La estrangulación

Gregory C. Knapp · Capítulo 13 de 15

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La estrangulación

Capítulo 13

 

El auto era una limousine negra Toyota Century con cristales polarizados tan oscuros que parecían pintados desde afuera. Wilde, solo en el asiento trasero, al principio buscó puntos de referencia pero cuando aceleraron después de pasar la caseta de peaje en la entrada a la supercarretera Tomei su escolta en el asiento delantero se estiró hacia atrás y le entregó a Wilde una faja de tela angosta y doblada para que se vendara los ojos. Eso puso punto final a los hitos de referencia.

Después de andar un buen rato, la limousine se detuvo frente a una gran residencia rodeada por muros. El conductor echó una ojeada por el espejo retrovisor y no vio nada más que una amplia extensión del asiento trasero.

—¡Se fue! —dijo el conductor asombrado.

—Está dormido —respondió su compañero con disgusto. Llegó hasta donde Wilde yacía tendido, respirando pesadamente, y le sacó la venda de los ojos. Wilde abrió los ojos y miró alrededor de sí soñoliento. El conductor le señaló una entrada con portones. Algo brillaba a lo largo del borde del muro. Vidrios rotos engastados. No habrá muchos gatos que vaguen por ese muro, decidió Wilde.

Ahora Wilde estaba bien despierto. Ninguno de los hombres lo escoltó al entrar, lo cual le pareció extraño. Comenzó a pensar que no debería haber aporreado a Tazuko de esa forma. Quizá debía haber esperado un par de días.

Al pasar el portón, el sendero hacía una curva entre espesos arbustos y cruzaba un pequeño arroyo hacia la casa principal. La grava cascada bajo los pies de Wilde producía mucho ruido. También se oía otro sonido. Provenía de atrás de los arbustos, quizás atrás de la casa; apagado y difuso, pero claramente era una voz gritando órdenes. Wilde alcanzó a entrever un alambre delgado a un costado del sendero, aproximadamente a dieciséis centímetros del suelo. ¿Un alambre para hacer tropezar? Se detuvo para observarlo más de cerca. De inmediato se abrió la puerta del frente y un sirviente salió.

—Por acá, señor —dijo. Cortés pero firme. «Tan pronto como se detuvieron mis pisadas», advirtió Wilde. Nakamura había previsto todo bastante bien. ¿Acaso sería una guerra entre gangsters? Siempre había tenido una custodia hermética alrededor de él, pero nunca nada como esto.

—Por acá, señor —dijo el sirviente una vez más.

Nakamura estaba solo cuando Wilde fue conducido a la habitación. Estaba parado de espaldas a la puerta mirando de soslayo por un gran ventanal. Tenía puesto un kimono formal, algo que Wilde nunca antes había visto. Desde la última vez Nakamura había encanecido notablemente. Los círculos de sus ojos siempre lo habían hecho parecer prudente, más allá de su edad. Ahora estos eran un poco más pronunciados y había aumentado de peso. Esa combinación de tristeza y confianza que lo había caracterizado desde el principio estaba presente en igual medida, el tiempo no la había afectado. Nakamura era un hombre acostumbrado a dominar las situaciones, cualesquiera fuesen, en cualquier momento determinado. Se había abierto camino por la vida. Si su destino hubiese sido otro, habría llegado a ser cabeza de una empresa o general. Pero su destino era el que era, de modo que era jefe yakuza.

Cuando Wilde entró en la habitación con unas pocas esteras tatami, Nakamura corrió una cortina opaca de papel de paja de arroz a lo largo de la ventana, cruzó la habitación y extendió su mano para saludarlo.

—¡Té! —ordenó a la mucama que retrocedía. Sosteniendo la mano de Wilde con firmeza, los hombros de Nakamura se movieron hacia arriba y abajo y sus labios se juntaron en una sonrisa muda—. Tazuko quiere que lo haga matar —⁠dijo—. Hoy quiere que lo haga matar. Anoche quería que detuviese el mundo para usted.

—Sí, nunca puede decidirse por algo. — ⁠Wilde fue hasta la ventana más cercana, esta estaba abierta. Afuera, una gran piedra hueca recibía un fino goteo de agua desde un delgado caño de bambú produciendo un sonido agradable. Por sobre el goteo del agua, Wilde volvió a oír el otro sonido. Esta vez varias voces.

—¿Es esa la misma piedra que tenía en su otra casa?

—Sí —dijo Nakamura y le clavó la mirada con curiosidad⁠—. Haría lo que me pide, pero quizá vuelva a cambiar de idea.

—Esta vez no es probable —dijo Wilde mientras se alejaba de la ventana⁠—, pero démosle el beneficio de la duda. Tazuko dijo que últimamente resulta muy difícil verlo a usted. ¿Cómo andan los negocios?

—Me retiré de esos negocios.

—Me dijo que la policía lo obligó a retirarse —⁠dijo Wilde amistosamente pero sondeándolo.

—Me retiré —insistió Nakamura—. Fue mi decisión.

—Lamento que lo haya hecho.

—¿Por qué?

Wilde se interrumpió por un ruido tras la mampara corrediza de papel que separaba ese cuarto del contiguo.

—¿Tiene compañía? —preguntó.

Nakamura sacudió la cabeza negando con irritación.

—¿Por qué? —repitió.

—Porque necesito su ayuda. ¿Quién está en el cuarto de al lado?

—Probablemente la mucama. ¿Qué tipo de ayuda?

Wilde tenía poco tiempo que perder.

—Dentro de dos días van a sacar de contrabando del país a un norteamericano. Creo que la única forma en que pueden sacarlo es desde una aldea de pesca; las salidas acostumbradas están muy bien vigiladas. Sus hombres solían saber todo lo que pasaba en las cooperativas de pesca. Quiero pedir prestadas sus orejas para descubrir dónde ocultan a este norteamericano.

Nakamura extendió las manos con las palmas hacia arriba.

—Como ya le dije, me he retirado.

—Aún tiene influencia.

—Un norteamericano en una aldea de pesca en alguna parte del Japón. ¿Tiene noción de cuántas aldeas pesqueras hay a lo largo de nuestras costas? Creo que pide demasiado.

—No es solo un norteamericano en una aldea de pesca en alguna parte. Tengo su descripción y la de los hombres que se lo llevaron; podemos reducir considerablemente el número de probables aldeas.

—¿Cómo podemos reducir el número? —⁠preguntó Nakamura intrigado pero no listo a comprometerse.

—Tiene que ser una de las aldeas que simpatizan con Corea del Norte —⁠dijo Wilde—. Una que esté implicada en encontrarse con barcos rastreadores norcoreanos. Usted sabe cuáles aldeas hacen eso. Están del lado del Mar de Japón, en una zona bastante limitada.

—¿Por qué no pide ayuda a la policía?

—En primer lugar porque los alborotadores les están dando bastante trabajo. En segundo lugar, sus hombres conocen el terreno de los pescadores mejor que la policía.

—Las noticias de esta mañana señalan que los alborotadores han capitulado. Los dirigentes fueron arrestados o están bajo tierra.

—No obstante, sus hombres son superiores para conseguir la información que quiero. Solo dispongo de hoy y mañana.

—Usted dice «mis hombres». Ya le expliqué, Wilde, me he retirado.

—¿Quiénes son los dos que me pasaron a buscar esta mañana? ¿Sus sobrinos del campo?

Nakamura permaneció en silencio por un momento.

—Una de las aldeas que simpatiza con Corea del Norte — ⁠reflexionó.

Wilde estaba confiado. Tenía su naipe de triunfo, pero quería usarlo con delicadeza.

—Ahora necesito su ayuda —dijo por fin.

Nakamura suspiró. No podía negarse.

—¿Cuáles son esas descripciones? —⁠preguntó.

Uno de los paneles de la mampara se abrió con un golpe e hizo que Wilde girase. Allí estaba Shin, en pose como siempre.

—Discúlpenme por interrumpir —⁠dijo, su mirada penetrante dirigida a Nakamura.

—¿Cuáles son esas descripciones? —⁠repitió Nakamura a Wilde, ignorando la presencia de Shin. Wilde sacó una hoja de papel, la foto de Thompson y otra de Kimura.

—¿Puedo hablar en privado con usted? —⁠insistió Shin.

—¿Puedo presentarle a mi invitado? — ⁠dijo Nakamura aún sin mirar a Shin.

—Ya fuimos presentados —dijo Shin con una brusca inclinación de cabeza⁠—. Hace años. Quisiera hablar con usted a solas, Nakamura-san.

La cara de Nakamura enrojeció. Shin nunca había sido diplomático pero su propensión al drama podía resultar exasperante.

—Disculpe —dijo a Wilde—. Esto solo tomará un minuto.

Nakamura condujo a Shin a un cuarto contiguo.

—¿Qué se propone usted al comportase así? —estalló—. ¡El norteamericano es mi invitado! —⁠Sus ojos estaban inexpresivos.

Shin miraba con idéntica indiferencia.

—Deje que los norteamericanos solucionen sus propios problemas —⁠dijo —. Nunca se lo debió traer aquí.

—Debo un cierto favor a este hombre — ⁠dijo Nakamura—. No concierne a nuestra Sociedad. Quiere mi ayuda personal.

—No tenemos asuntos personales —⁠contestó Shin—. Todo lo que hacemos concierne a la Sociedad. Incluso el traer a ese hombre aquí puso en peligro nuestra situación. ¿No cree que ahora mismo él esté mirando por la ventana? ¿Entonces qué? Lo sabrá todo.

—Sabrá solo lo que vea, algunos jóvenes entrenándose.

—Puede deducir el resto.

—No tendrá que hacerlo. Se lo diré durante el almuerzo. Nos hemos presentado a la prensa japonesa. Hemos dado a conocer nuestra presencia. Y en gran parte nos ignoran. Recibo con beneplácito el interés de los extranjeros. Si nos toman en serio, quizá nuestros propios políticos también lo hagan. No me preocupan los espías; me preocupa la falta de interés.

—No veo qué interesa un extranjero — ⁠respondió Shin de pronto.

—No, usted no ve qué interesa porque usted no ve nada cuando se trata de algo que se relaciona con un extranjero. Se ciega.

—Soy japonés. ¿Cómo puedo ver aquello que no soy?

—¿Cómo puede tratar con alguien si no lo puede comprender? No podemos cerrar la puerta al resto del mundo.

—¿Por qué no?

—Porque el resto del mundo no nos cerrará las puertas. Queremos que Japón recupere su dignidad, pero en un mundo moderno, en el actual, no que vuelva a la Era Tokugawa. Cuando se trata de sentirse orgulloso de ser japonés usted es un magnífico paladín, pero me pregunto si alguna vez aceptará la existencia del mundo exterior. Shin, tiene una fortaleza de espíritu que es un don de los dioses. Puede lograr todo lo que se proponga conseguir. ¿Por qué no trata de entender al extranjero? Es más que eso: entienda a su opositor en vez de confiar completamente en su propio espíritu. Esta es su única debilidad.

—Haré lo posible —contestó Shin, la mirada gacha, las manos a los costados. Era una respuesta correcta, pero desprovista de significado. Shin no entendía. Ante la falta de entendimiento, simplemente obedecía.

—De cualquier forma —concluyó Nakamura⁠—, cumplo mis obligaciones. Es mi entrenamiento yakuza. Envíe a Yo-kun. Tengo una lista para darle.

 

Wilde fue hasta la ventana donde estaba Nakamura cuando él entró en la habitación. Cautelosamente corrió la cortina unos pocos centímetros. Un equipo de apariencia extraña estaba esparcido en una amplia zona descampada. Había algunas esteras y de un gran armazón especial colgaban sogas. Parecía ser algún tipo de recorrido de obstáculos. Sin embargo, Wilde apenas tuvo tiempo de dar un vistazo a todo esto; en cambio su atención se desvió a unos veinte hombres vestidos con trajes de fajina que estaban parados rígidos, cuadrados, mientras otro hombre disertaba desde un gran pizarrón. Mientras explicaba sus puntos, todo el grupo respondía al unísono.

—¡Una vista espléndida! —dijo Nakamura suavemente desde la puerta de entrada.

—Por cierto no parecen yakuza — ⁠contestó Wilde. Nakamura lo había incitado a mirar; lo sabía. No se llegaba a ser jefe de yakuza por ser descuidado.

—No lo son. Algunos lo fueron; aquellos de mi grupo que me siguieron después que me retiré, pero me siguieron porque creen en lo que estamos haciendo. No somos yakuza.

—¿Qué son?

—Una Sociedad Patriótica —dijo Nakamura uniéndose a Wilde al lado de la ventana y abriendo la cortina de par en par⁠—. Esa solo es una célula. Hay muchas más. Los traemos por separado para que se entrenen. Lo que ve aquí, Wilde, es por fin la respuesta de Japón al peligro de la izquierda. Denos cinco años y no existirá ningún peligro de la izquierda.

—¿Cuántos de estos hombres hay?

—Muchos. Muchos más de lo que nadie sueña. Le contaré todo sobre nuestra Sociedad durante el almuerzo. Entre paréntesis, ya transmití las descripciones.

—Gracias.

—También tengo una sorpresa para usted. —Wilde se puso tenso—. Una sorpresa agradable —⁠agregó rápidamente.

—Estoy un poco receloso con las sorpresas — ⁠reconoció Wilde—. Últimamente estoy recibiendo sorpresas con bastante regularidad. Cuénteme más de su Sociedad.

—Nos inspiramos vagamente en el movimiento de España —⁠dijo Nakamura—. El Opus Dei. Muchos de nuestros hombres ya están ocupando puestos de importancia. Más aún, muchos tienen influencia sobre la gente en posiciones primordiales. Nuestro movimiento es la ola del futuro para Japón. Somos mucho más fuertes que los izquierdistas porque ellos procuran construir su sociedad después de destruir la nuestra. Nosotros procuramos hacer que nuestra sociedad actual sea más coherente, más fuerte. ¿Cuál es el punto de vista que interesa más a los japoneses? En cinco años habremos suprimido a los elementos izquierdistas.

—¿Para qué es el adiestramiento militar? —⁠preguntó Wilde señalando hacia la ventana.

—Para el espíritu, la unión… y porque para extirpar se necesitan instrumentos.

Mientras observaban, Shin cruzó a grandes trancos hasta los reclutas, la espalda derecha como baqueta, un avezado general desde la cuna.

 

Ante la sorpresa de Wilde, Shin se reunió con ellos en el almuerzo. Permaneció callado y apartado mientras Nakamura se explayaba acerca del futuro que veía para su Sociedad Patriótica. Su intención era impresionar a Wilde y lo logró. No con su lógica sino con su convicción. El que un hombre tan capaz como Nakamura aplicase su energía y talento para formar una organización paramilitar resultaba a Wilde bastante sorprendente. El temor de Sato de que en el futuro en Japón se generase una guerra civil ya no parecía tan descabellado.

Después que se levantó la mesa, Nakamura hizo una seña a uno de los sirvientes.

—La sorpresa que le prometí —⁠dijo a Wilde. Shin levantó la vista perplejo. Wilde dedujo que Shin también desconocía la sorpresa y eso fue alentador. Se había topado con algo de significación, esa Sociedad Patriótica, y era muy consciente de que subsistiría toda la tarde solo si era en beneficio de la sociedad.

El sirviente regresó trayendo a la única hija de Nakamura, una niña de doce años llamada Sakae. Entró tímidamente. Una niña delgada; hubiese sido hermosa a no ser por una cicatriz a un costado de la cara que tiraba hacia arriba el ángulo de su boca en una sonrisa grotesca y triste. Rápidamente se acercó al lado de su padre ladeando por costumbre la cabeza para ocultar su desfiguración. Ahora que había presentado a la niña, Wilde se sintió aliviado. Se reconocía la deuda.

—Sa-chan —dijo Nakamura pasando un brazo protector alrededor de la niña⁠—, aquí está la sorpresa que le prometí. ¿Quién es este invitado?

—No lo sé —dijo Sakae mirando a Wilde de soslayo.

—¿Recuerdas el gran incendio? —⁠dijo Nakamura dulcemente. Le estaba prestando toda su atención. Era como si fuesen las dos únicas personas en la habitación—. El incendio sobre el que tuviste la pesadilla. El fuego le rodeaba y no había ninguna forma de salir y oías a la gente gritar, alrededor de ti, pero nadie iba. ¿Luego, qué pasa en tus sueños?

—Un hombre grande viene.

—¿Qué aspecto tiene?

—Extraño —dijo la chica calladamente⁠—. Temible.

—¿Qué hace él? —preguntó el padre impulsándola a continuar.

—Por favor, padre —dijo la niña retrocediendo.

—¿Qué hace?

—Me levanta.

—Cruza directo las llamas y te levanta. Y allí es donde termina tu sueño.

—Sí.

Nakamura miró a Shin.

—Un sueño horrible —dijo en voz baja—, una experiencia terrible. Difícil de entender como adulto. Imposible de entender quizás a menos que uno esté allí cuando se despierta del sueño. No existe horror igual al terror en los ojos de una criatura. —⁠Se dirigió a su hija—: El incendio fue real, Sa-chan, y te quemaste muy gravemente. Lo sabes. Es por eso que tienes ese sueño. También sé que sabes eso. Eras muy pequeña. Tu padre no estaba allí, de lo contrario nunca hubiese sucedido, pero pasó y es por eso que tienes esa pequeña cicatriz en tu cara.

—No es una cicatriz pequeña, papá —⁠dijo Sakae.

—Los médicos algún día te la borrarán y serás hermosa. ¿Acaso no te lo prometí?

Sakae asintió con la cabeza. No creía a su padre.

—El incendio fue real —continuó Nakamura⁠—, y hubieses muerto de no ser por el hombre de aspecto temible que traspasó esas llamas. Te sacó. Él era real, tan real como el incendio y le debo tu vida. Hay dos cosas equivocadas en tu sueño. En tu sueño él atraviesa las llamas y no siente ningún dolor. No creo que eso haya sido así. Y tiene un aspecto extraño y temible. Ahora mira cuidadosamente a nuestro invitado. ¿Es tan temible?

—¿Él…? —Sakae giró la cara para mirar directamente a Wilde, quien la observaba no con la indiferencia fingida de los desconocidos que trataban de no mirar su cara sino con una sonrisa franca.

—Hola, Sa-chan —dijo Wilde mientras extendía sus manos⁠—. Acércate. Somos viejos amigos, aun cuando no me recuerdes.

La chica avanzó vacilante. Extendió sus manos y Wilde las tomó entre las suyas en forma tranquilizadora. Automáticamente volvió la cabeza hacia un lado y lo miró por el rabo del ojo.

—Tu padre tiene razón —dijo Wilde ⁠—. Serás hermosa.

—Nunca seré hermosa —dijo Sakae con una seguridad que surgía de muchas horas a solas mirando fijamente a un espejo.

—¿Por qué no? —preguntó Wilde.

—No creo en eso de los doctores.

Wilde levantó la vista interrogantemente hacia Nakamura.

—Los chicos del vecindario le han hecho burlas —⁠dijo Nakamura—. Es muy difícil.

—Si los médicos pudieran arreglar mi cara ya lo hubiesen hecho —⁠murmuró Sakae.

—Le van a hacer cirugía plástica, ¿no es cierto? —⁠preguntó Wilde.

—Sí, pero los médicos no quieren hacerlo hasta dentro de dos años. A los doce, un año es mucho tiempo. Dos es una vida.

—Cree a tu padre —dijo Wilde a la pequeña, sacudiendo sus manos rudamente Soltó una mano y giró la cara de la niña de modo que lo mirara de frente—. ¿Cómo te pudiste olvidar tan rápido de mí? Solía visitar todos los días tu sala cuando ambos estábamos en el hospital —⁠dijo.

—¿Usted también estaba en el hospital? —⁠interrumpió.

—Por supuesto. Pero era mayor que tú, así que pudieron tratarme enseguida.

Miró cuidadosamente a Wilde recorriendo con su vista toda su cara.

—¡Nada! —dijo por fin. Había admiración en su voz.

—Por supuesto que nada. Tu padre hizo que me trataran los mejores cirujanos plásticos del Japón. ¿Haría menos por ti?

Sakae por primera vez desde que entró en la habitación sonrió. Wilde levantó la mano cubriendo la cicatriz con sus dedos.

—En el hospital —continuó— tenías un vendaje, así, de modo que nadie podía ver la quemadura. Solía ir a jugar contigo. A través de tus ojos podía ver que cuando crecieras serías hermosa. Aún lo puedo ver.

Ella frunció el ceño mientras trataba de recordar.

—¡El hombre con los vendajes en toda la cabeza! — ⁠dijo con agitación—. El japonés extraño.

Nakamura complacido asintió con la cabeza. Rara vez la pequeña daba voluntariamente información acerca de ese suceso.

—Creí que solo era parte del sueño —dijo mordiéndose el labio. Levantó su mano y la apoyó sobre la de Wilde que cubría su cicatriz. Su corazón comenzó a latir con anticipación mientras buscaba en la cara de Wilde el más ligero rastro de una marca de quemadura—. Dos años —⁠dijo por fin—. Dos años no es tanto tiempo.

Nakamura acompañó a Wilde a la puerta de entrada.

 

—Otra vez gracias —dijo mientras tomaba la mano de Wilde⁠—. ¿Estará en su hotel?

—Sí.

—Me comunicaré con usted tan pronto como sepamos algo. ¿Puedo hacer algo más?

—Solo dígame el nombre de la aldea.

—Haremos todo lo posible.

Vio al alto norteamericano salir por los portones, luego se dio vuelta para ver a Shin ir hasta la sombra de la puerta de entrada.

—¿Se atreve a decir que no tengo derecho a ayudar a ese hombre? —⁠preguntó con enojo.

Una leve sonrisa asomó en la cara normalmente inexpresiva de Shin.

—Cambié de idea —dijo. Pero por la forma en que lo dijo puso a Nakamura en guardia.

 

Wilde llamó a Sato al cuartel general de la policía. Le dijo que Nakamura había accedido a investigar las aldeas de pesca.

—Parece ser que las cosas se están calmando — ⁠dijo Sato—. Tan pronto como te enteres de algo comunícate de inmediato conmigo. Mantendré a diez de mis hombres en reserva. Espero poder encontrar diez hombres menos cansados que yo.

—Se nos acaba el tiempo.

—Las conexiones de Nakamura son las mejores. Llámame apenas te enteres.

—Si me entero.

—Si te enteras —se corrigió Sato⁠—. Si no estoy volveré enseguida. Deja un mensaje.

Wilde esperó en su cuarto del hotel. Solo parte de su intranquilidad se relacionaba con Nakamura. También existía una esperanza angustiante de que Mariko llamase. Constató dos veces con la conserjería ante la posibilidad de que hubiese dejado un mensaje. Nada. De modo que pasó la tarde esperando al lado de la ventana con la vista clavada en el foso. Había otra sección del foso donde él y Mariko una vez alquilaron un bote a remo y compartieron la belleza de la floración de los cerezos que cada año bordeaba brevemente las orillas. Ella le contó cómo una vez, cuando era muy pequeña, oyó por casualidad a sus padres decir que los soldados japoneses eran sakura, es decir cerezos, como los capullos en los árboles. La mayor parte de la existencia de los capullos de cerezos es lánguida y monótona, son una parte inadvertida del árbol. Su momento llega con la primavera cuando florecen y cubren el árbol y la nación con su esplendor. Este esplendor es efímero, una semana, dos a lo sumo; luego los pétalos de los capullos de cerezo caen a tierra. Y no existe momento más exquisitamente bello que cuando caen. Luego todo concluye y desaparecen barridos por el viento y pasan al olvido hasta la siguiente primavera.

 

Nakamura llamó a las cinco de la tarde.

—Un grupo de quince japoneses, que parecen ser estudiantes, se alojó en una posada en una aldea pesquera llamada Oiso. Hay un extranjero con ellos. Alquilaron una embarcación para mañana. No es mucha información pero es todo lo que pude conseguir.

—¿Qué aspecto tiene el extranjero?

—Solo se lo vio cuando llegaron.

—¿Qué aspecto tiene?

—Un extranjero, dijeron.

—Sí. ¿Qué hay del hombre con la cicatriz?

—No vieron a nadie con una cicatriz.

—Ya veo. Muchas gracias, Nakamura.

—¿Puedo hacer algo más?

—Gracias. Yo me encargaré.

—¿Está seguro?

—Ya ha hecho demasiado. Otra vez gracias.

 

Wilde llamó de inmediato a Sato al cuartel general de la policía. Le dijeron que este se acababa de ir a su casa. Se esperaba que estuviese de regreso en dos horas. Otra llamada a su casa determinó que aún no había llegado, aunque su esposa esperaba que fuese por un momento para cambiarse de ropa.

—¿Quiere que lo llame? —preguntó.

—Sí… no. Dele este mensaje, por favor. Dígale que me voy a Oiso. Dígale que Thompson está allí. Él sabrá lo que eso significa.

—Estará en casa dentro de media hora, si puede esperar.

Wilde consideró el factor tiempo. Media hora hasta que lo llamara. Otra hora para reunir a sus hombres. Eso podía marcar la diferencia.

—No, dígale que me adelantaré.

—No comprendo, ¿pero…?

—Su esposo entenderá.

Luego llamó a conserjería y pidió un auto de alquiler.

—¿Qué tipo de automóvil? —preguntó una voz.

—El más veloz que tengan —respondió Wilde.

—¿Para esta noche?

—Para ahora mismo.

 

Sato salió molido del subte, abstraído de la masa de gente que se arremolinaba, empujaba e impelía para llegar a su destino tres minutos más rápido. Ir a su casa significaba soportar la muchedumbre aplastante y prepotente que Sato prefería ignorar. De modo que todos los días, desde el momento en que dejaba el edificio del cuartel general, se abstraía por completo y dejaba que su cuerpo sufriera los vaivenes inevitables hasta llegar a su casa. Salía del subte, subía la escalera hasta la calle y caminaba dos cuadras más. Después el paso de Sato se aligeraba y sus ojos volvían a la vida a medida que se acercaba a su calle.

Kimura estaba sentado pacientemente en la acera de enfrente a la salida del subte, montado en su motocicleta. Observó la corriente de gente brotar sin moverse, tal como lo había visto durante la última hora y media. Cuando advirtió a Sato salir y alejarse, rápidamente volvió a la actividad, golpeó el arranque y le dio varias aceleradas para asegurarse. Kimura tenía puesta una capucha negra con aberturas en los ojos y nariz (algo común en los motociclistas en clima frío) y lo suficientemente cerrada para cubrir la mayor parte de su cicatriz Se bajó hasta la mitad el cierre de su campera de cuero y destrabó la 45 automática calzada firmemente en el cinturón. Todo el tiempo sus ojos estaban fijos en la espalda de Sato. Giró hacia la acera de Sato, tomándose su tiempo, estrechando lentamente la distancia. No quería sorprenderlo antes del semáforo.

Ahora Sato, cansado como estaba, volvía a la vida. La calle bulliciosa, los bocinazos de los conductores impacientes, el aire viciado, no lo molestaban para nada porque pensaba en su calle tranquila. Se detuvo en la faja peatonal esperando que cambiara el semáforo. La motocicleta se paró al lado de él. El conductor aceleró nerviosamente, más y más fuerte hasta que por fin Sato, un poco fastidiado, giró la cabeza. Reconoció a Kimura al instante, pese a la capucha, y vio la automática negra fija contra el estómago de Kimura, la boca del arma apuntando directo a él. Incluso vio el fogonazo y la cápsula servida saliendo desde la campera de Kimura y recorriendo el aire, pero no oyó el estampido del disparo porque el motor de la motocicleta hacía demasiado ruido. Tampoco ningún otro lo oyó.

La fuerza del impacto volteó a Sato de lado. Cayó sentado, una mano apretaba torpemente su costado. La luz del semáforo cambió y los otros peatones pasaron alrededor de él mirando para el otro lado. Sorpresa más que dolor, se reflejó en la cara de Sato mientras Kimura calzaba de un golpe el cambio en su moto y desaparecía en el tráfico. Sato podía sentir una humedad que se esparcía rápidamente por su costado y se preocupó ante la falta de dolor, solo una sensación lánguida, hueca, como… al mirar sus rodillas se dio cuenta de que su campo de visión disminuía. «¡Puntos!» pensó. «¡Rápido antes de que aparezcan los puntos!». Llegó hasta donde la sangre ya empezaba a formar un charco en la acera entre sus piernas y sumergió el dedo índice en la sangre como si estuviese sosteniendo un pincel para escribir. Era importante que escribiese el nombre de Kimura en la vereda antes de que apareciesen los puntos en su vista. Entonces colocó su dedo en el asfalto firme e hizo la primera línea de la primera letra. Ya estaba mirando por un gran embudo y la mano frente a él ya no parecía la propia… Ahora los sonidos del tráfico desaparecían gradualmente. Comenzó a levantarse lentamente, ya no se sentía pesado. Iba a estar bien; ahora lo sabía. Sus amigos estaban en camino y cuidarían de él. Podía sentirlos venir, cerca y más cerca mientras se seguía levantando. Esta vez no lo abandonarían.