La estrangulación

Gregory C. Knapp · Capítulo 9 de 15

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La estrangulación

Capítulo 9

 

 

Otro cuarto para Thompson, muy similar a los anteriores. Sabía (quizás alguien se lo había dicho) que estaba de nuevo en Tokio. Tokio era más templado que los lugares anteriores. Antes del último escondite, todo estaba oscuro en su mente. Frío, todos los lugares eran fríos, eso era lo que recordaba. La más fría de todas fue la noche en Inchon donde lo habían conducido a remo hasta un barco. Nunca más quería volver a pasar esa clase de frío. En Suecia podría hacer frío, pero no sería esa clase de frío.

Por el momento Thompson estaba solo. Extendió sus piernas frente a sí y sacudió los pies. De inmediato, un movimiento en la puerta llamó la atención de Thompson. Una gatita asomaba la cabeza desde el rincón y miraba hipnotizada sus fascinantes pies sacudiéndose. La bolita de pelusa miró de refilón hacia el otro extremo de Thompson y sus miradas se encontraron.

—¿De dónde vienes? —preguntó Thompson.

Por instinto la gatita retrocedió, por miedo a que arrojasen algo contra ella.

—No te voy a hacer daño —dijo Thompson inclinándose hacia adelante. La gatita se lanzó hacia atrás de la puerta, pero no por mucho tiempo ya que intuía, solo como el inocente intuye, que no existía ningún peligro.

Cuando Haruo, el hijo del guardián del zoológico, entró en la habitación la gatita estaba medio dormida en la falda de Thompson. El norteamericano ostentaba un levísimo esbozo de sonrisa en sus labios.

—Pronto estará lista la cena —⁠dijo Haruo suavemente. Thompson saltó y la gatita voló por los aires. Cayó en sus cuatro patas. Thompson agarró la gatita por el pescuezo y la acercó forcejeando hacia su pecho; acarició su pelambre con dulzura, calmándola.

—Debería sentir cómo late su corazón con violencia — ⁠dijo a Haruo.

—¿Le gustan los animales? —⁠preguntó Haruo levantando un almohadón.

—Claro. A todo el mundo le gustan los animales. En casa siempre tenía un animalito en alguna parte Por supuesto, en Corea no. Allá nadie tiene animalitos excepto… —⁠Su voz se apagó.

Haruo se inclinó hacia adelante y, con vacilación, tocó el costado de la gatita y frotó un dedo contra la flor de su pelaje.

—Es suave al tacto —dijo Haruo.

—Bueno, es una gatita —contestó Thompson con impaciencia ⁠—. ¿Cómo creía que era al tacto? ¿Alguna vez acarició un gatito antes?

—No —contestó Haruo.

—¿No le gustan los gatos?

—Mi padre nunca me dejó tener animales. Decía que no era bueno encariñarse con un animal.

—Mire —dijo Thompson levantando la gata por el pescuezo ⁠—. Esta no tiene cola.

—Ningún gato japonés tiene cola.

—¿Quiere decir que nacen sin cola?

—Les cortan la cola.

—¿Por qué?

—Siempre lo hemos hecho.

—¿Pero por qué? —volvió a preguntar Thompson.

Haruo se quedó perplejo ante la pregunta.

—No lo sé —dijo—. Siempre les hemos cortado la cola; eso es todo.

Por primera vez Thompson se topaba contra ese muro de resignación impenetrable. Ninguna lógica mellaría ese muro. Sintió esto más intuitiva que intelectualmente y otra vez se vio abrumado por una sensación de soledad.

La puerta de entrada se abrió gradualmente y unos pocos segundos después el conductor del camión que los había transportado desde la granja reapareció. Inclinó la cabeza tímidamente ante Thompson, se envolvió en un grueso cobertor y se acurrucó contra la pared opuesta.

—Está muy cansado —explicó Haruo.

Thompson no dijo nada. Se sentía culpable por toda la gente que había comprometido en esto. «No tenías derecho a mezclar a nadie más en tus problemas, —le dijo una voz interior—. Debiste pensar en eso varios días atrás», contestó otra voz. «Ahora ya es demasiado tarde para pensar. Simplemente acepta las cosas como se presenten». «Ya he aceptado demasiadas cosas», dijo la primera voz. La segunda se calló.

La puerta de entrada se volvió a abrir. Haruo giró rápidamente. No se esperaba a nadie más y la mucama se anunciaría antes de entrar. Estaba a medio pararse cuando reconoció la figura fornida del hombrecillo parado en la entrada.

Kenjiro, el hijo mayor del profesor Doi, miró cuidadosamente alrededor de sí antes de entrar. Esto era característico. Kenjiro, con su mentalidad de tenedor de libros, siempre era metódico, siempre concienzudo en todo lo que hacía. Nunca era espontáneo. Por esta razón no existía verdadera unión entre Kenjiro y su padre, aunque los dos simulaban lo contrario. Por otra parte, existía un íntimo cariño entre el padre y su hija Mariko. En este caso también el padre simulaba lo contrario. Muy en su interior, Kenjiro deseaba que fuese al revés y Mariko (siendo como era) deseaba lo mismo para su hermano. Lo cual era la razón de que no pudiese ser así.

—No lo esperaba —dijo Haruo, mientras Kenjiro se sacaba el abrigo⁠—. ¿Algo salió mal?

—Aparentemente sí —dijo en voz baja Kenjiro, mientras doblaba meticulosamente su abrigo y lo colocaba al lado de la puerta.

—Despertaré al conductor —dijo Haruo.

—No —contestó Kenjiro con enfado—. Déjelo dormir —⁠había sido un viaje cansador desde Kioto. Se dio vuelta hacia Thompson quien absorto aún sostenía la gata en sus manos y escuchaba sin entender. Kenjiro habló al norteamericano en inglés, un inglés muy preciso con un claro acento.

—¿Está lo bastante cómodo aquí?

Thompson se sentía bastante incómodo.

—Estoy bien —contestó inciertamente⁠—. Todo está bien.

—Me temo que hay algunas complicaciones.

—¿Qué tipo de complicaciones?

Thompson miró atentamente los ojos de Kenjiro para cerciorarse de que el japonés no estuviera bromeando.

—¿Es una sorpresa? —preguntó.

—Por supuesto —dijo Kenjiro con un poco de impaciencia—, sabíamos que lo buscarían, pero pensamos que buscarían en Corea. No obstante, saben que está en Japón y saben que está con nosotros —⁠hizo una pausa para lograr un efecto dramático.

Thompson suspiró y miró a su gatita dormida.

—Bueno, quizá sea para bien —⁠murmuró.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Haruo.

—Me entregaré. —Inclinó la cabeza a un lado y agregó casi para sí—: Supongo que tendrán que levantarse bastante temprano para devolver a alguien al ejército de los Estados Unidos —⁠sintió un perverso sentido de orgullo por el hecho de que hubiesen podido localizar tan rápido su rastro.

—Se pusieron en contacto con nosotros y pidieron que le transmitiéramos un mensaje. Quieren que se entregue.

—Apuesto que sí —rio Thompson curiosamente aliviado de que todo hubiese terminado.

—Le aseguran que el castigo será leve. Dicen que quizá se salve del castigo —⁠la cara de Kenjiro reflejaba desinterés—. Hemos aceptado transmitirle este mensaje y lo hemos hecho.

—¡No puede regresar ahora! — ⁠gritó Haruo apasionadamente—. Debe ir a Suecia en nombre de la paz.

—También puedo entregarme y quizá sea lo mejor para todos los involucrados —⁠dijo Thompson sin alharaca—. Ahora que saben dónde estoy alguien puede salir dañado. No quiero que eso suceda.

—¡Lucharemos por usted! —insistió Haruo.

—No, nada de luchar.

—El punto en cuestión es si quiere entregarse o no —⁠interrumpió Kenjiro —. Nada más. Las autoridades norteamericanas prometieron indulgencia. Debo señalar, por experiencias anteriores, que no siempre cumplen su palabra. Sin embargo, han dado su palabra. Si lo desea, lo entregaremos a ellos. Por lo demás, si desea ir a Suecia, si quiere hacer su parte para la paz del mundo rehusando someterse a las autoridades militares, haremos lo que sea posible. No se preocupe por ser atrapado o por que alguien salga dañado. No pasará ninguna de las dos cosas, se lo aseguro.

—Debo ser sincero con ustedes. No hago esto como un gesto grandioso por la paz. Es mejor que lo sepan.

Kenjiro asintió comprensivamente con la cabeza.

—Sí, por supuesto, tiene sus propias razones. Mucha de la gente que ayudamos tiene sus propios motivos. Pero el gesto existe, entiende, no importa cuál sea su intención. Cada persona que desafíe al ejército lo debilita. Su éxito será nuestro éxito No nos interesan cuáles sean sus motivos personales —⁠Haruo levantó la vista severamente. Kenjiro lo ignoró.

—No sé —dijo Thompson—. No sé. Déjeme pensarlo.

—Por supuesto. Tómese su tiempo.

 

Smith detuvo el auto en una pequeña calle oscura atrás del Templo de Sensoji. El otro lado del enorme edificio, bien iluminado y pintoresco, estaba atestado de devotos y turistas que murmuraban, pero aquí, al amparo de todas las luces y festividades, los sonidos eran apagados y el ambiente siniestro.

Sacó un trozo de papel del bolsillo de su abrigo y lo levantó acercándolo a la luz interior del auto.

—Hemos llegado —dijo a Wilde, golpeando ligeramente el mapa arrugado con un dedo índice grueso y romo⁠—, y la posada donde lo ocultan está aquí, a dos calles de esta zona, Namakise.

Wilde sacó el mapa de las manos de Smith y lo estudió cuidadosamente.

—Espero que tu amigo Jimmy no haya omitido una o dos calles —⁠dijo en voz baja.

—Si te pierdes —contestó Smith solícitamente ⁠—, hay un recinto de la policía al final de esta calle, puedes preguntar allí.

—Gracioso —contestó Wilde—. Muy gracioso —dobló el mapa y se lo metió en el bolsillo—. Gracias por todo —⁠dijo y abrió la puerta del auto.

—Espera un minuto —dijo Smith estirándose y agarrando el brazo de Wilde. Su voz adquirió un nuevo tono⁠—. ¿Qué vas a hacer después que saques a ese tipo de allí?

—Antes de preocuparme por eso, primero tengo que sacarlo.

—¿No me vas a pedir que espere?

Wilde rio ante el repentino cambio de modalidad de Smith.

—Escucha, amigo —dijo—, lo que voy a hacer ahora es completamente ilegal en este país. No tengo ninguna autoridad para arrestarlo. La gente que la tiene lo arruinaría todo. De modo que voy a simular que tingo la autoridad y veré si puedo reducir al mínimo el papeleo. Si me atrapan se armará un gran alboroto. Si te atrapan a ti, cuando menos te deportarán.

—Esa es la cosa más disparatada que jamás he oído —⁠dijo Smith descartando toda la argumentación de Wilde—. Iré contigo.

—¿Para qué quieres arriesgar tu cuello?

—Yo también simularé que tengo la autoridad —la burla de Smith era alegre, pero Wilde sabía que este hablaba en serio—. Nunca nadie se enterará de que no lo hiciste solo —⁠continuó Smith—. No se lo diré a nadie. Vamos, déjame ir contigo. Esta noche no tengo otra cosa que hacer y tú necesitas mi auto.

Wilde miró a su amigo cuidadosamente. Sería más fácil si eran dos.

—Te vas a meter en flor de lío si nos atrapan — ⁠dijo.

—¿A quién van a atrapar? Vamos, estamos perdiendo tiempo —⁠Smith salió del auto antes de que Wilde pudiese responder. Estaba dispuesto.

—¿Por qué estás tan empeñado en ayudarme? —⁠preguntó Wilde tan pronto como alcanzó a Smith—. Casi tengo que romperte un brazo para conseguir tu simple cooperación. Ahora de pronto quieres encabezar la marcha. ¿Por qué?

—Si te lo digo pensarías que soy un estúpido.

—Ya estoy pensando que eres un estúpido.

Smith miró alrededor de sí inquisitivamente para ver si alguien los seguía lo cual no era habitual en él.

—Por variar, solo quiero participar en algo que valga la pena —⁠dijo entre dientes.

—¿Algo que valga la pena? No sabía que tu criterio fuese tan definido, a menos que sepas algo más que yo ignore.

—Hombre, déjame decirte algo — ⁠dijo Smith apuntando a Wilde con un dedo—. Cuando entraste en mi oficina ese primer día hablabas y actuabas tal como un policía. Venías a apresar a ese tipo, ¿no es cierto? Infringió las reglas. «¡Qué canalla!», pensé. No se parece al Wilde que yo conocí. Te habías convertido en un policía y yo no quería tener nada que ver contigo, amigo. A nadie le agradan los policías. Tus ojos estaban muertos, sabes. Lo veo todos los días. Alguien toma un trabajo y después el trabajo lo toma a él. Pero, bueno, me tenías completamente a tu merced y de cualquier forma ibas a desembolsar un poco de dinero, de modo que imaginé que me había prostituido.

—Aún soy un policía —dijo Wilde mirando a Smith entrecerrando los ojos. Smith había tocado un nervio.

—No, eso es una patraña. Me estás engañando a mí y a ti mismo. Tan pronto como supiste que los Zengakuren también buscaban a ese tipo, tu aspecto de policía desapareció. Deberías haberte visto cuando entraste la primera vez. Te hubieses avergonzado. Ahora, de pronto, causas una buena impresión. Quizá me equivoque; puede que sea competencia. Quizá solo quieres llegar primero. Pero no lo creo. Pienso que quieres ayudar a este muchacho. Y creo que por ello vale la pena que me meta en flor de lío.

Wilde no habló durante el resto del camino. El análisis de Smith lo inquietó. Por supuesto, Thompson no le importaba un bledo. Sin embargo, por primera vez era consciente de que estaba actuando en forma diferente, que existía un firme incentivo en la persecución, una estimulación, que estaba llevando a cabo. ¿Acaso era el senador? ¿Qué podía hacer él si no hacía volver a Thompson? No, no era probable; a Wilde esa parte le había parecido amarga desde el principio. ¿Acaso era el haber visto otra vez a Mariko? El estudiante de psicología que existía en él, le indicaba que su mayor interés en Thompson desde aquella vez podía ser una simple transferencia, una forma de evitar pensar en la chica. ¿O acaso podía ser que sí le importaba lo que le sucediese a Thompson? No conocía la respuesta y ahora no tenía tiempo para profundizar en ello. En ese momento deseaba, con todo su ser, atrapar a Thompson y debía borrarse todo lo demás de la cabeza. El olor de la persecución era suficiente. Después podría poner en orden sus ideas. En esta etapa, todas las alternativas por considerar eran igualmente desagradables. Wilde quería conectarse como una máquina y cuando todo hubiese terminado, desconectarse. En su trabajo debía analizar suficientes factores sin incluirse a sí mismo en la escoria.

 

La posada tenía una pequeña placa de madera sobre una amplia entrada. Entreabrieron gradualmente una reja de madera decorada que ponía en acción una campanilla chata justo arriba del marco de la reja. Una anciana, retorcida como la madera seca alrededor de la entrada, salió de una pequeña habitación lateral. Les dio la bienvenida dubitativamente; luego, después que Smith confirmó que en verdad deseaban alojamiento, llamó a una mucama para que los acompañase a una habitación.

Siguieron a la joven a lo largo de un corredor. Smith miró hacia atrás por sobre su hombro.

—¿Qué hace la anciana? —preguntó Wilde.

—Nos está mirando.

—Entonces creo que estamos seguros.

—¿Qué número tiene nuestro cuarto? —⁠preguntó Wilde a la mucama. Era el tipo de mujer campesina, con rasgos tristes y caderas anchas. La chica giró la cabeza hacia ellos pero no los miró a la cara.

—Cada cuarto tiene el nombre de una flor — ⁠dijo—. Ustedes tienen el cuarto de la dalia.

Los introdujo en la habitación, hizo un control rápido para cerciorarse de que todo estaba en orden y acomodó unos almohadones.

—¿Muchos extranjeros visitan su establecimiento? —⁠preguntó Wilde.

—No —contestó la chica mientras arreglaba unos almohadones⁠—, rara vez los extranjeros se alojan en la posada Asakusa.

—A veces sí, ¿no es cierto? —⁠insistió Wilde sacando una cerveza de la pequeña heladera en un rincón—. ¿Con muchachas?

—A veces —reconoció la chica mientras sacaba los vasos.

—¿Quiere tomar una cerveza con nosotros? — ⁠preguntó Wilde.

Se sintió confundida ante eso.

—¡Oh, no! —dijo riendo tontamente ⁠—. Debo volver.

—Por supuesto —contestó Wilde comprensivamente⁠—. Quizás más tarde.

La chica volvió a reír tontamente.

—¿Qué hay del otro norteamericano que vimos? —⁠preguntó Wilde serenamente—. El del cuarto de la rosa, ¿vino con una chica?

—El otro no está en el cuarto de la rosa —dijo—. Está en el de la gardenia… —⁠Se dio cuenta y se interrumpió.

—Eso es lo que quise decir —⁠dijo Wilde rápidamente—. El cuarto de la gardenia. ¿Vino con una chica?

—No lo sé.

Wilde puso un billete de mil yens en su mano.

—¿Tienen aquí cigarrillos Hi-Lite?

—No. —Deseaba muchísimo irse. Se suponía que no debía hablar acerca del otro norteamericano.

—¿Entonces irá a comprarlos?

—Claro —dijo. Wilde la siguió hasta la puerta. Al pasar por su lado y salir al pasillo miraba para todos lados en forma feroz.

—Hi-Lite —le recordó Wilde con una sonrisa. La observó recorrer el pasillo y recién volvió a entrar en la habitación cuando oyó sonar la campanilla de la entrada.

—¿Qué piensas que hará? —preguntó Smith cuando Wilde volvió al cuarto.

—Quedó tan trastornada que creo que primero nos comprará los cigarrillos. Sabe que se suponía que no debía decir eso, de modo que tenemos tiempo hasta que vuelva.

—¿Qué haremos?

—Buscar el cuarto de la gardenia —Wilde metió la mano en su saco—. Una cosa más —⁠dijo y sacó una Walther PPK—. ¿Te asustan estas cosas?

—Dadas las circunstancias esas cosas me hacen sentir más seguro.

 

Thompson estaba sentado calladamente, mirando el suelo, mordiéndose el labio y tratando de meditar el asunto. Haruo y el hijo del profesor Doi charlaban en un rincón dejándolo que pensara. Haruo suspiró (demasiado té, estaba surtiendo sus efectos) y se puso de pie.

—¿Adónde va? —preguntó Doi.

—Al final del pasillo, al baño.

Doi siguió tomando su té y Haruo salió al pasillo. En un santiamén volvió a entrar, retrocediendo. De pronto su cara estaba pálida, sus movimientos lentos y prolongados. Parecía estar caminando en sus sueños. El hijo de Doi levantó la vista confundido. Luego entró Wilde y todo lo que Doi pudo ver fue el cañón de la pistola automática de Wilde. Smith entró atrás de este y cerró la puerta cuidadosamente. Wilde puso un dedo en sus labios para indicar que permanecieran en silencio. Doi miró la cara de Wilde y sus ojos se entrecerraron al reconocerlo.

—¡Usted se lo prometió a mi padre! —⁠dijo con su extraña voz insulsa.

Thompson levantó la vista por primera vez. Se puso de pie, no asustado sino hastiado. Smith le hizo señas de que se alejase de sus compañeros.

—Venga aquí con los muchachos buenos —⁠dijo.

Wilde sacó un rollo de cinta adhesiva y se lo dio a Smith. Smith miró a Thompson, luego a los dos japoneses y por último miró hacia abajo, a la masa que roncaba, el conductor del camión.

—¿Lo despierto? —preguntó.

—Ahora no —dijo Wilde—. Primero los otros.

Smith se dirigió primero a Thompson.

—¿Va a tratar de escapar? —Thompson sacudió la cabeza negando—. No tiene ninguna razón para hacerlo, hombre —continuó Smith—. Le estamos haciendo un gran favor —Thompson asintió con la cabeza. Smith asintió en respuesta, pensando. Despegó el rollo de cinta adhesiva con las uñas en pocos segundos—. Sí, pero podría intentarlo —decidió con un suspiro—. No tiene razón para ello, pero usted no lo comprende. Deme su cinturón, por favor. — Thompson se lo entregó. Smith lo colgó a través de su hombro, agarró el pantalón de Thompson y arrancó el cierre con un tirón rápido—. Puede sostenerlo con sus manos —dijo Smith excusándose mientras sostenía los dos extremos sueltos. Thompson no se movió—. ¡Agarre sus pantalones! —dijo Smith con impaciencia—. ¿Quiere que suelte? —Thompson obedientemente agarró los bordes del pantalón. Smith lo soltó y giró hacia los otros refunfuñando en voz baja—. ¿Quiere que sus pantalones se le caigan a los tobillos? ¡Mi Dios! —Ató con la cinta adhesiva a Haruo y al joven Doi espalda con espalda contra un poste de madera—. No alcanza para la Bella Durmiente —⁠dijo Smith mostrando los últimos centímetros de tela adhesiva.

—Ponle cinta adhesiva en la boca a esos dos y deja que el otro siga durmiendo.

Smith apretó suavemente la cinta adhesiva a lo largo de sus bocas, luego tomó a Thompson del brazo y lo condujo a la puerta. Wilde volvió a meter la Walther en su saco. Doi seguía cada paso con la mirada.

—Lo siento —dijo Wilde en la puerta—. Si yo no lo atrapaba, otros lo hubiesen hecho, se lo aseguro. —Doi le clavó la vista con severidad, sus ojos llenos de desprecio—. Creo que yo tampoco lo creería si estuviese en su lugar —⁠reconoció Wilde y salió.

Smith empujó a Thompson por las sombras del final del pasillo y le hizo señas de que se quedara quieto. En la entrada principal se oía mover a la anciana en su cuarto. Wilde fue hasta la salida, se estiró y sostuvo el badajo de la campanilla. Abrió la puerta, tres centímetros por vez, sus ojos fijos en la habitación de la anciana, hasta que apenas hubo espacio para pasar. Luego se estiró hacia atrás, recogió sus zapatos y salió a la calle. Unos pocos segundos después Smith y Thompson se unieron a él en la oscuridad.

—Parece que no hay moros en la costa —⁠dijo Wilde mientras luchaba por ponerse los zapatos—, pero aquí las calles son demasiado abiertas. Alguien nos podría ver a tres cuadras de distancia. Tomaremos por el atajo y nos mezclaremos con el gentío que va a lo largo de esa calle de kioscos que conduce al templo.

—Así de simple saldremos de aquí —⁠dijo Smith.

—Exacto. De esa forma nos alejaremos más despacio, pero será más difícil que nos vean. —⁠Dirigiéndose a Thompson, Wilde dijo—: ¿Nos va a causar problemas?

—No —dijo Thompson serenamente—, no les voy a causar problemas.

—Bien —agregó Smith—, porque muchas otras personas lo harán si tienen la oportunidad.

Se obligaron a mantener un paso lento, tratando de pasar lo más inadvertidos posible; eligieron una senda tortuosa pero siempre en dirección a la calle iluminada y atestada de puestos de comida y negocios de souvenirs que conducía a la seguridad relativa del auto en el otro extremo del templo. Por último, salieron desde una calle estrecha a un gentío de compradores y devotos. Más adelante asomaba el imponente edificio que era Sensoji. Luces llamativas y decoraciones en los puestos; pregoneros y gritones que vendían cosas proferían sonidos distintivos sobre el ruido de la muchedumbre; en todo existía un ambiente irreal, carnavalesco. Wilde y Smith sostenían a Thompson de los antebrazos forzándolo a caminar; sus ojos se movían en todas direcciones, sus cuerpos tensos.

—¿Quiénes son los otros que quieren causarles problemas? —⁠preguntó Thompson.

—Después —dijo Smith—. Por ahora nos basta el susto que tenemos.

A medida que se acercaban al templo, el gentío comenzaba a disminuir un poco. Un gran receptáculo, alto hasta la cadera, en el que se quemaba incienso y cuyo humo tenía fama de tener cualidades curativas especiales, dividía la calle en dos. Los devotos se amontonaban alrededor, tocaban con las manos el humo y con ellas sus cuerpos.

Kimura era uno de ellos. Estaba parado con ambas manos cubriendo la cicatriz de su cara. Siguió con la mirada a los tres norteamericanos mientras pasaban por allí. Permaneció inmóvil hasta que estos se confiaron y tomaron por el lado izquierdo del templo. Luego hizo una seña y sus hombres, que estaban mezclados entre el gran grupo de devotos reunidos en el segundo nivel del templo, se agruparon. Otra seña y se dividieron en dos grupos. Uno de estos descendió los escalones y se reunió con Kimura. La otra mitad siguió por la vereda que rodeaba el segundo nivel del templo.

Wilde primero vio al grupo en la vereda.

—Por la derecha —dijo por el ángulo de su boca⁠—. Más o menos ocho se dirigen a la escalera.

Thompson miró al grupo de jóvenes que con miradas severas los estaban rodeando. No se parecían en nada a los japoneses con quienes había estado.

—¿Quiénes son? —preguntó con voz tensa.

—¡Por cierto que no son amigos suyos! —⁠contestó Smith.

—Los demoraré —dijo Wilde—. Lleva a Thompson a tu casa y quédense allí hasta que me comunique contigo.

Sentado en un banco cercano con una bolsa de nueces, Park observaba con interés cómo se desarrollaban los acontecimientos. Los dos norteamericanos le habían facilitado mucho las cosas. Los hombres de Kimura bajaron los escalones laterales del templo y se desplegaron en una línea frente a los tres.

—Llévalo de vuelta por el otro lado — ⁠dijo Wilde con la esperanza de ganar unos pocos segundos en virtud de la sorpresa y atacó resueltamente a los hombres de Kimura apostados.

Smith dio un tirón al brazo de Thompson y giró justo a tiempo para evitar que le partieran la cabeza con una zapa que se desplomaba silbando. Se desvió al chocar contra su hombro.

—¡Hay más atrás de usted! —⁠gritó Smith y luego estuvo demasiado ocupado para preocuparse por Thompson.

La línea de hombres frente a Wilde, tomados por sorpresa ante su repentino ataque, cedió y se retiró. Agarró a uno y golpeó su plexo solar con una rodilla. El hombre cayó al suelo arqueándose y Wilde giró hacia un lado mientras otro hombre se acercaba. Le dio un tirón y lo arrojó contra un tercer atacante frenético. Por el rabo del ojo vio a Smith doblarse y caer al suelo pateando a alguien que había tratado de atacarlo arrogantemente. Smith rodó y se puso de pie en un segundo se vio cubierto por cuerpos. Era inútil ir en su ayuda; Wilde debía seguir adelante, interceptando a los atacantes. Sabía que aquellos que hiciese volar por el aire no se recuperarían, pero no había tiempo. Lo golpearon y cayó al piso, pero siguió adelante, andando a rastras, arrastrándose con pies y brazos, protegiendo su cara y estómago y, por último, volviéndose a levantar. Mantuvo sus manos abiertas, en forma de taza, listo para agarrar fuerte o rechazar, sin molestarse en cerrar los puños pero golpeando con la palma o el revés de los nudillos según el caso.

Thompson permaneció paralizado los primeros segundos mientras la contienda se encolerizaba alrededor de él. Cuando el segundo grupo se lanzó sobre Smith desde atrás, soltó sus pantalones y cuando por fin se decidió a escapar, solo alcanzó a dar medio paso antes de caer. Desesperadamente rodó y arañó los pantalones alrededor de sus tobillos. Una mano agarró su hombro y esperó a que lo golpearan. En cambio se encontró mirando fijamente la cara de un hombre regordete, con mirada apacible, que sostenía una bolsa de nueces en su mano. El hombre parecía abstraído de la pelea que se desarrollaba alrededor de él.

—¿Puedo ayudarlo? —preguntó con una sonrisa solícita y extendió su mano una vez más.

Smith estaba de nuevo de pie. Kimura se abrió camino hacia un costado. Recogió un puñado de tierra, luego dio un grito fuerte y avanzó como para atacar. Smith giró ante el sonido, los brazos extendidos listos a atacar. Kimura se detuvo inesperadamente justo fuera del alcance de las manos extendidas de Smith y arrojó el polvo a sus ojos. Tosiendo y escupiendo, Smith retrocedió sacudiendo la cabeza de un lado al otro tratando de despejar la visión, sus manos aún extendidas para agarrar cualquier cosa que se pusiera a su alcance. Uno de los dos hombres de Kimura se abalanzó. Smith estaba ciego, pero no importaba. Sus manos tomaron contacto; giró, cayó sobre una rodilla y su atacante dio una voltereta de lado hacia donde él permanecía contraído agarrándose un hombro destrozado.

Kimura se abalanzó contra Smith desde el costado.

Pateó depravadamente contra el lado externo de la tibia de Smith. Smith se agarró ante el dolor y tambaleó.

Cerca, Wilde vio caer a Smith. Esta vez estaba lesionado. Desesperadamente Wilde luchó por zafarse, pero uno de los atacantes se enroscó alrededor de su pie y otro lo tenía sujeto por la cintura. Retrocedió y golpeó con los codos, trató de zafarse de ellos mientras veía al de la cicatriz sometiendo a Smith a una golpiza brutal. Le pateaba la cabeza y los riñones con sus botas. Dos más saltaron sobre Wilde y también cayó. Justo en ese momento una voz gritó:

—¡Park lo tiene! —y los atormentadores de Wilde se fueron de prisa, llevándose a los heridos. Kimura, aún pateando, fue arrastrado a tirones.

Wilde, ofuscado y exhausto, se puso de pie lentamente y se tambaleó hasta donde Smith yacía inmóvil. A la distancia, se podían oír los silbatos de la policía. El gentío, que se había reunido para mirar, permanecía en silencio en un círculo alrededor de ellos. Nadie se adelantó. Wilde se arrodilló y tocó el hombro de Smith. El brazo de este se sacudió por reflejo para proteger su cabeza.

—¿Estás bien? —dijo Wilde boqueando.

Smith no respondió de inmediato. Sus labios, ensangrentados e hinchados, se movieron pero no produjeron sonido alguno.

—Sí, solo estoy descansando —⁠dijo luego con voz débil.

—¿Puedes pararte?

—Siento un silbido en los oídos.

—Es la policía. ¿Puedes caminar?

Smith penosamente logró sentarse. El polvo estaba adherido a sus párpados y sus ojos estaban cerrados e hinchados. Respingó y apretó su pierna.

—No lo creo.

—Lamento forzarte, pero viene la policía. ¿Estás seguro de que no puedes caminar?

Smith lo pensó.

—Puedo saltar —dijo—. Salgamos de aquí. —Wilde lo ayudó a ponerse de pie—. ¿Cuántos somos? —⁠preguntó Smith.

—Dos.

—Eso es lo que pensé.

El gentío retrocedió y luego se separó para dejarlos pasar. Nadie dijo nada. Era como si perteneciesen a otro mundo.

Wilde condujo; Smith yacía acurrucado en el asiento del acompañante sosteniendo con cuidado su pierna.

—Creo que está rota —dijo por fin ⁠—. ¿Por qué no usaste tu maldita arma? Nos podrían haber matado a los dos, ¿sabes?

—La olvidé —contestó Wilde. Palpó su saco. Aún estaba allí. Tiró el arma en la falda de Smith—. De cualquier forma la compré esta tarde en una juguetería de Otani —⁠dijo.

Smith intentó sonreír.

—Thompson se hubiese divertido con eso —⁠dijo.

—Sí. Me pregunto qué le habrá pasado.