La estrangulación

Gregory C. Knapp · Capítulo 1 de 15

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La estrangulación

Capítulo 1

 

El sol se elevó lentamente calentando remiso los bajíos pantanosos dejados por la marea en la costa de un río marrón que fluía lentamente. La neblina se levantaba desde los bancos. Las gaviotas planeaban suavemente sobre la ribera en una búsqueda interminable, negligente. Una de ellas se separó para circundar un objeto extraño que yacía a medio sumergir en el fango y luego se alejó. Para una gaviota no había nada de interés en el cuerpo de esa joven coreana que la marea había arrastrado hasta la costa. Sus ojos, en un rostro embarrado que quizá fue hermoso, clavaban la vista ciegamente río abajo.

Corea, a pesar de los años transcurridos desde la cesación de hostilidades, aún está en estado de guerra. Se patrulla la Zona Desmilitarizada entre el Norte y el Sur y en intervalos regulares ambos bandos la violan.

A ambos lados de la Zona Desmilitarizada se establecieron defensas elaboradas; cada una para ponerse a cubierto de la invasión de la otra parte. En el flanco de las colinas que dominan su zona, las Fuerzas de la UN mantienen una red de puestos de observación. En el extremo Este, desde el río Imjin hasta el Mar Amarillo, los norteamericanos patrullan la franja neutral. Al principio usaban nombres de chicas para designar a sus puestos de observación, pero Bárbara, Mazie y Laura gradualmente se reemplazaron por Hendricks, Baker y Chavez, rebautizados en memoria de los soldados que los norcoreanos mataron desde el cese de hostilidades.

Los GI, norteamericanos reclutas, llamaron a esa zona Indian Country. Se ataca Indian Country más a menudo que a cualquier otra zona. Los norcoreanos están especialmente interesados en Indian Country porque es una ruta de invasión tradicional hacia el Sur. Los terrenos pantanosos del río se extienden en el territorio de la República de Corea del Sur como un abanico, prácticamente una autopista si se lo compara con el terreno montañoso (y defendible) en dirección al Este.

Cuando el río Imjin desemboca en el Han forma una gran isla. Esta tiene más de una docena de nombres, depende a quién se pregunte, y alberga una instalación de Máximo Secreto controlada por las Fuerzas de los Estados Unidos. En el pueblo, cuando la gente habla de esta isla en particular, lo hace en voz baja como si allí existiese un espíritu mágico o maligno. La verdad es menos dramática. Allí los norteamericanos reúnen, examinan y cotejan los nuevos datos de combate aportados por los servicios de inteligencia y contraespionaje y luego los elevan a niveles más altos.

La ubicación de la isla es casi idealmente inexpugnable. Solo tiene una desventaja. Cada año el río se desborda y todos tienen que trepar hacia el terreno elevado hasta que las aguas se retiran. Y cada vez que vuelven, alguien empieza a hablar de mudarse a una localidad más seca. Sin embargo, hay poco dinero y por ahora la prioridad de Corea en el Pentágono no es predominante, de modo que lo único que hacen es hablar sobre ello.

 

En la isla, en un edificio provisorio de estructura de madera construido hace diecisiete años y que ya entonces no era nuevo, el teniente primero Gerard estaba sentado encorvado sobre el escritorio tratando de despertarse. Gerard odiaba esa oficina, detestaba su destino y aborrecía Corea. Todo el mundo odiaba Corea, pero Gerard más que nadie. Su destino aquí era consecutivo a uno aun peor en Vietnam. Se suponía que no podían hacerle eso a un hombre (no se permitían dos asignaciones seguidas a zonas tan peligrosas o, más a menudo, tan miserables), pero para Gerard alguien había hecho una excepción. Peor aún, no sabía quién había sido. En realidad no tenía importancia. Quienquiera que fuese tenía suficiente influencia como para enviar a Gerard allí, a esa protuberancia aislada en el trasero del Imjin.

Demasiada bebida la noche anterior en el A-Frame no ayudaba a pasar la mañana. Gerard sentía una sensación nauseabunda en la boca del estómago. Probablemente, con o sin tragos, igual la hubiese sentido. Las listas de ascensos para capitán estaban al salir y esta vez debía lograrlo. El coronel lo controlaba en los pagos retrasados de su auto. Solo tenía que pagar dos cuotas más; qué diablos, si estaba un poco retrasado. De cualquier forma el vendedor del auto no figuraba exactamente entre los primeros de su lista de pagos. El maldito coche había sido robado justo un mes después que lo comprara y nunca lo recuperó, pero no tuvo tiempo de sacar un seguro para el auto, de modo que tenía que terminar de pagarlo. La primera vez que se retrasó y que ellos comenzaron a apremiarlo para que pagara les dijo que lo incautasen. Ahí fue cuando comenzaron a mandarle cartas a su comandante en jefe. ¡Bastardos! Sabían cómo recuperar su dinero. Luego estaba la pensión alimenticia y manutención de los hijos. Esa perra jamás se casaría mientras recibiese los cheques. Esta vez tenía que ascender a capitán.

El sargento Willard entró con una taza de café.

—Aquí tiene, señor —dijo y dejó el café en forma aparatosa—. Esto debería mejorar la mañana. —⁠Gerard agarró la taza sin hacer comentarios.

Willard volvió con otra taza para él y una para el teniente Thompson. Thompson desde su escritorio, frente al de Gerard, agradeció al teniente con una sonrisa.

El sargento Willard cambiaba de domicilio a menudo; siempre salía bien parado. Tenía poco pelo y su abdomen se estaba desarrollando. Era un mujeriego infructuoso pero entusiasta, constreñido por la edad y las circunstancias; en la mayoría de las bases se hubiese resignado a rememorar y a observar los pájaros. Aquí, sin embargo, en este destino, solo con todas esas dulces y jóvenes prostitutas en el pueblo, era igual que en los viejos tiempos. Mejor. Como era un marido respetuoso mantenía los cheques y cartas afluyendo, pero en cierta forma le gustaba estar allí. En su juventud Willard había sido un verdadero calavera y lo habían sometido dos veces a consejo de guerra; una de ellas por golpear a un oficial. Thompson le preguntó cómo pudo conseguir una autorización para tener acceso a los documentos de seguridad con sus antecedentes. El sargento Willard lo meditó uno o dos minutos y decidió que seguramente pensaron que un tipo al que se lo atrapa con tanta facilidad como a él debía ser honesto.

—¿Alguna vez les conté —agregó luego—, la vez que mi esposa me hizo arrestar en Oklahoma? —⁠Willard siempre tenía una anécdota para contar.

—No —contestó Thompson. Sus rasgos pueriles brillaron ante la idea de otro de los cuentos de Willard⁠—. ¿Qué pasó?

—Bueno —contestó el sargento—, mi mujercita tenía un buen trabajo que la mantenía en el pueblo, por lo general, pero por alguna razón que no recuerdo una tarde volvió a casa más temprano y me encontró haciéndole el amor a la vecina. Ni siquiera la vimos entrar.

—¿Qué hizo ella?

—Simplemente salió en puntas de pie, muy silenciosa e hizo señas a un coche patrullero que pasaba —⁠rio entre dientes ante el recuerdo—. Aún estábamos haciendo el amor cuando entraron todos los policías y todo el mundo. Saben, en Oklahoma existe una ley llamada «fornicando» y se puede decir que nos sorprendieron con nuestra ropa interior baja.

»La vieja dejó que me enfriara en la cárcel durante un par de días, después retiró los cargos. Es una buena tipa. Ahora, siempre da un portazo cuando llega a casa».

Thompson se reía y se mecía hacia atrás y adelante en su silla. Era bajo y de constitución delgada y en ese momento parecía un niño disfrutando de la mecedora de su padre. Todo en Thompson, desde el tupido pelo amarillento que nunca permanecía peinado hasta su inocencia de pueblo chico, le daba el aspecto de alguien que solo juega a ser adulto. Lo cual quizá fuese la razón de que Gerard lo odiase. O quizá solo era un contraste conveniente para un hombre con la costumbre profundamente arraigada de exteriorizar todo lo que no lo favorecía. Había algo que agregar sobre ello: el sentimiento personal de fracaso era desconocido para Gerard, no importa cuáles fuesen las circunstancias. Había algo más que se podía decir acerca de ello: Gerard nunca aprendía nada de sus errores. De modo que estaba permanentemente en dificultades y permanentemente devolvía los golpes en dirección equivocada. El sargento era demasiado afecto a esquivar los golpes; el teniente Thompson cargaba con todo el peso de ello. Podía resultar penoso trabajar bajo las órdenes de un hombre como Gerard, pero Thompson tenía el hooch, un apartamento, en la aldea y a Nancy, de modo que las cosas no andaban tan mal.

A las diez, cuando se dieron las disposiciones matutinas, Gerard estaba casi despierto. Colocó su taza de café, llena por tercera vez, sobre la tapa de la carpeta de Máximo Secreto. Máximo Secreto. El mayor secreto en ese lugar era saber lo que contenía el café. Sospechaba que, en alguna parte a lo largo de la línea de abastecimiento, los ciudadanos coreanos estaban rebajando el verdadero café con alguna otra cosa y negociaban la diferencia. En realidad era cierto, pero él hubiese sospechado cualquier cosa de ellos.

Un cuarto de hora después citaron a Gerard en la oficina del mayor. Los dos hombres que quedaron en la oficina intercambiaron señas de buena suerte. Sería más fácil para todos si Gerard conseguía sus jinetas de capitán.

—Es acerca de esta carta que usted mandó para que yo firme —⁠dijo el mayor mientras se frotaba suavemente el estómago. No invitó a Gerard a sentarse.

—¿Sí, señor? —contestó Gerard. Sus hombros se combaron apenas.

—Esta pequeña petición del Cuerpo I acerca de seguridad alrededor de su Compañía C. Solicitaron respaldo para su petición de un cerco en el perímetro, ¿no es cierto?

—Sí, señor.

—Aquí usted afirma que la cerca propuesta no detendrá a los que se infiltran.

—No, señor —dijo Gerard sin dudar⁠—. No los detendrá.

—Tampoco les facilitaría mucho las cosas, ¿no es cierto?

—Los aldeanos probablemente robarían los postes para leña. De cualquier forma no es asunto nuestro autorizar las cercas. Corresponde a Abastecimientos.

—No pidieron una autorización, solo una confirmación de respaldo a sus necesidades. Les podemos dar eso. Una lista de incursiones en su zona durante el año pasado bastará. ¿Consultó con el Historial sobre esto?

—No, señor, no pensé que fuese necesario.

—Bueno, quizá sea una buena idea. Puede que la cerca no detenga a nadie; casi seguro los aldeanos sacarán uno o dos postes, pero existe una probabilidad, una remoja posibilidad, de que algún día algún zapador norcoreano se demore lo suficiente como para que la Compañía C lo atrape al tratar de entrar. No quiero que el papeleo de acá vuelva a obstaculizar el trabajo de cualquier comandante que trate de salvar las vidas de sus hombres. Los superiores decidirán si es una buena o mala idea. Cuando alguien pida apoyo, le daremos el que podamos. ¿Está claro?

—Sí, señor.

—El Cuerpo I está de nuestro lado.

—Sí, señor, trataré de recordarlo. ¿Hay algo más?

El mayor enrojeció ante el evidente sarcasmo.

—¡Sí, hay algo más! —ladró. Luego volvió a su voz normal, serena. Le disgustaba perder el control y le disgustaba dar malas noticias. Gerard representaba mucho de ambas cosas⁠—. Primero quiero decirle algo. A mediodía se anunciará la lista de capitanes.

—Sí, señor.

—Su nombre no figura en ella, Gerard. Lo lamento.

—Sí, señor —dijo Gerard mirando la pared atrás de la cabeza del mayor⁠—. ¿Qué más?

—Un soldado encontró el cuerpo de una joven coreana en el bajío cerca del extremo Este de la isla a la mañana temprano. Parece existir un cierto problema en cuanto a quién le corresponde recoger el cadáver. En este momento el capitán tiene poca gente. ¿Por qué no ve lo que puede hacer para ayudar?

—Sí, señor —dijo Gerard. Se cuadró severamente y luego, sin esperar a que el saludo fuera del todo correspondido, giró sobre los talones y salió de la oficina.

La intención del mayor era facilitarle las cosas a Gerard al dejarlo salir de la oficina durante un par de días hasta que superara su desilusión. Sin embargo, Gerard no comprendió el verdadero sentido.

«Salta del molde», pensó Gerard mientras caminaba de prisa por el pasillo, «y tratarán de atraparte en todas las formas que puedan».

—¡Teniente Thompson! —gritó Gerard entrando a grandes trancos en su oficina y hacia su escritorio—. Tengo una tarea para usted. —⁠Se sentó rápidamente y empezó a desordenar papeles mirando todo el tiempo con atención a la mesada de su escritorio sin levantar la vista en ningún momento —. Vaya a ver al capitán, teniente. Dígale que yo lo mando para ayudarlo a que se deshaga de esa muchacha coreana que le está ocasionando tan mal rato.

—¿El capitán? —dijo Thompson perplejo⁠—. ¿Qué muchacha?

—Si tiene preguntas hágaselas al capitán —⁠dijo Gerard aún mirando a sus papeles.

—No se acerque demasiado a él, teniente —⁠sugirió el sargento Willard—. En caso de que no lo conozca, el capitán preboste es del tipo que da una palmada en su espalda y le rompe la caja toráxica. Jugó fútbol americano en el colegio superior y nunca se recuperó.

—Cállese, sargento —interrumpió Gerard ⁠—, tengo trabajo que hacer acá.

 

El capitán preboste era un gigante con cuello grueso, bíceps prominentes y una de esas barrigas de cerveza recién adquirida y que aún no se había desparramado hacia los costados. Su nombre era Reeves, capitán Reeves creía en la persuasión y en la eficacia de la psicología. Por lo general su método daba resultado, pero con toda honestidad esto se debía menos a su conocimiento de psicología que a la amenaza implícita de una palmadita amistosa en la espalda con una de esas manos enormes, en el caso de que alguien necesitase coerción. Desde su primer apretón de manos, que nunca fallaba en producir un respingo impensado por parte del otro, la amenaza era muy real.

—¿Dónde está el teniente Gerard? — ⁠preguntó el capitán Reeves haciendo señas para que Thompson omitiera su intento de cuadrarse—. Olvídese de ese asunto del saludo, teniente. Los dos estamos a solas en la habitación. ¿Dónde está Gerard?

Thompson se encogió de hombros y sonrió cautelosamente.

—Tiene mayor antigüedad, así que decidió que esto estaba más en mi línea de acción —⁠pasó la mano a lo largo del borde de un armario—. Sin embargo, este debe ser un trabajo despreciable; por lo general no pierde oportunidad de salir de la oficina.

—Oh, no es tan malo —dijo el capitán Reeves dando la vuelta al escritorio. Thompson recordó el consejo de su sargento y comenzó a retroceder hacia la pared. Sería mejor recibirlo en el hombro—. De hecho —⁠continuó el capitán Reeves avanzando—, es una gran oportunidad para usted salir a descubrir algo acerca de los coreanos, teniente.

—Suena como un desafío excitante, señor — ⁠dijo Thompson rápidamente.

El capitán Reeves retrocedió un poco.

—Básicamente —dijo—, no es nada más que un simple caso de colaboración con las autoridades coreanas.

—¿Algo acerca de una chica? El teniente Gerard dijo algo sobre una chica.

—Es verdad. Anoche apareció en los bajíos del extremo Este de nuestra encantadora islita el cadáver de una joven.

—¿Cree que lo hizo Gerard?

—No, no. Nada de eso. No estamos tan interesados en quién lo hizo sino en qué hacer con el cadáver. Se trata del simple asunto de hablar con las autoridades apropiadas en el sector coreano y entregarles el cuerpo.

—¿Dónde está el cadáver ahora?

—En el bajío.

—¿Simplemente está allí? ¿Yace allí, o como se diga?

—Lo acabamos de descubrir. No se tocó nada.

—¿Qué le sucedió?

—No lo sé. Probablemente se ahogó. Saque un par de fotos instantáneas, vea si tiene alguna identificación y luego entregue los restos a las autoridades de la aldea. No le llevará más de medio día.

—¿Si no le importa lo que sucedió, por qué simplemente no la patea de vuelta a la corriente? —dijo Thompson. El capitán Reeves frunció el ceño—. Solo estaba bromeando —⁠agregó Thompson rápidamente—. ¿Me darán un intérprete?

—Le prestaré a Kim.

—Gracias, señor. —En la puerta, a salvo y fuera de alcance, Thompson se dio vuelta y agregó⁠—: Creo que lo hizo Gerard.

Thompson fue a Pertrechos y solicitó una cámara de fotos Polaroid.

—Quizá después necesite un lienzo impermeable para el cadáver —⁠agregó.

—¿Lo engancharon con ese cadáver que trajo la marea? — ⁠preguntó el hombre de Pertrechos arrugando la nariz.

—Sí.

—¿Quiere solicitar tapones para la nariz?

—¿Tiene?

—No.

—Se hace el gracioso. Creo que solo marcaré con membrete el excedente del cadáver y se lo enviaré a ustedes. ¿Qué le parece?

—Schwatz, el del turno de la noche, lo usará si el cuerpo aún está caliente —⁠el hombre atrás del mostrador hizo otra morisqueta y agarró los formularios que Thompson acababa de firmar—. Al viejo Schwatz no le importará. Antes estaba en la Marina, ¿sabe? Acepta cualquier cosa. Cabras, vacas, cerdos, pollos… cualquier cosa.

—No quiero que me cuente.

—Sé cómo se siente, teniente. ¡Pollos! Es asqueroso.

 

Era más o menos la una cuando Thompson y su intérprete prestado llegaron a los bajíos. Un aroma fuerte de los campos de tierra firme llegaba desde el río. La producción de fertilizantes, al menos en esta parte de Corea, aún depende mucho de los recursos humanos. Todos cumplen su parte.

Kim, el intérprete, era un hombrecillo flaco pero fuerte y nervioso que aprendió inglés al tratar de sobrevivir durante lo que ahora se llama eufemísticamente el Conflicto Coreano. Fue el primero en ver el cadáver. Lo señaló con un brazo firme.

Se acercaron a ella lentamente, caminando con cuidado por la espesa alfombra de barro resbaladizo. El fango tiraba y chupaba en sus pies como para recomendar al norteamericano y a este coreano que trabajaba para los norteamericanos que la dejasen en tierra coreana. Una delicada capa de cieno, ahora seco en un polvo ligero y fino, la cubría. Estaba vestida con el tradicional traje coreano que el agua había moldeado en las curvas de su cuerpo. El pelo largo ocultaba mitad de su cara y se envolvía alrededor de sus hombros. Todo en gris, una escultura medio enterrada.

Thompson no quería tocarla. Daba vueltas, tomó algunas fotos y luego solo retrocedió y la miró. Era joven, de unos veinte años, probablemente atractiva en vida, debió ser muy parecida a su apariencia actual. No había signos de violencia, ninguna herida visible. «Nancy tiene más o menos la misma edad, —⁠pensó Thompson— y dormida es hermosa».

Nancy era el punto decisivo en la corta vida de Thompson; el punto que hacía que dejar Idaho valiese la pena. Ella correspondía completamente a su amor. Sabía esto tanto como sabía que el sol salía todas las mañanas. Lo amaba. No había habido otros desde esa primera semana. Estaba sentada sola en el Playboy Club y parecía tan desorientada como él.

Era su primera semana en Corea. El inglés de ella era muy básico; hizo señas por un trago solo después que él lo pidió, tomó un sorbo y dejó el vaso. Parecía estar tan triste que él sintió que debía entenderla, en vez de ser al revés.

—¿Cómo te llamas?, —había preguntado.

—Nancy, —contestó.

—¿Cuál es tu nombre coreano?

—Nancy —repitió con firmeza, con el esbozo de una sonrisa como para indicarle que no se ofendiera.

—¿Tienes otro nombre?

—No.

Al lado de él, Harris preguntaba:

—¿Cómo te llamas? Y otra chica contestaba:

—Dolly.

—Tienes un buen par de puños, Dolly, —⁠dijo Harris como cumplido.

—¿Le gusta este lugar?, —preguntó Thompson a Nancy. Por la mirada que recibió en respuesta deseó haberse mordido la lengua; ella se encogió de hombros.

Nancy eligió sus palabras cuidadosamente mientras la conversación proseguía con dificultad, traduciendo todo y probándolo en su cabeza antes de contestar hasta que él llegó a la pregunta de:

—¿Cuánto tiempo hace que estás aquí?

—Veintiocho días, —dijo ella y respondió rápidamente como si lo hubiese estado pensando toda la noche.

—Me incitas, nene, —dijo Dolly.

—¿Qué hay sobre mi amigo?, —⁠preguntó Harris e hizo una seña hacia Thompson—. Acaba de llegar. ¿Él también te incita?

—¿Quieres decir los dos?, —⁠preguntó ella y la expresión de su cara indicó que si lo querían de esa forma les costaría más.

—No, solo te estoy preguntando, —⁠dijo Harris—, ¿te incita? Acaba de llegar; alguien debe mostrarle el camino. Dolly respondió a la indirecta. Giró hacia Thompson y colocó una mano en el interior de su muslo.

—¿Cómo te llamas, nene? —susurró en su oído.

—Disculpe, —dijo Thompson, su atención se desvió momentáneamente, su pierna rígida.

—Me incitas, nene, —murmuró Dolly.

—¿Quieres bailar? El rubio llamado Simpson que había ido con el grupo, se inclinó y agarró la mano a Nancy.

—¿Cuánto por un rato corto?, — ⁠preguntó.

Thompson giró y dijo: —vete.

—Solo le pregunté cuánto, — ⁠dijo Simpson.

—Está conmigo, —respondió Thompson.

—Lo siento, —dijo Simpson—, te vi hablando con la otra muchacha. Lo lamento.

—Aquí se va a medias, viejo amigo, —⁠dijo Harris inclinándose y golpeando a Thompson en la rodilla. Las cosas se volvieron a calmar, pero Simpson miraba continuamente, de modo que después de un rato Thompson le dijo a ella que buscara su saco y fueron a su casa. Desde entonces habían estado juntos. Seis meses…

Kim dio vueltas alrededor del cadáver cuidadosamente, inclinando la cabeza hacia uno y otro lado. Por último se agachó y, con gran práctica raspó el fango de la esfera del reloj pulsera de la chica. Frunció los labios con aprobación crítica, sacó el reloj y se lo metió en el bolsillo.

—¿Waterproof? —preguntó Thompson mientras andaban pesadamente al volver al jeep.

—Sí —respondió Kim.

Era inútil reprender a Kim. Si él no lo sacaba, algún otro lo haría.

La aldea era un mercado para todos los granjeros de la zona. Además, los sastres ordinarios, las lavanderías y los cabaret satisfacían muchas de las necesidades de los norteamericanos de la isla.

La policía local escuchó con atención, examinó las fotos y tomó nota. ¿Algún objeto de valor? ¿Dinero? Tampoco ninguna identificación. Nadie parecía estar muy interesado. Por último, le dijeron a Thompson que la isla era propiedad de los Estados Unidos, no estaba bajo la jurisdicción de ellos.

—¡Es un cadáver coreano! —protestó Thompson.

—No existe ninguna prueba de que la chica fuese de nuestra aldea —⁠dijeron por intermedio de Kim.

—¿No les importa?

—Nadie denunció que faltase una persona. Y la chica pudo venir de las aldeas río arriba. Quizá debería averiguarlo allí. Si no, sin duda las autoridades de Seúl…

—¿Qué pasará con el cadáver?

—El cadáver es responsabilidad de sus autoridades, teniente.

—Nuestras autoridades dicen que se debe entregar el cuerpo a las correspondientes autoridades coreanas. ¡Yo estoy en el medio y allá en esos bajíos hace calor!

—Asentaremos un informe, teniente, si así lo desea, pero no aceptaremos el cadáver. Quizá lo más fácil sea empujar el cuerpo de nuevo al río.

 

—¿Ahora adónde vamos, teniente? —⁠preguntó Kim afuera. Se paró al lado del jeep y simuló revisar un neumático.

—Supongo que a la próxima aldea río arriba — ⁠dijo Thompson y trepó al jeep.

—Tampoco lo ayudarán —dijo Kim con tristeza.

—¿Qué le parece el Departamento de Caza y Pesca, entonces? Sin duda alguien tiene jurisdicción. Alguien debe estar interesado.

—Solo sus padres, quizá, y no denunciarán su desaparición a la policía. Nadie quiere mezclarse con las autoridades… ni siquiera las autoridades.

—Sé cómo se sienten.

—Creo que quizá debería empujarla de nuevo al agua como ellos dijeron.

—No.

—Yo lo haré por usted.

—No. Quiero hacer las cosas bien.

—Al capitán preboste no le importará.

—A mí sí.

—¿Por qué?

—Bueno, si estuviese muerto, creo que desearía que alguien se interesase por mí. No sé —⁠Thompson parecía incómodo. No sabía si Kim lo entendía—. ¿Qué hay sobre usted? ¿A usted no le importaría?

Kim metió las manos en los bolsillos y restregó la punta del pie de la bota para sacar la suciedad.

—Está bien —dijo por último y saltó al asiento del acompañante ⁠—, pero no más autoridades. Iremos a ver al patriarca de la aldea.

—Bueno —dijo Thompson y puso en marcha el motor.

—Si dice que la vuelva a empujar al agua, lo hará. ¿Sí?

 

El viejo estaba en sus campos a quince minutos de la aldea. Thompson se quedó en el jeep mientras Kim iba a hablar a solas con él. Los dos coreanos se sentaron en cuclillas, las ancas apoyadas en los talones. Antes de ir al asunto, Kim ofreció al anciano un cigarrillo del paquete de Thompson y luego sacó uno para él. Cuando se levantó para irse, le entregó al viejo el resto del paquete.

—¿Qué dijo? —preguntó Thompson cuando Kim se acomodó en el jeep.

—Vuelva mañana a la mañana.

—¿Con más cigarrillos?

—No necesariamente.

El sargento Willard ya había cerrado la oficina cuando Thompson volvió. El teniente Gerard estaba emborrachándose en el bar del Casino de Oficiales. Thompson consiguió un refrigerio para comer, se cambió el uniforme y volvió a la aldea. Quería encontrarse con Nancy antes de que esta fuese a trabajar. Ya se había ido, de modo que se tuvo que contentar con dejarle una nota: «Tengo mucho que hacer en la base, —⁠escribió—, de modo que quizá no vuelva antes del toque de queda. Estoy preparando los papeles para que nos podamos casar. Te llevaré conmigo cuando regrese». Reflexionó si debía agregar «Amor», luego decidió que no era necesario. Ella lo sabía.

De vuelta en el cuartel estudió los papeles que tenía desde hacía dos semanas y se puso a trabajar. Terminó a las once. Luego vino la parte difícil, la carta a sus padres. Cómo hacerles entender que amaba a esta chica coreana demasiado para dejarla y (más aún) cómo hacerles comprender que la amaba demasiado para dejarla allí. Soñó por un rato cómo los muchachos lo envidiarían y cómo las chicas estarían celosas. Quizás al principio sería así, pero pronto la aceptarían. Ella se adaptaría enseguida y muy pronto la querrían llevar con ellos a todas partes. Sería una sacudida para sus padres, lo sabía. Durante las dos últimas semanas antes de partir, su madre habló todo el tiempo, recordaba, acerca de la forma en que Ernie Shanks había traído de Alemania a esa chica y sin duda eso era una tragedia.

«Queridos mamá y papá, —comenzó—. Aquí conocí a una chica, una chica maravillosa. Trabaja de secretaria en la base…».

A la mañana siguiente, temprano, Kim y el teniente Thompson volvieron a lo del anciano. La interrupción fue bienvenida; había trabajado duro desde el alba. Otra vez Thompson se quedó en el jeep Kim volvió enseguida.

—Me dijo que hay una pequeña aldea. Quizá la chica es de la familia Cho.

—¿Sabe cómo llegar allí?

—Sí.

—Vamos.

Era una aldea muy pequeña, no muy lejos pero de difícil acceso, incluso con jeep. La casa Cho quedaba a ochocientos metros de la aldea principal compartiendo con varias viviendas una colina que se había elegido no por la vista sino porque era demasiado empinada para cultivarla. Una vista no tiene ningún valor para un pueblo que no se puede dar el lujo del ocio.

Las paredes eran de adobe y el techo de paja. El olor rancio del kimchee, guiso de verduras con picante, salía por la puerta abierta. Thompson apagó el motor y le dio a Kim las fotografías.

Kim entró. Thompson se quedó donde estaba, manoseando nerviosamente el volante y esperó. No pasó mucho tiempo antes de que un agudo lamento desconsolado cortara el aire. Thompson asió el volante un poco más fuerte. Unos pocos minutos después Kim salió.

—El padre quiere verlo —dijo, con su cara inexpresiva.

Thompson entró de mala gana al interior de la casa húmeda y oscura mirando de soslayo mientras sus ojos se adaptaban a la falta de luz. El olor a kimchee se mezclaba con el del combustible que usaban para el fuego, estiércol seco de buey. Hacia el fondo de la habitación, una anciana agachada, con la cara contra la pared, lloraba. Dos jovencitos se reclinaban contra ella y daban palmaditas en su costado. Al ver a Thompson abrieron grandes los ojos. Comprendían la situación en relación con su hermana. La muerte no era extraña para ellos, pero un norteamericano sí.

El padre salió de las sombras tras la puerta de entrada y miró a Thompson durante un buen rato. Por fin habló y Kim tradujo. Tuvo dificultad en hacerse oír sobre los lamentos de la madre.

—Dice que le da la bienvenida a su casa.

Thompson asintió con la cabeza y extendió las manos sin saber qué decir. Quería disculparse por algo, pero no sabía de qué. Por la pérdida de la hija, por su entremetimiento en un pesar privado, por no haber vivido nunca sobre un piso de tierra.

Kim y el padre hablaron durante varios minutos. La voz del padre era de una monotonía insulsa, inanimada. No miraba a Kim; no miraba a Thompson, sino que tenía la vista fija en el frente. Thompson se preguntaba si sentiría pena por la muerte de su hija o alivio ante lo que ella no tendría que pasar. Deseó estar de vuelta en Idaho.

—Señor —dijo Kim—, el padre desea saber qué puede hacer para ayudarlo.

Thompson aclaró su garganta.

—Pregúntele —dijo por fin— si tiene alguna idea de lo que le pasó a la chica.

—Ya me lo dijo. Trabajaba en nuestra aldea. Una chica de «negocios». Se supone que la chica se iba a casar con un GI. El recluta volvió a los Estados Unidos sin ella. Quizás cambió de idea. Dice que la chica volvió y se despidió de ellos.

—¿Se ahogó?

Kim asintió con la cabeza.

—¿Qué debo decirle? —preguntó.

A Thompson le resultaba difícil mantener la compostura.

—Dígale que este es un mundo de mierda —dijo parpadeando—, pero que nosotros no lo hicimos de esa forma. Si yo fuera él, ahora mismo odiaría a todos los norteamericanos que viese, pero por favor pídale que no lo haga. Dígale que lamentamos lo que pasó, que desearíamos poder devolverle la vida, pero no podemos. Ni siquiera los norteamericanos podemos hacer eso —⁠Thompson se dio cuenta de que estaba divagando pero no sabía cómo detenerse—. Ese GI, quienquiera que fuese, no tenía ninguna razón para lastimar a esta gente. Ninguno de nosotros la tiene. Nos mandan aquí, vivimos y luego partimos. Se supone que estamos defendiendo hogares como este, pero la mitad del tiempo actuamos como si fuésemos el enemigo. Dígale que lo lamentamos, ¡maldito sea!

—¿Quiere que le diga todo eso?

—Dígale que lo lamentamos.

—Observe su cara. Creo que él ya lo sabe.

El padre volvió a hablar. Esta vez miró a la cara a Thompson.

—Quiere saber si puede ir a recoger a su hija —⁠dijo Kim—. Quiere traerla aquí para el entierro.

—No —dijo Thompson—, dígale que el ejército de los Estados Unidos traerá a su hija aquí esta tarde, si nos permite el honor.

El padre los siguió tieso hasta la puerta mientras su mujer irrumpía en un nuevo espasmo de pesar.

—El padre está muy triste — ⁠dijo Kim en el camino de regreso.

—Apostaría que sí.

—La chica enviaba mucho dinero. Ahora ya no lo habrá.

Thompson suspiró.

 

A mediodía Thompson reunió un ataúd armado apresuradamente, un lienzo impermeable para el cadáver, un pequeño camión del ejército y dos asistentes decididamente apáticos, los soldados Curtis y Dahl.

Con Kim aún pisándole los talones, condujeron el camión, con el ataúd en la parte posterior, a los bajíos.

Thompson ordenó a los dos hombres que bajaran del camión. Pisaron cautelosamente el fango, luego clavaron la vista en el cuerpo cubierto de barro a unos pocos metros de distancia.

—Pónganla en el lienzo impermeable, luego colóquenla en el ataúd —⁠dijo Thompson tratando de parecer indiferente, como si estuviese dando una orden de rutina. Los dos soldados presintieron su malestar. Hicieron su trabajo sin disimular su fastidio.

Mientras estaban colocando la carga difícil de manejar en el camión, Curtis dijo entre dientes:

—Hombre, es pesada. Debimos esperar a que se secara.

—Basta, Curtis —dijo Thompson.

Llegaron a la casa Cho y pararon el camión en medio de un gentío de labriegos que esperaban en silencio. Mientras Curtis y Dahl bajaban el ataúd del camión, un campesino trepó al techo de la choza. Comenzó a hacer ondear su saco ida y vuelta, una y otra vez.

—In-sook del clan Cho está muerta — ⁠gritó con cadencia uniforme una, dos, tres veces para que todos se enteraran.

Las mujeres indicaron con señas que el ataúd debía ser alejado del camión. Los soldados lo dejaron donde se lo indicaron y las mujeres los apartaron con las manos. Entonces, todos se reunieron alrededor del ataúd y comenzaron a romper huevos de gallina sobre la tapa, untando el huevo crudo en la madera áspera, laqueando el ataúd en un ritual milenario de esa región.

Dahl miró a Curtis y murmuró:

—¿Qué diablos están haciendo?

—Ese es un omelette coreano —⁠contestó Curtis—. Estos coreanos no desperdician nada.

—¡Basta, Curtis! —seseó Thompson.

Cuando terminaron de barnizarlo, el padre y varios hombres retiraron la tapa del ataúd. El lienzo impermeable que envolvía el cadáver estaba abierto. Las rodillas del padre se doblaron ante la vista de la cara cubierta de barro de su hija. Todos los demás desviaron la mirada mientras la cabeza de la familia Cho se serenaba. Estiró la mano y le cerró los ojos. Muy dulcemente luego, como para no magullarla, los otros hombres la sacaron del ataúd. La llevaron adentro de la casa donde las mujeres le sacaron sus ropas, limpiaron el barro y la volvieron a vestir con atuendos de funeral. Luego los hombres regresaron, la envolvieron con una mortaja de paja de arroz y la volvieron a colocar en el ataúd.

Una anciana se acercó a Thompson y le devolvió el lienzo impermeable prolijamente doblado.

Kim se acercó al lado del teniente y dijo:

—Nos invitaron a asistir al funeral.

—No creo que nos quieran aquí — ⁠dijo Thompson calladamente.

—Necesitan el camión.

Volvieron a subir el ataúd al camión. Llegó un sacerdote y el cortejo fúnebre se puso en marcha. Nubes tempestuosas amenazaban con lluvia y el aire estaba húmedo y pesado.

En el cementerio los hombres coreanos bajaron el ataúd del camión al piso. Lo llevaron lentamente, con esa dignidad devastadora que solo los campesinos poseen, hasta donde se había preparado un foso circular. Todos los lamentos cesaron cuando el sacerdote avanzó. Al terminar de hablar, el silencio subsistió un momento más antes que un lamento de la madre cortara el aire; como si fuese una señal inmediatamente las otras mujeres se unieron en sus lamentos.

Los hombres ubicaron el ataúd en forma horizontal, de modo que los pies de la chica apuntaran hacia la casa, luego lo bajaron al hoyo, en un ángulo inclinado con la cabeza levantada de modo que para siempre pudiese ver los campos de su familia. Todos ayudaron a rellenar la fosa. Cavaron una zanja circular poco profunda alrededor, luego amontonaron el barro en una loma en forma de cúpula sobre la tumba.

Ahora todo había terminado. Los deudos comenzaron a descender en fila la colina y la familia después de un rato permitió que los llevaran en el camión hasta la casa.

Ya era tarde cuando Thompson volvió al cuartel. No se molestó en cambiarse. Siempre tenía un uniforme de recambio en el hooch. Solo se detuvo para recoger los papeles que Nancy debía firmar y se dirigió a la aldea. Después que ella firmara y celebrasen, quería acordarse de pedirle que le explicara la ceremonia del funeral. ¡Dios, cómo deseaba sacarla de allí!

 

Le encantaba la forma en que ella explicaba las costumbres coreanas. Nuevamente en su hogar él tendría que esclarecer muchos de los extraños hábitos norteamericanos. Espera a que ella vea por primera vez un rodeo, por ejemplo. Quizás él incluso participara si ella se lo pedía. Probablemente también se escaldaría el traste.

Se lamentó de no haber tenido tiempo para comer antes; sabía que tomarían algunos tragos para celebrar. Quizás incluso podrían conseguir un poco de ese vino coreano de raíces de ginseng. No es que lo necesitaran, pero sería un lindo detalle que primero brindasen con su bourbon y luego con el vino coreano. Probablemente sentirían un terrible malestar al día siguiente por haber bebido en exceso, pero qué diablos importaba.

 

Nancy no estaba en el Playboy. Thompson miró la hora. Las ocho. Si a las siete y media no estaba trabajando seguramente no iría. Eso significaba que lo estaba esperando en el hooch. Nancy siempre sabía qué hacer. Thompson corrió todo el trayecto hasta su hogar, saltando zanjas, golpeando paredes y silbando todo el camino.

La puerta no estaba cerrada con llave. Entró gritando:

—¡Oye, Nancy! Deberías haber visto cómo vine. ¡Hubieses pensado que me rompí una pierna al resbalar en el barro! ¡No me importó! Yo… —⁠Se detuvo. Nancy salió de la otra habitación abotonándose lentamente el frente del vestido, una mirada abstraída en sus ojos Había una camisa doblada sobre la silla. La camisa de un soldado. Fue hasta la cocina como si estuviese en trance.

Thompson llegó a la entrada del dormitorio. Su mano tanteó dubitativamente el marco como si pudiese echarse atrás. Un hombre joven, de pelo rubio aún despeinado, sentado en el borde de la cama trataba torpemente de meter sus pies en un par de zapatos bastos. Al advertir los galones del teniente se puso de pie de un salto. Thompson conocía su cara; uno de la nueva cuadrilla de Personal.

—Buenas noches, señor —dijo vacilante el joven soldado. No estaba seguro, pero pensaba que se encontraba en dificultades. Los nudillos de Thompson se pusieron blancos contra el marco. No dijo nada.

—Yo, eh, no sabía que era su yobo, señor —⁠dijo el joven mientras se abrochaba el cinturón y miraba alrededor de sí desesperadamente buscando su camisa. Tenía dificultades con el cinturón porque en su nerviosismo aún sostenía el zapato izquierdo en la mano. Pensó que era mejor seguir hablando.

—De cualquier forma solo vine por un ratito, señor… Me iré ahora mismo.

—Está bien, soldado —dijo Thompson muy lentamente⁠—. Solo vine a buscar algo. Adelante, póngase los zapatos. Giró hacia la cocina. Nancy estaba en un extremo mirando la pared. Una cucaracha caminaba sin rumbo, despacio, alrededor de su mano extendida. Thompson fue hasta el aparador inferior donde ella guardaba su uniforme de repuesto. Revolvió en el equipo de prisa, luego se acercó al armario donde ella tenía sus utensilios. Tomó una tarjeta y la guardó en su bolsillo. Nancy se volvió hacia él. Él cerró con fuerza el armario y la miró.

—Tienes que comprender —dijo ella con voz forzada⁠—, soy una chica ocupada.

Él recogió su equipo con los ojos húmedos y salió.