La noche de Ángeles

Ignacio Solares · Capítulo 3 de 20

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La noche de Ángeles

Los días siguientes, monótonos y humillantes, dejaron poca huella. Ángeles

elaboró un manifiesto a los oficiales del Ejército Federal que habían sido sus

alumnos en el Colegio Militar, invitándolos a unirse a la causa

constitucionalista. Además, hizo un recuento del armamento con que se

contaba y revisó personalmente la organización militar. Despertaba muy

temprano, el cuerpo adolorido por el desvelo. En la ventana de su reducido

cuarto sólo asomaba la claridad incierta de unos faroles lejanos en el patio de

los cuarteles. «Siempre vi nacer el sol. Desde niño siempre me desperté antes

de nacer el sol.» Se levantaba, apretaba las sienes con las puntas de los dedos

como para terminar de disolver ahí el cansancio, los sueños, las dudas del

amanecer, y tomaba la muda de ropa interior, la toalla, el jabón, la navaja de

afeitar y el cepillo de dientes. El pasillo y el baño estaban a oscuras. De los

cuartos vecinos no provenía ningún ruido; como siempre, era el primero en

levantarse.

Y la tinita. Mire que instalar su finita en un baño tan reducido, la cara que

puso Carranza cuando se enteró. ¿No podía, por lo menos durante los

primeros días, conformarse con el corriente regaderazo? Ah, pero el agua

helada a esas horas bien valía andarla cargando por todos lados, levantarse

antes que nadie, hundirse en el agua como en un nuevo sueño, más hondo y

lúcido.

Al regresar, escuchaba las campanillas de los despertadores de sus vecinos

de cuarto. Se ponía el uniforme de campaña, sin prisa. Daba un último

retoque al peinado —con una perfecta raya al lado— y a los bigotes

arriscados. Afuera empezaba a clarear: detrás del resplandor amarillento de

los faroles, el sol vencía unas sombras muy bajas.

¿Recuerda, general? A propósito del sol que usted todos los días veía

nacer. Fue Madero quien le dijo que algún día la felicidad de sabernos

inmortales iluminará de golpe nuestras otras pobres alegrías, que se verán tan

pálidas como la luz de los faroles ante el sol que crece.

Los soldados de guardia se cuadraban y Ángeles contestaba con

movimientos mecánicos, casi displicentes. Haciendo cuevita con la mano,

protegía la llama que encendía el primer cigarrillo. ¿Por qué los primeros días

tenía la sensación de que lo aprisionaban los muros grises y mohosos de la

antigua hacienda improvisada como cuartel; que lo aprisionaban aún más que

los muros de la Penitenciaría, que acababa de abandonar?

Uno de los soldados de guardia se desprendía de las últimas hebras de

neblina y en el centro del patio tocaba la diana. Las sombras terminaban de

huir y las puertas se abrían súbitamente para que surgieran, como expulsados

del fondo de la tierra, los grupos compactos y verdosos de soldados que se

empujaban unos a otros, terminaban de abotonarse las guerreras, ajustaban los

cinturones bien provistos de balas, se mal peinaban con los dedos mientras

con la otra mano sostenían el fusil. Ángeles intentaba pasar inadvertido entre

los embriones de filas, observándolo todo como desde lejos, desde ese otro

mundo en que había ido a instalarse. Los soldados ponían su cara más seria, la

barbilla en alto, los labios plegados, los ojos chispeantes, el fusil muy

derecho. Llegaban a su emplazamiento, se ordenaban por secciones, invadían

el descampado con un rumor de hierbas pisoteadas. Un oficial gritaba órdenes

con voz destemplada, otro andaba entre las filas con una papeleta y un lápiz

en las manos, alguno más permanecía impasible al frente del batallón con los

brazos en jarras y el rostro endurecido o iba a revisar un fusil, le daba vuelta,

le abría la recámara, comprobaba la posición de la mira, hacía vibrar el

gatillo, demostraba cómo sostenerlo, lo regresaba con alguna imprecación a

su dueño. El batallón cruzaba la puerta principal del patio, ante centinelas en

posición de firmes, y salía al campo abierto dentro del taconeo seco en el

pavimento y un murmullo sordo como el de una maraña de insectos. Ángeles

los veía marchar, meterse dentro de la nube de polvo, desvanecerse, ondular

en la lejanía. Los últimos gritos le llegaban en jirones, arrebatados por el

viento.

Había olvidado la guerra, general, es lo que sucede. O quería olvidarla.

Sus últimas experiencias, nomás imagínese, fueron durante la Decena

Trágica, que para qué acordarse. E inmediatamente antes la campaña en

Morelos, de la que quiere acordarse aún menos porque usted hubiera

preferido estar con los zapatistas, no contra ellos. «No hay duda de que

carrancistas y huertistas son de la misma calaña, son igualmente

inescrupulosos.» Y por eso durante aquellos días en el cuartel general de

Carranza, el nuevo encuentro con la guerra y sus símbolos despertaba en usted una inevitable sensación sombría y huraña, bajo la cual su espíritu se

contraía como una de esas plantas sensitivas al contacto de la piel humana.

Otra mañana de aquéllas, Carranza lo llamó urgentemente. En la antesala,

un hombre vestido de oscuro se encorvaba como garabato sobre el escritorio y

copiaba a mano un grueso documento. Ángeles se anunció y el hombre lo

miró entre las pestañas y le pidió que esperara.

—Me dijeron que viniera enseguida.

—Lo sé, general. Pero luego se me ordenó que esperara usted un

momento porque el jefe… —y el hombre hizo un guiño, mirando de reojo—

está con el general Obregón… que llegó repentinamente.

Ángeles se sentó frente al hombre, quien continuó su acuciosa labor. Por

momentos, levantaba el lápiz y lo movía en el aire como siguiendo unos

compases secretos.

—Perdóneme que no lo atienda, general. Pero al señor Carranza le urge

que pase esto en limpio.

—Por mí no se preocupe. Continúe con su trabajo.

—Prefiere que le pase las primeras correcciones a mano, tal como él las

hizo. Pero para eso tengo que copiarlo todo de nuevo. Dice que los

documentos pasados a máquina no le inspiran para corregirlos.

—Hay a quien le sucede —dijo Ángeles, tamborileando sobre su rodilla,

sonriendo interiormente: además de terco, Carranza es un viejo mañoso,

pensó.

Sonó un timbre. El hombre entró al despacho y un momento después

salió:

—Ordena el primer jefe que pase usted.

El sol entraba por los balcones medio abiertos y se recortaba en el piso,

brillaba con intensidad en los muebles de maderas pulidas.

—General Ángeles, le presento al general Obregón.

—Mucho gusto, general.

—El gusto es mío, general.

—He oído tantas cosas de usted que es como si lo conociera desde hace

tiempo —dijo Obregón, con una amabilidad y una sonrisa que no disminuían

su altivez.

—Pues yo he oído tantas cosas buenas de usted en tan poco tiempo, como

no las había oído de nadie —respondió Ángeles.

De los reflejos dorados de los ojos de Obregón surgían la vivacidad y la

altivez, complementadas por el porte erguido, los bigotes arriscados y los labios finos que sonreían con ironía. Vestía un uniforme blanco con botones

de cobre y un quepí con un águila bordada sobre tejuelo negro.

Enseguida, Obregón sacó a colación la enorme fortuna de Ángeles de

haber vivido al lado del presidente Madero sus últimos momentos, antes de

que fuera asesinado.

—Cuénteme de él. Mi admiración hacia Madero es tan grande que hubiera

dado la mitad de mi vida por conocerlo.

Exagerado, muy exagerado. Ahí empezó a no creerle nada.

Carranza los escuchaba en silencio, sentado al escritorio con los brazos

cruzados, inescrutable, como de piedra.

Obregón insistía:

—Todos los que andamos en este asunto lo hacemos por patriotismo y por

vengar la muerte del presidente Madero.

O:

—De nada me he arrepentido tanto en mi vida como de no haber luchado

a su lado desde el principio. Porque la lucha maderista se dividió en dos

bandos. Uno compuesto por hombres que escuchaban el llamado del deber y

abandonaban hogares y familias para empuñar el fusil, la escopeta o la

primera arma que encontraran a la mano. El otro bando estaba compuesto por

hombres atentos al mandato del miedo, que supuestamente no encontraban

armas por más que las buscaban o que no podían abandonar a sus hijos

porque quedarían en la orfandad. A este segundo bando tuve la pena de

pertenecer yo. Mi batalla de hoy no es sino para pagar aquella culpa.

—Pues la está usted pagando con creces, general —dijo Ángeles, también

sonriente—. El presidente Madero se sentiría más que satisfecho con su

actuación militar y no menos con la valentía de su confesión.

—Palabras que, también, no hago sino imitar de Madero, que habló con

una sinceridad y un valor como no lo había hecho nadie antes en nuestra

historia.

Mire a quién le hablaba así de Madero, general. Y porque al hablar de

Madero la gente se le volvía transparente, usted supo enseguida que la

característica principal de Obregón era la falsedad.

O como le dijo por esos días Martín Luis Guzmán:

—A mí también, desde el primer momento de nuestro trato, me pareció un

hombre que se sentía demasiado seguro de su inmenso valer, pero que

aparentaba no dar a eso la menor importancia. Y esta simulación norma cada

uno de los episodios de su conducta. Obregón no vive sobre la tierra de las

sinceridades cotidianas, sino sobre un tablado; no es un hombre en funciones sino un actor. Sus ideas, sus creencias, sus sentimientos, son como los del

mundo del teatro, para brillar frente al público: carecen de toda raíz personal,

de toda realidad interior. Es, en el sentido más directo de la palabra, un

farsante.

Desde la Decena Trágica, Ángeles supuso que el problema del destino se

resume en la representación de un papel. Dentro del drama que vivía el país,

el papel de Obregón era el de un magnífico primer actor que marchaba

impertérrito a su monólogo final, ya solo en el escenario, con todo y todos

destruidos a su paso.

Aun antes de conocerlo, ya había hablado pestes de usted, general, y le

dio por llamarlo a sus espaldas igual que lo llamaba Huerta, nomás imagínese:

«Napoleoncito de pacotilla».

Es cierto: ¿Por qué igual que Huerta?

¿O imagina usted a Obregón como comandante militar de la plaza durante

la Decena Trágica y lo mismo…?

Lo mismito.

Pero, además, el problema mayor de Carranza era ya Obregón y no usted,

aunque no se diera cuenta en esos tiempos en Sonora, aunque no quisiera

darse cuenta hasta mucho tiempo después, cuando fue demasiado tarde. Por lo

pronto, lo convenció de que no le diera a usted, un ex federal, la Secretaría de

Guerra.

Aquel mismo mediodía, Ángeles recibió de labios de Carranza la

evidencia de que, en efecto, nada tenía que hacer ahí, cómo pudo suponer lo

contrario, y se lo dijo frente al propio Obregón.

—Además de aprovechar la ocasión para que conociera al general

Obregón, lo mandé llamar para comentarle este manifiesto que quiere usted

lanzar a sus ex compañeros federales. Sé cuánto ha trabajado usted en él en

estos días y, por lo pronto, quiero decirle que me parece estupendo. Además

de experto en balística es usted un muy buen escritor —Carranza recorrió las

hojas del documento con cierta displicencia, de adelante hacia atrás, de atrás

hacia adelante, como si fuera a barajarlas—. Desgraciadamente, no me parece

oportuno darlo a conocer en este momento.

Usted sabe, nos proponemos que el Ejército Federal sea disuelto al triunfo

de la Revolución.

—No, no lo sabía, señor. No hubiera trabajado en el documento si lo he

sabido.

—Supuse que lo sabía. Lo vengo diciendo desde febrero pasado. Quizá

por haber estado en prisión y luego exiliado en Francia no se enteró.

Ángeles mantenía una mirada incisiva en los lentes azulados de Carranza,

imposibles de penetrar.

—Lo siento, señor, pero me parece una medida de lo más desacertada.

Usted proponía el otro día hablarnos con claridad si íbamos a trabajar juntos,

y pensando en ello me atrevo a decírselo.

Carranza dejó el documento en una esquina del escritorio y con los dedos

peinó la barba ensortijada, como siempre que se ponía meditativo. Sus

palabras sonaron a Ángeles como golpes de gong.

—Me parece, general, que necesita adentrarse más en el espíritu que

anima al movimiento constitucionalista. Queremos una renovación en todos

los órdenes, y el ejército no podía ser la excepción. Hay que conocer al

Ejército Federal para entenderlo.

Un ejército que se hunde en el pantano oscuro del desprestigio, entre el

indigno sistema de leva, la corrupción manifiesta y descarada de sus altos

oficiales y la defensa de un régimen odiado y sin futuro. Justo lo que

luchamos por derrotar.

¿Oyó, general? Dijo la corrupción manifiesta y descarada de sus altos

oficiales. Él.

—Señor, quiero recordarle que en ese ejército combatió mi padre contra la

invasión de Estados Unidos y contra la Intervención francesa hasta la

restauración de la República. Yo mismo me formé en él y le debo mi

disciplina y mi carácter. Disolver el ejército suena en mis oídos como sonaría

en los de un jesuita la posible disolución de la Compañía de Jesús. Usted dice

que hay que conocer al Ejército Federal para entenderlo, y me permito

recordarle que si alguien lo conoce y lo entiende soy yo, que fui director del

Colegio Militar durante el gobierno del presidente Madero.

Obregón, que mantenía una mirada apacible sobre Ángeles, tosió con

cierta elegancia y se sentó más derecho en la silla.

Si por lo menos lo hubiera dicho Carranza sin Obregón presente, general.

¿Y de dónde sacó usted el símil con la Compañía de Jesús? Por Dios.

Hubo un pesado silencio, como durante las cenas o las comidas, cuando

Carranza permanecía largamente en silencio porque algo le molestaba.

Ah, los silencios de Carranza.

—¿Qué supone que deberíamos hacer, general?

—En el documento que tiene usted en su escritorio está claramente

explicado, me parece. Llamar a los oficiales federales a seguir mi propio

ejemplo. Nada tiene tanto valor como el ejemplo propio. Invitarlos a unirse al

movimiento constitucionalista, lo que de ninguna manera implicaría la disolución del Ejército Federal sino la integración de su oficialidad a la

revolución victoriosa.

Ángeles, como siempre le sucedía al emocionarse, carraspeó y se removió

nerviosamente en la silla.

—Siga, por favor —dijo Carranza, presionándolo.

¿En qué pequeña ola ve usted la escena? ¿Y por qué al desvanecerse la ola

despierta en usted una sonrisa, tan contrastante con aquel entonces?

—Reivindicar al Ejército Federal me resulta tan sustancial como

reivindicar la Constitución de 1857 —dijo Ángeles.

—Bien. En lo que, por lo demás, sigue usted muy de cerca a Madero, con

todas las implicaciones de que hablábamos el otro día. Usted me entiende, la

reivindicación de que habla (hablan, para incluir a don Francisco) es la del

Antiguo Régimen, y lo que nosotros intentamos es destruirlo del todo.

Ángeles ya no dijo nada. Pero las palabras que calló las dijo durante la

comida que se organizó al día siguiente en honor del general Obregón. Total,

estaba en la Revolución —para lo cual había tenido que romper con todo un

programa de vida— para sublevarse contra cualquier forma de tiranía, así

fuera tan sólo de palabra:

—Brindo por nuestra Revolución, por nuestro primer jefe, el señor

Carranza, y por el general Obregón y sus recientes triunfos en el campo de

batalla. Admiro al general Obregón por esos triunfos pero aún más lo admiro

por su declarada veneración a la memoria de nuestro presidente asesinado,

Francisco I. Madero. Para nosotros los revolucionarios nunca será suficiente

esa veneración, el recuerdo vivo y ejemplar del hombre que eligió nuestro

pueblo democráticamente para que lo gobernara. Amaba la verdad y la

justicia y rechazaba la adulación. Por eso su principal error fue ser demasiado

bueno ante la ambición y el odio que lo rodeaban. Y por eso no debemos

olvidar que nuestra lucha es contra esa ambición y ese odio. Juzgar

erróneamente a Madero es juzgar erróneamente los ideales que nos guían

porque nuestro pueblo espera que se restituyan el orden, la democracia y la

libertad: precisamente la mejor herencia que nuestro apóstol nos dejó. El

pueblo no se equivoca. El pueblo no quiere más gobiernos de usurpación.

Nada es más contrario a la Revolución que el antimaderismo. Es pensando en

esto que brindo por la lucha ejemplar y por los altos ideales del general

Álvaro Obregón. Salud.

A partir de ese momento —en realidad desde mucho antes—, no tenía

remedio: había que apartarse de Carranza cuanto antes. Por eso a Ángeles no

le sorprendió que su nombramiento de secretario de Guerra se tradujera en algo tan incongruente con su actitud y su vocación como el de «encargado del

despacho del ministerio». Cuando Carranza le explicó que por el momento

era preferible dejar desocupada la Secretaría de Guerra y el puesto que le

ofrecía le significaba la misma responsabilidad, Ángeles le pidió pelear en

donde en verdad sabía hacerlo, en el frente de batalla.

—Señor, usted y yo hicimos el trato de hablarnos con claridad. Creo

haberlo cumplido aunque no siempre en forma adecuada por mi torpeza

innata. De ser así, le pido una disculpa. Pero animado por el mismo

compromiso le digo que aquí, a su lado, le serviría de muy poco. Nuestras

ideas no siempre coinciden y eso abriría una brecha creciente en nuestra

relación. En cambio, en el frente de batalla, le soy de utilidad y ahí no hay

necesidad de discutir ideas porque peleamos contra el mismo enemigo.

Carranza echó la cabeza hacia atrás, unió las yemas de los dedos y formó

una pirámide con las manos.

—¿Y cómo ha pensado que podría ser esa valiosa ayuda, general? ¿En

dónde?

—En la División del Norte, señor. Con Pancho Villa.

Ahí mero, general. Madero se lo dijo: hombres como Zapata, como Villa

o como usted…

Carranza desmanteló la pirámide, bajó las manos y con desesperante

lentitud buscó la respuesta en el fragmento de cielo muy azul que se colaba

por uno de los balcones entreabiertos.

—Muy bien, general. Si es lo que usted prefiere.

—Se lo agradezco, señor. Se lo agradezco de veras. Ya ahora mismo

siento un entusiasmo nuevo que no puedo reprimir.

Carranza sonrió levemente. Se puso de pie y fue hasta Ángeles a

despedirse de mano, lo que sólo hacía excepcionalmente. En la puerta lo

detuvo:

—Algo más. Me decía el general Obregón que le mostró un manifiesto

que quiere lanzar al pueblo de Sonora. ¿Qué le parece?

—La idea es buena, pero no su redacción. El general Obregón es un gran

militar pero no me parece un buen escritor. Y estas cosas son muy delicadas.

La incongruencia y la exageración se nos revierten sin remedio. No puede

empezar un manifiesto diciendo que Huerta es el matricida que, después de

clavarle a la patria un puñal en el corazón, continúa agitándole el cuerpo

como para destruirle todas las entrañas. Y que sus secuaces son una jauría con

los hocicos ensangrentados que aúllan en todos los tonos, amagando cavar los restos de Cuauhtémoc, Hidalgo y Juárez, pulpos a quienes había que disputar

los ensangrentados jirones de nuestra Constitución. Algo por el estilo, señor.

—Muchas gracias, general. Le agradezco su sinceridad.

Eso: muy bien, general, después de todo lo que Obregón dijo de usted.

Además de «napoleoncito de pacotilla» o «el último dizque ex federal» (que

en realidad no eran insultos sino hasta secretos elogios que revelaban

envidia), mire nomás lo que escribió y dijo de usted:

«Primero. Encontrándose en París al iniciarse el movimiento libertario de

1910, Ángeles telegrafió al general Díaz, ofreciéndole sus servicios para

combatir al maderismo, calificado por él de bandolerismo.

»Segundo. Durante la “decena trágica”, haber retirado su artillería, que

tenía emplazada frente a la legación inglesa para batir a la Ciudadela, por

haberle informado el fatídico León de la Barra —que se hallaba refugiado en

la mencionada legación— que había el propósito de deponer al presidente

Madero, y que él, Ángeles, era el candidato más viable para sustituirlo.

»Tercero. Haber aceptado en París, una comisión del llamado Gobierno

de Huerta, permaneciendo allá algunos meses, y teniendo lugar después de

eso su incorporación al Ejército Constitucionalista, lo que demuestra

claramente que vino enviado por los científicos, para sembrar la división en

nuestras filas, y ser un escalón de la reacción, puesto que, de haber sido

partidario sincero de la causa del pueblo, hubiera ingresado, desde que salió

de México, a las filas revolucionarias.

»Cuarto. Haber exigido la suma de dos mil dólares para venir de París a

incorporarse, en la época en que el movimiento revolucionario carecía de

dinero, aun para la compra de pertrechos de guerra.

»Quinto. Haber sido el principal instigador de Villa para que se

insubordinara, como lo patentiza, entre otros, el hecho de haber redactado el

primer telegrama de insubordinación que Villa dirigió al C. Primer Jefe del

Ejército Constitucionalista…»

Porfirista, antimaderista (además con intenciones de quedarse en el lugar

de Madero), huertista, codicioso, instigador. Quién lo viera rendido dentro de

esta barca, general, recordando aquel primer encuentro con Obregón. ¿A

dónde llegarán las ambiciones de uno y otro, si es que usted llega a algún sitio

dentro de este río, por cierto?

Al salir usted del despacho, véalo, Carranza dictó un oficio a su secretario.

Y al final comentó con la misma sonrisa leve que le nació con usted:

—Con tal de que por juntarlos no terminen Villa y Ángeles levantándose

en armas contra mí.

—Quizá de veras no debería juntarlos, señor.

—Ya no tiene remedio. Le ofrecí a Ángeles la Secretaría de Guerra y

luego se la quité. Ya le permití irse al lado de Villa. No puedo volver a

retractarme. Páseme el oficio a firma y luego mándelo.

Y todavía estuvo un buen rato con los dedos en la barba.