La noche de Ángeles
Los días siguientes, monótonos y humillantes, dejaron poca huella. Ángeles
elaboró un manifiesto a los oficiales del Ejército Federal que habían sido sus
alumnos en el Colegio Militar, invitándolos a unirse a la causa
constitucionalista. Además, hizo un recuento del armamento con que se
contaba y revisó personalmente la organización militar. Despertaba muy
temprano, el cuerpo adolorido por el desvelo. En la ventana de su reducido
cuarto sólo asomaba la claridad incierta de unos faroles lejanos en el patio de
los cuarteles. «Siempre vi nacer el sol. Desde niño siempre me desperté antes
de nacer el sol.» Se levantaba, apretaba las sienes con las puntas de los dedos
como para terminar de disolver ahí el cansancio, los sueños, las dudas del
amanecer, y tomaba la muda de ropa interior, la toalla, el jabón, la navaja de
afeitar y el cepillo de dientes. El pasillo y el baño estaban a oscuras. De los
cuartos vecinos no provenía ningún ruido; como siempre, era el primero en
levantarse.
Y la tinita. Mire que instalar su finita en un baño tan reducido, la cara que
puso Carranza cuando se enteró. ¿No podía, por lo menos durante los
primeros días, conformarse con el corriente regaderazo? Ah, pero el agua
helada a esas horas bien valía andarla cargando por todos lados, levantarse
antes que nadie, hundirse en el agua como en un nuevo sueño, más hondo y
lúcido.
Al regresar, escuchaba las campanillas de los despertadores de sus vecinos
de cuarto. Se ponía el uniforme de campaña, sin prisa. Daba un último
retoque al peinado —con una perfecta raya al lado— y a los bigotes
arriscados. Afuera empezaba a clarear: detrás del resplandor amarillento de
los faroles, el sol vencía unas sombras muy bajas.
¿Recuerda, general? A propósito del sol que usted todos los días veía
nacer. Fue Madero quien le dijo que algún día la felicidad de sabernos
inmortales iluminará de golpe nuestras otras pobres alegrías, que se verán tan
pálidas como la luz de los faroles ante el sol que crece.
Los soldados de guardia se cuadraban y Ángeles contestaba con
movimientos mecánicos, casi displicentes. Haciendo cuevita con la mano,
protegía la llama que encendía el primer cigarrillo. ¿Por qué los primeros días
tenía la sensación de que lo aprisionaban los muros grises y mohosos de la
antigua hacienda improvisada como cuartel; que lo aprisionaban aún más que
los muros de la Penitenciaría, que acababa de abandonar?
Uno de los soldados de guardia se desprendía de las últimas hebras de
neblina y en el centro del patio tocaba la diana. Las sombras terminaban de
huir y las puertas se abrían súbitamente para que surgieran, como expulsados
del fondo de la tierra, los grupos compactos y verdosos de soldados que se
empujaban unos a otros, terminaban de abotonarse las guerreras, ajustaban los
cinturones bien provistos de balas, se mal peinaban con los dedos mientras
con la otra mano sostenían el fusil. Ángeles intentaba pasar inadvertido entre
los embriones de filas, observándolo todo como desde lejos, desde ese otro
mundo en que había ido a instalarse. Los soldados ponían su cara más seria, la
barbilla en alto, los labios plegados, los ojos chispeantes, el fusil muy
derecho. Llegaban a su emplazamiento, se ordenaban por secciones, invadían
el descampado con un rumor de hierbas pisoteadas. Un oficial gritaba órdenes
con voz destemplada, otro andaba entre las filas con una papeleta y un lápiz
en las manos, alguno más permanecía impasible al frente del batallón con los
brazos en jarras y el rostro endurecido o iba a revisar un fusil, le daba vuelta,
le abría la recámara, comprobaba la posición de la mira, hacía vibrar el
gatillo, demostraba cómo sostenerlo, lo regresaba con alguna imprecación a
su dueño. El batallón cruzaba la puerta principal del patio, ante centinelas en
posición de firmes, y salía al campo abierto dentro del taconeo seco en el
pavimento y un murmullo sordo como el de una maraña de insectos. Ángeles
los veía marchar, meterse dentro de la nube de polvo, desvanecerse, ondular
en la lejanía. Los últimos gritos le llegaban en jirones, arrebatados por el
viento.
Había olvidado la guerra, general, es lo que sucede. O quería olvidarla.
Sus últimas experiencias, nomás imagínese, fueron durante la Decena
Trágica, que para qué acordarse. E inmediatamente antes la campaña en
Morelos, de la que quiere acordarse aún menos porque usted hubiera
preferido estar con los zapatistas, no contra ellos. «No hay duda de que
carrancistas y huertistas son de la misma calaña, son igualmente
inescrupulosos.» Y por eso durante aquellos días en el cuartel general de
Carranza, el nuevo encuentro con la guerra y sus símbolos despertaba en usted una inevitable sensación sombría y huraña, bajo la cual su espíritu se
contraía como una de esas plantas sensitivas al contacto de la piel humana.
Otra mañana de aquéllas, Carranza lo llamó urgentemente. En la antesala,
un hombre vestido de oscuro se encorvaba como garabato sobre el escritorio y
copiaba a mano un grueso documento. Ángeles se anunció y el hombre lo
miró entre las pestañas y le pidió que esperara.
—Me dijeron que viniera enseguida.
—Lo sé, general. Pero luego se me ordenó que esperara usted un
momento porque el jefe… —y el hombre hizo un guiño, mirando de reojo—
está con el general Obregón… que llegó repentinamente.
Ángeles se sentó frente al hombre, quien continuó su acuciosa labor. Por
momentos, levantaba el lápiz y lo movía en el aire como siguiendo unos
compases secretos.
—Perdóneme que no lo atienda, general. Pero al señor Carranza le urge
que pase esto en limpio.
—Por mí no se preocupe. Continúe con su trabajo.
—Prefiere que le pase las primeras correcciones a mano, tal como él las
hizo. Pero para eso tengo que copiarlo todo de nuevo. Dice que los
documentos pasados a máquina no le inspiran para corregirlos.
—Hay a quien le sucede —dijo Ángeles, tamborileando sobre su rodilla,
sonriendo interiormente: además de terco, Carranza es un viejo mañoso,
pensó.
Sonó un timbre. El hombre entró al despacho y un momento después
salió:
—Ordena el primer jefe que pase usted.
El sol entraba por los balcones medio abiertos y se recortaba en el piso,
brillaba con intensidad en los muebles de maderas pulidas.
—General Ángeles, le presento al general Obregón.
—Mucho gusto, general.
—El gusto es mío, general.
—He oído tantas cosas de usted que es como si lo conociera desde hace
tiempo —dijo Obregón, con una amabilidad y una sonrisa que no disminuían
su altivez.
—Pues yo he oído tantas cosas buenas de usted en tan poco tiempo, como
no las había oído de nadie —respondió Ángeles.
De los reflejos dorados de los ojos de Obregón surgían la vivacidad y la
altivez, complementadas por el porte erguido, los bigotes arriscados y los labios finos que sonreían con ironía. Vestía un uniforme blanco con botones
de cobre y un quepí con un águila bordada sobre tejuelo negro.
Enseguida, Obregón sacó a colación la enorme fortuna de Ángeles de
haber vivido al lado del presidente Madero sus últimos momentos, antes de
que fuera asesinado.
—Cuénteme de él. Mi admiración hacia Madero es tan grande que hubiera
dado la mitad de mi vida por conocerlo.
Exagerado, muy exagerado. Ahí empezó a no creerle nada.
Carranza los escuchaba en silencio, sentado al escritorio con los brazos
cruzados, inescrutable, como de piedra.
Obregón insistía:
—Todos los que andamos en este asunto lo hacemos por patriotismo y por
vengar la muerte del presidente Madero.
O:
—De nada me he arrepentido tanto en mi vida como de no haber luchado
a su lado desde el principio. Porque la lucha maderista se dividió en dos
bandos. Uno compuesto por hombres que escuchaban el llamado del deber y
abandonaban hogares y familias para empuñar el fusil, la escopeta o la
primera arma que encontraran a la mano. El otro bando estaba compuesto por
hombres atentos al mandato del miedo, que supuestamente no encontraban
armas por más que las buscaban o que no podían abandonar a sus hijos
porque quedarían en la orfandad. A este segundo bando tuve la pena de
pertenecer yo. Mi batalla de hoy no es sino para pagar aquella culpa.
—Pues la está usted pagando con creces, general —dijo Ángeles, también
sonriente—. El presidente Madero se sentiría más que satisfecho con su
actuación militar y no menos con la valentía de su confesión.
—Palabras que, también, no hago sino imitar de Madero, que habló con
una sinceridad y un valor como no lo había hecho nadie antes en nuestra
historia.
Mire a quién le hablaba así de Madero, general. Y porque al hablar de
Madero la gente se le volvía transparente, usted supo enseguida que la
característica principal de Obregón era la falsedad.
O como le dijo por esos días Martín Luis Guzmán:
—A mí también, desde el primer momento de nuestro trato, me pareció un
hombre que se sentía demasiado seguro de su inmenso valer, pero que
aparentaba no dar a eso la menor importancia. Y esta simulación norma cada
uno de los episodios de su conducta. Obregón no vive sobre la tierra de las
sinceridades cotidianas, sino sobre un tablado; no es un hombre en funciones sino un actor. Sus ideas, sus creencias, sus sentimientos, son como los del
mundo del teatro, para brillar frente al público: carecen de toda raíz personal,
de toda realidad interior. Es, en el sentido más directo de la palabra, un
farsante.
Desde la Decena Trágica, Ángeles supuso que el problema del destino se
resume en la representación de un papel. Dentro del drama que vivía el país,
el papel de Obregón era el de un magnífico primer actor que marchaba
impertérrito a su monólogo final, ya solo en el escenario, con todo y todos
destruidos a su paso.
Aun antes de conocerlo, ya había hablado pestes de usted, general, y le
dio por llamarlo a sus espaldas igual que lo llamaba Huerta, nomás imagínese:
«Napoleoncito de pacotilla».
Es cierto: ¿Por qué igual que Huerta?
¿O imagina usted a Obregón como comandante militar de la plaza durante
la Decena Trágica y lo mismo…?
Lo mismito.
Pero, además, el problema mayor de Carranza era ya Obregón y no usted,
aunque no se diera cuenta en esos tiempos en Sonora, aunque no quisiera
darse cuenta hasta mucho tiempo después, cuando fue demasiado tarde. Por lo
pronto, lo convenció de que no le diera a usted, un ex federal, la Secretaría de
Guerra.
Aquel mismo mediodía, Ángeles recibió de labios de Carranza la
evidencia de que, en efecto, nada tenía que hacer ahí, cómo pudo suponer lo
contrario, y se lo dijo frente al propio Obregón.
—Además de aprovechar la ocasión para que conociera al general
Obregón, lo mandé llamar para comentarle este manifiesto que quiere usted
lanzar a sus ex compañeros federales. Sé cuánto ha trabajado usted en él en
estos días y, por lo pronto, quiero decirle que me parece estupendo. Además
de experto en balística es usted un muy buen escritor —Carranza recorrió las
hojas del documento con cierta displicencia, de adelante hacia atrás, de atrás
hacia adelante, como si fuera a barajarlas—. Desgraciadamente, no me parece
oportuno darlo a conocer en este momento.
Usted sabe, nos proponemos que el Ejército Federal sea disuelto al triunfo
de la Revolución.
—No, no lo sabía, señor. No hubiera trabajado en el documento si lo he
sabido.
—Supuse que lo sabía. Lo vengo diciendo desde febrero pasado. Quizá
por haber estado en prisión y luego exiliado en Francia no se enteró.
Ángeles mantenía una mirada incisiva en los lentes azulados de Carranza,
imposibles de penetrar.
—Lo siento, señor, pero me parece una medida de lo más desacertada.
Usted proponía el otro día hablarnos con claridad si íbamos a trabajar juntos,
y pensando en ello me atrevo a decírselo.
Carranza dejó el documento en una esquina del escritorio y con los dedos
peinó la barba ensortijada, como siempre que se ponía meditativo. Sus
palabras sonaron a Ángeles como golpes de gong.
—Me parece, general, que necesita adentrarse más en el espíritu que
anima al movimiento constitucionalista. Queremos una renovación en todos
los órdenes, y el ejército no podía ser la excepción. Hay que conocer al
Ejército Federal para entenderlo.
Un ejército que se hunde en el pantano oscuro del desprestigio, entre el
indigno sistema de leva, la corrupción manifiesta y descarada de sus altos
oficiales y la defensa de un régimen odiado y sin futuro. Justo lo que
luchamos por derrotar.
¿Oyó, general? Dijo la corrupción manifiesta y descarada de sus altos
oficiales. Él.
—Señor, quiero recordarle que en ese ejército combatió mi padre contra la
invasión de Estados Unidos y contra la Intervención francesa hasta la
restauración de la República. Yo mismo me formé en él y le debo mi
disciplina y mi carácter. Disolver el ejército suena en mis oídos como sonaría
en los de un jesuita la posible disolución de la Compañía de Jesús. Usted dice
que hay que conocer al Ejército Federal para entenderlo, y me permito
recordarle que si alguien lo conoce y lo entiende soy yo, que fui director del
Colegio Militar durante el gobierno del presidente Madero.
Obregón, que mantenía una mirada apacible sobre Ángeles, tosió con
cierta elegancia y se sentó más derecho en la silla.
Si por lo menos lo hubiera dicho Carranza sin Obregón presente, general.
¿Y de dónde sacó usted el símil con la Compañía de Jesús? Por Dios.
Hubo un pesado silencio, como durante las cenas o las comidas, cuando
Carranza permanecía largamente en silencio porque algo le molestaba.
Ah, los silencios de Carranza.
—¿Qué supone que deberíamos hacer, general?
—En el documento que tiene usted en su escritorio está claramente
explicado, me parece. Llamar a los oficiales federales a seguir mi propio
ejemplo. Nada tiene tanto valor como el ejemplo propio. Invitarlos a unirse al
movimiento constitucionalista, lo que de ninguna manera implicaría la disolución del Ejército Federal sino la integración de su oficialidad a la
revolución victoriosa.
Ángeles, como siempre le sucedía al emocionarse, carraspeó y se removió
nerviosamente en la silla.
—Siga, por favor —dijo Carranza, presionándolo.
¿En qué pequeña ola ve usted la escena? ¿Y por qué al desvanecerse la ola
despierta en usted una sonrisa, tan contrastante con aquel entonces?
—Reivindicar al Ejército Federal me resulta tan sustancial como
reivindicar la Constitución de 1857 —dijo Ángeles.
—Bien. En lo que, por lo demás, sigue usted muy de cerca a Madero, con
todas las implicaciones de que hablábamos el otro día. Usted me entiende, la
reivindicación de que habla (hablan, para incluir a don Francisco) es la del
Antiguo Régimen, y lo que nosotros intentamos es destruirlo del todo.
Ángeles ya no dijo nada. Pero las palabras que calló las dijo durante la
comida que se organizó al día siguiente en honor del general Obregón. Total,
estaba en la Revolución —para lo cual había tenido que romper con todo un
programa de vida— para sublevarse contra cualquier forma de tiranía, así
fuera tan sólo de palabra:
—Brindo por nuestra Revolución, por nuestro primer jefe, el señor
Carranza, y por el general Obregón y sus recientes triunfos en el campo de
batalla. Admiro al general Obregón por esos triunfos pero aún más lo admiro
por su declarada veneración a la memoria de nuestro presidente asesinado,
Francisco I. Madero. Para nosotros los revolucionarios nunca será suficiente
esa veneración, el recuerdo vivo y ejemplar del hombre que eligió nuestro
pueblo democráticamente para que lo gobernara. Amaba la verdad y la
justicia y rechazaba la adulación. Por eso su principal error fue ser demasiado
bueno ante la ambición y el odio que lo rodeaban. Y por eso no debemos
olvidar que nuestra lucha es contra esa ambición y ese odio. Juzgar
erróneamente a Madero es juzgar erróneamente los ideales que nos guían
porque nuestro pueblo espera que se restituyan el orden, la democracia y la
libertad: precisamente la mejor herencia que nuestro apóstol nos dejó. El
pueblo no se equivoca. El pueblo no quiere más gobiernos de usurpación.
Nada es más contrario a la Revolución que el antimaderismo. Es pensando en
esto que brindo por la lucha ejemplar y por los altos ideales del general
Álvaro Obregón. Salud.
A partir de ese momento —en realidad desde mucho antes—, no tenía
remedio: había que apartarse de Carranza cuanto antes. Por eso a Ángeles no
le sorprendió que su nombramiento de secretario de Guerra se tradujera en algo tan incongruente con su actitud y su vocación como el de «encargado del
despacho del ministerio». Cuando Carranza le explicó que por el momento
era preferible dejar desocupada la Secretaría de Guerra y el puesto que le
ofrecía le significaba la misma responsabilidad, Ángeles le pidió pelear en
donde en verdad sabía hacerlo, en el frente de batalla.
—Señor, usted y yo hicimos el trato de hablarnos con claridad. Creo
haberlo cumplido aunque no siempre en forma adecuada por mi torpeza
innata. De ser así, le pido una disculpa. Pero animado por el mismo
compromiso le digo que aquí, a su lado, le serviría de muy poco. Nuestras
ideas no siempre coinciden y eso abriría una brecha creciente en nuestra
relación. En cambio, en el frente de batalla, le soy de utilidad y ahí no hay
necesidad de discutir ideas porque peleamos contra el mismo enemigo.
Carranza echó la cabeza hacia atrás, unió las yemas de los dedos y formó
una pirámide con las manos.
—¿Y cómo ha pensado que podría ser esa valiosa ayuda, general? ¿En
dónde?
—En la División del Norte, señor. Con Pancho Villa.
Ahí mero, general. Madero se lo dijo: hombres como Zapata, como Villa
o como usted…
Carranza desmanteló la pirámide, bajó las manos y con desesperante
lentitud buscó la respuesta en el fragmento de cielo muy azul que se colaba
por uno de los balcones entreabiertos.
—Muy bien, general. Si es lo que usted prefiere.
—Se lo agradezco, señor. Se lo agradezco de veras. Ya ahora mismo
siento un entusiasmo nuevo que no puedo reprimir.
Carranza sonrió levemente. Se puso de pie y fue hasta Ángeles a
despedirse de mano, lo que sólo hacía excepcionalmente. En la puerta lo
detuvo:
—Algo más. Me decía el general Obregón que le mostró un manifiesto
que quiere lanzar al pueblo de Sonora. ¿Qué le parece?
—La idea es buena, pero no su redacción. El general Obregón es un gran
militar pero no me parece un buen escritor. Y estas cosas son muy delicadas.
La incongruencia y la exageración se nos revierten sin remedio. No puede
empezar un manifiesto diciendo que Huerta es el matricida que, después de
clavarle a la patria un puñal en el corazón, continúa agitándole el cuerpo
como para destruirle todas las entrañas. Y que sus secuaces son una jauría con
los hocicos ensangrentados que aúllan en todos los tonos, amagando cavar los restos de Cuauhtémoc, Hidalgo y Juárez, pulpos a quienes había que disputar
los ensangrentados jirones de nuestra Constitución. Algo por el estilo, señor.
—Muchas gracias, general. Le agradezco su sinceridad.
Eso: muy bien, general, después de todo lo que Obregón dijo de usted.
Además de «napoleoncito de pacotilla» o «el último dizque ex federal» (que
en realidad no eran insultos sino hasta secretos elogios que revelaban
envidia), mire nomás lo que escribió y dijo de usted:
«Primero. Encontrándose en París al iniciarse el movimiento libertario de
1910, Ángeles telegrafió al general Díaz, ofreciéndole sus servicios para
combatir al maderismo, calificado por él de bandolerismo.
»Segundo. Durante la “decena trágica”, haber retirado su artillería, que
tenía emplazada frente a la legación inglesa para batir a la Ciudadela, por
haberle informado el fatídico León de la Barra —que se hallaba refugiado en
la mencionada legación— que había el propósito de deponer al presidente
Madero, y que él, Ángeles, era el candidato más viable para sustituirlo.
»Tercero. Haber aceptado en París, una comisión del llamado Gobierno
de Huerta, permaneciendo allá algunos meses, y teniendo lugar después de
eso su incorporación al Ejército Constitucionalista, lo que demuestra
claramente que vino enviado por los científicos, para sembrar la división en
nuestras filas, y ser un escalón de la reacción, puesto que, de haber sido
partidario sincero de la causa del pueblo, hubiera ingresado, desde que salió
de México, a las filas revolucionarias.
»Cuarto. Haber exigido la suma de dos mil dólares para venir de París a
incorporarse, en la época en que el movimiento revolucionario carecía de
dinero, aun para la compra de pertrechos de guerra.
»Quinto. Haber sido el principal instigador de Villa para que se
insubordinara, como lo patentiza, entre otros, el hecho de haber redactado el
primer telegrama de insubordinación que Villa dirigió al C. Primer Jefe del
Ejército Constitucionalista…»
Porfirista, antimaderista (además con intenciones de quedarse en el lugar
de Madero), huertista, codicioso, instigador. Quién lo viera rendido dentro de
esta barca, general, recordando aquel primer encuentro con Obregón. ¿A
dónde llegarán las ambiciones de uno y otro, si es que usted llega a algún sitio
dentro de este río, por cierto?
Al salir usted del despacho, véalo, Carranza dictó un oficio a su secretario.
Y al final comentó con la misma sonrisa leve que le nació con usted:
—Con tal de que por juntarlos no terminen Villa y Ángeles levantándose
en armas contra mí.
—Quizá de veras no debería juntarlos, señor.
—Ya no tiene remedio. Le ofrecí a Ángeles la Secretaría de Guerra y
luego se la quité. Ya le permití irse al lado de Villa. No puedo volver a
retractarme. Páseme el oficio a firma y luego mándelo.
Y todavía estuvo un buen rato con los dedos en la barba.