La noche de Ángeles
Antes de la batalla de Torreón le…
Antes de la batalla de Torreón le empezaron las pesadillas y «el hambre
mala» que ahora padece. Casi prefería no dormir. Siempre los mismos
cadáveres, los mismos campos desolados, la misma angustia en el estómago
al despertar, que le impedía tragar bocado. O aquellos caballos de sus sueños,
¿los vuelve a ver? Caballos alazanes, retintos, bayos, negros tumbados y
varados en la orilla de un río —tan turbio como éste—, agitando sus largos
pescuezos y emitiendo un relincho que era casi un quejido humano. Las patas
con movimientos convulsivos y los ojos tristes, suplicantes, apagándose
lentamente y cubriéndose de moho. O caballos que huían a todo galope —
¿hacia dónde?—, las bridas volando, azotándoles los hocicos.
Van como rumbo al infierno.
—¿Me decía, general? —preguntó el barquero.
—No dije nada.
—Me pareció oír que dijo algo.
—Recordaba unos sueños que tuve hace años. Quizás algo dije en voz alta
sin darme cuenta.
—Por mí, sígale. Haga de cuenta que ni lo escucho.
¿Por qué antes de la batalla de Torreón? ¿Y si fueran sueños
premonitorios?, se preguntaba Ángeles. Cuidado con volverse supersticioso,
usted, un científico de la guerra. Esos soldados, ¿los identifica? Retorcidos
como garabatos, con las manos crispadas o abrazándose a sí mismos, dándose
un calor que ya para qué, los ojos en blanco acribillados por el sol, mirando
muy directamente a Ángeles, la boca entreabierta emitiendo una queja
imposible porque el muerto ya no podía tener voz, pero que Ángeles escucha
con toda claridad: usted, general, usted, vea nomás. Y uno de esos rostros
debía ser el suyo, tenía que serlo (pero claro que puede identificarlo), mejor
que lo fuera, qué decepción al despertar y meterse en la finita: el agua helada
medio le desprendía las telarañas del sueño.
—¿Por qué siempre un baño de agua helada al amanecer, general?
—Para acabar de despertar. Y porque si no empezamos a dominar al
cuerpo a esa hora, rendirlo a nuestra voluntad, después ya no hay manera.
Qué decepción salir a un amanecer insólito, no ser más aquel rostro
apagado del sueño, recibir los primeros saludos de los soldados de guardia,
todo listo para marchar hacia Torreón, general.
—¡Vámonos a Torreón!
—Ahí en la batalla acabamos de despertar. Ahí se esfuman las pesadillas
con el estruendo de los cañones.
—¡Viva Madero!
—No hay manera de cambiarles el grito. Y qué bueno, ¿no le parece? —
preguntaba Villa.
En los cuarteles, en las caballerizas, la tropa había recibido la orden de
marcha y lo preparaba todo con hormigueante animación. La infantería
aceitaba los rifles y recogía su dotación de cartuchos, de agua, de pinole.
Rodaban los cañones en fila, jalados por mulas a las que azuzaban una docena
de soldados; al frente el Chavalito y el Niño con sus prominentes narices
apuntando ya a los límites del cielo y de la tierra; los dos como los verdaderos
conductores de la comitiva. Se formaban las filas entre gritos y
gesticulaciones y empezaban a removerse como largas culebras. La tropa de
caballería que salía de los establos parecía no tener fin —ah, la caballada de
Villa—, acariciaba con sensualidad las crines hirsutas de los caballos, los
llamaba por su nombre en tono dulzón, aseguraba con firmeza las monturas.
En las voces había esa vibración anterior a una batalla, los ojos
relampagueaban.
Por fin.
Ya.
—Todo listo, mi general.
—¡Vámonos a Torreón!
Los trenes resultaban insuficientes para contener tantos hombres dentro y
cientos de ellos se instalaban en los techos, improvisando con ramas y cobijas
multicolores tiendas de campaña. Y con la ventaja del aire, porque los de
adentro se ahogaban entre los muros de hierro. ¿Usted no soñaba con trenes
en esos días, general? Los que se descarrilaban en cámara lenta, entre nubes
de polvo: les desclavaban los rieles o los dinamitaban o les atravesaban un
caballo muerto. También los trenes eran serpientes vivas, sobre todo en la
noche con su fuego como el de una estrella errante, el vapor que jadea al
escapar de los émbolos, el chirriar de sus articulaciones de hierro al chocar
entre sí, sus agudos silbatos cargados de esperanza.
Doce trenes en total, el último para Villa y su estado mayor, con un
servicio sanitario y la proveeduría.
La escena ha empezado a descongelarse. Mírela.
Sus hombres son como estatuas repentinamente animadas, asombrados de
esa vida que los conduce a la muerte.
Los animales tienen todos la misma mirada resignada. Saben más sobre lo
que va a suceder que ustedes los oficiales, general. Mucho más.