La noche de Ángeles
Elíjalas ahora que tiene tiempo, general. Sólo…
Elíjalas ahora que tiene tiempo, general. Sólo restaban las palabras. Y con
ellas también iba, sin remedio, a destruirse: curioso destino para un militar.
Lo dijo al mencionar el agente del Ministerio Público el riesgo de sus
palabras:
—Lo sé. Y no me arrepiento. Son mis palabras, y no mi espada, rota por
mí mismo hace mucho tiempo, las que me matan.
Palabras y destino.
—Señor Gómez Luna, no creo que mi problema sea un problema de
abogados sino el de un destino ya predeterminado.
Y a Lederico Cervantes, la noche anterior:
—Este calvario, como el de todos, es doloroso e insufrible.
Sólo en un momento le ganaron las lágrimas:
—Sé que me van a matar, pero también sé que mi muerte hará más por la
causa democrática que todas las gestiones que hice en vida, porque sólo la
sangre de los mártires fecundiza las grandes causas.
Y poco después, con las mismas palabras para que no quedara duda del
ensamble de las dos muertes:
—La muerte de Madero hizo más bien por la causa democrática que todas
las gestiones que realizó en vida, porque sólo la muerte de los mártires
fecundiza las grandes causas.
Su voz se aclaró enseguida para decir:
—Madero no era un jefe. Madero pensaba que todos éramos iguales. Por
eso todos nos sentimos asesinados cuando lo mataron a él.
Del primer jefe:
—Carranza es mentiroso, disfraza los hechos, por eso es peligroso. Nunca
ha estado dispuesto a asumir el origen secreto de sus actos, es decir la verdad.
Y en este caso uno de los dos debe morir porque somos incompatibles.
Miente para ocultar que él y yo no peleamos por los mismos principios. Él
cree que la Revolución es un medio para alcanzar el poder absoluto y yo creí
que era un medio para exterminarlo… Pero finalmente hay algo que es cierto: yo soy el culpable de haberle echado en cara a Carranza su miseria moral, su
falta de patriotismo, su ambición, su despotismo.
Al preguntarle la razón de su regreso a México, dio una respuesta que
explica tanto. Todo:
—Al encuentro de esta noche vine. Estaba lejos y una voz me llamaba:
Felipe Ángeles, no pierdas tus pasos en estas calles extranjeras, gastadas por
tus pies de tanto andarlas. Ven cerca de mí, habla con tus compatriotas,
despiértalos del sueño de los homicidas. Y me vine a detener el crimen. Y
aquí estoy esperando…
De sus supuestas intenciones presidenciales:
—Al poder hay que llegar puro, como llegó Madero, o no hay que llegar.
Por eso nunca cruzó por mi cabeza la posibilidad de ser presidente. Por eso la
Convención pidió elecciones libres y exigía a un civil, pero los cañonazos de
cincuenta mil pesos de Obregón hicieron un efecto más mortífero que los
cañonazos de Zacatecas.
Sobre las armas:
—No creo más en las armas, sino en la pacificación por medio de las
ideas y del ejemplo. Los hombres terminaremos por ser de nuevo hermanos y
volver inútiles las armas, estoy seguro. Por eso yo decía que rompí mi espada.
Y por eso, aunque suene contradictorio, volví al lado de Villa, para influir
sobre él, para mostrarle que hay otro camino, y para pedirle que no fusilara
más a prisioneros, como es su costumbre y como impuso Carranza con la Ley
Juárez, que no es sino un retroceso a las épocas más oscuras de la humanidad
y que habla por sí sola del espíritu de Carranza. En Estados Unidos pensaba
yo: con un solo hombre que salve de ser fusilado, mi regreso habrá tenido
sentido. Así lo sigo pensando, sobre todo cuando no sólo logré salvar a uno
sino a cientos de ellos. Si se somete a los pueblos con las armas,
aherrojándolos, sólo se logrará establecer una paz superficial, ficticia. Por eso
no hay que hacer uso de las armas para gobernar a un pueblo, sino de la
pasión contraria: del amor, del amor a todos y a cada uno, la única fuerza que
en verdad convence y conquista. Yo mismo traté de ponerlo en la práctica
cuando mi campaña en Morelos. El cariño que manifesté a los habitantes de
esa región hizo que me llamaran zapatista. ¿Yo, que supuestamente iba a
combatirlos? Pero es que apenas nos identificamos en verdad con algo o con
alguien lo empezamos a amar, lo mismo da que sea un paisaje, un animal, un
ser humano. He llegado a sentir que es un acto salvaje matar a un animal para
alimentarnos, y creo que tarde o temprano, al evolucionar, superaremos esa necesidad. Por eso yo, como Madero, podría decir que mi principal defecto es
haber intentado amarlo todo y a todos y no soportar más la violencia y el mal.
De Zapata:
—Poco antes de ser apresado hubiera tomado la decisión de ir en busca de
Zapata, para una labor pacificadora y de conciliación como la que realicé al
lado de Villa. El presidente Madero, poco antes de ser aprehendido por
Huerta, también pensó en la posibilidad de refugiarse al lado de Zapata, quien
le envió un representante y le ofreció dos mil hombres por sus rumbos. Hoy
creo con absoluta seguridad de que cuanto simboliza Zapata es una de las
últimas posibilidades de salvación para el país.
Al pedirle el presidente del Tribunal que concretara sus respuestas y no
hiciera discursos:
—Si este juicio es sólo una representación teatral y de una u otra manera
me van a fusilar, pido que me permitan hablar cuanto me venga en gana.
De Villa:
—Villa es bueno en el fondo. A Villa lo han hecho malo las
circunstancias, los hombres, las injusticias. Por eso culpo directamente del
estado actual de Villa y de los suyos a los gobiernos, que no han tenido
compasión por los desheredados y los han vueltos fieras. Villa me recuerda a
uno de mis personajes literarios predilectos, Jean Valjean, que se convirtió en
un delincuente por amor a los suyos. Sin atender a esa dualidad —posibilidad
de perderse, pero también de salvarse y salvar a muchos— nunca
entenderemos a grandes hombres como Villa o a grandes personajes como el
de Victor Hugo. Villa todo lo hace en grande: el bien y el mal.
En algunos momentos, los aplausos llegaron al frenesí, como cuando el
abogado defensor dijo:
—Señores, he aquí un amparo del juez del segundo ramo penal en favor
del acusado Felipe Ángeles. El juicio queda suspendido por ilegal, ya que este
Consejo de Guerra no tiene jurisdicción sobre el reo, pues éste ya no
pertenece al ejército, del que fue dado de baja por el propio gobierno
constitucionalista.
Apenas se sentó a su lado, Ángeles comentó al abogado defensor:
—Nada ni nadie impedirá que Carranza me fusile. ¿Para qué alargar la
agonía y continuar con una representación tan inútil? Este juicio es, como
todo cuanto quiere disfrazarse de legalidad en México, una farsa.
Por último, el agente del Ministerio Público:
—Señor presidente, señores vocales, la acusación está fundamentada, por
lo tanto este Consejo de Guerra Sumarísimo es competente. Toca a mi pobre voz levantarse ante este tribunal, en el nombre de la conciencia nacional, para
formular la más tremenda requisitoria y reclamar a los representantes de la
justicia la imposición de una pena ejemplar para el que, haciendo plegar las
alas de su águila simbólica, se apartó de la senda patriótica y cometió la más
nefanda de las traiciones al secundar al bandolero cuyo solo nombre,
Francisco Villa, flagela y pisotea a la sociedad. ¡Señores, hablo del general
Felipe Ángeles, acusado de alta traición…! Su declaración en este juicio al
decir que no reconocía como presidente de la República al ciudadano
Venustiano Carranza es prueba suficiente de su rebelión… Recuerden las
palabras proféticas del primer jefe al enterarse de la victoria de Ángeles en
Zacatecas: «¡Ya apareció el nuevo Judas!». Pues si bien es cierto que esa
batalla le dio el triunfo a la Revolución, también es cierto que su preclaro
general, Felipe Ángeles, ya tramaba en las tinieblas la traición. Recuerden
también que antes de la batalla, que él solo decidió emprender, negándose a
aceptar las órdenes del señor Carranza para escindir a la División del Norte, el
acusado envió un telegrama al primer jefe redactado en los siguientes
términos: «México no necesita un jefe, sino ciudadanos». ¡Señores, hay que
salvar a la Revolución de sus enemigos escondidos en falsos redentores!
Miles de personas en México y en Estados Unidos pidieron el perdón para
Ángeles, y el mismo general Manuel Diéguez, jefe de armas en Chihuahua,
telegrafió a Carranza informándole de la ilegalidad del juicio y su «altísimo»
riesgo político. El primer jefe mandó una respuesta lacónica que no dejaba
lugar a dudas:
«Le ordeno recordar los procedimientos que las ordenanzas militares
señalan para el cumplimiento ineludible de una sentencia de muerte.»
Por su parte, Obregón también telegrafió a Diéguez:
«Lo borraré de la lista de mis amigos si hace usted cualquier gestión por
salvar la vida al general Ángeles.»