La noche de Ángeles
Y todo iba a concluir como usted…
Y todo iba a concluir como usted lo programó, general. ¿Alcanza a verlo?
Imagínelo. Verá que no puede ser de otra manera. El agua se lo muestra con
claridad, a pesar de la turbulencia, a pesar de la noche cerrada, a pesar del
malestar que lo invade y que ahora, curiosamente, ha cedido un poco, por lo
que sus ojos parecen más limpios, casi ávidos.
El quince de noviembre hicieron prisionero a Ángeles en el Valle de los
Olivos. Fíjese dónde. De ahí lo llevaron en un tren de carga a Parral, a
Camargo, y finalmente a Chihuahua, ciudad a la que llegó el día veintiuno,
aún viva la euforia del pueblo por la celebración del noveno aniversario de la
Revolución. Y en Chihuahua, justo donde se inició; la ciudad más fiel a
Madero. Hasta eso, perdóneme, parece calculado.
Desde el día dieciocho corrió en Chihuahua la noticia como reguero de
pólvora. El Heraldo publicó una extra que decía en uno de sus párrafos:
«El muy estimado y admirado en Chihuahua general Felipe Ángeles, ex
director del Colegio Militar, gran patriota, estratega en las batallas de
Zacatecas y Torreón donde derrotó a las fuerzas federales, maderista
declarado, que incluso estuvo preso al lado del presidente Madero por no
unirse al cuartelazo de Huerta, pacifista y filósofo, está preso y será juzgado
por un tribunal carrancista.»
Y si los periódicos lo decían, cómo no el pueblo que fue a recibirlo a la
estación.
«Millares y millares de personas. La multitud se hacía cada vez más
compacta. Puede decirse que todo Chihuahua se dio cita para recibir al
querido y admirado general Felipe Ángeles», dijo Federico Cervantes.
El gobierno tomó precauciones y mandó una valla de soldados del 62.º
batallón y del tercer regimiento a apostarse a la estación. Pero al ver la
multitud que acudía, mandó poner una segunda valla, con orden de impedir
«la alteración ciudadana» y la posibilidad —nomás vea— de que «el propio
pueblo pudiera rescatar al prisionero». Tantas consideraciones no tuvo
Carranza con usted ni cuando lo recibió en su cuartel general en Nogales.
Pero no fue necesaria la «alteración ciudadana». Con los puros gritos
bastó; que, decía El Heraldo, debieron de oírse hasta la ciudad de México:
¡Viva nuestro general Felipe Ángeles! ¡Viva Madero! ¡Viva el veinte de
noviembre! ¡Viva la Revolución!
Qué desazón debió (deberá) de embargarlo al descubrir aquella multitud
insólita que lo aclamaba debajo del tejaván rojizo de la estación. Las manos
agitándose en lo alto saludándolo, acariciándolo a distancia, algunas con
flores (hasta flores le llevaron, general), los intentos inútiles por romper la
doble valla de soldados, los culatazos despiadados a quienes lo lograban, los
gritos que podían más que cualquier fuerza bruta. ¿Usted, que hace unos
minutos era la imagen misma de la derrota? En un vagón sucio e incómodo de
un tren de carga, enfermo y cabizbajo, con sus custodios que tenían orden de
no dirigirle la palabra; en un trayecto interminable en que no tuvo más
distracción que la lectura del libro de La vida de Cristo de Renan y el mirar a
través de la ventanilla el desierto que corría siempre hacia atrás, dando saltos,
o el perfil abrupto de las montañas, también evanescente en las llamaradas del
sol. Todo visto como a través de un grueso cristal ahumado que de golpe se
aclaraba.
«¿Por qué me emocioné así si nunca creí requerir el respaldo público para
mi actuación?»
Y aun marcharon detrás del auto que recogió al general en la estación.
Simplemente continuaban la eufórica celebración del día anterior, y ahora con
el mismito general Felipe Ángeles.
Como para ir acompañado por el presidente Madero en un auto
descubierto en lugar de esposado y a punto de morir en el paredón.
Ángeles lloraba, no dejaba de sonreír y su corazón había enloquecido.
«Durante el trayecto en el auto rumbo a su última prisión, los gritos y el
arremolinamiento de la gente no cesó. Hasta la Adelita completa nos cantó un
grupo musical. Por momentos ni siquiera se podía avanzar. Tampoco el
general Ángeles dejó de derramar lágrimas de emoción.»
Algo se concretaba, ¿no? Aunque fuesen fuerzas incomprensibles, por fin
las sentía reunidas, presentes y activas. Hoy, ahí. Presentes y activas en cada
error y también en cada salto adelante que dio. Pero sí. Lo buscó desde que
decidió regresar a México: ese encuentro incesante con las carencias, con el
dolor, sobre todo con el dolor, y con los errores confesados por Madero (y
aun con los que no dijo y Ángeles intuyó), con las derrotas sufridas, con el
desconsuelo, pero también con la contraparte inevitable: lo que ninguna
derrota ni ningún mal gobernante podía destruir, algo que dejaban los gritos (esos de afuera del auto) aunque se apagaran o los detuviera una mordaza;
algo que dejaba la agonía de los moribundos aunque se murieran. «Ninguna
muerte es absurda», se dijo Ángeles, recordando de golpe las miles de
muertes que había presenciado y a las que, entonces, les buscó
desesperadamente un sentido.
O quizá pensara usted, general, que el problema no es esta Revolución.
Habría que poner los ojos en lo que la trasciende. Y a partir de esa
perspectiva, la convicción de que hay que inventarlo todo otra vez, otra vez y
otra vez, el código no ha sido estatuido, las claves y las cifras van a nacer de
nuevo, serán mejores y diferentes, responderán a otra cosa, a otra gran batalla
por ganar.
Ya en la reducida y fría prisión en que lo instalaron (en pleno noviembre,
¿para qué causarle más molestias?) se recostó en el catre, con las manos en la
nuca, y los ojos llorosos y encendidos en el techo desportillado. Allá se veía
aquí, en la prisión, y ya aquí le parece continuar allá, en aquel recorrido que,
supuso, no terminaría nunca, a pesar de que en realidad debió de ser muy
breve por lo estrecho del río. Desembarcó —¿pero en qué momento
desembarcó?— en una orilla en la que de golpe —¿pero cuándo?— se sintió
flotar, sonámbulo —seguro el malestar del estómago de nuevo, la fiebre que
le hace creerse tantas ilusiones falsas.
¿Recuerda? Chestov, el escritor ruso que tanto leyó, hablaba de unas
peceras a las que les colocaban un tabique móvil, también de vidrio, que
podía sacarse sin que el pez, habituado al compartimiento, se decidiera jamás
a pasar al otro lado.
Decídase a cruzar. Ya no hay obstáculos, también ellos eran una pura
ilusión. ¿O habrá cruzado sin darse cuenta? En ocasiones, dicen, el problema
es no darse cuenta del momento preciso en que se ha muerto, por lo que el
alma queda un poco aturdida, sin saber hacia dónde ir.
También subrayó una frase de H. G. Wells —«el insigne escritor inglés,
sin duda uno de los que más me influyeron»— y que usted relacionaba con El
hombre invisible: «Yo, que no soy nada ni nadie, puedo entenderlo todo y a
todos». ¿Por qué lo ha recordado ahora? ¿Su estado de ánimo exaltado? Los
rostros aquellos en la estación, buscándolo, reclamándole: usted puede
entendernos, general, usted puede darle un sentido a nuestra lucha insufrible,
a nuestra revolución abortada, al fango en que nos hundimos; las manos que
arañan el vidrio del auto; los gritos que renacen dentro de usted como un eco
que los ordenara, los integrara a una melodía más plena y total. Su propia muerte —la de todos— no será más, a partir de esa integración, una ráfaga al
azar desprendida del pelotón de fusilamiento.
Madero escribió en uno de los libros que le dedicó:
«Existe un cuarto: la vida. Otro: el más allá. La muerte es la puerta por la
que se pasa del uno al otro. ¿Por qué dramatizar la puerta, el breve tránsito?
La muerte es el camino hacia la luz. Se lo sabe cuando se ha vuelto; en fin,
cuando se ha vuelto de algo que se le parece. Cristo y Buda conocieron la
iluminación mucho antes de desaparecer en ella.»
Lo cierto, general, es que desde la llegada a Chihuahua era tiempo de que
los augurios se reunieran. El espíritu exaltado de sus mejores batallas: ¿no
decía usted que entonces hasta las pesadillas se le disipaban?
¿Puede observar el escenario, como hacía antes de cada batalla? El teatro
Hidalgo, ahí mismo en Chihuahua. No podía haber elegido un teatro mejor,
aunque el decorado no concuerde con su afán de sobriedad: suntuoso, trata de
simular, y casi lo consigue, un salón versallesco. Vea el interior desde las
puertas de cristal del vestíbulo. La gruesa alfombra color vino, los candiles de
cristal, los muros tapizados de seda roja, los espejos en marcos dorados —en
la intendencia de Palacio tenían un espejo muy parecido, ¿recuerda?—, los
sofás y los sillones laterales, también de terciopelo rojo. Al fondo del
vestíbulo, unos cortinajes más oscuros ocultan la entrada a la sala de
espectáculos, infranqueable por el momento, antes de la función.
Ahí.
Las palabras que Madero no tuvo tiempo de expresar. Las palabras que
usted guardó y pulimentó desde entonces. La posibilidad de regresar, ahora sí
plenamente —y de nuevo con la muerte al acecho en el telón de fondo— a la
noche en que se llevaron al presidente de la Intendencia de Palacio y a usted
lo dejaron dentro de un vacío —¿cómo lo llamó?— compacto y negro.