La noche de Ángeles

Ignacio Solares · Apéndice

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La noche de Ángeles

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Vea los rostros en el agua. ¿Hay algunos que ahora mismo le cuesta trabajo

reconocer? Un agua tan densa los deforma, los hace aparecer como reflejados

en un espejo convexo. ¿Se le confunden por momentos? Las muecas, las

expresiones de terror o de júbilo se parecen tanto unas a otras. ¿Y de dónde

viene ese mareo repentino? Su estómago, general, que no lo deja en paz. ¿O

es la barca que ha empezado por fin a moverse?

Al día siguiente Madero y Ángeles entraban en la capital con unos mil

hombres. El presidente quiso prolongar así, con su presencia al frente de la

brigada, la euforia del día anterior, en que los cadetes del Colegio Militar y la

población civil lo acompañaron en una larga marcha por el Paseo de la

Reforma hasta Palacio, en donde lo hicieron tremolar una bandera entre gritos

de júbilo y de apoyo. Pero quizá sólo se trató de una chispa de entusiasmo,

ingrávido y fugaz, porque lo que encontraron entonces eran más bien rostros

pasmados y hasta temerosos por la llegada de nuevos agentes de la

destrucción. Rodaban los cañones en fila, jalados por mulas ojerosas, ellas

también entristecidas. Dentro del silencio atosigante de las calles que

cruzaban, los caballos martilleaban el pavimento y levantaban llamitas de

polvo. Reverberaban las viseras de los quepis y las cartucheras de charol. En

algunas ventanas adivinaron unos ojos plenos de un dolor inquieto.

—No me gusta este aire, general. No imagina la euforia de ayer —dijo el

presidente.

—Empiezan a temer lo inevitable, pienso yo, señor.

Aquella misma noche lo citó en el Castillo de Chapultepec. Ángeles

esperó en un salón, de pie, con las manos anudadas a la espalda, medio

enconchado dentro de su capote militar y con los ojos paseándose a su

alrededor: los jarrones de porcelana, relojes y vitrinas, la gran araña de cristal,

el pesado mobiliario de caoba, las pinturas cuarteadas en marcos dorados. El

señor presidente salió nervioso de un salón contiguo, separado por una gran

puerta corrediza, y fue al grano.

—Mire, general, hay problemas serios para que ocupe usted el puesto de

comandante militar de la Plaza, que provisionalmente ofrecí al general

Huerta. Problemas que complicarían aún más la situación que padecemos.

Tuve una larga reunión con mis ministros y me hicieron ver que

desgraciadamente hasta estos momentos es usted únicamente coronel, pues el

Senado no ha comunicado aún el ascenso que se le dio. En el ejército tenemos

hombres de más alta graduación y, sobre todo, con más antigüedad.

Heriríamos su susceptibilidad si lo colocamos por encima de ellos. Usted

conoce mejor que yo esa susceptibilidad. Por lo tanto, me aconsejaron que por

ahora no removamos de su puesto al general Huerta quien, además, me

aseguran, ha comenzado una labor de lo más efectiva con los rebeldes. Le

ruego me entienda, general. Y ayúdenos a terminar lo más pronto posible con

esta farsa. Entonces promoveré que el Senado comunique el ascenso para que

pueda usted ocupar el puesto. Hablamos de unos cuantos días, como usted

supondrá.

¿Usó la palabra farsa? ¿Recuerda usted si de veras usó la palabra farsa?

—Señor presidente, le reitero mi lealtad incondicional. Estoy para acatar

sus órdenes, no para cuestionarlas. Es mi obligación.

Los ojos de Madero, concentrados y muy negros, despidieron un suave

destello de acariciante afecto.

—Lo sé, general, lo sé. Y por ello es que le pido una subordinación que

será también, sin remedio, un forzado apego a la disciplina militar, a la cual

está usted acostumbrado. Conozco muy bien quién es el general Huerta, pero

tenemos que utilizar sus servicios. Nosotros utilizarlo a él, ¿me entiende?

Imagínese, general, utilizarlo hasta dónde.

—Sí, señor. Lo entiendo muy bien.

Madero apretó con fuerza la mano de Ángeles, transmitiéndole un calor

del que las palabras eran pálido reflejo.

—Y apenas acabemos con este asunto, tendremos que darnos tiempo para

hablar de libros. Es una pena que lo hayamos interrumpido. Le aseguro que

con muy pocos de los hombres que me rodean puedo hablar como con usted

de ciertos temas.

—Me sucede lo mismo, señor. Con la ventaja de que soy yo quien

aprende de usted.

—Por cierto, estoy trabajando en unos comentarios al Bhagavad Gita que

ya le enseñaré.

—Se lo ruego, señor.

—Manténgame informado, general. Adiós.

Usted obedecía sin chistar. El luego inobediente y rebelde general

Ángeles. Por obedecer así a Madero se dirá que lo traicionó, no lo protegió de

sí mismo: de quién más había que protegerlo. Pero lo tenía a usted como

deslumbrado. ¿Ilusionado en qué?

El general Ángeles emplazó pues sus cañones, bajo las órdenes de Huerta,

en el sector occidente de las operaciones: desde la Calzada de la Teja —en

unos llanos cerca de la legación británica— hasta la esquina del Café Colón,

sobre Paseo de la Reforma.

Al encontrarse los dos generales, apenas si se saludaron: estaba demasiado

vivo aún el conflicto que habían tenido a raíz del nombramiento de Ángeles

como jefe de las operaciones en Morelos. Pero Ángeles no iba a crearle otro

problema a Madero dentro del ejército, como se lo ofreció, y se limitó a

cumplir órdenes, por absurdas que éstas fueran. Como cuando le dijo a Huerta

que cerca de la avenida Chapultepec haría más daño, un verdadero daño, y

éste respondió, cortante, que no cuestionara las órdenes y se quedara donde

estaba. Ángeles se atrevió a un último comentario:

—Con los proyectiles Sharpnel que se nos han dado, no abriremos brecha

ni siquiera en los muros de las fincas circundantes a la Ciudadela.

Ángeles imaginaba la mirada pugnaz atrás de los lentes oscuros,

destellantes en la mañana. Huerta se limitó a chasquear la lengua y a quejarse

de la falta de proyectiles para la operación.

—Los que necesita están ahí, general —y señaló hacia el rumbo de la

Ciudadela, con una mano en alto que acentuaba su aspecto de espantapájaros,

con el abrigo gris holgado, bamboleante—. Vaya por ellos.

Ángeles respiró hondo y aguantó el tono grosero de Huerta, quien se

marchó sin siquiera despedirse. Dentro de aquella sensación de impotencia

como una nube oscura, Ángeles se acercó a cuatro zancudos cañones de 75

milímetros y dispuso el primer ataque.

—¡Platillo 24! ¡Arco 108! ¡Corredor 34! ¡Tiro de ráfaga! ¡Cinco

cartuchos por pieza!

¿Por qué le siguió el juego al presidente, general? Por más que aplicara su

reconocida sabiduría de artillero, usted sabía que ese proyectil que se

desprendería del bramido del cañón como un ave que desgarra la mañana,

corría el riesgo de dar, en vez de en la Ciudadela, en una inocente casa de la

colonia Juárez, que se estremecería como un barco que acabara de encallar.

Desde ahí donde estaba, ni caso tenía disparar.

—¡Alto el fuego!

Aún decidió Ángeles insistir con el presidente, informarle de la

paralizante y a la vez peligrosa situación en que se encontraba. ¿Para eso fue

por él a Cuernavaca? Buscó cuidadosamente las palabras, los tonos con que

hablaría, con que debería hablarle. Más que problemas, hubiera preferido

plantearle soluciones, pero cuáles. ¿Por qué lo intimidaba así Madero? ¿Y

tenía caso agregarse a quienes presionaban al presidente en aquellos días

abisales? Mientras estuviera Huerta como comandante militar de la Plaza,

¿qué podía hacer él? ¿Qué podían hacer todos? ¿Cómo decírselo, señor

presidente?

Usted conocía el mar de fondo, general. ¿Era parte de su papel

permanecer así, dubitativo, impotente?

En Palacio se encontró en la antesala a Gustavo Madero, quien recién

salía de ver al presidente. Ángeles tardaría por lo menos media hora en ser

recibido y Gustavo lo invitó a caminar un poco por el Zócalo.

En los edificios de piedras rojizas y marfil gastado resaltaban, como

heridas aún abiertas, los estragos producidos por el ataque de los rebeldes a

Palacio la mañana del nueve de febrero. El Zócalo permanecía casi vacío,

pobremente poblado por rondas fantasmales de soldados, ocasionales

estudiantes con la mirada clavada en la punta de los zapatos y los libros

apretados entre el brazo y el costado, burócratas que salían con paso

presuroso de sus oficinas, mujeres que insistían en rezar en la Catedral, algún

vendedor de lotería baldado que gritaba terminaciones y cifras en una

esquina.

—Estoy muy preocupado por la situación que vivimos, general —dijo

Gustavo—. Pero aún estoy más preocupado por la actitud de mi hermano

Francisco. Usted es un hombre de toda nuestra confianza, quizás el último

que nos queda, y se lo puedo decir. Ningún caso tendría guardar las formas.

Cerca del desastre no hay jerarquías posibles.

El ojo vivo de Gustavo concentraba, como en un único centro corporal, la

conciencia dolorosa de lo que narraba.

—La otra noche encontré en casa de Enrique Cepeda al general Huerta

conversando con Félix Díaz, imagínese usted. Lo apresé por traidor y lo

conduje a Palacio a que diera una explicación al propio presidente de la

República. Supuse que sería prueba suficiente para abrirle los ojos a mi

hermano sobre quién es Huerta. En lugar de ello, atendió más a las razones de

él —supuestas estrategias para el golpe final— y se disgustó conmigo por

complicar y retrasar la solución del conflicto. En el momento en que Huerta

reiteraba su fidelidad al gobierno y decía: «Señor presidente, está usted en manos de Victoriano Huerta», le juro, general, la piel se me puso chinita y

estuve a punto de salir corriendo a la comisión en Japón a donde quiere

mandarme mi hermano. Pero no puedo dejarlo solo, no podemos dejarlo solo

en momentos de tanta confusión… Hasta el embajador norteamericano se

burla del ataque que hacemos a la Ciudadela. En una reunión con otros

embajadores dijo que el gobierno de Madero ya sólo contaba con «las pobres

fuerzas» de Felipe Ángeles, riéndose con descaro. Sabemos que Huerta deja

entrar carros con víveres a la Ciudadela porque, dice, el presidente no quiere

dejar morir de hambre a los jóvenes de la Escuela de Aspirantes, y ni siquiera

les ha cortado los cables de luz y teléfono… Todo habla de un golpe fatal que,

parece, en lugar de impedir, el presidente quiere precipitar.

Un grupo de mujeres enrebozadas, vestidas de negro, como aves agoreras,

cruzó lentamente las rejas de la Catedral y desapareció por la puerta del

Sagrario. A lo lejos remarcaba la atmósfera de pesadumbre el tono

compungido de un organillo callejero.

—Por eso —continuó Gustavo—, ahora que lo vi, general, pensé que

quizás usted, a quien tanto admira y estima mi hermano, pueda convencerlo…

—Yo soy el menos indicado, señor Madero. Parecería que lo hago por

ambición. O por resentimiento al no ocupar el puesto que se me ofreció —en

la voz del general Ángeles no cabía la duda o la vacilación.

Cómo iban a caber, general, si para entonces estaba usted tan seguro de un

desenlace fatal que había que acatar como buen soldado. Era su obligación, ¿o

no lo dijo así? Qué tenía usted que cuestionar un juego tan alto que se decidía

en un tablero al que ni usted ni el señor Gustavo Madero tenían acceso.

Gustavo se detuvo y pasó una mano nerviosa por su pelo ondulado. A

pesar de ser un hombre alto y erguido, a Ángeles le pareció que la honda

preocupación lo minaba y disminuía.

—Voy a informar al presidente de las irregularidades gravísimas y

evidentes que enfrento en la labor que me encomendó. Pero soy incapaz de

ejercer sobre él algún tipo de presión y mucho menos de referirme al general

Huerta como un traidor, mi superior en estos momentos.

—Tiene usted razón, tiene usted toda la razón, general —dijo Gustavo

moviendo ligeramente la cabeza a los lados.

—Ahora bien, quizás al exponerle esas irregularidades que enfrento, por

sí mismas le hagan ver…

Pero no lo creía, no lo creían ninguno de los dos, ni Gustavo ni usted: el

presidente no leía ya sino las últimas líneas de un guión que seguía al pie de

la letra.

Tal como lo supuso Ángeles, el presidente lo escuchó atentamente y al

final, más nervioso que de costumbre, dijo que hablaría con el general Huerta,

tenían que encontrar una solución para proveerlo de proyectiles adecuados.

Cuánta falta les había hecho el arsenal de la Ciudadela. Respecto a la

posición, no lo entendía pero Huerta tendría razones de peso para no ubicarlo

más cerca de la Avenida Chapultepec. Ángeles no insistió. Sólo cuando el

presidente dijo: «Tengo que confiar en él, ¿no le parece?», Ángeles contestó:

«No me parece, señor. Pero no soy quién para hablar mal de un superior». Y

entonces el presidente dijo con la cabeza un poco baja: «Quizás he llegado

demasiado lejos en la confianza que le entregué…». Y Ángeles ya no dijo

nada y se sintió él mismo apesadumbrado y también más nervioso que de

costumbre cuando al despedirse el presidente le dijo: «¿Recuerda que en

Cuernavaca le comenté que daría gustoso mi vida por solucionar el conflicto?

Pues hoy más que nunca se lo puedo reiterar. Sólo pido que no se derrame

más sangre. No más sangre, por Dios».

Al día siguiente, a mediodía, Huerta llamó con urgencia al general

Ángeles a Palacio, para lo cual le envió un auto con dos de sus esbirros.

Desde que Ángeles subió al auto supo lo que sucedería, no tenía remedio.

Caray, ¿por qué no huyó en lugar de trepar al auto? ¿Por qué no reunió a

su gente (más de mil hombres, finalmente) y contraatacó a los facciosos? ¿Por

qué no cañoneó enseguida Palacio, en donde se había entronizado Huerta?

Pero estaba demasiado cerca la influencia de Madero, ¿no le parece? ¿O hay

otra explicación? No más sangre, por Dios. Una vez frente a Huerta, en el

despacho del ministro de Guerra, ya de veras no había remedio y sólo

quedaba esperar el desenlace previsto.

Huerta estaba parado ante una ventana abierta y la luz sobre su espalda

ensombrecía más su rostro: los lentes ahumados, los labios duros y

contraídos, despersonalizados, el cuello corto y sanguíneo.

—General Ángeles, usted sabe lo que ha sucedido este mediodía…

—No sé absolutamente nada. Pero me lo imagino. Como imagino que me

mandó llamar para que no me enterara antes.

—Siempre ha tenido usted la virtud de ir al grano. Como con las

inexplicables ofensas que lanzó en la prensa contra el ejército y que

mancharon tan feo su brillante historial.

—Lo único que podría manchar mi historial dentro del ejército sería

coludirme con usted, general Huerta. Se lo aseguro.

Huerta, que hacía esfuerzos por parecer tranquilo y ecuánime, apretó las

quijadas y fue a pararse cerca del escritorio, como señalándole a Ángeles su posición privilegiada dentro de la oficina.

—Seré yo también directo y claro. El señor presidente Madero y el

licenciado Pino Suárez se encuentran en estos momentos presos en la

Intendencia…

—No se esperaba otra cosa de usted.

—El ejército se vio obligado a tomar una medida tan drástica en vista del

caos en que se encontraba el país…

—¿Usted habla de caos, general?

—¡Permítame terminar! —Arrastraba las palabras, la voz ronca y seca se

le iba hacia dentro y lo ahogaba. Ángeles descubrió la botella de coñac abierta

en un estante del librero con un vaso al lado. «Está borracho», pensó. «Este

país se merece un presidente borracho después de Madero.»

¿Así lo pensó, general: se merece?

Ángeles podía imaginar la mirada fría de Huerta detrás de los lentes

ahumados. Recordó cuando, hacía unos años, operaron a Huerta de unas

cataratas en los ojos: su médico, un médico militar, contaba, asombrado, que

el general no se dejó anestesiar y no soltó un solo lamento durante la

operación. Por supuesto: un hombre así sólo puede tener por motivación la

crueldad.

—En fin —continuó Huerta—, no tengo por qué darle explicaciones, pero

lo mandé llamar porque de una u otra manera ha sido usted un militar

reconocido y me han pedido (quizás esos mismos compañeros a los que tanto

ofendió) que le propusiera… unirse a nosotros. Este país será otro, general

Ángeles. Contamos con el apoyo de la mayor parte de nuestra población y

con el de los Estados Unidos a través de su embajador.

—Dígales a quienes le pidieron que hablara conmigo que se lo agradezco,

pero fue inútil porque yo no tengo vocación de traidor.

Huerta soltó un brusco resoplido por la nariz que quiso disfrazarse de

sonrisa.

—Creo que en estos momentos es usted el único militar que piensa así.

—Me honra.

—Está bien, aunque ante mí no tiene para qué representar. Sabemos que

hizo todo por ocupar la jefatura de la Plaza. Sólo que, por alguna razón, el

presidente finalmente se la negó y la dejó en mis manos. Pregúntese por esa

razón. Sobre todo ahora, en que con toda seguridad, en lugar de unirse a

nosotros preferirá morir al lado del señor Madero y del señor Pino Suárez.

—No puedo imaginar muerte más dichosa que al lado del presidente de

mi país.

—Lo conseguirá, general. Le ofrezco mi ayuda incondicional para

lograrlo. Hasta luego —tocó un timbre y entraron dos guardias—. Llévenlo a

la Intendencia. ¿Ve cómo yo también soy hombre de palabra, general? —su

voz subió de pronto en la escala hasta hacerse ríspida.