La noche de Ángeles
El primer pueblito, Bermejillo, lo tomaron sin…
El primer pueblito, Bermejillo, lo tomaron sin que ofreciera casi resistencia.
Ángeles quiso suponer que así sucedería hasta Torreón y dijo a Villa: voy a
hablarle por teléfono al general Refugio Velasco, hombre cauto me han dicho,
para arreglar la entrega pacífica de las restantes poblaciones de La Laguna,
verá.
Que no se realizaran sus sueños, que no murieran todos los que
aparecerían muertos ahí dentro.
—No, general —contestó Villa enronqueciendo la voz—. No estamos
para meternos en tales diligencias con un hombre como Refugio Velasco, de
muy buena ley.
—Por eso, porque es de buena ley podemos entendernos con él. Así me lo
mandan mis sentimientos humanitarios. Hay que evitar el derramamiento de
sangre hasta lo posible, y a veces hasta lo imposible.
Esos cadáveres bajo el sol, retorcidos como garabatos, tan vivos para
usted.
—Buenas tardes, señor general Velasco.
—Buenas tardes, señor general Ángeles. ¿De dónde me habla usted?
—De aquí, de Bermejillo, señor general.
—¿A poco ya tomaron ustedes Bermejillo?
—Ya ve, pues resulta que sí. Aquí estamos.
—Los felicito de corazón. ¿Y les hicieron muchas bajas a mis soldados?
—Casi ninguna. Apenas nos vieron llegar y ya se nos estaban rindiendo,
lo que me pareció muy razonable.
—¿Pues cuántos son ustedes, general Ángeles?
—Dos regimientos de artillería y unos diez mil hombres, señor.
Las manos crispadas o abrazándose a sí mismos, dándose un calor que ya
para qué, los ojos en blanco acribillados por el sol pero como si aún miraran.
Ángeles continuó con su voz más amable:
—Por eso le hablo desde aquí, señor, cumpliendo con un deber
humanitario: ahorraríamos muchas vidas de hermanos si ustedes, viendo cómo no podrán nunca contenernos en nuestro avance, deciden entregarnos
las plazas que ahora ocupan.
Ángeles oyó una risita ríspida, descarada, ofensiva.
—Válgame Dios, general. ¿Con quién cree que habla? ¿Ya lo olvidó? Su
dizque deber humanitario me parece injurioso. Póngase a pelear y déjese de
pendejadas. A esos hombres de Bermejillo que, dice, se le rindieron sin dar
casi resistencia, los voy a pasar a todos por las armas, por cobardes. Y a
ustedes voy a hacer hasta lo imposible por partirles su madre.
Se cortó la comunicación y Ángeles colgó con unos ojos que le andaban
por el suelo. Suspiró. Hasta suspiró y le dijo a Villa que Velasco era terco
como todo buen militar. Lo evocó: pequeño, de bigote entrecano, con
anteojos de filo de oro que, sobre su nariz curva daban extraños fulgores a la
mirada vivaz, de felino. Siempre fiel al Ejército Federal. Con Díaz, con
Madero, con Huerta. Sólo al Ejército Federal. Un buen militar. Había que
destruirlo.
Cuántas contradicciones y preámbulos, general. «Déjese de pendejadas.»
De pie en la prominencia de la meseta que le servía de observatorio,
Ángeles atalayaba el horizonte haciéndose a la idea de lo inminente. Si en mi
mano estuviera… gustoso… por no derramar una gota más… Volvió a
suspirar. Un ligero remusgo matinal agitaba apenas las hojas de los árboles.
Regresar de París, abandonar familia y todo, reencontrarse en la lucha misma.
¿Reencontrar a quién?
Ángeles metió bajo el brazo la carta geográfica, atada con un balduque, y
fue a mostrarle a Villa las estrategias a seguir.
La fuerza enemiga se replegaba hacia Gómez Palacio y por ello ordenó
que el ala derecha, formada por las fuerzas de Maclovio Herrera, avanzara en
línea franca de tiradores en un frente de cinco kilómetros.
—Así, franca, abierta, descarada. Ya verá.
El centro, que acababan de organizar en Bermejillo, al mando del teniente
coronel Santiago Ramírez, seguiría la línea del ferrocarril.
—Por ahí también pierden, no tenga duda.
El ala izquierda, compuesta por la Brigada Villa y la Brigada Juárez de
Durango, avanzaría también en formación de tiradores en otro frente de cinco
kilómetros.
—No van a tener salida. A Velasco le vamos a quitar lo bocón.
Acabarlo. Un federal nato, ejemplar.
Ángeles dispuso también que a lo más a tres kilómetros de la población
ocupada por el enemigo, las tropas desmontaran para encadenar a la caballada y que en forma de infantería siguieran el avance al amparo de sus cañones.
Se iba a tener, pues, que combatir sobre todo cuerpo a cuerpo.
El cosquilleo en las palmas de las manos iba pareciéndose al entusiasmo.