La estrangulación

Gregory C. Knapp · Capítulo 4 de 15

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La estrangulación

Capítulo 4

 

 

Wilde llegó a Kimpo dos horas antes de la hora del vuelo. Había muchos uniformes a la vista, tanto de la República de Corea del Sur como de los Estados Unidos. Había hombres de negocios coreanos que exhibían sus portafolios como medallas y el omnipresente ejecutivo japonés fácilmente distinguible por su tendencia a reír de nada y por la recolección de último momento de recuerdos y regalos comprados miyage para llevar a su familia y sus socios. En vista de que en Corea no existe ninguna clase holgazana, no partía ningún turista. Y en vista de que las compañías aéreas internacionales aún no invirtieron mucho en Corea, tampoco había otros que llegaran.

Por fin se anunció el vuelo de Wilde por el altoparlante. Se unió a la fila que se formó instantáneamente. La cola no avanzó y después de un rato reconoció las voces de dos hombres de negocio norteamericanos atrás de él. Uno hablaba con el gangueo de los estados centrales del norte, chillón; el otro con tonos cuidadosamente modulados que indicaban tanto un acento dominado como una posición culta. El de los tonos modulados estaba despidiendo al del gangueo del medio oeste; esto era evidente por la forma en que hablaban, ya que de hecho el del gangueo del medio oeste ocupaba una jerarquía superior en la empresa. Hablaban con frases gastadas y en clave, tan desarrolladas y sin sentido como todo lo que Wilde acostumbraba a oír en el ejército. Se alegró de esto.

El del gangueo del medio oeste dijo que aparentemente las cosas andaban en verdad bien en Corea, realmente bien; ante lo cual el del tono modulado respondió que ese país era un verdadero desafío, un verdadero desafío y pensaba que la empresa tenía un futuro formidable en esa parte del mundo. Intercambiaron juicios acerca de las pequeñas ventajas del mercado y el nombre de la competencia y (en voz más baja) cómo vencerían a los japoneses. Era como un ejercicio de respuestas condicionadas, anticipadas.

El del gangueo del medio oeste tenía puesta una corbata ancha de Yves St. Laurent y un pañuelo de bolsillo blanco prolijamente colocado con una línea blanca que asomaba a lo largo del bolsillo del pecho. El de tono modulado tenía el pelo corto y crespo. Llevaba anteojos sin armazón y ostentaba un moño. Un ingeniero, supuso Wilde.

Un grupo grande de coreanos apareció en la cima de la escalera y se encaminó a la fila. Oscilaba desde los treinta y cinco años hasta una pequeña que apenas tenía edad para sentarse en el suelo sin ensuciarse las manos. El centro de la atención era una joven, ataviada con su mejor vestido rosa, quien sostenía con firmeza contra su pecho los documentos de viaje y un gran sobre de papel de Manila. No tenía mucho más de veinte años. Otra chica, su mejor amiga, caminaba cerca a su lado y todos hablaban al mismo tiempo. El grupo estaba excitado y alegre. La chica de rosa ocupó su lugar al final de la cola.

Venían tres más en el grupo, pero separados. Subieron la escalera mucho más despacio; una mujer mayor y su hermana, ambas vestidas con chima, la tradicional falda coreana, y un anciano. Aún se notaban las arrugas donde habían estado plegadas sus ropas en el cajón hasta esa mañana. Las dos mujeres medio condujeron al anciano hasta el tropel alegre de amigos. Se detuvo con firmeza a un costado y se negó a que lo llevasen más cerca; prefería observar desde esa distancia, su cuerpo encorvado y sus manos entrelazadas con fuerza a la espalda. Llevaba puesta una camisa de tela burda, pantalones holgados arremangados en los tobillos al estilo campesino, ambos inmaculadamente blancos, una chaqueta gruesa y en la cabeza el tradicional sombrero de crin tejida. Sobre todo esto, llevaba con dignidad el manto invisible de los campos.

Toda la gente joven vestía ropa occidental, salvo la muchacha con el bebé. Uno tras otro, todos tenían algo que decir a la chica de rosa, algo que invariablemente provocaba la risa de los demás y a menudo la hacía sonrojar. Ella a su vez hizo un par de bromas a costa de sus hermanos más jóvenes y de nuevo todos rieron.

Wilde observó desde el principio esa escena de despedida alegre. Su felicidad era contagiosa y no le importó que la fila no avanzara y que las autoridades no dejasen pasar a nadie.

El hombre de negocios norteamericano también los observaba.

—¡Esa es! —dijo a su amigo cuando la chica de rosa llegó.

Por fin los oficiales de uniforme negro abrieron el portón y la fila comenzó a avanzar muy lentamente. Hasta ahora el anciano se había contentado con observar desde un costado, pero ahora caminó con pasos lentos y pesados, sus manos aún entrelazadas firmemente a la espalda. Se abrió paso entre el gentío que rodeaba a su hija como el viento se mueve entre las briznas y se detuvo justo frente a la chica. Cesó toda risa y conversación. El rostro del anciano era una máscara correosa, solo los ojos destellaban con vida. La chica forzó una sonrisa y lo miró de una forma qué casi fue una súplica. Habló brevemente en voz baja, algo solo entre los dos. Él no contestó. Hubo un largo instante entre ambos y luego sacó sus manos nudosas de la espalda. Tomó una de las manos de la chica y la apretó con fuerza. Todo el tiempo su vista penetrante se fijó en los ojos de ella, con una mirada tan clara y brillante como su cuerpo era viejo. Otra vez ella dijo algo y de nuevo él no respondió. En cambio asió su mano con fuerza dos veces. Sus ojos de niño se llenaron de lágrimas y se fue. La madre se despidió apresuradamente y luego fue en busca de su marido. Solos, los dos padres de edad avanzada se abrieron paso por la escalera atestada de gente y a lo largo del aeropuerto. La visión borrosa del anciano ya no podía extrañarse ante los jóvenes con ropas occidentales y los autos y la confusión del progreso. Incluso el llamativo sollozo de su esposa pasó sin reproche. Anhelaba el solaz de sus campos. Él entendía el campo.

 

Wilde tenía un asiento sobre el pasillo. Los dos asientos más cercanos a la ventanilla estaban desocupados. Deseaba que siguiesen estándolo para colocar su portafolio en el asiento del medio. Uno por uno los otros pasajeros subieron a bordo dispersos buscando los números de sus lugares. Era evidente que este no sería un vuelo con pasaje completo y se alegró de ello porque no le gustaba conversar cuando no estaba de humor para ello. En ese momento no tenía esa disposición de ánimo.

La chica de rosa tenía su asiento en la misma fila que Wilde pero cruzando el pasillo. Se sentó y, aún sosteniendo los bultos en sus brazos, estiró el cuello para echar un último vistazo al aeropuerto a través de la estrecha ventanilla del costado de Wilde.

—¿Quiere sentarse aquí hasta que levantemos vuelo? —preguntó Wilde mientras hacía una seña hacia el asiento contiguo a la ventanilla de su lado. Miró indecisa a la azafata más próxima—. Creo que no habrá inconveniente —⁠dijo Wilde animándola con una sonrisa—. Parece haber muchos asientos desocupados.

La chica asintió con la cabeza ansiosamente y se cambió de lugar. Wilde le agarró los paquetes de sus brazos y los colocó sobre el portafolio. Un sobre de papel de Manila, encima de todo, llevaba el membrete del ejército norteamericano y un sello que identificaba su contenido como radiografías de tórax. El nombre de la joven estaba cuidadosa y prolijamente escrito en el espacio indicado. Señora Sang-hee Summerfield, Subalterno del Ejército. ¿Cuál es la diferencia?, se preguntó Wilde. ¿La diferencia vital? ¿Por qué una chica puede ir y la otra no? Se lo podía preguntar, pero incluso si ella daba una respuesta, no lo averiguaría. Uno debía vivir en el país para entender algo así; hacer preguntas era inútil.

La joven comprimió la cara contra la ventanilla. La plataforma del aeropuerto para el público que va a despedir a un viajero estaba atestada de gente que miraba al avión, todos saludando. Ella saludó un par de veces, luego por último dejo caer su mano sobre la falda cuando comprendió que no la podían ver. Incluso si alcanzaban a distinguirla, a esa distancia no la podrían ver con claridad, de modo que por fin se echó a llorar.

—¡Oye! —gritó una voz desde el pasillo—. Te estuve buscando por todas partes —⁠el del gangueo del medio oeste llegó. La chica aún tenía clavada la vista en la ventanilla.

—¡Eh! —dijo estirándose sobre Wilde para tocar el hombro de la chica⁠—. Te estuve buscando.

Levantó la vista y sonrió en forma cortés pero descolorida, luego se dio vuelta hacia la ventanilla.

El del gangueo del medio oeste no se desanimaba con facilidad.

—Perdone, por favor —dijo a Wilde mientras metía una pierna hacia el asiento del medio. Wilde, sintiendo lástima por la chica, no hizo ningún esfuerzo por mover los paquetes ni el portafolio, pero el hombre de negocios rápidamente deslizó los paquetes en el espacio bajo el asiento—. La azafata lo regañará por dejar los paquetes sobre, el asiento —informó a Wilde con un tono muy afable mientras le entregaba su portafolios y se introducía entre ellos en un solo movimiento—. Debe meter todo abajo. Es una regla disparatada de las compañías aéreas —se acomodó, luego palmeó sus rodillas y miró alrededor de sí con una sonrisa de satisfacción. «Resuelto y presuntuoso —⁠pensó Wilde—. Debe ser insoportable en su círculo de vendedores».

La azafata pasó y el del gangueo del medio oeste le hizo uno mímica estudiada explicando que cambiaban de asientos. La azafata asintió con la cabeza indolentemente y se fue.

—Eso no es lo que yo llamo una azafata edificante — ⁠dijo el hombre de negocios a Wilde.

—Probablemente realizó su primer adiestramiento en Pan Am —⁠respondió Wilde.

—¿Es bueno?

—No, malo.

—¡Oh! Bueno, casi pierdo a mi amiguita acá —se dio vuelta en su asiento, inclinándose hacia adelante hasta que estuvo dentro del ángulo de visión de la chica—. Casi te pierdo —repitió. Giró hacia Wilde y agregó—: Le prometí a su mejor amiga que cuidaría de ella —la chica tenía levantada una mano al costado de la cara donde se le corría el maquillaje. Aún tenía la vista clavada en la ventanilla—. Va a California —⁠el del gangueo del medio oeste hablaba con la exagerada condescendencia que algunas personas usan con los niños.

—¿California, eh? —dijo Wilde—. Diga, ¿usted es de California? —⁠Quizá lograría hacerlo hablar por lo menos hasta que la chica dijera su adiós privado. No obstante, después de eso, ella tendría que arreglárselas sola. A Wilde no le gustaba hacerse de amigos en los aviones. Le agradaba dormir o pensar o leer un libro, pero no le gustaba conversar de costado a 40 000 pies de altura.

El del gangueo del medio oeste levantó las manos en el aire.

—No, no soy de California; soy de Omaha. Me llamo Strickland. Trabajo en el negocio de fertilizantes —Wilde no dijo nada—. La señora Summerfield tampoco es de California. —⁠El del gangueo del medio oeste llamado Strickland agregó con una amplia sonrisa burlona destinada solo a Wilde—: Su marido sí. No, sus padres son de allí. Él está en Vietnam.

—Parece ser amigo de la familia — ⁠dijo Wilde.

—Estuve con ellos en la fila de control de pasajes. Me puse a hablar con su amiga. —⁠Bajó la voz para que la chica no pudiese oírlo. No porque ella lo estuviese escuchando; estaba adherida a la ventanilla—. Bastante sensual, creo. Me refiero a la amiga. Se reflejaba en sus ojos, ¿sabe a lo que me refiero? Y desarrollada. ¡Bien desarrollada!

—Sí, creo que la vi.

—Correcto, es probable que la haya visto. La recordará. ¡Empeñada hasta acá! Tengo su número de teléfono. La próxima vez que la compañía me mande aquí, creo que la llamaré —⁠guiñó el ojo.

Wilde detestaba a la gente que guiñaba el ojo.

—¿Viene muy a menudo aquí, señor Strickland?

—Hasta ahora no. Es mi primer viaje. Ya veo que de ahora en adelante necesitaré hacer más viajes de inspección a nuestra planta aquí.

—¿Trabaja en el ramo de los fertilizantes?

—Sí, ¿y usted?

—A veces parece algo similar — ⁠Strickland frunció el ceño, de modo que Wilde cambió de tema—. En realidad le gusta Corea, ¿no? Debió ver mucha vida nocturna.

Los motores rugieron, uno por uno, y él sistema del acondicionador de aire brotó a la vida con un suspiro. La chica se sobresaltó ante el sonido. Su mano hizo un último intento de saludar antes de que el avión empezara a carretear por la pista y el aeropuerto desapareciera de la vista. Manteniendo la cara desviada, metió la mano en la cartera y comenzó a retocar su maquillaje.

Strickland intentó abrocharle el cinturón de seguridad, pero la joven lo rechazó diestramente y lo hizo ella misma. Aún tenía el maquillaje corrido alrededor de un ojo.

—Será mejor que se agarre de mi mano, señora Summerfield, hasta que levantemos vuelo. —⁠Strickland le tomó la mano.

—Muchas gracias —dijo y se zafó.

Strickland se echó a reír y volvió a girar hacia Wilde.

—Le prometí a su amiga que cuidaría de ella hasta Los Angeles.

Habían volado más o menos quince minutos cuando la azafata comenzó a tomar los pedidos de bebidas. Strickland estaba en vía de contarle a Wilde acerca de la noche que había pasado en Walker Hill, cuando ella llegó.

—Tomaré una taza de té, por favor —⁠dijo la señora Summerfield.

—¿No prefiere una cerveza? — ⁠sugirió Strickland.

—No, gracias.

—La ayudará a relajarse.

—No bebo cerveza.

—¡Oh, vamos! —dijo tocándola disimuladamente con el codo como si tuviesen una broma entre ellos.

—Prefiero té —insistió ella.

Strickland miró a Wilde y se encogió de hombros.

—Tomaré una cerveza —dijo a la azafata. Volviéndose hacia Wilde continuó su historia ⁠—. Tampoco había forma de determinar si ella era una copera. No la había. Vino directo a mí en el bar, sí señor. Tal como si fuésemos viejos amigos. Bueno, no hace falta que se lo diga, no pasó mucho tiempo antes de que lo fuéramos. Toda la noche. ¡Oh, me hubiese gustado morir! También la hubiese querido matar, la forma en que se comportaba.

Dos cervezas y media después, Strickland se despachó con un comentario sarcástico acerca de los riñones débiles y se dirigió a la parte trasera del avión, solo deteniéndose para sacarse el saco y colocarlo en el portaequipajes de arriba. Tan pronto como estuvo fuera de vista, la chica sonrió a Wilde como para agradecerle y pedirle disculpa. Él se encogió de hombros como diciendo «no es nada» y ambos rieron.

—¿Qué hace su marido en el servicio? — ⁠preguntó Wilde.

—Es sargento. En la sección administrativa.

—Para estar en Vietnam, ese es un muy buen trabajo.

—Preferiría estar en el combate con él en Saigon en vez de quedarme en Bakersfield sola —⁠dijo y bajó la vista hacia su falda.

—¿Asustada?

—Sí.

—¿Sus padres?

—¿Qué pasará si no les agrado?

—Les agradará.

—Su hijo se casó con una chica extranjera. ¿Cómo les podré agradar?

—Todos somos extranjeros. Fíjese en nuestros apellidos. Provienen de todos los países sobre la faz de la tierra. Usted les agradará.

—Eso fue lo que dijo Alan, pero no estoy segura.

—Somos muy tolerantes con los extranjeros. Por lo menos eso es lo que nos enseñan sobre nosotros mismos en la escuela.

—¿La realidad es diferente?

—Espero que no. Creo que los padres de Alan la amarán mucho. Después de todo, aman a su hijo, ¿no es cierto?

—¡Oh, sí!

—Bueno, su hijo la eligió a usted por sobre todas las chicas del mundo. Creo que se sentirán muy orgullosos de usted.

—Oh, así lo espero. Deseo agradarles.

—Por supuesto, existe una posibilidad de que no sea así. Debe estar preparada para ello. De resultar así, las cosas serán difíciles para usted hasta que Alan regrese.

—Eso es lo que temo.

—Incluso eso no es tan terrible. Le haré una predicción: de cualquier modo, tarde o temprano los padres de él la aceptarán como su propia hija.

—¿Cómo puede estar seguro?

—Es la forma en que nos educaron. No podemos evitarlo. Vea, si los padres se oponen al casamiento del hijo (en nuestra civilización) se considera que están equivocados y que son intolerantes. Se piensa que el hijo es valiente y que tiene razón. Si el hijo se mantiene firme, tarde o temprano los padres se verán obligados a reconocer que estaban equivocados. A más tardar, será cuando llegue su primer bebé.

—¿Está seguro?

—Me crie allí.

Por primera vez comenzó a relajarse. Incluso le sonrió a Strickland cuando volvió a su asiento. Él sugirió que ella lo acompañase con un trago, pero volvió a negarse.

Unos pocos minutos después, la joven coreana pidió permiso y apretujadamente salió al pasillo pasando ante Strickland y Wilde.

—¿Vio cómo ella pasó rozándose contra mí, recién?

—No, no me di cuenta.

—Oh, sí. Después de un tiempo uno puede predecir estas cosas. Se lo puede percibir. Va a entregarse.

—¿Dónde la va a seducir, en el pasillo o a lo largo de un asiento?

—No, no estoy bromeando. Ella se entregará. A estas chicas coreanas les encanta. Todas son rameras, sabe. Todas. Pasó lo mismo en Walker Hill. Aquella muchacha se acercó y se le notaba en la cara. No tiene nada que ver con el dinero. Solo quería tener relaciones sexuales. Lo mismo sucede con esta. Cambiamos de avión en Hawaii, ¿correcto?

—Creí que cambiaban de avión en Tokio.

—No, solo es una escala técnica.

—Tendrán que bajar del avión en Tokio, quizá pueda intentarlo en el salón de pasajeros.

—Sí, allí hay sillones. ¿Diga, eso no ocasionará revuelo? «Oye, Mable, solo estábamos sentados allí en el salón y de pronto…». No, tengo un plan. Hay que tener un plan.

—De lo contrario las cosas no salen bien.

—Exacto. Esto es lo que voy a hacer. Oiga, ¿usted no irá a arruinarme el plan?

—Por nada del mundo.

—Está bien. Bueno, cuando lleguemos a Hawaii, llevaré el pasaje de ella con el mío y me cercioraré de que todo salga bien con el equipaje y lo demás. Luego todo lo que tendré que hacer es cambiar los pasajes y decirle a ella que hubo una confusión, pero que saldremos en el siguiente vuelo. Después mandaré un telegrama a la gente que la espera diciéndole que llegará al día siguiente y allí estaremos, anclados durante un día y una noche en Honolulu.

—Oiga, en realidad va a hacer eso, ¿no es cierto?

—Claro que sí. Una noche en Waikiki. Un par de tragos. Ya le dije, yo sé de estas cosas. —⁠Strickland estaba trastornado.

—Tengo que admirar esa clase de pensamiento. Apuesto a que no pierde muchos contratos.

—No, solo es cuestión de estar alerta. ¿Qué piensa acerca de mi plan?

—No veo cómo puede fallar.

Cuando volvió a pasar la azafata, Wilde ordenó un trago para él y otra cerveza para Strickland.

La siguiente vez que Strickland se fue a la parte posterior del avión (con otro comentario acerca de sus riñones). Wilde se paró, se desperezó, calzó cuidadosamente su camisa dentro del pantalón y esperó a que Strickland cerrara la puerta del baño. Luego, con tranquilidad, sacó una cédula militar de su billetera, se quitó el saco y, mientras lo colocaba arriba, metió cuidadosamente la cédula en el bolsillo del pecho del saco de Strickland, justo atrás del pañuelo blanco prolijamente planchado.

 

Cuando aterrizaron en Haneda era de noche. Los tres fueron juntos a las instalaciones de la aduana. Strickland llevaba los paquetes de la chica. Un cartel justo enfrente de la aduana señalaba que el salón de pasajeros estaba a un costado.

—Hasta aquí vamos juntos —dijo Wilde deteniéndose ⁠—. Espero que ambos disfruten el resto del vuelo.

La chica abrió grandes los ojos.

—¿No vendrá con nosotros?

—No, me temo que no.

Sus ojos revolotearon en dirección a Strickland, luego hacia Wilde.

—Es una lástima —dijo lentamente.

—No se preocupe, señora Summerfield. Está en buenas manos con el señor Strickland. Y aunque en realidad aún no ha llegado, ¿me permite que sea el primero en darle la bienvenida a su nuevo país?

—Gracias —dijo calladamente.

—Por favor, no se preocupe de nada —⁠agregó Wilde tomándola de la mano—. Y procure que sus nuevos padres se sientan orgullosos de usted.

—Sí —dijo—. Trataré.

—Nadie puede pedir más que eso.

Strickland la tomó del brazo.

—Supongo que tenemos que ir en esta dirección — ⁠dijo mientras hacía una seña hacia el salón de pasajeros. Dieron un par de pasos, luego se dio vuelta y volvió adonde estaba Wilde, mientras la joven miraba perpleja por sobre su hombro.

—Espero que su plan le salga bien —⁠dijo Wilde sonriente.

—Gracias —contestó Strickland dándole la mano. Había una mirada de genuino pesar en los ojos de Strickland. Miró hacia la chica y dijo torvamente⁠—: ¿Acaso no es un muy buen regalo para que un hijo afectuoso mande a su madre?

—No permita que eso lo desanime, Strickland —⁠dijo Wilde—. Oí decir que son muy buenas como mucamas.

 

Un hombrecillo tenso, con ojos penetrantes, saco sport holgado y sin corbata se separó del gentío y se acercó a Wilde mientras este pasaba por las puertas automáticas que salían de la aduana.

—Reinhart me llamó de larga distancia para avisarme que usted vendría —⁠dijo el hombrecillo. Agarró la valija de Wilde, pero fue lo bastante prudente en dejarle el portafolios; el cual Wilde no entregaría con tanta facilidad. Al principio Wilde no se comprometió, sino que se dejó llevar fuera del tropel desordenado de los pasajeros, de los que daban la bienvenida y de los changadores. El hombrecillo se detuvo al costado de una columna que los protegía de la muchedumbre y apoyó la valija en el suelo dando mucha importancia a su peso. Le ofreció a Wilde un cigarrillo y cubrió con las palmas de las manos su identificación del CID en tal ángulo que solo Wilde pudiese verla. Se llamaba Floyd Oliveti y pronto Wilde se enteraría de que había permanecido en el mismo puesto en Tokio durante los últimos diez años.

A los diez minutos de estar en la autopista de Haneda a Tokio, tras pasar todos los carteles luminosos y los altos edificios de oficinas que se habían construido desde su última visita, Wilde comprendió que Floyd no era una persona que desafiase el statu quo. Paralelamente a su trabajo, Floyd tenía una agencia de turismo (a nombre de su esposa) y disfrutaba su situación. En los últimos años Oliveti solo había tenido un par de experiencias desagradables, asuntos que se relacionaban con reclutas que se pasaban al bando de los Beiheiren. Si su hoja de servicio acumulaba bastantes fracasos de ese tipo, lo podrían enviar a otro destino. No, pensándolo bien, Floyd no creía que los Beiheiren tuviesen a ese tal Thompson. Tenía que estar en Corea. Los coreanos odiaban a los japoneses y estos últimos menospreciaban a los coreanos. Los Beiheiren no actuaban en Corea. Floyd estaba seguro de ello. Si a Wilde le interesaba, le podría facilitar los informes obtenidos hasta ese momento. Floyd quería ayudar lo máximo posible, por supuesto, pero conocía el estado de las cosas. De cualquier modo, el acuerdo de relaciones entre las Potencias probablemente solo le permitiría notificar a las autoridades japonesas. Si ese tal Thompson estaba allí, los japoneses lo atraparían.

Era evidente que Floyd no desafiaba el statu quo.

Wilde no obtendría mucha cooperación por parte de Floyd y no se llegaría a ningún acuerdo. Peor aún, el Quinto Cuartel General de la Fuerza Aérea estaba en la zona de Tokio y no se consideraba apropiado llegar desde el exterior al territorio de un cuartel general y comenzar a vociferar. Era descortés. En especial cuando se tenían pruebas tan endebles. Una tarjeta, un panfleto, la partida de un barco. No era suficiente para vociferar. De modo que Wilde, de mala gana, dio toda la información que poseía a un Floyd Oliveti igualmente mal dispuesto y trató de sacar el mejor provecho de una situación negativa.

—Haga lo que pueda —dijo Wilde con su mejor tono de tolerancia e indulgencia.

—¿Dónde se alojará? ¿En el Sanno?

—No, me registraré en el New Otani.

—Probablemente pueda conseguirle alojamiento en el Sanno —⁠dijo Floyd, comprensivo ante la actitud vencida de Wilde por un asunto potencialmente problemático.

—Gracias, pero tengo los gastos pagos.

—¡Oh! Entonces prefiere el New Otani.

—Así es. Una cosa más.

—¿Qué es? —dijo Floyd clavando la vista en la ruta, nuevamente receloso.

—Sé que es tarde, pero hay algo que creo que debería investigar. En el mismo vuelo que tomé había un hombre de negocios norteamericano llamado Strickland que iba a Honolulu. Creo que posee ilegalmente una cédula militar.

—Estamos tratando de apretar los tornillos a ese tipo de cosas —⁠dijo Floyd seriamente. Trató de disimular su alivio.

—Podría hacer que lo arresten para interrogarlo cuando aterrice en Honolulu. Hay una coreana con él, una subalterna de los Estados Unidos; ella no sabe nada sobre esto. Su familia la está esperando en California, de modo que le quedaré agradecido si también se ocupa de que ella haga su conexión con el vuelo de Los Angeles sin ningún inconveniente. Se trata de la señora Summerfield.

—Summerfield —dijo Floyd mientras tomaba nota en un pequeño anotador que sacó con violencia de su saco— Summerfield, Strickland. —⁠Esto solo era rutina y se alegró de poder complacer a Wilde—. Lo dejaré en su hotel y luego informaré de esto directamente a Hickam.

—Gracias —dijo Wilde de pronto cansado. Decidió que al día siguiente investigarla por su cuenta. Ese fue un error.