La noche de Ángeles

Ignacio Solares · Apéndice

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La noche de Ángeles

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El general Ángeles mira hacia el agua oscura que se agita a un lado como

miraría hacia lo más profundo de un abismo. Tiene la sensación de que si se

dejara caer, su caída no tendría fin. Se marea —¿el estómago otra vez?—, se

lleva las manos a la cara, oprimiendo las puntas de los dedos en los párpados.

¿Cómo llamó a la paz de que gozaba al lado de su familia durante sus

primeros años de exilio en El Paso? Una paz de pesados párpados. Vaya

imagen.

Uno de los problemas del general, parece indudable, es que le creyó a

Madero. Le creyó a pie juntillas aunque no se volviera espiritista.

—Lectura de los Evangelios.

—Lectura del Bhagavad Gita.

—Desprecio del cuerpo.

—Meditación.

—Amor a los enemigos.

—Intransigencia absoluta ante la injusticia.

—Fe en la libertad, no importa a qué precio.

—Fe en el reencuentro después de la muerte.

«Si lo entregas todo pero no la vida has de saber que no has dado nada.»

¿Fue en aquella primera plática que tuvieron en Palacio Nacional? Quizás. O

después, cuando el presidente le regaló sus libros sobre espiritismo (y que

Ángeles tuvo siempre en su mesita de noche, hasta que partió por última vez

hacia México y entonces le dijo a su hija Isabel que los guardara siempre, que

no se desprendiera nunca de ellos, estaban dedicados por Madero). O ya en la

Intendencia de Palacio —Pino Suárez permanecía un poco aparte, preocupado

por su esposa y sus seis hijos— donde hablaron de los temas que en esos

momentos obsesionaban al presidente: sus errores cometidos («escuché más a

mis enemigos que a mis amigos»), la traición de Huerta («pero si usted

siempre lo supo, don Francisco»), la terrible situación en que quedaba el país,

los odios que se despertarían. Y también hablaron de la posibilidad de un destino irrecusable, de la fe de Madero en la otra vida, de las dudas de

Ángeles.

¿Qué los unió así? Ángeles no era espiritista, tenía una formación

académica y militar, muy diferente a la de Madero. Y, sin embargo, quizá se

le parecía más que ninguno de los otros que rodearon al presidente. ¿Qué

veían que los unió así? Mejor dicho, ¿qué entreveían? Porque, en efecto, hasta

que estuvieron en la Intendencia lo hablaron abiertamente y antes sólo en una

ocasión, en el balcón del despacho del presidente en Palacio, tocaron el tema

en forma tangencial.

Era un mediodía y la gente circulaba sosegadamente por la calle de

Cadena, como siempre los mismos como en un carrusel. El sol caía a plomo,

inexorable, fijando la escena en una eternidad luminosa, fulgurante.

El presidente parecía referirse a quienes contemplaba abajo al empezar a

hablar:

—No tiene remedio, general —dijo el presidente—. Pienso que la

democracia es el compromiso con todos, pero a la vez con cada uno. Usted

sabe, es un problema hasta de tono. Uno de los espejismos más graves en la

política es la multitud.

—Individuos, pues —dijo Ángeles, como rematando la frase.

—Sí, individuos, general, que significa indivisibles.

Ángeles mantenía también la mirada perdida en la barahúnda de abajo.

—Únicos e irrepetibles, ¿no cree usted? —preguntó Madero.

—Así es, señor presidente. Ése parece ser el problema.

Con grandes esfuerzos —y como consecuencia de las continuas

frustraciones—, Madero guardaba una absoluta discreción respecto a su fe en

el espiritismo, que era, por cierto, lo que tenía siempre en mente y de lo que le

hubiera gustado hablar con sus colaboradores más cercanos. Pero era

imposible. El menor de los riesgos era perder autoridad. El mayor, que

corroboraran lo que ya dejaban traslucir, aunque aún en tono de broma,

ciertos artículos y caricaturas de la prensa: el señor presidente de la República

está loco.

Eso: loco, general. ¿Usted hoy lo ve?

Por lo cual, por ejemplo, nunca había hablado de lo otro con Vanconcelos

quien, a pesar de su cultura y de su sensibilidad, no lo hubiera entendido. Y

en una ocasión Sánchez Azcona se refirió en forma impersonal a la

«chifladura» del espiritismo, y resultó dato suficiente para que Madero no

tocara el tema con él. Así era mejor, y quienes lo rodeaban parecían

comprenderlo.

Pero aquel mediodía, en el balcón de su despacho de Palacio, se atrevió a

hacer un comentario a Ángeles que era, por el tono y el contexto de la plática,

una revelación abierta de su secreto.

—Únicos e irrepetibles… por toda la eternidad.

La expresión de Ángeles no cambió. Si acaso el gesto de pasar la mano

por la barbilla lampiña manifestaba un cierto cuestionamiento.

—Siempre y cuando, claro, uno crea en Dios —dijo Ángeles, como

dejando una interrogación viva, flotante.

—¿Usted cree, general?

Los ojos de Ángeles, perdidos aún en el bullicio hipnotizante de la calle,

parecieron entristecerse.

—Supongo que sí.

Era suficiente. Había pasado el resguardo. ¿Por qué? ¿Con una respuesta

tan escueta? ¿O era algo que Madero adivinó desde mucho antes y de ahí el

siguiente comentario?

—Esa creencia, me parece, determina nuestra actitud ante el mundo. Sea

en el terreno que sea.

—¿Aunque sea en el terreno de batalla? —preguntó Ángeles, con la mano

de nuevo en la barbilla y el intento de una sonrisa que decía más que las

palabras—: lo sigo, señor presidente, voy con usted, a su lado, continúe, no

tema, participamos —no imagina cuánto— de la misma locura.

—Muy especialmente ahí, general.

—Yo pienso, en fin, que es difícil hablar de esto, señor presidente. Pero

sí, quizás es en el campo de batalla en donde más he sentido… presentido eso

que llamamos Dios. Y que, cómo decírselo, no tiene remedio: mordí el

anzuelo y al intentar huir de Él sólo consigo encajármelo más.

—Imagínese, general: huir de Él. Como si fuera posible. El pescador sólo

espera que se canse usted lo suficiente para dar el tirón a la caña.

Ángeles sonrió abiertamente y Madero le dio una palmada en la espalda,

chasqueando la lengua y alejándose del balcón. El general pareció

sorprenderse y no se movió, sólo lo siguió con los ojos.

—Por este camino vamos a llegar a las causas últimas, general, y yo tengo

gente esperando afuera.

Y entonces hablaron durante unos cuantos minutos del Colegio Militar,

del que Ángeles aún era director.

El tres de agosto de 1912, Ángeles asume el mando de las fuerzas que

combaten la rebelión zapatista en Morelos. «Si hubiera tomado esa decisión

antes, muchos problemas y mucha sangre se hubieran ahorrado», confesó

Madero. Ángeles sustituía al general Juvencio Robles, partidario del sistema

de «recolonización» empleado por los españoles en la Guerra de

Independencia de Cuba. Destruir y quemar todo sitio en donde los rebeldes

pudieran encontrar refugio y armas. El saldo eran masacres y pueblos

arrasados.

La estrategia de Ángeles —«pacificar por medios pacíficos, valga la

redundancia», reflejo de la política de Madero— es duramente criticada por la

prensa. El enemigo más brutal de Madero encuentra un nuevo blanco: «El

buenito buenito del general Ángeles ¡ante Zapata!».

Coincidentemente, además, el veinticuatro de agosto publica El Diario

una declaración de Ángeles en que reitera su convicción de usar medios

pacíficos, junto con la noticia espeluznante de que en Ticumán, entre

Yautepec y Jojutla, una banda de rebeldes zapatistas al mando de Amador

Salazar atacó un tren y dio muerte a treinta y seis federales y a treinta civiles,

entre los que figuraban dos prestigiados periodistas de la capital. La ola de

indignación cae inclemente sobre Madero y Ángeles. «De los santos en la

política líbranos, Señor», dice un editorial de El País y El Diario pregunta:

«¿Continuará el señor Ángeles entregado a su pastoril optimismo?

¿Continuará candorosamente relatando a los reporteros sus planes de

pacificación?» Ángeles contesta que los culpables no son rebeldes sino

simplemente bandidos, y que responder con mayor violencia no hará sino

recrudecer el mal. Pero también despierta el odio del ejército —muy

especialmente de Juvencio Robles y de Huerta—, al declarar a El Diario: «El

pueblo ha sido sistemáticamente hostilizado por las autoridades militares que

me precedieron en esta jefatura. Con sobrada razón los morelenses han

llegado a considerar a la fuerza federal como su mayor enemigo».

¿Qué sabían, qué intuían los periódicos del pensar y del sentir del general

Ángeles, además de su identificación espiritual con Madero?

El Ahuizote se pregunta el diecinueve de octubre de ese 1912: «¿Quieren

ustedes decirnos qué hace en tierra de Morelos el estimado general Ángeles,

tan aguilón, tan balístico, tan filantrópico y tan amigo de combatir el

zapatismo por medio del Apostolado de la Oración?». Así, con mayúsculas,

Apostolado de la Oración.

Y apenas un mes después, en el mismo diario:

«¿Por qué a Juvencio Robles se le retira de Morelos? Para que Ángeles lo

sustituya. ¿Y qué mueve al ejército a enviar a Ángeles? Darle pretexto para

que se prestigie y luego llevarlo al Ministerio de la Guerra. Y el pobre hombre

no se prestigia sino que se desacredita profundamente. ¿Y el actual ministro

de la Guerra qué hace? ¿Por qué no lo retira? Porque el ministro de la Guerra

quiere, por una parte, que acabe de desprestigiarse el señor Ángeles, y por

otra mantenerlo alejado del presidente Madero, pues tiene miedo de la

influencia que ejerce el general sin nervios.»

No apuntaba el periodista que para ese entonces era mucho mayor y

mucho más peligrosa la influencia que ejercía Madero sobre usted, general.

En noviembre, Ángeles visitó al presidente para informarle con detalle de

la situación: se estaba utilizando la mínima violencia posible en la zona y, aun

ésa, a él en lo personal le resultaba dolorosísima. ¿Por qué ese odio entre

hermanos? Si logran capturar los zapatistas a un federal lo matan y luego

decapitan el cadáver «con sus machetes, así como se decapitan las gallinas» y

ensartan las cabezas en las bayonetas para ir mostrándolas por ahí

aleccionadoramente. A otros los queman vivos y cuando los cuerpos se

retuercen y chisporrotean, hay quienes ríen y cantan. Y mientras más saña

muestran unos, peor es la venganza de los otros.

¿Cómo apagar ese odio entre hermanos, señor presidente?

Madero le habló de las circunstancias políticas que habían desencadenado

el conflicto en Morelos, de las medidas erróneas tomadas por su gobierno,

producto de la presión ejercida por los intereses económicos y políticos, pero

injustificables e imperdonables. «¿De qué puede servir mi arrepentimiento?

Un presidente no tiene derecho a equivocarse.» Creía también que, en otras

circunstancias, Zapata hubiera sido un fiel colaborador de su gobierno, como

por cierto lo fue durante un tiempo, antes de que todo se confabulara para

separarlos. Le suplicaba a Ángeles que comprendiera la magnitud de la obra

que emprendía, «vital para el país», y que él, como un buen cirujano,

empleara sólo la violencia necesaria, para que ésta disminuyera paulatinamente y la herida terminara por sanar. Sólo así podría apagarse ese

odio entre hermanos de que le hablaba. Y para él mismo, para el general

Ángeles, a pesar de lo doloroso que le resultaba, la experiencia tendría

valiosas gratificaciones en el terreno profesional, pero sobre todo en el

espiritual. Al final de la conversación le recomendó la lectura de un libro que

se permitía regalarle: el Bhagavad Gita.

A los pocos días, Ángeles le escribió diciéndole que el libro había ejercido

una gran influencia sobre él, aclarándole un montón de cosas que tenía

enfrente pero que no veía. ¿De veras no existe la muerte, señor presidente?

¿Imagina llegar a esa convicción? Todo a partir de entonces sería relativo.

Nadie puede matar a nadie porque nadie muere y todos somos eternos.

¿Imagina leer esas líneas aquí, en mis circunstancias, señor presidente?

También pedía que le recomendara nuevas lecturas y fue entonces cuando

Madero le envió Después de la muerte de León Denis, que él tradujo y editó

para sus amigos, y el Manual espírita, con la siguiente nota:

«Estimado general Ángeles. Escribí el presente manual con motivo del

segundo congreso del Círculo Espirita de México, al cual pertenezco. Ojalá le

interese. Lo firmé con un seudónimo por razones obvias. Un afectuoso

saludo.»

Además iba dedicado:

«Para Felipe Ángeles, con la amistad de ahora y de siempre. Francisco

I. Madero.»

Ángeles leyó buena parte de los libros de un tirón esa misma noche, a

pesar del escepticismo —«mi irredento escepticismo»— con que siempre se

había acercado al tema. Más que en el espiritismo, creía en lo que de Madero

reflejaban los libros. Subrayó un pasaje del libro de León Denis, donde el

autor es visitado por el espíritu de Juana de Arco:

«Ánimo, amigo mío. Ahora que el porvenir se dibuja con más claridad,

ahora que se acercan los momentos de lucha, que las pruebas más temibles

van a acosarte, estaré aún más cerca de ti, secundando todos tus pasos. No lo

olvides, amigo, el objetivo está ahí, el objetivo que hay que alcanzar, el

objetivo que te abrirá las puertas de este otro mundo.»

Denis decía que a partir de esa experiencia se operó en él una

transformación extraordinaria. Los temores, aseguraba, se fueron para

siempre. «El miedo es tan sólo el olvido de que somos inmortales.»

Algo era indudable: había muchas formas de posesión. ¿O habría que

llamarla seducción? Porque a pesar de sus dudas sobre el otro mundo, en éste, encarnado y brutal, le parecía fascinante la postura, la entrega y hasta las

entrevisiones de Madero.

¿Y Madero qué pensaba de él, del encantamiento que estaba llevando a

cabo con su fiel servidor? Tiempo después, ya muerto Madero, Ángeles se

enteró de que dijo:

—Qué extraña impresión de dureza y suavidad produce la personalidad

del general Ángeles. Aunque me parece que esa dureza es sólo aparente,

supeditada a los flujos y reflujos de una vulnerabilidad que se manifiesta

descarnada, dolorosa, a quienes logran franquear los sólidos resguardos de su

carácter.

Ángeles subrayó también un pasaje del Manual espírita:

«Me dirijo al obrero, al desheredado de la fortuna, al que no encuentra

consuelo en un culto que rechaza su razón, que tampoco lo encuentra en el

materialismo, que sólo enseña el triunfo del más fuerte… Ese obrero que no

cree justo perecer después de una vida miserable y laboriosa. Que no cree

justo haber venido a este mundo tan sólo a enriquecer a otros, a

proporcionarles abundancia con sus privaciones, a permitirles una vida de

holganza mientras él se aniquiló en el trabajo. Pues bien, a ese obrero destino

mi obra, en la que encontrará una filosofía que abrirá su conciencia a nuevos

horizontes y le hará comprender que nuestra vida no se desarrolla sólo en el

miserable cuadro de una existencia terrestre, sino que tiene, por tiempo, la

Eternidad, y, por espacio, el Universo.»

Aún estaba dentro de los libros cuando la madrugada le llegó de golpe, sin

transición entre la sombra y la luz. Una larga diana lo obligó a despabilarse.

Al salir de la tienda de campaña el sol se había desprendido del todo, muy

redondo y anaranjado. Pocas veces se le hacía tan tarde. Una hilera de

hombres lo aguardaba expectante. Su inmovilidad contrastaba con las cabezas

inquietas de los caballos.

¿De veras no existe la muerte, señor presidente?

Sin embargo, no volvió a ver a Madero hasta la tarde del nueve de febrero

de 1913, día del pronunciamiento de los generales Manuel Mondragón y

Bernardo Reyes, quien murió en su intento de tomar Palacio Nacional.

Al resultar herido el general Lauro del Villar, comandante de la Plaza, el

presidente nombró en su lugar a Victoriano Huerta en lo que iba a Cuernavaca

por Ángeles. Aunque en forma provisional, resultaba incomprensible: porque

Madero acababa de decirle al ministro de Guerra que Huerta despertaba «toda

su desconfianza», por sus antecedentes porfiristas y reyistas, por la burla y el

descaro con que lo trató en el asunto de Morelos, en 1911, cuando Madero negociaba con Zapata, por los rumores que corrían de su complicidad con los

sublevados y porque apenas unos meses antes estuvo a punto de expulsar a

Huerta del ejército y dijo que ya no quería saber nada de él. Pero además,

Madero sabía de la animadversión de Huerta contra Ángeles, a quien llamaba

ese «napoleoncito de pacotilla». Y sabía que Huerta acababa de declarar un

par de meses antes a El Diario que Ángeles desprestigiaba al ejército y que

sería consignado por sus palabras en contra de quienes lo precedieron en la

campaña de Morelos.

Hasta el hecho de ir personalmente por Ángeles en un auto descubierto

parecía incomprensible y era muestra de la confusión en que se encontraba el

presidente. «¿Qué no había ningún otro jefe, ayudante o funcionario que

hubiese podido hacer esto? ¿Precisamente había que exponer al Primer

Magistrado?», preguntó el periodista Ferrer Mendiola.

Al llegar al Hotel Bellavista, en Cuernavaca, saludó con particular afecto

a Ángeles, quien le señaló los riesgos que había corrido en un auto

descubierto. Las palabras de Madero delataban su estado de ánimo.

—Cómo andar con precauciones si hay tanta gente inocente a la que está

sacrificando esta situación.

Como si deseara que una bala certera acelerara el final inexorable, el

presidente arrostraba su destino con obnubilación por momentos muy cercana

a la ceguera, y Ángeles lo supo desde las primeras justificaciones que le dio

para el nombramiento provisional de Huerta: su antigüedad en el ejército, su

prestigio, su rigor, su habilidad, su conocimiento de los sublevados… Por un

momento, Ángeles pensó que el presidente le hablaba de otra persona.

—Perdóneme, señor presidente, pero dentro del ejército Huerta no tiene

otro prestigio que el de borracho. Y por supuesto que conoce muy bien a los

sublevados, como que casi tengo la seguridad de que está coludido con ellos.

Estaban en un salón reservado del hotel y, al hablar, Ángeles se inclinó

hacia la mesa, parpadeante. Sin embargo, después de una breve pausa, la

respuesta del presidente lo obligó a echarse hacia atrás en la silla acojinada y

a encender un cigarrillo con manos nerviosas. El fósforo lanzó un resplandor

anaranjado.

—Es muy grave la acusación que hace, señor general —nunca le había

dicho señor general y menos le había hablado en ese tono—. Si Huerta

estuviera coludido con los sublevados se hubiera unido a ellos desde el inicio

de la insurrección. Además, quiero decirle que tengo la palabra de honor del

general Huerta de su fidelidad a mi gobierno.

Ángeles comprendió que era por demás insistir. Tenía una admiración y

un cariño tan vivos e incondicionales hacia Madero, que él mismo trató de ver

las cosas como las veía el señor presidente.

—Además —agregó Madero—, le recuerdo que dentro de unas horas será

Huerta quien esté bajo las órdenes de usted, al suplirlo en el cargo que le di

provisionalmente. Le suplico que recuerde lo que le he dicho y que evite toda

fricción con él. No quiero más querellas dentro del ejército. Tenemos que

llevar al país a una paz profunda y duradera.

—Se hará lo que usted diga, señor presidente.

El aire de optimismo y amabilidad regresó a los ojos de Madero. Dio por

descontado el triunfo sobre los ochocientos rebeldes parapetados como ratas

en la Ciudadela. Sin embargo, cuando Ángeles habló de estrategias y recordó

a Sostenes Rocha, que tomó a sangre y fuego la Ciudadela en 1871, durante la

revuelta del general Negrete, Madero pasó una mano frente a los ojos, como

si apartara una sombra, y pidió que se derramara la menor cantidad de sangre

posible. Y ante el creciente desconcierto de Ángeles, también descartó

mantener un cerco estrecho, sin permitir la entrada de agua y de alimentos, lo

que obligaría a los rebeldes a capitular en unos tres días.

—Usted sabe que entre los rebeldes hay muchísimos jóvenes de la

Escuela de Aspirantes, a los que Mondragón y Díaz convencieron con sus

malas artes, y a los que con una medida así haríamos sufrir inútilmente.

Ahora, aquí, al mirar el fondo de estas aguas oscuras, usted lo entiende,

¿verdad, general? Pobres jóvenes que sufrirían hambre y sed inútilmente. No

más víctimas, no más sangre. ¿No pedía usted a Villa lo mismo que le pidió

aquella tarde Madero? ¿Qué periódico publicó aquel editorial que se titulaba

«De los santos en política líbranos, Señor»?

Ángeles iba a argumentar que sin disparar un tiro y sin derramar una gota

de sangre resultaría imposible tomar la Ciudadela, pero volvió a contenerse y

sólo dijo que bien colocada su artillería en unos cuantos días obligaría a los

rebeldes a rendirse. El problema era, claro, qué se haría con ellos una vez que

se rindieran. Ángeles planteó al presidente la pregunta, espinosa e inoportuna,

con un ánimo casi morboso de averiguar hasta dónde llegaba su rechazo a la

violencia. La respuesta no le sorprendió.

—Se les entablará un juicio.

Ya ve, general, usted por no querer fusilar a nadie nos crea más

problemas.

Eso: a nadie, ni siquiera a Bernardo Reyes o a Félix Díaz, cuando tuvo

oportunidad de fusilarlos. Desde atrás de una voluta de humo, Ángeles preguntó:

—¿Le parece inútil la sangre que se derrama por acabar con los traidores,

señor presidente?

—Toda la sangre que se derrama por un conflicto entre hermanos es

inútil, se lo aseguro.

¿Cómo podía hablar así el jefe de una revolución triunfante? Pero Madero

era alguien a quien no podían colocársele etiquetas. Y todavía se atrevió a una

pregunta más aguda, un verdadero dardo al corazón de su inextricable

presidente.

—Si usted cayera en manos de los rebeldes, señor, ¿cree que le

perdonarían la vida?

Madero esbozó una sonrisa suave, más con los ojos que con los labios, y

que lo bañó con una luz a la vez tierna y vehemente.

—Estoy seguro de que no, general. Pero si ése fuera el precio por acabar

con el conflicto, le juro que lo pagaría gustoso…

Ángeles dio una larga fumada al cigarrillo. ¿Lo intuyó usted todo,

general? ¿Hasta dónde alcanzó su vista de lince para prever lo que sucedería,

como en un guión escrito de antemano? ¿Escrito por quién?

—Lo entiendo, señor. Sin embargo, no veo para qué especulamos sobre

algo que no sucederá, que no puede suceder.

—No, no tiene por qué suceder, general.

Ángeles también sonrió, soltando una bocanada de humo que se distendió

en lo alto, invadiéndolo una euforia creciente.

Vaya papel que le endilgaron, general.