo de no ser visto desde el pueblo. Sacó la tapa del motor y la puso a un lado. Un motor de alta velocidad resplandecía en la caja húmeda de la sentina. Sin duda no era un equipo de pesca usual. Wilde se puso de pie y agarró otro bulto por las dudas alguien estuviese mirando. Dejó el otro bulto y volvió a la caja del motor. Después de una breve búsqueda encontró el distribuidor y abrió de un golpe el cabezal. Sacó una tarjeta de su bolsillo y cortó dos cuadrados diminutos que insertó en el descargador a distancia explosiva; los calzó lo suficiente para que no fueran visibles. Ahora podían darle arranque hasta que se agotara la batería; el motor no iba a arrancar. Wilde volvió a colocar apresuradamente el cabezal y colocó la tapa del motor en su lugar.

Se paró y fue a agarrar otra caja solo para que todo pareciera normal. Kimura estaba sentado sobre ella, su 45 apuntando a la cabeza de Wilde.

—Ponga el resto en la proa —dijo el japonés. Wilde terminó de cargar el barco bajo el ojo maligno de Kimura—. ¿Qué le hizo al motor? —⁠preguntó Kimura cuando Wilde terminó.

—Le saqué el rotor del distribuidor —⁠balandronó Wilde. Esperaba que Kimura subiese al barco y lo verificara por sí mismo.

Sin suerte.

—Vuélvalo a colocar —dijo Kimura.

Wilde se agachó y volvió a desenganchar la tapa del motor.

—¡Párese! —ordenó de pronto Kimura—. Saque la tapa con el pie. — ⁠No iba a tomar ningún riesgo con ese norteamericano que ya le había causado tantos problemas. Wilde sacó la tapa a un costado y luego se agachó sobre la caja del motor. Tanteó para encontrar algo suelto y pesado; no había nada, de modo que volvió a desabrochar el casquete del distribuidor. Simuló que sacaba un rotor de su bolsillo y lo ponía en su lugar. El motor tampoco ahora iba a arrancar.

Kimura retrocedió y ordenó a Wilde que saliese del barco.

—Ponga ambas manos en los bolsillos —⁠dijo—. La otra noche lastimó a algunos de mis hombres. ¿Qué hará contra un arma?

—Mi primer pensamiento seria levantar lentamente las manos.

—Déjelas dentro de los bolsillos. Ahora, empiece a caminar hacia la calle.

El hombre de Kimura gimió y se sentó agarrándose la cabeza. Miró a Kimura y respingó.

—¡Baka! ¡Tonto! —Kimura lo escupió.

 

El barato restaurante ribereño estaba casi desierto. Los pescadores estaban en sus barcos o ya rumbo al mar. Wilde se sentó en un rincón, en su cara una expresión de disgusto. Kimura sentado a su lado, la mano derecha bajo su campera, sostenía la 45 ajustada contra las costillas de Wilde. Cuando Park y los hombres de Kimura entraron en fila con Thompson se detuvieron en seco al ver a Wilde. Kimura trató de sonreír a Park pero su cicatriz transformó la sonrisa en una mueca.

—Mire lo que encontré —dijo.

—¿Dónde lo encontró? —Park sabía que donde había uno habría una docena más. Era seguro que Kimura había pasado por alto eso. Thompson fue llevado a una mesa contra la pared. Miró a Wilde breve y desconsoladamente y caminó con dificultad. Park había dejado a un lado la psicología para obtener la cooperación de Thompson.

—Miré al barco —dijo Kimura—. Se suponía que Kyu-san estaba llevando las provisiones. Le ordené que las apilara en el muelle. Miré y las estaba cargando en el barco, así que fui a ver por qué no cumplía las órdenes. No era Kyu-san sino nuestro amigo norteamericano que tenía puesta su campera. Kyu-san yacía cerca con un gran golpe en la cabeza. Entre paréntesis, aún está allá agarrándose la cabeza. —⁠Dos de los hombres de Kimura se dirigieron a la puerta. Kimura los detuvo—. Déjenlo. Si es lo bastante estúpido para dejarse sorprender, dejen que encuentre solo su camino de vuelta. O se puede quedar allá afuera hasta que partamos.

—¿Estaba solo? —preguntó Park severamente.

Wilde levantó la vista.

—Los tenemos completamente rodeados —⁠dijo.

—Está solo —dijo Kimura—. Si hubiese estado con la policía habría enviado a uno de ellos para tratar de sabotear el barco. No se hubiese arriesgado a mostrar esa cara blanca a menos que estuviese solo.

Wilde miró a Thompson que estaba sentado sujetando torpemente con sus manos su estómago. Ninguna marca en la cara, pero a juzgar por la forme en que se movía lo debieron usar de punching bag.

—Desayuno para todos —dijo Park al hombre atrás del mostrador⁠—. Tenemos todo un día de pesca por delante y no podemos pescar con el estómago vacío.

El norcoreano se sentó a la mesa frente a Wilde. Extendió su mano agradablemente.

—No nos han presentado.

Wilde no hizo ningún movimiento para darle la mano.

—No me dejan sacar las manos de los bolsillos — ⁠dijo—, porque he sido un mal muchacho.

—Creo que puede hacerlo mientras no me arroje a través del cuarto — contestó Park—. Lo vi la otra noche. Fue muy eficiente —Kimura bufó y se dio vuelta. Tendría que soportar más de la psicología del coreano. Wilde sacó lentamente las manos—. Parece estar muy tranquilo —⁠dijo Park—. Pero su palma está mojada. ¿Está nervioso?

—Estornudé en mi mano.

La sonrisa cordial de Park desapareció y soltó la mano de Wilde.

—Creo que debería asumir su situación con un poco más de seriedad —⁠dijo limpiándose la mano en la pierna del pantalón, por si acaso. Su conversación fue interrumpida por la entrada de dos extraños, pero eran solo pescadores que no les prestaron atención, se dirigieron a los asientos en el mostrador.

—Recuerde —continuó Park en voz baja⁠—, todos somos amigos que salimos en un viaje de pesca. Preferiría no atraer la atención, pero no soy dogmático acerca de esto. Si hace un movimiento equivocado, morirá donde está sentado. ¿Está claro?

Wilde suspiró.

—¿Supongo que eso significa que no se rendirá? ¿Deberé usar el arma de rayos láser implantada en mi oreja izquierda?

—Podríamos cortarle su oreja para cerciorarnos — ⁠contestó Park. Kimura rio con desprecio.

—Quizás está esperando a que llegue su amigo policía —⁠agregó. Park se permitió sonreír ante esto.

Otro grupo de pescadores entró y los hombres de Kimura les hicieron lugar en las mesas. Wilde miró cuidadosamente a Kimura mientras trataba de comprender su último comentario.

—Lo que quiere decir —dijo Park inclinándose cerca de Wilde ⁠—, es que si espera a su amigo policía, el que estaba con usted el día del alboroto, será una larga espera. A menos que se ponga usted en difícil. En ese caso se reunirá con él de inmediato.

Wilde miró de un hombre al otro. De pronto su corazón latió con violencia en sus oídos. No estaban fanfarroneando. Habían matado a Sato. Sato, quien se había metido en este lío por hacer un favor a Wilde, de modo que no tuviese que usar los canales locales del CID. Para que Wilde pudiese lucirse. Bueno, se había lucido y ahora de cualquier forma lo habían atrapado, con tanta certeza como habían atrapado a Sato. Y Thompson. Miren a Thompson. Ya muerto. Thompson estaba muerto, Sato estaba muerto, Wilde estaba muerto, pero Wilde no iba a morir sin llevarse con él a varios de ellos. Comenzó a girar hacia Kimura, pero algo le llamó la atención. Uno de los pescadores, hasta ahora medio dormido atrás de Park, un fofo que recostado sobre los ojos levantó la cabeza. Era el rostro triste y seguro de Nakamura y con un mero cabeceo imperceptible volvió a Wilde a la realidad. Wilde observó de nuevo a los pescadores que acababan de llegar. Dos estaban sentados en el bar; cuatro, incluyendo a Nakamura, en las mesas. Por primera vez advirtió que todos los pescadores habían ordenado cervezas. Cada uno tenía una botella de litro frente a sí.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Wilde evasivamente para perder tiempo.

—Quiero decir que Kimura, el hombre sentado al lado de usted con la automática en sus costillas, no disfrutó el tratamiento que recibió del policía, así que el policía murió. También le gustaría matarlo a usted, estoy seguro, pero sabe que usted vivo representa un alto precio.

—¿Un alto precio para quién?

—Un alto precio para mí. Evidentemente está en el servicio de inteligencia norteamericano. ¿Cuál de ellos? ¿El CID?

—El M.I.E.R.D.A. —respondió Wilde. Park volvió a fruncir el ceño, pero pronto recobró su modalidad serena.

—¡No importa! —dijo—. En este momento todos podemos pasar un buen rato y tomar un abundante desayuno. Luego saldremos de pesca. Luego me dirá lo que quiero saber.

Wilde se dirigió a Kimura.

—¿Usted también está pasando un buen rato, Feo? Su jefe dijo todos nosotros. —Los ojos de Kimura se convirtieron en estrechas hendiduras—. Solo vivo valgo un precio alto —⁠le recordó Wilde.

—¿Era un buen amigo? —preguntó Kimura con los dientes apretados y echándose para atrás.

—¿Por qué?

—Le disparé en un costado. Lo dejé planchado. Podría hacer lo mismo con usted.

Wilde lo miró con indiferencia.

—Yo lo haría, si fuese usted —⁠dijo deliberadamente.

—No se preocupe por irritar a Kimura, amigo. Puede hacerlo con facilidad —⁠dijo Park.

Wilde dio la espalda a Kimura.

—¿Qué quieren de un turista como yo? — ⁠preguntó.

—Me interesa su grupo de excursión —⁠respondió Park—. Atrapar a Thompson representó un golpe maestro para mí. Se va a Corea del Norte, ¿sabe? De cualquier forma, sería más que incapaz si no aprovechase lo inesperado en mi beneficio, de modo que también lo enviaré a usted. Probablemente usted ya lo imaginó. Nos iremos tan pronto como comamos. Un barco de pesca a la rastra nos encontrará a veinticinco kilómetros en alta mar.

Un mozo salió de la parte de atrás con una bandeja con bols de sopa. De inmediato Wilde reconoció al chofer de Nakamura. Ahora estaba vestido desprolijamente y usaba el delantal y camisa del cocinero habitual. Wilde se preparó.

—Tengan cuidado con la sopa —dijo el chofer sirviendo los bols humeantes—. Está muy caliente. —⁠Con los ojos Wilde dirigió la atención del chofer a la mano derecha de Kimura aún oculta bajo su campera. El chofer hizo una seña con la cabeza y retrocedió con un bol de sopa en la mano.

—Los otros también —dijo entre dientes Kimura mientras se inclinaba hacia adelante y levantaba su tazón con la mano izquierda. Tomó un sorbo ruidosamente y luego se dirigió al mozo—: ¿Qué espera…? —Se interrumpió en el medio de la frase—. ¿Dónde está el otro cocinero? —⁠preguntó entrecerrando los ojos.

—En la puerta —dijo el chofer abandonando su postura servicial. La cabeza de Kimura giró rápidamente hacia la entrada donde un recién llegado estaba cómodamente apoyado contra la puerta, un sombrero de paja tejida cubría su cara. Wilde reconoció a Shin, incluso antes de que echara para atrás el sombrero. Park no sabía quién era el hombre en la entrada, pero por la expresión en la cara de Kimura entendió que él sí lo conocía y que eran verdaderos enemigos. Park levantó la mano, pero en ese momento Shin escupió en dirección a Kimura y fue demasiado tarde. Kimura hubiese vaciado su pistola en el arrogante Shin si el chofer no hubiese desviado su atención al derramar un tazón de sopa casi hirviendo por la nuca de Kimura. Kimura lanzó un grito horripilante y de un salto se puso de pie arañando su nuca.

Nakamura agarró su botella de cerveza por el cuello y la rompió contra el borde de la mesa partiendo la parte inferior en una salpicadura de espuma. Uno por uno sus «pescadores» se levantaron e hicieron lo mismo con sus botellas de cerveza, excepto el que estaba sentado más cerca del custodio de Thompson. Partió el culo de su botella directamente contra la cabeza del guardia rociando de cerveza al teniente Thompson.

Los hombres de Kimura reaccionaron tardíamente. Park buscó en su saco un arma. Wilde arrojó la mesa sobre él y la pistola se deslizó saltando a lo largo del piso. Wilde se lanzó de prisa tras ella mientras Park luchaba por sacar la mesa de encima de su estómago. La ventaja momentánea que los hombres de Nakamura tenían podía perderse rápidamente si uno de los estudiantes alcanzaba esa arma caída y comenzaba a disparar.

Uno de los hombres de Kimura vio la pistola deslizarse y fue tras ella. Se abalanzó y recogió el arma mientras Wilde se libraba de un estudiante que se había adherido a su espalda como un hongo.

Thompson observaba todo con colérica impotencia sin poder distinguir un bando del otro. El que esgrimía el arma vio a Wilde abalanzarse hacia él y levantó la pistola. Uno de los hombres de Nakamura acababa de saltar por encima del mostrador para agarrar los cuchillos de pesca. Levantó un cuchillo para arrojárselo al que tenía el arma pero Shin se lo impidió con un gesto.

Wilde aún estaba a tres metros de la pistola, demasiado lejos para saltar. El caño apuntaba directo a su pecho. Wilde quizá no era el amigo predilecto de Thompson después de aquella escena en la posada, pero en ese momento parecía ser la mejor apuesta. Thompson agarró una tetera de cobre delgado cargada con té verde e hizo un giro completo soltándola a la manera de un lanzamiento olímpico de martillo. Voló a través de la habitación golpeando de lleno en el costado de la cabeza al hombre con el arma. La tetera roció de té un suelo ya resbaladizo por la cerveza y el estudiante con el arma cayó como una roca.

Wilde volvió a ir en procura del arma. La levantó y buscó alrededor de sí a Shin, tratando de encontrarlo en la barahúnda de luchas, gritos y cuerpos que resbalaban. Shin había querido que lo matasen. Primero localizó a Kimura quien, en cuatro patas, se levantaba desde atrás del mostrador. Kimura siempre percibía cuando la mejor táctica era huir. Salió de golpe por la puerta hacia el mar Wilde deseaba más atrapar al estudiante con la cara marcada que a Shin, al menos en ese momento en particular. Se abrió paso hasta la puerta. Kimura estaba a medio camino hacia el barco. El norteamericano disparó la pistola de Park en el momento en que un golpe entumecedor daba en su hombro. Un brazo musculoso cruzó su cuello arqueándolo hacia atrás haciéndole perder pie mientras otro le retorcía la mano con el arma y suavemente la arrancaba de su puño. Oyó la voz de Shin cerca de su oído antes de que lo arrojara al piso. Wilde se puso rápidamente de pie, pero Shin le llevaba veinte metros de ventaja y corría a toda carrera tras Kimura.

Ahora Kimura ya estaba en el barco y desesperadamente trataba de arrancar el motor mientras Shin daba vuelta en la esquina de las oficinas del cobertizo; Wilde a poca distancia atrás. Shin estaba a medio camino de la embarcación cuando Kimura se paró y sacó la automática de su cinturón. Shin primero saltó con los pies hacia adelante desde el borde del muelle agarrando a Kimura alrededor del tórax con ambas piernas. Su impulso los arrojó a ambos a través de toda la cubierta del barco y por la borda. Justo antes de que cayeran al agua la automática de Kimura se disparó. Wilde saltó al barco y desenganchó un bichero. Lo sopesó como a un bate de béisbol, listo para aporrear al primero que saliese a la superficie. Después de lo que pareció un largo rato, comprendió que ninguno de los dos emergería.

Para cuando Wilde volvió al restaurante barato ya todo había terminado. Los hombres de Nakamura atendían sus heridas y trataban de volver a dar al lugar un aspecto de orden. Uno de ellos estaba hablando seriamente con el cocinero del restaurante y su ayudante, quienes miraban con tristeza alrededor de sí a los restos del local. Los hombres de Kimura, aquellos que no habían podido escapar por la parte de atrás o saltar por la ventana, estaban agrupados en un rincón. Sin jefe y derrotados, estaban demasiado desmoralizados para siquiera limpiar la sangre de sus rostros. Uno de ellos yacía separado del resto mientras se desangraba malamente por un abdomen acuchillado. Nadie le prestaba atención. Por último, Thompson fue para ver qué podía hacer por él.

—¿Nakamura? —preguntó Wilde desde la puerta de entrada. Uno de los hombres de Nakamura señaló hacia el fondo. Wilde se abrió paso por entre las ruinas.

Nakamura estaba sentado en un cuartito en el fondo. Su cara estaba sonrojada y lucía aparentemente con orgullo un chichón en la frente. Frente a él, sus brazos agarrados por dos de los tenientes de Nakamura, estaba Park agachado.

—¿Mató a Kimura? —preguntó Nakamura.

—Shin lo mató —dijo Wilde calladamente.

—Dígale a Shin que venga acá. —⁠Nakamura examinó a Park con el ojo crítico de un cazador que mide la presa atrapada. Deseaba compartir el placer del botín. Le tomó más tiempo del debido darse cuenta de que Wilde no había contestado ni se había movido. Levantó la vista con severidad; la alarma en sus ojos brilló con claridad, Wilde sacudió la cabeza negando, luego desvió la vista antes de que Nakamura pudiese leer la mirada de satisfacción en sus ojos. Al mismo tiempo sentía lástima por Nakamura. Siempre resultaba difícil perder al mejor hombre.

La cara de Nakamura se endureció y miró al coreano.

—¡Un cuchillo! —ordenó a uno de sus hombres.

Park no se acobardó. Wilde, quien había sido privado de Kimura, sintió que debía gozar más de esto, sin embargo experimentó una admiración profesional ante la indiferencia del agente coreano. También, su impulso interno por saldar cuentas por su amigo Sato, que hubiese sido natural con Kimura, en este caso era moderado por un respeto al valor de Park. No era tan frecuente encontrar agentes norcoreanos avezados. El problema en este punto era si Nakamura iba a dejar o no algo rescatable del coreano. Wilde no podía hacer nada.

De la cocina trajeron un cuchillo de pesca, afilado como una navaja. Todos parecían saber cómo proceder. Se colocó un papel blanco entre Nakamura y Park. Se puso el cuchillo sobre el papel. Nakamura desabrochó su camisa y exhibió un brazo y hombro, como lo hubiese hecho si hubiera tenido un kimono. Su hombro ostentaba un tatuaje intrincado, un signo de honor entre aquellos que se llamaban yakuza.

—Es la política lo que nos colocó aquí —⁠dijo Nakamura. Park clavó la vista en un punto sobre la cabeza de Nakamura—. Y a causa de esto mi lugarteniente está muerto. No sé qué decir al respecto en términos políticos. Soy nuevo en esto.

—Yo no lo maté —dijo Park.

—Aun así, está muerto. —Luego a sus tenientes⁠—: Suelten sus brazos.

Park cautelosamente ignoró el cuchillo frente a él.

—Sin juegos —dijo—. Entrégueme a las autoridades o máteme. Depende de usted. Pero nada de juegos.

Nakamura se inclinó hacia adelante y deslizó más cerca el cuchillo hacia Park.

—Perdí a mi lugarteniente —repitió—, y lo hago a usted responsable de ello. —⁠Nakamura había bajado la voz a un susurro—. Soy lo que soy y lo que siempre he sido. Acepte su responsabilidad a la manera yakuza.

Park masajeó sus brazos y miró el cuchillo. Sabía lo que se exigía de él. Los dos hombres atrás suyo se pusieron tensos listos para abalanzarse si hacía un movimiento equivocado. Park consideró las alternativas mientras su mano derecha se movía hacia el cuchillo. Quizá pudiera matar a uno de ellos pero luego sería hombre muerto y no serviría de nada. Park no era hombre de gestos insensatos. Recogió el cuchillo, extendió su mano izquierda sobre el papel blanco y con un gruñido apenas audible seccionó el dedo índice de su mano.

Alguien le entregó un trapo y Park lo envolvió con fuerza alrededor del muñón sangrante. Sus ojos estaban cerrados con fuerza y respiraba pesadamente.

Nakamura dirigió a Wilde una mirada de satisfacción horrenda.

—Esa parte está saldada —dijo.

—¿Ahora qué? —preguntó Park con los dientes apretados.

—Ahora se puede quemar en el infierno, en lo que a mí concierne —⁠contestó Nakamura y se fue. Cuando pasó al lado de Wilde le dijo—: Se lo entrego a usted.

Los hombres de Nakamura lo siguieron, dejando a los otros dos solos.

Wilde se sentó al otro lado del papel blanco ahora manchado de rojo. El cuchillo reposaba descartado entre ambos. Wilde sacó la pistola de Park. Este lo observó con los ojos entrecerrados. El coreano se había preparado para morir, pero el acto de Nakamura to había hecho cambiar su decisión. Ahora estaba herido y quería sobrevivir.

Wilde tiró hacia atrás del gatillo amartillando la pistola con un fuerte golpe seco.

—¿Es esta el arma que mató al policía? —⁠preguntó.

—No —contestó Park molesto.

—No le creo.

—Kimura lo mató. Con su propia arma.

—Que usted le dio.

—Que él compró a un soldado en Fuchu.

—Es fácil decirlo. Kimura está, flotando hacia el mar y difícilmente pueda contradecirlo.

Park volvió a cerrar los ojos. Su mano comenzaba a latir.

—¿Qué quiere? —preguntó.

—Es tiempo de jugar otra vez —dijo Wilde—. La hora del honor terminó. —Desmontó la pistola y la puso a un lado—. Recoja el cuchillo —⁠dijo suavemente.

—¿Por qué?

—Vamos a jugar a la ruleta rusa. ¿Conoce ese juego? Me alegro. Bueno, déjeme decirle primero quién soy yo, porque eso es parte del juego. Soy del AID. ¿Sabe de qué estoy hablando?

—Agencia de Inteligencia de Defensa — ⁠contestó Park.

—Bueno. Contestó bien la primera pregunta. Ahora le voy a hacer otra pregunta. Entre paréntesis, no agarró el cuchillo como le dije. ¡Agárrelo!

La mano de Park se movió lentamente hacia el cuchillo. Wilde no intentó agarrar la pistola. La mano sana del coreano rondó sobre el cuchillo por unos pocos segundos, luego comenzó a temblar y empuñó fuertemente el mango, sus nudillos blancos, los músculos del mentón en relieve.

—¿Se acuerda de mí en la pelea en el templo? —⁠preguntó Wilde—. Usted estaba allí, ¿no es cierto?

—Sí —contestó Park—. Estaba allí.

—Soy rápido, ¿no es cierto? — ⁠incitó Wilde—. Buenos reflejos, ¿no?

—Muy rápido. Buenos reflejos. —⁠La respuesta de Park fue desanimada.

—Está bien, contestó la segunda pregunta correctamente Estaba en el templo. Yo sabía que era así, ¿sabe?

—¿Qué hubiese pasado si contestaba que no?

—Ese es el objeto del juego. Cada vez que lo sorprenda en una respuesta equivocada, le va a costar otro dedo. Si decía que yo no tenía buenos reflejos, le pudo haber costado dos dedos. Estoy muy orgulloso de mis reflejos Las primeras cuatro respuestas equivocadas se los cortará usted mismo. Luego de eso, le daré una manito.

—¡Es peor que esa escoria de Kimura! — ⁠dijo Park.

—También estoy más vivo —dijo Wilde tratando deliberadamente de provocarlo⁠—. Deme suficientes respuestas equivocadas y va a parecer una foca.

Park se abalanzó hacia adelante con un grito salvaje apuntando el cuchillo directo al tórax de Wilde.

Wilde rechazó la cuchillada con un movimiento circular de su mano derecha, se echó a un costado y llevó el brazo extendido de Park con el cuchillo hasta su propio tórax. Su mano izquierda se deslizó bajo el cuello del coreano y lo arrojó contra el suelo mientras su mano derecha mantenía suficiente presión en el brazo extendido para hacerle doler, no lo bastante para romperle el codo.

Dos de los hombres de Nakamura irrumpieron en el cuarto ante el ruido de la pelea.

—Está bien —dijo Wilde mirando hacia atrás desde el piso—. Los llamaré si los necesito. —⁠Torció su muñeca a través de la tráquea de Park para destacar su control sobre la situación. Park intentó gritar por el dolor, pero todo lo que logró fue emitir un murmullo. El cuchillo cayó de su mano, los dos hombres de Nakamura se fueron.

Wilde soltó la mano de Park. Le volvió a dar el cuchillo.

—¡Le dije que era rápido! —dijo—. Ni siquiera podrá cortarse el cuello a menos que yo decida permitírselo. Pruebe si no me cree. —Park bajó la cabeza y la sacudió—. Ahora para continuar con el juego —⁠dijo Wilde—, le voy a hacer algunas preguntas; acerca de su organización aquí. Seré el primero en reconocer que no sabemos todo sobre ustedes. En realidad, ¿cuánto sabemos?

—No lo sé —susurró Park.

—Exacto. No lo sabe. Aquí es donde empieza el juego. Entiende, si le hago una pregunta que no sé y me da una respuesta equivocada, no pasa nada. Eso significa que obtiene un punto Ah, pero si yo si la sé… entonces es un dedo a mi favor. ¿Queda entendido? Oh sí, me reservo el derecho de exigírselo en cualquier momento después de una respuesta equivocada; no solo después que formule la pregunta. En otras palabras, puedo dejar pasar una y luego en la siguiente respuesta mal puedo exigir dos dedos. ¿Está claro?

—Es peor que Kimura —dijo Park.

—Ya lo dijo —contestó Wilde.

Wilde consiguió una reseña de la organización que dirigía Park, cuál era su pantalla en Japón, quiénes eran sus agentes y como operaban. La mayoría eran preguntas generales (los detalles podía conseguirlos después) porque el objeto de todo esto era involucrar a Park como un doble agente. Después de lo que había revelado difícilmente podría negarse a cooperar.

—Nos mantendremos en contacto —⁠dijo Wilde a Park antes de que lo llevaran a la estación del tren. Observó por el marco destrozado de una de las ventanas cómo Park se alejaba caminando trabajosamente y ahora que todo había terminado se preguntó cómo lo hubiese soportado si la cosa hubiera sido al revés.

 

Thompson y Wilde se fueron de la aldea caminando solos y subieron por el camino angosto que trepaba desde el borde de los riscos.

—¿Por qué tan malhumorado, Thompson? —⁠preguntó Wilde—. Ha vuelto con los muchachos buenos. ¿Está pensando en Kim Pak-soong?

—¿Qué es eso?

—Nancy. ¿Está pensando en Nancy?

Thompson se detuvo. Absorto miró sus uñas y luego ensayó una sonrisa descolorida.

—¿Kim qué?

—Pak-soong.

—Eso me hubiese dado una pista, ¿sabe? Ni siquiera sabía su nombre.

Wilde apoyó una mano sobre el hombro de Thompson y lo volvió a hacer caminar por la ruta.

—¿Cuántos años cree que me darán por esto? —⁠preguntó Thompson.

—Le deberían dar más o menos quince mil años por los problemas que causó, pero eso sería considerar el caso por sus méritos y no por lo que se define jocosamente como «las realidades políticas».

—¿Qué quiere decir?

—Bueno, primero en lo que a mi concierne, en la aldea me salvó la vida, de modo que le debo un favor. ¿Hizo deportes en el colegio superior?

—Jabalina, a veces el martillo.

—Así lo creí. Está en buena forma por lo de la tetera. Y a causa de ello puede esperar que en mi informe se refleje una cierta parcialidad. No es que mi informe sea tan importante. Vea, la segunda realidad política es su tío que hizo unas cuantas llamadas telefónicas por usted…

—¿Mi tío?

—Su tío. Así, en las peores circunstancias, puede esperar un Artículo 15 y unas pocas semanas confinado en el cuartel.

—Eso es ilógico. Vi cosas peores que esas por una infracción de tránsito.

—Sea como fuere, se decidió desde más arriba que en realidad usted no hizo nada y le será muy difícil convencer a alguien de lo contrario.

—Eso es ilógico —repitió Thompson.

—Ahora está aprendiendo, Thompson. Ahora está aprendiendo. Algunas personas pasan toda su vida sin comprenderlo.

En ese momento un griterío desde la aldea interrumpió la conversación. Dos hombres hacían señas incomprensibles a los norteamericanos que para entonces casi estaban en la cima de los riscos. Otro subía por el camino de prisa hacia ellos en una motocicleta agazapado para lograr hasta la última pulgada de velocidad.

—¿Qué dicen? —preguntó Thompson.

—No les entiendo. Deben haber encontrado algo. De cualquier forma, mandaron a alguien para que nos lo diga. Mírelo cómo viene.

El motociclista estaba apenas a veinte metros de ellos y avanzaba de prisa antes de que Wilde comprendiera lo que sucedía.

—¡Dios, soy un estúpido! —gritó al mismo tiempo que empujaba a Thompson y este caía con los brazos y piernas extendidos hacia la banquina del camino. Se quedó inmóvil hasta el último minuto posible, luego retrocedió hacia el costado del borde del risco mientras la motocicleta pasaba con violencia. El motociclista frenó su impulso con un rocío de grava al girar, deteniéndose en el doble de largo de su vehículo. Sacó su 45 y la apuntó al estómago de Wilde. Su pelo caía lacio y enredado sobre su frente y ocultaba a medias su cara, pero en realidad nada podía cambiar la apariencia de Kimura. Le faltaban ambos zapatos y una media y el agua comenzaba a formar charcos bajo sus piernas abiertas, chorreando de su ropa empapada. Kimura les hizo señas para que avanzaran.

—No tiene mucho tiempo —dijo Wilde indicando la aldea con un cabeceo.

—Tengo suficiente tiempo —contestó Kimura—. Venga más cerca. —⁠Miró hacia abajo a la ruta que conducía a la aldea de pescadores y su mano aceleró nerviosamente la motocicleta. El griterío ahora era más fuerte y había más voces. Con la mano armada, Kimura volvió a hacer señas a Wilde para que avanzara. Quería prolongarlo, hacer que Wilde sudara, hacer que esos bastardos perdieran el tiempo al subir corriendo por la ruta pensando que tenían la oportunidad de detenerlo. Ahora Wilde estaba casi tan cerca de Kimura como para tocarlo. Kimura volvió a echar un vistazo camino abajo hacia sus perseguidores. Les hizo señas con la mano armada. Luego rio y aceleró el motor desdeñosamente, incitándolos a seguir. Las revoluciones por minuto llegaron a 4000 cuando Wilde estampó su pie sobre el pedal de cambios. Con un chirrido tortuoso de la caja de cambios, el cambio calzó lanzando como catapulta a la motocicleta hacia adelante y Kimura se fue con ella. El conductor y la motocicleta volaron a unos pocos metros de distancia. Hubiesen podido caer primorosamente en el agua a no ser por una gran roca que sobresalía.

—Espero que esta vez la marea tire mar adentro —dijo Wilde mientras Thompson se reunía con él en el borde del risco—. No soportaré mucho más de ese tipo. —⁠Thompson lo miró con incredulidad.

Wilde iba adelante, dejando que Thompson lo alcanzara como pudiese. Estaba esperando en el auto cuando Thompson se reunió con él, pálido y agitado. Wilde no dijo nada pero apuntó la llave hacia el contacto del auto. De pronto gotas de sudor surgieron en su frente y comenzó a temblar violentamente. Se asió al volante y esperó a que se le pasara.