La noche de Ángeles
Ángeles zarpa de El Havre para Estados…
Ángeles zarpa de El Havre para Estados Unidos, de donde se dirige a Sonora
y, a mediados de octubre de aquel interminable 1913, se incorpora a la
Revolución. Para entonces, Venustiano Carranza era ya reconocido como
primer jefe del Ejército Constitucionalista. Lo sostenía el prestigio de que,
siendo gobernador de Coahuila, fue el primero en rebelarse contra Huerta, en
momentos en que lo aconsejable era la adhesión: de gobernadores, de las
cámaras, del ejército, del clero, de los hacendados, de inversionistas
extranjeros, de los capitalistas, de cualquier persona sensata. Además,
enseguida, Carranza afrontó el gravísimo problema de coordinar el esfuerzo
armado de los rebeldes bajo tres objetivos básicos: vengar la muerte del
presidente Madero, restaurar la constitución violada y rescatar la dignidad
nacional, mancillada muy en especial por el inefable embajador
norteamericano, Henry Lane Wilson.
¿Usted de veras creía que quería vengar la muerte de Madero, general?
Ángeles fue recibido en el cuartel general de Carranza en Nogales, como
«nunca jefe alguno lo fue, con tanta cordialidad y simpatía», dijo Isidro
Fabela. Y es que, claro, traía aún las huellas en la mirada y en la actitud, en un
cierto aire que lo envolvía, de haber estado con el presidente Madero hasta el
final. Y, sobre todo, de haberle dicho no a Huerta. Así, de frente: no se unía al
cuartelazo aunque le costara la vida, que era lo de menos. No con un
telegrama como Carranza, sino cara a cara.
Porque hasta eso, todavía por ese entonces medio se utilizaba la bandera
del maderismo. Con sus enormes reservas, claro.
El cuartel estaba instalado en una amplia casa a un lado de la aduana, con
dos centinelas que terciaron los fusiles al entrar el general Ángeles. El primer
jefe lo mandó llamar para hablar a solas con él después de la animada comida
que le ofrecieron de bienvenida.
En la oficina, velada por cortinajes de pliegues rígidos, había un escritorio
de caoba y una larga cajonera en la parte de atrás, de la que en esos momentos
Carranza extraía unos papeles.
—Siéntese, general, en un momento estoy con usted.
Una lámpara con pantalla de seda difundía una luz amarillenta y densa,
que caía como materia sólida sobre las duelas del piso. Aunque notoriamente
improvisados, la selección de los muebles denotaba buen gusto.
Carranza se sentó al escritorio y aún revisó unos papeles antes de atender
a Ángeles. Inescrutable detrás de sus lentes azulados, con un chaquetín militar
sin insignias y con botones de cobre, al primero de los cuales lo ocultaba la
ensortijada barba blanca que Carranza empezó a peinar con los dedos.
—General, como habrá podido comprobar, es usted bienvenido a las filas
del ejército constitucionalista. Cuando Miguel Díaz Lombardo me habló de su
intención de regresar a la patria a incorporarse a la Revolución, no dudé un
momento en girar fondos para su viaje.
¿Para qué aclarar el punto tan espinoso de dinero, así, de entrada? ¿O era
parte del programa que le tenía preparado, general?
—Le reitero mi complacencia, como mencioné durante la comida, de que
haya aceptado usted nuestra Secretaría de Guerra —agregó Carranza sin dejar
de peinarse la barba, vuelta la palma de la mano hacia fuera y los dedos
engarruñados.
—La complacencia es mía, señor. Además del compromiso que me
implica.
—Vivimos momentos de confusión, de decisiones precipitadas, en que
por lo mismo es necesaria la planeación detenida. No creo en las
precipitaciones, general, hoy menos que nunca. Por eso los constitucionalistas
requerimos de su experiencia y de su inteligencia, tan alabadas. Hombres
como usted promueven a la reflexión fría y desapasionada.
¿Fría, en usted, general? ¿Y desapasionada?
Carranza extendió un pequeño plano sobre el escritorio y lo fue señalando
con la punta de un lápiz.
—He dividido la República en siete zonas de operación, de las cuales
hasta este momento sólo tres funcionan de modo efectivo: el Noroeste, al
mando de Pablo González, el Centro con Pánfilo Natera y el Noreste bajo las
órdenes de Álvaro Obregón. ¿Conoce usted a Álvaro Obregón, general?
—No, señor.
—Yo mismo lo acabo de conocer el mes pasado en El Fuerte. Pero
enseguida supe que se trataba de un hombre extraordinario, ya verá usted. Un
revolucionario de corazón pero, como usted, con una enorme capacidad
intelectual. Será de los suyos, general.
—Así lo espero, señor.
—Es una pena que se haya incorporado usted tan tarde a nosotros. Lo
hubiéramos necesitado desde un principio. Estos meses han sido
determinantes para el futuro de la Revolución, pero también hemos sufrido
reveses, como en Monclova, que en julio cayó en manos de los federales, o en
el intento frustrado de la toma de Torreón. Además emprendimos una penosa
travesía de más de trescientos kilómetros, desde Piedras Negras hasta
Hermosillo, pasando por Durango, el sur de Chihuahua, la Sierra Madre
Occidental y el norte de Sinaloa. Por supuesto, por ninguna razón hemos
pisado suelo norteamericano: usted me entiende, cuestión de dignidad.
—Por supuesto, señor.
—Sí, ha sido una travesía penosa y fatigante, del frío más intenso de la
Sierra Madre al calor sofocante de Sonora. Pero bueno, uno no se puede
quejar al recordar la impasibilidad de Juárez, vestido de frac y con sombrero,
metido en su coche de sopandas, mientras a su lado desfilaban los cactus del
desierto, durante aquellos inconcebibles viajes… Usted debe de ser también
un buen lector de historia, general.
—Quizás es lo que más me gusta leer, señor.
—Compartimos la misma pasión. Un hombre sin conocimientos de
historia carece de referencias para actuar. Tendremos mucho que compartir en
este sentido. Nadie sabe nunca suficiente, y yo estoy abierto y dispuesto a
reconocer siempre mis enormes lagunas. Le suplico que me las señale a la
primera oportunidad.
—No lo olvidaré, señor.
—Le confesaré hasta dónde he llevado esta preocupación que finalmente
redunda en beneficio propio y de la patria. En mayo pasado, González Gante
me recordó el establecimiento de las comisiones mixtas para las
reclamaciones en la Guerra Civil norteamericana. Yo lo había leído pero lo
olvidé. Imposible tenerlo todo en la memoria. Pero al recordármelo despertó
en mí la reflexión, la asociación de ideas, y decreté el derecho nacional y
extranjero a reclamar los daños que se sufran por nuestra guerra. Así como
consideré pertinente poner en vigor la Ley Juárez de 1862, por medio de la
cual serán juzgados Huerta y sus cómplices y los sostenedores de ese falso
gobierno. Usted sabe, equivale a la ejecución de prisioneros de guerra… No
podemos arriesgarnos a que vuelva a suceder en este país lo que con Madero.
Ángeles pestañeó pero no dijo nada. Carranza esperó un momento y
continuó, como si hubiera adivinado los pensamientos de Ángeles.
—Si hemos de trabajar juntos, debemos hablarnos sin ambages. Usted
debe conocer mi pensamiento al respecto. Si algo faltó al movimiento maderista fue, precisamente, ser tajante, implacable. No se puede construir
nada a base de conciliaciones. Por eso el interinato de De la Barra resultó una
prolongación viciosa, anémica y estéril, de la dictadura; no se diga ya el
humanismo enfermizo con que lo contaminó todo el señor Madero,
malogrando sus frutos. Usted sabe, revolución que transa se suicida.
Ángeles mantenía la eficaz máscara de las manos anudadas frente a la
cara y unos ojos inexpresivos, medio adormilados, de pesados párpados.
—Estará de acuerdo conmigo, general.
—En lo complementario quizá, señor. No en lo fundamental. Usted decía
que no podemos arriesgarnos a que en este país vuelva a suceder lo que con
Madero. Yo creo que es lo mejor que nos ha sucedido y que podría volver a
sucedernos. Ese humanismo, enfermizo lo llamó usted, con que Madero
contaminó su movimiento es a mi parecer la más alta meta a que puede
aspirar un revolucionario.
Ahora fue Carranza quien guardó silencio.
¿Para qué decirlo el mismo día de su llegada? Porque usted sabía que el
antimaderismo de Carranza era manifiesto. Le «repugnaba» la figura de
Madero, dijo en una ocasión: muy especialmente en los retratos que se
exhibían por dondequiera, adornados con guirnaldas y coronas, marco ideal
para aquellos ojos candorosos. A Rafael Martínez, de El Gráfico, le confesó
que «estuve a punto de iniciar un movimiento en contra del gobierno del
señor Madero, es verdad. Pero para salvarlos a él y a la Revolución. Ya
preveía yo que sus enemigos recurrirían a la venganza y la bondad del señor
Madero sería la puerta de entrada para satisfacerla».
¿Para qué fue entonces a unirse a Venustiano Carranza, general?
¿Sabía usted dónde empezó la animadversión de Carranza contra Villa y
la División del Norte? Cuando se enteró que iban a las batallas al grito de:
¡Viva Madero!
Otro detalle revelador: su gusto por fotografiarse. A la primera
provocación, Carranza se plantaba ante el fotógrafo, siempre muy solemne.
En realidad en todas las fotografías aparece como si estuviera atrás de su
escritorio, dictando alguna ley. Hasta montado a caballo parecía que estuviera
atrás de su escritorio, fíjese bien. ¿Y para qué tantas fotografías? ¿Quería que
sustituyeran a las de Madero? Ah, general, en sus ojos encapotados por el
fastidio y la fatiga nació una como interrogación. Lo que seguramente notó el
señor Carranza porque, véalo, se ha puesto de pie con gesto adusto y consulta
su grueso reloj de oro.
—General, es mucho lo que tenemos que hablar. Pero estará cansado
después de un viaje tan largo y casi es hora de cenar. ¿Gusta acompañarme?
—Será un placer para mí, señor.
Carranza tomó del perchero su sombrero de fieltro gris y con alas anchas,
estilo norteño.
Al salir de la casa para dirigirse de nuevo a la aduana en donde se servían
las comidas, a Ángeles le sorprendió que el corneta y el tambor de guardia
tocaran la marcha de honor. El primer jefe necesitaba que esa música le
recordara su alta investidura cada vez que abandonaba su mesa de trabajo. Y,
de paso, también recordársela a los demás.
Qué distinta la austeridad de Madero, ¿verdad?, quien seguramente
hubiera preferido que le recordaran su frágil condición humana: eres un
simple mortal, eres un simple mortal, eres un simple mortal.
También le llamó la atención que el propio Carranza dispusiera el orden
en que debían sentarse a la mesa, y fuera a Rafael Zubarán, secretario de
Gobernación en el gabinete revolucionario, a quien colocara en el primer sitio
a su diestra, y a Jacinto Treviño, jefe del estado mayor, a su izquierda. ¿No
acababan de hacerle a él, a Ángeles, un recibimiento efusivo y entre aplausos
lo había nombrado Carranza su secretario de Guerra? ¿Por qué ese sutil
desprecio ahora?
Ni tan sutil, general. Fue bastante obvio y todos se hicieron la misma
pregunta que usted.
Ángeles quedó entre Adolfo de la Huerta y Martín Luis Guzmán, con
quien habló en voz baja del Colegio Militar. El padre de Martín Luis había
sido maestro en Chapultepec, y Ángeles lo recordó con cariño y admiración.
Pero la verdad es que la cena resultó insufrible por la autoridad forzada que le
imprimía Carranza, quien nuevamente, como con la marcha de honor al salir
de la oficina, utilizaba cada oportunidad que se le presentaba para remarcar su
ascendiente sobre los demás. Se hablaba sólo de lo que él quería y, si acaso se
colaba un tema que no fuera de su agrado, lo cambiaba abruptamente o se
limitaba a fruncir el ceño y a permanecer en silencio, lo que resultaba aún
peor. Además, comía muy poco y bebía menos y esperaba que todos lo
imitaran.
Ángeles se había sentado a la mesa con hambre y apenas se la sirvieron, la
comida le resultó interminable e insípida.
Aquella noche, durante la sobremesa, se festejó un nuevo triunfo de las
fuerzas constitucionalistas en Chihuahua, y Carranza, casi nomás por llevar la
contra a lo que se había dicho, dio como un hecho la superioridad de los ejércitos improvisados y entusiastas sobre los que se organizan
científicamente.
¿No le dijo a usted unas horas antes lo contrario, general? ¿No tanto habló
de la planeación?
Ángeles aprovechó una pausa para hacer la defensa del arte militar como
una disciplina que se enseña y se aprende y que se practica mejor cuando se
ha estudiado que cuando se ignora o se improvisa. Qué barbaridad, general,
con aquel viejo terco. Al final hubo un pesado silencio.
En contra del tono suave y amable de Ángeles, el del primer jefe fue
imperativo:
—No estoy para nada de acuerdo con usted, general Ángeles. Los
conocimientos a que se refiere resultan muy relativos en la práctica. Son la
voluntad y la determinación las que dan vida a los hechos y les marcan un
cauce. Prefiero la intuición aguda y audaz a cualquier conocimiento previo.
Ángeles se limitó a dar un sorbo a su taza de café con la vista perdida en
algún punto indefinido del techo. Se suponía el tema concluido cuando Martín
Luis Guzmán le guiñó un ojo a Ángeles y volvió a atizar el fuego:
—Pues yo creo con pasión en la técnica y en los libros y detesto las
improvisaciones.
Claro, era tan joven en ese tiempo Martín Luis Guzmán. Nadie agregó
más y sólo se tocaron otros temas de soslayo. A los pocos minutos, Carranza
se puso de pie sin siquiera doblar la servilleta y ponerla al lado del plato,
como era su costumbre, y la arrojó sobre la mesa.
Con razón apenas se presentó la oportunidad, le aclaró usted a Carranza
que su presencia ahí era sólo como revolucionario y técnico militar… para
nada como político.