La noche de Ángeles
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Vea los rostros en el agua. ¿Hay algunos que ahora mismo le cuesta trabajo
reconocer? Un agua tan densa los deforma, los hace aparecer como reflejados
en un espejo convexo. ¿Se le confunden por momentos? Las muecas, las
expresiones de terror o de júbilo se parecen tanto unas a otras. ¿Y de dónde
viene ese mareo repentino? Su estómago, general, que no lo deja en paz. ¿O
es la barca que ha empezado por fin a moverse?
Al día siguiente Madero y Ángeles entraban en la capital con unos mil
hombres. El presidente quiso prolongar así, con su presencia al frente de la
brigada, la euforia del día anterior, en que los cadetes del Colegio Militar y la
población civil lo acompañaron en una larga marcha por el Paseo de la
Reforma hasta Palacio, en donde lo hicieron tremolar una bandera entre gritos
de júbilo y de apoyo. Pero quizá sólo se trató de una chispa de entusiasmo,
ingrávido y fugaz, porque lo que encontraron entonces eran más bien rostros
pasmados y hasta temerosos por la llegada de nuevos agentes de la
destrucción. Rodaban los cañones en fila, jalados por mulas ojerosas, ellas
también entristecidas. Dentro del silencio atosigante de las calles que
cruzaban, los caballos martilleaban el pavimento y levantaban llamitas de
polvo. Reverberaban las viseras de los quepis y las cartucheras de charol. En
algunas ventanas adivinaron unos ojos plenos de un dolor inquieto.
—No me gusta este aire, general. No imagina la euforia de ayer —dijo el
presidente.
—Empiezan a temer lo inevitable, pienso yo, señor.
Aquella misma noche lo citó en el Castillo de Chapultepec. Ángeles
esperó en un salón, de pie, con las manos anudadas a la espalda, medio
enconchado dentro de su capote militar y con los ojos paseándose a su
alrededor: los jarrones de porcelana, relojes y vitrinas, la gran araña de cristal,
el pesado mobiliario de caoba, las pinturas cuarteadas en marcos dorados. El
señor presidente salió nervioso de un salón contiguo, separado por una gran
puerta corrediza, y fue al grano.
—Mire, general, hay problemas serios para que ocupe usted el puesto de
comandante militar de la Plaza, que provisionalmente ofrecí al general
Huerta. Problemas que complicarían aún más la situación que padecemos.
Tuve una larga reunión con mis ministros y me hicieron ver que
desgraciadamente hasta estos momentos es usted únicamente coronel, pues el
Senado no ha comunicado aún el ascenso que se le dio. En el ejército tenemos
hombres de más alta graduación y, sobre todo, con más antigüedad.
Heriríamos su susceptibilidad si lo colocamos por encima de ellos. Usted
conoce mejor que yo esa susceptibilidad. Por lo tanto, me aconsejaron que por
ahora no removamos de su puesto al general Huerta quien, además, me
aseguran, ha comenzado una labor de lo más efectiva con los rebeldes. Le
ruego me entienda, general. Y ayúdenos a terminar lo más pronto posible con
esta farsa. Entonces promoveré que el Senado comunique el ascenso para que
pueda usted ocupar el puesto. Hablamos de unos cuantos días, como usted
supondrá.
¿Usó la palabra farsa? ¿Recuerda usted si de veras usó la palabra farsa?
—Señor presidente, le reitero mi lealtad incondicional. Estoy para acatar
sus órdenes, no para cuestionarlas. Es mi obligación.
Los ojos de Madero, concentrados y muy negros, despidieron un suave
destello de acariciante afecto.
—Lo sé, general, lo sé. Y por ello es que le pido una subordinación que
será también, sin remedio, un forzado apego a la disciplina militar, a la cual
está usted acostumbrado. Conozco muy bien quién es el general Huerta, pero
tenemos que utilizar sus servicios. Nosotros utilizarlo a él, ¿me entiende?
Imagínese, general, utilizarlo hasta dónde.
—Sí, señor. Lo entiendo muy bien.
Madero apretó con fuerza la mano de Ángeles, transmitiéndole un calor
del que las palabras eran pálido reflejo.
—Y apenas acabemos con este asunto, tendremos que darnos tiempo para
hablar de libros. Es una pena que lo hayamos interrumpido. Le aseguro que
con muy pocos de los hombres que me rodean puedo hablar como con usted
de ciertos temas.
—Me sucede lo mismo, señor. Con la ventaja de que soy yo quien
aprende de usted.
—Por cierto, estoy trabajando en unos comentarios al Bhagavad Gita que
ya le enseñaré.
—Se lo ruego, señor.
—Manténgame informado, general. Adiós.
Usted obedecía sin chistar. El luego inobediente y rebelde general
Ángeles. Por obedecer así a Madero se dirá que lo traicionó, no lo protegió de
sí mismo: de quién más había que protegerlo. Pero lo tenía a usted como
deslumbrado. ¿Ilusionado en qué?
El general Ángeles emplazó pues sus cañones, bajo las órdenes de Huerta,
en el sector occidente de las operaciones: desde la Calzada de la Teja —en
unos llanos cerca de la legación británica— hasta la esquina del Café Colón,
sobre Paseo de la Reforma.
Al encontrarse los dos generales, apenas si se saludaron: estaba demasiado
vivo aún el conflicto que habían tenido a raíz del nombramiento de Ángeles
como jefe de las operaciones en Morelos. Pero Ángeles no iba a crearle otro
problema a Madero dentro del ejército, como se lo ofreció, y se limitó a
cumplir órdenes, por absurdas que éstas fueran. Como cuando le dijo a Huerta
que cerca de la avenida Chapultepec haría más daño, un verdadero daño, y
éste respondió, cortante, que no cuestionara las órdenes y se quedara donde
estaba. Ángeles se atrevió a un último comentario:
—Con los proyectiles Sharpnel que se nos han dado, no abriremos brecha
ni siquiera en los muros de las fincas circundantes a la Ciudadela.
Ángeles imaginaba la mirada pugnaz atrás de los lentes oscuros,
destellantes en la mañana. Huerta se limitó a chasquear la lengua y a quejarse
de la falta de proyectiles para la operación.
—Los que necesita están ahí, general —y señaló hacia el rumbo de la
Ciudadela, con una mano en alto que acentuaba su aspecto de espantapájaros,
con el abrigo gris holgado, bamboleante—. Vaya por ellos.
Ángeles respiró hondo y aguantó el tono grosero de Huerta, quien se
marchó sin siquiera despedirse. Dentro de aquella sensación de impotencia
como una nube oscura, Ángeles se acercó a cuatro zancudos cañones de 75
milímetros y dispuso el primer ataque.
—¡Platillo 24! ¡Arco 108! ¡Corredor 34! ¡Tiro de ráfaga! ¡Cinco
cartuchos por pieza!
¿Por qué le siguió el juego al presidente, general? Por más que aplicara su
reconocida sabiduría de artillero, usted sabía que ese proyectil que se
desprendería del bramido del cañón como un ave que desgarra la mañana,
corría el riesgo de dar, en vez de en la Ciudadela, en una inocente casa de la
colonia Juárez, que se estremecería como un barco que acabara de encallar.
Desde ahí donde estaba, ni caso tenía disparar.
—¡Alto el fuego!
Aún decidió Ángeles insistir con el presidente, informarle de la
paralizante y a la vez peligrosa situación en que se encontraba. ¿Para eso fue
por él a Cuernavaca? Buscó cuidadosamente las palabras, los tonos con que
hablaría, con que debería hablarle. Más que problemas, hubiera preferido
plantearle soluciones, pero cuáles. ¿Por qué lo intimidaba así Madero? ¿Y
tenía caso agregarse a quienes presionaban al presidente en aquellos días
abisales? Mientras estuviera Huerta como comandante militar de la Plaza,
¿qué podía hacer él? ¿Qué podían hacer todos? ¿Cómo decírselo, señor
presidente?
Usted conocía el mar de fondo, general. ¿Era parte de su papel
permanecer así, dubitativo, impotente?
En Palacio se encontró en la antesala a Gustavo Madero, quien recién
salía de ver al presidente. Ángeles tardaría por lo menos media hora en ser
recibido y Gustavo lo invitó a caminar un poco por el Zócalo.
En los edificios de piedras rojizas y marfil gastado resaltaban, como
heridas aún abiertas, los estragos producidos por el ataque de los rebeldes a
Palacio la mañana del nueve de febrero. El Zócalo permanecía casi vacío,
pobremente poblado por rondas fantasmales de soldados, ocasionales
estudiantes con la mirada clavada en la punta de los zapatos y los libros
apretados entre el brazo y el costado, burócratas que salían con paso
presuroso de sus oficinas, mujeres que insistían en rezar en la Catedral, algún
vendedor de lotería baldado que gritaba terminaciones y cifras en una
esquina.
—Estoy muy preocupado por la situación que vivimos, general —dijo
Gustavo—. Pero aún estoy más preocupado por la actitud de mi hermano
Francisco. Usted es un hombre de toda nuestra confianza, quizás el último
que nos queda, y se lo puedo decir. Ningún caso tendría guardar las formas.
Cerca del desastre no hay jerarquías posibles.
El ojo vivo de Gustavo concentraba, como en un único centro corporal, la
conciencia dolorosa de lo que narraba.
—La otra noche encontré en casa de Enrique Cepeda al general Huerta
conversando con Félix Díaz, imagínese usted. Lo apresé por traidor y lo
conduje a Palacio a que diera una explicación al propio presidente de la
República. Supuse que sería prueba suficiente para abrirle los ojos a mi
hermano sobre quién es Huerta. En lugar de ello, atendió más a las razones de
él —supuestas estrategias para el golpe final— y se disgustó conmigo por
complicar y retrasar la solución del conflicto. En el momento en que Huerta
reiteraba su fidelidad al gobierno y decía: «Señor presidente, está usted en manos de Victoriano Huerta», le juro, general, la piel se me puso chinita y
estuve a punto de salir corriendo a la comisión en Japón a donde quiere
mandarme mi hermano. Pero no puedo dejarlo solo, no podemos dejarlo solo
en momentos de tanta confusión… Hasta el embajador norteamericano se
burla del ataque que hacemos a la Ciudadela. En una reunión con otros
embajadores dijo que el gobierno de Madero ya sólo contaba con «las pobres
fuerzas» de Felipe Ángeles, riéndose con descaro. Sabemos que Huerta deja
entrar carros con víveres a la Ciudadela porque, dice, el presidente no quiere
dejar morir de hambre a los jóvenes de la Escuela de Aspirantes, y ni siquiera
les ha cortado los cables de luz y teléfono… Todo habla de un golpe fatal que,
parece, en lugar de impedir, el presidente quiere precipitar.
Un grupo de mujeres enrebozadas, vestidas de negro, como aves agoreras,
cruzó lentamente las rejas de la Catedral y desapareció por la puerta del
Sagrario. A lo lejos remarcaba la atmósfera de pesadumbre el tono
compungido de un organillo callejero.
—Por eso —continuó Gustavo—, ahora que lo vi, general, pensé que
quizás usted, a quien tanto admira y estima mi hermano, pueda convencerlo…
—Yo soy el menos indicado, señor Madero. Parecería que lo hago por
ambición. O por resentimiento al no ocupar el puesto que se me ofreció —en
la voz del general Ángeles no cabía la duda o la vacilación.
Cómo iban a caber, general, si para entonces estaba usted tan seguro de un
desenlace fatal que había que acatar como buen soldado. Era su obligación, ¿o
no lo dijo así? Qué tenía usted que cuestionar un juego tan alto que se decidía
en un tablero al que ni usted ni el señor Gustavo Madero tenían acceso.
Gustavo se detuvo y pasó una mano nerviosa por su pelo ondulado. A
pesar de ser un hombre alto y erguido, a Ángeles le pareció que la honda
preocupación lo minaba y disminuía.
—Voy a informar al presidente de las irregularidades gravísimas y
evidentes que enfrento en la labor que me encomendó. Pero soy incapaz de
ejercer sobre él algún tipo de presión y mucho menos de referirme al general
Huerta como un traidor, mi superior en estos momentos.
—Tiene usted razón, tiene usted toda la razón, general —dijo Gustavo
moviendo ligeramente la cabeza a los lados.
—Ahora bien, quizás al exponerle esas irregularidades que enfrento, por
sí mismas le hagan ver…
Pero no lo creía, no lo creían ninguno de los dos, ni Gustavo ni usted: el
presidente no leía ya sino las últimas líneas de un guión que seguía al pie de
la letra.
Tal como lo supuso Ángeles, el presidente lo escuchó atentamente y al
final, más nervioso que de costumbre, dijo que hablaría con el general Huerta,
tenían que encontrar una solución para proveerlo de proyectiles adecuados.
Cuánta falta les había hecho el arsenal de la Ciudadela. Respecto a la
posición, no lo entendía pero Huerta tendría razones de peso para no ubicarlo
más cerca de la Avenida Chapultepec. Ángeles no insistió. Sólo cuando el
presidente dijo: «Tengo que confiar en él, ¿no le parece?», Ángeles contestó:
«No me parece, señor. Pero no soy quién para hablar mal de un superior». Y
entonces el presidente dijo con la cabeza un poco baja: «Quizás he llegado
demasiado lejos en la confianza que le entregué…». Y Ángeles ya no dijo
nada y se sintió él mismo apesadumbrado y también más nervioso que de
costumbre cuando al despedirse el presidente le dijo: «¿Recuerda que en
Cuernavaca le comenté que daría gustoso mi vida por solucionar el conflicto?
Pues hoy más que nunca se lo puedo reiterar. Sólo pido que no se derrame
más sangre. No más sangre, por Dios».
Al día siguiente, a mediodía, Huerta llamó con urgencia al general
Ángeles a Palacio, para lo cual le envió un auto con dos de sus esbirros.
Desde que Ángeles subió al auto supo lo que sucedería, no tenía remedio.
Caray, ¿por qué no huyó en lugar de trepar al auto? ¿Por qué no reunió a
su gente (más de mil hombres, finalmente) y contraatacó a los facciosos? ¿Por
qué no cañoneó enseguida Palacio, en donde se había entronizado Huerta?
Pero estaba demasiado cerca la influencia de Madero, ¿no le parece? ¿O hay
otra explicación? No más sangre, por Dios. Una vez frente a Huerta, en el
despacho del ministro de Guerra, ya de veras no había remedio y sólo
quedaba esperar el desenlace previsto.
Huerta estaba parado ante una ventana abierta y la luz sobre su espalda
ensombrecía más su rostro: los lentes ahumados, los labios duros y
contraídos, despersonalizados, el cuello corto y sanguíneo.
—General Ángeles, usted sabe lo que ha sucedido este mediodía…
—No sé absolutamente nada. Pero me lo imagino. Como imagino que me
mandó llamar para que no me enterara antes.
—Siempre ha tenido usted la virtud de ir al grano. Como con las
inexplicables ofensas que lanzó en la prensa contra el ejército y que
mancharon tan feo su brillante historial.
—Lo único que podría manchar mi historial dentro del ejército sería
coludirme con usted, general Huerta. Se lo aseguro.
Huerta, que hacía esfuerzos por parecer tranquilo y ecuánime, apretó las
quijadas y fue a pararse cerca del escritorio, como señalándole a Ángeles su posición privilegiada dentro de la oficina.
—Seré yo también directo y claro. El señor presidente Madero y el
licenciado Pino Suárez se encuentran en estos momentos presos en la
Intendencia…
—No se esperaba otra cosa de usted.
—El ejército se vio obligado a tomar una medida tan drástica en vista del
caos en que se encontraba el país…
—¿Usted habla de caos, general?
—¡Permítame terminar! —Arrastraba las palabras, la voz ronca y seca se
le iba hacia dentro y lo ahogaba. Ángeles descubrió la botella de coñac abierta
en un estante del librero con un vaso al lado. «Está borracho», pensó. «Este
país se merece un presidente borracho después de Madero.»
¿Así lo pensó, general: se merece?
Ángeles podía imaginar la mirada fría de Huerta detrás de los lentes
ahumados. Recordó cuando, hacía unos años, operaron a Huerta de unas
cataratas en los ojos: su médico, un médico militar, contaba, asombrado, que
el general no se dejó anestesiar y no soltó un solo lamento durante la
operación. Por supuesto: un hombre así sólo puede tener por motivación la
crueldad.
—En fin —continuó Huerta—, no tengo por qué darle explicaciones, pero
lo mandé llamar porque de una u otra manera ha sido usted un militar
reconocido y me han pedido (quizás esos mismos compañeros a los que tanto
ofendió) que le propusiera… unirse a nosotros. Este país será otro, general
Ángeles. Contamos con el apoyo de la mayor parte de nuestra población y
con el de los Estados Unidos a través de su embajador.
—Dígales a quienes le pidieron que hablara conmigo que se lo agradezco,
pero fue inútil porque yo no tengo vocación de traidor.
Huerta soltó un brusco resoplido por la nariz que quiso disfrazarse de
sonrisa.
—Creo que en estos momentos es usted el único militar que piensa así.
—Me honra.
—Está bien, aunque ante mí no tiene para qué representar. Sabemos que
hizo todo por ocupar la jefatura de la Plaza. Sólo que, por alguna razón, el
presidente finalmente se la negó y la dejó en mis manos. Pregúntese por esa
razón. Sobre todo ahora, en que con toda seguridad, en lugar de unirse a
nosotros preferirá morir al lado del señor Madero y del señor Pino Suárez.
—No puedo imaginar muerte más dichosa que al lado del presidente de
mi país.
—Lo conseguirá, general. Le ofrezco mi ayuda incondicional para
lograrlo. Hasta luego —tocó un timbre y entraron dos guardias—. Llévenlo a
la Intendencia. ¿Ve cómo yo también soy hombre de palabra, general? —su
voz subió de pronto en la escala hasta hacerse ríspida.