La estrangulación
Capítulo 5
A la mañana siguiente Wilde se levantó temprano. Su cuarto en el New Otani daba a la pileta de natación y a parte del jardín. Más allá de la piscina, parcialmente oculta por una hilera de árboles, se veía una sección del foso de la vieja capital de Edo y justo tras esta, una supercarretera de alta velocidad. Aun más lejos, Wilde alcanzaba a ver la residencia del príncipe heredero y de su esposa plebeya, Michiko. Cercado y protegido, el extenso parque formaba una isla de verde, serena pero discordante en una aglomeración de edificios y futuras construcciones de muchos pisos, cajas empacadas, apiladas y apiñadas tan lejos como alcanzaban a ver los ojos. La Torre de Tokio asomaba a la distancia como una idea tardía; no era un punto céntrico, sin duda tampoco una obra de arte, simplemente estaba allí.
«Sábado, —pensó Wilde—. Quizá pueda encontrar a Sato en el entrenamiento de los estudiantes. Será mejor no verlo oficialmente. Mientras tanto, es mejor que trate de llamar a Smith».
La telefonista del hotel intentó comunicarlo con la oficina de Smith, pero todo lo que obtuvo fue una grabación informando que él no estaría en todo el día. Wilde esperó la señal y dejó un mensaje.
El gimnasio de judo solo quedaba a tres minutos a pie del predio de la universidad. Durante la guerra se habían tirado bombas incendiarias en la universidad, pero no en la zona posterior a esta, de modo que los gimnasios de judo, sumo y karate se salvaron. No fue por azar que se perdonó a estos edificios. Estaban ubicados a lo largo de un distrito de embajadas extranjeras.
Las sesiones diarias de entrenamiento de judo ya no se realizaban en ese viejo edificio a pesar de que todavía se lo cuidaba y se renovaban a intervalos regulares las esteras tatami que delimitaban la medida básica para la práctica de este deporte. Recientemente se había terminado de construir un centro de atletismo de hormigón armado, moderno y amplio, en el terreno de los estudiantes aún no graduados cerca de Yokohama. Las autoridades pensaron que sería más fácil llevar a cabo los ejercicios de entrenamiento cerca de los nuevos dormitorios. El equipo actual realizaba sus prácticas en el nuevo edificio, pero los estudiantes graduados preferían reunirse en el viejo gimnasio. Setenta años de judo habían calado esos pisos de madera crujiente con una atmósfera de la que las nuevas instalaciones carecían. Solían sentirse orgullosos por la falta de protección contra los agentes naturales; el viento invernal que se filtraba por las rajaduras de las paredes curtidas en la intemperie era reconfortante para el espíritu, juraban aquellos que se habían visto forzados a entrenarse allí.
Sobre una tabla delgada y larga se inscribía en letras de imprenta el nombre de cada judoka que ingresaba al equipo y se la colgaba de una clavija en la pared Las tablillas con los nombres estaban colgadas en tres hileras que abarcaban de punta a punta tres paredes y la mayor parte de la cuarta. Durante setenta años, todos los días antes de la práctica, los jóvenes entraban, descolgaban la tabla con su nombre de la pared y la colocaban en una percha cerca de la puerta. Cuatro paredes con nombres, muchos de ellos hacía mucho que habían fallecido. Las tablillas ligaban al viejo gimnasio con una rica y orgullosa tradición; le daban vida. Todas las ceremonias aún se realizaban en el viejo gimnasio. Se llevarían a cabo allí hasta que las paredes se pudriesen.
Wilde se detuvo por un momento en el portón exterior. Era tarde y el sonido seco de los cuerpos que chocaban contra el tatami llegaba al patio. Dos perros soñolientos estaban acostados frente a la casilla del cuidador. Wilde recordó los dos cachorritos que siempre se acurrucaban en ese mismo lugar durante el entrenamiento de invierno, cuando los ensayos comenzaban al amanecer. Las ventanas del gimnasio estaban abiertas de par en par A esa hora la transpiración del día anterior aún estaría impregnada en las fibras de los judogi, de modo que debía resquebrajar esta vestimenta en la rodilla antes de ponérsela. Para cuando uno llegaba a la colchoneta, las manos y pies estaban entumecidos, pero uno debía moverse de prisa y mantenerse en continuo movimiento durante las dos horas siguientes porque si se detenía se congelaba. Era la experiencia física más penosa que recordaba e incluso ahora, al rememorarla, sentía una cierta nostalgia. A veces Wilde pensaba que todos los momentos bellos pertenecían al pasado, pero quizás en ello existía más que eso. Así lo esperaba.
Dos judokas de primer año, con sus cabellos cortos, miraron por la ventana hacia el extranjero reclinado contra el portón. Se lo señalaron a un estudiante graduado quien sonrió. Entonces se dirigió, con el restregamiento de pies escurridizo, taciturno, común a los de cinturón negro, hasta un grupo de ancianos que charlaban en un rincón.
—Volvió Wilde —dijo.
En la puerta un hombre pequeño y robusto con anteojos de armazón de hueso recibió a Wilde. Se llamaba Kenji, pero Wilde se acordaba de él con el nombre con que lo bautizaron sus amigos: «Cake-head».
—Bienvenido —dijo Cakehead.
Wilde colocó su placa con su nombre al lado de la puerta. Era reconfortante estar allí, aunque solo fuese por un día. Había una que otra cara conocida pero ninguna señal de Sato. Por supuesto, el sensei estaba allí y como corresponde a todo maestro estaba a la cabeza del gimnasio; sus ojos, casi ocultos en las sombras de un rostro desigual de contorno tosco, observaban todo.
Shin, su asistente, también estaba allí, de pie en un rincón, los brazos en jarra, el mentón hacia adelante en forma agresiva. Había algo en Shin, un enigma; formaba parte del viejo lugar. Siempre había estado allí, una parte del todo, sin embargo apartado. Con su presencia impulsaba a los muchachos a sus límites y más allá de estos De constitución delgada, no obstante con músculos y tendones fuertes como rocas, Shin siempre estaba en óptimas condiciones y no esperaba menos de los demás. Siempre se había mostrado bastante reservado frente a Wilde (correcto pero reservado) y un poco molesto. Ahora, ante la reaparición inesperada de Wilde, estaba incómodo y reaccionó en forma predecible: ignoró al extranjero.
Wilde se inclinó ante el sensei al pasar frente a él y el anciano hizo un gesto con la cabeza complacientemente como si ya hubiese sabido que Wilde iría.
Después de todo Sato estaba allí, en el vestuario; llevaba puesto un judogi y hablaba seriamente con un judoka fornido, de cuello ancho y una oreja carnosa deformada por las heridas de los golpes.
Al entrar Wilde, su cara redonda se abrió en una amplia sonrisa. Se saludaron en forma amistosa aunque casual, como si fuese el día anterior la última vez que se habían visto. Lo de ellos era uno de esos vínculos especiales que se daban por sentado, tan natural como para ser reconocido solo al mirar atrás.
Sato presentó el extranjero al judoka con la oreja carnosa.
—Este es Wilde, maestro. Wilde, te presento al capitán del equipo.
El capitán pronunció un breve discurso, muy formal, muy japonés. Había oído hablar del norteamericano (Sato se rio tontamente ante eso) y se enorgullecía de conocerlo al fin. El equipo sería honrado si, como exalumno que regresaba, participaba en el entrenamiento de ese día. Habiendo cumplido debidamente con su deber, se fue.
—Pensé que te encontraría aquí —dijo Wilde a Sato dejándose caer al suelo con las piernas cruzadas—. La mayor parte de la gente tiene la suficiente sensatez para dejar de castigarse a sí mismo una vez que termina el colegio superior, pero siempre hay excepciones.
Sato se estiró y tomó la mano de Wilde. La puso a la luz y comparó las durezas recientemente formadas en los dedos y nudillos de Wilde con los suyos.
—Tienes razón —dijo—, muy estúpido para parar. Los judogi están en el rincón.
Los judogi para los estudiantes graduados estaban prolijamente apilados. Wilde buscó entre los atuendos lavados y planchados. Llevó uno de ellos a la nariz e inspiró profundo.
—Lavado. Las cosas han cambiado. Nunca vi a ninguno de nuestro grupo con un judogi limpio.
Sato estuvo de acuerdo. Solían llevar sus judogi nuevos al ofuro, lugar donde tomaban un baño de inmersión caliente, y los golpeaban con los pies mientras se lavaban el sudor de sus cuerpos. Durante tres días borraban en el baño la calidad de nuevo, curando el gi, es decir, la nueva vestimenta, con jabón y mugre hasta que la gruesa tela quedaba blanda y perfecta. Un judogi sucio y andrajoso era digno de orgullo, un signo de experiencia.
—Bien podrías ponerte uno — dijo Sato.
Wilde se encogió de hombros.
—No vine aquí para entrenarme, pero puede esperar.
—Usa el cinturón de Kimura — dijo Sato después que Wilde se cambió. Wilde emparejó las puntas diestramente, envolvió el largo cinturón negro alrededor de su cintura de adelante para atrás, le dio otra vuelta y luego ató el nudo.
Los ciento diez kilos de Sato casi llenaron la puerta cuando pasó por ella hacia la estera. Luego se detuvo momentáneamente.
—¿En realidad no viniste a los ejercicios de entrenamiento?
—No lo sé —contestó Wilde—. Supongo que en parte sí. Sin embargo, quiero hablar contigo de algo.
Al frente del gimnasio había un retrato del fundador de la universidad. Solo al sensei y sus asistentes se les permitía sentarse en la sección del tatami elevado, bajo el retrato. El recuerdo de aquel día cuando Wilde llegó por primera vez resurgió mientras caminaba sobre la estera. Un día Wilde se había sentado casualmente al lado del anciano. El sensei había sonreído y dicho suavemente como si estuviese corrigiendo a un niño: «No en el sector elevado». Luego se preparó, dobló su puño y golpeó a Wilde, planchándolo de espalda. Wilde lo había visto venir pero sabía que no debía esquivar el golpe. Durante más de una semana lució más bien con orgullo un ojo negro.
En el dōjō, lugar del gimnasio donde se practicaban solo artes marciales, existía un orden de picoteo prescripto. Los estudiantes del último año se paraban a lo largo del borde derecho de la estera más próxima al sensei, los del penúltimo año al costado de estos y los estudiantes de segundo año en el extremo. Los de primer año permanecían de pie, solos a lo largo de la pared contigua. Los exalumnos podían sentarse si lo deseaban o quedarse a lo largo de la pared izquierda, los más antiguos más cerca del maestro. Los miembros del equipo nunca se sentaban durante los ejercicios de entrenamiento; estaba prohibido. Por lo general, dos o tres participantes yacían tendidos al lado de las ventanas esperando a que dejasen de sangrar. De lo contrario permanecían de pie. Cualquiera que se pudiese sentar podía estar de pie. Ese aspecto no había cambiado.
El director del equipo se movía de prisa y veloz como un mosquito, sopesando su vara de bambú amenazadoramente.
Sato y Wilde entraron en calor cuidadosamente, estirando cada músculo y relajando cada articulación. Cuando estuvieron lo bastante relajados, enfrentaron el centro de la estera y esperaron a que se les pidiera que practicaran. Shin separó a dos estudiantes y los mandó.
El viejo sensei, observando todo, permanecía aparentemente impasible. Interiormente rio entre dientes ante la elección que Shin había hecho para oponer al norteamericano: Takahashi, llamado el Oso por sus Compañeros por su tremenda fuerza y salida pesada. También quizá se relacionaba un poco con su tórax velludo, algo raro en un japonés. El Oso estaba anhelante y ansioso por vencer. Por otra parte, sus amigos lo observaban.
Pesaba catorce kilos más que Wilde y se lo conocía por su poder de resistencia. Tenía un destello en sus ojos. En la actualidad es de moda entre los estudiantes ser antinorteamericano. Uno hubiese pensado que estos jóvenes eran los que trabajaron duro en los caminos de China, pensó el sensei. Hubiese sido uno de los afortunados; él lo sabe. Aquellos a quienes enviaron a las islas del Pacífico nunca regresaron. La campaña china fue diferente. Aquellos eran los días del compañerismo, la aventura… Wilde sabía que no debía atacar impetuosamente al hombre más fuerte. Lo mantuvo fuera de equilibrio, dejó que atacara vigorosamente, averiguó sus tretas. El anciano sensei observaba atentamente, complacido de que el extranjero no hubiese perdido su habilidad de escoger el momento oportuno. Enséñeles bien y nunca se olvidarán. Sus ideas empezaron a divagar otra vez, últimamente cada vez más a menudo… Andando por los caminos polvorientos, cantando sus cantos de marcha (eran lindos cantos) habían ganado escaramuza tras escaramuza hasta el último día. Había habido escasas y preciadas batallas campales, la mayor parte eran barricadas y emboscadas. Todo era simulación ante sus oponentes, los chinos, y para aquella gente extraña parecía valer la pena morir por unos pocos objetivos militares. En la actualidad queda bien hablar de la unión de los japoneses y los chinos, pero nadie que haya estado en el frente chino habla así. Unos cuantos tiros de seña y los chinos invariablemente retrocedían. Se había entrenado al soldado japonés y estaba preparado para morir en combate, pero la oportunidad no se presentaba con mucha frecuencia en China.
Morir por la patria; ese era un final glorioso. El viejo maestro sentía lástima por una generación que no tenía nada por qué morir. La vida pierde su sabor cuando se la considera un derecho. La vida es un don. El orgullo vuelve otra vez a Japón. Hay más y más gente como Shin, gente que sabe lo que significa ser japonés. No obstante, aún deben pasar otros diez años… El Oso, frustrado, comenzó a perder la paciencia. Shin miraba con ira desde el otro extremo del cuarto. Wilde permanecía en el límite, solo utilizaba el vigor necesario, mientras que el Oso trataba de levantarlo con consumada fuerza. Wilde arrojaba un golpe, un poco lento de modo que el Oso lo viese venir, luego se desviaba a medio camino (una vez que el Oso había soltado prenda) y, por lo general, seguía con uno de sus favoritos, una técnica del pie. El Oso, derribado una y otra vez, redobló sus esfuerzos, olvidando sus propias tomas, y barrenaba directo hacia adelante. Cuanto más se enojaba, más fácil era anticipar su acción. Shin comenzó a dar vueltas acercándose al costado de la estera donde estaban ellos.
«Oso» era un buen apodo para él, pensó el sensei: los osos son fuertes y de mentalidad simple. Debía recordar mencionar esa analogía el lunes durante el entrenamiento regular… Diez años quizá, pero aún no. El otro día en la edición matutina del «Yomiuri» había una carta; un niño japonés de ocho años que visitaba una familia en los Estados Unidos escribía respetuosamente a sus padres una carta por semana describiendo sus actividades. Una, mandaron una al periódico. «Todas las mañanas, — escribió—, los estudiantes norteamericanos se paran firmes al lado del jardín de adelante del colegio. Luego se iza una bandera, la llaman “Bandera Nacional”, en el mástil. Nadie habla. Es tan conmovedor estar allí parado mientras se oye la música. Siento como si estuviera en la caballería de los Estados Unidos en las series de televisión. Todo es una vista tan espléndida. Desearía que nosotros tuviésemos una “Bandera Nacional”. Cómo se hubiesen divertido con esa carta Kobayashi, Gotaro, su hermano, Seino quién había sido vecino de él, Toyama y todos los otros cuyos rostros volvían a la memoria cuando el sensei bebía de más. ¿Ninguna bandera nacional? Ellos conocían su bandera. Sus cenizas habían sido traídas a la patria envueltas en ella… Ahora el Oso estaba intentando tomas de torneo. Su mano derecha sostenía el cuello de Wilde con un agarre muy flojo. “Probablemente lo azotará, en la cara”», pensó el sensei. Así fue y el golpe dio justo bajo los ojos de Wilde, Wilde, echando la cabeza hacia atrás para eludir el pulgar, perdió equilibrio. El Oso aprovechó su ventaja y golpeó con fuerza y ruido hacia adelante, a la izquierda, en un soto otoshi, es decir que utilizando las piernas provocó que Wilde cayera de espaldas. Sin embargo, al recibir el lance, Wilde persistió, retorciéndose, tratando de recuperar el equilibrio. Los dos hombres se abalanzaron con violencia, entrelazados, hacia el borde. Un estudiante de primer año, distraído, eligió ese momento para pasar entre ellos y la pared. Hubo un choque y cuando se desenredaron, el estudiante estaba desmayado.
El sensei frunció el ceño. En primer lugar, el estudiante debió verlo venir. El sensei hizo una seña con las manos y un alumno del último año y uno de los asistentes arrastraron al judoka desmayado fuera del lugar. Wilde y el Oso volvieron directamente al centro de la estera.
El Oso levantó a Wilde y lo tiró hacia adentro y abajo tratando de doblarlo, como un chico que tiene un berrinche con sus juguetes.
El sensei se enojaba cada vez más. ¡Un entrenamiento debía ser tranquilo no como una lucha de torneo! Shin, notó, estaba prestando especial atención. Shin no pasaba nada por alto.
El Oso aún trataba de agotar a Wilde, pero sin éxito, de modo que intentó un cambio de táctica. En un nuevo lance, arrojó a Wilde hacia adelante, giró avanzando e intentó un uchimata para provocar a su adversario que cayera de frente; de espaldas a Wilde pateó con una pierna hacia atrás y arriba entre las piernas de este último. Debió asestar alto al muslo interno de Wilde, pero pateó directo hacia la ingle. Wilde, con una reacción instintiva ganada en muchos años de práctica, no trató de evitar la patada por completo, lo que hubiese consumido demasiado tiempo. En cambio giró sus caderas justo lo suficiente para recibir el golpe en el frente de su muslo izquierdo. La fuerza lo levantó por el aire y el Oso prosiguió su ataque tirándole con fuerza la manga izquierda y retorciéndola, pero Wilde zafó su manga y se arrojó encima del otro. Ambos cayeron en la estera.
Cuando se pusieron de pie, el Oso sonreía; pensó que tenía al extranjero a la defensiva. Extendió una mano para contener a Wilde, luego este disparó el pie como un martinete. El Oso perdió pie y cayó con un golpe seco a la estera. Durante un segundo yació allí inmóvil boca arriba, aturdido y confuso. Wilde tenía sus grandes tomas, los haraigoshi, técnicas de judo en las que se usa la cadera, y los uchimata o tomas de judo en las que se utilizan las piernas. Pero sus técnicas favoritas, en las que confiaba en los torneos, eran las técnicas del pie, los barridos y bloqueos que lo ponían a uno de espalda antes de alcanzar a advertirlo. Algunas tomas se pueden ver venir pero no se pueden evitar. Uno nunca ve un barrido de pie.
El Oso se puso de pie lentamente, luego atacó a Wilde con otro uchimata. Wilde lo bloqueó y mientras el Oso trataba de eludir otra barrida del pie, esta con un movimiento en hoz, lo despidió estrellándolo contra la estera.
El Oso se levantó lentamente y esta vez el director estaba detrás de él. Levantó su vara de bambú para golpear al Oso a través de los omóplatos, pero Shin le hizo señas de que retrocediera.
Wilde llevó al Oso a la estera. La fuerza superior de este último emparejó la desventaja y volvió a la ofensiva, pero Wilde no permitiría que su fuerza influyese. Trató de sujetar a Wilde, pero el extranjero revirtió la toma y el Oso volvió a caer de espaldas con Wilde sobre él. Wilde bajó las manos para agarrarlo por el cuello y cortarle la respiración El Oso al darse cuenta de la treta empujó desesperadamente a Wilde usando su fuerza superior para compeler a este hacia arriba. Solo las piernas de Wilde enroscadas alrededor de las caderas del Oso evitaron que fuera expulsado. Wilde se desvió con facilidad, juntó los codos del Oso y así redujo su fuerza a la mitad; luego se inclinó repentinamente, aún sosteniendo ambos codos. El Oso quedó impotente, sus brazos sujetos con firmeza por sobre su cabeza y, aun peor, su cara y nariz cubiertas por el estómago de Wilde.
Trató de girar la cabeza, pero sus propios brazos apretados contra los costados de esta lo impidieron. La naturaleza de su lucha ahora cambió. Estaba bregando por respirar. Por último, al darse cuenta de la falta de oportunidad de su posición, claudicó por completo. Shin avanzó de prisa. Wilde comenzó a soltar al Oso, pero las manos de Shin cayeron rudamente en sus hombros y lo forzó otra vez hacia abajo. Una vez más la tela del judogi de Wilde, empapada por el sudor, volvió a hacer presión contra la cara del Oso. Los pulmones del Oso se levantaron y bajaron alternativamente pero no entró aire. Comenzó a luchar otra vez. Shin presionó doblemente fuerte hacia abajo los hombros de Wilde. Una sensación de desesperación sobrecogió al Oso y sintió pánico. Necesitaba oxígeno y no lo conseguía. Lanzó un grito sordo de terror. Shin soltó ante eso. Wilde rodó hacia un costado, y se puso de pie. El Oso yacía tendido, boqueando.
Shin ladró una orden y todo se detuvo. El director comenzó a pronunciar en forma monótona los nombres del libro de asistencia. Todo era bastante frío, pero cada hombre en la habitación sabía lo que se avecinaba Aquellos a los que se los llamaba iban al centro de la estera y esperaban. Wilde se reunió con Sato en las filas laterales.
—Eres peor que un japonés —dijo Sato.
—Querrás decir que Shin lo es —dijo Wilde conteniendo la respiración.
—Shin aborrece a todos los que abandonan.
—¿Qué debió hacer? ¿Morirse como un buen soldado?
—Debió morderte el estómago.
El director anunció catorce nombres. Shin nombró uno más y el Oso, con la cabeza gacha, se unió a la formación. No se llamó a los ocho mejores judokas del equipo. Ante la orden muda de Shin estos se reunieron en las filas laterales cerca del Oso.
Ese procedimiento se llamaba kakegeiko, ya que un practicante enfrentaba a muchos adversarios, uno tras otro. Ante una señal del director, aquellos en la línea lateral corren a conseguir un compañero en la formación. Pasarían ocho sesiones de cinco minutos, con un hombre nuevo cada vez, antes que los quince pudiesen descansar. En cada ocasión, un hombre nuevo entre los ocho superiores elegía al Oso. Esto se conocía entre los judokas como «obligado a punta de pistola». El kakegeiko desarrolla la resistencia, y la resistencia del Oso estaba siendo forzada por una cantidad cuántica; lo estaban agotando al máximo. Lo reanimaron siete veces.
—Pobre tipo —dijo Wilde.
—¿Recuerdas la vez que te «obligamos a punta de pistola»? —Sato rio entre dientes.
—No había hecho nada.
—El sensei pensó que no estabas esforzándote lo suficiente.
—Probablemente había bebido con exceso el día anterior.
—¿Echas de menos aquellos días?
—No me gustaría volver a pasar por ello otra vez.
—¿Pero los echas de menos?
—Claro que sí.
Cuando ya estaba por finalizar el ejercicio de entrenamiento el capitán se acercó y habló en voz baja a Sato.
—La ceremonia kassapó será esta noche. (En esta ceremonia se practica la prueba de estrangulación por la que pasa el novicio).
Sato sacudió la cabeza hacia Wilde. El capitán se dirigió al norteamericano.
—Nos honrará si puede asistir — agregó.
—Con mucho gusto —contestó Wilde. Era cierto y al mismo tiempo era inquietante. Toda su vida Wilde había luchado contra cualquier clase de unión intrincada, pero ahora nuevamente en el dōjō sentía una nostalgia y una sensación de pertenencia que ejercían en él una fuerte e inquietante atracción. En su trabajo no era bueno mirar atrás. Sintió un fuerte impulso por irse, por escapar de esta cosa que operaba en él, pero primero debía hablar con Sato.
La ceremonia comenzó al anochecer.
Ese año se habían capacitado doce estudiantes de primer año, entre los dieciocho y veintidós años, para el equipo. Las diferencias de edades se debían al sistema. Es muy difícil ingresar a las universidades japonesas; esta escuela tenía dieciocho aspirantes por cada uno que se aceptaba. Algunos estudiantes recién ingresan después de un segundo o tercer intento. Mientras tanto se los llama ronin: samurái indómito en recuerdo de los guerreros errantes de la época feudal. No obstante, una vez que se aprueba el examen de ingreso existen pocas dificultades porque las universidades japonesas, como buenos negocios que son, más o menos garantizan la graduación siempre que se pague la enseñanza.
Los doce se sentaron cerca de un pizarrón mientras los estudiantes del último año repasaban con ellos el entrenamiento que habían recibido acerca de la reanimación.
El sensei se había ido después del entrenamiento regular. Oficialmente desconocía que se realizase la ceremonia kassapó. Después de la guerra, las autoridades la declararon un «acto de barbarie», y se ordenó a todos los dōjō que la suspendieran. La mayoría había acatado la orden, pero aquí y allá aún se la realizaba en secreto.
Shin se quedó.
Los estudiantes de primer año formaron parejas y una vez más realizaron una sesión de práctica mientras los alumnos del último año y los graduados iban de aquí para allá controlando sus procedimientos. Cuando todos se sintieron satisfechos, se aconsejó a los estudiantes de primer año que fueran al baño para no pasar vergüenza durante las estrangulaciones.
Cuando regresaron, de mala gana y dispersos, se habían apagado todas las luces menos una bombita sin tulipa, dejando el cuarto en penumbras excepto por un desagradable círculo de luz en el centro de la habitación. Bajo esta única luz se habían puesto dos esteras tatami, con el lado áspero boca arriba, que formaban un cuadrado de textura contrastante.
«¿Estás seguro de que quieres pasar por esto?», había preguntado un Sato más joven a Wilde. «No es necesario…». Después de todo él era extranjero. Wilde estaba decidido. No quería que se lo «dispensara» de nada.
«Todo lo que tú puedas soportar, yo también lo puedo hacer», había contestado, desafiante y tembloroso. De modo que el resto de ellos habló con Shin y por último este accedió.
Ahora Wilde miró hacia donde estaba Shin parado en el borde del círculo de luz que iluminaba hacia abajo en forma siniestra y acentuaba sus rasgos enjutos dejando sus ojos ocultos. Ahora, mirando atrás, Wilde sabía que el problema de Shin no había sido si Wilde lo resistiría o no. Shin simplemente no quería que un extranjero contaminara la ceremonia. No era que a Shin le disgustara Wilde. Era que todo lo foráneo estaba fuera de su entendimiento. Shin era japonés hasta la punta de los zapatos, un samurái desplazado, fuera de contacto con la actualidad; prefería ignorar todo lo que estuviese fuera de su campo de interés. Cuando Wilde observó la cara de Shin no distinguió ni amor ni odio, sino sus opuestos: desinterés. La única vez que Wilde pudo calar a Shin fue cuando este último se enteró de lo referente a Mariko. Inmediatamente se había opuesto violentamente a ello. Incluso eso Wilde lo averiguó después y en forma indirecta. Esta noche Shin se contentaba con ignorar la presencia de Wilde.
Se reunió a los estudiantes de primer año en el borde del círculo y se trajo un libro grande y muy grueso. Página tras página, año tras año de nombres. La tinta en las primeras hojas se había secado antes del sitio japonés en Port Arthur.
Cuando todos firmaron, comenzó la ceremonia kassapó. El primer novicio se sentó en el cuadrado, sus piernas extendidas. Se guio al segundo estudiante justo atrás del primero y se le indicó que se arrodillara. Luego se le ordenó que abrazara con firmeza alrededor del tórax al hombre sentado. Dos estudiantes del último año, corpulentos, tomaron asiento a ambos lados del hombre sentado sosteniendo firmemente sus brazos extendidos. Lo sujetaron de tal forma de no interferir con su pulso, el que controlaban con dos dedos.
El primer hombre clavó la vista hacia adelante. Wilde recordó que después de pasar por esto se fue a su casa y durmió durante dieciocho horas. A la mañana siguiente, cuando despertó y recordó todo, comenzó a transpirar con el mismo sudor frío que ahora podía advertir en la cara del estudiante de primer año.
El capitán se lo cedió a Sato, el sobresaliente alumno graduado, pero este sonrió con su sonrisa simpática y pícara y dijo:
—¡Permita que el Feo Norteamericano sea el primero!
El capitán miró dubitativo a Shin. Este rio entre dientes (era difícil determinar si existía algún regocijo en ello).
—Permita que el Feo Norteamericano sea el primero —repitió.
Wilde avanzó hacia la luz fija. El estudiante de primer año se puso tenso. Luego el capitán lo abofeteó al costado del oído y la expresión del estudiante se volvió impasible.
Los rostros eran máscaras abstractas de luz y sombra bajo la iluminación. Montó a horcajadas sobre las piernas del estudiante y las sujetó entre sus rodillas; luego Wilde miró a los estudiantes del último año que sostenían las muñecas del novicio.
—¿Lo tiene bien agarrado? —dijo luego al hombre de atrás.
—Sí —contestó el hombre, nervioso, asomándose por sobre el hombro del joven al que debía tener sujeto. La picazón de su propio sudor lo hizo pestañear como una lechuza.
Wilde cruzó el brazo derecho, la palma de la mano hacia abajo, y deslizó su pulgar bajo la parte de atrás del grueso cuello del judogi hacia la espalda. El joven echó involuntariamente el cuerpo para atrás cuando la mano de Wilde tocó la piel de su cuello; los músculos del cuello estaban en relieve.
—Relájese —sugirió Wilde. Cruzó su mano izquierda, con la palma hacia arriba, bajo la derecha y deslizó sus dedos hacia atrás hasta que ambas manos casi se tocaron por detrás. El novicio cerró los ojos a la expectativa. Wilde tocó ligeramente el costado de su cuello con la muñeca.
—Mantenga los ojos abiertos —dijo—. Ahora, respire hondo… así está bien, ahora exhale… otra vez… exhale.
El joven se concentró en su respiración y los músculos de su cuello se relajaron. No tenía mucha importancia; de cualquier forma Wilde podía estrangularlo, pero sería más rápido si estaba relajado. De pronto Wilde apretó hacia adentro ambas muñecas y tiró hacia abajo con fuerza haciendo palanca contra las yugulares. Los músculos del cuello del novicio reaccionaron saltando hacia afuera como cuerdas, pero ya era demasiado tarde; Wilde tenía una buena estrangulación.
No existía dolor, solo la conmoción inicial, como un golpe en la cabeza, y luego un rugido distante, envolvente. Su campo de visión se estrechó hasta que pareció mirar por un túnel; pequeños pinchazos de luz estallaron alrededor de sí y supo que se estaba desmayando. Luego solo quedaron los puntos de luz y todo lo demás se oscureció ennegreciéndose. Descendió más y más profundo en la oscuridad y sintió placer en lo envolvente de las tinieblas, solo pero rodeado por una sensación cálida. Luego ya no estaba solo. Podía sentirlos manifestarse. Estaban en derredor. Entonces comenzó a elevarse más y más alto; luego se dejó vencer sin lucha deseando que sus amigos estuviesen más cerca, aun más cerca, colocándose confiado al cuidado de ellos. Su cuerpo aún estaba allá abajo (lo sabía) pero no había de qué preocuparse; sus amigos estaban allí y era tan agradable flotar en libertad…
En menos de tres segundos el novicio quedó inconsciente. Sus ojos quedaron sin expresión y su cuerpo se estremecía con espasmos; todavía luchaba contra la estrangulación. Los tres hombres que lo sujetaban pasaron un momento difícil, luego su cuerpo se puso rígido, en un estado de catatonía. El capitán, a un costado, se dio vuelta y señaló los pies en ángulo recto a los estudiantes de primer año. Mientras se mantuviesen hacia arriba, estaba vivo. Advirtieron el hecho con ansiedad.
La toma de estrangulación de Wilde no bloqueaba la respiración del novicio, solo el flujo de sangre al cerebro. Los pulmones del hombre desmayado al principio se llenaban con un ritmo profundo y regular. Pasaron más segundos. Su respiración se convirtió en un jadeo, una pugna agonizante por conseguir oxígeno para su cerebro, luego nada, después otra boqueada larga a medida que su mecanismo respiratorio comenzaba a fallar.
Se oyó un gorjeo acelerado desde lo profundo del cuerpo y Wilde, que aún mantenía toda la presión, supo que ya era casi tiempo.
Se escurrió saliva de la boca del hombre desmayado. Al principio fue un goteo insignificante, pero cuando se produjo el estertor, el fluido se tornó copioso y se deslizó a lo largo de su cuello y a través del antebrazo de Wilde. La respiración se detuvo.
El hombre que sostenía la muñeca izquierda lo advirtió primero. El pulso, que se había vuelto más y más débil, tuvo una fibrilación y se detuvo. El otro hombre se dio cuenta casi al mismo tiempo y ambos gritaron.
—¡Hai!
Wilde soltó su toma al instante.
—¡Ahora! —le dijo al segundo novicio, pero el muchacho, con los ojos muy abiertos, estaba paralizado de miedo—. ¡Ahora! —repitió Wilde abofeteando la cara del joven bruscamente. El capitán se acercó por si tenía que reemplazarlo, pero el muchacho reaccionó. Inclinó el cuerpo hacia adelante y colocó los antebrazos justo bajo la caja torácica; respiró profundo y apretó sus brazos hacia atrás girando sus manos rígidas de modo que los bordes internos rozaran los nervios a lo largo de las costillas inferiores como se le había enseñado.
—¡Otra vez! —dijo el capitán con severidad. El director controló su cronómetro cuidadosamente. Tenían cinco minutos desde el momento en que Wilde cortó el fluido de sangre antes de que se produjeran lesiones cerebrales.
Tres veces más repitió la técnica antes de que el hombre estrangulado reaccionara con una sacudida espasmódica y un quejido áspero. Una vez más y de pronto su cabeza se echó hacia atrás, el tórax exhaló y se llenó de profundas cantidades de oxígeno. El estudiante de primer año continuó febrilmente sus esfuerzos de reanimación.
Sintió que se detenía, como la rompiente de una ola lenta, luego comenzó a retroceder. Los otros desaparecieron en la distancia como angelotes asustados. Quería asirse a algo, a cualquier cosa. No era la caída lo que temía; era el hecho de que lo dejasen solo. Hacia abajo, hacia abajo, más rápido que una caída…
Aún estaba inconsciente, pero su pulso y respiración ya habían vuelto a la normalidad. El segundo novicio retrocedió, relajado y confiado en este punto. Midió desde la nuca la distancia exacta y abofeteó con fuerza en un movimiento ascendente, ahuecando la palma de la mano para no golpear la columna vertebral.
La bofetada hizo que el hombre desmayado luchase salvajemente y los tres judokas que lo sostenían se vieron en grandes dificultades para mantenerlo sujeto mientras reaccionaba luchando. Su vista se aclaró, luego se enfocó. Aturdido, miró alrededor de sí a la gente que lo sujetaba. No sabía dónde estaba y se sentía entumecido. Frente a él, la cara de un extranjero que con las manos masajeaba su espalda y hombros. Alguien secaba su pecho con una toalla.
—¿Sabe dónde está?
—No.
Wilde sonrió. Respondió, de modo que estaba bien. Los dos estudiantes del último año pusieron en pie al novicio y lo sacaron de allí. Caminarían con él hasta que la sensación desagradable desapareciese.
Todo el proceso, desde el momento en que lo sentaron hasta que se lo llevaron, duró menos de dos minutos. A los estudiantes de primer año que observaban les pareció una hora. El siguiente era el segundo novicio. Su corazón comenzó a latir con violencia y su garganta se secó mientras tomaba su lugar en el cuadrado. Se sacó a otro estudiante entre las sombras para que se arrodillara atrás de él. Sato se encargó de este.
Wilde fue hasta el primer novicio.
—¿Cómo se siente? —preguntó.
—Bien —fue la respuesta indiferente.
—¿Empieza a recordar?
—No —dijo. Luego—: Sí, recuerdo… —Su voz se apagó lentamente y luchó con sus ideas—. Me elevaba, como en un sueño… y todo alrededor de mí… —Se interrumpió y miró hacia abajo al tatami. No quería parecer tonto frente a un extranjero.
Wilde palmeó su hombro.
—A todos les pasa igual —dijo.
Wilde y Sato tomaron un taxi hasta el distrito de Shibuya pasando en el camino por Akasaka. A esa hora de la noche siempre había mucho tránsito, pero esa noche en particular una manifestación hacía más lento el movimiento. Un grupo de cincuenta estudiantes en protesta, con cascos, los brazos entrelazados en filas de cuatro marchaba por las calles al compás del ritmo hipnótico del silbato de un líder. Adelante, un camión de la policía con altavoz, despejaba el camino y recordaba a los manifestantes que mantuviesen el orden y respetaran las reglas de las demostraciones. Policías a pie marchaban en fila a ambos lados de los manifestantes guiándolos. Los estudiantes, en su mayoría, mantenían la vista gacha, sin siquiera levantarla cuando la policía que los circundaba los empujaba bruscamente de vuelta a la fila, También marchaban unas pocas chicas con expresiones desafiantes, vestidas igual, con pantalones anchos, pulóveres holgados, cascos (uniformes). Wilde sintió un vago malestar que no tenía nada que ver con los lemas que entonaban. Era la marcha necia, el absoluto sometimiento en el grupo que puede resultar tan típico en los japoneses.
—¿Qué pretende esta? —preguntó Wilde.
—Quién sabe. Quizás están practicando. Esta no es importante, ni siquiera se puede decir que entorpezca el tránsito. Pero cuando se juntan cien grupos como este, tenemos dificultades.
—¿Qué es lo que los une?
—El deseo de derrocar al gobierno.
—¿Eso es lo que dicen ellos?
—Eso es lo que digo yo. Últimamente las cosas no son tan simples. Antes solo teníamos que preocuparnos de los izquierdistas. Los comunistas, los sindicatos, los socialistas, los estudiantes Zengakuren, todos más o menos tenían el mismo color político, de modo que podíamos permitirnos la simple teoría de que deseaban derrocar al gobierno porque eran izquierdistas. Nosotros éramos conservadores porque deseábamos trabajar dentro del orden establecido. Nosotros los japoneses somos muy propensos a poner etiquetas a las cosas, ¿entiendes? y dejarlo así.
—Dijiste «antes». ¿Antes de qué?
—Antes de Mishima. Oh, él no fue la causa; no quiero decir eso. Pero fue el catalizador. Cuando este hombre, considerado un candidato para el Premio Nobel, se puso de pie y dijo: «¡Soy derechista!», confundió a todos. Si solo hubiese permitido que lo arrestaran después de su discurso en el Cuartel General de Defensa Propia, podíamos haber dicho que padecía los resultados del trabajo excesivo y los derechistas aún serían un término histórico que se refería a los criminales de guerra y a una generación anterior. ¡Pero no, tuvo que cometer seppuku! Es decir que no tuvo que suicidarse clavándose un puñal en el vientre. Su habilidad para escoger el momento más oportuno fue perfecta. ¡Un acto desinteresado! ¡La esencia del idealismo! Ahora en todas partes se están formando grupos derechistas que también quieren derrocar al gobierno. Gente como Shin, ¿recuerdas?; antes nadie solía escuchar a Shin. Era un romántico; nunca perdonó a su madre por no darlo a luz durante nuestras guerras civiles. Ahora algunos estudiantes lo escuchan. Ha ganado legitimidad. Tanto los derechistas como los izquierdistas quieren derribar al gobierno. No sabemos cómo hacer frente a esta nueva situación. Los izquierdistas aún constituyen nuestro principal problema de seguridad, Wilde, pero temo a los derechistas. Si se vuelven lo bastante numerosos, ¿quién quedará en el medio? Nadie. Entonces volveremos a tener una guerra civil.
—¿En realidad piensas que una guerra civil es probable?
—Temo a la posibilidad, no a la probabilidad.
Al pasar la estación de Shibuya, Sato ordenó al conductor que se desviara de la calle principal hacia una calle angosta. Pronto el ruido de la ciudad se ahogó en un laberinto de curvas y vueltas, muros altos y guijarros. El delicado clop-clop de los suecos de madera sonaba más natural aquí que la bocina cacofónica de un taxi. Sato siguió guiando al conductor confiadamente. Se le ordenó que se detuviera bajo un pequeño cartel del restaurante Haru. Después de darle el cambio a Sato (le llevó un tiempo excesivamente largo) el conductor vaciló, se ruborizó y por fin tartamudeó pidiendo que le explicasen cómo llegar a la calle principal. Cualquiera se puede perder en el laberinto de intersecciones llamado Tokio.
Una camarera con el kimono tradicional de la prefectura de Aomori los recibió en la entrada. Gritó melódicamente por sobre su hombro y apareció otra chica. Dieron la bienvenida a Sato con la cordialidad reservada a los clientes favoritos y rieron tonta y nerviosamente ante la presencia de su amigo extranjero.
Apareció el administrador. Era pequeño, calvo y caminaba agachado en forma servil, listo para hacer una reverencia apenas se pronunciaba un nombre. Hizo a un lado a las chicas de las risitas tontas como uno lo haría con las cotorras fastidiosas y escoltó a los dos hombres al restaurante principal.
El sector principal estaba decorado en un estilo rústico con terminaciones burdas y una escalera que conducía a un segundo piso abierto. En el piso superior todo era de estilo japonés, con almohadones zabuton, así denominados porque se diseminan en el suelo y se utilizan especialmente para sentarse. En la planta baja, mesas y sillas.
A esa hora no había clientes. Era como si hubiesen reservado el restaurante para su uso privado. En una mesa estaba sentada otra camarera que parecía aburrida. Tan pronto como los vio se metió en la cocina.
Sato pidió su lugar acostumbrado y lo condujeron arriba a una mesa en un rincón. Desde donde Sato estaba sentado tenía una buena vista de la puerta y las mesas de la planta baja.
—La especialidad de la casa son los cangrejos de mar —dijo Sato después que Wilde acomodó su figura larguirucha.
—¿Qué más? —preguntó Wilde.
—Nada más. Todo es a base de cangrejos.
—Apuesto a que ninguno pellizca el trasero de una camarera. Bueno, en ese caso creo que comeré cangrejos. ¿Y tú?
Sato ordenó la comida para ambos.
—¿Este lugar siempre está tan lleno? —preguntó Wilde después de mirar en derredor a las mesas desocupadas.
—Deberías haberlo visto antes de que llegásemos —contestó Sato—. No obstante, más o menos a medianoche, cuando se vacían los cabaret y las casas de geishas, viene un poco de gente. Nunca muchas personas.
—¿Alguien maneja el negocio quebrantando la ley?
Sato asintió con la cabeza.
—¿Un yakuza?
Sato volvió a asentir —sí, era un pendenciero.
El administrador subió trotando los escalones con una bandeja con sake caliente, bebida alcohólica que se obtiene del arroz, y entremeses de pescaditos que se debían comer al mismo tiempo. Todo se dispuso como un adorno. El administrador levantó una botellita de porcelana con sake. Sato tomó una tacita, casi oculta en su manaza, y la miró con ojo crítico.
—Vasos de agua —dijo ásperamente.
—Lo olvidé —contestó el administrador y retrocedió bajando los escalones.
—Estas tacitas —dijo Sato en tono irrisorio— son una pérdida de tiempo. Uno se pasa todo el tiempo sirviéndose.
—¿Qué tal va el trabajo? —preguntó Wilde después que trajeron los vasos de agua.
—No va mal —respondió Sato—. Desde la última vez que te vi me dieron un ascenso. ¿Qué haces ahora?
—Lo mismo que antes.
—Así lo pensé.
—Necesito información, Sato.
—Así lo pensé.
Ambos rieron. Sato se desabrochó el saco.
—Haré lo que pueda —dijo—. Lo sabes. Oficialmente o no.
—Así lo pensé.
Rieron otra vez. Sato se encontraba en buena posición para ayudar. Después de su graduación había ingresado en el Departamento Metropolitano de Policía de Tokio al igual que lo habían hecho muchos de los estudiantes judokas más sobresalientes. Lo destinaron a la División de Seguridad Pública, un título inocuo para el principal grupo de inteligencia de la nación.
—¿Qué quieres saber? —preguntó Sato.
—Hace un par de semanas desapareció un hombre llamado Thompson. Lo sacaron de Corea de contrabando en un carguero japonés que amarró hace tres días en el muelle de Harumi. Se supone que debo hallarlo. Creo que los Beiheiren le dieron una mano.
—¿Es un soldado?
—Un oficial del ejército.
—Los Beiheiren ayudaron a muchos soldados norteamericanos a ir a Suecia.
—¿Qué hay sobre los escondites de los Beiheiren?
Sato se mordió los labios.
—No es fácil. Los Beiheiren no son profesionales, sabes, de modo que sus métodos no son del todo ortodoxos. Es muy difícil enfrentarse a los aficionados dedicados. No sabemos dónde están sus escondites porque no los tienen, por lo menos no en el sentido usual. Cada casa o comercio de sus miembros es un escondite potencial y hemos fracasado espectacularmente al intentar infiltrarnos en su organización. Son muy unidos.
—No dispongo de mucho tiempo.
—¿Qué hizo?
—No estoy seguro de que haya hecho algo. Tuvo algunos problemas con una chica, perdió la cabeza y se fue. Tu departamento recibirá una notificación oficial de esto por parte nuestra. Si es posible, quisiera ocuparme de esto sin alboroto. Si se ha calmado y reflexionado lo suficiente acerca de la dificultad en que se encuentra, quizás esté dispuesto a volver; si puedo comunicarme con él. ¿Qué te parece algunos nombres de personas que puedan transmitir un mensaje?
Sato asintió con la cabeza.
—Me ocuparé —prometió y la charla de negocios terminó.
—¿Cuántos hijos tienes ahora, Sato? —preguntó Wilde en la segunda vuelta de aperitivos.
—Dos. Las dos, mujeres.
—Eso es lindo.
—Espero ansiosamente que la próxima vez sea un varón —dijo Sato frunciendo el ceño.
—¿Te gustan los varones?
—¡Estoy cansado de ver a mi mujer con panza!
—¿Por qué no desistes? Ya tienes hijos.
—Debo tener un varón para que continúe el apellido. Soy único hijo varón.
Wilde se aclaró la garganta.
—¿Sato?
—¿Sí?
—¿Has visto a Mariko?
—Pensé que eso había terminado.
—Solo estaba pensando.
—Se casa el mes que viene.
—Ya veo. ¿Omiai, concertado por los padres, o casamiento por amor?
—Omiai.
Wilde jugó con su sake.
—¿Tu casamiento fue omiai?
—Sí. Lo dispusieron mi tío y su mujer.
—Funciona bastante bien, ¿no?
—¡Oh, sí!
—Entonces supongo que lo de Mariko estará bien.
—¿Qué relación tiene una cosa con la otra?
—Quiero decir, supongo que ella es feliz.
Sato fue sincero.
—No —dijo—. No lo creo.
—¿Por qué no?
—En el caso de mi matrimonio funcionó bastante bien, como tú dijiste. Pero, ves, nosotros nunca esperamos otra cosa que no fuera un matrimonio arreglado. Creo que eso debe ser importante.
—Me gustaría verla.
—No creo que sea prudente.
—Solo fue una idea.
—No te preocupes por Mariko, Wilde. Será una buena esposa y eso es suficiente para una mujer. No hay solución. Shikata ga nai, Wilde.
Shikata ga nai, no se puede remediar. Los japoneses pueden solucionar cualquier paradoja, evitar decisiones desagradables y explicar las peores calamidades con esta sola expresión. En las mejores circunstancias les ha permitido soportar lo insoportable; en las peores ha excusado lo inexcusable.
—Shikata ga nai —repitió Wilde. Mariko también había dicho eso cuando se separaron—. Nunca pude alcanzar a entender eso, no realmente.
—Eres demasiado norteamericano —respondió Sato—. Crees que todo problema tiene solución. Crees que el muchacho bueno siempre gana.
Una joven subió con más sake. Sato llenó el vaso de Wilde y este a su vez llenó el de Sato, una costumbre obligatoria. Sato levantó su vaso a modo de brindis.
—A la salud del Feo Norteamericano —dijo.
El resquemor del primer sorbo había desaparecido y se pudo tragar suavemente, como el té.
—El problema de esta bebida —dijo Wilde— es que a cada trago se hace más fácil beberla.
—Come tu cangrejo. Tenemos más cosas que enseñar a ustedes los norteamericanos que «shikata ga nai». Sabemos que uno permanece más tiempo sobrio si come mientras bebe.
En los viejos tiempos se hubiesen emborrachado como cubas y entonado canciones con letras obscenas que inventaban mientras caminaban. Hubiesen hablado de la hermandad y del mundo imperfecto que tendrían que echarse a cuestas en unos pocos años más. En aquellos días se sentían capaces de realizar cualquier cambio que fuese necesario. Cualquier cosa y todo era posible. Sato solía sentir el peso de sus responsabilidades futuras con una intensidad serena y después de bastantes tragos a veces fluían las lágrimas. Wilde era el optimista. Podía lograr todo lo que se proponía.
Ahora estaban más sometidos. No era una buena idea para la gente con secretos beber mucho, a menos que estuvieran a solas en sus cuartos y aun en esa forma tampoco era una buena idea. Pero los dos amigos se las arreglaron para emborracharse moderadamente. Los cambios en cada hombre solo eran cambios en el grado; aún trataban de mejorar el mundo, aunque no hablaban tanto de ello. El sabor todavía existía. Si el gusto era menos dulce, aún estaba lejos de ser amargo.