La noche de Ángeles

Ignacio Solares · Capítulo 16 de 20

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La noche de Ángeles

Y todo iba a concluir como usted…

Y todo iba a concluir como usted lo programó, general. ¿Alcanza a verlo?

Imagínelo. Verá que no puede ser de otra manera. El agua se lo muestra con

claridad, a pesar de la turbulencia, a pesar de la noche cerrada, a pesar del

malestar que lo invade y que ahora, curiosamente, ha cedido un poco, por lo

que sus ojos parecen más limpios, casi ávidos.

El quince de noviembre hicieron prisionero a Ángeles en el Valle de los

Olivos. Fíjese dónde. De ahí lo llevaron en un tren de carga a Parral, a

Camargo, y finalmente a Chihuahua, ciudad a la que llegó el día veintiuno,

aún viva la euforia del pueblo por la celebración del noveno aniversario de la

Revolución. Y en Chihuahua, justo donde se inició; la ciudad más fiel a

Madero. Hasta eso, perdóneme, parece calculado.

Desde el día dieciocho corrió en Chihuahua la noticia como reguero de

pólvora. El Heraldo publicó una extra que decía en uno de sus párrafos:

«El muy estimado y admirado en Chihuahua general Felipe Ángeles, ex

director del Colegio Militar, gran patriota, estratega en las batallas de

Zacatecas y Torreón donde derrotó a las fuerzas federales, maderista

declarado, que incluso estuvo preso al lado del presidente Madero por no

unirse al cuartelazo de Huerta, pacifista y filósofo, está preso y será juzgado

por un tribunal carrancista.»

Y si los periódicos lo decían, cómo no el pueblo que fue a recibirlo a la

estación.

«Millares y millares de personas. La multitud se hacía cada vez más

compacta. Puede decirse que todo Chihuahua se dio cita para recibir al

querido y admirado general Felipe Ángeles», dijo Federico Cervantes.

El gobierno tomó precauciones y mandó una valla de soldados del 62.º

batallón y del tercer regimiento a apostarse a la estación. Pero al ver la

multitud que acudía, mandó poner una segunda valla, con orden de impedir

«la alteración ciudadana» y la posibilidad —nomás vea— de que «el propio

pueblo pudiera rescatar al prisionero». Tantas consideraciones no tuvo

Carranza con usted ni cuando lo recibió en su cuartel general en Nogales.

Pero no fue necesaria la «alteración ciudadana». Con los puros gritos

bastó; que, decía El Heraldo, debieron de oírse hasta la ciudad de México:

¡Viva nuestro general Felipe Ángeles! ¡Viva Madero! ¡Viva el veinte de

noviembre! ¡Viva la Revolución!

Qué desazón debió (deberá) de embargarlo al descubrir aquella multitud

insólita que lo aclamaba debajo del tejaván rojizo de la estación. Las manos

agitándose en lo alto saludándolo, acariciándolo a distancia, algunas con

flores (hasta flores le llevaron, general), los intentos inútiles por romper la

doble valla de soldados, los culatazos despiadados a quienes lo lograban, los

gritos que podían más que cualquier fuerza bruta. ¿Usted, que hace unos

minutos era la imagen misma de la derrota? En un vagón sucio e incómodo de

un tren de carga, enfermo y cabizbajo, con sus custodios que tenían orden de

no dirigirle la palabra; en un trayecto interminable en que no tuvo más

distracción que la lectura del libro de La vida de Cristo de Renan y el mirar a

través de la ventanilla el desierto que corría siempre hacia atrás, dando saltos,

o el perfil abrupto de las montañas, también evanescente en las llamaradas del

sol. Todo visto como a través de un grueso cristal ahumado que de golpe se

aclaraba.

«¿Por qué me emocioné así si nunca creí requerir el respaldo público para

mi actuación?»

Y aun marcharon detrás del auto que recogió al general en la estación.

Simplemente continuaban la eufórica celebración del día anterior, y ahora con

el mismito general Felipe Ángeles.

Como para ir acompañado por el presidente Madero en un auto

descubierto en lugar de esposado y a punto de morir en el paredón.

Ángeles lloraba, no dejaba de sonreír y su corazón había enloquecido.

«Durante el trayecto en el auto rumbo a su última prisión, los gritos y el

arremolinamiento de la gente no cesó. Hasta la Adelita completa nos cantó un

grupo musical. Por momentos ni siquiera se podía avanzar. Tampoco el

general Ángeles dejó de derramar lágrimas de emoción.»

Algo se concretaba, ¿no? Aunque fuesen fuerzas incomprensibles, por fin

las sentía reunidas, presentes y activas. Hoy, ahí. Presentes y activas en cada

error y también en cada salto adelante que dio. Pero sí. Lo buscó desde que

decidió regresar a México: ese encuentro incesante con las carencias, con el

dolor, sobre todo con el dolor, y con los errores confesados por Madero (y

aun con los que no dijo y Ángeles intuyó), con las derrotas sufridas, con el

desconsuelo, pero también con la contraparte inevitable: lo que ninguna

derrota ni ningún mal gobernante podía destruir, algo que dejaban los gritos (esos de afuera del auto) aunque se apagaran o los detuviera una mordaza;

algo que dejaba la agonía de los moribundos aunque se murieran. «Ninguna

muerte es absurda», se dijo Ángeles, recordando de golpe las miles de

muertes que había presenciado y a las que, entonces, les buscó

desesperadamente un sentido.

O quizá pensara usted, general, que el problema no es esta Revolución.

Habría que poner los ojos en lo que la trasciende. Y a partir de esa

perspectiva, la convicción de que hay que inventarlo todo otra vez, otra vez y

otra vez, el código no ha sido estatuido, las claves y las cifras van a nacer de

nuevo, serán mejores y diferentes, responderán a otra cosa, a otra gran batalla

por ganar.

Ya en la reducida y fría prisión en que lo instalaron (en pleno noviembre,

¿para qué causarle más molestias?) se recostó en el catre, con las manos en la

nuca, y los ojos llorosos y encendidos en el techo desportillado. Allá se veía

aquí, en la prisión, y ya aquí le parece continuar allá, en aquel recorrido que,

supuso, no terminaría nunca, a pesar de que en realidad debió de ser muy

breve por lo estrecho del río. Desembarcó —¿pero en qué momento

desembarcó?— en una orilla en la que de golpe —¿pero cuándo?— se sintió

flotar, sonámbulo —seguro el malestar del estómago de nuevo, la fiebre que

le hace creerse tantas ilusiones falsas.

¿Recuerda? Chestov, el escritor ruso que tanto leyó, hablaba de unas

peceras a las que les colocaban un tabique móvil, también de vidrio, que

podía sacarse sin que el pez, habituado al compartimiento, se decidiera jamás

a pasar al otro lado.

Decídase a cruzar. Ya no hay obstáculos, también ellos eran una pura

ilusión. ¿O habrá cruzado sin darse cuenta? En ocasiones, dicen, el problema

es no darse cuenta del momento preciso en que se ha muerto, por lo que el

alma queda un poco aturdida, sin saber hacia dónde ir.

También subrayó una frase de H. G. Wells —«el insigne escritor inglés,

sin duda uno de los que más me influyeron»— y que usted relacionaba con El

hombre invisible: «Yo, que no soy nada ni nadie, puedo entenderlo todo y a

todos». ¿Por qué lo ha recordado ahora? ¿Su estado de ánimo exaltado? Los

rostros aquellos en la estación, buscándolo, reclamándole: usted puede

entendernos, general, usted puede darle un sentido a nuestra lucha insufrible,

a nuestra revolución abortada, al fango en que nos hundimos; las manos que

arañan el vidrio del auto; los gritos que renacen dentro de usted como un eco

que los ordenara, los integrara a una melodía más plena y total. Su propia muerte —la de todos— no será más, a partir de esa integración, una ráfaga al

azar desprendida del pelotón de fusilamiento.

Madero escribió en uno de los libros que le dedicó:

«Existe un cuarto: la vida. Otro: el más allá. La muerte es la puerta por la

que se pasa del uno al otro. ¿Por qué dramatizar la puerta, el breve tránsito?

La muerte es el camino hacia la luz. Se lo sabe cuando se ha vuelto; en fin,

cuando se ha vuelto de algo que se le parece. Cristo y Buda conocieron la

iluminación mucho antes de desaparecer en ella.»

Lo cierto, general, es que desde la llegada a Chihuahua era tiempo de que

los augurios se reunieran. El espíritu exaltado de sus mejores batallas: ¿no

decía usted que entonces hasta las pesadillas se le disipaban?

¿Puede observar el escenario, como hacía antes de cada batalla? El teatro

Hidalgo, ahí mismo en Chihuahua. No podía haber elegido un teatro mejor,

aunque el decorado no concuerde con su afán de sobriedad: suntuoso, trata de

simular, y casi lo consigue, un salón versallesco. Vea el interior desde las

puertas de cristal del vestíbulo. La gruesa alfombra color vino, los candiles de

cristal, los muros tapizados de seda roja, los espejos en marcos dorados —en

la intendencia de Palacio tenían un espejo muy parecido, ¿recuerda?—, los

sofás y los sillones laterales, también de terciopelo rojo. Al fondo del

vestíbulo, unos cortinajes más oscuros ocultan la entrada a la sala de

espectáculos, infranqueable por el momento, antes de la función.

Ahí.

Las palabras que Madero no tuvo tiempo de expresar. Las palabras que

usted guardó y pulimentó desde entonces. La posibilidad de regresar, ahora sí

plenamente —y de nuevo con la muerte al acecho en el telón de fondo— a la

noche en que se llevaron al presidente de la Intendencia de Palacio y a usted

lo dejaron dentro de un vacío —¿cómo lo llamó?— compacto y negro.