La estrangulación
Capítulo 6
Shimbashi, al pie del Ginza, una vez fue uno de los distritos de geishas más exclusivo. Durante años se romantizó la zona en historias y cantos; famosos lugares de cita, decisiones gubernamentales de importancia y gran alcance. Se ha creado más historia que la que se registró tras los muros discretos de una casa de geishas en Shimbashi.
Pero todo eso sucedió hace muchos años atrás y si los nombres de los lugares permanecen invariables, muy a menudo los destinos cambian. Las casas de geishas aún existen, metidas aquí y allá; sin embargo, parecen fuera de lugar entre las brillantes luces y los olores acres que caracterizan el nuevo Shimbashi durante la noche. Aproximadamente al anochecer, un ocasional y viejo conductor rikisha, que traslada pasajeros a pie, en su vehículo de dos ruedas, arriesga su camino a lo largo de las calles entorpecidas por el tráfico llevando una geisha a trabajar. La gente que ella observa a través de las ranuras de las cortinas del vehículo moviéndose a sacudones es más interesante en los bulliciosos cabaret de Shimbashi, con precios razonables, que la diversión con marcha más lenta de antaño. Comedias musicales con música moderna en vez de Noh, la forma clásica de drama japonés. Béisbol en vez de sumo que es la forma de lucha japonesa más antigua.
Durante el día Shimbashi aún está bajo la sombra del Ginza. Los negocios importantes permanecen al otro lado de Yurakucho, en el distrito Marunouchi. El comerciante menor, el pasajero, el ambicioso que temporalmente no posee capital, tiene su oficina en Shimbashi, a ciento setenta yens del Establishment.
Wilde tomó un taxi desde su hotel hasta Shimbashi. Cometió el error común de ordenar al conductor que doblara a la derecha cuando quería decir a la izquierda. El tráfico japonés tiene el sistema de tránsito inglés. Wilde fue criado en la Costa Oeste de los Estados Unidos donde toda la enseñanza cultural se centra alrededor del «Culto al Auto», donde se aprende desde la cuna que la izquierda significa el centro de la calle y la derecha se refiere al costado del cordón. Se rectificó cuando el taxi giró hacia el cordón y el conductor inmediatamente corrigió su curso cruzando seis bandas de circulación. Nunca hay que dejarlos saber que ejercen un efecto sobre uno.
—Su japonés es excelente, okyakusan —dijo el taxista por sobre su hombro mientras aceleraba por una calle de una banda y media y se entretejía entre los autos mal estacionados y los peatones despreocupados.
—Gracias.
—¿Hace mucho que vive en Japón?
—No, acabo de llegar.
—¿En serio? No parece ser un estudiante. Los únicos otros extranjeros que hablan japonés son los hombres de negocio y los espías. Me pregunto cuál de los dos será usted.
—Un espía.
—Por supuesto —el conductor del taxi rio entre dientes. Cuando se toparon con un camión liviano que avanzaba lentamente, miró por sobre su hombro otra vez y preguntó—: ¿Es norteamericano?
—Va a chocar contra ese camión —dijo Wilde serenamente. El conductor tocó bocina y se desvió automáticamente. Pasó el camión y retomó su mano sin siquiera desacelerar.
—Las calles de Tokio tienen demasiado tráfico —dijo el conductor, quizá como disculpa.
—¿Por los taxis?
—Sí, eso también. Los taxis de las compañías son los que causan todos los problemas. No tienen habilidad. Son atolondrados. Para ser taxista uno debe tener reacciones rápidas. A las compañías no les interesa a quién contratan. Sus conductores nos dan a todos una mala reputación. Solo los que somos propietarios de nuestros taxis tenemos cuidado.
—Noto que usted se cuida de no gastar sus cintas de freno.
—Sí, uno debe cuidar su inversión. Cada día se hace más difícil. Las calles llenas de tráfico y de manifestantes, en eso se convirtió Japón.
—Oí decir que dentro de unos días va a haber otra manifestación.
—Siempre existe otra manifestación. Bloquean las calles, no se puede ir a ninguna parte. Se sientan allí hasta que se cansan y se van. ¿Cómo puede ganarse la vida un taxista si debe desperdiciar dos horas por día en un embotellamiento de tráfico porque algunos estudiantes piensan que es más divertido hacer demostraciones que estudiar? «¡Democracia!», gritan pero no tienen ningún respetó por las autoridades elegidas. «¡Estamos en contra de la guerra!», gritan y tiran bombas de nafta a la policía. El otro día tuve un pasajero, un exdirigente de los Zengakuren. Y él no podía entender a estos jóvenes. «Ni siquiera saben quién es Marx» dijo. Estaba muy indignado. Son peores que los gangsters profesionales. Por lo menos los gangsters se meten con la gente de su clase. No sacrifican a los trabajadores.
—Hay otro camión —indicó Wilde.
La oficina de Smith estaba en el tercer piso, no había ascensor. El edificio era viejo, sujeto y comprimido entre dos edificios más grandes. Cada piso tenía dos oficinas estrechas en cada extremo separadas por una angosta escalera caracol.
El cartel en su puerta decía: Investigadores Internacionales, Inc. Smith estaba sentado tras un escritorio inmenso y costoso, la única extravagancia en el cuarto apenas amoblado. A un costado estaba el escritorio de la secretaria, más pequeño y desocupado.
Cuando Wilde entró, Smith estaba encorvado sobre un bol con ramen o guiso de fideos. Miró hacia arriba sorprendido. Los fideos colgaban de su mentón como una barba puntiaguda y húmeda. Hizo un saludo con sus palillos chinos y apretó los dientes. Los fideos cayeron en el bol.
—¿Cuándo llegaste? —barbotó Smith entre mascadas.
—Ayer —dijo Wilde apoyándose en el otro escritorio —. Termina tu ramen, se endurecerá.
—¡Oye! ¿Alguna vez probaste esto? — preguntó Smith mientras escarbaba con los palillos chinos en el bol.
—¿Ramen? Claro que sí.
—No solo ramen. Esto es Sapporo ramen. Está lleno de ajo y grasa y cosas por el estilo. Uno termina un bol de esta comida y es lo mismo que si hubiese comido comida coreana. Nadie se puede acercar a uno a menos de un metro y medio. Picante, picante, apesta muchísimo.
Smith era un fanático del judo. Uno que, a diferencia de la mayoría, había persistido. Ya a los treinta y cinco años hacía diez que era calvo. Tenía ojos pequeños, como un oso polar, que se arrugaban cuando sonreía, lo cual era frecuente, y una modalidad apacible, suave, que hacía que uno deseara inclinarse hacia adelante cuando hablaba por miedo a perder una palabra. También tenía el tórax como barril, el cuello de un toro y los hombros tan grandes que parecían acolchados. La diferencia en el aspecto de los dos hombres era marcada. Y si bien los dos tenían cinturón negro, sus técnicas, al igual que sus modos de ser, eran totalmente distintas. Wilde se mantenía retirado, se lanzaba hacia afuera y adentro alternativamente, contraatacaba y confundía a sus oponentes con combinaciones, asestando dos, tres e incluso cuatro golpes uno tras otro. Smith era mucho más directo. Tiraba hacia adentro a su oponente con una unidad de propósito y no le importaba mucho si este anticipaba su golpe. Una vez que estaba en posición hacía su jugada. No se podía conocer su psiquis porque no reaccionaba ante nada. Wilde aventajaba a su oponente al ejecutar maniobras; Smith lo agotaba.
Smith llegó a Tokio, arrogante y ansioso, a los veinte años. Obtuvo máximas calificaciones con cinturón negro en su dōjō en Seattle y tenía la intención de observar un sabático de seis meses en la mecca llamada Kodokan antes de volver a los Estados Unidos para conquistar todo. Durante esos seis meses se alimentó de «cabezas de pescado y arroz» en un departamento de un ambiente, sin calefacción pero con abundante frío. El retrete estaba en el extremo del pasillo y para bañarse solo tenía que ir calle abajo. Antes de que se diera cuenta pasaron los seis meses; no podían prolongar más su visa de turista y tampoco le quedaba mucho dinero. También añoraba su casa. Por otro lado soñaba con el clima cálido y ya pedía saborear su segundo título. ¡Si solo lograra aguantar un poco más! Los viejos atletas de judo lo aconsejaron. En el consulado coreano podía solicitar otra visa de turista por otros seis meses. Un barco pesquero lo podía llevar y traer por prácticamente nada.
Regresó con una visa válida, pero se le había acabado el dinero. Los viejos atletas le aconsejaron que diese lecciones de conversación en inglés. Al principio tomaba los trabajos según se presentaban, enseñando a los estudiantes universitarios y a los que aún no habían ingresado o que habían reprobado sus exámenes de ingreso. Después de un tiempo, Smith tuvo un hombre de negocios como alumno, luego al presidente de una compañía que iba a hacer un viaje al exterior. La paga mejoró considerablemente cuando descubrió que mientras un estudiante pagaba mil yens, quizá mil quinientos, por una hora de clase, diez estudiantes pagarían ochocientos cada uno.
Pasó el tiempo. Smith obtuvo su segundo título y el estímulo de su graduación le hizo poner los ojos en el tercer título. Las visas se vencían y él efectuaba viaje tras viaje a los consulados cercanos a Japón. Corea, Okinawa, Taiwan. Una vez, un poco más adinerado que lo habitual, fue a Hong Kong durante dos semanas. Eso fue cuando se interiorizó acerca de entrar oro a Japón. Desde ese momento en adelante su suerte mejoró drásticamente.
Una cosa llevaba a la otra, un contrato al otro y tomando la vida día por día, nunca con un plan, nunca otro sueño más que el de su siguiente título, un día descubrió que era un hombre de negocios establecido, un investigador privado y un espía industrial que contrabandeaba oro cuando las cosas no iban tan bien.
Sin embargo, sus actividades comerciales siguieron teniendo el carácter de una distracción. Su verdadero amor, su afición, lo hacía permanecer allí. Todos los días a las cinco dejaba de hacer cualquier cosa que estuviese haciendo y se dirigía al Kodokan.
Una vez, después de su cuarto título, resolvió volver a Seattle para siempre. No dio resultado. El Seattle que recordaba ya no existía, excepto en sus recuerdos. Había estado fuera demasiado tiempo. Tokio se había convertido en su hogar en rebeldía, de modo que regresó y decidió tratar de conseguir su quinto título. Ya no sentía nostalgia por su patria, excepto a veces en sueños. Viejos hogares, viejos amores, los sueños revivían todo y era inevitable. Los fantasmas no existen en los cementerios sino en las camas cómodas; no en la medianoche sino a la mañana temprano. Los fantasmas aparecen mientras uno se lava los dientes, antes de que uno se vuelva a olvidar.
Ahora estaba sentado serenamente en su escritorio terminando de comer sus fideos y observando a su antiguo conocido que había aparecido de la nada.
—¿Aún solucionas problemas? —preguntó Smith.
—Cuando me es posible —contestó Wilde—. ¿Todavía andan por aquí algunos de los de nuestro grupo?
—¿Te refieres a los atletas?
—Sí, los atletas.
—Hay una nueva cosecha desde que te fuiste. Sin embargo, no cambian. Aún roban judogi del vestuario y hurtan en los armarios.
—Bueno, alguien tiene que hacerlo.
—Sí, las tradiciones luchan hasta la muerte. Canuck aún está aquí. ¿Te acuerdas de él?
—Pensé que el año pasado ya estaba listo para regresar y ganar el Campeonato canadiense. Según recuerdo eso era parte de su plan quinquenal.
—Aún está aquí Su plan quinquenal cambia de una semana a la otra. Debe haberse golpeado demasiado la cabeza cuando estaba aprendiendo la forma de caer.
—¿Qué le pasó a Rourke?
—Rourke aún está aquí. Publica uno o dos libros por año acerca del Arte.
—¿De qué arte se trata ahora?
—Lo último que supe era que estaba estudiando el arte del ninja para escupir agujas.
—¿Esculpir agujas?
—No, hombre, escupir. Como en escupidera. Ya sabes, todas esas armas horripilantes que los espías ninja solían usar durante la guerra civil…
—¿Cómo los shuriken?
—Sí, como esos pequeños shuriken o puñales que siempre dan en el árbol de al lado de donde está el héroe en las series de televisión. De cualquier forma, algunos de esos pequeños bastardos en negro solían escupir agujas y Rourke encontró en alguna parte, en las montañas, un anciano que aún lo hace.
—Un tesoro nacional viviente.
—Lo mismo se me ocurrió a mí. De modo que Rourke está en las montañas aprendiendo todo sobre ello. Quiere anotarlo todo antes de que ese tipo tenga hipo y se suicide.
Wilde fue hasta la ventana.
—¿Y qué pasó contigo?
—Aún estoy aquí.
—¿Ocupado?
—A veces sí, a veces no. ¿Y tú? ¿Qué estuviste haciendo últimamente?
—Aún trabajo con la misma gente. Pensé que te podría dar un trabajo.
Los hombros de Smith se pusieron un poco tensos.
—La misma gente. ¿Eso significa la CIA?
—DIA.
—¿Qué hacen ustedes que la CIA no lo pueda hacer mejor? — refunfuñó girando en su silla.
—Mantenemos nuestro nombre fuera de los periódicos. ¿Quieres trabajar?
—¿Qué tipo de trabajo?
—Nada importante. Estoy buscando a un soldado que se ausentó sin permiso y escapó de Corea recientemente. Creemos que puede estar en Japón.
—Vamos, no me necesitas para eso. ¿Qué pasa con el CID? Ese es trabajo de ellos, ¿no es cierto?
—No creo que lo puedan encontrar.
—¿Y crees que yo puedo?
—Pienso que los Beiheiren lo están ayudando a llegar a Suecia. Si es así, nuestra gente local fracasó rotundamente en rescatar a ninguno de los que cayó en manos de los Beiheiren. Ni siquiera quieren hablar sobre ello. Transfieren todo al Departamento Metropolitano de Policía, ese es el grado de su capacidad.
—¿Por qué lo buscas?
—Será beneficioso para mi próximo informe de eficiencia.
—No, ¿para qué lo quiere tu organización?
—Ya te lo dije: ausente sin permiso.
Smith se mostró escéptico. No mandarían a un especialista con el fin de buscar a un desertor. Por otra parte, los Beiheiren, Paz para el Comité Norteamericano, tenían demasiados amigos en las altas esferas. Un hombre en la posición de Smith operaba con el consentimiento de dicha gente.
—Si me mezclo con esa gente puedo exponerme a tener problemas con mi visa.
Wilde apoyó su mano sobre el hombro de Smith.
—No abandonarías a un viejo amigo —lisonjeó.
—Sin pensarlo dos veces —respondió Smith prontamente.
—Ahora, reflexiona. A algunos amigos quizá, pero no a un compañero vengativo que necesita de tu ayuda y, no solo eso, que sabe por qué realizas tantos viajes a Hong Kong.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Tienes un lindo anillo. ¿Es de oro?
—No lo harías.
—¿No lo reconsiderarás?
—¡Bastardo!
—Escucha, los Beiheiren no son peligrosos en el nivel donde quiero que trabajes. Sabemos que pasan mucho tiempo en los cafés y bares tratando de hacerse amigos con los reclutas y convencerlos para que deserten.
—Es una operación muy sofisticada el ir por ahí preguntando a los GI si están en contra de la guerra.
—Sí, bueno, conoces todos los bares y cafés de Tokio, de modo que sabes cuáles son los lugares que frecuentan… o puedes averiguarlo.
—¿Solo quieres que busque a ese muchacho? Bueno, ¿cómo se llama?
—Su nombre es Thompson y aquí tienes una foto. Sin embargo, dudo de que esté exhibiéndose en público. Si lo encuentras, magnífico; pero lo que tengo pensado es que encuentres a alguien a quien yo pueda presionar.
—Comenzando desde ahora, supongo.
—Comenzando ahora —Wilde se iba a marchar —. Antes de irme, solo quiero decir que me alegro de que tus instancias patrióticas hayan prevalecido haciendo posible que le des una mano al gobierno de los Estados Unidos para aprehender a ese hombre despreciable.
—¡Treinta y seis mil yens al día! —refunfuñó Smith.
—Treinta y seis mil yens al día —acordó Wilde.
—¡Más los gastos!
—Anótalos —dijo Wilde. Se puso de pie para marcharse y agregó con una sonrisa—: Sin embargo, detesto verte prostituido así, cuando podrías ofrecer voluntariamente tus servicios. Eso sería mucho más noble. Más acorde con el valeroso norteamericano que me gusta pensar que eres.
—Prefiero prostituirme. Eso me recuerda, ¿te acuerdas de tu vieja amiga Tasuko?
Wilde se detuvo en la puerta y se dio vuelta.
—¿Qué hay de ella? —preguntó.
—La vi el otro día. Es mesera en el Mikado.
—¿Cómo está?
—Hermosa como siempre.
—Sí, lo imaginaba. Escucha, estaré en el Otani. Comunícate conmigo mañana, ¿eh? Habitación 1412.
—Sí, jefe —dijo Smith haciendo una reverencia y restregando los pies. Tarde o temprano, todo resultaba un chiste para Smith.
Una chica encantadora, más alta que la japonesa media, abrió a Wilde la puerta del café Nikko. Con razón Sato había elegido ese lugar, pensó Wilde. A un costado, a cargo de la caja registradora, había otra belleza excepcional. Wilde mordió los labios en signo de apreciación. «Nikko debe ser un bijin-kisa», uno de esos lugares atendidos exclusivamente por mujeres hermosas, pensó mientras subía la escalera. Una chica escultural con un traje de noche ceñido al cuerpo lo recibió arriba. Wilde se paró en seco. Un desnudo abstracto abarcaba uno de los muros del salón principal. Del piso al techo, espejos cubrían las otras tres paredes. Los espejos reproducían hasta el infinito la imagen de la habitación con una gran araña central de cristal. Chicas atractivas esperaban en las mesas o simplemente permanecían de pie en poses seductoras. Parecía haber más chicas trabajando allí que clientes.
Sin duda Nikko era un bijin-kisa. Hay muchos tipos de cafés en Tokio. Cada uno ofrece una especialidad, ya sea música clásica, pinturas para admirar o pastelería. Un bijin-kisa se especializa en exponer mujeres hermosas. Wilde había conocido a Tasuko en uno de estos establecimientos. Desde el principio tuvieron una relación tempestuosa; una combinación de amor sin compatibilidad. De cualquier forma existía una atracción física que los volvía a unir una y otra vez.
Sato ocupaba una mesa en un rincón.
—Lamento llegar tarde —dijo Wilde.
—Aquí no importa esperar —respondió Sato—. Existe un proverbio japonés…
—«No digas espléndido hasta que veas a Nikko» — dijo Wilde ganándole de mano—. Este debe ser el café más famoso de la ciudad. ¿Siempre eliges lugares tan conspicuos para tus encuentros clandestinos?
Sato sonrió.
—¿Quién repararía en un simple cliente con una competencia como esta? Uno se puede parar sobre la mesa y exhibirse y nadie lo notaría.
—Espero que una o dos chicas me noten.
—Quizás una o dos.
—¿Tienes algo para mí?
Sato vaciló, luego sacó del bolsillo interno de su saco una hoja de papel doblada y la deslizó a través de la mesa. Estudió con atención los ojos de Wilde mientras su amigo recogía la lista. Wilde no desplegó la hoja. La dejó doblada y la sostuvo ligeramente entre su pulgar e índice.
—¿Quién es vulnerable? —preguntó—. ¿A quién puedo llegar más rápido?
Sato se estiró, desplegó la lista y la sostuvo para que Wilde la viese. Había un nombre muy subrayado: YOSHIHISA DOI, profesor retirado, residencia Kioto.
—¿El padre de Mariko? —preguntó Wilde pasmado.
—No te resultará difícil comunicarte con él. En cuanto a quién es vulnerable, creo que en este caso tú lo eres.
—¿Está muy metido en esto?
—Ahora está apartado, pero tiene mucha influencia. Fue uno de los primeros fundadores del movimiento Beiheiren, ¿sabes? Ahora es un asesor de edad, mucho título y poco poder. Casi no tiene nada que decir, hoy día, acerca de las actividades cotidianas.
—¿Qué hay sobre Mariko? ¿Ella también está implicada en esto?
—No lo sé.
Wilde cerró los ojos, se frotó el puente de la nariz con una mano y soltó el aire lentamente.
—Debí quedarme en Corea —dijo por fin.