La noche de Ángeles
El problema: darle cauce al maravilloso instinto ciego de Villa.
Casi nada.
Así, como en esa tierra del maíz que Ángeles descubrió en algún
momento por la ventanilla del tren que lo llevaba a Chihuahua.
Véala, general. No verá mucha así por estos rumbos.
Los campesinos encauzaban el agua con las manos, le hacían caminito, la
llevaban hasta los montículos, amasados también ritualmente, donde se
escondía la esperanzadora semilla.
Someterlo sin que deje de ser Pancho Villa.
Qué fácil.
Conducirlo hacia la idea creadora —no ya destructora— de la Revolución.
Como le dijo Martín Luis Guzmán al despedirlo:
—No tardaremos en volvernos a ver, general. La Revolución se dirige,
bajo la jefatura de Carranza, al caudillaje más sin rienda ni freno. Y esto basta
para buscar la salvación por otros rumbos. Villa es una opción, quizá no
tenemos otra. El problema es que Villa es inconcebible como bandera de un
movimiento purificador o regenerador. En su fuerza bruta se acumulan tantos
inconvenientes que suponen más riesgos que los del más inflamable de los
explosivos.
Sobre todo eso: inflamable.
Por lo pronto, Villa significaba la posibilidad de luchar de veras en la
Revolución, de volver a la actividad después de tantos laberintos mentales,
lucubraciones inútiles. Causa muy probable de la úlcera estomacal que ahora
padece.
Villa estuvo en la estación del tren a recibirlo, con su escolta y una banda
de música. Parecían inertes bajo el sol —los músicos con las varas entre las
manos y los instrumentos metálicos al hombro, los caballos relinchando
impacientes— hasta que descubrieron a Ángeles en una de las ventanillas del
tren y todo empezó a animarse, como si una escena congelada cobrara vida.
Gritos festivos y música destemplada.
—¡Ese mero es nuestro general Felipe Ángeles!
¿Cómo ve la escena ahora en el recuerdo, general? Por fin regresaba al
lado de un alma amiga después de aquel año turbulento de 1913. La figura de
Villa en su caballo tordillo parecía hecha de un macizo bloque de madera,
rudamente tallado, ya con algo de estatua, sonriente, mostrando los dientes
como granos de maíz destellando al sol. La hilera de soldados con sombreros
de fieltro gris, de ala doblada; camisas a rayas, sin cuello; pañoletas; cananas
amarradas a la cintura; todos reverberando dentro de la franja de calor.
—Ora sí llegó a donde mero tenía que estar, general. Bienvenido.
—Ora sí verá que no me muevo de aquí.
En su discurso de bienvenida, Villa dijo palabras que le enrojecieron los
ojos:
—Usted, general Ángeles, nomás de verlo nos hace revivir al presidente
Madero, que es a quien yo más he querido y respetado y por eso su foto me
acompaña a todos lados, en la paz y en la guerra —y de un bolsillo de la
casaca, del lado del corazón, sacó una fotografía de Madero—. Mírela. Aquí
la puede usted ver. No es mentira. Esta foto la veo yo a cada rato y se me
llenan los ojos de lágrimas y se me quitan los temores que a todos nos dan.
Me digo: si él dio su vida que valía tanto, ¿por qué no yo la mía que apenas si
vale? Y veo la foto y me entran las ganas de luchar por los ideales que nos
dejó y de acabar hasta la extinción total de sus asesinos. Por eso más gusto
nos da tener aquí al general Ángeles, por lo que vale él mismo, que es mucho,
y por lo que del presidente Madero nos trae, que también es mucho. General,
yo y mis tropas vemos en usted un ejemplo además del militar de carrera y del
hombre revolucionario. Quiero, a partir de ahora, tenerlo siempre junto a mí,
pues no siendo yo militar de carrera sino simple soldado hecho en los azares
de la vida, la enseñanza de usted, y a veces la pura presencia de usted, serán
causa segura del triunfo de la Revolución.
Villa había instalado sus oficinas en una residencia del Paseo Bolívar. Allí
fueron a platicar esa noche, después de la cena. Recorrieron el largo chorizo
de piezas que se sucedían pasando el zaguán, recargadas con jarrones de
porcelana y taburetes, muebles patinados y cuadros religiosos en garigoleados
marcos. Se instalaron en uno de los salones, en altos sillones de brocado,
junto a una lámpara que despedía una sombra como la de un gran pájaro.
Ángeles encendió un cigarrillo, Villa dijo:
—Tengo ahorita mismo más de tres mil quinientos hombres destacados
desde Camargo hasta Escalón, y ya está muy avanzada aquí en Chihuahua la organización de la mayor parte de mi ejército para nuestro avance hacia el
sur.
—Algo me enteré de que los planes de Obregón respecto a la zona
lagunera no coincidían con los suyos.
—El compañerito Obregón tiene sus ideas y yo tengo las mías. Pero él es
el equivocado, no yo. Hablaba de encerrar en Torreón a los federales, de
dejarlos ahí y de avanzar mientras nosotros con nuestro ejército hasta el
centro de la República. Pero yo estoy seguro de la conquista de Torreón. No
tengo ninguna duda. Y verá que vamos a dejar retorciéndose de coraje al
compañerito Obregón.
—¿Carranza qué dice?
—Creyó en mí. Creyó en la División del Norte. Le dije: jefe, a usted no le
queda más remedio que creer en Villa y en el ejército de la División del
Norte. Y no le quedó más remedio.
—¿Y cómo anda de dinero, general?
—¿De dinero? —y Villa echó el cuerpo hacia atrás en la silla, haciéndose
más prominente el vientre, en el que puso las manos abiertas, palmeándolo
ligeramente—. He tenido problemas de dinero y hasta imprimí mis propios
billetes, pero ahora tengo todo el que necesito. Mejor dicho, el oro. Venga,
acompáñeme.
Fueron a una de las recámaras, cerrada con llave. Villa la abrió con aire
furtivo, guiñándole un ojo a Ángeles. Adentro, en la penumbra, se distinguían
una cama de dosel, gruesos cortinajes y un tocador con frascos y figuritas de
porcelana. Villa encendió un quinqué y lo llevó en alto hasta un rincón cerca
de la cama, en donde había un baúl abierto, repleto de monedas de oro.
—Vea nomás, general.
—De veras, por lo pronto problemas de dinero no tendrá. ¿Cómo se hizo
de esta cantidad de oro?
—Casi todos los hombres ricos que había por aquí se fueron con las tropas
huertistas y se llevaron lo que de más valor tenían. Quedaron los menos ricos
y les pedí que se aprontaran a prestar su ayuda económica a la causa del
pueblo. Juntamos muy poco y ya empezaba a desesperarme cuando uno de
ellos chismeó que don Luis Terrazas se había quedado y él sí tenía dinero. Lo
traje preso y después de mucha presión confesó que él no tenía dinero porque
se lo había llevado su familia, pero sabía dónde lo había: en una columna del
Banco Minero, pero no se acordaba en cuál. Allá fuimos y le metimos mano a
todas las columnas con un zapapico, hasta que lo encontramos. Nos cayó
como cascada de oro encima. Lueguito nos pusimos a contarlo. Cuando Luis Aguirre Benavides llevaba seiscientos mil pesos le dije párele; y ese montón
que sobra llévelo a mis oficinas para que de él cojan los amigos.
Ángeles sonrió y miró fijamente las monedas: resplandecientes, más
doradas aún con la luz del quinqué.
—Hay que tener cuidado con el oro, general. Dicen que es el mejor
instrumento del demonio para perdernos.
—Dejo que agarren los amigos según su voluntad; allá ellos. Conforme
entran a verme y a hablarme de sus logros los comandantes de mis brigadas y
algunos otros jefes y oficiales, les pido que suban aquí conmigo a recibir su
regalito. En la guerra de la Revolución así tiene que ser. A cada hombre, si es
útil, hay que conservarlo contento. Unos toman harto, otros poco, según su
ambición. Eso sí, ante mis ojos para enterarme.
—Con razón están tan contentos sus hombres, general. Les ofrece usted su
confianza, que para ellos debe de valer más que cualquier cantidad de dinero,
pero además de veras les da dinero.
Villa se acercó un par de pasos a Ángeles. Sus ojos brillaban dentro del
halo de luz amarillenta.
—Mire, general Ángeles. Yo sé que usted es un hombre de mucha ley y
que juntos vamos a llegar hasta donde queramos. Nomás ahí, hasta donde
queramos. No será el dinero lo que nos falte porque caerá solito, como llegó
éste, caído del cielo. Pero no sabemos por lo pronto qué vamos a enfrentar.
Así que tome ahora lo que necesite. Tómelo —señalándole el baúl,
iluminándolo más con el quinqué—. Lo digo como el amigo sincero que
quiero ser de usted. Conmigo no va a tener que andarse con falsedades y
dobleces como con Carranza y Obregón. Sé que usted dejó en muy malas
condiciones económicas a su familia. Mándeles bastante para que no pasen
penurias y usted pelee más tranquilo a mi lado. Ándele.
Y Villa apoyaba sus palabras con un movimiento de la cabeza. Ángeles
miró las monedas, fascinándose, seguro de que si dejaba los ojos ahí un poco
más terminaría por atraparlo el oro, hacerlo perder la voluntad. Por eso se
volvió con cierta brusquedad y fue rumbo a la puerta.
—Después, general. Se lo agradezco. Por ahora no tengo ninguna
necesidad, créame.
¿Ninguna?
Usted recordaba siempre en qué condiciones había quedado su familia en
París, general. En realidad todos lo sabían. Hasta Villa lo sabía. ¿No unos
meses después tuvo que pedir prestado para mandarles algo? ¿Entonces? ¿No hubiera sido más fácil tomar unas cuantas monedas y quitarse de encima el
problema?
Ah, no, pero cómo, ahí, frente a Villa, el general Ángeles, recién llegado,
agachándose para meter la mano hasta el fondo del baúl, sentir la mano
helada por el contacto con las monedas, cuidar de que no se cayera ninguna,
meterlas al bolsillo que se abultaría en forma desmesurada, ridícula.
¿Se arrepintió después, por la noche, cuando estuvo desvelado en la cama,
con una mano en la nuca y fumando el último cigarrillo? ¿Qué recordaba al
mirar las volutas de humo distenderse en lo alto? ¿El costo de la escuela de
Alberto su hijo, al que apenas logró pagarle la inscripción y un mes
adelantado antes de salir de París? ¿A Clara, tan orgullosa de la comida que
preparaba con la menor cantidad posible de dinero? ¿Se acuerda, general?
Ándele, unas cuantas monedas. Seguro su autoestima lo soporta. Todavía
puede decirle mañana a Villa: pues fíjese, general, que siempre sí…
Trató de no pensar más en el tema y se enfrascó en los preparativos para
la batalla de Torreón.