La noche de Ángeles

Ignacio Solares · Capítulo 18 de 20

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La noche de Ángeles

Elíjalas ahora que tiene tiempo, general. Sólo…

Elíjalas ahora que tiene tiempo, general. Sólo restaban las palabras. Y con

ellas también iba, sin remedio, a destruirse: curioso destino para un militar.

Lo dijo al mencionar el agente del Ministerio Público el riesgo de sus

palabras:

—Lo sé. Y no me arrepiento. Son mis palabras, y no mi espada, rota por

mí mismo hace mucho tiempo, las que me matan.

Palabras y destino.

—Señor Gómez Luna, no creo que mi problema sea un problema de

abogados sino el de un destino ya predeterminado.

Y a Lederico Cervantes, la noche anterior:

—Este calvario, como el de todos, es doloroso e insufrible.

Sólo en un momento le ganaron las lágrimas:

—Sé que me van a matar, pero también sé que mi muerte hará más por la

causa democrática que todas las gestiones que hice en vida, porque sólo la

sangre de los mártires fecundiza las grandes causas.

Y poco después, con las mismas palabras para que no quedara duda del

ensamble de las dos muertes:

—La muerte de Madero hizo más bien por la causa democrática que todas

las gestiones que realizó en vida, porque sólo la muerte de los mártires

fecundiza las grandes causas.

Su voz se aclaró enseguida para decir:

—Madero no era un jefe. Madero pensaba que todos éramos iguales. Por

eso todos nos sentimos asesinados cuando lo mataron a él.

Del primer jefe:

—Carranza es mentiroso, disfraza los hechos, por eso es peligroso. Nunca

ha estado dispuesto a asumir el origen secreto de sus actos, es decir la verdad.

Y en este caso uno de los dos debe morir porque somos incompatibles.

Miente para ocultar que él y yo no peleamos por los mismos principios. Él

cree que la Revolución es un medio para alcanzar el poder absoluto y yo creí

que era un medio para exterminarlo… Pero finalmente hay algo que es cierto: yo soy el culpable de haberle echado en cara a Carranza su miseria moral, su

falta de patriotismo, su ambición, su despotismo.

Al preguntarle la razón de su regreso a México, dio una respuesta que

explica tanto. Todo:

—Al encuentro de esta noche vine. Estaba lejos y una voz me llamaba:

Felipe Ángeles, no pierdas tus pasos en estas calles extranjeras, gastadas por

tus pies de tanto andarlas. Ven cerca de mí, habla con tus compatriotas,

despiértalos del sueño de los homicidas. Y me vine a detener el crimen. Y

aquí estoy esperando…

De sus supuestas intenciones presidenciales:

—Al poder hay que llegar puro, como llegó Madero, o no hay que llegar.

Por eso nunca cruzó por mi cabeza la posibilidad de ser presidente. Por eso la

Convención pidió elecciones libres y exigía a un civil, pero los cañonazos de

cincuenta mil pesos de Obregón hicieron un efecto más mortífero que los

cañonazos de Zacatecas.

Sobre las armas:

—No creo más en las armas, sino en la pacificación por medio de las

ideas y del ejemplo. Los hombres terminaremos por ser de nuevo hermanos y

volver inútiles las armas, estoy seguro. Por eso yo decía que rompí mi espada.

Y por eso, aunque suene contradictorio, volví al lado de Villa, para influir

sobre él, para mostrarle que hay otro camino, y para pedirle que no fusilara

más a prisioneros, como es su costumbre y como impuso Carranza con la Ley

Juárez, que no es sino un retroceso a las épocas más oscuras de la humanidad

y que habla por sí sola del espíritu de Carranza. En Estados Unidos pensaba

yo: con un solo hombre que salve de ser fusilado, mi regreso habrá tenido

sentido. Así lo sigo pensando, sobre todo cuando no sólo logré salvar a uno

sino a cientos de ellos. Si se somete a los pueblos con las armas,

aherrojándolos, sólo se logrará establecer una paz superficial, ficticia. Por eso

no hay que hacer uso de las armas para gobernar a un pueblo, sino de la

pasión contraria: del amor, del amor a todos y a cada uno, la única fuerza que

en verdad convence y conquista. Yo mismo traté de ponerlo en la práctica

cuando mi campaña en Morelos. El cariño que manifesté a los habitantes de

esa región hizo que me llamaran zapatista. ¿Yo, que supuestamente iba a

combatirlos? Pero es que apenas nos identificamos en verdad con algo o con

alguien lo empezamos a amar, lo mismo da que sea un paisaje, un animal, un

ser humano. He llegado a sentir que es un acto salvaje matar a un animal para

alimentarnos, y creo que tarde o temprano, al evolucionar, superaremos esa necesidad. Por eso yo, como Madero, podría decir que mi principal defecto es

haber intentado amarlo todo y a todos y no soportar más la violencia y el mal.

De Zapata:

—Poco antes de ser apresado hubiera tomado la decisión de ir en busca de

Zapata, para una labor pacificadora y de conciliación como la que realicé al

lado de Villa. El presidente Madero, poco antes de ser aprehendido por

Huerta, también pensó en la posibilidad de refugiarse al lado de Zapata, quien

le envió un representante y le ofreció dos mil hombres por sus rumbos. Hoy

creo con absoluta seguridad de que cuanto simboliza Zapata es una de las

últimas posibilidades de salvación para el país.

Al pedirle el presidente del Tribunal que concretara sus respuestas y no

hiciera discursos:

—Si este juicio es sólo una representación teatral y de una u otra manera

me van a fusilar, pido que me permitan hablar cuanto me venga en gana.

De Villa:

—Villa es bueno en el fondo. A Villa lo han hecho malo las

circunstancias, los hombres, las injusticias. Por eso culpo directamente del

estado actual de Villa y de los suyos a los gobiernos, que no han tenido

compasión por los desheredados y los han vueltos fieras. Villa me recuerda a

uno de mis personajes literarios predilectos, Jean Valjean, que se convirtió en

un delincuente por amor a los suyos. Sin atender a esa dualidad —posibilidad

de perderse, pero también de salvarse y salvar a muchos— nunca

entenderemos a grandes hombres como Villa o a grandes personajes como el

de Victor Hugo. Villa todo lo hace en grande: el bien y el mal.

En algunos momentos, los aplausos llegaron al frenesí, como cuando el

abogado defensor dijo:

—Señores, he aquí un amparo del juez del segundo ramo penal en favor

del acusado Felipe Ángeles. El juicio queda suspendido por ilegal, ya que este

Consejo de Guerra no tiene jurisdicción sobre el reo, pues éste ya no

pertenece al ejército, del que fue dado de baja por el propio gobierno

constitucionalista.

Apenas se sentó a su lado, Ángeles comentó al abogado defensor:

—Nada ni nadie impedirá que Carranza me fusile. ¿Para qué alargar la

agonía y continuar con una representación tan inútil? Este juicio es, como

todo cuanto quiere disfrazarse de legalidad en México, una farsa.

Por último, el agente del Ministerio Público:

—Señor presidente, señores vocales, la acusación está fundamentada, por

lo tanto este Consejo de Guerra Sumarísimo es competente. Toca a mi pobre voz levantarse ante este tribunal, en el nombre de la conciencia nacional, para

formular la más tremenda requisitoria y reclamar a los representantes de la

justicia la imposición de una pena ejemplar para el que, haciendo plegar las

alas de su águila simbólica, se apartó de la senda patriótica y cometió la más

nefanda de las traiciones al secundar al bandolero cuyo solo nombre,

Francisco Villa, flagela y pisotea a la sociedad. ¡Señores, hablo del general

Felipe Ángeles, acusado de alta traición…! Su declaración en este juicio al

decir que no reconocía como presidente de la República al ciudadano

Venustiano Carranza es prueba suficiente de su rebelión… Recuerden las

palabras proféticas del primer jefe al enterarse de la victoria de Ángeles en

Zacatecas: «¡Ya apareció el nuevo Judas!». Pues si bien es cierto que esa

batalla le dio el triunfo a la Revolución, también es cierto que su preclaro

general, Felipe Ángeles, ya tramaba en las tinieblas la traición. Recuerden

también que antes de la batalla, que él solo decidió emprender, negándose a

aceptar las órdenes del señor Carranza para escindir a la División del Norte, el

acusado envió un telegrama al primer jefe redactado en los siguientes

términos: «México no necesita un jefe, sino ciudadanos». ¡Señores, hay que

salvar a la Revolución de sus enemigos escondidos en falsos redentores!

Miles de personas en México y en Estados Unidos pidieron el perdón para

Ángeles, y el mismo general Manuel Diéguez, jefe de armas en Chihuahua,

telegrafió a Carranza informándole de la ilegalidad del juicio y su «altísimo»

riesgo político. El primer jefe mandó una respuesta lacónica que no dejaba

lugar a dudas:

«Le ordeno recordar los procedimientos que las ordenanzas militares

señalan para el cumplimiento ineludible de una sentencia de muerte.»

Por su parte, Obregón también telegrafió a Diéguez:

«Lo borraré de la lista de mis amigos si hace usted cualquier gestión por

salvar la vida al general Ángeles.»