La estrangulación
Capítulo 3
Reinhart, del DIC, recogió a Wilde en el Aeropuerto Internacional Kimpo de Corea del Sur. Era un hombre robusto, pelo corto, entre los veintiocho y treinta y dos años. Al igual que Wilde, vestía ropas de civil. Empujó a Wilde entre una multitud de taxistas, y lo llevó a empellones hasta un coche que esperaba afuera.
En el camino a la base, Reinhart ofreció a Wilde un resumen conciso del progreso de la investigación y una descripción breve de Thompson. Crianza en un pueblito, dos años de colegio superior, luego aspirante a oficial. Corea fue su primer destino en el exterior. Había estado en ese puesto menos de seis meses. Las evaluaciones de eficiencia de su desempeño eran bastante buenas con excepción de la última, un informe que el coronel había rebotado y hecho de nuevo para que concordara con su desempeño hasta ese momento.
—¿Por qué lo rebotó?
—El coronel era de opinión que se trataba más de un conflicto de personalidad que de una disminución en el desempeño. El oficial que escribió la evaluación de eficiencia no es muy confiable.
—¿Cómo se llama?
—Teniente Gerard.
—¿Un teniente escribió una evaluación de eficiencia sobre otro teniente?
—No lo firmó, solo lo escribió. El comandante en jefe lo firmó.
—¿Acaso no se supone que lo debe firmar el oficial que lo escribe?
—Es una práctica bastante común aquí. Gerard estaba nominalmente arriba de él en el organigrama.
—¿Thompson tenía deudas?
—No, ni tampoco se le conocía ningún problema hasta que se volvió estúpido por una de esas chicas de «negocios» coreanas.
—¿Qué hay sobre ese tal teniente Gerard? Suena como si hubiese algo raro respecto a eso.
—No, no lo creemos. El teniente Gerard lo dominaba, pero Gerard domina a todos. Todo el mundo toma a Gerard muy en serio. Tiene la respuesta para todo, siempre arregla todo, nunca es responsable por nada. Los hay en todas las bases.
—Sin embargo, Thompson no tenía tanta experiencia —instó Wilde—. No digo que Gerard lo haya molestado, pero pudo hacerlo, ¿no es cierto?
—Supongo que es una posibilidad.
—¿Quiénes eran sus amigos en la base?
—No era de hacerse de amigos. Algo así como un solitario. Una noche comía en una mesa, otra en otra, ¿entiende lo que quiero decir? Hay un sargento en su oficina que lo conoce bastante bien, pero aparte de ese, la única persona realmente íntima de él era esa chica de «negocios» con la que se enganchó enseguida de llegar aquí.
—¿Qué quiere decir con «chica de negocios»?
—Prostituta. Según lo que sabemos, ella es quien lo metió en líos.
—¿En qué forma?
—Quería casarse con la puta. Fue para que firmase el papeleo y encontró a un tipo acostado con ella. Un soldado. Tenemos su declaración. Probablemente fue un malentendido, pero Thompson lo vio de otra forma. Como dije, Thompson quería casarse con ella. Encontramos las solicitudes en la casa de ella. Estaban completadas, pero sin la firma de la chica. Las encontramos arrugadas en un rincón.
—¿Qué tipo de malentendido puede existir cuando uno descubre que alguien lo engaña?
—Debe entender la forma en que el sistema funciona aquí. Si desea entablar relaciones con una yobo, una amante exclusiva, se le ofrece pagar el alquiler, la comida y un poco más y si la chica acepta se consiguió una yobo. Eso es lo que hacía Thompson. El sistema es bastante flexible. Si el mantenimiento es demasiado costoso, dos, a veces tres tipos incluso, pueden asociarse y luego acomodar el horario entre ellos. Eso es importante, el horario, porque con estas muchachas coreanas se debe establecer un horario, hacerles saber cuándo uno va a ir. Quiero decir, se llaman chicas de «negocios», ¿no es cierto? Bueno, los negocios son los negocios. Si el tipo no va esa noche, ellas no van a desperdiciar la oportunidad de obtener algún dinero. Un won extra no vendría mal con una o dos citas. Todo el mundo entiende eso. Aquí desarrollamos un gran sentido de hermandad.
—Quizás era diferente entre Thompson y su chica.
—Aparentemente no.
—Quizás él pensó que tenían un arreglo diferente.
—¡Oh, sí! Eso es posible.
—¿Qué hizo después que la sorprendió?
—Se fue. Requisó un camión y comenzó a andar. Encontramos el camión en Seúl.
—¿En qué parte de Seúl?
—A la vuelta del hotel KAL. Nuestra investigación demostró que entró, hizo una llamada telefónica, se quedó durante diez minutos y cuando el conserje volvió a levantar la vista, se había ido. Allí es donde le perdimos el rastro. Ahora solo será cuestión de tiempo. Los oficiales públicos coreanos están cooperando absolutamente con nosotros. Está de uniforme; se encuentra en Seúl y resaltará como un pulgar dolorido. La policía está controlando cada hombre uniformado que ve.
—Podría comprar ropas de civil.
—Ya se dio la alerta sobre esto también.
—¿Está seguro de que la chica fue la causa de que se fuera?
—¿Quiere decir si se pasó al otro bando? No falta nada.
—¿Tenía acceso a algo?
Reinhart esperó bastante antes de contestar y luego un dejo de preocupación se traslució en su voz.
—Municiones, las ubicaciones de los centros de allegamiento y distribución de pertrechos de este lado de la Zona Desmilitarizada. Los conocía todos.
—Si yo fuese norcoreano, sin duda me interesaría un tipo como Thompson.
—Lo atraparemos —contestó Reinhart rápidamente.
—Me gustaría hablar con su sargento y con el teniente Gerard. También con la chica.
La autopista era de macadam flamante. Fértil tierra roja, los arrozales, las simples casas con paredes de adobe, los trajes de los campesinos, todo esto encajaba como partes ordenadas de un todo. Solo la faja negra de la ruta pavimentada parecía fuera de lugar, como si se hubiese pedido prestada a otra época.
Reinhart se desvió del camino de portazgo a una ruta más antigua y llena de pozos. A esta la compartieron con camiones de tres ruedas, un taxi ocasional, bicicletas y carros tirados por bueyes. Si el carro tirado por bueyes con llantas de caucho es para el campesino coreano un camión pesado, la bicicleta es su camioneta. Cada bicicleta tiene un armazón de hierro viejo que se extiende desde los ejes hasta el cuadro de la bicicleta y el manubrio. Las plataformas para llevar cargas están soldadas a las ruedas traseras arrastrando pesos increíbles. La carga puede ser de cualquier cosa, desde ganado hasta ladrillos. Si la carga es demasiado pesada para pedalear, simplemente se empuja la bicicleta. Wilde y Reinhart pasaron un granjero que pedaleaba con un cerdo firmemente atado a la parte posterior de su bicicleta.
—¿Cómo se hace para subir un cerdo vivo a la parte de atrás de una bicicleta así? —rumió Wilde—. Debe ser humillante para el cerdo.
—Bastante simple —Reinhart rio entre dientes —. Solo se deben conocer las costumbres de la tierra. Primero se da al cerdo vino barato.
—¿Quiere decir que emborrachan al cerdo?
—¿No notó su aspecto agradable? Un poco de vino por su garganta y se deja hacer cualquier cosa.
—Eso es un cerdo para usted — contestó Wilde y ambos rieron.
Reinhart aminoró la marcha mientras pasaban por una aldea en el camino. No todos lo hacían y los aldeanos rara vez sonreían a los grandes camiones que pasaban rugiendo y levantando grandes nubes de polvo que enturbiaban de arriba abajo las paredes. Los puestos de verduras estaban uno al lado del otro llenos con el humo de las fundiciones de los terrenos al fondo.
Por todas partes se podían ver pilas de ladrillos y montones de tuberías de canales, muros a medio terminar y techos de tejas nuevas y brillantes. Corea es un país que por fin está en evolución, tanto tiempo después de la guerra que la introdujo al mundo exterior. Pero aún el polvo lo cubre todo.
Wilde presentó sus respetos al comandante de la base, luego se instaló en un pequeño cuarto cerca de la oficina de Reinhart. Examinó brevemente los informes; Reinhart lo había puesto bastante al tanto de las cosas. En un cuadernillo de apuntes Wilde escribió tres nombres:
Gerard
Sargento Willard
Kim Pak-soong (también conocida por Nancy).
Gerard no estaba en su oficina. El sargento Willard, quien atendió el teléfono de Gerard, acudió enseguida.
—El teniente Thompson era un buen tipo —dijo el sargento—. Un poco joven, pero un buen oficial. Lamento mucho que haya pasado esto. Espero que no se lo considere como un incidente serio, señor, sabe a qué me refiero. Tiene una buena carrera por delante. Da lástima arruinarlo solo por un pequeño error. Todos cometemos equivocaciones, ¿no es cierto, señor?
—Usted lo conocía mejor que nadie —dijo Wilde—. ¿Adónde cree que fue?
—Lo lamento, señor, se lo diría si lo supiese. No creo que tenga dónde ir. Pienso que simplemente se fue huyendo. Lo más probable es que vuelva solo.
—¿Tenía amigos en alguna otra parte? ¿Por ejemplo, en Seúl?
—Nunca lo mencionó. Iba ocasionalmente; todos lo hacemos.
—¿Solo? ¿En grupo?
—Ambas cosas supongo, señor.
—¿Alguna vez fue con la señorita Kim?
—¿Quién es, señor?
—Nancy.
—¡Oh, Nancy! Sí, señor, a veces iba con Nancy. Ella también es una buena chica. Es una lástima.
—Es prostituta, ¿no es cierto?
—La gente hace lo que debe hacer, señor. Debe recordar que esto es Corea. También debe tener en cuenta ese hecho con Thompson, señor, si no le molesta que se lo diga. Todos estamos metidos aquí en el final de ninguna parte. A nadie le importa. Nadie sabe que estamos aquí. Envíe cualquier petición y se la rebotan. Dicen que se necesita más en Vietnam. Uno recibe una carta de su casa y todo lo que hacen es decirle qué suerte que tiene de no estar en una zona bélica. ¡Diablos, señor! No pasa un día sin que maten a alguno de nuestros muchachos en la Zona Desmilitarizada. Vienen los zapadores, hacen volar una barraca aquí, un camión allá. Kim II Sung está cómodamente del otro lado de la zona neutral organizando todo, preparándose para el gran día. Todo el mundo sabe que va a volver al Sur, nadie sabe cuándo. Quizá la próxima primavera; quizá la siguiente. Y aquí estamos nosotros sin suficientes armamentos ni pertrechos ni espíritu. A los periódicos de nuestro país no les interesamos, tampoco al Pentágono. Con razón un hombre como Thompson piensa, cuando algo malo pasa, que a nadie le importa para nada. Probablemente imagine que nadie ni siquiera notará su ausencia. El hombre que supuestamente ejerce el control se fue a Vietnam y nunca se molestaron en mandar un reemplazante.
—Esa chica Nancy lo engañaba, ¿correcto?
—No, señor. Nunca lo engañó.
—De acuerdo a la declaración que tengo aquí, él la sorprendió haciendo exactamente eso.
—Hasta ese momento nunca lo había engañado. Todas las chicas lo sabían; pregúntele a cualquiera de ellas. De cualquier forma, incluso esa vez no lo estaba engañando. Mi yobo me contó todo. Lo hizo a propósito, solo para que él la sorprendiese.
—¿Está seguro?
—Mi yobo me lo dijo.
—¿Por qué?
—Para que no se casara con ella. Para que ella no lo avergonzara. Pensó que no era suficientemente buena para él. Ahora si eso no es amor, ¿qué es? Si eso no es ser una buena mujer, ¿qué es? Es por eso que afirmo que ella nunca lo engañó, señor.
—Ya veo. Bueno, muchas gracias, sargento. Ha sido de bastante ayuda.
—A sus órdenes, señor. Espero que pueda arreglar esto. Sé que los reglamentos son los reglamentos, pero, señor… aquí no hay malos tipos.
—Eso es lo que nos interesa. Oh, una pregunta más, sargento: ¿Qué hay sobre el teniente Gerard?
El sargento sonrió.
—Usted está enterado de todo, ¿no es cierto, señor?
—¿Ejercía mucha presión sobre Thompson?
—Ejerce presión sobre todos. Es su modo de ser.
—¿Otra buena persona?
—No quiere hacer mal.
—Gracias, sargento.
—¿El Casino de Oficiales? —dijo Reinhart—. Sí, probablemente esté allí. ¿Entonces por qué no hablamos con él allí mismo? Usted podrá hablar y yo podré tomar algo.
El sol se ponía y el frío de una noche otoñal coreana llegaba rápidamente. El Casino de Oficiales estaba activo, pero eso era de esperar a esa hora del día.
Gerard estaba sentado solo en un rincón del bar y alineaba los palillos para mezclar los cocteles; seis sobre el bar frente a él, uno en su trago.
—¿Qué hace acá, solo? —dijo Reinhart palmeando a Gerard en la espalda.
—Estoy celebrando un nuevo estéreo que acabo de mandar a pedir —contestó Gerard sin vigor—. Espere a ver cuando el gran hombre reciba esta factura.
—Bueno —dijo Reinhart alegremente —, mientras se mantenga al día con los pagos.
—No he pensado en ello.
—Oh, bueno —dijo Reinhart—, tiene mucho tiempo para preocuparse de eso después. Ahora está este señor que quiere hacerle un par de preguntas acerca del teniente Thompson.
—Bueno, era un inútil. Lo supe enseguida. También lo escribí en su evaluación de eficiencia, pero la rebotaron. Ahora, ¿quién tenía razón, eh?
—Wilde.
—Sí —dijo Gerard automáticamente—. ¡Descabellado! —Luego levantó la vista de su trago y vio que Reinhart no estaba solo—. ¡Oh! ¿Quieren un trago? —Hizo señas al cantinero.
—¿Qué me puede decir sobre Thompson? —preguntó Wilde sentándose en una banqueta.
—Un inútil. La manzana podrida. Me di cuenta enseguida, pero nadie me creyó.
—¿Exactamente de qué se dio cuenta?
—¡Ah! Uno puede conocer a algunos tipos, eso es todo. Uno simplemente se da cuenta. Hacen bien su trabajo, claro. No se meten en líos. Pero algo no está bien. Algo falla. —Su mentón se proyectó hacia adelante en forma agresiva—. Uno se da cuenta o no. Yo me di cuenta. Nadie me hizo caso. ¿Ahora qué sucedió? ¡Está del otro lado de la colina, eso fue lo que sucedió!
—¿Alguna vez salió con él a beber?
—Oh, una o dos veces. No éramos compañeros de tragos, si a eso se refiere. ¡Diablos! Tarde o temprano uno bebe con todos los de la base.
—¿Alguna vez fue a Seúl con él?
—¿Para qué?
—¿Conoció a su chica, la señorita Kim? ¿Nancy?
—Nancy. No. La vi un par de veces en el… ¿dónde trabajaba?… En el Playboy. Oí bastante sobre ella, no obstante, en la oficina. El muchacho no tenía buen gusto.
—¿Por qué dice eso?
—Bueno, fíjese a quién eligió. La visita por sorpresa… ¡ella estaba con un soldado! ¡No tenía clase! No creo en la mezcla social entre clases. ¡Es como para vomitar!
—Sí —dijo Wilde—. Bueno, no se preocupe, teniente; atraparemos a ese tipo que mezcla razas —él y Reinhart agarraron sus vasos y se dirigieron al comedor.
—Es un personaje, ¿no? —dijo Reinhart mientras se sentaban a la mesa.
—¡Mantiene las tropas puras! —contestó Wilde sacudiendo la cabeza con asombro—. ¿Ahora, qué hay sobre Nancy?
—Sí, bueno, no crea que averiguará mucho por medio de ella tampoco. De cualquier forma, la podremos hallar en el trabajo más o menos a las ocho. También tendrá oportunidad de ver el colorido local en el pueblo.
—¿Es lindo?
—Bueno —dijo Reinhart mientras agarraba el menú y le echó un rápido vistazo—. Para cuando lleguemos allí ya habrá oscurecido —bajó la voz a un susurro dramático—; la magia solo surge después del oscurecer. A la noche el olor desaparece gradualmente y el viento lleva por el aire una promesa de romance y aventura tal como nunca la imaginaría fuera de Tijuana. Incluso los barrios bajos de Tijuana. Más o menos a las ocho habrá un éxodo metódico de este Casino… una fila de personas como hormigas obreras después que las exploradoras descubren un escondite de miel.
—Suena como un lugar de atractivo limitado pero definido.
—Sí. Porque no todos van en esa dirección. Algunos muchachos se quedan y escriben cartas a sus casas. Imagino que se podría llegar a escribir casi un libro por mes si hubiese algo que contar. El capellán estimula a los jóvenes a mantener sus actividades bajo control al hacer completo uso del gimnasio de la base. Eso incluso está bien, mientras no lo interpreten como que significa molestar al prójimo en la ducha. Algunos de los muchachos controlan sus «energías sobrantes», como le gusta llamarlas al capellán, agotándose en nuestro gimnasio de pesas. Mandamos a sus casas a muchos sureños bautistas con los músculos demasiado tiesos como para peinarse. Luego existe el… ¿Veamos, de qué otra forma eludimos los pecados del pueblo?… ¡Oh, sí! Existe el método de beber para olvidar.
—¿Da resultado?
—No que yo sepa. Sin embargo, gran parte de nuestra tropa aprendió a gozar de un buen trago fuerte antes del desayuno. Estos tipos beben tanto aquí que no existe ninguna víbora en Corea que pueda morder a uno de ellos y permanecer viva. ¡Diablos! ¿Qué más se puede hacer? Este es un destino solitario y no hay lugares donde ir. No, la mayoría de nuestra gente decide que ir al pueblo es un substituto adecuado del gimnasio.
—Entonces este hombre, Thompson, debe estar muy acompañado.
—¡Oh, sí! Siempre hay alguien que desaparece. Por lo general durante un par de días; por último regresan caminando por el portón con la cola entre las patas. ¿Adónde van a ir? Los castigamos con el Artículo 15 y luego lo olvidamos. No es algo importante.
»Sí, si alguien desea armar un escándalo sobre el asunto podemos enojarnos mucho de acuerdo al reglamento; pero lo que quiero decir es que lo que hizo Thompson no es grave. Lo grave es que un senador regañó a un par de generales, ¿entiende? No se preocupe. Lo encontraremos o tendrá hambre y volverá. ¿Qué quiere comer?».
Wilde agarró el menú.
—¿Qué es rico? —preguntó.
—Todo es rico. Por lo general, si estoy por ir al pueblo, elijo lo que parece absorber el máximo de alcohol.
El aire nocturno era cortante y frío. Las ventanillas del taxi coreano se empañaban rápidamente. Solo el conductor, que constantemente limpiaba un pequeño círculo directamente frente a él con un trapo sucio, tenía noción de lo que sucedía fuera del auto.
Reinhart que hacía garabatos con el dedo en la ventanilla empañada, o sabía dónde estaban o no le importaba. Wilde reflexionó acerca de los sucesos substanciales que crearon todo ese lío. Todos los involucrados veían a Thompson a través de sus ópticas distorsionadas y el resultado final no sería el triunfo de la verdad sino de una única distorsión predominante. Todo lo que Wilde esperaba hacer era reducir al mínimo las consecuencias de esta.
El taxi se detuvo bruscamente. Los dos norteamericanos salieron a un frío círculo de luz que provenía de un farol solitario. Sus respiraciones se condensaron en bocanadas cortas y visibles en el aire frío. Las ventanas de los edificios circunvecinos estaban cerradas y enmaderadas. Con la luz tenue de un único farol todo parecía desierto y solitario. Sin embargo, había gente alrededor. Wilde podía percibirla, gente o sus sombras.
El primero en salir de las sombras fue un niño envuelto en tanta ropa que se mecía al caminar, como un marinero en miniatura. Apareció otro, aun más pequeño, y luego en un instante se vieron rodeados por chicos con caras serias.
—¡Dios mío! —dijo Wilde—. Creo que nos van a robar nuestra goma de mascar.
Uno de ellos se estiró y tiró de la manga de Wilde.
—¡Oye, Joe! —dijo. Wilde miró a Reinhart en busca de apoyo. Reinhart no sería de mucha ayuda. Tenía un golfo en cada manga.
—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó Wilde mirando hacia abajo.
—¿Se llama Joe? —preguntó el pequeño ladeando la cabeza a un costado.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Wilde. El muchacho seguía agarrado con una mano de la manga de Wilde. La otra mano tomaba con menos confianza su guante.
—Sam —contestó el pequeño mirando de soslayo hacia la luz.
—¿Sam?
—Sam. Sí.
—¿Cómo es que un buen chico como tú tiene ese nombre?
El pequeño coreano lo pensó. Miró a sus amigos. Nadie dijo nada. Volvió a mirar hacia arriba, hacia Wilde.
—¡Deme won! —dijo.
—¿Qué?
—¡Deme won!
—No le dé nada aún —gritó Reinhart—. Los llevaremos con nosotros. De cualquier forma necesitamos un guía para atravesar estos callejones sin rompernos la crisma en uno de esos baches nuevos.
—Vamos. Me estoy congelando.
—Bueno —dijo Reinhart—. ¡El Club Playboy! —gritó a los chicos.
—¡El Club Playboy, el Club Playboy! —gritaron en coro.
—¡Entendieron! —dijo Reinhart—. ¡Vamos!
—¡Yo los llevaré! —dijo el que se asía del brazo de Reinhart. Comenzó a caminar en la oscuridad, tirando y remolcando el brazo como si estuviese moviendo una mula terca. Se alejaron del círculo de luz y caminaron por un pasaje sucio que se apartaba en pendiente de la calle principal. El pasaje estaba bordeado por edificios oscuros apiñados. Aquí y allá una brizna de luz de una grieta en las ventanas enmaderadas cortaba a través del sendero. Ahora la única luz existente provenía de la luna, cuando aparecía. La vista de Wilde se acostumbró a la profunda oscuridad y advirtió figuras ocasionales paradas inmóviles en los huecos de las entradas; observaban en silencio. Los chicos parloteaban entre sí.
Más adelante asomaba una luz. El pasaje formaba un ángulo agudo y tras él un edificio, como un depósito, más grande que el resto, sin ventanas. Una sola puerta, una única luz en lo alto. Varias figuras con uniformes militares se arremolinaban bajo la luz. La puerta se abrió de golpe y dejó escapar una explosión de música. Una chica asomó la cabeza, escupió y luego volvió a cerrar la puerta.
—¡El Club Playboy! —gritó el guía de Wilde con excitación tirando con más fuerza.
—Dele al pequeño bastardo diez wons —dijo Reinhart.
Sus escoltas tomaron el dinero y echaron a correr perdiéndose en la noche.
Si el exterior parecía un depósito, el interior del Club Playboy recordaba a Wilde ni más ni menos que el interior de ese enorme salón con coperas en Searsville Lake que él y sus amigos alquilaban en ocasiones para sus fiestas cuando estaba en el colegio superior. Quizás había un par de mesas y bancos más, pero en general era igual. Piso de hormigón, paredes de concreto sin pintar, aquí y allá una supuesta decoración y sobre la pista de baile un genuino globo giratorio con espejitos, y luces de colores que esparcían pequeños reflejos en toda la habitación. No era necesario sacarse el sobretodo a menos que uno estuviese bailando. La temperatura en el interior solo era unas pocas décimas más elevada que la exterior, excepto en la zona contigua a tres estufas a carbón. Las chicas, a las que no se les permitía usar abrigo ni siquiera pulóveres, se turnaban alrededor de las estufas.
Reinhart guio a Wilde entre medio de una multitud de uniformes y trajes de meseras hasta un reservado en un rincón. Palmeó con afecto en el trasero a una mesera que pasaba y le susurró algo al oído.
—Bueno —dijo ella—. ¿Cuál quieres primero?
—OB —respondió Reinhart haciendo una seña con el pulgar hacia arriba.
—Ya lo creo —dijo. Juntó su pulgar y dedo índice en un círculo y diestramente calzó el círculo en el pulgar aún levantado de Reinhart; desapareció riendo entre dientes.
Un mozo coreano, delgado y de cara agria, trajo cuatro porrones de OB (una cerveza coreana) y vasos de papel. Otro toque Searsville, pensó Wilde.
—Así que esto es Corea un sábado a la noche, ¿eh? —dijo y levantó un vaso de papel ante Reinhart a modo de brindis.
—Hace poco estuve en Osan —dijo Reinhart mientras desabrochaba su sobretodo y se reclinaba hacia adelante con ambos codos sobre la mesa—. Había llegado un nuevo administrador para el Casino de Oficiales y estaba preocupado por todos los muchachos de la Fuerza Aérea que iban todas las noches al pueblo…
—¿Un moralista?
—No, esta es la mejor parte. ¡Se oponía a ello por razones de negocio! Todas las ganancias se iban al tacho porque el lugar se vaciaba después de las ocho. Así que trajo un conjunto, desocupó un espacio en el comedor como pista de baile y apartó dos mesas para las meseras. Entrevistó a cada una de ellas personalmente. Me contó. Solo aceptó a las más calificadas. Dos veces tuvo gonorrea y para él fue algo muy serio.
—¿Por qué?
—Le gustaba la cerveza, incluso más que a mí. No le importaba el dolor; tampoco le interesaba no poder tener relaciones sexuales. ¡Pero no tomar nada de alcohol mientras se curaba! Me dijo que era algo realmente cruel.
—¿Cuánto tiempo le llevó curarse?
—Tres días cada vez. De cualquier forma, eso no es lo importante. Bueno, desde que efectuó esos pequeños cambios la gente se quedó en el Casino, disfrutaba de la música y el baile durante las comidas. Quizá también un poco de vino. Compañerismo, buena comida, decía, las necesidades de la tropa son muy simples. Las chicas trabajaban hasta las diez y media. Eso les daba a todos la oportunidad de llevar a una chica a sus alojamientos para tomar un trago antes de acostarse y hacer el amor. Las chicas vuelven al pueblo antes del toque de queda. No sé cuánto tiempo va a salirse con la suya, pero dice que los negocios nunca anduvieron mejor que ahora.
—¿Y en qué se beneficia el administrador del Casino?
—¡Oh! Satisfacción personal ante el mejoramiento del estado de ánimo, alabanzas sobresalientes por el aumento en los ingresos, el sentir que ayuda a sus compañeros y el diez por ciento de todo el asunto.
—¿Le contó todo esto o usted tuvo que averiguarlo?
—No, él me lo contó.
—¿No pensó que usted podía elevar un informe al OSI?
—No le importaba. No es de carrera. Por otra parte, en Corea todos piensan que hay que vivir y dejar vivir.
La chica con la que Reinhart había hablado apenas llegaron regresó a la mesa con otra joven pisándole los talones. La segunda chica era atractiva, algo asustada y muy triste.
—Usted debe ser Nancy —dijo Wilde poniéndose de pie.
—Así es —dijo Reinhart—. Esta es Nancy y la otra chica es Mary, a veces se la llama Mary de Municiones. Siéntense, chicas.
Mary de Municiones se sentó al lado de Reinhart y se estiró para agarrar un vaso de papel.
—¿Para mí? —preguntó.
—Sí. Pero ahora no puedes tomarlo. Nancy, ¿por qué no te sientas? No estés nerviosa. Este es el señor Wilde. Quiere hablar contigo.
—¿Por qué no puedo tomar? — preguntó Mary de Municiones.
—Porque —dijo Reinhart impeliéndola a ponerse de pie — tú y yo vamos a bailar.
Nancy se sentó dubitativamente, las manos sobre la mesa frente a ella. Wilde llenó su vaso.
—Gracias —dijo.
—No esté nerviosa, Nancy —dijo Wilde suavemente —. No se encuentra en dificultades.
—¿Nerviosa? —preguntó frunciendo el ceño. No conocía la palabra.
—Nerviosa —Wilde hizo una mímica haciendo temblar las manos y poniendo cara de preocupado. En los labios de ella asomó una leve sonrisa y asintió con la cabeza.
—Ya entiendo.
—Quiero hablar con usted del teniente Thompson.
—Lo sé. Ya he hablado con… su amigo.
—Sí, leí su declaración. Nancy, ¿el teniente Thompson trató de comunicarse con usted después que se fue?
—No.
—¿Me lo diría si fuese así?
Lo pensó un momento.
—No lo creo —dijo.
—¿Por qué no?
—Quiere meterlo en la cárcel.
—Solo quiero evitar que se meta en mayores dificultades —dijo Wilde suavemente. Colocó una mano sobre la muñeca de ella—. Lo atraparán, sabe.
—Sí —dijo—. Así lo creo —su mentón comenzó a temblar. Se llevó las manos a la cara y empezó a llorar. Wilde dejó que se desahogara y luego le dio su pañuelo.
—Hace un año que vengo aquí —dijo retorciendo el pañuelo de Wilde—. Un año, igual que Thompson. Ahorro dinero, se lo mando a mi padre. Después de un año, volveré a mi aldea, padre tendrá suficiente dinero para dar una dote apropiada al aldeano que será mi esposo. Se supone que debe ser así. Thompson me daba dinero. Yo lo enviaba a mi padre. Pero Thompson quiere casarse conmigo —sacudió la cabeza irremediablemente—. No puedo irme de Corea. Él no puede quedarse aquí. Es imposible. Entonces hago esta cosa tan tremenda.
Wilde sacudió la cabeza.
—Ya veo. Bueno, quiso hacer lo correcto.
—Sí —dijo—. Quiero.
—Tratar de hacer lo correcto no es malo.
Levantó la vista y frunció el ceño.
—¿Puede una chica de «negocios» hacerlo?
—Puede intentarlo.
—¿Puedo irme?
—Me gustaría hacerle un par de preguntas más.
—¿Puedo irme? Volveré.
Wilde se puso de pie.
—Claro —dijo—. Fue agradable hablar con usted.
Le devolvió el pañuelo y se alejó rápidamente. La observó dirigirse directo al guardarropa, agarrar su abrigo y salir disimuladamente.
Reinhart volvió al reservado con Mary de Municiones.
—¿Se fue? La vi dirigirse a la puerta.
—Sí —dijo Wilde—, creí que lo iba a lograr, pero… no quiso hablar.
—Bueno, en el cuartel saben dónde estamos. ¿Qué tal un poco de diversión? Enviarán a alguien cuando atrapen a Thompson. Le contaré historias de la guerra —dijo haciendo que la chica entrara en el reservado y luego se sentó.
—Bueno. Cuénteme por qué llama a su chica Mary de Municiones.
—Está bien. ¡No, Mary, díselo tú!
Mary sonrió, abrazó a Reinhart y dijo dulcemente:
—Me acosté con todos los de la Sección Municiones.
—Es una especie de mascota —explicó Reinhart.
Nancy volvió más o menos diez minutos después. Fue directamente al reservado de Wilde.
—¡Miren quién está aquí! —dijo Reinhart.
Ignoró a Reinhart.
—Vamos a Seúl —dijo a Wilde.
—¿Ahora?
—No. Thompson y yo. Vamos a Seúl. Hotel Chosun. El mejor hotel de Seúl. Nos encontramos con un hombre allí. Japonés. Nos dio su tarjeta. Una para mí, otra para Thompson. Un hombre muy agradable. Habla de Vietnam. Dice que la guerra es mala. Dice que ayudará a cualquiera que quiera escapar de la guerra.
—¿Qué dijo Thompson?
—Dice no gracias —colocó una tarjeta sobre la mesa—. Aquí está la tarjeta —dijo—. En mi cuarto puedo encontrar solo una.
—¿Thompson tiene la otra?
—Creo que sí.
—Gracias, Nancy —Wilde agarró la tarjeta—. Es mejor que volvamos al cuartel.
—¿Dónde queda el Chosun? —preguntó Wilde mientras salían.
—Justo atrás del Hotel KAL —contestó Reinhart abotonándose el sobretodo.
Un grupo de niños esperaba en la puerta.
—¡Deme un won! —gritaron, las manos extendidas. Wilde agarró las manos extendidas del que estaba más cerca y lo levantó por los aires en forma juguetona.
—En cambio te haré hacer un viaje —dijo haciéndolo girar en un arco. El pequeño chilló con sorpresa y deleite. Wilde lo posó en tierra y otro estaba allí, justo bajo su nariz con los brazos levantados.
—¡A mí! ¡A mí! —gritó saltando con entusiasmo. Por lo menos los chicos aún saben jugar, pensó Wilde después.
La tarjeta era de una compañía mercantil mixta coreano-japonesa. Los representantes japoneses se alojaban en el Chosun y en el Olympos en la ciudad del puerto de Inchon. Al día siguiente la CIA coreana, a petición de Reinhart, requisó discretamente los cuartos. No se encontró a Thompson, pero sí algunos panfletos del Beiheiren japonés. Estaban en inglés.
Un barco japonés, fletado por la compañía, había zarpado de Inchon el día después de que Thompson desapareciera y se dirigía a Yokohama.
—Parece ser que usted tiene más dificultades que Thompson —dijo Wilde a Reinhart—. ¿Los Beiheiren les habían causado algún problema hasta ahora?
—No, esta es la primera noticia.
—Bueno, habrá más, se lo aseguro. Sabe quiénes son, ¿no es cierto?
—Sí, para su información recibimos datos sobre ellos. Paz para la Comisión Norteamericana, ¿correcto?
—Correcto. Con base en Japón. Hace un par de años que contrabandean a Suecia desertores y los que eluden el servicio militar. Ahora que Vietnam se está aplacando, buscarán otros mundos para conquistar. Parece ser que su islita hermética quizá se esté pervirtiendo.
—No tenemos ninguna prueba de que tengan a Thompson, aparte del hecho de que quizá tenga su tarjeta y quizá se haya puesto en contacto con ellos.
—Y quizás estaba en el barco que zarpó de Inchon. Tiene razón, todo es hipotético. Hasta que descubra algo más concreto, es mejor que suponga que aún está en Corea. Si yo fuese usted procedería con tacto. Es inútil poner sobre aviso a los Beiheiren de que usted está al tanto de ellos, en el caso de que sí tengan gente aquí. Sin embargo, por las dudas, es mejor avisar a Japón.
—Usted cree que lo tienen ellos, ¿no es cierto?
—Creo que sí. Iré a Japón por uno o dos días a ver qué puedo averiguar.
—Cualquier cosa con tal de salir de Corea, ¿eh?
—Sí, bueno… como usted dice, si está aquí solo es cuestión de tiempo. No puedo hacer mucho más que mirar por encima de su hombro. Pero si está en camino a Suecia, vía Japón, quizá pueda hacer más que observar y prestarles una ayuda que no me pidieron ni desean. Creo que Salmon pensó que esto podía suceder cuando me envió aquí.
—¿Japón es su lugar favorito de recreo o algo así?
—Sí, algo así.