La estrangulación

Gregory C. Knapp · Capítulo 10 de 15

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La estrangulación

Capítulo 10

 

 

Las radiografías indicaron que la pierna de Smith estaba quebrada en dos lugares. Las fracturas eran abajo de la rodilla y Smith insistió, pese a las firmes objeciones del médico, en que se le colocara un yeso con estribo. El facultativo le advirtió que si cargaba demasiado peso en esa pierna quizá no se soldaría convenientemente pero Smith se mantuvo en su terquedad. Se llegó a un arreglo en la verdadera tradición japonesa. A Smith se le pondría un yeso para que pudiera caminar si prometía usar muletas.

Wilde llamó por teléfono a Sato desde el hospital.

Smith vivía al amparo del Tokio Tower, a dos cuadras de la calle tortuosa del Edificio Masónico. Para cuando por fin Wilde metió el auto en el refugio extremadamente estrecho, Smith ya le había tomado bastante la mano a sus muletas.

—No está del todo mal —dijo Smith mientras con dificultad daba un par de pasos hacia la calle y volvía⁠—. Si solo me agarro con fuerza así, manteniendo el peso en mis manos… ¿sabes?… oye podré desarrollar mis antebrazos y hombros tres o cuatro centímetros.

—Desarrollar tus hombros —repitió Wilde terminantemente⁠—. Eso es justo lo que necesitas.

—Bueno, tenemos que mirar el lado bueno de las cosas junto con el malo. Por un tiempo no podré hacer ejercicios; de alguna manera tendré que mantenerme en forma.

—Sí, bueno, subir y bajar trotando con muletas estos escalones será suficiente —⁠dijo Wilde mirando agriamente a los estrechos escalones que conducían al departamento de Smith.

—¡Oye! ¿Quién se quebró la pierna, tú o yo? —⁠dijo Smith.

—Me siento mal por esto, Smith.

—Sé lo que quieres decir. Ahora Thompson puede estar en cualquier parte —⁠dijo Smith probándose a sí mismo en el primer escalón.

—Me refiero a tu pierna.

—¡Qué diablos! —dijo Smith a medio camino en la escalera mientras se divertía con sus nuevos juguetes⁠—. Pagaste la cuenta.

—Siempre pagamos los daños y perjuicios —⁠dijo Wilde.

—¿Vas a subir o simplemente te quieres quedar en la calle?

—Subo.

La vivienda de Smith se componía de dos habitaciones alfombradas, una pequeña cocina y un baño. Una cama de dos plazas ocupaba la mayor parte de una de las habitaciones y un sofá, dos sillas y un equipo estéreo llenaban la otra. Había una colección de libros apilada al lado de la cama en cuatro montones. Los parlantes estéreos, a ambos lados del sofá, estaban balanceados para el dormitorio, no a la sala. Platos, de varias comidas, estaban amontonados en la pileta de cocina.

El teléfono sonó mientras Smith, encogiéndose de hombros, luchaba por sacarse el saco. Saltó hasta el dormitorio, se dejó caer en la cama supergrande, sin hacer, y atendió.

—Moshi-moshi… ¡Oh, me alegro de que llamaras…! No, acabo de llegar a casa… Por supuesto que no me olvidé, pero me retrasé… Tenía que ir a buscar a un amigo y nos topamos con otras personas. Sí, yo también… Bueno, ¿cuándo es tu próximo vuelo acá?… Está bien…

Llamaron a la puerta. Wilde retiró el cerrojo y abrió. Sato entró con cara preocupada. Retrocedió ante el rostro desfigurado de Wilde.

—¿Cómo está? —preguntó Sato.

—Está bien —Wilde cerró la puerta tras él y volvió a colocar el cerrojo. Desde la otra habitación se oyó colgar el receptor.

—¿Quién es? —gritó Smith.

—Un viejo amigo nuestro —dijo Wilde mientras conducía a Sato a la sala.

—¡Sato-san! —gritó Smith desde su posición reclinada⁠— ¡Shibaraku deshita! ¡Cuánto tiempo hace que no nos vemos!

—Sí, pasó mucho tiempo —contestó Sato⁠—. Oí decir que tuviste un accidente.

—Para ser más exacto, fue a propósito. —Se sentó en el borde de la cama y miró a su yeso—. ¿No es una macana? —⁠dijo a nadie en particular. Ahora sus labios hinchados produjeron un leve seseo.

—¿Qué dijo el médico? —preguntó Sato.

—Veamos, ¿qué dijo? Creo que dijo que no podría practicar durante dos semanas. O seis meses. Dos semanas o seis meses. No me acuerdo. Dos semanas, creo.

—¿Cómo están tus ojos?

Smith se dirigió a Wilde.

—¡Estos policías lo saben todo!

—Lo llamé por teléfono mientras te estaban enyesando la pierna.

—Los ojos están bien. Solo llenos de polvo. Me los lavaron y me dijeron que usara anteojos ahumados durante un par de días.

El teléfono volvió a sonar.

—Perdonen —dijo Smith—. Deberían verificar algunos otros hospitales —⁠agregó—. Sabes, nosotros también les dimos una tunda.

—Estamos verificándolos.

—¿Hola?… No, no esta noche, es demasiado tarde… Está bien. Los lavaré yo mismo…

Wilde se dirigió a Sato.

—Lo teníamos en nuestras manos —⁠dijo golpeando su mano fuertemente contra el batiente.

—¿Qué tipo de descripción me puedes dar? — ⁠dijo Sato mientras sacaba un pequeño anotador.

—Sujetos del Zengakuren. Todos entre veinte y treinta años. Vestidos comúnmente. Nada peculiar en ninguno. Excepto uno. Llevaba puesta una campera roja, flaco pero fuerte, alto para ser un japonés y tenía una cicatriz en un costado de la cara. ¿Aparte de eso, qué puedo decirte? Todos tenían pelo negro, ojos oscuros, ¿te sirve?

Smith se volvió a sentar con un gruñido.

—Por si te sirve de ayuda, un tipo tiene una muñeca que ahora se dobla en ambas direcciones y creo que otro tiene dedos que apuntan en distintas direcciones de lo normal.

Sato tomó nota.

—Daré aviso. Creo que la mejor pista para una identificación la tenemos en el sujeto que tiene una cicatriz en la cara.

—Va a lo largo de su mejilla, así —⁠dijo Wilde y trazó una línea en su cara con un dedo.

—Es el que me tiró esa basura en los ojos —⁠agregó Smith. El teléfono volvió a sonar. Hubo un silencio embarazoso.

—Teléfono —contribuyó Wilde voluntariamente.

—Yo atiendo —dijo Smith sonrojándose apenas. Se reclinó hacia atrás⁠—. Moshi-moshi… Hola, querida… No esta noche, estoy demasiado cansado. ¿Por qué no me llamas mañana…?

—¿Cómo consigue dormir? —dijo Sato en voz baja.

Smith cubrió el receptor y susurró en respuesta:

—Tengo un interruptor.

—¿En dónde?

—Algo más —dijo Wilde—. Durante la conmoción, alguien gritó «¡Pok lo tiene!» o «¡Park lo tiene!». Algo así. Fue justo al final.

—¡Yo también oí eso! —gritó Smith por sobre su hombro⁠—. Sí, fue casi al final. «¡Pok lo tiene!». Esa pudo haber sido el nombre del tipo que me estaba pateando.

—El que tenía la cicatriz. Puede ser —⁠reflexionó Wilde—. Te tenía, y bastante bien, ¿no es cierto?

—¡Oh! Lo ignoro.

—Pok o Park. ¿O quizá Paku? De cualquier forma, no parece ser un nombre japonés, ¿no es cierto? —⁠dijo Sato tomando nota.

—No, a menos que sea algún tipo de apodo —⁠contestó Wilde.

—Sí, es posible. O puede ser un chino o un coreano. ¿Algo más?

—No.

—Yo tampoco —dijo Smith masajeando inútilmente su muslo sobre el yeso.

—¿Ya notificaste a tu CID? —⁠preguntó Sato a Wilde.

—No.

—¿Lo hago en tu nombre?

—¿En este punto podrían ayudarte de alguna forma?

—No, no sería estrictamente el procedimiento correcto.

La cara de Wilde reflejaba una expresión afligida.

—¿Puedes esperar hasta que tengamos algo que decirles, aparte de que Wilde entregó a Thompson sin autorización? —⁠preguntó.

—Puedo suponer que tú mismo te pusiste en comunicación con ellos. Tú puedes suponer que yo lo hice.

—¡Magnífico!

Sato cerró el anotador.

—El teléfono no sonó durante varios minutos — ⁠dijo a Smith—. ¿Acaso puede ser que estés perdiendo tu atractivo?

—Lo desconecté —contestó Smith.

—¿Cuánto tiempo llevará la investigación?

—Bueno, puedes volver a tu hotel —⁠dijo Sato—. Me comunicaré contigo apenas averigüemos algo.

—¿Me necesitarás para algo? —⁠preguntó Smith.

—Quizá te podamos usar como corredor —⁠sugirió Wilde.

—No, a menos que consigamos algunas descripciones positivas —⁠dijo Sato.

—Espero que encuentres a ese bastardo de la cicatriz. La mirada en sus ojos… es un asesino.

—Supongo que lo encontraremos —⁠dijo Sato lacónicamente.

Después que Wilde y Sato se fueron, Smith masajeó su pierna un rato. Se preparó un trago y lo tomó a pequeños sorbos. A Smith no le gustaba pensar que era la clase de tipos que se preocupan por los demás.

 

El auto se detuvo y Thompson, con los ojos vendados, fue arrastrado desde el piso del asiento de atrás y conducido escaleras arriba. Se lo hizo entrar en un cuarto vacío donde se le sacó la venda de los ojos. Thompson pestañeó y se refregó los ojos, como si de alguna forma pudiese borrar, frotando, la pesadilla. Cuando volvió a levantar la vista, sus captores o salvadores, cualesquiera hubieran sido, no estaban a la vista. «No son amigos suyos», había dicho uno. La zozobra en que había vivido Thompson durante los últimos días había desaparecido; ya no se podía dar el lujo de sentir compasión de sí mismo. El problema se había reducido a la supervivencia elemental.

En alguna parte, afuera, se cerró la puerta de un auto, luego otra. Se oyeron pisadas subiendo la escalera, fragmentos de conversación y luego el momentáneo abrir y cerrar de una puerta en alguna parte de la casa.

«No son amigos suyos».

Unos largos veinte minutos después, la puerta que estaba atrás de Thompson se abrió. Se dio vuelta. El robusto hombrecillo que lo había ayudado a ponerse de pie en el templo entró en la habitación con dos guardias jóvenes uno a cada lado. Los guardias, con mal humor, clavaron la vista en Thompson. Ya no era más el caballero amable con una bolsa de nueces; el hombrecillo permaneció allí con la autoridad del hombre acostumbrado a que se hagan las cosas a su manera. Una leve sacudida de su cabeza y los dos guardias se retiraron.

—Buenas noches, teniente Thompson —⁠dijo con tono de voz formal—. Me llamo Park.

Thompson estaba parado en el centro del cuarto, con ambas manos juntando el frente de su pantalón. Se sintió desnudo.

—Eso suena como un nombre coreano —⁠dijo por fin.

—Sí —contestó Park complacido—. Soy coreano.

—¿Del Norte o del Sur?

—Soy del Norte.

Thompson sintió que un escalofrío helado lo recorría. Antes solo pensaba que estaba en dificultades.

—¿Qué está haciendo en Japón? —⁠dijo evasivamente para ganar tiempo.

—¿Qué estoy haciendo yo en Japón? Teniente, la pregunta es: ¿qué está haciendo usted en Japón?

—Estoy apostado aquí —dijo Thompson. Las palabras sonaron huecas y poco convincentes.

Park sonrió pacientemente.

—Teniente Thompson, ¿no le parece que si sé su nombre y su rango también sé dónde está apostado?

Thompson asintió con la cabeza.

—Así que la pregunta es —repitió Park⁠—, ¿qué está haciendo aquí en Japón cuando su destino es Corea?

—Quizá también sepa eso.

—No comprendo su hostilidad, teniente.

Thompson enrojeció y luego estalló.

—Me saca de una situación peliaguda en la que creo que primero usted me metió. ¡Hace que sus hombres me venden los ojos y me traigan a Dios sabe dónde apretujado sobre mis manos y rodillas en la parte trasera de un coche miserable! ¡Ahora me dice que es norcoreano! ¿No entiende mi hostilidad? No sé, el no haber hecho mi siesta hoy me debe haber vuelto chiflado. —⁠Se calló y esperó a ver cuál sería el efecto que recaería sobre él por su arranque.

Park se reclinó contra la pared.

—¿Está asustado? —preguntó con voz amable.

—¡Diablos, sí! —gritó Thompson—. No sé dónde estoy; no sé para qué. ¡Todo lo que sé es que quiero salir!

—Todo lo que deseábamos era ayudarlo — ⁠dijo cambiando su enfoque.

Thompson no esperaba ese tono comprensivo.

—¿Cómo? —preguntó con recelo.

—Se encontraba en dificultades. El CID lo había rescatado de los Beiheiren y quería enviarlo de regreso a Corea del Sur. Y a prisión.

—¿Usted también es de los Beiheiren?

Park sacudió la cabeza negando y dejó de lado la pregunta como si no tuviese importancia.

—Soy un agente. Provengo de un país muy pequeño y se espera que haga ciertas cosas. Ayudarlo es parte de mi trabajo. —Hizo una pausa y se frotó el cuello con inquietud—. Pyongyang está muy aislado, ¿entiende? Muchos de nuestros puntos de vista no son realistas, lo reconozco. La gente allí no tiene ningún contacto con el mundo exterior. Ideológicamente son chicos. Me doy cuenta de esto. Pero, como siempre digo, tengo que realizar mi trabajo. —Sus ojos ofrecieron una disculpa. Era una técnica que empleaba a menudo—. Entienda mi situación. Me gusta Japón. Quiero quedarme. Sin embargo, al igual que usted, estoy aquí ilegalmente. Para poder permanecer aquí debo hacer lo que tengo que hacer. Si realizo mi trabajo demasiado bien la policía japonesa vendrá a buscarme. Si no hago nada, Pyongyang me hará volver. Soy un hombre pragmático. Trato de hacer lo menos posible, no obstante debo satisfacer a mis superiores. Es como caminar en la cuerda floja. Poco a poco, ahorro mi dinero. Algún día podré renunciar, pero ahora… —⁠Levantó las manos en un gesto de impotencia—. Me topé con usted; averigüé que el CID iba a llevarlo de vuelta y enviarlo a prisión. Pensé que si lo ayudaba, quizás usted me ayudaría a mí. De modo que lo saqué de las manos de ellos. ¡Ahora ayúdeme y a cambio me encargaré que llegue a salvo a Suecia!

—¿Cómo puedo ayudarlo? —preguntó Thompson.

—Venga a Pyongyang conmigo.

Thompson tuvo que hacer un esfuerzo para hablar.

—No soy un traidor —dijo—. ¡Eso sí que no lo soy!

—Y yo no soy un patriota —contestó Park—. No pido lo imposible. Solo una simulación, últimamente no he rendido mucho. —⁠Sonrió ingenuamente —. Sabe lo que dicen acerca de los profesores en algunas universidades: publique o perezca. Así están las cosas ahora para mí. Tengo que producir. De modo que con su ayuda produciré algo.

Thompson sacudió la cabeza negando.

—¡No le estoy pidiendo que deserte! — ⁠alegó Park.

—¿Qué me pide que haga? —contestó Thompson. Estaba confundido. Este coreano tenía mucho sentido común. ¿Por qué le estaba pidiendo algo? ¿Por qué no se lo decía?

—Simule, tal como yo lo hago —⁠dijo Park presintiendo la irresolución de Thompson y avanzando—. Simule que reniega, dele a mis jefes una información general, cosas que ya saben. Por ejemplo, cuénteles acerca de los depósitos de municiones. De cualquier forma, ya saben todo sobre eso. ¡Ahí está! ¡Les puede contar con lujo de detalles acerca de los depósitos de municiones! Verán que su información concuerda con lo que ya saben y pensarán: «Bueno, tiene buenas intenciones». Lo enviarán a Suecia y a mí no me harán volver.

—No sé —insistió Thompson. Comenzaba a sentirse aturdido.

Park se estiró y dio una palmadita en el brazo a Thompson.

—¡Venga conmigo! —dijo con suma exuberancia⁠—. Lo convidarán con vino y una buena comida y les dirá lo que ya saben. ¡Qué broma! ¡Luego irá a Suecia!

—No quiero decirle nada a nadie —⁠contestó Thompson.

—Si quiere llegar a algún lado en este mundo debe dar algo — ⁠presionó Park—. Está bien, yo también daré algo. Pyongyang ofreció cincuenta mil dólares por un desertor norteamericano. Le daré la mitad.

—¿La mitad?

—¡Se la daré! Tenía la intención de quedarme con todo.

Thompson levantó los brazos.

—¡Alicia en el País de las Maravillas! —⁠gritó. Su pantalón se le cayó hasta las rodillas y miró a Park con una sonrisa boba.

Park presintió que en unos pocos minutos más se pondría histérico. No quería que eso sucediera.

—Debe estar cansado —dijo—. Le enviaré un colchón y ropa de cama. Volveremos a hablar mañana por la mañana.

Golpeó dos veces en la puerta; fue abierta desde el exterior y salió sin decir otra palabra.

La sonrisa de Thompson desapareció al cerrarse la puerta con un clic audible. Gimió, casi un lloriqueo, y por no tener otra cosa mejor que hacer, se sentó en el suelo.

 

Kimura esperaba apoyado contra la pared.

—¿De qué estaban hablando allí dentro? —⁠preguntó a Park.

—Me estaba haciendo amigo de él.

Kimura no sabía si Park hablaba en serio o era sarcástico. Sospechaba que Park también sabía esto. Había veces que sentía deseos de matar a Park, pero no sabía cómo hacerlo sin cortar su fuente de ingresos.

—Eso suena estúpido —dijo.

—Sí —contestó Park alegremente y cambió de tema⁠—. Consígale un colchón y ropa de cama. Despierte al norteamericano a las seis. Debemos mantenerlo cansado, mantener baja su resistencia. Aliméntelo, pero poco y nada de proteínas.

—¿Desea ordenar algo más? —⁠dijo Kimura lentamente, parándose derecho.

—Puede interesarse por sus hombres heridos. Un caudillo se debe preocupar cuando sufre bajas tan considerables de solo dos hombres —⁠contestó Park con engañosa suavidad—. ¡Ah! Consígale un par de pantalones.

Kimura, colérico, giró sobre sus talones. Park lo observó alejarse con evidente fastidio. No pensaba que fuese necesario explicar sus razones a ese estúpido engreído. Ese japonés creía que era fuerte, pero no sabía lo que eso significaba. Pensaba que se refería a la musculatura de los brazos. Había una muy buena razón para lo que Park intentaba. Traer de vuelta una presa como Thompson era excelente en función de la información a la que tenía acceso (los depósitos de municiones y su ubicación eran objeto de Máximo Secreto en el orden de batalla de los Estados Unidos y la República de Corea del Sur y de vital importancia en la planificación de cualquier ataque al Sur); pero llevar una presa dispuesta a hablar podía resultar mucho más valioso como factor de propaganda. En todo el mundo se verían películas de un norteamericano llegando a Pyongyang Un golpe maestro para la República Democrática y para Park Este era un firme creyente del apotegma: no es lo que uno hace sino lo que la gente piensa que uno hace lo que influye en los asuntos mundiales. Por supuesto, no se podía esperar que Kimura comprendiese esto. Todo lo que pensaba era cómo arrancar a la fuerza los secretos al norteamericano. Pero eso se podía hacer en cualquier momento y cuánto más satisfactorio era conseguir que ofreciera voluntariamente un poco de información antes de comenzar a forzarlo.

 

Unos pocos minutos después, uno de los guardias apareció en la puerta de Thompson con un colchón, cobertores y lo que parecía ser un par de pantalones. Descargó todo en una pila en el suelo y se fue.

Thompson recogió los pantalones y se los puso en la cintura. Eran como ocho centímetros más cortos.

Suspiró.

—Todo en mi vida —dijo a la pared⁠— es o demasiado tarde o demasiado corto.